El oriente, y sobre todo el Tíbet, es la tierra del misterio y de los sucesos raros -ha dicho Alejandra David Neel en uno de sus libros que habremos de citar






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CAPÍTULO XXI28

Shadus Y Naldjorpas

El curiosísimo tema ocultista diseñado en los últimos epígrafes puede ser ampliado hasta lo infinito porque las leyes del ocultismo difieren tanto de las leyes humanas ordinarias, que se salen aparentemente de toda regla, cosa a la que ya aludiera el mismo iniciado San Pablo al decir aquella incomprendida frase de «cuando conocí el pecado entonces conocí la ley», como indicando que las altas cosas del espíritu están muy por encima de todas las leyes corrientes, por obedecer a un canon superior e incomprendido por el vulgo, ni más ni menos que las leyes de la pubertad no son conocidas por los impúberes.29

El coronel Olcott en su Old diary leaves (Historia auténtica de la S. T.) nos narra varios encuentros parecidos de raros personajes que luego le resultan seres superiores quienes a veces le llenan de confusión en sus primeros pasos como discípulo, ora sea aquel sabio que después de «hacerle ver la luz astral» le da las señas de su domicilio que luego resulta ser…¡una librería católica!, ora la propia H. P. B., quien primero le hace presenciar los fenómenos mediumnísticos de la granja de los Eddys; luego regula, corta o precipita otros aun más sorprendentes «por la sola fuerza mágica de su voluntad y su pensamiento»; más tarde hace decir a «su Guía espirita» que él es el alma desencarnada de un viejo pirata inglés, hasta que, finalmente oye decir a este «Guía» que él no es sinó un maniquí, un tulku, que veremos después, manejado a distancia por la voluntad de aquella verdadera naldjorpa con vistas a su iniciación en la senda de lo oculto…

Por su parte, Alejandra, a continuación de su relato sobre Tilopa el bengalí, nos da estos otros dos de análogo alcance:

«Narota o Naropa –dice Alejandra– nació en el siglo X, en Cachemira. Era hijo de brahmanes, muy culto y tenido por mago. Cuando desempeñaba las funciones de capellán cerca de cierto rajah, éste le ofendió gravemente y Narota resolvió vengarse de él por la vía oculta. Al efecto se encerró, aisló y construyó un círculo mágico con el fin de matar a distancia al príncipe. Al realizar los conjuros prescritos, se le apareció una Dakini preguntándole si se creía capaz de encaminar al alma del futuro difunto hacia una esfera luminosa o bien de hacerle entrar de nuevo en el cuerpo haciéndole resucitar. El mago se vió forzado a confesar que su ciencia no iba más allá del poder de matarlo y entonces el hada le propinó una durísima reprensión, diciéndole que no se debiera destruir sino lo que se era capaz de reconstruir, declarándole que la consecuencia de su acción repugnante e inconsiderada sería el renacimiento del muerto en uno de los múltiples purgatorios del Bardo. Aterrado Narota, quiso saber el medio para evitar suerte tan espantosa y el hada le aconsejó que para ello fuese a visitar al sabio Tilopa, rogándole le iniciase en el «Sendero directo», que destruye los resultados de los actos, sean los que fueren y asegura la obtención del Nirvana en una sola encarnación, pues que, acertando a comprender el sentido de esta enseñanza y asimilándose su fruto, escaparía a un nuevo nacimiento y, por consecuencia, a los tormentos del purgatorio. Narota, impresionadísimo, abandonó su Kyilkhor (círculo o diagrama mágico) y se encaminó a Bengala, donde vivía Tilopa.

El maestro Tilopa gozaba de grandísima reputación cuando Narota se lanzó en su busca. Después de su iniciación, se había transformado en una especie de asceta avadhuta o sea de aquellos que ya «nada aman; nada odian; de nada se avergüenzan ni buscan gloria en nada», desprendidos de todo lazo terreno de religión, sociedad, familia, etc., Narota, por el contrario, era un ortodoxo induísta, pagado de su superioridad como letrado y como miembro de la casta superior de los brahmanes. La reunión de estos dos hombres de tan diferente carácter parecía propicia a desarrollar una recreativa comedia, pero no un drama espeluznante para Narota.

«El primer encuentro de éste con su guía espiritual acaeció en el claustro de cierto monasterio búdico. Tilopa, casi desnudo, sentado sobre el duro suelo, comía unos peces fritos cuyas espinas iba arrojando aquí y allá desconsideradamente. Para no manchar la pureza de su casta, Narota iba a dar un rodeo pasando de largo del comensal, cuando un monje, saliendo de la cocina, apostrofó a este último reprochándole el que fuese tan irrespetuoso y tan poco compasivo hacia los seres vivos, que se pusiese a hacer una comida que había costado la vida a varios animalitos y en el ámbito sagrado de una pagoda, por lo cual le dijo que desalojase el recinto. Tilopa, impasible, no se dignó mirar siquiera al reprensor, sino que hizo un ademán, pronunció un mantram con lo que al punto las espinas se volvieron a cubrir de carne y los peces así redivivos, volaron por los aires, desvaneciéndose. Nada quedaba, pues, del impío banquete y Tilopa se alejó.

»El asombro dejó a Narota petrificado, pero súbito, una idea luminosa atravesó su mente: Tan singular taumaturgo no podía ser otro que Tilopa, a quien él buscaba. Pero el yogui resultaba inencontrable. Entonces comenzaron para Narota una serie de peregrinaciones que sus biógrafos alargan y agigantan, pero que tienen un fondo probablemente auténtico. De pueblo en pueblo el aspirante a discípulo perseguía al inatrapable Tilopa. Cuando ha oído decir que se halla en un lugar, corre a encontrarle, pero invariablemente Tilopa ha partido ya en el momento mismo de su llegada, Después vienen encuentros que parecen fortuitos pero que son provocados por el mago que multiplica así sus apariciones ilusorias. Un día llama Narota a la puerta de una casa a orillas del camino, para comer. Un hombre le abre y le ofrece vino, que él como buen brahmán rehúsa. Entonces la ilusión se disipa; la casita desaparece y se encuentra Narota solo en el camino, al par que resuena la irónica voz de Tilopa diciéndole «¡Yo estaba en la casita!» Más lejos un aldeano le suplica le ayude a desollar un animal muerto, cosa sólo propia de los parias «intocables» cuya mera aproximación. no ya su contacto, mancha a todo induista de las tres castas puras. Narota, asqueado e irritado, se aparta y al par la voz del invisible Tilopa vuelve a burlarse de él diciéndole: «¡Yo estaba allí!» Otro día, aún, ve a un hombre arrastrando por los cabellos a una llorosa mujer que clamaba socorro. El bárbaro dijo al viajero: «es mi mujer; quiero matarla, ¡ayúdeme o, al menos, siga su camino!» Pero Narota, indignado, cae sobre el miserable, le medio mata, libra a su víctima y… se encuentra de nuevo sólo y juguete de otra fantasmagoría, escuchando otra vez: «¡Yo estaba allí!» Las aventuras se prolongan más y más de análoga manera.

»Por hechicero que Narota fuese, jamás tuvo idea de tamaños ilusionismos que amenazaban volverle loco. Sin embargo, su anhelo por encontrar a Tilopa y ser aceptado por él como discípulo se agiganta, haciéndole caminar a la ventura a través del país, llamando a grandes voces al mago y, considerándole capaz de revestir cualquier forma, se prosterna ante con cuantos caminantes tropieza. Cierta tarde, por fin, llega a un cementerio: una pira todavía humeante, chisporrotea en un rincón; una llamita sombría se escapa aún de cuando en cuando mostrando, entre los tizones, restos humanos requemados y ennegrecidos. Narota distingue vagamente una silueta tendida en el suelo, mira mejor y… un estremecimiento singular agita su ser: ha comprendido Narota y cae de hinojos agarrándose a los pies del Maestro, que esta vez ya no se esfuma como antaño.

»Durante largos años el ex capellán sigue a su maestro sin que este quiera instruirle en nada, antes bien ejercitándole y poniéndole a prueba en obediencia, confianza, etc. Indicaré sólo algunas de estas pruebas:

»Al tenor de la costumbre de los ascetas de la India, Narota había ido a mendigar y volvía con un gran tazón conteniendo arroz y guisado que presentó a su maestro, porque la regla exige que el discípulo no coma hasta que esté satisfecho el maestro. Tilopa agotó el contenido declarando que el plato era tan excelente que, aun habría comido más. Sin esperar más orden, el discípulo volvió a tomar la escudilla y fuese para la hospitalaria casa de la que había recibido el guiso que tanto había gustado a su maestro, pero encontró cerrada la puerta. No por ello cejó en su empresa el solícito discípulo, sino que entrando en la casa descubrió en la cocina la sartén puesta aún al fuego, volviendo a llenar la escudilla con ocasión en que llegaron los dueños y le propinaron una regular paliza. Maltrecho Narota, se arrastró hacia su maestro quien no pareció mostrar por él la menor compasión.

–¡En qué triste aventura te has metido por mi causa –le dijo fríamente éste–, ¿No te arrepientes en vista de ello de ser mi discípulo?

»Cuantas fuerzas le restaban al pobre Narota, hubo de emplearlas en protestar de que jamás sentiría arrepentimiento de seguir a un gurú como Tilopa y que estimaba por tanto el privilegio aquel más que nada en el mundo, aunque ello le hubiese de costar la vida.

»Otra vez, pasando junto a una hedionda alcantarilla descubierta, Tilopa preguntó a sus discípulos quien de ellos se lanzaría a beber de aquellas aguas si él se lo ordenase. Como puede colegirse, no se trataba sólo de vencer una repugnancia natural, sino más bien de contraer una impureza ritual, cosa gravísima para un induísta perteneciente a una de las tres castas puras, y que si la realizaba haría de él ipso facto un paria. Sin embargo, mientras los otros se resistían, el brahmán se echó de bruces sobre el albañal y bebió del inmundo líquido.

»Más bárbara aún fue la siguiente prueba:

»Maestro y discípulo vivían a la sazón en una gruta al borde de un bosque. Cierto día, al regresar de un viaje, Narota vió que durante su ausencia, Tilopa había tallado varias agujas de bambú y las endurecía al fuego. Extrañado, le preguntó qué iba a hacer con ellas.

»El yogui sonrió de un modo singular, preguntándole si aguantaría estoico cualquier padecimiento que él le infligiese, y como el discípulo le contestase que estaba pronto a todo, Tilopa le hincó una aguja bajo cada uña de los dedos de las manos y de los pies y encerrando al paciente en la cabaña, fuese tranquilamente Tilopa ordenándole esperase así hasta su regreso. Varios días transcurrieron hasta que el feroz gurú regresase, y cuando lo hizo halló al fiel discípulo acurrucado en la gruta y con las agujas clavadas tal y como las había aquél dejado.

–¿En qué has pensado mientras estabas solo? –le preguntó Tilopa–. ¿No te figuras ahora que yo soy un maestro desnaturalizado y que es preferible para tí el abandonarme?

–He soñado –replicó Narota– en la vida tan atroz que yo llevaré en el purgatorio si no alcanzo por vuestra gracia la iluminación en la doctrina del Sendero directo, escapando así a todo nuevo nacimiento.

»Citaré, en fin, otra prueba de festivo carácter, al menos para todos los que no fueran el héroe de ella.

»Paseándose Tilopa con algunos de sus discípulos, tropezó con un cortejo nupcial que conducía a una desposada a su domicilio. El yogui dijo a los que le rodeaban: ¿Quién de vosotros irá a apoderarse de esa mujer para traérmela? Yo la deseo. Antes de que Tilopa acabase de hablar, Narota se abalanzó sobre el cortejo .Y al reconocer en él a un brahmán todos le abrieron paso creyendo que intentaba bendecir a la desposada, más cuando se percataron de que la asía fuertemente pretendiendo arrebatarla, todos cayeron sobre él maltratándole con cuantos objetos tuvieron a su alcance, y el harto celoso discípulo hubo de quedar en tierra sin sentido. Cuando volvió en sí de su desmayo apenas tuvo fuerzas para retornar junto a Tilopa, quien le formuló la pregunta acostumbrada tras de cada prueba, de si no se arrepentía de ser su discípulo; y como siempre, Narota protestó de que mil muertes le parecerían bien poca cosa a cambio del altísimo privilegio de ser su discípulo. En otras ocasiones, finalmente, bajo la orden del maestro realizó hazañas como la de tirarse de lo alto de un tejado; atravesar las llamas de una hoguera y otros actos temerarios que pusieron más de una vez en peligro su vida.

»Al cabo de todas estas amarguras, Narota recibió la recompensa, pero no bajo la forma de una iniciación y una enseñanza regulares. Si hemos de creer a la tradición, Tilopa pareció emplear en este caso un método extraño, bastante parecido al de que se sirven ciertos maestros chinos de la secta de Ts'an, No cabe duda de que, aunque nada se le había enseñado al discípulo por vía directa durante su accidentado noviciado, Narota había aprendido gran número de las doctrinas profesadas por su maestro. No obstante, la iluminación vino al discípulo como sigue:

»Estaba Narota sentado junto a una hoguera en pleno aire, con su gurú, cuando éste, sin pronunciar palabra, se descalzó un pie y con la sandalia le dió un fuerte golpe en la mejilla. Narota vió, como vulgarmente se dice las estrellas; pero, al mismo tiempo el profundo sentido del «Sendero directo» iluminó su espíritu.

»Narota tuvo numerosos discípulos a quienes, según la tradición, ahorró todas aquellas pruebas cuya dureza y crueldad conocía por experiencia. Después de haber brillado como filósofo, consagró, se dice, doce años consecutivos a la contemplación continua en espera del «sublime acontecimiento», o sea la condición de Buda. A una edad muy avanzada, se retiró a los Himalayas para allí consagrarse a la vida de eremita.

»Narota es conocido, sobre todo en el Tíbet, como el gurú de Marpa, quien, a su vez, lo fue luego del célebre asceta-poeta Milarespa, cuyo nombre, historia y cantos religiosos por el escritos, son popularísimos entre los tibetanos.

»Si Naropa fué dulce con sus discípulos, no acaeció igual a Marpa, quien torturó durante años a Milarespa ordenándole construir una casa que le hizo demoler y volver alzar varias veces. La casa en cuestión existe aún en el país de Lhobrag (Tíbet meridional).

Digamos, en fin, que los tibetanos no dudan ni un punto de que los detalles anteriores sean auténticos. Si nosotros no podemos alcanzar la fe que ellos, debemos guardarnos de considerar como puras invenciones las extrañas aventuras de los novicios naldjorpas o de creer que se trata de hechos antiguos imposibles de repetirse hoy.»

Examinemos nosotros, por nuestra parte, estos asuntos en otro epígrafe.
[Aquí terminan los capítulos publicados en la revista El Loto Blanco. Al parecer, otra edición completa, que no disponemos, se publicó en una revista de América del Sur, pero en portugués].


1 Bajo este sugestivo título, inauguramos hoy la publicación de un profundo e interesantísimo trabajo del Dr. Roso de Luna, acerca de esos dos grandes misterios de la Humanidad que se llaman la Teosofía y el Tíbet.

Nuestro tan querido como admirado amigo nos irá dando en semejante estudio una amplia visión de conjunto del incomprendido «País de las nieves», que todo buen teósofo siempre anhelará visitar; de su geología, geografía, historia, costumbres, ritos y supersticiones, filosofía y cosmología, ciencia y arte, magias y ocultismos, con toda la ponderación y galanura a que tan acostumbrados nos tiene el sabio autor de El libro que mata a la muerte o libro de los Jinas, y de treinta obras más a las que ni aun los propios teósofos han hecho la debida justicia todavía –Nota de la Redacción.

2 Estos asuntos han sido objeto de una conferencia pronunciada recientemente por el autor en la «Rama Hesperia», de la S, T, en Madrid–N. de la R.

3 Un lacónico y reciente telegrama de la Misión norteamericana que actualmente recorre aquellos países, nos dice haber descubierto, no precisa la zona, un pico de unos 10,000 metros de altitud o sea mil más que el Everest, cuya altura es de casi nueve mil, como es sabido.

4 Quien desee más detalles acerca de estos sugestivos problemas, puede consultar
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