Título original IL pendolo di Foucault






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UMBERTO ECO

EL PENDULO DE FOUCAULT

EDITORIAL LUMEN

Título original Il pendolo di Foucault
Primera edición: 1989
ISBN: 84-264-1188-6

Sólo para vosotros, hijos de la doctrina y de la sabiduría, hemos escrito esta obra. Escrutad el libro, concentraos en la intención que hemos diseminado y emplazado en diferentes lugares; lo que en un lugar hemos ocultado, en otro lo hemos manifestado, para que vuestra sabiduría pueda comprenderlo.
(Heinrich Cornelius Agrippa von Nettesheim, De occulta philosophia, 3, 65)
La superstición trae mala suerte.
(Raymond Smullyan,

5000 B.C., 1.3.8)

KETER
Fue entonces cuando vi el Péndulo.
La esfera, móvil en el extremo de un largo hilo sujeto de la bóveda del coro, describía sus amplias oscilaciones con isócrona majestad.
Sabía, aunque cualquiera hubiese podido percibirlo en la magia de aquella plácida respiración, que el período obedecía a la relación entre la raíz cuadrada de la longitud del hilo y ese número “pi” que, irracional para las mentes sublunares, por divina razón vincula necesariamente la circunferencia con el diámetro de todos los círculos posibles, por lo que el compás de ese vagar de una esfera entre uno y otro polo era el efecto de una arcana conjura de las más intemporales de las medidas, la unidad del punto de suspensión, la dualidad de una dimensión abstracta, la naturaleza ternaria de él, el tetrágono secreto de la raíz, la perfección del círculo.
También sabía que en la vertical del punto de suspensión, en la base, un dispositivo magnético, comunicando su estímulo a un cilindro oculto en el corazón de la esfera, garantizaba la constancia del movimiento, artificio introducido para contrarrestar las resistencias de la materia, pues no sólo era compatible con la ley del Péndulo, sino que, precisamente, hacía posible su manifestación, porque en el vacío, cualquier punto material pesado, suspendido del extremo de un hilo inextensible y sin peso, que no sufriese la resistencia del aire ni tuviera fricción con su punto de sostén, habría oscilado en forma regular por toda la eternidad.
La esfera de cobre despedía pálidos, cambiantes reflejos, comoquiera que reverberara los últimos rayos del sol que penetraban por las vidrieras.
Si, como antaño, su punta hubiese rozado una capa de arena húmeda extendida sobre el pavimento del coro, con cada oscilación habría inscrito un leve surco sobre el suelo, y el surco, al cambiar infinitesimalmente de dirección a cada instante, habría ido ensanchándose hasta formar una suerte de hendidura, o de foso, donde hubiera podido adivinarse una simetría radial, semejante al armazón de una mándala, a la estructura invisible de un pentaculum, a una estrella, a una rosa mística. No, más bien, a la sucesión, grabada en la vastedad de un desierto, de huellas de infinitas, errantes caravanas. Historia de lentas, milenarias migraciones; quizá fueran así las de los Atlántidas del continente Mu, en su tenaz y posesivo vagar, oscilando de Tasmania a Groenlandia, del Trópico de Capricornio al de Cáncer, de la Isla del Príncipe Eduardo a las Svalvard. La punta repetía, narraba nuevamente en un tiempo harto contraído, lo que ellos habían hecho entre una y otra glaciación, y quizá aún seguían haciendo, ahora como mensajeros de los Señores; quizá en el trayecto desde Samoa a Nueva Zembla la punta rozaba, en su posición de equilibrio, Agarttha, el Centro del Mundo. Intuí que un único plano vinculaba Avalón, la hiperbórea, con el desierto austral que custodia el enigma de Ayers Rock.
En aquel momento, a las cuatro de la tarde del 23 de junio, el Péndulo reducía su velocidad en un extremo del plano de oscilación, para dejarse caer indolente hacia el centro, acelerar a mitad del trayecto, hendir confiado el oculto cuadrilátero de fuerzas que marcaban su destino.
Si hubiera permanecido allí, indiferente al paso de las horas, contemplando aquella cabeza de pájaro, aquella punta de lanza, aquella cimera invertida, mientras trazaba en el vacío sus diagonales, rasando los puntos opuestos de su astigmática circunferencia, habría sucumbido a un espejismo fabulador, porque el Péndulo me habría hecho creer que el plano de oscilación habría completado una rotación entera para regresar, en treinta y dos horas, a su punto de partida, describiendo una elipse aplanada, la cual giraba también alrededor de su centro con una velocidad angular uniforme, proporcional al seno de la latitud. ¿Cómo habría girado si el punto hubiese estado sujeto en el ápice de la cúpula del Templo de Salomón? quizá los Caballeros también habían probado allí. quizá el cálculo, el significado final, hubiera permanecido inalterado. quizá la iglesia abacial de Saint Martin-des-Champs era el verdadero Templo. En cualquier caso, el experimento sólo habría sido perfecto en el Polo, único lugar en que el punto de suspensión se sitúa en la prolongación del eje de rotación de la Tierra, y donde el Péndulo consumaría su ciclo aparente en veinticuatro horas.
Pero no por aquella desviación con respecto a la Ley, prevista por lo demás en la Ley, no por aquella violación de una medida áurea se empañaba la perfección del prodigio. Sabía que la Tierra estaba girando, y yo con ella, y Saint Martin-des-Champs y toda París conmigo y que juntos girábamos bajo el Péndulo, cuyo plano en realidad jamás cambiaba de dirección, porque allá arriba, en el sitio del que estaba suspendido, y en la infinita prolongación ideal del hilo, allá en lo alto, siguiendo hacia las galaxias más remotas, permanecía, eternamente inmóvil, el Punto Quieto.
La Tierra giraba, pero el sitio donde estaba anclado el hilo era el único punto fijo del universo.
Por tanto, no era hacia la Tierra adonde se dirigía mi mirada, sino hacia arriba, allí donde se celebraba el misterio de la inmovilidad absoluta.
El Péndulo me estaba diciendo que, siendo todo móvil, el globo, el sistema solar, las nebulosas, los agujeros negros y todos los hijos de la gran emanación cósmica, desde los primeros eones hasta la materia más viscosa, un solo punto era perno, clavija, tirante ideal, dejando que el universo se moviese a su alrededor. Y ahora yo participaba en aquella experiencia suprema, yo, que sin embargo me movía con todo y con el todo, pero era capaz de ver Aquello, lo Inmóvil, la Fortaleza, la Garantía, la niebla resplandeciente que no es cuerpo ni tiene figura, forma, peso, cantidad o calidad, y no ve, no oye, ni está sujeta a la sensibilidad, no está en algún lugar o en algún tiempo, en algún espacio, no es alma, inteligencia, imaginación, opinión, número, orden, medida, substancia, eternidad, no es tinieblas ni luz, no es error y no es verdad.
Me devolvió a la realidad un diálogo, preciso y desganado, entre un chico con gafas y una chica desgraciadamente sin ellas.
--Es el péndulo de Foucault --estaba diciendo él--. Primer experimento en un sótano en 1851, después en el Observatoire y más tarde bajo la cúpula del Panthéon, con un hilo de sesenta y siete metros y una esfera de veintiocho kilos. Por último, desde 1855 está instalado aquí, a escala reducida, y cuelga de aquel orificio, en el centro del crucero.
--¿Y qué hace? ¿Tambalearse?
--Demuestra la rotación de la Tierra. Como el punto de suspensión permanece inmóvil...
--¿Y por qué permanece inmóvil?
--Porque un punto... cómo te diré... en su punto central, a ver si me explico, todo punto que esté justo en el centro de los puntos que ves, pues bien, ese punto, el punto geométrico, no lo ves, no tiene dimensiones, y lo que no tiene dimensiones no puede moverse hacia la derecha ni hacia la izquierda, ni hacia arriba ni hacia abajo. Por tanto, no gira. ¿Entiendes? Si el punto no tiene dimensiones, ni siquiera puede girar alrededor de sí mismo. Ni siquiera tiene sí mismo...
--¿Tampoco si la Tierra gira?
--La Tierra gira pero el punto no. Si te gusta, bien; si no, te aguantas. ¿Estamos?
--Eso asunto suyo.
Miserable. Encima de su cabeza tenía el único lugar estable del cosmos, la única redención de la condenación del pantarei y pensaba que era asunto suyo, y no Suyo. Y poco después ambos se alejaron; él, adoctrinado con algún manual que había oscurecido su capacidad de asombro, ella, inerte, inaccesible al estremecimiento del infinito, se alejaron sin que, en su memoria, hubiera quedado huella alguna de aquel encuentro pavoroso, el primero y el último, con el Uno, el En-sof, lo Indecible. ¿Cómo no postrarse de hinojos ante el altar de la certeza?
Yo miraba con temor reverente. En aquel momento estaba convencido de que Jacopo Belbo tenía razón. Cuando me hablaba del Péndulo, su emoción me parecía fruto de un delirio estético, de ese cáncer que lentamente estaba cobrando forma informe, en su alma, y poco a poco, sin que él se diese cuenta, iba transformando su juego en realidad. Pero si tenía razón con respecto al Péndulo, quizá también fuera cierto todo el resto, el Plan, la Conjura Universal, y era justo que ahora yo estuviese allí, en la víspera del solsticio de verano. Jacopo Belbo no había enloquecido, sólo había descubierto, jugando, a través del Juego, la verdad.
Es que la experiencia de lo Numinoso no puede durar mucho tiempo sin trastornar la mente.
Traté entonces de apartar la vista siguiendo la curva que, desde los capiteles de las columnas dispuestas en semicírculo, se prolongaba por las nervaduras de la bóveda hasta la clave, repitiendo el misterio de la ojiva, que se apoya en una ausencia, suprema hipocresía estática, y a las columnas les hace creer que empujan hacia arriba las aristas, mientras que a éstas, rechazadas por la clave, las persuade de que son ellas quienes afirman las columnas contra el suelo, cuando en realidad la bóveda es todo y nada, efecto y causa al mismo tiempo. Pero comprendí que descuidar el Péndulo, péndulo de la bóveda, para admirar la bóveda, era como abstenerse de beber en el manantial para embriagarse en la fuente.
El coro de Saint-Martin-des-Champs sólo existía porque, en virtud de la Ley, podía existir el Péndulo, y éste existía porque existía aquél. No se elude un infinito, pensé, huyendo hacia otro infinito, no se elude la revelación de lo idéntico eludiéndose con la posibilidad de encontrarse con lo distinto.
Sin poder quitar la vista de la clave de bóveda fui retrocediendo, lentamente, porque en unos pocos minutos, los que habían transcurrido desde que entrara allí, me había aprendido el recorrido de memoria, y las grandes tortugas metálicas que desfilaban a mi lado eran bastante imponentes como para señalar su presencia al rabillo de mis ojos. Retrocedí por la amplia nave, hacia la puerta de entrada, y otra vez pasaron sobre mí aquellos amenazadores pájaros prehistóricos de tela raída y alambre, aquellas malignas libélulas que una voluntad oculta había hecho colgar del techo de la nave. Adivinaba que eran metáforas sapienciales, mucho más significativas y alusivas de lo que el pretexto didascálico hubiera querido, engañosamente, sugerir. Vuelo de insectos y reptiles jurásicos, alegoría de las largas migraciones que el Péndulo estaba compendiando sobre el suelo, arcontes, emanaciones perversas; y ahora se abatían sobre mí, con sus largos picos de arqueoptérix, el aeroplano de Breguet, el de Bleriot, el de Esnault, el helicóptero de Dufaux.
Así es como se entra, en efecto, al Conservatoire des Arts et Métiers en París; después de haber atravesado un patio del siglo XVIII, penetramos en la vieja iglesia abacial, engastada en edificios más tardíos como antes lo había estado en el primitivo priorato. Nada más entrar nos deslumbra la confabulación entre el universo superior de las celestes ojivas y el mundo atónico de los devoradores de aceites minerales.
Sobre el piso se extiende una procesión de vehículos automóviles, bicicletas y coches de vapor, desde arriba amenazan los aviones de los pioneros, en algunos casos los objetos están íntegros, aunque desconchados, corroídos por el tiempo, y, en la ambigua luz, en parte natural y en parte eléctrica, se presentan todos cubiertos por una pátina, un barniz de violín viejo; en otros casos sólo quedan esqueletos, chasis, desarticulaciones de bielas y manivelas que amenazan indescriptibles torturas, y uno se imagina ya encadenado, inmovilizado en esas especies de lechos donde algo podía empezar a moverse y a hurgar en nuestra carne, hasta arrancarnos la confesión.
Más allá de esa secuencia de antiguos objetos móviles, ahora inmóviles, el alma herrumbrada, puros signos de un orgullo tecnológico que ha querido exponerlos a la reverencia de los visitantes, entre la vigilancia de una estatua de la Libertad, modelo reducido de la que Bartholdi proyectara para otro mundo, por la izquierda, y una estatua de Pascal por la derecha, se abre el coro, donde el Péndulo oscila coronado de la pesadilla de un entomólogo enfermo, caparazones, mandíbulas, antenas, proglotis, alas, patas, un cementerio de cadáveres mecánicos que de pronto podrían volver a funcionar todos al mismo tiempo; magnetos, transformadores monofásicos, turbinas, grupos convertidores, máquinas de vapor, dínamos, y al fondo, más allá del Péndulo, en la girola, ídolos asirios, caldeos, cartagineses, grandes Baales de vientre antaño incandescente, vírgenes de Nuremberg con el corazón descubierto, erizado de clavos, los otrora poderosos motores de aviación, indescriptible corona de simulacros postrados en adoración del Péndulo, como si los hijos de la Razón y de las Luces hubieran sido condenados a custodiar eternamente el símbolo mismo de la Tradición y de la Sabiduría.
Los turistas aburridos, que pagan sus nueve francos en la caja y los domingos entran gratis, pueden pensar que unos viejos señores decimonónicos con la barba amarillenta por la nicotina, el cuello de la camisa ajado y mugriento, la levita impregnada de olor a rapé, los dedos ennegrecidos por los ácidos, la mente agriada por las envidias académicas, fantasmas de caricatura que se llamaban cher maitre unos a otros, pusieron aquellos objetos bajo aquellas bóvedas por virtuoso espíritu didáctico, para satisfacer al contribuyente burgués y radical, para celebrar los destinos de esplendor y de progreso. Pero no, no, Saint-Martin-des-Champs había sido concebido primero como priorato y después como museo revolucionario, como florilegio de archisecretos arcanos, y aquellos aeroplanos, aquellas máquinas automóviles, aquellos esqueletos electromagnéticos estaban allí para mantener un diálogo cuya fórmula aún se me escapaba.
¿Acaso hubiese tenido que creer que, como me decía hipócritamente el catálogo, la bella iniciativa había partido de los señores de la Convención para facilitar el acceso de las masas a un santuario de todas las artes y oficios, cuando era tan evidente que el proyecto, las palabras mismas utilizadas, correspondían exactamente a las que Francis Bacon empleara para describir la Casa de Salomón en la Nueva Atlántida?
¿Era posible que sólo yo, yo y Jacopo Belbo, y Diotallevi, hubiésemos intuido la verdad? quizá aquella noche conocería la respuesta. Tenía que conseguir a toda costa quedarme en el museo a la hora del cierre, para esperar hasta medianoche.
Por dónde entrarían Ellos no lo sabía, sospechaba que en el entramado del alcantarillado de París había un conducto que llevaba desde algún punto del museo hasta algún lugar de la ciudad, quizá cercano a la Porte St-Denis; lo que sí sabía era que, una vez fuera, no sería capaz de encontrar esa entrada. De modo que necesitaba esconderme, y permanecer en el recinto.
Traté de evitar la fascinación de aquel sitio y de mirar la nave con ojos indiferentes. Ahora ya no buscaba una revelación, sólo quería obtener una información. Imaginaba que en las otras salas sería difícil encontrar un lugar que me permitiera burlar la vigilancia de los guardianes (su obligación, a la hora de cerrar, consiste en dar una vuelta por las salas, atentos a que no haya un ladrón agazapado en alguna parte), pero ¿qué mejor que esta nave rebosante de vehículos, para instalarse en algún sitio como pasajero? Esconderse, vivo, en un vehículo muerto. Al fin y al cabo, después de tantos juegos, ¿por qué no intentar también éste?
Vamos, ánimo, dije para mis adentros, deja de pensar en la Sabiduría: pide ayuda a la Ciencia.
Tenemos diversos y curiosos Relojes, y otros que realizan movimientos alternativos... Y también tenemos casas de los engaños de los sentidos, donde efectuamos todo tipo de manipulaciones, falsas apariencias, imposturas e busiones... Estas son, hijo mío, las Riquezas de la Casa de Salomón”.
(Francis Bacon. New Atlantis, ed. Rawley, Londres, 1627. pp. 41-42)
Había recobrado el dominio de mis nervios y de mi imaginación. Tenía que jugar con ironía, como había jugado hasta hacía unos pocos días, sin dejarme atrapar por el juego. Estaba en un museo y tenía que ser dramáticamente astuto y lúcido.
Eché una mirada confiada a los aeroplanos que colgaban sobre mi cabeza: hubiera podido encaramarme a la carlinga de un biplano y esperar la llegada de la noche como si estuviera sobrevolando el Canal de la Mancha, saboreando de antemano la Legión de Honor. Los nombres de los automóviles expuestos a mi alrededor despertaban agradables nostalgias... Hispano Suiza 1932, bello y acogedor. No me servía porque estaba demasiado cerca de la caja, pero habría podido engañar al empleado si me hubiese presentado con knickerbockers, cediendo el paso a una dama de traje color crema, larga bufanda en torno al largo cuello, sombrerito de campana acomodado sobre el pelo a la garzon. El Citroen C64 de 1931 sólo se exhibía en sección vertical, excelente modelo escolar, pero ridículo escondite.
Ni que hablar de la máquina de vapor de Cugnot, enorme, toda ella caldera o marmita. Había que examinar el lado derecho, donde se alineaban junto a la pared los velocípedos de grandes ruedas art nouveau, las draisiennes de barra plana, como un patinete, evocación de caballeros con chistera que corretean por el Bois de Boulogne, abanderados del progreso.
Frente a los velocípedos, buenas carrocerías, apetecibles refugios. quizá no el Panhard Dynavia de 1945, demasiado transparente y angosto en su diseño aerodinámico, muy interesante, en cambio, el alto Peugeot 1909, una buhardilla, una alcoba. Una vez dentro, sumergido en los asientos de piel, nadie hubiese sospechado que estaba allí. Pero era difícil subir a él, porque justo enfrente estaba uno de los guardianes, sentado en un banco, de espaldas a las bicicletas. Montar en el estribo, un poco torpe debido al abrigo con vueltas de piel, mientras él, con polainas, la gorra bajo el brazo, me abre respetuosamente la portezuela...
Me concentré un momento en el Obéissante, 1873, primer vehículo francés de tracción mecánica, para doce pasajeros. Si el Peugeot era un apartamento, éste era un palacio. Pero ni pensar en la posibilidad de subir a él sin atraer la atención de todos. Qué difícil es esconderse cuando los escondites son cuadros de una exposición.
Volví a atravesar la sala: allí se erguía la estatua de la Libertad, “réclairant le monde”, sobre un pedestal de casi dos metros que semejaba una proa de afilado tajamar. Dentro había una especie de garita desde la que, a través de un ojo de buey de proa, podía observarse un diorama de la bahía de Nueva York. Un buen punto de observación cuando fuera medianoche, porque hubiese permitido dominar, desde la sombra, el coro a la izquierda y la nave a la derecha, las espaldas guardadas por una gran estatua de Gramme, que miraba hacia otros corredores, puesto que estaba situada en una especie de crucero. Pero a plena luz se veía muy bien si la garita estaba ocupada, y un guardián normal hubiese dado una ojeada por allí, para quedarse con la conciencia tranquila, tan pronto como se hubiesen marchado los visitantes.
No me quedaba mucho tiempo: a las cinco y media cerrarían. Con paso presuroso me dirigí otra vez hacia la girola. Ninguno de los motores podía servirme de refugio. Tampoco, a la derecha, las grandes máquinas para barcos, reliquias de algún Lusitania tragado por las aguas, ni el inmenso motor de gas de Lenoir, con su variado engranaje. No, además, ahora que la luz mermaba y penetraba acuosa por las vidrieras grises, se reavivaba mi temor a esconderme entre aquellos animales que luego reencontraría en la oscuridad, a la luz de mi linterna, renacidos en las tinieblas, jadeantes, con sus densos hálitos telúricos, con huesos y vísceras despellejados, rechinantes y hediondos de babas aceitosas. En medio de aquella colección, que empezaba a sentir inmunda, de genitales Diesel, vaginas de turbina, gargantas inorgánicas que en sus días eructaran, y quizá aquella misma noche volvieran a eructar, llamas, vapores, silbidos, o zumbaran indolentemente como escarabajos, crepitaran como cigarras, en medio de aquellas manifestaciones esqueléticas de una pura funcionalidad abstracta, autómatas capaces de aplastar, segar, desplazar, romper, rebanar, acelerar, golpear, deglutir a explosión, hipar en cilindros, desarticularse como siniestras marionetas, hacer girar tambores, convertir frecuencias, transformar energías, impulsar volantes, ¿cómo podría sobrevivir? Se lanzarían contra mí instigadas por los Señores del Mundo, que las habían promovido para poner en evidencia el error de la creación, dispositivos inútiles, ídolos de los amos del universo inferior. ¿Y cómo podría resistir el embate sin vacilar?
Tenía que marcharme, tenía que marcharme, todo era una locura; yo, el hombre de la incredulidad, me estaba dejando enredar en el juego que ya había trastornado a Jacopo Belbo...
No sé si la otra tarde hice bien en quedarme. Si me hubiese marchado, ahora sólo conocería el comienzo y no el final de la historia. O bien no estaría aquí, como estoy ahora, aislado en lo alto de esta colina mientras allá abajo ladran los perros, preguntándome si aquello realmente fue el final, o si el final aún está por llegar.
Decidí seguir adelante. Salí de la iglesia doblando a la izquierda junto a la estatua de Gramme y metiéndome por una galería. Estaba en el sector del ferrocarril, y las locomotoras y vagones en miniatura me parecieron tranquilizadores juguetes multicolores, sacados de una Bengodi, una Madurodam, una Disneylandia... Ya me estaba acostumbrando a aquella alternancia de angustia y de confianza, terror y desencanto (¿no son éstos los primeros síntomas de enfermedad?), y pensé que las visiones de la iglesia me habían perturbado sólo porque a ellas llegaba seducido por las páginas de Jacopo Belbo, descifradas a costa de tantos enigmáticos ardides, aun sabiendo que eran falsas. Estaba en un museo de la técnica, estás en un museo de la ciencia, me repetía, una idea sana, quizá un poco estúpida, pero con todo un reino de muertos inofensivos, ya sabes cómo son los museos, nadie fue devorado jamás por la Gioconda, monstruo andrógino, Medusa sólo para los estetas, y menos aún podrá devorarte la máquina de Watt, que sólo puede haber espantado a los aristócratas osiánicos y neogóticos, y por eso tiene ese aspecto tan patéticamente ecléctico, funcionalidad y elegancia corintia, manivela y capitel, caldera y columna, rueda y tímpano.
Aunque estuviese lejos, Jacopo Belbo estaba tratando de hacerme caer en la trampa alucinatoria que había sido su perdición. Es necesario, decía para mis adentros, que me comporte como un científico. ¿Acaso el vulcanólogo se quema como Empédocles? ¿Huía Frazer acosado por el bosque de Nemi? Vamos, eres Samáspade, profesión: explorar los bajos fondos. La dama de tu corazón debe morir antes del final, mejor por tu mano. Adiós muñeca, ha sido muy hermoso, pero eras un autómata sin alma.
Sucede, sin embargo, que después de la galería dedicada a los medios de transporte viene el atrio de Lavoisier, que da a la gran escalinata por donde se sube a los pisos superiores.
Aquel contrapunto de vitrinas a los lados, aquella especie de altar alquímico en el centro, aquella liturgia de civilizada macumba dieciochesca no eran efecto de una disposición casual, sino una estratagema simbólica.
Ante todo, la abundancia de espejos. Donde hay espejo hay estadio humano, quieres verte. Pero no te ves. Te buscas, buscas la posición en el espacio en la que el espejo te diga “estás ahí, y ése eres tú”. Tanto sufrimiento, tanta inquietud para que los espejos de Lavoisier, ya sean cóncavos o convexos, te engañen, se burlen de ti: retrocedes y te encuentras, pero te mueves y te pierdes. Aquel teatro catóptrico había sido montado para arrebatarte toda identidad y hacerte desconfiar de tu posición. Una manera más de decirte: no eres el Péndulo, ni estás en la posición del Péndulo. La inseguridad te atenaza, no sólo con respecto a ti mismo, sino también acerca de los mismos objetos situados entre tú y otro espejo. Sí claro, la física te explica de qué se trata y cómo funciona: un espejo cóncavo recoge los rayos que proceden de determinado objeto, en este caso un alambique sobre una olla de cobre, y los refracta de manera que no veas el objeto nítidamente en el espejo; sólo lo intuyes fantasmal, invertido, suspendido en el aire y fuera del espejo. Desde luego, bastará con cambiar de posición para que desaparezca el efecto.
Pero de pronto me vi, invertido, en otro espejo.
Insoportable.
¿Qué había querido decir Lavoisier? ¿Qué querían sugerir los artífices del Conservatoire? Desde el medioevo árabe, desde Alhacen, conocemos todas las magias de los espejos. ¿Valía la pena realizar la Enciclopedia, el Siglo de las Luces, la Revolución, para afirmar que basta con curvar un espejo para precipitarse en lo imaginario? ¿No es una ilusión lo que nos ofrece el espejo normal, la imagen de ese otro que nos mira desde su zurdera perpetua mientras nos afeitamos cada mañana? ¿Valía la pena que nos dijeran sólo eso, en esta sala, o acaso lo habrán dicho para sugerirnos otra manera de mirar todo el resto, las vitrinas, los instrumentos que fingen celebrar los orígenes de la física y la química Ilustradas?
Máscara de cuero para protegerse en los experimentos de calcinación.
¿De veras? ¿De veras el señor que sostiene esas velas bajo la campana se ponía aquella careta de rata de alcantarilla, aquel atuendo de invasor extraterrestre, para que no se le irritaran los ojos? Oh, how delicate, doctor Lavoisier. Si querías estudiar la teoría cinética de los gases, ¿por qué reconstruiste tan meticulosamente la pequeña pila eólica, un piquito encima de una esfera que, si se calienta, gira vomitando vapor, cuando la primera pila eólica ya había sido construida por Herón, en tiempos de la Gnosis, como auxiliar de las estatuas hablantes y otros prodigios de los sacerdotes egipcios?
¿Y qué era aquel aparato para el estudio de la fermentación pútrida, 1781, bella alusión a los fétidos bastardos del Demiurgo? Una sucesión de tubos de vidrio que desde un útero como un bulbo pasan por esferas y conductos, sostenidos por horquillas, entre dos ampollas, y que se transmiten cierta esencia de una a otra mediante serpentines que desembocan en el vacío... ¿Fermentación pútrida? ­Balneum Mariae, sublimación del hidrargirio, mysterium conjunctionis, producción del Elixir!
¿Y la máquina para estudiar la fermentación (otra vez) del vino? ¿Una secuencia de arcos de cristal tendidos entre atanor y atanor, que salen de un alambique para ir a parar a otro? Y esas gafitas, y la clepsidra diminuta, y el pequeño electroscopio, y la lente, la navajita de laboratorio que semeja un carácter cuneiforme, la espátula con palanca expulsora, la cuchilla de cristal, el pequeño crisol en tierra refractaria de tres centímetros para producir un homunculus del tamaño de un gnomo, útero infinitesimal para diminutísimas clonaciones, las cajas de caoba llenas de paquetitos blancos, que parecen comprimidos de farmacia de pueblo, envueltos con pergaminos cubiertos de caracteres intraducibles, que contienen especímenes mineralógicos (según dicen), en realidad fragmentos de la Sábana Santa de Basílides, relicarios que custodian el prepucio de Hermes Trismegisto, y el martillo de tapicero, largo y delgado, que marcará el comienzo de un brevísimo día del juicio, una subasta de quintaesencias que se celebrará entre el Pequeño Pueblo de los Elfos de Avalón, y el inefable aparatito para analizar la combustión de los aceites, los glóbulos de vidrio dispuestos como pétalos de trébol de cuatro hojas, otros tréboles de cuatro hojas enlazados por tubos de oro, y todos ellos conectados con otros tubos de cristal que desembocan en un cilindro cobrizo, debajo otro cilindro de oro y vidrio y más abajo aún, otros tubos, apéndices colgantes, testículos, glándulas, excrecencias, crestas... ¿Es ésta la química moderna? ¿Y por eso hubo que guillotinar al autor, si al fin y al cabo nada se destruye y todo se transforma? ¿O lo mataron para que no hablara de lo que veladamente estaba revelando? Como Newton, que, a pesar de ser el padre de la física moderna, siguió meditando sobre la Cábala y las esencias cualitativas.
La sala Lavoisier del Conservatoire es una confesión, un mensaje cifrado, un epítome de todo el museo, burla de la arrogancia de la razón moderna, susurro de otra clase de misterios. Jacopo Belbo tenía razón, la Razón estaba equivocada.
Tenía que darme prisa, se estaba haciendo tarde. Vi el kilo, el metro, las medidas, falsas garantías de garantía. Aglie me había enseñado que el secreto de las pirámides no se descubre calculándolas en metros, sino en antiguos codos. Allí estaban también las máquinas aritméticas, ficticio triunfo de lo cuantitativo, en realidad promesa de cualidades ocultas de los números, retorno a los orígenes del Notariqon de los rabinos que huían por los eriales de Europa. Astronomía, relojes, autómatas, pobre de mí si llegaba a detenerme ante aquellas nuevas revelaciones. Estaba penetrando en el centro mismo de un secreto en forma de Theatrum racionalista, deprisa, deprisa, ya exploraría después, entre la hora de cierre y la medianoche, aquellos objetos que a la oblicua luz del ocaso revelaban su verdadero rostro, figuras, no instrumentos.
Arriba, por las salas de los oficios, de la energía, de la electricidad, total en esas vitrinas no podría haberme escondido. A medida que iba descubriendo, o intuyendo, el sentido de aquellas secuencias, me invadía la ansiedad de no encontrar a tiempo un escondrijo desde donde asistir a la revelación nocturna de la oculta razón de todas ellas. Me movía como un hombre acorralado, por el reloj y el avance terrible de la cantidad. La Tierra giraba inexorable, se acercaba la hora, dentro de poco me echarían.
Hasta que, después de atravesar la galería de los dispositivos eléctricos, llegué a la salita de los cristales. ¿Qué plan absurdo había establecido que después de los aparatos más avanzados y costosos creados por el ingenio moderno debía haber una zona reservada a prácticas conocidas ya por los fenicios, hace millares de años? Era una sala colecticia donde las porcelanas chinas alternaban con vasos andróginos de Lalique, poteries, mayólicas, azulejos, cristales de Murano y, al fondo, en una enorme arqueta transparente, a escala natural y en tres dimensiones, un león matando a una serpiente. Su presencia se justificaba al parecer porque el grupo estaba realizado totalmente en pasta de vidrio, pero otra debía de ser la razón emblemática... Traté de recordar dónde había visto ya aquella imagen. De pronto lo supe. El Demiurgo, el abominable fruto de la Sophia, el primer arconte, Ildabaoth, el responsable del mundo y de su defecto radical, tenía forma de una serpiente y de un león, y sus ojos arrojaban luz de fuego.
Quizá todo el Conservatoire fuese una imagen del proceso infame por el que de la plenitud del primer principio, el Péndulo, y del resplandor del Pleroma, el Ogdoada se exfolia, de eón en eón, hasta llegar al reino cósmico, donde reina el Mal. Pero entonces aquella serpiente y aquel león me estaban anunciando que mi viaje iniciático, ay de mí, a rebours, tocaba a su fin y que pronto volvería a ver el mundo, no como debe ser, sino como es.
Y en efecto advertí que en el rincón de la derecha, contra una ventana, estaba la garita del Périscope. Entré. Me encontré frente a una placa de vidrio, como un cuadro de mando, en la que veía moverse las imágenes de una película, muy desenfocadas, la sección vertical de una ciudad. Después comprendí que la imagen era proyectada por otra pantalla, situada encima de mi cabeza, en la que aparecía invertida, y que esa segunda pantalla era el ocular de un rudimentario periscopio, construido, por decirlo así, con dos cajones ensamblados en ángulo obtuso, el más largo tendido como un tubo fuera de la garita, encima de mi cabeza y a mis espaldas, hacia una ventana desde la cual, claramente por un juego interno de lentes que le permitía abarcar un amplio ángulo de visión, captaba las imágenes del exterior. Reconstruyendo el trayecto que había recorrido al subir, me di cuenta de que el periscopio me permitía ver el exterior como si mirase desde las vidrieras superiores del ábside de Saint-Martin-des-Champs. Como si mirase colgando del Péndulo, última visión de un ahorcado. Adapté mejor la pupila a aquella imagen imprecisa: ahora podía ver la rue Vaucanson, a la que daba el coro, y la rue Conté, prolongación ideal de la nave.
La rue Conté desembocaba en la rue Montgolfier a la izquierda y en la rue Turbigo a la derecha, un bar en cada esquina: Le Week End y La Rotonde, y al frente una fachada donde destacaba un cartel que me costó descifrar: LES CREATIONS JACSAM. El periscopio. No era tan obvio que debiera estar en aquella sala de los cristales en lugar de figurar entre los instrumentos ópticos: señal de que era importante que la exploración del exterior se llevase a cabo en aquel sitio, desde ese ángulo, pero no lograba adivinar el motivo de esa decisión. ¿Qué hacía aquel cubículo, positivista y verniano, junto a la invocación emblemática del león y la serpiente?
Comoquiera que fuese, si tenía la fuerza y el valor de permanecer unas pocas decenas de minutos en aquel sitio, quizá lograría eludir la mirada del guardián.
Fui submarino durante un tiempo que me pareció interminable. Oía los pasos de los remolones, y luego los de los últimos guardianes. Pensé en acurrucarme debajo de la plancha para evitar mejor cualquier ojeada distraída, pero me contuve porque si me descubrían de pie siempre habría podido fingir que era un visitante absorto, incapaz de apartarse de aquel prodigio.
Poco después se apagaron las luces y la sala quedó envuelta en la penumbra; la garita se volvió menos oscura, tenuemente iluminada por aquella pantalla en la que seguía clavando la vista puesto que era mi último contacto con el mundo.
La prudencia aconsejaba que permaneciera de pie, y si los pies me dolieran, en cuclillas, al menos durante dos horas. La hora de cierre para los visitantes no coincide con la de la salida de los empleados. Me sobrecogió el terror de la limpieza: ¿y si ahora empezaban a quitar el polvo de las salas, palmo a palmo? Después pensé que, como por la mañana el museo abría tarde, lo más lógico era que los encargados de la limpieza trabajaran a la luz del día y no durante la tarde. Debía de estar en lo cierto, al menos con respecto a las salas superiores, porque ya no oía ningún paso. Sólo rumores lejanos, algún ruido seco, quizá puertas que se cerraban. Tenía que seguir quieto. Ya tendría tiempo de bajar a la iglesia entre diez y once, o incluso más tarde, porque los Señores sólo llegarían a medianoche.
En aquel momento un grupo de jóvenes salía de La Rotonde. Una chica pasaba por la rue Conté y doblaba por la rue Montgolfier. No era una zona muy frecuentada, ¿resistiría horas y horas observando el mundo insípido que tenía a mis espaldas? Pero si el periscopio estaba allí, ¿no sería para enviarme mensajes de alguna secreta importancia? Iba a tener ganas de orinar: mejor pensar en otra cosa, eran sólo nervios.
La de cosas que se te ocurren cuando estás solo y clandestino en un periscopio. Debe de ser como ocultarse en la bodega de un barco para emigrar a tierras lejanas. Y de hecho, la meta final sería la estatua de la Libertad con el diorama de Nueva York. Podría adormecerme, quizá fuera lo mejor. No, y si me despertaba demasiado tarde...
Lo más peligroso era sucumbir a una crisis de angustia: esa certeza de que dentro de un instante gritarás. Periscopio, sumergible, encallado en el fondo, quizá ya aletean a tu alrededor los grandes peces negros de los abismos, y tú no los ves, y sólo sabes que te está faltando el aire...
Respiré profundamente varias veces. Concentración. Lo único que en esos casos no nos traiciona es la lista de la lavandería. Recapitular los hechos, enumerarlos, determinar sus causas, sus efectos. He llegado a este punto por esto, y por esta otra razón...
Revivieron los recuerdos, nítidos, precisos, ordenados. Los recuerdos de los tres frenéticos últimos días, luego los de los dos últimos años, mezclados con recuerdos de hace cuarenta años, tal como los había encontrado al irrumpir en el cerebro electrónico de Jacopo Belbo.
Recuerdo (y recordaba) para dar algún sentido al desorden de nuestra creación equivocada. Ahora, al igual que la otra tarde en el periscopio, me retraigo en un punto remoto de la mente para emanar una historia como el Péndulo. Diotallevi me había dicho que la primera sefirah es Keter, la Corona, el origen, el vacío primordial. El creó primero un punto, que se convirtió en el Pensamiento, donde dibujó todas las figuras... Era y no era, encerrado en el nombre y eludiendo el nombre, no tenía otro nombre sino “¿Quién?”, puro deseo de ser llamado con un nombre... En principio trazó unos signos en el aura, una oscura llamarada brotó desde su fondo más secreto, como una niebla sin color capaz de dar forma a lo informe, y, tan pronto como ésta empezó a extenderse, en su centro se formó un manantial de llamas que se derramaron para iluminar las sefirot inferiores, en dirección al Reino.
Pero decía Diotallevi, quizá en ese simsum, en aquel retraimiento, en aquella soledad, estuviese ya implícita la promesa del retorno.

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