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fecha de publicación13.03.2016
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Absurdo disfraz

Serían las siete de la mañana. Carlos se despertó e hizo una serie de ejercicios sobre el piso, al lado de su cama. Era jovencito y vivía solo en una pensión de Once. Pero no era un pichón de boxeador. Lejos de eso, a las nueve tenía que fichar en la empresa de Florida y Cangallo, donde hacía trabajos de cadetería. Disfrutaba de su horario laboral, porque jugaba a ser un chico común. Le gustaba ese disfraz. Se sentía libre. Ese día, como todos, salió a las 17. Ahí empezaba la joda.

Apuró el paso de regreso a la pensión. Tenía que hacer un operativo, trasladar material. Se quitó el maquillaje de muchacho laburante y se trajeó. El espejo, cansado, lo copiaba como podía. Otra vez en la calle. Ahora era un hombre serio que caminaba distraído. Silbaba. Diez minutos, dos vidas. El caminante, recién nacido, pasó por el control que tenía asignado en San Juan y Catamarca. Dejó la mitad del sueldo que horas antes había cobrado este pibe que trabaja de cadete y que debe estar descansando en su cuarto. A cambio, se llevó un bolso con armas y algunos ejemplares de la Evita Montonera. La cita era en Piedras y Caseros. La contraseña, un tío en la esquina, leyendo la revista Gente -que no estaba-. El imprevisto, comisaría a media cuadra.

La orga sugería un margen de diez minutos para levantar una cita, pero el flujo de los azules no era un buen augurio para Carlos, que piró antes: “Olía mal todo eso, y tomé el primer bondi que pasó, un 46”. Pero este hombre, elegante y con cara de nene, y con un bolso en la mano probablemente llamativo, tuvo que bajarse en Amancio Alcorta porque el Ejército había dispuesto un allanamiento en la Villa 21-24. Era 3 de junio del ’76 y el sol, rendido, rajaba. Cobarde. Y este nene, luqueado de señor, tal vez tenía frío y estaba muy asustado. “Lo único que quería era volver a casa”, dice como si en esa pieza de Once estuviese su mamá preparándole la cena.

Carlos Muñoz era Quique, porque en esa época de disfraces ni los nombres se salvaban. Tenía una mirada profunda, exaltada por las cejas robustecidas. Su rostro, planchado, impecable, hacía creer que cada mañana batallaba contra una barba que pujaba desde abajo. Su pelo, revoltoso, no decía lo mismo.

Ahora estaba en el 118 que sube todo por Jujuy. Algo aturdido pero con la vista al frente. Relajar la mirada era un lujo que podía costar caro. Así detectó una pinza, que debía estar sobre San Juan, y así tuvo tiempo de apretarlo al chofer para bajar a la altura de Cochabamba. Se metió en las calles internas de San Cristóbal, pensó un momento, hizo lo primero que se le ocurrió: dejarle los fierros al uruguayo, un compañero que tenía un bar sobre la calle Deán Funes. “Me puso una cara de orto impresionante, pero yo solo con ese bolso estaba listo”, relata Carlos mientras su semblante toma otro color, acaso un gris, telón sombrío que introduce esa parte que no deja de pesarle.

“Hay dolores que son más difíciles que otros. Son agujeros, huecos. Uno tiene claro que la culpa es de los milicos, todo lo que quieras, pero algunas pérdidas son más duras. Lo del Negro Chimino fue terrible para mí, porque él no tendría que haber caído. Era un amigo del alma”.

Se llamaba Carlos Enrique Fidale, y era un año mayor que su amigo que acababa de dejar ese bolso en el bar del uruguayo. Se cruzaron de casualidad, en los bordes de un día nefasto. Quique soltó la data que tenía:

- Mirá que hay una pinza en Jujuy.

- Hay otra en Rioja, y creo que me están siguiendo…

- Bueno, caminemos juntos.

El fuerte operativo en la zona no era casual: se encuadraba en una trama de recrudecida violencia entre Montoneros y efectivos de la Comisaría 20, una vez que la organización peronista dispuso la disolución de un pacto que los vinculaba. 37 años después, Carlos lamenta la fatalidad de haberse tropezado esa tarde. 37, que es nada, y Carlos se atormenta por esa mala jugada de caminar como si poco pasara: “Fue un error horrible, tendríamos que haber seguido de largo”.

No siguieron de largo. Eso que hicieron tenía un nombre: “antiseguimiento”. Una de las maniobras implantadas por la organización en caso de alarma. Faenas que no hacían más que subir la apuesta del mambo que tenían los pibes militantes. Carlos todo lo recuerda, como si colgaran antorchas en los pasillos de su memoria. Parece acompañar con la mirada la vieja caminata de esos dos amigos que ya habían agarrado la calle Constitución, mano a 24 de noviembre.

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Mientras Quique y el Negro se pasan y deciden retomar por Loria, Carlos levanta la mirada al cielo lavado y se encandila con el sol. El mismo sol que esa tarde noche lo dejara tirado con una mochila cargada de armas. Le sostuvo la mirada, en un hueco de dispersión. Tal vez le envidia levemente el semblante joven. Parece intacto en su altura. Acabado el momento, retoma las riendas del relato y alude a otro de esos ensayos alienantes que se cocinaba en el laboratorio de los Montos: todas las bases militantes debían llevar encima una pastilla de cianuro para consumir en caso de captura. En ese extremo se batallaba contra el enemigo. La cordura había sido detonada en un sótano sordo, y lo que quedaba era un juego de rol jadeante, asfixiante, que transcurría en un callejón negro como el fin.

“Yo no estaba de acuerdo en usarla, porque era el reconocimiento de la organización de que había compañeros que estaban cantando. En realidad, esa pastilla era para reducir los costos operativos que implicaba una caída: levantar casas en menos de 24 horas, movimiento de gente que pasaba a la clandestinidad, etcétera”. El cianuro es sensible a la luz, una exposición alta puede vencerlo. Por esa razón, la cápsula viscosa era revestida con papel fotográfico: para que la muerte no se escurra, para que repose como un bebé antes de hacer su gracia. Carlos niega que fuese temor aquello que sentía Quique al llevar consigo la pastilla, ni siquiera una idea del absurdo. Simplemente no estaba de acuerdo con esa determinación política, y así lo dice: “Si uno iba armado aunque sea podía caer de una manera más digna, que era cagándose a tiros con los milicos. Se podía aguantar. El cianuro era un pretexto de la orga”.

Apenas doblan la esquina de Loria, llega la voz de alto: “Contra la pared”.

Ese 3 de junio fue el presagio de los 12 días más salvajes que Carlos recuerde. La Superintendencia de Seguridad Federal (SSF) tenía un rey morboso, diestro en bajos instintos, cuyo nombre también guarecía en un disfraz: “Turco Julián”. Esa tumba funcionaba en Moreno al 1400, a escasas cuadras del Congreso Nacional que era una garita con candado. Ahí acabaron los dos. El Negro Chimino no saldría nunca más, pero nadie es capaz de sepultarlo en el recuerdo de su viejo amigo.

El 15, Quique dejó ese pozo, por un capo de la Federal que colgaba como murciélago en su curioso árbol genealógico. Destino crudo. Antes de salir, quitaron la venda de sus ojos y se vio otra vez en un espejo. Uno peor. Lo invadió un reflejo demacrado. Mil vidas habían pasado, e inmediatamente supo que no había disfraz que valga. Game over. Esas heridas eran para toda la cosecha.

“Tenía la nariz muy infectada. Me puse el saco, lleno de sangre y polenta, hecho mierda. Me calcé los pantalones y las medias. Estaban mojadas y estiradísimas pero salí con las medias puestas”. Los ojos vendados, de nuevo, y las manos atadas. Así entró a un montacargas, después a la caja de una camioneta. Oyó el ruido insoportable de una ciudad muda. Al rato, el motor que tosía y se detenía, y una voz:

- Arrodillate.

Las rodillas de Quique besaron el pasto. Carlos jura que fueron los peores segundos de su vida. Por supuesto, creyó su final. Juntó aire. Pero, en vez del tiro de gracia, recibió una patada en la espalda que lo puso de cara contra el piso.

- Contá hasta cien.

Otra vez la voz. Acató, agotado. No tenía fuerzas para desobedecer una orden. Habrá contado cien ovejas, o cien canciones, o cien amores. Lo bueno era contar, y él estaba contando. Habrá pasado un rato así, con los ojos otra vez cubiertos después de verse en aquel espejo peor. Entonces pensó que estaba bien y se puso de pie, se quitó la venda y miró al cielo. Ya era noche cerrada, y un avión dibujaba su vuelo.

(*) Los pasajes del relato que dan cuenta del secuestro de Carlos Muñoz en la SSF fueron escritos en base a un reportaje que él concedió a Juan José Salinas y que fue publicado el 23 de agosto de 2011: http://www.pajarorojo.info/2011/08/ssf-coordinacion-federal-el-mal.html

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