El oriente, y sobre todo el Tíbet, es la tierra del misterio y de los sucesos raros -ha dicho Alejandra David Neel en uno de sus libros que habremos de citar






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CAPÍTULO III

Vías Tibetanas. La Ruta De Los Hann

AGRUPADOS en torno de la meseta central de Asia se agolpan millones de hombres, aislados casi por completo de la llamada civilización europea. Esos millones de hombres, son los herederos degenerados de una sabiduría perdida; los que en épocas prehistóricas tuvieron una cultura floreciente, hoy casi sepultada en nieve o en arena; los que crearon imperios colosales en el medievo, cuya oleadas irresistibles hubieron de extenderse por el resto de Asia e invadir Europa: hunnos, mogoles, tártaros, turcos; los que, en fin, mezclan cinco antiguas religiones y los que viven hoy más o menos sometidos a la teocracia feudal del Dalai-lama de Lhasa, teocracia como la tan vanamente querida imitar e imponer por la Roma papal a los pueblos de Occidente.

Pero el país tibetano-mogol, no es inaccesible, aunque a él no conduzcan ni ferrocarriles, ni carreteras ni calzadas aptas para carruajes. De hecho ha sido penetrado y visitado en diferentes siglos por heroicos exploradores que han venido luego maravillados por las cosas allí vistas y aprendidas por ellos, pues que el Tíbet es la tierra clásica del hechizo, de la magia y del ocultismo.

Hay primero, por encima del Tíbet propiamente dicho, una gran ruta casi perdida, muy alabada por los viejos cronicones chinos, que es el «camino de la seda»,camino más largo que todo el Mediterráneo y que une a Rusia con China a través de las hoy desoladas comarcas del Tarim. Esta es «la ruta de los Hann» que parte de Yarkend, Guma y Khotan en la región Kirguise o Turquestán ruso y sigue hacia el este paralelamente a dicho río atravesando los dos enormes desiertos de Taklamakan, o más bien Tak-lama-kan (¿imperio del lama Tak?) y de Gobi, hasta encontrar, en las comarcas del curso superior del Hwan-ho o río Amarillo, rutas que bajan del lago Baikal y otros lugares de la Siberia hasta el Golfo de Petchili («¿golfo de la Plata?») donde se asienta Peking.

Por donosa coincidencia, dicha ruta lleva el nombre de nuestra maestra H. P. B., pues que el primero de los principescos apellidos de ésta última es el de «Hann» o «gallo», merced a la leyenda de que uno de sus antecesores calmucos, en sus empresas guerreras por las comarcas asiáticas, fue despertado por el canto del gallo en su campamento, librándose, gracias a él, de ser víctima de una sorpresa nocturna de sus enemigos. Ello envuelve además un sentido oculto que se dirá un día, y son, por otra parte, famosísimos los Kiaug, o anales chinos de los Hann.

Esta ruta «sérica» que aún es visible por encima de Keria Nía, oasis de Tchertchen y lago de Lob-nor (lago azul), ha visto morir, a lo largo de su trayecto, populosas ciudades, de las cuales, alguna alcanzó las épocas buddhista y cristiana, arruinándose en definitiva, bien por las guerras tártaras, bien, siglos antes, por la invasión de las arenas del desierto al cambiar de curso el río Tarím. A ellas se refiere la maestra en el conocido pasaje de La Doctrina Secreta que dice: «Todavía se encuentran las huellas de una civilización inmensa y prehistórica en el Asia Central… La gigantesca e interrumpida muralla de montañas que bordean la meseta del Tíbet, desde el curso superior del río Kwan-khé hasta las colinas de Karakorum, fue testigo de una civilización que duró millares de años y podría revelar a la humanidad bien extraños secretos. Las porciones oriental y central de aquellas regiones de Nan-chan y Altyn-tag estuvieron en un tiempo cubiertas de ciudades que muy bien pudieran competir con Babilonia. Un completo período geológico ha pasado sobre dicha tierra desde que aquellas ciudades exhalaron su postre aliento como lo testifican las montañas de movediza arena y el suelo ahora estéril y muerto de las inmensas llanuras centrales de la cuenca del Tarim. Los territorios fronterizos de esos países es sólo lo que de un modo superficial conocen los viajeros. En el interior de aquellas planicies hay agua y frescos oasis llenos de vegetación, donde ningún pie europeo se ha aventurado a penetrar, temeroso de un suelo en la actualidad traicionero. Entre estos floridos oasis existen algunos por completo inaccesibles, aun para los indígenas profanos que viajan por el país. Los huracanes que pueden arrebatar las arenas y con ellas cubrir comarcas enteras, son impotentes para destruir lo que está fuera de su alcance. Los subterráneos construidos en las entrañas de la tierra aseguran los tesoros allí encerrados, y como las entradas se hallan ocultas («subterráneo de Aladino», de Las mil y una noches), no hay peligro de que nadie los descubra aun cuando varios ejércitos invadiesen los arenosos desiertos en donde ni un pozo ni un arbusto ni una vivienda se perciben y la cordillera forma una ingente barrera en torno a las áridas llanuras. y ni es necesario, además, enviar al lector a través del desierto, puesto que las mismas pruebas se encuentran en puntos relativamente poblados de la región.

«El oasis de Tchertchen, por ejemplo, por encima del río de su nombre, está hoy rodeado en todas direcciones por ruinas de ciudades arcaicas. Unos tres mil seres humanos representan allí los restos de cien razas y naciones extinguidas, cuyos nombres mismos desconocen nuestros etnólogos. Un antropólogo se encontraría muy apurado si tuviera que proceder a clasificarlos, dividirlos y subdividirlos, tanto más cuanto que los descendientes respectivos de todas aquellas razas y tribus antediluvianas saben tan poco respecto a sus antepasados como si hubiesen caído de la Luna. Cuando se les pregunta acerca de su origen, contestan que no saben de dónde vinieron sus padres, pero que han oído a éstos que sus primitivos ascendientes fueron «gobernados por los Genios (nuestros «Jinas», decimos nosotros) de aquellos desiertos. Esto podría atribuirse a ignorancia y superstición, pero en vista, de las enseñanzas de La Doctrina Secreta, la respuesta puede considerarse fundada en la tradición primitiva. Hasta la tribu afgana del Khoorasan (¿«Kaurio-assania», los solares terapeutas?) poseen leyendas en corroboración de este hecho».

«El viajero ruso Prjevalsky encontró, casi tocando al oasis de Tchertchen las ruinas de dos inmensas ciudades, la más antigua de las cuales, según tradición local, fue destruída hace 3.000 años por un héroe gigante, y la otra por los mogoles en el siglo x. El emplazamiento de ambas ciudades halláse cubierto ahora, por virtud de las arenas y huracanes del desierto, de reliquias heterogéneas y extrañas: utensilios, monedas, momias, joyas… El coronel Pjrevalsky recogió leyendas referentes a 23 ciudades más, e iguales tradiciones existen en el lago Lob-Nor y en el oasis de Kerya.»

Bien lejos estaba la Maestra de pensar que sus revelaciones habían de encontrar pronto una parcial confirmación, pues que al viajero Prjevalsky, sucedió el intrépido y tenaz Sven V. Hedín, quien con su obra En el corazón del Asia, nos ha relatado, gracias a sus heroicas expediciones por dichos desiertos, dos de aquellas ciudades sepultadas.

El sueco Hedin nos habla, en efecto, de antiquísimos mapas chinos de la entonces pobladísima «Ruta de los Hann»; del seco lecho del Kurruk Daría, abandonado hace más de mil años y que desembocaba, o más bien cruzaba, el hoy ya casi seco también de Lob-Nor, y de las «momias» o esqueletos arbóreos, únicos restos de una extinguida vida con cuya leña aun se calentó en gélidas noches de sus heroibos itinerarios (1893-1900). Más allá del «Oasis de los sesenta manantiales, de Jardang, Bulak y Altimich-Bulak5 visita el desierto de Lop y el pantanoso lago de Jara-Koxum donde vierte y se corta o sepulta el Tarím, ni más ni menos que nuestro Guadiana en las lagunas de Ruidera, y halla, en la orilla norte, un pueblo casi sepultado, con las ruinas aun en pie de su torre babilónica, recogiendo en él monedas chinas, cerámica, marmitas y tazas de culto, etc., amén de tablas talladas que de lejos nos recuerdan los restos del artesonado de nuestra Mezquita cordobesa. Odeh, el criado del sabio, descubre también otro pueblo semejante, y, en fin, de 1899 a 1900, retorna a encontrar en el desconocido Kurruk-tag, las ruinas por él visitadas el año anterior y una tercera población con 19 casas; torre de ladrillo de tres metros, sobre colina de otros 3, a dos jornadas del pantano de Kara-Koxun y donde halla «tablas con tallas de Buddhas e inscripciones» centenares de papeles impresos con tipos chinos que remontan, según Himley de Wiesbaden, a los años 264-270, en tiempos de Yuan y Wuti, por donde se viene en conocimiento de que aquella es la célebre ciudad de Lu-lan o Lunan, ciudad «lunar» que tuvo acuartelados ejércitos numerosos, como emporio que fuera hace 1600 años de una civilización floreciente que se extinguió tan sólo porque el Tarim, que antes corría hacia el este, torció su curso hacia el sursudeste formando el lago de Kara Koxun, mientras abandonaba a su suerte desértica al lago Lob-Nor. Los 800 mapas diseñados por Hedin en sus cruceros nos reservan aún sorpresas acerca de esos países cuya desolación sin límites está por el resumida en estas palabras: «Si en la Luna hay desiertos de arena, no contendrán menos cantidad de vida orgánica que los mares arenosos del centro del Asia», sepultadores de toda una civilización.

¡Tal es la ley de aquel país… y de tantos otros! No olvidemos, en efecto, que la dinámica natural evolutiva no cesa en lugar alguno de la Tierra, y que, si bien existe esa zona nórtica de lo que nosotros llamamos genéricamente «el Tíbet sepultado» o Tíbet mogol, cuya otra mitad constituye el Tíbet propiamente dicho, también en este último se dibuja el estrago desértico, año tras año, hasta llevar a esta segunda zona, hoy tan poblada, su hábito mortífero. Véase sino lo que nos enseña la intrépida Alexandra David Neel en su Místicos y Mágicos del Tíbet:

«Junto a Lhasa, sobre la orilla izquierda del Yerú tsangpo (Brahmaputra) se encuentra un Sahara en miniatura cuyas blancas dunas avanzan de día en día invadiendo cada vez más al país. A pesar de la cadena montañosa que les cierra el camino, las arenas han ganado ya el valle del Kyi tchú (¿el valle quitchúa?») y su fina polvareda comienza a acumularse a lo largo de las hayas que circuyen a Norbuling, el palacio campestre del Dalailama. Más allá del pintoresco monasterio de Dordji-tag, constituye ya un verdadero desierto. Acogidas aún bajo la protección de la montaña, varias alquerías van siendo lentamente recubiertas de arena. Después, toda huella de vitalidad desaparece en un mar arenoso de blancura deslumbradora. El cielo de purísimo azul, sin una nube, es ya la perfecta imagen del desierto africano, aunque, por el aire rarificado de sus tres mil metros de altitud, aquello es siempre el Tíbet…»

Y como España es, repetimos, un Tíbet en miniatura, al que aguarda el mismo destino, veáse en fin, acerca de la inexorable invasión desértica que antaño cegó las regiones de los Hann y hoy amenaza ir cegando, siglo tras siglo, al Tíbet, lo que nos descubre en España el joven geógrafo Francisco Hernández-Pacheco en su Memoria sobre Las arenas voladoras de la provincia de Segovia:

«Hay, entre las provincias de Valladolid y Segovia, una región arenosa de montículos y páramos… La masa de arena, al verse detenida, forma pequeños médanos que avanzan lenta, pero continuamente, recubriendo, insidiosas, las tierras de labor, como puede observarse a los dos lados de la carretera de Navalilla a San Miguel de Bernuy. Los vientos NO. y SE. trasladan a aquella masa arrastrándola hacia los ríos Cega, Pirón y Eresma, siendo la mayor de sus barreras el río Duratón. El territorio así recubierto, cobra todo el aspecto de la duna marítima, con varias lagunas hacia la región de Cuéllar.»

Rodará, pues, el tiempo y con él el destino inexorable, y en España, como en el Tarim y en el Brahmaputra, podrán las futuras generaciones hablar de los nacientes desiertos del Duero y del Duratón, estos dos ríos que fueron antaño vergeles ibéricos y romanos y hoy caminan rápidamente a ser desiertos como el del arenoso Tarim…


CAPÍTULO IV

VÍAS TIBETANAS:

El Melancólico Y Solitario Tarim

LA Ruta de los Hann, desde el Turquestán a la China, cruzaba antaño, repetimos, comarcas fertilísimas que hoy yacen sepultadas bajo sendos desiertos de más de un millar de kilómetros de longitud. Estos dos pavorosos desiertos son el de Tak-lama-kan y el de Gobbi, de los que separadamente nos ocuparemos.

El primero de ellos, que mide una extensión mayor que la Península Ibérica, es el menos inaccesible y más conocido relativamente por haber sido objeto de diversas exploraciones en nuestros días.

Siguiendo las huellas de Prjewalsky en 1870, el sueco Sven Hedin, partió del mar Caspio en 1893; cruzó el Turkestán ruso por Samarcanda –la Marakanda de Estrabón, reina de las ciudades legendarias del ensueño milnocharniego del Asia Central en Unión de Buckara y de Kiva o «Shiva»– y por Oxk –¿la ciudad del Toro sagrado»–, llegó a Kax-gar, que es la población más occidental de la China, en un itinerario de 500 kilómetros, y permaneció unos 9 años recorriendo aquellas zonas desérticas en diversas exploraciones que son, como los del abate Huc, «un monumento de la energía humana».

Hedin, cruza la cordillera del Altai por el desfiladero de Tongburur (7.000 metros), y el río Kisil-su (agua roja), el desierto de entre Kaxgar y el Jarkand-daria (o «río Yarkend», porque «daria», «dauro» o «duero», significa río, cosa que, dicho sea de paso, justifica la etimología parsi de nuestro castellano «Tarim»), llegando a la aldeita misteriosa de Lailik y después a las regiones montañosas del Masar-tag, Choka-tag y Tusluk-tag («tag», montaña y «Tago», «Tego» o «Tajo», río de montaña por consiguiente), con sus poéticos lagos sagrados de Serun-kul y Chul-kul («kul» «luk» o «lak», como etimología probable del «lacus») latino, de nuestro «lago», castellano y aun del «lán-kara», sánscrito. Después alcanzó Hedin las confluencias del Yar-kand-daria, el Aku-daria y el Kota-daria hasta llegar al Tarim en Kechik, por donde este río se ha abierto en épocas históricas un nuevo lecho entre la arena, sin perjuicio de que otras corrientes subterráneas del mismo sigan entreteniendo los restos de vida del lago Lop-nor y aún se enlacen quizás bajo tierra del Gobbi, con el anguloso curso superior del Río Amarillo chino. Cruzó en fin el sueco las inestudiadas colonias de Bostán y de Teres; la selva doblemente virgen de Dung-Kotán, hasta establecer su cuartel general para empresas ulteriores en el oasis de Yangi-kul, destruido luego por una riada en 1901.

Desde el campamento de Yangi-kul, emprende Hedin la penosísima excursión hacia la parte sur del desierto de Tatrán, de superficie casi doble que el Tak-lama-kan, a orillas del Cherchen Daria (casi 300 kilómetros); visita el antiguo pueblo pagano-lamaista de Atti-kusch-padis-chah, sepultado ya como otros tantos; sufre fríos polares nocturnos de hasta 32 grados bajo cero y calores como en el Sahara; bebe las aguas del lago Tana-bagladí, y luego está a punto de perecer de sed, hambre y cansancio en aquellas movibles dunas, caminando por valles o bajires de docenas de kilómetros, formados por el viento a merced de un huracán súbito, el negro Kara-burán, que casi les sepultó en nieve y arena; tiene en Nochebuena el agua a 140 kilómetros, haciéndole consignar en su diario: «en el mismo polo no sería más desconsoladora la noche de Noël». Dos semanas después de su salida, vienen a tocar los expedicionarios «a cucharada de agua por cabeza», bebiéndose hasta el aceite rancio, el líquido espeso de las conservas, la sangre palpitante de los gallos y carneros que llevaban y, mezclados con vinagre y azúcar, ¡hasta los orines de los camellos!… Dos de los bagajeros sucumben a tales tormentos, con todos los animales de carga que, abandonados a su destino y «llorando como seres humanos» le arrancan a Hedín esta frase final: «¡recé por ellos, por mis mártires camellos!»6.

Gracias principalmente a estas expediciones, el teósofo puede formarse ya una idea de conjunto de la sepultada cuenca del Tarím, antes Emporio del Saber Perdido y hoy zona inhospitalaria cerrada al hombre vulgar, aunque con castos retiros iniciáticos a los que alude la maestra H. P. B. con estas palabras: «la Naturaleza tiene lugares reservados para sus escogidos, y muy lejos de las comarcas habitadas existen dulces retiros donde el hombre superior puede adorar a la Divinidad como nuestros primeros Padres o Pitris lo hacían.»

Por la parte del Oeste, comienza dicha región en las alturas del Mustagata, o «puerta de Mustá», por donde cruza, bajo picos de más 7,000 metros la Ruta primitiva de la Bactriana, que empalma con la de los Hann, bajando luego hacia el río Oxus ya la meseta de Pamir. Al sur, una triple barrera de montañas (Tag) de hasta 8,000 metros; el Alting-tag, el Arka-tag y el Ustum-tag, le aíslan de las zonas herbáceas del norte del Tíbet propiamente dicho, lugares donde apenas si se aventuran en verano algunos ganaderos nómadas y cazadores furtivos. Por el este mal separan a la comarca de la del Gobi las derivaciones boreales del Hishthofen y el Nan-chan con su puerta de Humboldt, y dichas derivaciones se enlazan, a su vez, con las imponentes alineaciones glaciarias del Tian-schan, cuajadas de lagos misteriosísimos y frente a cuyas faldas del norte se extiende la Dzungaria, la patria ancestral de los zínganos o gitanos, otro desierto que, sumado a los anteriores y al de Zaidán, abarcan una extensión igual a la del Gobi mismo. La «puerta de Irtych o de la Dzungaria, embocando contra el gran lago Balkasch y su estepa rusa, es uno de los «desagües» históricos de las gentes mogolas, tibetanas y zíngaras hacia los países occidentales, separadas, hacia el norte, por uno de los dédalos montañosos más inextricables del Planeta, de la cuenca siberiana del Ienissei, cuenca que es, a su vez, la de una de los ríos mayores y más desconocidos.

Constituyen así la región del Tarim y la de la Dzungaria, dos verdaderos anfiteatros aproximadamente tan grandes como España: dos inmensas series de «terrazas», como se dice hoy en lenguaje geológico, con toda la poesía que, en grado minúsculo, asombra al viajero en nuestro país en rinconcitos como el de Bierzo, que no habremos de describir por haberlo ya hecho en nuestro Tesoro de los lagos de Somiedo. En tiempos remotos, el Tarim que en grande, recuerda a nuestro Duero, con su afluente originario el Yarkend-daria, ha corrido hacia lo que hoy es Río Amarillo chino, mucho más próximo al Tian-chan límite norte de su cuenca que al Altin-tag, su límite sur. Multitud de caudalosos ríos nacidos de esta última cordillera entraban en él por su lado derecho o meridional, como los que desde la Cántabroastúrica y la Ibérica entran en el Duero por su orilla derecha o del norte. Ellos alimentaban las viejas ciudades de Guma, Khotan, Polur, Keria, Nia Tchertchen, etc. y demás de la ruta de los Hann, pero el tiempo, que todo lo consume, desarrolló, como tejido gangrenoso, el terrible desierto, y estos ríos todos, como pasa a los ríos costeros de nuestra región levantina y la que vimos del Duratón, en lugar de aumentar sus aguas con el descenso, las perdieron todos bajo la arena fatídica y bien pronto el mismo Tarim siguió su ejemplo hasta el punto de que hoy no hay casi «nada humano» allí, remedando por su disposición aquellos vastos territorios dos cráteres lunares como los infinitos que el telescopio nos muestra en nuestro muerto satélite, y en donde hay «llanuras», como las recorridas por Dutreuil de Rhims, «más altas que la cima de Montblanc, llenas de nieve en pleno verano y con cieno luego hasta el vientre de los caballos». (Grenard, Le Tibet).

Y, no obstante: ¡seres superiores habitan estos desiertos!

«Detalles que me han sido dados discretamente por ciertos anacoretas de la escuela de los Dzogs-then –consigna Alejandra David Neel en su notabilísimo pasaje de su obra Místicos y mágicos del Tíbet, que más adelante comentaremos–, comprueban, dicen ellos, que existen ciertos seres los cuales, habiendo alcanzado el más alto grado de espiritualidad, han transmutado («eucarísticamente» al tenor de la etimología de eu «yo», y karystos «milagro», «prodigio», aunque siempre por juego de leyes naturales, todavía desconocidas), la substancia de su propio cuerpo en otra de naturaleza más sutil, poseyendo ya ésta, cualidades muy diferente de las de la carne grosera. La mayor parte de nosotros, sin embargo, somos incapaces de discernir el cambio operado así en la carne aquella.»

Por imposible que parecer pueda, en efecto, semejante aserción en mil partes repetida por sinceros orientalistas acerca de estar habitados por seres superiores: jinas, genios, shamanos (u «hombres regios», semi-divinos), todas, mahatmas, grandes místicos, superhombres, maestros o como haya de llamárseles, digamos con William James: «Hay que saber, ante todo, si los estados místicos no son sino ventanas abiertas sobre un mundo nuevo, más excelso», o con Edmundo González Blanco en su obra El Universo invisible: «El historiador del psiquismo se pregunta asombrado si la humanidad contemporánea, al rechazar el materialismo científico y cultivar el espiritualismo experimental, no retorna al punto de partida… El que fuera de la Matemática pura pronuncia la palabra «imposible» carece, dice Arago, de prudencia… Nada es demasiado insólito para ser verdad, si está conforme con las leyes de la Naturaleza… Modelados nuestros conceptos sobre lo discontinuo de la sensación, la imaginación creadora forja, según Bergson, el continuo…», o, en fin, con Franz Hartmann, «unas personas poseen grandes poderes intelectuales, pero poca espiritualidad; otras tienen poder espiritual, pero una inteligencia débil. Aquellos que tienen las energías espirituales bien templadas y afirmadas por una inteligencia fuerte, son los elegidos» y estos elegidos existen aislados, solitarios, con vida verdaderamente sobrehumana a la que no afectan ya las debilidades y miserias de una «carne» transcendida por la virtud y fuerza de la yoga contemplativa y que, por tanto, pueden habitar, y de hecho habitan en regiones que son mortales para la humanidad vulgar la cual apenas si tiene vagas noticias de aquellos, como el animal tampoco las tiene de los Ateneos y Academias…,

Estos personajes excelsos, contra cuya realidad y cuya doctrina salvadora se estrellarán siempre las necias burlas de un ciego positivismo escéptico, laten en el fondo de todos los hechos de la Historia e irán apareciendo más o menos claramente en el curso de estas modestas líneas.
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