El oriente, y sobre todo el Tíbet, es la tierra del misterio y de los sucesos raros -ha dicho Alejandra David Neel en uno de sus libros que habremos de citar






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CAPÍTULO V

El Desierto De Gobi Y Su Histórico Secreto

EL gran desierto de Gobi, Gobbi, Schamo o Sha-mano, resulta la continuación geográfica, hacia el este, de los desiertos anteriormente descritos, a saber: el de Taklama-kan y sus dos adherentes: la Dzungaria o Zingaria y el Zaidan, separados respectivamente del Tak-lama-kan por las cordilleras de Tien-Schan y del Alting-tag. A bien decir el conjunto de todo este Mediterráneo desecado, cuya extensión superficial equivale a la de la Rusia europea, consta de dos mitades: la oriental o Gobbi, y la occidental o Tak-lama-kan, ésta con la Dzungaria al norte y el Zaidan al sur.

La Célebre ruta de los Hann o de la Sérica (ruta de la seda china), corría antaño por las comarcas meridionales de aquel gran desierto, y el Hwang-ho a Río Amarillo, adosado a los montes de Ta-tsing-schan, desempeña en él un papel semejante al del Tarim en el Tak-lama-kan, si bien en el sentido inverso porque la inmensa y desértica zona arenosa se extiende por su margen izquierda o del norte cientos de kilómetros hasta remontar hacia la Transbaikalia rusa contra la que se ciñe el río Kerulen, por bajo de Urga y de Karakorum, o sea del país feudal de los régulos mogoles (¿takures?) y depositario de los restos de la sabia tradición que antaño fuera el tesoro de toda aquella hoy sepultada comarca.

Entre el Hwang-ho y el Kerulen, queda así enmarcada la misteriosa región, verdadero anfiteatro abierto sólo al cielo y cerrado a las lluvias y a los hombres por los montes Richthofen, Tianschan, Altai, Chan-choi-gai y Grandes Chingan que le cercan por completo, aislándole de todos los vientos marítimos y dejando sólo como «puertas de acceso» para los hombres, los desfiladeros que dichos montes forman entre sí.

Pero si la vasta región del Gobi yace sepultada bajo el mar de arena como la Atlántida bajo el otro mar, el espíritu primitivo y verdaderamente iniciático de ella perdura a través de las edades, alborando una era nueva en nuestra propia ciencia de Occidente.

Isaac Taylor, en su clásica obra The Alphabet–On account of the origin and development of letters (Kegan Paul, ed., London, 1889), al hablar (pág. 263), de los alfabetos arios más antiguos y entre ellos del hindo-bactriano, antecesor común a todos los alfabetos troncales del Irán, incluso a los más recientes (pehlevi, georgiano, armenio, etc.), dice que «el alfabeto hindo-bactriano ofrece la particularidad notable de que deriva de los números arábigos o, por mejor decir, de los sánscrito-hindués, dándonos al efecto, un cuadro de correspondencias sacado de las escrituras bactrianas halladas en varias cuevas y rocas de aquellos paises (o más bien de los vecinos y semisepultados de Tak-lama-kan y que en época prehistórica extendieron su influencia cultural hacia occidente por las puertas de Kacht-gar y de la Dzungaria). Y, más adelante, añade Taylor: «En el lenguaje mogol se advierte con claridad la influencia de tres alfabetos distintos: el nestoriano o cristiano-heterodoxo, el árabe y el budista. Klaproth, en su Abhandung über die Sprache und Schrtft del Uiguren (1812) y Abel Rémusat, en sus Recherches sur les langues tartares (1820), han demostrado la afinidad del tártaro con el mogol –la cual, añadimos nosotros, se ha operado antaño por las dos regiones dichas–. Pero el alfabeto más importante de aquellas gentes es el de Khalkas y el de otros buddhistas mogoles (muchos siglos anteriores a Gauthama, el Buddha de Kapilavastu), gentes establecidas al norte del desierto de Gobi y cuyo alfabeto no tiene con ningún otro la semejanza que con el alfabeto uigur7. A dicho alfabeto se agregaron en tiempos de Kublai-khan (1259-94) cinco letras tibetanas o del mogol galik (mogol de la «altura» o de la montaña), es decir, del sánscrito de Ka-le-kal o «Calcis primitiva».

Desde luego, es indudable que el antiquísimo alfabeto mogol-tibetano de Khalkhas, caracterizado por tener los mismos signos o elementos que los primitivos caracteres brahmánicos, pudo abarcar una extensión inmensa en Asia, en torno de su centro de irradiación constituido por los países centrales de la «Ruta de los Hann». Los anales –¡la misma raíz de Ann o Hann lo está proclamando ante nuestra intuición!–, los anales, decimos, de los Hann, Jian, Dzyan, Kiang o «Genios», tan alabados como desconocidos hoy por los chinos que dicen conservarlos, lo están evidenciando, sin ir más lejos, por las propias palabras de Taylor, quien añade: «en el otro extremo oriental de Asia se adoptó el alfabeto tibetano-mogol por las tribus manchúes y tungusas tártaras invasoras de la China en una época tan remota como desconocida, y el mismo alfabeto manchú, aumentado ya con gran cantidad de símbolos, es el usado también en los burials-mogols o inscripciones mortuorias de los habitantes de en torno al lago Baikal.» Los «numerales de Khalkhas» como sus hermanos de occidente los numerales del Gaedhil o «Galicia irlandesa», dados en varias de nuestras obras, son el origen efectivo y directo de las escrituras tártaras, tunguses, manchúes, mogolas, chinas, japonesas e hindúes y en general, todas las del Asia central, oriental y septentrional, con no poca parte, acaso de las norte-europeas, o sea toda la inmensa región de escitas, hiperbóreos, arimaspos, turanios, etc. de los que con tanto encomio nos hablan los clásicos griegos. Con ello y mucho más que por la brevedad debemos omitir aquí, hay base harto sobrada para establecer ya sobre el práctico «terreno de los hechos» que tanto enamora al positivista científico europeo, la hipótesis de un alfabeto troncal, primitivo –el zend-zar o zendo-real– cuyas raíces, a base de combinaciones trilíteras, que no son sino la «cordinatoria matemática» de los 999 primeros números, han servido de base fundamental, tanto para las lenguas monosilábicas, como para las ulteriores de aglutinación y de flexión. Semejante lengua sagrada fue la primitiva de aquellos países sepultados, y aun sigue existiendo la lengua de los «genios» o jinas refugiados en los ignotos oasis de aquellos extraños desiertos… Taylor sigue enseñándonos, en efecto, que «el japonés y el palí de Corea tenían antes de la propagación del buddhismo dos silabarios o alfabetos: el Hira-kana –¿silabario del Irán?– y el Kata-kana, silabario de los catunes o «abacos calcídico-numerales», extendidos luego, merced a las emigraciones celtas, por todo el mundo conocido, incluso por el continente americano. El continuar por este camino, nos llevaría demasiado lejos. Baste, pues, a nuestro actual objeto el decir que el mismo Rankin, en sus indagaciones históricas sobre la conquista española del Perú y de México (Londres, 1827), nos habla de otra anterior hecha, se dice, con elefantes, por los mogoles, añadiendo que Manco-Capac (o «el Manú-Ka-pak») fundador de la dinastía y de la religión de los Incas, era biznieto de Gengiskan, el gran caudillo, mientras que otros, con más probabilidad, les hacen provenir de la Tartaria y del Tíbet, muchos siglos antes de nuestra era, como hemos expuesto en el capítulo IX de nuestro libro El Simbolismo de las Religiones del Mundo, al hablar del Po-pol-vuh o Biblia de los aborígenes de América. Po-pol son en efecto raíces de perfecto abolengo tibetano o del país de los Po-pas, del que a su tiempo nos ocuparemos.

De admirar es por todo esto la intuición del astrónomo y arqueólogo orientalista Bailly cuando colocó el origen histórico de las ciencias en cierto pueblo antiquísimo de hacia el lago Baikal o sea hacia el paralelo 50, que es el límite del Gobi con la Angara y la Manchuria, Man-kauria o Mankuria (literalmente «la región de los caurios, kurus o quírites»); la región de los hombres de la religión solar primitiva, que de allí pasó a los primeros atlantes y, luego, de estos, a los etiopes, antecesores culturales a su vez de las cuatro naciones sabias más antiguas: Ario-india, Persia, Caldea y Egipto. A ello también aluden los párrafos siguientes de la Maestra H. P. B.

«Muchos días antes de Ad-an y Heva (quinta Raza) en aquellos territorios del Gobi y del Turquestán independiente donde hoy se extiende desolados desiertos, había antaño un vasto mar interior y en él una isla de singular belleza, habitada por los últimos restos de los Hijos de la Voluntad y de la Yoga (raza no generada físicamente como la actual, sino formada por el divino poder mental de Kriya-shaki o sea de la Voluntad y de la Yoga). Tal raza de verdaderos seres superiores o Eholim, comunicó a los hombres la «palabra perdida iniciática» y de tal modo tenía ella sojuzgados a los elementos, que podía morar indiferentemente en el interior de la tierra, en el agua, en el aire o en el fuego. No había posibilidad humana de abordar a dicha Isla Sagrada, salvo por subterráneos que secretamente conducían a ella.» Hoy tales regiones, al decir de La Doctrina Secreta, están llenas de ruinas de ciudades, de las que ni el nombre se recuerda, a la manera de aquella encantadora ciudad egipcia de Ismonia, en la que yacen ocultos innumerables rollos y manuscritos que se creen destruidos por los tres incendios sucesivos de la Biblioteca de Alejandría, y en los que, sin embargo, más de una vez, en la solemne y silenciosa obscuridad de la noche, se han visto vagar de lejos, como tenues lucecitas, a los Jinas o genios del desierto, protegidos contra la intrusión de los profanos por pavorosos afrites.

Todavía en la misma India quedan recuerdos de aquellos seres hoy representados por sus ínfimos discípulos, los, sin embargo, linajudos y sabios takures, de los que, en otro lugar de su obra Por las grutas y selvas del Indostán, dice H. P. B. :

«Los takures están reputados como descendientes directos de Surya (el Sol), por lo que son denominados surya-vansa. Arrogantes, cual ninguno, tienen el proverbio de que «el cieno de la Tierra no puede empañar los divinos rayos del Sol». A nadie desprecian, excepto a los brahmanes, y honran únicamente a sus bardos, cantores de sus glorias pretéritas. De ellos ha escrito el coronel Tod que «la magnificencia y esplendores de las cortes rajaputanas, en los albores de la Historia fueron sencillamente maravillosos.» Además su país fue siempre pródigo en los más extraordinarios sucesos, que dieron lugar a las historias más peregrinas. Cada ínfimo reino del Ragistán cuenta con una Termópilas, y cada pueblecito ha dado su Leónidas. El velo de los siglos, no obstante, solapa y roba al mundo que después ha seguido, tales sucesos que el historiador no ha legado a la admiración de los hombres. Somnath pasaría así como una rival de Delfos; los Tesoros inauditos de Hind habrían eclipsado a las fabulosas riquezas del rey de Lidia, y asimismo los ejércitos de Jerjes al lado de los de los hermanos pandús, habrían remedado a un mero puñado de hombres.»

Y en otro pasaje de Isis, añade la maestra:

«Está completamente admitido que, desde tiempo inmemorial, el Oriente remoto era el centro de los conocimientos. Ni en Egipto, las ciencias naturales eran estudiadas tan profundamente como en la arcaica Asia Central… Los hierofantes egipcios, a pesar de practicar una moral pura y austera, no pueden ni por un momento ser comparados con les ascetas gimnósofos, ya sea por la santidad de su vida, ya por la sobrenatural renuncia de todo lo terreno. Cuando los conocen bien, experimentan por ellos mucha más veneración que hacia los magos caldeos. Desdeñando las más simples comodidades de la vida, moran en los bosques apartados, llevando la vida de los ermitaños más retirados (Amiano Marcelino, XXIII, 6). A pesar del borrón arrojado por la historia sobre cuantos han practicado la magia y la adivinación, se les considera como poseedores de los mayores secretos en la ciencia misma y una habilidad jamás sobrepujada en la práctica. Numerosos son los volúmenes conservados en los monasterios hindúes en los que constan las pruebas de sus conocimientos. El intentar decir si estos gimnósofos eran los verdaderos fundadores de la magia en la India o si sólo ponían en práctica lo que habían recibido en herencia de los más antiguos Rishis, anteriores al período védico y de los que los propios brahmanes pretenden descender, será considerado mera especulación por los sabios del positivismo… Ellos conservaron su dignidad bajo la dominación de los más poderosos príncipes, sin condescender jamás a visitarlos ni a molestarlos pidiéndoles el más pequeño favor. Si estos deseaban los consejos u oraciones de tales santos hombres, estaban obligados a ir ellos mismos en su busca o a enviar mensajeros. Para estos hombres no había secretos, pues que las profundidades de la naturalezas, la fisiología y la psicología, eran para ellos libros abiertos y el resultado o sin tesis de su saber se encerraba en la ciencia llamada macha-giota, a la que ahora se designa supersticiosamente con el nombre de magia, y de la que hay abundante documentación en el propio Atharva Veda8.

Todo esto capítulo aparte merece.

CAPÍTULO VI

Los Shamanos Del Gobi Y De Otras Partes

Las dos palabras, de «Gobi» y de «Shamo» o «Samano» con las que se designa al gran desierto del que nos ocupamos en el epígrafe anterior, pueden constituir, en clave filológica, un hilo de Ariadna para podemos orientar en el laberinto de cosas ocultas tan complicadas como sublimes. Intentemos algo sobre el particular.

«Go», es «Gau», por la ley de la guna y el vridghi que dicen los sanscritistas, transformándose la o en au, al modo de lo que sucede también con este último diptongo en lengua francesa. «Gau», a su vez, es la Vaca Sagrada o Simbólica de la que nos hemos ocupado en tantas obras, principalmente en De gentes del otro mundo y en los comentarios de Por las grutas y selvas del Indostán. El mismo príncipe Sidharta Sakya-muni no llegó a la categoría de Buddha de la Compasión sino después de haber vivido dos años en el desierto «alimentándose tan sólo de la leche de la Vaca», quiere decir, instruyéndose en la Doctrina de la primieval Sabiduría, doctrina luni-solar o de «la Vaca», conservada, como el tesoro más preciado, por Seres superiores que, a bien decir, han superado el nivel de la Humanidad. Cuando luego Siddhata («el poderoso», de siddhi, poder), regresó entre los suyos, «su cuerpo brillaba como el propio Sol» y desde entonces tomó el sobrenombre de Gauthama, «el conductor de la Vaca», o sea el divino vehículo de aquella Sabiduría de las Edades, llamada a perdurar durante todo este Manvántara o «ciclo de Humanidad».

También Arjuna, en el Bhagavad-Gita, dirigiéndose a Krishna su maestro, le llama «Govinda» o «Gau-bindya», como cuando, desalentado ante la lucha espantosa que se le avecina –¡la lucha tremenda por el Ideal!–, tienen aquella frase de desaliento que dice: «Govinda, ¡no quiero pelear!»9.

El mismo verbo latino «gaudeo», en directa derivación del sánscrito, tiene la significación de «gozo supremo» y hasta la de «éxtasis» o «epopteia», a diferencia del vulgar «laetifico» y en recuerdo del sublime gozo que en los corazones de los hombres puros produce aquella doctrina salvadora de la Vaca o «Gau». «Quidam gaudere decet, laetari non decet», que dice Calepinus.

En cuanto a «Shamo» o «Shamano», la palabra es ya harto familiar a los teósofos para que insistamos mucho en ella. Sha, es «rey» (y por ello así se denomina, entre otros, al rey de Persia), y mano manu o hu-man es «hombre», en todas las lenguas del tronco ario y aun en las otras. De modo que la tal palabra compuesta designa clarísimamente al Gobi, «al lugar de la secreta residencia de esos seres divinos a los que, como dice la Maestra, no sería idolatría el adorarlos». Por eso el nombre de shamano designa en China y Japón a dichos Seres superiores que viven ascéticamente apartados en los desiertos y en «las montañas sagradas», y a quienes hasta los mismos emperadores iban a consultar en los momentos difíciles. Un pasaje muy notable relativo a uno de estos shamanos figura en el relato blavatsquiano de «Una vida encantada», relato incluido en nuestro libro Páginas ocultistas y cuentos macabros, que le comentan. Tales shamanos, repartidos para salvaguardia del mundo por todos los países de la Tierra aunque inabordables al hombre vulgar, son los mismos conocidos en la India por «todas», al tenor del pasaje de Isis sin Velo que dice: «Contra la opinión general, podemos asegurar que los «badagas» de los montes Nilghiri de la India son los más fieles adoradores de los «todas», raza misteriosa de los hombres más hermosos de la Tierra, con la majestad y típica belleza del Zeus griego. Decimos «adoradores» porque aquellos visten, alimentan y sirven a cada toda como a una divinidad. De estatura gigantesca; blancos como los europeos; con cabellera y barba largas y rizada a las que, jamás ha tocado navaja ni tijera (cual los «nazarenos» de Siria) y hermosos, en fin, cual una estatua de Fidias o de Praxíteles, los todas rehuyen el comunicarse con los extranjeros. Nadie ha presenciado nunca el entierro de ningún toda, ni visto ancianos entre ellos. Las epidemias no les atacan nunca mientras diezman a los indígenas, como tampoco las fieras ni las serpientes. Los todas no se casan y se les reconoce por poseer una complexión particular. Cada tres años deben ellos dirigirse a cierto sitio secreto en donde tienen una especie de asamblea. Además, no son ellos la única tribu misteriosa de la India. Algunas van citadas anteriormente, pero ¡cuántas otras más hay en aquel país, nunca mencionadas, pero que existen, sin embargo!»

¡Y tanto que existen allí y en todas partes, hasta en nuestra propia Península, añadimos nosotros! Los lugares elevados, alejados del mundo, y con preferencia los anfiteatros montañosos que tiene el Planeta, como ya vimos.

Modelos de tales retiros es el del Bhao-Mallin, del que dice H. P. B.: «El majestuoso monte de Bhao Mallín alza su cima que fue antaño la morada de un santo eremita y hoy es visitada por millares de peregrinos. En la cresta aquella a dos mil pies del nivel del mar, hállase una fortaleza y detrás de ella otro peñasco de 270 pies con las ruinas de otra fortaleza o castillo mucho más antiguo donde se refugió el asceta durante 75 años. Cómo o de dónde obtenía él el alimento, será siempre un misterio; créese por algunos que comía plantas silvestres, pero allí, sobre la pelada mole roquera, no existe vegetación alguna. No hay modo tampoco de escalar esta roca tajada a pico como no sea trepando por una cuerda y apoyándose en los agujeros del talud apenas mayores que para introducir en ellos los dedos de los pies. Deputaríase, pues, la ascensión como reservada a monos o a acróbatas, si la devoción no proporcionase alas a los hindúes para subir allí, sin que nunca se haya registrado, sin embargo, accidente alguno. En cambio, una partida de turistas ingleses a quienes se les ocurrió la desgraciada idea de querer subir para explorar las ruinas, fue lanzada al abismo por una racha de viento levantado de improviso.

»Khandala es también un villorrio en la meseta de la serranía de Sahiadra a unos 2,000 pies sobre el nivel del mar y rodeada de picachos extraños. Uno de estos picos, erguido sobre el abismo, remeda un colosal edificio de un solo piso, con plano techo y almenado parapeto. Se asegura que en cierta parte de dicha colina se abre una entrada secreta que conduce a vastísimas salas interiores, a un verdadero palacio subterráneo y que aún existen gentes que poseen el secreto de semejante mansión. Un santo eremita y mago «que habitó aquella cripta durante varios siglos», comunicó su secreto a Sivají, el celebérrimo instructor de los ejércitos de Mahratta, Predecesor del Tanhaüser de la ópera wagneriana, pasó este siete años de su juventud en esta misteriosa mansión y en ella adquirió su hercúlea fuerza y su valor inaudito. Sivají fue el héroe y rey de los Mahrattas en el siglo VII y fundador de un imperio muy fugaz. A él debe la India el haber sacudido el yugo mulsumán. Con mano de infante y estatura de mujer, gozaba, sin embargo, de una fuerza prodigiosa que se atribuía a magia por sus compatriotas. El Dekan está plagado de leyendas a él relativas y los mismos historiadores ingleses le mencionan con respeto. Aquellas tradiciones dicen que Sivají no ha muerto, sino que vive ocultamente en una de las criptas de Cahiara en espera de aparecer de nuevo para volver a libertar a su país.»

Lo que precede es la repetición de la leyenda irlandesa de los Tuatha de Danand (c. VII de De gentes del otro mundo), que invisibles habitan hoy las montañas sagradas de la verde Erin en espera de regresar algún día entre los hombres cuando su espiritualidad vuelva a hacerlos de ellos dignos. Es, en fin, la leyenda universal relativa a la ocultación actual y el futuro retorno de la Religión-Sabiduría primitiva de los excelsos jinas o shamanos del Gobi, a la que también se alude simbólicamente en el cuento del Jorobadito (véase nuestro libro El Velo de Isis y Las mil y una noches ocultistas), aparentemente muerto por los sectarios de las diversas religiones positivas, arteras veladoras de la verdad perdida y, sin embargo, sólo dormido… De tales Seres superiores y de sus invisibles o inaccesibles retiros actuales, existen multitud de reminiscencias y leyendas en nuestra propia Península y de ello hay en nuestros libros numerosos ejemplos.

En las cumbres galaico-leonesas de la Aguiliana o Aquiana, al Sur del Castillo templario de Ponferrada hállase otro de los sitios correlativos al majestuoso Bhao-Mallín y demás antes citados y nuestros San Genadio y San Salomón o Suleimán («hombre solar»), el de los dados de madera de «tejo» conservados en la catedral de León («capilla de los dados»), son los equivalentes españoles de aquellos santos eremitas tibetanos e hindúes, y de ellos también son pobres y necromantes remedos hoy los solitarios de las Ermitas de Córdoba y otros varios ascetas españoles con los que algunas veces hemos tropezado en nuestras exploraciones. Los célebres monjes de la Tebaida y tantos otros de la Leyenda áurea y la hagiolagía cristiana, eran solitarios análogos a los dichos, aunque, desgraciadamente, su odio mortal hacia todo lo que sea alusivo a la Primitiva Religión de la Naturaleza, les haga figurar en las filas de la Magia Negra.

Alejandra David-Neel, la intrépida y sincera habitadora del Tíbet durante catorce años y a quien cien veces tenemos que citar con encomio en estos apuntes, en su libro De la China a la India a través del Tíbet, trae el siguiente pasaje relativo a un fantástico castillo natural habitado sin duda por alguno de aquellos misteriosísimos seres.

«He vivido durante muchísimos años, dice, al pie de las nieves eternas, así como en las herbáceas soledades de la región de los grandes lagos, la extraña vida de los anacoretas tibetanos; conozco su encanto especial y todo lo que con ello se relaciona, despierta mi interés. Así que, mientras mis ojos permanecían fijos sobre los roqueños palacios del Dokar-la o «collado de Dokar», a 5.000 metros sobre el nivel del mar, una convicción intuitiva se fue apoderando poco a poco de mí: ¡alguien, sin duda vivía allí! Me lo advertía un como misterioso mensaje, y una especie de coloquio mudo se estableció entre él y yo, invisible el uno al otro. Además, ¿qué importaba después de todo, el que sobre aquella enhiesta montaña un sér, humano o no humano, residiese? La voz que yo creía oír en el fondo de mi conciencia era el eco en mi espíritu de las ideas milenarias hacia las que el pensamiento de Oriente vuelve una y otra vez; las ideas que parecen haber hecho de las altivas cumbres del Tíbet una de sus inexpugnables fortalezas.»

El mito o «verdad con el ropaje de la fábula» relativo a las Montañas sagradas, no tiene otro origen. De los jinas o Seres superiores que en ella habitan invisibles, ha hecho el propio catolicismo el culto de sus ermitas, culto jaino en el fondo, al que, como los romanos hacían con el también jaino Templo de Jano, recurren, con preferencia a las mismas iglesias, en los supremos momentos de angustia o de calamidad, amen de celebrar en aquellas su inevitable y culminante fiesta anual. Para terminar este epígrafe copiemos lo que acerca de dichas montañas sagradas escribe Dulaure :

Las montañas ocupan un lugar considerable en las religiones primitivas, pues eran veneradas por los pueblos cuyo horizonte limitaban sus masas eminentes. Sus cimas ocultas entre nubes, parecían llegar con frecuencia a los cielos: en sus laderas nacían manantiales de feraces riberas, o torrentes devastadores. Sus cumbres, coronadas de nubes tempestuosas, eran manadero de relámpagos y rayos. Las montañas, objeto de agradecimiento y de terror, de temor y de esperanza ora amenazadoras, ora protectoras, oponían barreras difíciles de franquear a los enemigos limítrofes. ¿Cómo no iban a ver los hombres salvajes un poder sobrenatural, una divinidad en ellas? Las montanas se convirtieron en dioses que recibieron el homenaje de casi todos los pueblos de la tierra.

Máximo de Tiro dice que en su siglo se creía que los primeros mortales adoraron a las montañas como símbolos de divinidad; y que, quienes vinieron después, se persuadieron de que no había montaña que no sirviera de morada a algún dios… Esta adoración, hija de la ignorancia que se sostuvo por la fuerza del hábito, llegó hasta los siglos cultos y se mantuvo en el pueblo más civilizado de la antigüedad. El Monte Merú es una supuesta montaña alzada en el centro del Svarga u Olimpo de los induistas. Se supone situada en el norte de los Himalayas. Según la tradición el Merú era la región de la bienaventuranza de los primitivos tiempos védicos. Se la designa con otros nombres: Ratnâsanu (Cima de la piedra preciosa), Hemâdri (Montaña de Oro). Karnikâchala (Montaña de Lato), y Amarâdri (Montaña de los Dioses). Parece que se indica su situación en el centro del Polo Norte, sitio del primer continente de nuestra Tierra, o sea en el centro de la India rodeada de otros montes secundarios. Simbólicamente la cima de este monte místico está en el cielo, su parte media en la tierra y su base en los infiernos, y en su cumbre está la ciudad de Brahma. Esotéricamente interpretada hace suponer se refiere a los lindes que separan a la atmósfera terrestre del éter puro, o bien que el Merú es el círculo que limita la vitalidad terrestre. En los más hermosos tiempos de Grecia se rindió culto a las montañas. Los dioses moraban de ordinario en el monte Casio, en el Olimpo, en el Ida de la isla de Creta y en el Atabyris de la Isla de Rodas. Los griegos conservan atributos de Júpiter reveladores del origen y afinidad de este dios con las montañas. El águila de que suele ir acompañada la representación de este dios es un ave de cumbres; y la ridícula forma del rayo de que está armada su mano o las garras del águila nos recuerdan los relámpagos y el trueno que, al parecer, parten casi siempre de las montañas.

Los montes Ida del Asia Menor, Díndimo, Pesinuto y Berecinto estaban dedicados a Cibeles, la madre de los dioses. A estos hay que añadir el monte Cibeles que también se consagró a está diosa o, mejor dicho, que era la diosa misma, pues la palabra Cibeles significa a un mismo tiempo la montaña y la diosa de este nombre; lo que prueba la identidad existente entre ambas. Saturno, padre de Júpiter, es el nombre de una montaña situada en las cercanías de Atenas. Según dicen Justino y Festa, la montaña en que los romanos construyeron el Capitolio se llamaba también Saturno. De manera, que Saturno no era sino una montaña antes de que los romanos la confundieran con el Cronos de lo griegos, dios del tiempo. Los alegoristas no tardaron en dar una mujer a este dios, a la cual llamaron Rea, y esta Rea, tan celebrada por los poetas, era una montaña situada cerca de Lampsaco. Era conveniente que los dos dioses fueran de naturaleza semejante.

Los antiguos creían que el Atlas y los montes de Argea, de Anazarbia, el Brotis, el Quemis, el Hipo, el Gauro, el Líbano, el Anti-Libano, el Panion, el Peloria, el Ródepe, el Sipilo, el Taurus y el Viario eran montañas divinas. Los getos adoraban a una montaña en donde residía su soberano pontífice, altura que era el santuario más celebrado del país y recibía el nombre de montaña santa. También los tracios, vecinos suyos, tuvieron su montaña sagrada, la cual fue conquistada por Filipo, rey de Macedonia. Los galos rendían culto a las montañas, y en la cima de los Alpes tenían un venerado santuario. Veneraban al San Gotardo como a una de sus divinidades. En los Pirineos existían muchas montañas sagradas, cuyo culto ha aprovechado el Cristianismo; tal es el Caillou de I’Aragé, situado sobre la montaña vecina de Heas, célebre por las fabulas religiosas y por el culto supersticioso de que era objeto. Una inscripción encontrada cerca de Bagnères de Luchón y otra hallada en Baudan, en las proximidades de Bagneres de Bigorre, ofrecen votos hechos a las montañas y demuestran la existencia de este culto en la cordillera Pirenaica. Los italianos adoraban al monte Soracto.

Las montañas, y principalmente las limítrofes, eran preferidas para hacer sacrificios a los dioses, llevarles ofrendas, dirigirles oraciones y erigir templos y altares en su honor. Tácito dice que, como las montañas están próximas al cielo, los dioses se hallan en mejores condiciones en oír las plegarias que los mortales les dirigen desde ellas. En las montañas es donde nacen, se educan y se manifiestan los dioses a los hombres. Jesús predicó el sermón más trascendente de la moral cristiana en una «Montaña» y su crucifixión y muerte tuvo lugar en el «Monte» Calvario. En la Biblia puede hallarse numerosos ejemplos de altares colocados en lugares elevados. Los altares de Bethel, del monte Galaad, de Sichem y muchos más son prueba de ello. Dios entregó la ley a Moisés en un monte: el Sinaí. Agathias reprochas en el siglo VI a los alemanes, súbditos de los francos, de adorar a los ríos, las montañas y los árboles. En el siglo VII, San Eloy, obispo de Noyon, y San Gregario, papa, hacen el mismo reproche a los franceses. Lo mismo podría objetarse de otros países que tienen sus «Montañas» místicas, pero por algo fue que el genial mitólogo y músico compositor Wagner desarrollara su gran drama sacro «Parsifal» en el «Mont-Salvat» o sea una «Montaña» Sagrada.
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