Arthur Schopenhauer






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Arthur Schopenhauer



El Amor Y Otras Pasiones
Introducción

El filósofo alemán Arthur Schopenhauer (1788-1860) nació en Danzig y desde muy joven viajó por Francia, Inglaterra y distintas ciudades de Alemania, por lo que leyó con facilidad a autores de esas nacionalidades. En 1809 ingresó en la Universidad de Gotinga, en donde cursó estudios de filosofía, ciencias naturales, latín y griego. En 1811 se trasladó a Berlín y fue discípulo de Fichte, frecuentando asimismo el aula en que impartía lecciones Schleiermacher. De estas experiencias docentes nació su deseo de exponer sus personales puntos de vista filosóficos en torno al pensamiento de dichos maestros, verdaderas luminarias entonces del ambiente universitario alemán.

Así, en 1813 dio a la imprenta su primer manuscrito teórico, La cuádruple raíz del principio de razón suficiente, recibido con interés por la crítica y los estudiosos. Instalado en Weimar, se aficionó a la lectura de textos hindúes, lo que influiría decididamente en sus postulados humanistas. Allí conoció a Goethe, a quien profesó honda admiración toda la vida. Con el poeta compartió el interés por el estudio psicológico y el análisis fisiológico del color, elaborando curiosas teorías. Pero su obra cumbre, El mundo como voluntad y representación, se publicaría en Dresde, en 1818, no obteniendo el eco que Schopenhauer había imaginado. Esta fue la razón de que el curso que impartiera en la Universidad de Berlín, en calidad de profesor privado, fuera un rotundo fracaso. Hubo, además, otra razón: Hegel, cuyo genio triunfaba de manera arrolladora.

En vista de estas frustraciones, Arthur Schopenhauer decidió establecerse en Francfort y dedicarse por entero a escribir. En 1836 publicó Sobre la voluntad de la naturaleza, y cinco años después Los dos problemas fundamentales de la ética. En 1844, veintidós años después de la primera edición, se publicó la segunda de su obra capital, esta vez con mejor fortuna. Siete años más tarde vería la luz un nuevo ensayo, Parerga y Paralipómena, en dos volúmenes, cuando ya su pensamiento y su obra eran objetos de discusión. No obstante, habría de pasar casi una generación para que Schopenhauer disfrutara de fama.

A ello contribuyeron de forma especial sus escritos sociológicos y de análisis humanista, como los que se recogen en este volumen. De hecho, entre 1890 y 1902, el pensador alemán publicó una serie de ensayos, como Consejos y máximas, Estudios sobre el pensamiento y Fundamento de la moral, en los que puso de manifiesto el sentimiento pesimista de la existencia que le diera notoriedad. Así, para él la vida «es una alternativa entre la frustración y el tedio», siendo el arte la única salida digna a tanto engaño místico e intelectual como produce la humanidad. Sus teorías musicales tuvieron gran influencia sobre Wagner. La aportación más sólida de Schopenhauer, sin embargo, estuvo en la introducción del pensamiento oriental en los esquemas filosóficos alemanes y europeos, en general.

Etiquetado como el pesimista más sistemático en la historia del pensamiento occidental, Arthur Schopenhauer sembró el siglo XIX de sombras, dudas y desilusión, que hicieron mella en numerosos artistas y filósofos de ese periodo y primeras décadas del siglo XX. Resumen de su acritud y de su radicalismo puede ser la frase que cierra el último de los ensayos que recoge este volumen, donde manifiesta su desprecio a la nación alemana: «Me avergüenzo de pertenecer a ella», confiesa sin ambages. No en vano fue el promotor del movimiento antirracional de los siglos XIX y XX.

EL AMOR

Se está generalmente habituado a ver a los poetas ocuparse en pintar el amor. La pintura del amor es el principal asunto de todas las obras dramáticas, trágicas o cómicas, románticas o clásicas, en las Indias lo mismo que en Europa. Es también el más fecundo de los asuntos para la poesía lírica como para la poesía épica.

Esto sin hablar del incontable número de novelas que, desde hace siglos, se producen cada año en todos los países civilizados de Europa, con tanta regularidad como los frutos de las estaciones.

Todas esas obras no son en el fondo, sino descripciones variadas y más o menos desarrolladas de esta pasión. Romeo y Julieta, La nueva Eloísa, Werther, han adquirido una gloria inmortal.

Es un gran error decir con La Rochefoucauld que sucede con el amor apasionado como con los espectros, que todo el mundo habla de él y nadie lo ha visto; o bien negar con Lichtenberg, en su Ensayo sobre el poder del amor, la realidad de esta pasión y el que esté conforme con la naturaleza. Porque es imposible concebir que, siendo un sentimiento extraño o contrario a la naturaleza humana o un puro capricho, no se cansen de pintarlo los poetas ni la humanidad de acogerlo con una simpatía inquebrantable, puesto que sin verdad no hay arte cabal. Rien n'est beau que le vrai; le vrai seul est animable [«No hay nada bello sino lo verdadero; sólo lo verdadero merece amarse» (Boileau)].

Por otra parte, la experiencia general, aunque no se renueva todos los días, prueba que, bajo el imperio de ciertas circunstancias, una inclinación viva y aun gobernable puede crecer y superar por su violencia a todas las demás pasiones, echar a un lado todas las consideraciones, vencer todos los obstáculos con una fuerza y una perseverancia increíbles, hasta el punto de arriesgar sin vacilación la vida por satisfacer su deseo, y hasta perderla, si ese deseo es sin esperanza. No sólo en las novelas hay Werthers y Jacobos Ortis; todos los años pudieran señalarse en Europa lo menos media docena. Mueren desconocidos, y sus sufrimientos no tienen otro cronista que el empleado que registra las defunciones, ni otros anales que la sección de noticias de los periódicos.

Las personas que leen los diarios franceses e ingleses certifican la exactitud de esto que afirmo.

Pero aún es más grande el número de los individuos a quienes esta pasión conduce al manicomio.

Por último, se comprueban cada año diversos casos de doble suicidio, cuando dos amantes, desesperados, caen víctimas de las circunstancias exteriores que los separan.

En cuanto a mí, nunca he aprendido cómo dos seres que se aman y creen hallar en ese amor la felicidad suprema, no prefieren romper violentamente con todas las convenciones sociales y sufrir todo género de vergüenzas antes que abandonar la vida, renunciando a una aventura más allá de la cual no imaginan que existan otras. En cuanto a los grados inferiores, los ligeros ataques de esa pasión, todo el mundo los tiene a diario ante su vista, y, a poco joven que sea uno, la mayor parte del tiempo los tiene también en el corazón.

Por tanto, no es lícito dudar de la realidad del amor ni de su importancia.

En vez de asombrarse de que un filósofo trate también de apoderarse de esta cuestión, tema eterno para todos los poetas, más bien debiera sorprender que un asunto que representa en la vida humana un papel tan importante haya sido hasta ahora abandonado por los filósofos y se nos presente como materia nueva.

De todos los filósofos, es Platón quien se ocupó más del amor, sobre todo en El banquete y en Fedro. Lo que dijo acerca de este asunto entra en el dominio de los mitos, fábulas y juegos de ingenio, y sobre todo concierne al amor griego. Lo poco que de él dice Rousseau en el Discurso sobre la desigualdad es falso e insuficiente. Kant, en la tercera parte del Tratado sobre el sentimiento de lo bello y de lo sublime, toca el amor de una manera harto superficial y a veces inexacta, como quien no es muy ducho en él. Platner, en su Antropología, no nos ofrece sino ideas mediocres y corrientes. La definición de Spinoza merece citarse a causa de su extremada sencillez: Amor est titillatio, concomitante idea causæ externæ.

No tengo, pues, que servirme de mis predecesores ni refutarlos. No por los libros, sino por la observación de la vida exterior, es como este asunto se ha impuesto a mí y ha ocupado un lugar por sí mismo en el conjunto de mis consideraciones acerca del mundo.

No espero aprobación ni elogio por parte de los enamorados, que, naturalmente, propenden a expresar con las imágenes más sublimes y más etéreas la intensidad de sus sentimientos. A éstos mi punto de vista les parecerá demasiado físico, hasta material, por metafísico y trascendente que sea en el fondo.

Antes de juzgarme, que se den cuenta de que el objeto de su amor, o sea, la mujer, a la cual exaltan hoy en madrigales y sonetos, apenas hubiera obtenido de ellos una mirada si hubiese nacido dieciocho años antes.

Toda inclinación tierna, por etérea que afecte ser, sumerge todas sus raíces en el instinto natural de los sexos, y hasta no es otra cosa más que este instinto especializado, determinado, individualizado por completo.

Sentado esto, si se observa el papel importante que representa el amor en todos su grados y en todos sus matices, no sólo en las comedias y novelas, sino también en el mundo real, donde, junto con el amor a la vida, es el más poderoso y el más activo de todos los resortes; si se piensa en que de continuo ocupa las fuerzas de la parte más joven de la humanidad; que es el fin último de casi todo esfuerzo humano; que tiene una influencia perturbadora sobre los más importantes negocios; que interrumpe a todas horas las ocupaciones más serias; que a veces hace cometer tonterías a los más grandes ingenios; que no tiene escrúpulos en lanzar sus frivolidades a través de las negociaciones diplomáticas y de los trabajos de los sabios; que tiene maña para deslizar sus dulces esquelas y sus mechoncitos de cabellos hasta en las carteras de los ministros y los manuscritos de los filósofos, lo cual no le impide ser a diario el promotor de los asuntos más malos y embrollados; que rompe las relaciones más preciosas, quiebra los vínculos más sólidos y elige por víctimas ya la vida o la salud, ya la riqueza, la alcurnia o la felicidad; que hace del hombre honrado un hombre sin honor, del fiel un traidor, y que parece ser así como un demonio que se esfuerza en trastornarlo todo, en embrollarlo todo, en destruirlo todo, entonces estamos prontos a exclamar: «¿Por qué tanto ruido? ¿Por qué esos esfuerzos, esos arrebatos, esas ansiedades y esa miseria...?».

Pues no se trata más que de una cosa muy sencilla: sólo se trata de que cada macho se ayunte con su hembra. ¿Por qué tal futileza ha de representar un papel tan importante e introducir de continuo el trastorno y el desarreglo en la bien ordenada vida de los hombres?

Pero ante el pensador serio, el espíritu de la verdad descorre poco a poco el velo de esta respuesta. No se trata de una fruslería; lejos de eso, la importancia del negocio es igual a la formalidad y al ímpetu de la persecución. El fin definitivo de toda empresa amorosa, lo mismo si se inclina a lo trágico que a lo cómico, es en realidad, entre los diversos fines de la vida humana, el más grave e importante, y merece la profunda seriedad con que cada uno lo persigue.

En efecto, se trata nada menos que de la «combinación de la generación próxima». Los actores que entrarán en escena cuando salgamos nosotros se encontrarán así determinados en su existencia y en su naturaleza por esta pasión tan frívola. Lo mismo que el ser de esas personas futuras, la naturaleza propia de su carácter, su essentia, depende en absoluto de la elección individual por el amor de los sexos, y se encuentra así irrevocablemente fijada desde todos los puntos de vista. He aquí la clave del problema; la conoceremos mejor cuando hayamos recorrido todos los grados del amor, desde la inclinación más fugitiva hasta la pasión más vehemente; entonces reconoceremos que su diversidad nace del grado de la individualización en la elección.

Todas las pasiones amorosas de la generación presente no son, pues, para la humanidad entera, más que una meditatio compositionis generationis futuræ, e qua iterum pendent ennumeræ generationis. Ya no se trata, en efecto, como en las otras pasiones humanas, de una desventaja o una ventaja individual, sino de la existencia y especial constitución de la humanidad futura. En ese caso, alcanza su más alto poderío la voluntad individual, que se transforma en voluntad de la especie.

En ese gran interés se fundan lo patético y lo sublime del amor, sus transportes, sus dolores infinitos, que desde millares de siglos no se cansan los poetas de representar con ejemplos sin cuento. ¿Qué otro asunto pudiera aventajar en interés al que atañe al bien o al mal de la especie? Porque el individuo es a la especie lo que la superficie de los cuerpos a los cuerpos mismos. Esto es lo que hace que sea tan difícil dar interés a un drama sin mezclar en él una intriga amorosa, y, sin embargo, a pesar del uso diario que del amor se hace, nunca se agota el asunto.

Cuando el instinto de los sexos se manifiesta en la conciencia individual de una manera vaga y genérica, sin determinación precisa, lo que aparece fuera de todo fenómeno es la voluntad absoluta de vivir. Cuando se especializa en un individuo determinado el instinto del amor, esto no es en el fondo más que una misma voluntad que aspira a vivir en un ser nuevo y distinto exactamente determinado. Y en este caso, el instinto del amor subjetivo ilusiona por completo a la conciencia y sabe muy bien ponerse el antifaz de una admiración objetiva. La naturaleza necesita esa estratagema para lograr sus fines. Por desinteresada e ideal que pueda parecer la admiración por una persona amada, el objetivo final es en realidad la creación de un ser nuevo, determinado en su naturaleza, y lo que lo prueba así es que el amor no se contenta con un sentimiento recíproco, sino que exige la posesión misma, lo esencial, es decir, el goce físico. La certidumbre de ser amado no puede consolar de la privación de aquella a quien se ama, y, en semejante caso, más de un amante se ha saltado la tapa de los sesos. Por el contrario, sucede que, no pudiendo ser pagadas con la moneda del amor recíproco, gentes muy enamoradas se contentan con la posesión, es decir, con el goce físico. En este caso se hallan todos los matrimonios contraídos por fuerza, los amores venales o los obtenidos con violencia. El que cierto hijo sea engendrado: ése es el fin único y verdadero de toda novela de amor, aunque los enamorados no lo sospechen. La intriga que conduce al desenlace es cosa accesoria.

Las almas nobles, sentimentales, tiernamente prendadas, protestarán aquí lo que quieran contra el áspero realismo de mi doctrina; sus protestas no tienen razón de ser. La constitución y el carácter preciso y determinado de la generación futura, ¿no es un fin infinitamente más elevado, infinitamente más noble que sus sentimientos imposibles y sus quimeras ideales? Y entre todos los fines que se propone la vida humana, ¿puede haber alguno más considerable? Sólo él explica los profundos ardores del amor, la gravedad del papel que representa, la importancia que comunica a los más ligeros incidentes. No hay que perder de vista este fin real, si se quieren explicar tantas maniobras, tantos rodeos y esfuerzos, y esos tormentos infinitos para conseguir al ser amado, cuando al pronto parecen tan desproporcionados. Es que la generación venidera, con su determinación absolutamente individual, empuja hacia la existencia a través de esos trabajos y esfuerzos.

Es ella misma quien se agita, ya en la elección circunspecta, determinada, pertinaz, que trata de satisfacer ese instinto llamado amor; es la voluntad de vivir del nuevo individuo que los amantes pueden y desean engendrar. ¿Qué digo? En el entrecruzamiento de sus miradas, preñadas de deseos, enciéndese ya una vida nueva, se anuncia un ser futuro; creación completa y armoniosa. Aspiran a una unión verdadera, a la fusión de un solo ser. Este ser que va a engendrar será como la prolongación de su existencia y la plenitud de ella; en él continúan viviendo reunidas y fusionadas las cualidades hereditarias de los padres. Por el contrario, una antipatía recíproca y tenaz entre un hombre y una mujer joven es señal de que no podrían engendrar sino un ser mal constituido, sin armonía y desgraciado. Por eso, Calderón, con profundo sentido, representa a la cruel Semíramis, a quien llama hija del aire, como fruto de una violación seguida del asesinato del esposo.

Esta soberana fuerza, que atrae exclusivamente, uno hacia otro, a dos individuos de sexo diferente, es la voluntad de vivir manifiesta en toda la especie. Trata de realizarse según sus fines en el hijo que debe nacer de ellos. Tendrá del padre la voluntad o el carácter; de la madre, la inteligencia; de ambos, la constitución física. Y sin embargo, las facciones reproducirán más bien las del padre, la estatura recordará más bien la de la madre... Si es difícil explicar el carácter enteramente especial y exclusivamente individual de cada hombre, no es menos difícil comprender el sentimiento asimismo particular y exclusivo que arrastra a dos personas una hacia otra. En el fondo, esas dos cosas no son más que una sola.

La pasión es implícitamente lo que la individualidad es explícitamente.

El primer paso hacia la existencia, el verdadero
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