Primera parte introducción






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REFLEXIONES SOBRE LA REVOLUCIÓN EN FRANCIA

Edmund Burke


Publicado en 1790

PRIMERA PARTE




Introducción


Quizá no esté de más informar al lector que las Reflexiones que siguen tuvieron su origen en una correspondencia mantenida por el autor con un muy joven caballero de París el cual le hizo el honor de solicitar su opinión acerca de los importantes acontecimientos que entonces, y a partir de entonces, han ocupado en tan gran medida la atención de todos los hombres. Una primera respuesta a su solicitud fue escrita durante el mes de octubre de 1789, pero, debido a consideraciones de prudencia, el autor decidió guardarla. A esa carta se alude al comienzo de las páginas siguientes. Ya ha sido remitida a su destinatario. Las razones de este retraso en cursarla han sido expuestas en una breve nota que también le fue enviada al mismo caballero. Esto dio lugar a una nueva solicitud por su parte, instando al autor a seguir expresando sus sentimientos.

El autor inició, pues, un segundo y más completo comentario sobre el mismo asunto. Había tenido la idea de publicarlo al comienzo de la primavera pasada, pero al ir entrando en el tema, se dio cuenta de que había emprendido una tarea que no sólo excedía las dimensiones de una carta, sino que su importancia requería una consideración más detallada de la que en aquel momento tenía tiempo de concederle. Sin embargo, como sus primeros pensamientos sobre la cuestión habían sido expresados en forma de epístola, cuando se sentó de nuevo a escribir, al haberlo hecho antes en forma de carta privada, le resultó difícil cambiar el modo de hacerlo, ahora que sus sentimientos se habían multiplicado en gran medida y habían tomado otra dirección. El autor es consciente de que quizá un plan diferente hubiera sido más favorable a una conveniente división y organización de la materia.

1. Los amigos ingleses de la Revolución en Francia.
Estimado señor:
Se ha complacido usted en solicitar de nuevo, y con alguna urgencia, mis pensamientos acerca de los últimos acontecimientos que han tenido lugar en Francia. No le daré razones para imaginar que yo pienso que mis sentimientos son de tanto valor como para hacerme desear que se me pregunte acerca de ellos. Son pensamientos de demasiada poca importancia para ser comunicados o para ser silenciados. Fue la atención hacia usted, y sólo hacia usted, lo que me hizo vacilar cuando por primera vez expresó usted el deseo de recibirlos. En la primera carta tuve el honor de escribirle a usted; lo que escribí no fue para ningún otro tipo de hombres, ni tampoco fue inspirado por hombre alguno. Tampoco lo será en esta ocasión. Mis errores, si los hay, serán errores míos. Sólo mi reputación habrá de responder por ellos.
Verá usted, señor, por la larga carta que le mando, que aunque deseo con todas mis fuerzas que Francia sea animada por un espíritu de libertad racional, y aunque pienso que ustedes, sirviéndose de una política honesta, constituirán un sistema permanente en el que pueda residir ese espíritu y un organismo eficaz mediante el que pueda ponerse en práctica, albergo, por desgracia, grandes dudas acerca de varios puntos concretos contenidos en los últimos acontecimientos de su país.
Imaginaba usted, cuando me escribió la última vez, que quizá pudiera yo ser contado entre quienes dan su aprobación a algunas cosas que están pasando en Francia, por la solemne aprobación que tales acontecimientos han recibido de dos asociaciones de caballeros londinenses, llamadas la Sociedad Constitucional y la Sociedad Revolucionaria.
Ciertamente, tengo el honor de pertenecer a más de un club en el que la Constitución de este Reino y los principios de la gloriosa Revolución1 son altamente reverenciados; y me cuento entre los más dedicados en lo que se refiere a mi celo por mantener esa Constitución y esos principios en su máxima pureza y vigor. Es precisamente por esto por lo que estimo necesario que no haya errores. Quienes respetan la memoria de nuestra Revolución y son afectos a la Constitución de este Reino, cuidarán mucho el modo de asociarse con personas que, bajo pretexto de un celo en favor de la Revolución y de la Constitución, se desvían con demasiada frecuencia de los verdaderos principios de las mismas, y en toda ocasión están dispuestos a apartarse del firme, pero cauteloso y deliberado espíritu que produjo la primera y que preside la segunda. Antes de pasar a responder a las cuestiones más notables de su carta, le ruego me permita ofrecerle la información que he sido capaz de obtener acerca de los dos clubs que han estimado oportuno intervenir corporativamente en los asuntos de Francia, no sin asegurarle primero que ni pertenezco, ni he pertenecido nunca a ninguna de esas dos sociedades.
La primera, que se da a sí misma el nombre de Sociedad Constitucional o Sociedad de Información Constitucional, o un título parecido, creo que lleva existiendo siete u ocho años. La misión constitutiva de esta sociedad parece ser de una naturaleza caritativa y, hasta el momento, loable. Fue establecida con el propósito de procurar la circulación, a cargo de sus socios, de muchos libros que muy pocos individuos harían el gasto de comprarlos y que de otro modo se quedarían en manos de los libreros, con gran pérdida para un útil número de hombres. Que esos libros, tan caritativamente puestos en circulación, fueran o no fueran leídos con un espíritu igualmente caritativo, es algo que está más allá de lo que sé. Posiblemente varios de ellos fueron exportados a Francia y, como otros productos que no están aquí en demanda, quizá encontraran allí un mercado con ustedes. He oído hablar mucho de las luces que se sacan de los libros que se envían desde aquí. Qué mejoras han experimentado esos libros al pasar de un país a otro (como se dice que mejoran algunos licores al cruzar el mar), yo no lo podría decir; pero nunca he oído a ningún hombre de normal capacidad de juicio o de un mínimo grado de información, pronunciar una palabra elogiando la mayor parte de las publicaciones puestas en circulación por dicha Sociedad, ni han sido las consecuencias de dichas publicaciones consideradas de gran importancia, excepto por algunos de sus miembros.
La Asamblea Nacional de ustedes parece tener la misma opinión que yo acerca de este pobre club de caridad. Como nación, ustedes han reservado todos sus elocuentes reconocimientos para la Sociedad de la Revolución, a pesar de que sus colegas de la Sociedad Constitucional tenían, en justicia, derecho a compartirlos en cierta medida. Como ustedes han seleccionado a la Sociedad Revolucionaria como la gran depositaria de sus agradecimientos y alabanzas, espero que me excusen si hago del reciente comportamiento de la misma el objeto de mis observaciones. La Asamblea Nacional de Francia ha dado importancia a estos caballeros por el hecho de haberlos adoptado; y ellos devuelven el favor actuando como un comité en Inglaterra para la diseminación de los principios de la Asamblea Nacional. De ahora en adelante hemos de considerarlos como una suerte de personas privilegiadas, como miembros nada despreciables del cuerpo diplomático. Ésta es una de esas revoluciones que han dado esplendor a la mediocridad, y distinción al mérito insignificante. No recuerdo haber oído de este club hasta hace muy poco. Puedo afirmar con toda seguridad que jamás ocupó mis pensamientos ni por un instante, ni los de ninguna otra persona ajena a la asociación misma. `Tengo entendido; después de haber investigado el asunto, que en el aniversario de la Revolución de 1688', los socios de un club de disidentes (no sé de qué denominación religiosa) han tenido desde hace mucho tiempo la costumbre de escuchar un sermón en una de sus iglesias, para después pasar el resto del día alegremente, como hacen otros clubs, en la taberna. Pero no he oído nunca que una medida pública o sistema político, ni, mucho menos, que los méritos de la Constitución de una nación extranjera hayan sido objeto de un homenaje especial en sus festivales, hasta que, para mi indecible sorpresa, me encontré con un homenaje público así, expresado mediante un mensaje de felicitación en el que se daba autorizada sanción a las actuaciones de la Asamblea Nacional Francesa.
En los antiguos principios y en el funcionamiento del club, al menos en la forma en que han sido públicamente declarados, no veo nada a lo que oponerme. Considero muy probable que por algún motivo hayan entrado en él nuevos miembros, y que algunos políticos verdaderamente cristianos, los cuales se complacen en dispensar beneficios pero se cuidan mucho de esconder la mano que distribuye la limosna, hayan hecho de ellos los instrumentos de sus píos designios. Mas cualesquiera que sean mis razones para sospechar acerca de cuestiones de administración interna, no hablaré aquí corno de cosa cierta excepto de lo que es público.
Para empezar, sentiría que se pensase que directa o indirectamente tengo yo algo que ver con sus actuaciones. Ciertamente, asumo mi parte completa, junto con el resto del mundo, en la individual y privada capacidad de especular acerca de lo que ha tenido o está teniendo lugar en la escena pública de cualquier lugar de la Antigüedad o de la época moderna, ya sea la república de Roma o la república de París. Pero al no tener una general misión apostólica, al ser ciudadano de un Estado particular, y al estar limitado en grado considerable por su voluntad pública, me parecería, cuando menos, impropio e irregular el que yo iniciase una formal correspondencia pública con el Gobierno actual de una nación extranjera, sin la autoridad expresa del Gobierno bajo el que vivo.
Aún más reacio me sentiría a mantener esa correspondencia, silo hiciera bajo un título equívoco que a muchos, desconocedores de nuestros usos, pudiera darles la apariencia de un acto realizado por personas en una posición de responsabilidad pública, reconocidas por las leyes de este país y autorizadas a expresar el sentir de una parte del mismo. No por simples cuestiones de forma, sino por razón de la ambigüedad e incertidumbre de los títulos generales no autorizados y del fraude que puede ser perpetrado acogiéndose a ellos, la Cámara de los Comunes rechazaría hasta la más mínima petición sobre la cosa más trivial, si se hiciera bajo el tipo de signatura al que ustedes han abierto de par en par las puertas de su sala de recepción y han llevado inmediatamente hasta su Asamblea Nacional, con igual pompa y ceremonia, y con igual clamor de aplauso que si estuvieran siendo ustedes visitados por todo el cuerpo oficial representativo de la entera nación inglesa. Si lo que esta Sociedad hubiera juzgado oportuno enviar [a Francia] hubiera sido una pieza argumentativa, poca importancia habría tenido saber de quién provenía. No hubiera sido ni más ni menos convincente por provenir de un partido o de otro. Pero lo que tenemos aquí es exclusivamente un voto y una declaración. Su único fundamento es la autoridad, yen este caso la mera autoridad de individuos, pocos de los cuales aparecen identificados. En mi opinión, sus firmas deberían haber sido añadidas a su declaración. De este modo el mundo habría tenido medios de saber cuántos son, quiénes son y de qué valor pueden ser sus opiniones en razón de sus capacidades personales, sus conocimientos, su experiencia, ó su liderazgo y autoridad en el Estado. A mí, que soy un hombre ordinario, su actuación me parece un poco demasiado refinada y demasiado ingeniosa; tiene un aire excesivo de estratagema política adoptada para dar, bajo un nombre altisonante, importancia a las declaraciones públicas de este club, las cuales, cuando fueron examinadas con detalle, no resultaron ser tan merecedoras de ella. Se trata de una medida política que tiene un muy marcado aspecto de fraude.
Me precio de amar una libertad viril, moral y regulada, en la misma medida en que pueda hacerlo cualquier otro caballero de esta sociedad, sea quien sea. Y quizá haya dado pruebas igualmente buenas de mi apoyo a esa causa en el curso de toda mi actuación pública. Creo que envidio la libertad tan poco como puedan hacerlo en cualquier otra nación. Pero no puedo alzarme y alabar o censurar algo que se relaciona con las acciones humanas y las preocupaciones humanas, mirando el objeto a simple vista, despojado de toda referencia, aislado en toda la desnudez y soledad propias de las abstracciones metafísicas. Son las circunstancias (que para algunos caballeros no cuentan nada) las que en realidad dan a cada principio político su color distintivo y su efecto particular. Las circunstancias son las que hacen que un sistema civil y político sea beneficioso o pernicioso para la humanidad. Hablando en abstracto, tanto la sujeción a un gobierno como la vida en un régimen de libertad son buenas. Sin embargo, ¿podría, en mi sano juicio, haber yo felicitado a Francia hace diez años por disfrutar de un gobierno (pues entonces tenía gobierno), sin averiguar primero qué clase de gobierno era, o cómo era administrado? ¿Y podría yo felicitar ahora a esa misma nación a cuenta de su libertad? ¿Es porque la libertad en abstracto puede ser clasificada entre las bendiciones de la humanidad, por lo que yo podría felicitar seriamente a un loco que hubiera escapado del protector confinamiento y de la oscuridad de su celda, por haber logrado recuperar el gozo de la luz y de la libertad? ¿Es que debería yo felicitar a un asesino salteador de caminos que se ha escapado de la cárcel, por el hecho de que ha recuperado sus derechos naturales? Tal actuación sería recrear la escena de aquellos condenados a galeras y de su heroico libertador, el metafísico caballero de la triste figura;.
Cuando veo en acción el espíritu de libertad, veo funcionando un principio poderoso; y esto es todo lo que puedo saber de él por un lapso de tiempo. Evidentemente, el gas natural, el anhídrido carbónico, se ha escapado; pero nosotros deberíamos suspender nuestro juicio hasta que la primera efervescencia se haya aplacado un poco, hasta que se disipe el licor y veamos algo más profundo que la mera agitación de una superficie espumosa. Antes de aventurarme a felicitar públicamente a los hombres por la bendición que han recibido, debo estar razonablemente seguro de que de hecho han recibido una bendición. La adulación corrompe a quien la recibe y a quien la da, y la lisonja no hace mayor servicio al pueblo que a los reyes. Por lo tanto, debo suspender mis palabras de enhorabuena por la nueva libertad de Francia, hasta ser informado de cómo esa libertad ha sido hecha compatible con las normas de gobierno, con las fuerzas de orden público, con la disciplina y obediencia a los ejércitos, con la recaudación de un impuesto bien distribuido, con la moralidad y la religión, con el derecho garantizado a la propiedad privada, con la paz y el orden, con los buenos modales de convivencia civil y social. Todas estas cosas son también buenas (a su manera), y sin ellas la libertad no es un beneficio mientras dura, y no es probable que continúe por mucho tiempo. El efecto de la libertad en los individuos es que éstos pueden hacer lo que quieren; pues bien, hemos de ver primero qué es lo que quieren hacer, antes de arriesgarnos a felicitarlos por algo que pronto pueda ser motivo de nuestras quejas. La prudencia nos dictaría esto en el caso de individuos separados, aislados, privados; pero la libertad, cuando los hombres actúan en grupo, es poder. La gente considerada, antes de declararse, observará qué uso se hace del poder, y particularmente cuando se trata de un nuevo poder en manos de nuevas personas de cuyos principios, temperamentos y disposiciones tienen poca o ninguna experiencia, yen situaciones en las que aquellos que parecen alborotar más en el escenario, quizá no sean los que realmente manejan las riendas.
Sin embargo, todas estas consideraciones estaban por debajo de la trascendental dignidad de la Sociedad de la Revolución. Mientras yo permanecí en el país desde el que tuve el honor de escribirle a usted, sólo alcancé a poseer una idea muy imperfecta de lo que la Sociedad hacía. Al llegar a la ciudad hice que se me enviara un informe con sus actas, que había sido publicado con su autorización y que contenía un sermón del Dr. Price, junto con la carta del duque de Rochefoucault y del arzobispo de Aix, y varios otros documentos anejos. La totalidad de esa publicación, con su manifiesto deseo de conectar los asuntos de Francia con los de Inglaterra, arrastrándonos a imitar la conducta de la Asamblea Nacional, me produjo un grado considerable de incomodidad. El efecto de dicha conducta sobre el poder, crédito y prosperidad y tranquilidad de Francia, se hizo más evidente cada día. El tipo de Constitución propuesto para ser adoptado como futura fórmula política se hizo más claro. Ahora estamos en condiciones de discernir, con exactitud tolerable, la verdadera naturaleza del objeto que se nos ha presentado para que lo imitemos. Si la prudencia de la reserva y el decoro exige que se guarde silencio en algunas circunstancias, en otras una prudencia de más alto rango puede justificar que expresemos en voz alta nuestros pensamientos. Los conatos de desorden en Inglaterra son todavía bastante débiles. Pero hemos visto cómo, entre ustedes, una infancia todavía más débil ha ido creciendo por momentos hasta alcanzar una fuerza capaz de superar montañas y hacer la guerra hasta con los mismos cielos. Cuando la casa de nuestro vecino arde en llamas, no está de más hacer que las bombas de agua actúen un poco sobre la nuestra. Es mejor que se nos ridiculice por ser demasiado aprensivos, que sufrir la ruina como consecuencia de ser confiados en exceso.
Preocupado, sobre todo, por la paz de mi propio país, pero en modo alguno despreocupado por la del de usted, es mi deseo comunicarle con más detalle lo que en un principio sólo iba dirigido a procurarle satisfacción personal. Seguiré observando los acontecimientos que están teniendo lugar entre ustedes, y continuaré dirigiéndome a usted. Permitiéndome las libertades propias del intercambio epistolar, le ruego me dé licencia para expresar mis pensamientos y sentimientos tal y como se me van viniendo a la cabeza, prestando poca atención al método formal.
He empezado hablando de las actuaciones de la Sociedad de la Revolución, pero no me limitaré a ellas. ¿Cómo sería ello posible? Me parece a mí que estamos ante una gran crisis, no solamente en lo que se refiere a los asuntos de Francia, sino de toda Europa, y tal vez más que de Europa. Si se tienen en cuenta todas las circunstancias, vemos que la Revolución Francesa es el acontecimiento más asombroso que hasta ahora ha sucedido en el mundo. Las cosas más extrañas son en muchos casos realizadas por los medios más absurdos y ridículos, de la manera más ridícula y con los instrumentos más despreciables. Todo parece estar fuera del curso natural en este extraño caos de frivolidad, de ferocidad y de toda clase de crímenes revueltos con toda clase de locuras. Cuando se observa esta monstruosa escena tragicómica, nos asaltan necesariamente las pasiones más encontradas, y algunas veces se mezclan en nuestra alma las unas con las otras: el desprecio con la indignación, la risa con las lágrimas, la burla con el horror.
No puede negarse, sin embargo, que esta extraña escena es vista por algunos desde una perspectiva totalmente diferente y que ha inspirado en ellos sentimientos de exultación y de éxtasis. En lo que se ha hecho en Francia sólo ven un firme y moderado ejercicio de la libertad, en general tan consistente con la moral y la piedad, que no sólo lo hace merecedor del aplauso secular de audaces políticos maquiavélicos, sino que lo convierte también en tema adecuado para toda devota efusión de elocuencia sagrada.
En la mañana del pasado día cuatro de noviembre, el doctor Richard Pierce, un eminente y singular predicador, predicó a los miembros de su club o sociedad en la disidente sala de reuniones de la Vieja Judería un sermón sobremanera extraordinario y variado, en el que hay algunos sentimientos morales y religiosos, no mal expresados, mezclados con una especie de popurrí de diversas opiniones y reflexiones políticas. Pero la Revolución en Francia es el ingrediente principal en ese potaje.
Considero que la misiva transmitida a la Asamblea Nacional [Francesa] y por la Sociedad de la Revolución mediante el conde de Stanhope, tuvo su origen en los principios de dicho sermón y es un corolario de ellos. Fue presentada como moción por el predicador de tal discurso. Fue aprobada por aquellos que aún estaban enardecidos por los efectos del sermón, y lo fue sin la menor censura o enmienda, ni explícita ni implícita. Sin embargo, si algunos de los caballeros afectados desean separar el sermón de la resolución, sabrán cómo dar reconocimiento a lo uno, negándoselo a lo otro. Ellos podrán hacerlo; yo no puedo.
Por mi parte, yo considero ese sermón como la declaración pública de un hombre que está muy relacionado con los caballeros literarios y los filósofos intrigantes, con los teólogos políticos y los políticos teólogos, tanto en su país como en el extranjero. Sé que ellos lo han puesto ahí como una especie de oráculo, porque, con la mejor intención del mundo, este hombre filipiza y entona su canto profético exactamente al unísono con sus designios.
Ese sermón está compuesto en un tono que creo que no ha sido oído en ninguno de los púlpitos que son tolerados o fomentados en este reino desde el año 1648, cuando un predecesor del Dr. Price, el reverendo Hugh Peters, hizo resonar la bóveda de la capilla del rey en Saint James con el honor y privilegio de los santos, los cuales, con «altas glorias de Dios en su boca, y una espada de doble filo en sus manos, iban a dictar juicio sobre los gentiles y castigar al pueblo; a sujetar a sus reyes con cadenas, y a sus nobles con grilletes de hierro» 2. Pocas arengas desde el púlpito, excepto en los días de la Liga en Francia 3 o en los días de nuestra Solemne Liga y Alianza en Inglaterra 4, han participado menos del espíritu de moderación que este sermón en la Vieja Judería. Aun suponiendo, sin embargo, que algo así como moderación fuese apreciable en su sermón político, lo cierto es que la política y el púlpito son términos poco compatibles entre sí. Ningún sonido debería oírse en la iglesia, excepto la voz curativa de la caridad cristiana. La causa de la libertad civil y del gobierno civil, así como la causa de la religión, tienen muy poco que ganar como resultado de esta confusión de deberes. Quienes abandonan su propio carácter para asumir otro que no les pertenece, desconocen, en general, tanto el carácter que abandonan como el carácter que asumen. Absolutamente ignorantes del mundo en el que tienen tantas ganas de participar, y faltos de experiencia en todas las cuestiones sobre las que se pronuncian con tanta confianza, nada poseen de la política, excepto las pasiones que ésta suscita. Ciertamente la iglesia es un lugar en el que una tregua de un día5 debería concederse a las disensiones y animosidades del género humano.
El estilo de púlpito, resucitado tras una larga época durante la que estuvo en desuso, tuvo para mí un aire de novedad, de novedad no enteramente libre de peligro. No digo que ese peligro exista con igual intensidad en todas las partes del discurso 6. El consejo dado a un noble y reverendo teólogo laico a quien se supone en un alto cargo en una de nuestras universidades, y a otros teólogos laicos «de rango y letras», puede ser apropiado y oportuno, aunque en cierto modo nuevo. Si los nobles buscadores no encontraran nada que pudiese satisfacer sus pías aspiraciones dentro del marco básico de la iglesia nacional, o en la rica variedad que se encuentra en los bien surtidos almacenes de las congregaciones disidentes, el Dr. Price les aconseja afirmarse en su inconformismo erigiendo cada uno de ellos una congregación separada, basada en sus particulares principios.7 Es en cierto modo notable que este reverendo teólogo esté tan dispuesto a erigir nuevas iglesias; y sea tan indiferente respecto a la doctrina que pueda enseñarse en ellas. Su celo es de un carácter curioso. No es un celo por la propagación de sus propias opiniones, sino de todas las opiniones, cualesquiera que sean. No es un celo por la propagación de la verdad, sino por la propagación de la controversia. Que los nobles maestros disientan, no importa de quién ni de qué. Una vez que este punto haya sido asegurado, se da por supuesto que su religión será racional y viril. Dudo que la religión coseche todos los frutos que el calculador teólogo estima que pueden derivarse de esta «gran compañía de grandes predicadores». Sería ciertamente una valiosa adición de entidades sin valor especial, que habrían de ser sumadas a la amplia colección de clases conocidas, géneros 'y especies que en el presente adornan el hortus siccus [seco huerto] de la disensión. Un sermón proveniente de un noble duque, o un noble marqués, o un noble earl o intrépido barón, de seguro que aumentarían y diversificarían los entretenimientos de esta villa, la cual empieza a estar cansada de la serie uniforme de sus insípidas diversiones. Lo único que yo estipularía es que estos nuevos MessJohns8 de manto y corona impusieran algún tipo de límite a los democráticos e igualitarios principios que se espera oír de sus titulados púlpitos. Me atrevo a decir que estos nuevos evangelistas defraudarán las esperanzas que se han puesto en ellos. No alcanzarán a ser, literal y figurativamente, teólogos polémicos, ni estarán dispuestos a disciplinar a sus congregaciones hasta el extremo de que éstas puedan, como en benditos tiempos pasados, predicar sus doctrinas a regimientos de dragones y a cuerpos de infantería y artillería. Estos arreglos, por muy favorables que sean a la causa de la libertad obligatoria, tanto civil como religiosa, puede que no conduzcan igualmente a la tranquilidad nacional. Espero que estas pocas restricciones no se tomen como grandes excesos de intolerancia ni como muy violentas manifestaciones de despotismo.
Mas podría yo decir de nuestro predicador aquello de «utinam nugis tota illa dedisset tempora saevitiae» 910. No todo lo que se contiene en su bula fulminadora es de tendencia inocua. Sus doctrinas afectan nuestra Constitución en puntos vitales. En su sermón político dice a la Sociedad Revolucionaria que Su Majestad «es casi el único rey legítimo del mundo porque es el único que debe su corona a la elección del pueblo». En cuanto a los reyes del mundo, a todos los cuales, excepto a uno, este sumo pontífice de los derechos humanos, con fuerza y determinación aún mayores que las del poder destitutivo del Papa en el fervor meridiano del siglo XII, los aniquila en una sentencia de prohibición y anatema, y los denuncia copio usurpadores diseminados a todo lo largo y todo lo ancho del globo. Y les insta a que admitan en sus territorios a estos misioneros apostólicos para que les digan a sus súbditos que ellos no son sus reyes legítimos. Eso es lo que ocupa a estos apóstoles. Lo que ha de ocuparnos a nosotros, como cosa que posee un interés doméstico de importancia, es considerar seriamente la solidez del único principio en virtud del cual estos caballeros reconocen que un rey de Gran Bretaña puede tener derecho a ser respetado.
Esta doctrina, cuando se aplica al príncipe que hoy se sienta en el trono británico, o bien es una insensatez y, por lo tanto, no es ni verdadera ni falsa, o afirma algo que carece del menor fundamento y que es peligroso, ilegal e inconstitucional. Según este doctor espiritual de la política, si Su Majestad no debe su Corona al hecho de haber sido elegido por su pueblo, no es un monarca legítimo. Ahora bien, nada podría ser más falso que decir que la Corona de este reino ha sido obtenida de este modo por Su Majestad. Por lo tanto, si seguimos su regla, el rey de Gran Bretaña, el cual no debe en modo alguno su alto puesto a elecciones populares de ningún tipo, no será en modo alguno superior al resto de la banda de usurpadores que reinan, o, por mejor decirlo, que roban por toda la faz de este mundo miserable sin tener ningún derecho o título a que su pueblo les obedezca. La aplicación política que se desprende de esta doctrina es de sobra evidente. Los propagadores de este evangelio político actúan en la esperanza de que su principio abstracto (el principio de que una elección popular es necesaria para la existencia legal de la magistratura soberana) fuera pasado por alto mientras el rey de Gran Bretaña no se viera afectado por él. Mientras tanto, quienes les escuchan en sus congregaciones se irían habituando gradualmente a dicho principio, como si fuera un principio admitido sin disputa. Para el tiempo presente sólo funcionaría como mera teoría, preservada en la vinagreta de la elocuencia sermonil para hacer uso de ella en el futuro. Condo et compono quae mox depromere possim 10. Mediante esta política, nuestro gobierno es tranquilizado porque se hace una excepción a su favor; pero no debería tranquilizarse, pues se le está privando de la seguridad que tiene en común con los demás gobiernos.
Así van avanzando estos políticos, aprovechándose de que se presta poca atención a sus doctrinas. Pero cuando se examina más de cerca el significado de sus palabras y la directa tendencia de dichas doctrinas, entonces nos damos cuenta de que están utilizando términos equívocos y construcciones resbaladizas. Cuando dicen que el rey debe su Corona a la elección del pueblo y es, por tanto, el único soberano legal del mundo, quizá nos aclararán que lo que quieren decir no es más que algunos de los reyes que le precedieron fueron llamados al trono por una suerte de elección, y que por lo tanto él debe su corona a una elección popular. Y así, mediante este miserable subterfugio, esperan que su proposición resulte aceptable por el procedimiento de trivializarla. Bienvenidos sean al asilo que buscan por su ofensa, ya que se refugian en su insensatez. Pues si admitimos su interpretación, ¿en qué difiere su idea de elección de nuestra idea de sucesión hereditaria?
¿Y cómo el establecimiento de la corona en la dinastía Brunswick procedente de Jacobo I pudo haber legitimado nuestra monarquía en mayor medida que en ninguno de los países vecinos? Ciertamente, en uno u otro momento, todos los individuos que iniciaron una dinastía fueron elegidos por quienes los llamaron a gobernar. Hay fundamento suficiente para sostener la opinión de que todos los reinos de Europa fueron, en un período remoto, resultado de una elección, con mayores o menores limitaciones. Pero cuales quiera que hayan sido los monarcas aquí o en cualquier otra parte hace miles de años, o cualquiera que sea el modo en que se han originado las dinastías de Inglaterra o Francia, el rey de Gran Bretaña es, en el día de hoy, rey conforme a una estricta línea de sucesión acorde con las leyes de este país. Y mientras las condiciones legales del pacto de soberanía sean por él cumplidas (tal y como de hecho lo son), conservará la corona independientemente de lo que diga la Sociedad de la Revolución, la cual no tiene voto alguno, ni individual ni colectivo, para elegir a su rey, aunque no dudo que pronto se erigiría ella misma en colegio electoral, si las cosas madurasen de modo favorable a sus deseos. Los herederos y sucesores de Su Majestad, cada uno en su tiempo y lugar, accedieron a la corona sin pensar para nada en la elección original en virtud de la cual Su Majestad ha sido el sucesor en el trono que ahora ocupa.
Cualquiera que pueda ser el modo de lograr evadirse de dar una explicación al grave error de hecho que consiste en suponer que Su Majestad (aunque posea la corona de acuerdo con los deseos del pueblo) debe dicha corona a una elección popular, no hay manera alguna de justificar la explícita declaración del principio que afirma que el pueblo tiene derecho de elección, principio que [los miembros de la Sociedad de la Revolución] siguen manteniendo, y al que se adhieren con tenacidad. Todas las indirectas insinuaciones relativas a la elección popular se resuelven en esta proposición y pueden ser referidas a ella. Por temor a que el fundamento del exclusivo derecho legal del rey a la corona fuese tomado como mera expresión rimbombante de adulación a la libertad, nuestro político teólogo prosigue con la dogmática afirmación 11 de que, por los principios de la Revolución, el pueblo de Inglaterra ha adquirido tres derechos fundamentales, todos los cuales, según él, componen un sistema y se armonizan en una breve sentencia, a saber: que hemos adquirido el derecho
1) a elegir a nuestros gobernantes,

2) a destituirlos por su mala conducta,

3) a establecer un Gobierno por nosotros mismos.
Esta nueva, y hasta ahora jamás oída, declaración de derechos, aunque hecha en nombre de todo el pueblo, pertenece exclusivamente a esos caballeros y a su facción. El grueso del pueblo de Inglaterra no participa en ella y la rechaza manifiestamente. Resistirá con sus vidas y fortunas toda aplicación práctica que se haga de ella. Está abocado a hacerlo así en virtud de las leyes de su país promulgadas en tiempos de esa misma Revolución a la que se apela en favor de los falsos derechos reclamados por la Sociedad que abusa de su nombre.

1 Revolución en Inglaterra que resultó en la deposición de Jacobo II y la ascensión al trono de Guillermo III y María II (N.del T.)

2 Salmo 149

3 La Santa Liga Católica organizada por el duque de Guisa para suprimir a los hugonotes e impedir que Enrique IV accediese al trono de Francia. (N. del T.)

4 Alianza entre Inglaterra y Escocia firmada en 1643. En recompensa por el apoyo de los escoceses en la guerra contra Carlos I, el Parlamento inglés garantizó la seguridad de la Alianza Nacional Escocesa para el mantenimiento de la religión presbiteriana. (N. del T.)

5 El descanso reconciliador del domingo. (N. del T.)

6 Lo que sigue son referencias directas al sermón de Price, Discourse on the Loveof our Country, 4 de noviembre, 1789. (N. del T.)

7«Aquellos a quienes disguste el modo de culto prescrito por la autoridad pública, deberían, si no encontrasen fuera de la iglesia ningún otro modo de culto que mereciese su aprobación, establecer para sí un culto separado; y haciendo esto y dando ejemplo de un culto racional y viril, los hombres de peso por su rango y sus letras, podrían hacer a la sociedad cal mundo el mayor servicio.» P. 18. Sermón del Dr. Price.

8 Vieja expresión escocesa que significa «clérigo».

9 Cita parcial de Juvenal, Sátiras IV. 150151: «Ojalá hubiera dedicado a bromas y bagatelas todo el tiempo empleado en hacer violencia».

10 Acumulo y arreglo las cosas a fin de poder sacarlas después.» Horacio, Epístolas I

11 Discourse on the Love of our Country, por el Dr.Price,p.34

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