El oriente, y sobre todo el Tíbet, es la tierra del misterio y de los sucesos raros -ha dicho Alejandra David Neel en uno de sus libros que habremos de citar






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El Tíbet

Y LA TEOSOFÍA
Apuntes De Un Filósofo

Por el DR. Roso de Luna

Obra incompleta


CAPÍTULO I

Ojeada Preliminar1

«EL Oriente, y sobre todo el Tíbet, es la tierra del misterio y de los sucesos raros –ha dicho Alejandra David Neel en uno de sus libros que habremos de citar cien veces en el curso de este estudio–. Por poco que se sepa mirar, escuchar, observar atenta y detenidamente, se descubre en él un mundo más allá del que estamos habituados a considerar como el único real, acaso porque no sabemos analizar con minuciosidad bastante los fenómenos del que está tejido y no remontamos bastante lejos en el encadenamiento de las causas que los determinan. Ningún buen oriental duda un momento de la existencia de seres inteligentes, invisibles para la generalidad de los hombres y que sin embargo, viven a nuestro lado mismo.»

El conocimiento de estos seres y de aquellos misterios es labor fundamental de la Sociedad Teosófica, al tenor de lo que llamar podríamos su Carta Constitucional, –Carta contra la que también ha habido «dictaduras»–, ya que el segundo objeto de aquella, tanto en la que tiene su sede en Adyar (India) como la que reside en Point Loma (EE. UU.) se cifra en el «estudio comparado de religiones, ciencias y filosofías tanto de Oriente como de Occidente y en la investigación de las leyes desconocidas de la naturaleza» por las que de existir, se rigen, sin duda, tales seres y tales misterios.

Semejante conocimiento, en suma, es el objeto esencial de la Teosofía de las Edades, o Ciencia de las religiones y Religión de las ciencias, Sabiduría primitiva brillantemente reconocida por nuestro filósofo Edmundo González Blanco, al decir en la página 16 de su obra El Universo Invisible: «Los evolucionistas vulgares pretenden que los pueblos de Oriente se llevaron lenta y gradualmente a la civilización desde un estado de primordial salvajismo. Pero los que así piensan, presuponen lo que han de demostrar. En cambio, los que saben adentrarse como se debe en los monumentos que nos quedan, están convencidos de que la historia que conocemos se ofrece en sus comienzos como la resultante de una cultura antiquísima»…, y «nada más dentro de las leyes naturales por la Ciencia estudiarlas –añade Rafael Urbano–, que el milagro y el misterio, pues que uno y otro nos proporcionan la verdadera visión de la realidad mostrándose cómo deben ser», mientras que nuestra pomposa ciencia de Occidente no se compone, en opinión del astrónomo y orientalista Bail1y, sinó «de fragmentos y reliquias de un sistema de ciencia asiática mucho más antiguo e infinitamente más perfecto, sistema acaso procedente de la Atlántida misma».

Esta es, en fin, la que, en lenguaje occidental podríamos llamar «Sabiduría de la Edad de Piedra», de la que, al final de nuestro libro La Ciencia hierática de los Mayas, hubimos de decir: «Es ella el tesoro de una época inestudiada y misteriosísima que abarca a la más remota prehistoria, época que ya Trogo Pompeyo denominó escítica o de turanios e hiperbóreos, y cuya raza irradió sus primievales fulgures por el mundo entero, según el extracto de las obras de Trago hecho por Justino y reproducido en el clásico libro de Alexandre Bertrand Les Druides et le Druidisme, con aquellas palabras de non minus illustria initia quam imperium habuere; la remota época que fue siempre considerada como la más antigua del Planeta, anterior a los mismos hindúes y egipcios (Scitarum gens antiquisima semper habita); gentes cuyo imperio fue inmenso (multum in longitudinem et latitudinem patet) y que aspiró por tres veces al imperio del Asia (imperium Asiæ quesivere), imponiendo tributos que abolió Nino, el padre de Semiramis y primer rey de Asiria (his scythis per mille quingentos annos vectigalis juit. Pendenti tribuli finem Ninus, rex Assiriorum impossuit). Esta raza troncal no es otra que la hiperbórea y escítica de Herodoto; la pre-ariana y mágica, de Plínio; la proto-semita, de Scott Elliot; la de los restos hiperboreos, lemures y a tlantes, de Blavatsky: la megalítica, de los antropólogos modernos; la protodanesa, escasdinava o nórtica de Worsaal, Evans, Nilson y Montelius: la druída, de Bertrand; la vasca o precaldea, de Fernández y González; la turania occidental, de Lenormand; la mediterránea, de Sergi; la libio-ibera, de Antón, etc., etc., pues, como ha dicho Bunsen, comentando la admirable obra de Lenormant, La magie chez les chaldéens et les origines accadiennes, «todo se aun a para llevamos a considerar a una misma y sola raza de la humanidad como implantadora en una antigüedad prodigiosamente remota, que no podríamos reducir a guarismo, de las supersticiones mágicas que luego les fueron características en la cuenca del Eufrates y el Tigris», frase comentada por Bertrand con estas palabras: «La hipótesis de Bunsen resulta hoy un hecho apoyado en sólidos argumentos y cada día alcanza una demostración más completa. El día que ello quede establecido en definitiva, la historia primitiva de la humanidad habrá dado un paso gigantesco. Este día nos parece ya muy vecino.»

La clave de este gran misterio, está en el Tíbet y en el Gobi, en esos singulares países que son el tejado del mundo, por la elevación excepcional de su extensísimo suelo; con regiones mayores que muchos Estados europeos, donde según Grenard, «nada pasa, sinó el viento, y nada ha pasado, más que fenómenos geológicos»; donde ríos como el Tarim son sorbidos por desiertos que antes fueron países florecientes y más antes, Mediterráneos salobres como el nuestro; donde pueden recorrerse durante meses miles de kilómetros, sin encontrar una mala vivienda, un camino, un alma humana, un pájaro, un resto, en fin, de seres vivos; donde se hermanan, gracias a la altitud, la nieve y la arena; el cieno y el pedregal; el huracán y el fuego del sol, que da de día temperaturas senegalecas y de noche fríos polares más temibles que los padecidos por las expediciones árticas; donde hasta el respirar exige un esfuerzo en puertos y gargantas elevados a tres, cuatro y cinco mil metros sobre el nivel del mar, bajo cumbres de seis a ocho mil metros y donde, sin embargo, se encuentran pasos más allá todo cuanto nos envanece en Occidente en punto, a ciencia, historia, arte, tradición, leyes, filosofía, mágica y ocultismo, echándose sólo de menos la decantada civilización material nuestra, porque, como pueblo viejo y grande que ha disfrutado hace siglos de todos los discutibles placeres de aquí abajo, sólo vive ya para los divinos problemas del Espíritu…

«El anacoretismo es estimadísimo en el Tíbet, dice la señora David-Nee1 en su ya famosa obra Voyage d’une parisienne a Lhasa a pied et en mediant de la Chine a l’Inde a travers le Thibet. Los místicos tibetanos son un verdadero enigma aún dentro de la atmósfera de misterio que baña todo el territorio. «El país de las nieves» cesará a caso bien pronto a ser una región cerrada al extranjero, pero es más que dudoso que los secretos de estos eremitas sean jamás revelados en gran número.» El país en su conjunto, no es, además, sinó una vasta teocracia, bastante menos mala que la que de Roma se ha pretendido vanamente desde hace veinte siglos imponer al mundo: una teocracia tras la que se transparenta los orígenes filosóficos, mejor dicho, teosóficos, de todas las religiones positivas, desde el lamaísmo o «religión de los lhas», espíritus humanos y espíritus naturales, y el fetichismo horriblemente sanguinario y necromante, hasta las formas más nuevas del buddhismo y aun del cristianismo.

«El ámbito del misticismo tibetano, añade aquella intrépida viajera, es como un inmenso campo de batalla en el que luchan las tendencias de razas, no solamente de mentalidades diferentes sinó hasta completamente antagónicas», ni más ni menos, añadiremos nosotros que en el campo de las modernas actividades teosóficas, por lo cual es de doble importancia para nosotros el ahondar en el estudio de aquella mágica región central de Asia, a cuyos místicos más excelsos, integradores de la que suele llamarse Gran Logia Blanca por los oculistas, se deben las modernas enseñanzas de nuestra maestra Blavatsky, resucitando con ellas la Eterna Sabiduría de las Edades, conocida vulgarmente de tiempos neoplatónicos acá bajo el nombre griego de Teosofía, ciencia que no es, por supuesto, «Ciencia de Dios», ya que la Deidad Abstracta, Absoluta e Infalible, Mar sin orillas, de donde todo emana y a donde todo vuelve, no puede ser objeto de conocimiento alguno ni de atributo alguno incluso el de la existencia, que la concrete o límite, sinó «ciencia de los héroes, de los semidioses y de los dioses», que son las tres clases de seres humanos superiores a nuestra actual condición de seres semi-humanos y semi-animales en sendero evolutivo de probación, de lucha y de propia superación para despertar el Divino Rayo del Logos Solar que arde en el fondo de nuestra conciencia.

Pero, como enseña Plutarco, no hay diferentes dioses en los diversos pueblos; ni dioses extranjeros y dioses griegos: ni dioses del sur y dioses del norte, sinó que así como el Sol y la Luna; el cielo, la tierra y el mar son comunes a toda la especie humana, con distintos nombres según las diferentes razas, así, aunque no hay más que una Razón que pone en orden estas cosas y una Providencia (Karma) que las administra, hay diferentes honores y denominaciones en los diversos países, y los hombres, para entenderse, se sirven de símbolos consagrados, algunos obscuros, y otros más claros, encaminando así al pensamiento por las vías de Lo Divino, mas ello no sin gravísimo peligro, porque algunos, perdiendo pie, se despeñan en la superstición, y otros queriendo no caer en el lodazal de la superstición, se han despeñado, a su vez, hasta el precipicio del ateismo.» Además, como dice Franz Hartmann, «unas personas poseen grandes poderes intelectuales pero poca espiritualidad; otras tienen gran poder espiritual, con una inteligencia débil. Aquellos que tienen las energías espirituales bien reforzadas con una inteligencia fuerte, son los elegidos».

El verdadero teósofo, tiene que esforzarse con todas las potencias de su alma en ser de estos últimos, no en el sentido egoísta cristiano de la «elección» y la «salvación» para sólo él, olvidando a los demás, sinó en el sentido humano de «ser hombre» y procurar que «nada humano le sea ajeno», al tenor de la clásica senda de Terencio, y para lo cual, si no le es dable todavía ir físicamente al Tíbet, donde práctica y libremente se enseñan estas cosas por Seres superiores hacia los cuales «la misma adoración no sería idolatría», como dice Blavatsky, pueda hacer, al menos, que «el Tíbet venga a él», diciendo con el maestro Mahoma, siempre bendito, aunque a la inversa: «la Montaña vendrá a mí, si yo no puedo ir a la Montaña…»


CAPÍTULO II

El Tíbet, Tejado Del Mundo2

El antiguo continente es un inmenso cuadrilátero, limitado al norte por el Océano Glacial ártico y el Atlántico septentrional; al este, por el Pacífico; al sur, por el Mar de las Indias, y al oeste por el Atlántico.

En el interior de este cuadrilátero y bastante más próximo al sur, o sea al Mar de las Indias, se alza la Meseta Pamir, broche orográfico o vértice de una pirámide cuadrangular de alineaciones montañosas demarcadoras respectivas de las cuencas de aquellos cuatro océanos, a saber: Alineación nordeste, constituida por las cordilleras sucesivas de Tien-chan, Altai, Tarbagatai, Jablonoi y Stanovoi, muriendo hacia el Estrecho de Bering, o más bien enlazándose allí con las formaciones andinas que recorren las tres Américas hasta el cabo de Hornos; Alineación sudeste, formada por los Himalayas y montañas de la Indo-china, hasta Malaca, con prolongación luego en el Pacífico hasta Australia y nueva Zelanda; Alineación sudoeste, determinando, con los montes Salomón, la separación entre Persia e India y región montañosa del sur de Arabia, para constituir luego los montes de Abisinia y restantes del África oriental hasta el Cabo de Buena Esperanza, y, finalmente, la Alineación noroeste, integrada por la serie ininterrumpida de cordilleras del Hindu-Cusch, Irán, Armenia, Cáucaso, Balcanes, Cárpatos, Alpes, Pirineos, hasta el cabo de Finisterre.

Geológica o tectónicamente esta disposición actual se ha debido a que en la más remota de las edades de la Tierra existieron primitivas formaciones continentales hacia lo que es hoy el Océano Glacial Ártico, o sea la Eurasia de los geólogos modernos y el Continente Hiperbóreo o segundo Continente de «La Doctrina Secreta» oriental. Muchos cientos de siglos más tarde, y cual restos a la deriva de un barco que se hunde, vino a chocar con aquella otro continente meridional: la llamada Gondwana por los geólogos, continente que antes fuese la Lemuria de Lamark, Darwin y Rusel Wallace, o sea el tercer Continente de las tradiciones orientales y cuyos últimos y aún enormes restos son la Australia y demás tierras del hemisferio sur. Semejante choque titánico de entre ambas moles continentales está testimoniado en las alineaciones segunda y tercera antedichas; pero, mientras que en la segunda la Eurasia se sobrepuso a la Gondwana, dejando como resto de esta última a la India, en la hoy región europea, la Gondwana empujó a la Eurasia, creando la gran rotura terrestre mediterránea, la Thetis de los geólogos modernos y aun desecando el entonces Mar del Desierto de Sahara que antes dejaba dentro de Europa el norte todo del África actual. Además la Eurasia hubo de resquebrajarse de sur a norte, paralelamente a los Urales, creando la depresión caspiana que va desde el Golfo Pérsico al Mar Glacial por toda la Arabia, Persia y cuenca del río Obi, región que es, por tanto, como un viejo Mediterráneo desecado que aún conserva sus lagos Pérsico (hoy golfo), Caspio y Aral. Como el choque, en fin, de aquellas dos moles continentales se operó de sur a norte, como va dicho, su tremebundo impulso tangencial –cuyo vago recuerdo demopédico y religioso es en un sentido el de la lucha de los Titanes contra los Dioses, de la Teogonía de Hesiodo, o bien en cierto modo, el de los Kurus solares y los lunares Pandavas en el Mahâbhârata– determinó un plegamiento general de este a oeste, de toda la masa terrestre; algo así como un fuelle que se cierra o tela que se arruga, y de aquí la multitud de cordilleras orientadas sensiblemente en dicho sentido por todo el ámbito de la región tibetana entre la India y Siberia, y entre el Mediterráneo y la Europa-septentrional. La inmensa pirámide aquella del viejo continente quedó de este modo como truncada, y la alta superficie de dicha truncadura vino a constituir el Tíbet máximo (gran Tíbet, Gobbi y Mogolia juntas), parte desde entonces la más alta, misteriosa e inaccesible del Planeta.

De este a oeste, dicha superficie, de truncadura mayor que la de Australia y que la de Europa, quedó partida, si antes no lo estaba, en tres regiones casi iguales: dos al norte (Gobbi y Mogolia) y una al sur (el Tíbet propiamente dicho), por el alzamiento de las cordilleras del Altin-Tag y de Kuen-lun, cuya altura media acaso es superior a la del Himalaya3 y que en los valles más hondos, pocas veces baja de los tres mil metros o sea un nivel sobre el mar no alcanzado por las tres elevaciones mayores de nuestra abrupta península (Pico Mulhacen, Picos de Europa y alturas de Gredas, Moncayo, etc.) ¿Podemos imaginarnos bien, a un país como el tibetano cuyos ríos inician su recorrido de cientos de kilómetros hacia el Pacifico y el Mar de las Indias, muy por encima del nivel del Montblanc? Pues ésta es la primera de las infinitas características del país de los Pe-pas o Po-pas, ¡de los Pepes que, no sin razones fonético-históricas muy serias, podríamos decir los españoles!

El gigantesco choque o choques relacionados con la desaparición sucesiva de los viejos continentes Hiperbóreo, Lemur y Atlante, constituye lo que la geología moderna llama Formación alpina, la cual determinó la orografía y la tectónica de la Tierra tal como hoy la conocemos. Por dichos encuentros, desde China hasta España, la corteza terrestre quedó como arrugada en infinitos pliegues montañosos, dejando también de este a oeste, dos inmensas extensiones onduladas; la una hacia el norte, como vago recuerdo del continente boreal originario (Siberia, Rusia, Alemania, Francia), y la otra hacia el sur (India, Arabia, continente africano, etc.) como restos, a su vez, de los territorios lemures y atlantes, comprendida en este último la misma China. Además, la rotura de la Eurasia, marcada por la depresión del Mar Glacial al Golfo Pérsico, estableció una paridad territorial entre las tres partes del antiguo continente muy distinta de la desigualdad de nuestra geografía política, ya que, merced a esta depresión, la cuenca del Obi, la región kirguis-caspiana y la Anatolia o Asia Menor, pasa a ser Europa, mientras que Persia, Arabia y aún la India, pasan a África, geológica y climatológicamente, quedando para el Asia propiamente dicha todo el restante territorio desde los Himalayas al Mar Glacial, con su centro en el Tíbet4.

Es, pues, el Tibet, el verdadero tejado del mundo, tejado de cuatro aguas y también la más augusta, simbólica y originaria de todas las Pirámides. Acaso por ello, una humanidad sabia erigió más tarde en Egipto esas maravillas de arquitectura y geometría iniciática llamadas las pirámides, templos del Saber Perdido acerca de los que tantas luces debemos a Piazzi Smith y a H. P. Blavatsky. ¿Qué de extrañar tiene en vista de ello, que sea el Tíbet el más misterioso y excelso de los países del globo? Así se explica el que desde los tiempos de Ser Marco Polo constituya el Tíbet la atracción mayor de los espíritus verdaderamente elevados de la Humanidad en su ansia infinita de redención y de superación por encima de las miserias de nuestra vida física y que él constituya en efecto la retirada mansión de esos seres espiritualmente superiores, conocidos en todos los tiempos y países con los nombres de Iniciados, Adeptos, Maestros, Grandes hombres y Grandes Almas o Maha-Almas.

Consciente o inconscientemente atraídos por dicha grandeza, el anhelo científico-religioso de nuestra época ha hecho por eso del Tíbet y sus desiertos vecinos el objeto predilecto de expediciones, desplegando en ellas verdaderos heroísmos y aportando al acervo occidental como hechos concretos, positivos e incontrovertibles, lo que antes, por su ignorancia, se atreviera Occidente a llamar «el insano delirio de los teósofos».
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