Iii- la restauración del absolutismo y los intentos liberales durante el reinado de fernando VII






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Hª de España Contemporánea. 2º Bachillerato. Curso Académico 2007/08. Profesora: V. Fernández


BLOQUE I

DEL ANTIGUO RÉGIMEN AL ESTADO LIBERAL.
TEMA 1
INICIOS DEL LIBERALISMO EN ESPAÑA: LAS CORTES DE CADIZ Y LA CONSTITUCIÓN DE 1812
I.- ANTECEDENTES.
I.1. - LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA.

I.1.1.- El impacto de la Revolución Francesa en España.

I.1.2.- La Guerra de la Independencia. Fases y consecuencias.

II.2.4- El Reinado de José Bonaparte.
II.-LOS INICIOS DEL LIBERALISMO EN ESPAÑA: LAS CORTES DE CÁDIZ Y LA CONSTITUCIÓN DE 1812.

II.1- Los inicios del liberalismo en España.

II.2 – Las Cortes de Cádiz.

II.2.1- La organización de la resistencia y la convocatoria de Cortes.

II.2.2- Las Cortes de Cádiz.

II.3- La Constitución de 1812
III- LA RESTAURACIÓN DEL ABSOLUTISMO Y LOS INTENTOS LIBERALES DURANTE EL REINADO DE FERNANDO VII.

III.1- Etapas de su reinado.

IV.-LA IDENPENDENCIA DE LA AMÉRICA ESPAÑOLA.

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I.- ANTECEDENTES.
I.1. - LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA.

I.1.1.- El impacto de la Revolución Francesa en España.

I.1.2.- La Guerra de la Independencia: Fases y consecuencias.

II.2.4- El Reinado de José Bonaparte.
I.1.1.- El impacto de la Revolución Francesa en España.

En 1788 sube al trono Carlos IV, España seguía presentando instituciones como la Mesta, Inquisición, señoríos, municipios oligárquicos, mayorazgos, privilegios estamentales... propios del Antiguo Régimen. En este contexto, la Revolución Francesa ejerció una influencia. Entró, así, en crisis la vieja sociedad, y se abrió la posibilidad de un primer intento de revolución liberal en España.

La crisis tuvo su momento culminante en 1808. Comenzó entonces una terrible guerra que tuvo varias dimensiones: guerra civil que enfrentó a los patriotas defensores de los Borbones frente a los afrancesados que apoyaban a José I Bonaparte, y una guerra internacional, ya que España fue teatro principal de operaciones de los ejércitos inglés y francés.

El impacto de la Revolución Francesa produce una reacción inmediata en las autoridades españolas, que se asustan ante la posibilidad de que se extienda el movimiento a este lado de los Pirineos si no se toman medidas urgentes para frenar el contagio. Así Floridablanca toma medidas urgentes para frenar el contagio – cordón sanitario -.

La actitud de Floridablanca ante Francia y su incapacidad de neutralizar la propaganda revolucionaria le hacen perder la confianza de Carlos IV, que en 1792 encomienda el gobierno al Conde de Aranda, quien durante varios meses, procurará mejorar las relaciones con las autoridades francesas, esperando contener la revolución y salvar la vida de Luis XVI.

Preocupado por los avances del enemigo en Cataluña, Navarra y Alava, busca Godoy llega a un acuerdo con los franceses en la Paz de Basilea, en julio de 1795. Por este tratado, España recupera su integridad territorial a cambio de ceder a Francia su parte de la isla de Sto.Domingo. Un año después, el Pacto de San Ildefonso restaura la alianza francoespañola para luchar contra Inglaterra, convencido Godoy de que la verdadera amenaza a la monarquía de Carlos IV radicaba en la penetración británica en el mercado de América. Pocos meses más tarde, enfrentada a los ingleses, la marina española era diezmada en la batalla del cabo de San Vicente, quedando desprotegido en adelante el comercio ultramarino.

A partir de la toma del poder por Napoleón Bonaparte, en 1799, y ante la debilidad de Carlos IV aumenta el intervencionismo napelónico, que obliga a Godoy a dirigir la invasión de Portugal – Guerra de las Naranjas –, con objeto de cerrar sus puertos al comercio británico. En 1802, Francia e Inglaterra firman la paz; pero enseguida reanudan sus hostilidades, y España se ve envuelta en otra guerra no deseada, de trágicas consecuencias para su flota, que cae destrozada en Trafalgar (1805) ante la escuadra del almirante Nelson. Las posesiones americanas quedan incomunicadas y el hundimiento económico de España se hace imparable.

Así a finales de 1807, la situación interna del país era caótica.

A esto se unía la bancarrota de la Hacienda, a causa del descontrol en el gasto y, sobre todo, del endeudamiento originado por las sucesivas guerras. Además, crecía el desprestigio de las instituciones. La figura de Godoy era objeto del mayor escarnio, pero también se criticaba a los propios reyes, Carlos IV y María Luisa, por sostenerle en el poder. Todo contribuía al descrédito del Príncipe de la Paz –Godoy -. La nobleza, que le despreciaba por su origen plebeyo y por haberla apartado del poder, se unió en torno al príncipe heredero Fernando, que no dudó en conspirar contra sus padres para acabar con el favorito. El clero no le perdonaba que siguiera adelante con las desamortizaciones y que persiguiera al Santo Oficio, y clamaba contra el mal gobierno desde los púlpitos, convenciendo a las clases populares de que Godoy era el culpable de todos los males.

La población veía en el heredero, Fernando, a un salvador del país y de la dinastía. Se desconocían los detalles de sus actividades conspiradoras y su comportamiento desleal hacia sus padres..

En octubre de 1807 fue descubierta una primera conspiración de Fernando, apoyado por sus principales consejeros “la camarilla”. El príncipe de Asturias acabó obteniendo el perdón de sus padres tras el llamado proceso de El Escorial, en el que no tuvo reparo en delatar a todos sus partidarios, que fueron desterrados.
I.1.2.- La Guerra de la Independencia. Fases y consecuencias.
El origen de la Guerra de la Independencia puede rastrearse en 1807. Incapaz de cerrar los puertos ingleses para asfixiar a su principal enemigo, el Emperador Napoleón había optado por declarar, en diciembre de 1806, el Bloqueo Continental contra todos los productos británicos. Pero chocó con Portugal, viejo aliado británico en el continente, que se negó a aplicarlo.

Para poder ocupar Portugal, el Emperador llegó a un acuerdo con el gobierno español, que aceptó firmar el 29 de octubre el Tratado de Fontainebleau. Por él, España permitía que un ejército francés atravesara territorio español rumbo a Portugal. La conquista no ofreció mayor dificultad y en pocos días las tropas de Junot entraron en Lisboa.

En la noche del 17 al 18 de marzo de 1808 se produjo el llamado Motín de Aranjuez, cuando los partidarios de Fernando tomaron al asalto el palacio. A la mañana siguiente Godoy fue depuesto, acusado de querer huir con los reyes a América, y detenido. Carlos IV se vio obligado a abdicar, cediendo la Corona a su hijo. Estos sucesos fueron contemplados por Napoleón, que, aprovechando la presencia de sus tropas en España y comprobando la debilidad de la Corte española, concibió un proyecto nuevo con un doble objetivo:

  • Eliminar a la dinastía real borbónica española, que sería sustituida por José I Bonaparte, hermano suyo.

  • Convertir los territorios españoles al norte del río Ebro en provincias francesas.

Cuando el flamante rey Fernando entró en Madrid, las tropas de elite de Murat se encontraban ya en la capital. Durante varias semanas la familia real española fue, de hecho, rehén del general francés. Fernando optó por rehabilitar a sus viejos partidarios mientras destituía a los de Godoy. Finalmente Napoleón decidió intervenir y envió a Madrid al general Savary, con la misión de convencer a Fernando de que se trasladara hacia el Norte para salir al encuentro del Emperador. Tras dejar en Madrid una JUNTA DE GOBIERNO, Fernando partió el 10 de abril en un viaje que le llevaría más lejos, llegando a Bayona el 20 de abril. Donde tendrían lugar unas negociaciones vergonzosas en las que Napoleón exigiría sucesivamente la renuncia primero a Fernando y más tarde a sus padres, a quienes había hecho traer días después a la ciudad francesa.

La alarma que había causado la salida de la capital de la familia real provoca un levantamiento el día 2 de mayo en Madrid. Los cuadros de Goya presentan a la perfección el aspecto desarrapado de los resistentes ante unas tropas de elite de Murat quien publicó un bando en el que dejaba claro que a partir de entonces él era la máxima autoridad en la península.

La misma tarde del día 2 el alcalde de Móstoles, Andrés Torrejón, dictaba su famoso bando llamando a las armas contra los franceses. En los días siguientes se difundieron por todo el país tanto las noticias de lo ocurrido en Madrid como las Abdicaciones de Bayona.

Estas abdicaciones consistieron en la renuncia de Fernando en beneficio de sus padres y la de éstos en la Casa Bonaparte (7 de mayo 1808). Las únicas condiciones que consiguió incluir Carlos IV en su renuncia fueron la de la unidad de los dominios cedidos al Emperador y la exclusividad de la religión católica; a cambio, obtuvo varios castillos en Francia y una gigantesca renta de 30 millones de reales, una cifra desproporcionada que equivalía a vender literalmente el reino. Tampoco Fernando quedaba mal parado, y el que para los españoles se convirtió en un rey secuestrado, el Deseado, inició en el castillo de Valençay un exilio dorado. Napoleón decidió entonces nombrar Rey de España a su hermano José, a la sazón Rey de Nápoles. Pero para entonces la guerra ya había estallado.

El Consejo de Castilla y la Junta de Gobierno acataron las órdenes francesas y dieron la bienvenida al nuevo soberano; la misma actitud se dio entre buena parte de los altos funcionarios, en la jerarquía de la Iglesia y en casi todos los mandos militares, que apoyaron la represión. Pero muy distinta fue la reacción del resto de la población; la abdicación de Fernando VII se interpretó como una renuncia forzada y conseguida bajo amenazas, y se rechazó de plano al nuevo soberano. Por todas partes se tomaron medidas para cumplir el bando de Móstoles, y entre el día 22 y el 30 de mayo casi todas las ciudades del territorio se habían sublevado contra los franceses.

Los levantamientos de mayo de 1808 tienen como características esenciales las siguientes: fue una guerra nacional y popular, pero no revolucionaria; guerra española y al mismo tiempo conflicto internacional. La lucha contra los franceses acrecentó el sentimiento de pertenencia a una misma comunidad y conformó una nueva mentalidad de españoles, por encima de las adscripciones regionales o de reinos. El ideario que hizo posible el levantamiento partía de la defensa de la religión y de la monarquía, de una visión tradicional de la sociedad no compartida por la minoría liberal que, además de afirmar la nación frente a Francia, deseaba hacer su propia revolución.

La Iglesia no pudo evitar, sin embargo, que una minoría, aislada del pueblo en Cádiz, por causa de la guerra, legislase a su gusto y estableciese los fundamentos de la futura revolución liberal, de espaldas por completo a la realidad social de España.

Así como el clero consiguió movilizar al pueblo campesino contra los franceses, José Bonaparte no logra un apoyo de las minorías ilustradas, y trata vanamente de emprender las reformas que el Estatuto de Bayona había proyectado, contando, para ello, con la ayuda de los afrancesados.

Con el estallido de los levantamientos y las Abdicaciones de Bayona se produjo un gran vacío de poder y la ruptura del territorio español. Para controlar la situación en las regiones no ocupadas por el ejército francés, los ciudadanos más prestigiosos establecieron un nuevo poder: las Juntas Provinciales, que asumen su soberanía y legitiman su autoridad en nombre del rey ausente. Con delegados como Jovellanos, quedó constituida en Aranjuez (septiembre de 1808), bajo la presidencia del conde de Floridablanca, la Junta Central Suprema, que tomó para sí los poderes soberanos y se erigió en el máximo órgano gubernativo en su lucha contra los franceses.

  • Las Fases de la Guerra.

Las características fundamentales comunes de la Guerra de la Independencia son:

  • Amplia participación popular.

  • Deseo de independencia y defensa del espacio propio frente al invasor.

  • Entusiasmo nacionalista y rechazo emocional de “lo francés”, identificado con el ateísmo y el robo.

  1. Primera fase: desde mayo a finales de 1808.

Se desarrolló una guerra convencional en la que frente a la superior técnica militar francesa, los españoles opusieron una heroica resistencia, teniéndose que rendir en Bailén (19 de julio), ante el General Castaños, alcanzando una gran repercusión internacional al tratarse de la primera derrota en tierra de un ejército de Napoleón, y José Bonaparte, que acababa de llegar a Madrid, hubo de retirarse rápidamente a Vitoria, y las tropas francesas retrocedieron hasta el Ebro. También serán derrotados en Portugal, por el ejército inglés, aliado ya de los españoles.

b) Segunda fase: desde fines de 1808 hasta finales de 1811.

Fase de dominio militar francés, que se inició con el traslado de Napoleón en persona al frente de la Gran Armée, en su mayoría veteranos de guerra, recuperó Madrid y regresó a Francia (enero 1809). José Bonaparte vuelve a Madrid, mientras que la Junta Central debe buscar refugio primero en Sevilla y luego en Cádiz

Desde 1809 en adelante la guerra entra en una fase de desgaste y por la hostilidad continua de la guerrilla, una forma de lucha nueva e imprevista que, será decisiva para la victoria final.

Su importancia radica en su peculiar táctica. El guerrillero rehuye la batalla frontal, en la que se sabe inferior, y opta por golpear repetidamente, mediante emboscadas, contra fuerzas reducidas del enemigo.

El ejército francés, incapaz de luchar con efectividad contra las guerrillas, reaccionó con una dura represión indiscriminada contra la población española en su conjunto.

c) Tercera fase: 1812 y 1813.

En la primavera de 1812, la guerra da un giro definitivo. La retirada de efectivos al frente de Rusia podía llevar a los franceses al desastre, como efectivamente ocurrió en julio de 1812, cuando el general Wellington, al frente de tropas inglesas, portuguesas y españolas, y ayudado por las partidas guerrilleras, derrota a los franceses en Arapiles, cerca de Salamanca; los expulsa de Andalucía y entra en Madrid, obligando a José I a dejar la ciudad. Vencido también en Austria, Napoleón llega a un acuerdo con Fernando VII, al que libera y devuelve la corona de España – Tratado de Valençay.

  • Consecuencias de la invasión y de la guerra.

La Guerra de la Independencia fue una “guerra total”. Hubo unas 470 batallas e infinitas escaramuzas o pequeños encuentros armados, en las que nadie se daba por vencido; Madrid, por ejemplo, cambió seis veces de dueño.

A) Consecuencias internas:

  • Elevadas pérdidas humanas (unas 300.000 bajas) y económicas, pues los asedios dejaron ciudades completamente arrasadas, como Zaragoza, Gerona o San Sebastián. Y en otras como Salamanca, destrucción de edificios y monumentos artísticos por los bombardeos por la enorme devastación de infraestructuras y cosechas de la península, y un importante expolio de obras artísticas, sólo parcialmente devueltas tras la guerra.

  • Entre los perjuicios económicos, destaca el grave deterioro de la industria textil catalana.

  • La ruina definitiva de la Hacienda española.

  • El exilio de los afrancesados, la primera emigración política de la historia de la España contemporánea.

B) Consecuencias a nivel internacional:

  • La derrota de Bailén causó una enorme sensación en Europa, al demostrar que los franceses no eran invencibles.

  • La táctica de desgaste y la acción guerrillera obligaron a los franceses a movilizar gran número de soldados en la ocupación, al tiempo que minaba el prestigio de su ejército y la cohesión de sus mandos.

  • El inicio de la guerra, había provocado en las colonias americanas el estallido del movimiento independentista. Los grupos criollos, empapados de ideas nacionalistas por influjo de los procesos revolucionarios norteamericano y francés, aprovecharon el levantamiento español de 1808 para organizar sus propias Juntas y cabildos. Pero si en España era una rebelión contra los invasores, en América se convirtió en una revolución independentista.

I.1.3.- El Reinado de José Bonaparte.

El reinado de José I se inició a comienzos de de julio de 1808 con un llamamiento a los españoles, a los que prometió la integridad e independencia de su país y también reformas políticas y sociales. Estará marcado por el vacío de poder y por el desarrollo de una España de la resistencia opuesta a los franceses, al que se suma el rechazo de la población a su gobierno al considerar la intervención de Napoleón en las decisiones de su hermano. En su gobierno colaboraron los llamados afrancesados.

José I hizo meritorios intentos de ganarse a los españoles. Se aprobó la llamada Constitución de Bayona, que en realidad era una Carta Otorgada, pues Napoleón quería dar al régimen un viso de legalidad, conectando con la tradición y con las aspiraciones de cambio que apoyaban los afrancesados.

Aunque las principales medidas políticas fueron ordenadas por Napoleón, sin embargo José I antes de abandonar España, en enero de 1809 dictó ocho decretos desde Burgos, sin consultar a su hermano. Destacan, la disolución del Consejo de Castilla, la supresión del Tribunal de la Inquisición, la reducción a un tercio de los conventos existentes, la abolición de la jurisdicción señorial y la eliminación de las barreras aduaneras interiores. Las líneas generales de este Estatuto son: confesionalidad católica del Estado, creación de un Consejo de Ministros, sistema bicameral; Senado y Congreso, Consejo de Estado de carácter consultivo, y establecía como forma de gobierno la monarquía hereditaria.

Las injerencias de Napoleón llevaron a José I a pensar en dimitir especialmente tras la decisión del Emperador de separar las provincias del Norte del Ebro y convertirlas en gobiernos militares dependientes del Emperador. Su huida a Valencia con su Corte tras la derrota de Arapiles, en julio de 1812, acabó por hundir lo que quedaba de su gobierno
II.-LOS INICIOS DEL LIBERALISMO EN ESPAÑA: LAS CORTES DE CÁDIZ Y LA CONSTITUCIÓN DE 1812.
II.1- Los inicios del liberalismo en España.

II.2 – Las Cortes de Cádiz.

II.2.1- La organización de la resistencia y la convocatoria de Cortes.

II.2.2- Las Cortes de Cádiz.

II.3- La Constitución de 1812
II.1- Los inicios del liberalismo en España.

Durante los años de guerra tuvo lugar el proceso revolucionario político gaditano, que significó la ruptura con el absolutismo del pasado. El hundimiento del Antiguo Régimen en España se producía tras dos décadas de fracasos militares, crisis fiscales y desprestigio de la monarquía.

Al haber renunciado al trono Carlos IV y Fernando VII se produjo un vacío de autoridad o poder legítimo y, como el rey impuesto José I no era aceptado, será el pueblo español en su conjunto el que recoja la soberanía vacante en un acto completamente revolucionario, ya que se pasaba así del poder monárquico al poder popular.

Existe una continuidad entre las ideas reformistas de los ilustrados y el pensamiento liberal en España.

Las fuentes ideológicas en las que se inspiraron los primeros liberales españoles fueron:

  • La filosofía política francesa del siglo XVIII. Fundamentalmente, la propuesta de la separación de poderes de Montesquieu, las teorías democráticas e igualitarias de Rousseau sobre la soberanía nacional y el contrato social, que eran conocidos en España y se habían difundido a pesar de que sus libros estuvieran condenados por la Inquisición.

  • El sistema político parlamentario inglés y las nuevas instituciones surgidas en Norteamérica tras la revolución.

  • El pensamiento económico de Adam Smith.

  • La tradición teórica política española, en especial el iusnaturalismo (Suárez, Vitoria).

Todas estas influencias superpuestas configuraron el pensamiento liberal, cuya premisa básica es la afirmación de que el individuo posee unos derechos naturales (libertad, seguridad, propiedad e igualdad ante la ley) previos a la creación del Estado, y consiguientemente, un sistema político que no reconoce y respeta estos derechos no puede ser legítimo.

Estas ideas políticas fueron recibidas y defendidas por los grupos más instruidos y preparados intelectualmente del país (altos funcionarios, abogados, profesores), según se deduce de la lista de los diputados en las Cortes de Cádiz.

Fuentes sociales. La toma de conciencia de la débil y poca numerosa burguesía económica española (comerciantes, financieros y fabricantes) fue lenta. Los burgueses, enriquecidos con el comercio americano, contemplaron después de 1808 su derrumbamiento y la pérdida de los mercados ultramarinos. Sólo cuando sus intereses económicos peligraron comprendieron la necesidad urgente de reformar en profundidad las instituciones españolas y abrazaron las ideas liberales.

La nobleza, que conservó sus extensas propiedades territoriales tras el decreto de abolición de los señoríos aprobados por las Cortes de Cádiz, se adaptó bien a la nueva situación y muchos de sus miembros más destacados apoyaron la revolución política.

Aunque el campesinado español participó en la lucha contra los invasores franceses, no lo hizo en la revolución política. Quedó marginado, excluido y apenas sacó beneficios de sus resultados, pues no consiguió tierras.

De este modo, los grupos sociales que protagonizaron y se beneficiaron principalmente de la revolución liberal fueron los altos burócratas, los nobles terratenientes, los abogados y la burguesía comercial, industrial y financiera.

Pero el liberalismo español donde más se dejó ver fue en las Cortes Cádiz, pues las ideas liberales habían penetrado en España procedentes de Francia, en los últimos años del siglo XVIII y primeros del XIX, pese a la censura oficial. Fue la guerra, no obstante, la que brindó la oportunidad a quienes las defendían de expandirlas.

El ambiente revolucionario y patriótico de Cádiz, la ciudad cosmopolita del país y símbolo de la resistencia, permitió que el ideario liberal pudiera concretarse en la Constitución de 1812.

Los liberales creían en la felicidad como aspiración de todos los hombres, en el progreso material y en la libertad individual. Defendían, por tanto, la aspiración a la riqueza y la propiedad privada, individual y libre, como derecho fundamental de los hombres, y como elemento que diferencia socialmente a los individuos.

Los liberales postulan un régimen político libre, parlamentario, en oposición al absolutismo monárquico.

II.2 – Las Cortes de Cádiz.

III.2.1- La organización de la resistencia y la convocatoria de Cortes.

Ante la situación creada por la abdicación borbónica, se produce un vacío de poder real, en el momento en que una parte considerable del país se rebela contra los franceses: los patriotas.

Surgieron así por todo el país las Juntas Locales y, en pocas semanas, las Juntas Provinciales, que gobernaron en nombre de Fernando VII, pero que en realidad estaban haciendo cristalizar la soberanía nacional.

Desde el principio, aunque tuvieran una localización tan sólo provincial o regional, existió el propósito de constituir un gobierno central que asumiera el papel del gobierno de la nación. A esta idea respondió la Junta Suprema Central compuesta por 36 representantes de todas las Juntas provinciales, que representaban todas las tendencias de la resistencia, desde aristócratas ilustrados del Antiguo Régimen, como el conde de Floridablanca, su presidente, pasando por ilustrados moderados, como Jovellanos hasta liberales progresistas partidarios de cambios más o menos radicales, como Calvo de Rozas. Estableció primero su sede en Aranjuez, y posteriormente se trasladó a Sevilla y Cádiz obligada por el avance de las tropas de Napoleón. Su obra fue triple:

  • Gobernar el país, pues era el órgano legítimo supremo nacional en ausencia del rey.

  • Dirigir la resistencia militar contra los franceses; por ello firmó un tratado de alianza con Inglaterra.

  • Convocar la reunión de los representantes de la nación en unas Cortes extraordinarias en Cádiz. Iniciativa completamente revolucionaria, ya que anteriormente el derecho de convocatoria de Cortes quedaba reservado exclusivamente a los reyes, y que decidirían las reformas a emprender. Se formó una Comisión de Cortes, que empezó a debatir el carácter que tenían que tener las elecciones y la Cámara. Sus miembros coincidieron en que las Cortes debían ser constituyentes y compuestas de diputados elegidos por votación, pero se enfrentaron sobre el sistema de sufragio y, sobre todo, sobre si debían ser unicamerales o bicamerales, unitarias o estamentales. Finalmente optaron por el sufragio universal de los varones mayores de 25 años y unas Cortes bicamerales.

En enero de 1810 se dictaron las instrucciones para proceder a la elección de la Cámara baja, y pocos días después, la Junta, dividida y asediada por las tropas francesas, decidió disolverse y traspasó sus poderes a un Consejo de Regencia, que continuó, las líneas trazadas por la Junta y procedió a convocar elecciones a Cortes en junio de 1810; al final se constituyó una sola Cámara, ante las dificultades que el aislamiento imponía para organizar la votación de los estamentos privilegiados. Las elecciones se celebraron y los diputados que lograron llegar a Cádiz asistieron a la solemne apertura de las Cortes el 24 de septiembre de 1810.

II.2.2- Las Cortes de Cádiz.

Las Cortes de Cádiz empiezan con un problema y terminan con una revolución liberal. El problema se superó por el propio proceso revolucionario y se puede decir que la reunión de las Cortes es una revolución andaluza, por la presión que ejercieron las Juntas de Sevilla, Cádiz y Jaén. Las Cortes se reúnen por vez primera en septiembre de 1810, pasando de Aranjuez a Sevilla y de Sevilla a Cádiz. Por ser esta la única ciudad que ayudada por los ingleses resistía el asedio francés.

La misión principal de la Junta será la dirección de la guerra, pero, pronto se adquirió conciencia de que la invasión había arrasado el viejo Estado y que era necesario reconstruirlo, ante lo cual, había división de opiniones tanto dentro como fuera de la Junta. Un sector, del que Jovellanos fue su mejor representante, entendía que la reconstrucción del Estado podía y debía realizarse mediante la restauración y renovación de las antiguas leyes fundamentales del Reino que, suprimidas por el absolutismo, habían asegurado, en otros tiempos, el ordenado funcionamiento de los poderes públicos y las libertades de los españoles. Pero otro sector, más influido por las doctrinas y ejemplos de Francia, consideraba que aquella reconstrucción debía realizarse mediante una Constitución que, ordenase la vida política según criterios y patrones más modernos y ajustados a las necesidades de los tiempos nuevos, criterio que se impondrá definitivamente.

La Junta Central preparó la convocatoria de unas Cortes que examinasen la grave situación del país creada por la invasión, y que además propusieran el medio de llevar a cabo la reorganización. La Junta, inoperante por su excesivo número de miembros, dividida por rivalidades personales y motivos políticos, cedió sus poderes, a primeros de 1810, a un Consejo de Regencia, integrado por cinco miembros, que será el que convoque de manera efectiva, la reunión de las Cortes. Finalmente, las Cortes se reunieron en la isla de León el día 24 de septiembre de 1810; ese mismo día proclamaron tres principios que serían las columnas sobre las que se construiría la futura Constitución: soberanía nacional, división de poderes, y la nueva representación.

El proceso de elección de diputados a Cortes y su reunión en Cádiz fueron difíciles. En un país dominado por los franceses era imposible una elección de representantes y en muchos casos se optó por elegir sustitutos o diputados entre las personas de cada una de las provincias que se hallaban en Cádiz, dominando las clases medias con formación intelectual y una escasa presencia de nobles y obispos. No hubo representación alguna de las masas populares: ni un solo campesino tuvo sitio en la asamblea de Cádiz. Tampoco mujeres, carentes todavía de todo derecho político. Las primeras sesiones de las Cortes congregaron a un centenar de diputados, pero su número fue aumentando, hasta llegar a los trescientos.

Tanto en la elaboración de la Constitución como del conjunto de leyes y decretos que la constituyen, se diferencian dos grupos: los liberales y los absolutistas, y entre ellos surge a veces una posición intermedia – los representantes de las colonias -, que tienden a votar con los liberales.

  • Los liberales, partidarios de las reformas revolucionarias, que dominaron los debates e influyeron decisivamente en toda la labor de las Cortes.

  • El grupo de los absolutistas, llamados despectivamente los “serviles”, que se pronunciaron a favor de la defensa del viejo absolutismo monárquico.

Las Cortes proclamaron a Fernando VII, a quien se consideraba secuestrado, como legítimo rey, pero su obra política fundamental fue la elaboración de una Constitución que, precedida de un Discurso preliminar, fue promulgada en Cádiz el día 19 de marzo de 1812, que además de reconocer a Fernando VII como Rey, reconoce a la religión católica como la única y oficial del Estado, y la necesidad de organizar la instrucción pública, así como la abolición de los Señoríos.
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