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QUINTA PARTE

EL GRAN MILAGRO

En esta quinta parte, veremos si existe algún milagro con todas las garantías que exigen los incrédulos. Porque, si existe un milagro, sólo uno, sería suficiente para decir que pueden existir otros muchos. Y, si existen milagros, existe lo sobrenatural y un Dios bueno que por amor a nosotros hace maravillas que superan las leyes de la naturaleza. Algunos, para negar los milagros, citan el caso de la sábana santa de Turín.

LA SÁBANA SANTA DE TURÍN
Cuando el 13 de octubre de 1988, el cardenal de Turín, Anastasio Ballestrero, en rueda de prensa, dio a conocer los resultados del estudio de la sábana santa con el método del carbono 14, realizado en los laboratorios de Zurich (Suiza), Oxford (Inglaterra) y Tucson (USA), reconoció que los tres habían coincidido en determinar la fecha de la sábana santa en el siglo XIII. En ese momento, todos los agnósticos, ateos y anticlericales del mundo se pusieron a hacer fiesta, asegurando una vez más que la Iglesia fomentaba supersticiones y que habían sido descubiertas por la ciencia.
No hay que olvidar que la sindonología, el estudio de la sábana santa, es una ciencia en sí misma en la que han participado desde hace muchos años especialistas en distintas áreas del conocimiento humano. El problema es: ¿por qué se exagera lo malo y no lo bueno de la Iglesia? ¿Por qué muchos periodistas sólo publican lo negativo? Al año siguiente del resultado del carbono 14, los científicos de la sábana santa, reunidos en un simposio científico internacional en París, del 7-8 de setiembre de 1989, concluyeron que la sábana santa no era una falsificación y que pertenecía al siglo I.
Max Frei, botánico suizo, no católico, especialista en palinología, estudió el polen de las flores de la sábana santa y descubrió polen de algunas plantas que sólo existen en los alrededores de Jerusalén y en ninguna otra parte del mundo, como afirmando que la sábana santa proviene de Palestina y no de Europa, como se dijo con ocasión de la prueba del C-14. El botánico judío Avinoam Danin, catedrático de botánica de la universidad hebrea de Jerusalén, publicó en 1998 un estudio, donde comprueba fehacientemente que en la sábana santa hay granos de polen de plantas que sólo existen en un radio de 20 kms alrededor de Jerusalén.
El doctor Willard Frank Libby (1908-1980), premio Nóbel de 1960 por la invención del método de datación del C-14 (carbono 14) ya había dicho que los resultados de este método no podían aplicarse a la sábana santa, porque había muchos factores que falsificarían la datación. Por ejemplo, si se quiere medir la edad de árboles vivos al borde de una carretera de mucho tráfico, puede dar millones de años, porque el humo de los escapes de los coches ha introducido carbono fósil de millones de años (los del petróleo), que falsifica la prueba. Así también en la sábana santa, con tantos traslados, ha recibido proteínas y lípidos de muchas personas y del ambiente que hacen rejuvenecer el tejido.
Por eso, los doctores Gove y Hardbottle escribieron al Papa que era mejor no hacer la prueba, porque el resultado sería muy poco creíble. El doctor Gove es nada menos que el co-inventor de la variante AMS (Accelerator Mass spectrometer) del método de datación del C-14, una de las variantes propuestas para la prueba y la única en que trabajaron los tres laboratorios. De modo que las tres pruebas eran prácticamente una, pues hicieron la misma prueba los tres.
La prueba del C-14 tiene sus límites. Una momia del museo británico dio en distintos laboratorios entre 800 a 1.000 años anteriores al tejido que la envolvían. El cuerpo del hombre de Linbow, sacado de la turba (carbón natural) de un pantano de Inglaterra, dio en distintos laboratorios entre 300 a.C. hasta 500 d.C…
Hicieron otras pruebas con tejidos provenientes del Mar Muerto y con la prueba del C-14 dieron una edad de 2.175 años. Los sometieron al calor y al ambiente de un incendio, los dataron de nuevo y dieron que tenían 800 años63.
Por eso, los resultados de la prueba del C-14, realizada en 1988, no puede ser tenida como infalible como parece serlo para muchos que sólo conocen esa prueba y nada más.
En 1993, en el simposio científico de Roma, se concluyó algo más: el hombre de la sábana santa era, sin lugar a dudas, Jesús de Nazaret; pues todos los detalles, que aparecen, son como un film de la Pasión de Jesús tal como lo describen los Evangelios. Y esto lo han ratificado en sucesivos simposios internacionales. En 1994 se difundió la noticia de que habían encontrado huellas en los ojos de Jesús de dos leptones, pequeñas monedas romanas, acuñadas por Pilato y que corresponden al año 29-30.
Pero hay algo más. El biofísico francés Jean-Bautise Rinaudo, investigador de medicina nuclear del laboratorio de biofísica de la Facultad de Medicina de Montpellier, ha explicado el por qué de la conclusión de los tres laboratorios, que rejuvenece la tela en 13 siglos. El profesor Rinaudo irradió durante 20 minutos, con un acelerador de partículas del Centro de estudios nucleares de Grenoble, una tela de lino, perteneciente a una momia egipcia del año 3.400 a.C., según datos de la prueba del carbono 14. Y el resultado fue espectacular. La tela había rejuvenecido 500 siglos, unos 46.000 años. A partir de esta prueba, pudo determinar la cantidad de neutrones necesarios para provocar un rejuvenecimiento de 13 siglos, como ocurrió con la sábana santa. Según Rinaudo, la irradiación instantánea de protones emitidos sobre la tela que cubría al crucificado, fue debida a una energía desconocida. Los neutrones habían irradiado el tejido, enriqueciéndolo en carbono 14 y falseando la datación. Algunos autores, como el Dr. Jackson, miembro de la NASA, junto con otros científicos alemanes, italianos..., están convencidos de que ese momento de irradiación tuvo lugar en el momento de la resurrección. Como si nos dijeran que la sábana santa nos prueba la resurrección de Jesús.
Otros científicos son más comedidos y dicen que el rejuvenecimiento de la sábana santa se debe a los incendios que tuvo que soportar, sobre todo, el de 1532. El Dr. Dimitri Kouznetsov, atomista ruso, premio Lenin de Ciencias y director del laboratorio Sedovó de Moscú, sometió fragmentos de lino de Palestina del siglo I (datada así, por el laboratorio de Tucson) a la simulación de un fuerte incendio. En unos días, el lienzo rejuveneció 13 siglos. Por eso, en junio de 1994, el Dr. Dimitri Kouznetsov proclamó la autenticidad de la sábana santa como reliquia del siglo I. ¿Acaso la ciencia de la prueba del carbono 14 es más ciencia que la del Dr. Dimitri o la del Dr. Rinaudo? ¿Por qué no se dan a conocer estos resultados, al menos, para que no se diga que la Iglesia fomenta supersticiones de milagros que no existen?
De todos modos, los que no quieran reconocer la autenticidad de la sábana santa, deben, al menos, reconocer el milagro ocurrido en ella la noche del 3 al 4 de diciembre de 1532.
La sábana santa se encontraba en una urna de madera revestida de plata en la capilla del castillo de Chambery, en Francia. De pronto, se originó un gigantesco incendio, que fueron incapaces de controlar. El fuego fue tan fuerte que llegó hasta derretir objetos de aluminio, hierro, plata y cobre. Al alcanzar los 960 grados, la plata de la urna comenzó a tomar una consistencia extremadamente blanda y comenzó a caer en gotas sobre la sábana santa, carbonizando en varios puntos el tejido. Cuando pudieron abrir la urna, después del incendio, pudieron comprobar que la imagen no había sido dañada y que solamente la plata fundida había caído en los cuatro extremos, dañando un poco los dos brazos, un poco más arriba de los codos, pero no había ningún daño, que pudiera considerarse importante.
Dos años más tarde, las religiosas clarisas de Chambery, dirigidas por su Priora Sor Louise, remendaron los huecos dejados por la plata fundida, tal como puede verse en la actualidad. Pero podemos preguntarnos, ¿no fue un verdadero milagro la conservación de la sábana santa en este incendio? ¿Cómo un trozo de tela normal puede resistir 960 grados de temperatura en el momento en que empezó a fundirse la plata de la urna? ¿Cuándo se ha visto que un tejido puesto en contacto con planchas ardientes saliera intacto? ¿No es un verdadero milagro? Si no lo creen, que nos demuestren por qué un tejido normal ha podido salir indemne entre dos planchas ardientes a más de 960 grados ¿No será una prueba divina más de la autenticidad de la sábana santa?
Y recordemos que la sábana santa sufrió otro incendio hacia el año 1200 y otro en 1997. En este último caso, el bombero Mario Trematore, sindicalista de izquierda, logró con mucho esfuerzo romper los dos cristales de 39 mm., que guardaban el relicario con la sábana santa, y así pudo salvarla. ¿Todo esto es pura casualidad? La casualidad es la palabra que usan los ignorantes, cuando no pueden explicar lo sucedido y no quieren hablar de la providencia de Dios64.

LA SANGRE DE SAN GENARO
Otro caso que citan algunos es el de la sangre de san Genaro. San Genaro fue obispo de Benevento y murió decapitado en la persecución de Diocleciano el año 305. Parte de su sangre, según dice la tradición, fue recogida por los cristianos en una ampolla de vidrio y se conserva todavía, dando lugar al hecho inexplicable de que esa sangre, sólida durante el año, se licúa el día de la fiesta y en alguna otra oportunidad.
En el siglo V, san Genaro fue declarado patrono de Nápoles y sólo desde 1337 se tiene constancia del milagro de la licuefacción de su sangre. Actualmente, existen dos ampollas con sangre, una contiene algunas gotas, la otra está llena 2/3 de su capacidad y ambas se encuentran dentro de una caja de vidrio sellada, la cual está dentro de una bóveda en la iglesia Capella del Tesoro de la ciudad de Nápoles, en Italia. Tres veces al año, es expuesta la sangre a la veneración de los fieles: el sábado, que precede al primer domingo de mayo, fiesta del traslado de san Genaro; el 19 de setiembre, celebración de su martirio; y el 16 de diciembre, su fiesta como patrono de la ciudad.
Muchos autores han tratado de explicar este fenómeno por causas naturales. Dicen que existen algunas sustancias que tienen la propiedad de licuarse, cuando son agitadas, y solidificarse, cuando están en reposo. Esta propiedad se llama tixotropía. Los doctores Luigi Garleschelli de la universidad de Pavia, Franco Ramaccini de Milán y Sergio Della Sala del hospital San Paolo de Milán, publicaron un artículo en la revista Nature en 1991, en el cual describían la propiedad tixotrópica de una sustancia que podría reproducir los fenómenos relatados.
Pero todo esto parte del supuesto de que la sangre de san Genaro era una falsificación, pues la sangre humana, después de tantos siglos, no puede licuarse normalmente. Además, en el caso de la sangre de san Genaro, a veces, se licúa en pocos segundos; otras veces, tarda horas. Si fuera una sustancia con cualidades tixotrópicas, siempre actuaría de la misma manera y se necesitaría agitarla mucho, lo que no sucede con la sangre de san Genaro. De todos modos, la solución está en que un día la Iglesia permita el examen microscópico de la sustancia de las ampollas que contienen la sangre de san Genaro y ver si todo es superstición. De hecho, ahí está la sangre del milagro de Lanciano, bien estudiado con toda clase de análisis y nadie puede dudar del milagro permanente de su conservación milagrosa. ¿Acaso no puede éste ser también un milagro verdadero? ¿Por qué pensar sólo en engaño y superstición? Todavía hay que dejar tiempo al tiempo y que la Ciencia siga estudiando el tema. Además, la Iglesia siempre es demasiado parca en hablar de milagros y, ni en este caso ni en el de la sábana santa, ha dicho todavía que se trata de milagros auténticos, aunque lo sean.

EL MILAGRO DE CALANDA
Veamos ahora un milagro, bien documentado, que nadie, que busque sinceramente la verdad, puede poner en duda y puede investigarlo todavía.
Nos referimos al milagro de Calanda, ocurrido en el pueblo de Calanda, cerca de Zaragoza, en España, y del cual hay documentación más que abundante. Además, muchísimas personas conocieron a Miguel Juan Pellicer, el joven a quien le amputaron una pierna y Dios, por intercesión de María, se la restituyó.
Miguel Juan Pellicer era un joven de 20 años, que había abandonado Calanda, su lugar de nacimiento, para ir a trabajar a Castellón de la Plana en las fértiles tierras del antiguo reino de Valencia. En los campos de Castellón estaba trabajando como bracero de su tío materno Jaime Blasco. Un día de finales de julio de 1637, cuando regresaba a la hacienda de sus familiares, conduciendo dos mulas, que arrastraban un chirrión, un tipo de carro de tan sólo dos ruedas y que iba cargado con trigo, se cayó (por un descuido suyo, declarará más tarde ante notario) de la grupa de la mula sobre la que iba montado... Una de las ruedas del carro (sabemos por los documentos que el peso del trigo que transportaba era de cuatro cahíces, una antigua medida valenciana) le pasó sobre la pierna derecha, por debajo de la rodilla, fracturándole la tibia en su parte central. Para tratarlo mejor, Miguel Juan fue llevado por su tío Jaime primero a Castellón, e, inmediatamente después, a Valencia. En esta ciudad fue ingresado en el hospital real. Por el libro de Registro sabemos que fue ingresado un lunes 3 de agosto. Las informaciones del Registro son precisas hasta el punto de indicar en valenciano la indumentaria del herido: porta unos pedazos pardos. Es decir, llevaba unos pantalones rotos de color gris. El cuidado con que está redactada la nota de ingreso se extiende a la firma (Pedro Torrosellas), el administrativo que la escribió... En el hospital de Valencia permaneció Miguel Juan tan sólo cinco días, durante los cuales le aplicaron algunos remedios que no aprovecharon65.
Deseando regresar a su tierra y, sobre todo, ir a vivir bajo la protección de la Virgen del Pilar en Zaragoza, se puso en camino. El viaje le resultó muy penoso a causa de su pierna fracturada. Duró más de 50 días en plena época de calores estivales, con un recorrido de más de 300 kilómetros, atravesando, entre otros lugares, una cadena montañosa y transcurrió “de lugar en lugar por caridad y limosna”, como aseguran las actas del proceso66.
Miguel Juan llegó finalmente a Zaragoza a principios de octubre de 1637. Se había ayudado de unas muletas y, según parece, de una pierna de madera sobre la que apoyaba la rodilla, pues la parte fracturada estaba doblada y asegurada al muslo con una correa... Tan pronto como llegó a la capital aragonesa, pese al agotamiento y a la fiebre, se confesó y recibió la eucaristía. Inmediatamente después, consiguió ser admitido en el Real Hospital de Nuestra Señora de Gracia. Fue instalado primero entre los enfermos afectados de fiebre, en la sección o cuadra de calenturas. Después sería trasladado a la sección de cirugía. Los médicos determinaron que, dado el avanzado estado de la gangrena y la ineficacia de los tratamientos aplicados durante los primeros días de estancia en el hospital, el único medio de salvarle la vida era amputarle la pierna. En su declaración ante los jueces, los sanitarios señalaron que la pierna estaba “muy flemorizada y gangrenada” hasta el punto de que parecía negra... A mediados de octubre, fueron los cirujanos Estanga y Millaruelo los que practicaron la amputación, cortando la pierna derecha “cuatro dedos más debajo de la rodilla”, procediendo inmediatamente a la cauterización. Para atenuar, de alguna manera, los terribles sufrimientos de la operación que se realizó con una sierra y un cincel, para a continuación aplicar un hierro candente, al paciente tan sólo se le proporcionó una bebida alcohólica y narcótica utilizada en aquella época, pues los primeros analgésicos eficaces (el éter y el cloroformo) no aparecieron hasta dos siglos después. En el transcurso de la operación, estuvo “encomendándose siempre a Nuestra Señora del Pilar, implorando su auxilio en tan grande trabajo”.
Los cirujanos estuvieron asistidos por el joven practicante Juan Lorenzo García que recogió del suelo la pierna y la depositó en la capilla donde se llevaban los cadáveres. Después declarará el haber enseñado aquel resto sanguinolento a algunos enfermos y también al capellán y administrador del hospital don Pascual del Cacho, que sería asimismo llamado a declarar en el proceso. Este sacerdote declarará que “vio en el suelo la dicha pierna cortada y al enfermo lo procuró esforzar con algunos ejemplos y después oiría que la pierna iba a ser enterrada”.
Ayudado por un compañero, el practicante García enterró la pierna en el cementerio del hospital en un lugar habilitado al efecto... Dará testimonio de que enterró el pedazo de pierna horizontalmente “en un hoyo como un palmo de hondo”, de unos 21 centímetros. Se trata del mismo hoyo que, casi dos años y medio después, aparecería vacío.
Tras unos meses de estancia en el hospital..., arrastrándose como pudo, dirá en el proceso, se acercó al santuario del Pilar, situado casi a un kilómetro de distancia del hospital. Quería dar gracias a la Virgen “por haber quedado con vida para servirla y de nuevo se le ofreció muy de veras, suplicándole fuese servida de favorecerle y ampararle para poder vivir con su trabajo” a pesar de la terrible mutilación sufrida. Después de haber pasado el otoño y el invierno en el hospital, en la primavera de 1638 salió de allí definitivamente. Tras despedirlo, la administración lo proveyó de “pierna de palo y muleta”67.
Para sobrevivir, tuvo que dedicarse a pedir limosna en la entrada del santuario del Pilar y consiguió un permiso regular para pedir en la puerta que da al río Ebro. Era un mendigo, como se llamaba entonces, de plantilla. Así el joven Pellicer será conocido por todo el mundo, pues en Zaragoza, una ciudad de unos 25.000 habitantes, se conocían todos. El joven era muy devoto y cada mañana asistía con devoción a la misa en la santa Capilla, donde se encuentra la imagen de la Virgen del Pilar. Y cada día, al limpiar los servidores las ochenta lámparas que ardían en la capilla de la Virgen, les pedía un poco de aceite para restregarse el muñón de la pierna.
Después de dos años de vivir así, en la primavera de 1640, decidió ir a visitar a sus padres a Calanda, pues no los había visto desde hacía tres años. El día de su regreso, habría que fijarlo entre el 4 y el 11 de marzo de 1640. Para no ser gravoso a sus padres, se dedicó a pedir limosna en los pueblos de alrededor, haciendo que, de esta manera, lo conociera mucha gente que después daría testimonio del milagro.
El 29 de marzo no fue a pedir limosna, como acostumbraba, y se pasó el día en el campo de su padre, haciendo nueve cargas de estiércol en una gran espuerta colocada a lomos de un jumento. Al atardecer, estaba muy cansado por el esfuerzo y con un dolor en el muñón más fuerte que el habitual. Por eso, se fue a dormir temprano.
Entre las diez y media y las once de la noche, la madre de Miguel Juan entró con un candil en la mano en la habitación. Inmediatamente, notó, según declarará después, “una fragancia y un olor suave nunca acostumbrados allí”. Según fray Jerónimo de san José, que obtuvo el imprimatur de su folleto en Zaragoza solo trece días después de la sentencia del proceso: “Al consuelo de la milagrosa sanación, se añadió un perfume como de paraíso por entero diferente a los de la tierra, que se prolongó durante muchos días, no sólo en la estancia, sino en todas las cosas que en ella estaban”.
Sea como fuere, María Blasco de Pellicer, de 45 años de edad, sorprendida por aquellas emanaciones de perfume, levantó el candil para ver la posición en que se encontraba su hijo. Pudo comprobar que dormía profundamente. Pero también advirtió, y creyó que era un error, dada la escasa luz existente, que por fuera de la capa, demasiado corta para ser utilizada como manta, no sobresalía un pie sino los dos, “uno encima del otro, cruzados” tal y como declarará en el proceso. Inmediatamente, la mujer llamó a su marido, que se había entretenido en la cocina, para que viniera a esclarecer la situación. Acudió el hombre y retiró la capa, descubriendo algo increíble: aquellos dos pies cruzados pertenecían a su Miguel Juan... Para conseguir que despertara, y en esto coinciden los respectivos testimonios, se emplearon “más de dos Credos”... Cuando sus padres le pidieron que les dijera cómo había sido aquello, el joven respondió que no sabía cómo había sido. No obstante, añadió que, cuando lo despertaron, se hallaba soñando “que estaba en la santa capilla de Ntra. Sra. del Pilar de Zaragoza, untándose la pierna derecha con el aceite de una lámpara, como lo había hecho cuando estaba en ella”... No dudó un instante en atribuir su curación a la intercesión de la Virgen de Zaragoza. Y añadió que aquella noche, al acostarse según era su costumbre, se había encomendado “muy de veras” a la Virgen del Pilar. Según los testimonios tomados bajo juramento del protocolo notarial, redactado tan sólo tres días después del hecho y las actas del proceso que se abriría 68 días después, el joven repitió que “tenía por cierto que la Virgen del Pilar se la había traído (la pierna cortada) para que así le sirviese mejor y cuidase a sus padres”68.
Es interesante anotar que la pierna milagrosa era su misma pierna, pues tenía la cicatriz originada por la rueda del carro, que le había fracturado la tibia; otra cicatriz más pequeña, ocasionada por la extirpación, cuando era niño, de un mal grano, como él dice; y también tenía las huellas de la mordedura de un perro. El 4 de junio de ese año, hicieron las diligencias para buscar en el cementerio del hospital de Zaragoza su pierna, donde había sido enterrada: no se halló señal de ella en la parte donde la enterraron, tan sólo un agujero vacío en tierra. Dios le había reimplantado milagrosamente su pierna o sus huesos, pues sus músculos, nervios, piel, tejidos, vasos sanguíneos destruidos, Dios los creó de la nada. ¿De la nada? Dicen los científicos que de la nada no sale nada. Entonces, esto va contra todas las leyes naturales y puede ser considerado un verdadero milagro.
Pero sigamos con la narración. Esa misma noche, los padres avisaron a los vecinos y vino mucha gente del pueblo a cerciorarse del milagro. A la mañana siguiente, todo el pueblo se dirigió a la parroquia a dar gracias a Dios. El vicario celebró la misa y Miguel Juan, que se había confesado, comulgó.
La noticia corrió por todos los pueblos vecinos y la gente venía de todas partes a constatar el milagro y a dar gracias a Dios. Ahora bien, es preciso anotar que el milagro no fue perfecto de inmediato. La pierna reimplantada era tres centímetros más corta que la otra, quizás, dicen algunos, porque en el momento de la amputación, el joven no había completado su crecimiento. El grosor de la pantorrilla era menor. No podía poner el talón en el suelo ni caminar normalmente, porque tenía los dedos del pie como agarrotados, como si les faltara vitalidad. Pero a los tres días, ya tenía vitalidad en la pierna y, después de dos meses, según afirman todos los testigos, ya podía correr con ligereza y subir la pierna derecha hasta la cabeza sin dolor ni pena alguna. ¿Por qué duró la curación perfecta dos meses? ¿Quiso Dios que la naturaleza hiciera su parte? ¿Quiso reimplantársela con los tres centímetros de menos tal como la tenía, cuando se la amputaron? Sea lo que sea, el milagro es realmente maravilloso, de modo que algunos lo han llamado el milagro de la resurrección de la carne, un anticipo de lo que será nuestra propia resurrección futura.
Resumiendo brevemente el milagro, diremos así: Entre las diez y once de la noche del 29 de marzo de 1640, mientras dormía en su casa de Calanda, a Miguel Juan Pellicer, un campesino de 23 años, le fue restituida, repentina y definitivamente, la pierna derecha que había sido hecha pedazos por la rueda de un carro y que le había sido amputada cuatro dedos por debajo de la rodilla, a finales de octubre de 1637, es decir, dos años y cinco meses antes, en el hospital público de Zaragoza.
A los tres días del hecho, el 1 de abril, fiesta del domingo de Ramos, llegó a Calanda el párroco de Mazaleón don Marcos Seguer y uno de sus vicarios, don Pedro Vicente, con el notario real de Mazaleón, doctor Miguel Andreu y, después de haber consultado a los testigos, firmaron un acta notarial. Estamos, pues, ante “una intervención divina”, atestiguada por un acta notarial, ante un milagro ni más ni menos con la garantía de un documento ajustado a la normativa vigente y corroborado por diez testigos oculares, escogidos entre los de mayor confianza y mejor informados de los muchísimos disponibles. Y, por si fuera poco, el acta notarial fue extendida y autentificada pasadas algo más de 70 horas del suceso en el propio lugar donde ocurriera. El acta original ha llegado en perfecto estado hasta nosotros, y está expuesta en una artística vitrina en el lugar más destacado del Ayuntamiento de Zaragoza: el propio despacho del alcalde. Como dice el historiador Leandro Aína Naval: Se trata de un acto público, acta notarial, diríamos hoy, documento de máxima autoridad en todo tiempo, que se acerca al ideal exigido por algunos racionalistas para la comprobación de los milagros en su vertiente histórica...
Voltaire, en la voz “Milagro” del Diccionario filosófico, pide algo parecido. Dice: “Haría falta, por tanto, que un milagro hubiese sido comprobado por un determinado número de personas juiciosas y sin interés alguno en la cuestión. Además, sus testimonios tendrían que ser registrados en debida forma, pues si hacen falta tantas formalidades para actos como la compra de una casa, un contrato de matrimonio o un testamento, ¿cuántas formalidades no serían necesarias para demostrar cosas que por naturaleza son imposibles?”69.
Por otra parte, el Ayuntamiento de Zaragoza, el 8 de mayo de aquel mismo año, solicitó a la Iglesia la apertura de un proceso para esclarecer bien los hechos. Las actas del proceso contienen un total de 120 nombres ilustres o humildes, entre jueces, notarios, procuradores, alguaciles, testigos de prueba, médicos, enfermeros, sacerdotes, posaderos, campesinos, etc. Los historiadores han reconstruido la biografía, con mayor o menor precisión, de todas las personas relacionadas con el proceso y que, en mayor o menor medida, fueran influyentes y que han dejado huellas de sí en otras ocasiones y, por tanto, en otros documentos. Por eso, quien quiera poner en duda la muy sólida inserción de este proceso en el Aragón y la España de la primera mitad del siglo XVII, tendría que negar por coherencia toda credibilidad a cualquier otro suceso de la historia, incluso al que mejor esté atestiguado70.
Después del proceso, el arzobispo de Zaragoza, Pedro de Apaolaza, en sentencia del 27 de abril de 1641 declaró el hecho como milagroso. Dice así: Consideradas estas y otras cosas, el consejo de los abajo firmantes ilustres doctores, tanto de sagrada Teología como de Derecho pontificio, afirmamos, pronunciamos y declaramos que a Miguel Juan Pellicer, natural de Calanda, de quien se ha tratado en este proceso, le fue restituida milagrosamente la pierna derecha, que precedentemente le había sido cortada; que no ha sido un hecho obrado por la naturaleza sino una obra admirable y milagrosa y que se debe juzgar y tener por milagro, concurriendo todas las condiciones requeridas por el Derecho para que se pueda hablar de un verdadero milagro en el caso aquí examinado. Por tanto, lo inscribimos entre los milagros y como tal lo aprobamos, declaramos, autorizamos y así lo decimos71.
A los pocos días, fue celebrada la sentencia con una gran fiesta en la plaza frente al santuario del Pilar. Acudieron todos los habitantes de Zaragoza a alegrarse y dar gracias, pues todos conocían a Miguel Juan. De esta manera, el más sorprendente de los milagros llegó a ser el más público, pues una ciudad entera conocía al protagonista. Todavía se conserva la factura y el pago correspondiente de los fuegos artificiales que se dispararon en aquella noche de la fiesta.
Sobre la sentencia del proceso y las firmas correspondientes, se hicieron dos ejemplares, uno destinado al Ayuntamiento de Zaragoza y el otro al cabildo del Pilar. El ejemplar del Ayuntamiento desapareció a principios del siglo XIX. El documento original del cabildo desapareció en 1930, al habérselo prestado al monje benedictino, de origen francés, Aime Lambert. Pero hay muchos investigadores que lo citan. Algunos lo han visto, como el profesor emérito de la universidad Complutense de Madrid, el reverendo don Manuel Mindán Manero. Pero hay más: en 1829, el documento original fue publicado íntegramente en un volumen que puede encontrarse en muchas bibliotecas españolas, en una edición preparada por el historiador agustino fray Ramón Manero. Esta edición tiene la garantía de las firmas y sellos de dos notarios que dan fe de que el texto concuerda con el original. En el mismo pueblo de Calanda se conserva otra copia legalizada con los sellos notariales y autorizada por el arzobispo de entonces, Monseñor Francisco Ignacio Añoa del Busto.
En resumen, diremos que éste es un milagro bien documentado y querer negarlo significaría negar todos los documentos perfectamente legalizados y autorizados, e incluso, negar toda la fe de miles de personas que conocieron al joven del milagro. Este suceso no sólo fue conocido en Zaragoza y sus alrededores, sino en toda España. De modo que hasta el rey Felipe IV mandó llamar a Miguel Juan en octubre de 1641. El rey, según las crónicas, se arrodilló ante él y le besó la pierna del milagro.
El mismo año de 1641, el escritor fray Jerónimo de san José escribió un folleto basado en las actas del proceso y lo publicó con el título: Relación del milagro obrado por Ntra. Señora bajo la devoción de la santa imagen y sacrosanta capilla de Ntra. Señora del Pilar de Zaragoza, en la resurrección y restitución a Miguel Pellicer, natural de Calanda, de una pierna que le fue cortada y enterrada en el Hospital general de aquella ciudad, cuyo prodigio decretó el ilustrísimo señor Don Pedro Apaolaza, arzobispo de Zaragoza, el 27 de abril de 1641.
El folleto fue dedicado al rey Felipe IV y tenía el imprimatur del arzobispo de Zaragoza.
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