Bibliografía milagros vivientes






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MILAGRO DE LANCIANO



Éste es el más famoso de los milagros eucarísticos. Ocurrió en el siglo VIII, en Lanciano (Italia). Durante la celebración de la misa, un sacerdote dudaba de la presencia real de Jesús en la Eucaristía y vio con asombro ante sus ojos que la hostia se transformó en un pedazo de carne y el vino en sangre, coagulándose después en cinco piedrecitas diferentes, cada una de las cuales pesaba exactamente igual que todas ellas o que varias de ellas. Hasy testimonios escritos del milagro desde 1560, pero veamos lo que dice Sebastiano de Dinaldis en un documento de 1631: Una mañana, a mitad del santo sacrificio y después de haber pronunciado las más santas palabras, hallándose el sacerdote más hundido que nunca en su persistente error, vio que el pan se convertía en carne y el vino en sangre. Amedrentado y confuso ante tan gran prodigio, permaneció como transportado en éxtasis divino, pero finalmente se volvió a los asistentes y les dijo: “Oh testigos afortunados, a quienes, para confundir mi incredulidad, Dios bendito ha deseado manifestarse en el Santísimo Sacramento, haciéndose visible a nuestros ojos. Vengan, hermanos, y maravíllense ante nuestro Dios tan próximo a nosotros. Contemplen la carne y la sangre de nuestro amadísimo Cristo”.
A estas palabras, los fieles acudieron presurosos al altar y, completamente aterrorizados, comenzaron a pedir misericordia con lágrimas en los ojos.
La noticia de tan extraordinario y singular prodigio corrió por toda la ciudad. Todos confundidos invocaban la divina misericordia... Cuando cesaron las contritas plegarias, los jefes de la ciudad mandaron hacer un bellísimo tabernáculo de marfil, en el que se conservó tan excelsa reliquia casi hasta nuestros días. Después fue colocada en un vaso de plata muy bello en forma de cáliz y, finalmente, en uno preciosísimo de cristal de roca, en donde aún se conserva. Los glóbulos de sangre son cinco y habiendo sido pesados en la báscula que se pidió al arzobispo, que era fray Antonio de san Miguel, se encontró que uno pesaba igual que todos, lo mismo que tres y el más pequeño lo mismo que el más grande47.
A lo largo de los siglos, se han hecho muchos estudios sobre esta carne y sangre. El último y más exhaustivo fue hecho por expertos de la universidad de Siena, dirigidos por Odoardo Linoli y Ruggero Bertelli. Después de los análisis y estudios, escribieron sus conclusiones en un libro que le ofrecieron al Papa Pablo VI con toda clase de informes y fotografías. El resumen de estos estudios dice que la carne es verdaderamente carne y la sangre verdaderamente sangre de un ser humano vivo y tienen el mismo grupo sanguíneo AB. La carne pertenece al corazón. El diagrama de la sangre corresponde al de una sangre humana que ha sido extraída de un cuerpo humano ese mismo día, y contiene minerales: cloro, calcio, fósforo, magnesio, potasio y sodio en cantidades inferiores a las normales, pero no muy diferentes a las de una muestra de sangre humana normal coagulada.
Y este milagro es tan extraordinario que hasta la Organización mundial de la salud (OMS) nombró en 1973 una comisión científica para estudiar las conclusiones de los doctores de Siena. Los trabajos duraron 15 meses con unos 500 exámenes, y las conclusiones fueron las mismas. En este informe, se dice que la ciencia, conocedora de sus límites, se detiene ante la imposibilidad de dar una explicación científica a estos hechos.
Actualmente, se conservan la carne y sangre del milagro en la iglesia de san Francisco de los frailes menores conventuales de Lanciano (Chieti), en Italia.

TERESA NEUMANN (1898-1962)48
Nació en 1898 en Konnersreuth, Baviera, Alemania. Pasó los últimos 35 años de su vida, alimentándose solamente con la comunión. En una ocasión, con permiso de su obispo, la internaron en un hospital para controlarla bien y ver si era cierto que no comía ni bebía. Estuvo allí desde el 14 al 28 de julio de 1927. Cuando entró pesaba 55 kilos y al salir también. Sólo recibía cada día la comunión y 3 gotas de agua para poder pasarla. Según el resultado de los estudios realizados, el 14 de julio pesaba 55 kilos, el sábado 16 de julio pesaba 51, el 20 de julio pesaba 54 y el sábado 23 pesaba 52,5 kilos. El 28, último día, se había recuperado totalmente de modo inexplicable y pesaba de nuevo 55 kilos. La pérdida de peso tenía lugar los viernes, en que sufría la pasión de Jesús y perdía sangre a través de sus estigmas. Algo inexplicable para la ciencia, pues ¿de dónde salían los kilos recuperados? De la nada no sale nada, dicen los científicos.
En 1939, inmediatamente después de empezar la guerra, se distribuyó a todos los alemanes una tarjeta anual. El racionamiento de la comida duró en Alemania hasta casi el año 1948. Durante esos nueve años, ella fue el único ciudadano que no tuvo derecho a esa cartilla. Le había sido retirada rápidamente, con el argumento oficial de que no la necesitaba, dado que no comía ni bebía nada. Sin embargo, se le concedió doble ración de jabón, habiéndosele reconocido la necesidad de lavar cada semana la ropa teñida de sangre. Los Neumann, pese a ser tan decididamente antinazis como casi todos los católicos bávaros, no fueron molestados por orden personal de Hitler, que supersticiosamente temía a aquella mujer.
Durante 35 años no comió ni bebió nada. Naturalmente, se intentó todo para desenmascarar la simulación, pero todos los médicos enviados para controlarla, llegaban con su escepticismo para ir a parar a clamorosas conversiones frente a la enigmática verdad. La diócesis de Ratisbona llegó a instituir una comisión compuesta de médicos y cuatro religiosas bajo juramento, que se turnaban durante semanas para no perder de vista a Teresa ni de día ni de noche, no dejándola nunca a solas. Otras comisiones laicas llegaron a la misma conclusión: Solamente se alimentaba de la comunión (rechazando instintivamente la hostia, cuando, al ponerla a prueba, le presentaban hostias no consagradas)49.

BEATA ALEXANDRINA DA COSTA (1904-1955)
Vivió los últimos 13 años de su vida sin comer ni beber, sólo recibía la comunión cada día. También fue sometida a una observación exhaustiva en un hospital de Oporto (Portugal), vigilada las 24 horas por testigos imparciales para que no tomara ningún alimento o bebida. Al final de los cuarenta días de prueba, ella había mantenido su peso, temperatura, presión arterial, etc. Su pulso y sangre eran totalmente normales. Los médicos no pudieron encontrar ninguna explicación científica o médica a estos hechos50.

MARTA ROBIN (1902-1981)51
Nació en Chateauneuf, Francia, hija de unos campesinos. Toda su vida la ofreció como víctima de amor por la salvación de los pecadores. Desde 1928 permaneció siempre en cama y no podía deglutir. Por eso, pasó más de cincuenta años sin comer ni beber. Solamente recibía la comunión diaria. Tampoco podía dormir y tenía los estigmas de la Pasión del Señor desde 1930. ¿Cómo puede explicar esto la ciencia?

UNA ESPINA DE LA CORONA DE JESÚS
Para terminar este apartado, queremos mencionar un milagro, que aunque no es propiamente eucarístico, tiene relación con la pasión de Jesús. Me refiero al suceso ocurrido el Viernes Santo, 25 de marzo de 1932, en el convento de las religiosas carmelitas descalzas de Nápoles, sito en Via S. Maria dei Monti ai Ponti Rossi 301. Aquel día se quiso exponer a la veneración de los fieles una reliquia muy antigua de una espina de la corona de Jesús, que había sido donada al monasterio en 1914. La espina de 4 cms se encontraba en una ampolla de cristal de 10 cms de alto y 2 cms de diámetro, de forma prismática, sujeta a la base del relicario, que tenía alrededor una corona de espinas hecha de plata.
Las religiosas de la comunidad la habían visto en múltiples ocasiones e, incluso, ese mismo día varias veces, al igual que otras muchas personas, que dieron testimonio del hecho y no habían notado nada especial. Pero hacia las tres de la tarde de ese Viernes Santo, coincidiendo con la hora de la muerte de Jesús y de manera totalmente inesperada e instantánea, se dieron cuenta de que la espina había reverdecido y habían florecido unas florecitas de color claro amarillento. En la extremidad de la espina, junto a una pequeña cruz de madera que está superpuesta en su vértice, se veía un líquido rojizo, como una gota de sangre. Este fenómeno no sólo fue observado por las religiosas de la comunidad sino por muchos sacerdotes y personas vecinas que se acercaron a ver este extraordinario fenómeno. El suceso duró varios meses y la plantita, que surgió de la espina, creció un tercio de su primera dimensión.
Para aclarar las cosas, la autoridad eclesiástica formó una comisión formada por Monseñor Giovanni Battista Alfano, doctor en ciencias naturales; por los médicos Antonio Amitrano, Cesar d´Evant y Luis de Luca; y también por Monseñor Pascual Ricolo, canónigo teólogo de la catedral de Nápoles. Se recogieron un centenar de testimonios de testigos presenciales. Todos coinciden en haber visto la gota de sangre en la extremidad de la espina; que la misma espina cambió de color, apareciendo como fresca y verde; y que en la base de la espina aparecía una especie de vegetación, que todavía se veía al término de la investigación en agosto de 1932.
Los investigadores sacaron la espina de la ampolla de cristal y vieron que la espina estaba sostenida en la base del relicario con una especie de masilla. Sobre las plantitas formadas observaron que, estando en un lugar cerrado, no podían haber florecido por alguna causa proveniente del exterior. Además, no había ni humedad ni aire ni luz suficiente para que se hubieran podido desarrollar. Se analizaron las plantitas al microscópico y se pudo certificar que eran células vegetales características de las espinas. Por lo cual, pudieron concluir que eran células surgidas de la misma espina.
Considerando que el surgimiento de estas plantitas había sido casi instantáneo, que podían verse a simple vista, en un lugar totalmente seco y cerrado, concluyeron que esta formación vegetal excepcional era de origen sobrenatural, es decir, era un milagro por encima de las leyes naturales.
Hay que anotar que la comisión investigadora se ocupó casi exclusivamente de la producción vegetal, que era lo que más llamaba la atención, pues el fenómeno abarcaba también al hecho de que la espina aparecía como fresca con un color verdoso y, además, con manchas de sangre, sobre todo, en la parte superior, donde aparecía una especie de gota visible a simple vista. Considerando también que este fenómeno tuvo lugar exactamente a las tres de la tarde del Viernes Santo de 1932, se puede concluir que la espina en cuestión es de aquéllas que traspasaron la cabeza de Jesús. Ésta es la conclusión del libro, bien documentado sobre este caso, publicado por Monseñor Giovanni Battista Alfano52.
El mismo autor tiene otro libro53, donde estudia otros casos de espinas que también eran veneradas y han florecido en Italia como las de Andria, Fano, Metilene, Montone, S. Giovanni Bianco, Serra S. Quirino, Sulmona y Vasto.
Ya en el siglo VI, san Gregorio de Tours habla del reverdecimiento de espinas de la corona de Jesús54. La espina de Andrea floreció el Viernes Santo de 184255. La espina de Fano floreció en los primeros años del siglo XVIII56.
Las espinas de Metilene florecían cada Viernes Santo del siglo XV, según se atestigua en un pergamino existente en el Archivo del Estado de Venecia. La espina de Sulmona floreció el Viernes Santo de 1819, como está certificado bajo juramento en un documento firmado por el obispo Monseñor Tiberi y el capítulo de la catedral. La espina de Serra S. Quirico, en Ancona, también floreció y este suceso está escrito por Emilio Colelli hacia 1700 en Cronica dei luoghi d’Italia.
Sobre el florecimiento de la espina de Montone puede verse el escrito de Gualtieri Giuseppe en su Vita di S. Pasquale Baylon (Napoli, 1857, p. 87 del volumen II). La espina de San Giovanni Bianco florecía cada Viernes Santo del siglo XVI y producía unas florecitas blancas como lirios. Así lo atestigua Negroni en su obra Sacratísima spina della corona di N.S. Gesù Cristo venerata nella parrochia di S. Giovanni Bianco (Bergamo, 1924, pp. 101-102). La espina de Vasto (Chieti) floreció el Viernes Santo de 1745 según lo afirma Pacichelli en su obra Regno di Napoli in prospettiva.
En conclusión, estas espinas que florecen en un ambiente cerrado, sin luz ni aire, manifiestan el poder sobrenatural de Dios que manifiesta su poder en estas espinas de su corona el día de Viernes Santo para indicarnos que su amor por nosotros todavía sigue vivo y que no debemos olvidar su pasión para también nosotros amarlo de todo corazón.
CUARTA PARTE

MILAGROS DE CONVERSIONES

En esta cuarta parte, expondremos algunos casos de conversiones instantáneas, que son humanamente imposibles. Especialmente, expondremos a consideración los testimonios de André Frossard y Alfonso de Ratisbona.

CONVERSIONES MILAGROSAS
Hay conversiones instantáneas, en las que la gracia y el poder de Dios se manifiestan con tal fuerza que uno no puede menos de afirmar que es un milagro palpable de la existencia y el poder de Dios. Estas conversiones instantáneas no son tan raras; aunque, a veces, los interesados no quieran expresarlas por escrito, sea por timidez o por temor a ser mal comprendidos. Ya en el libro de los Hechos de los Apóstoles se nos habla de la conversión de san Pablo, como fruto de una gracia divina, que algunos llamarían tumbativa. ¿Cómo puede ser normal y natural que un hombre, que va tranquilo por su camino a Damasco, con odio a los cristianos y queriendo apresarlos y matarlos a todos, se cambie, en un instante, de perseguidor en seguidor de Jesús?57 Humanamente, es imposible y, por eso, lo llamamos milagro, pues excede la leyes normales de la naturaleza de la mente humana.
Otro caso parecido es el de Bruno Cornacchiola, que era adventista convencido y estaba preparando un sermón para predicarlo en su iglesia, contra la Inmaculada Concepción de la Virgen María. Era el 12 de abril de 1947 y estaba en Tre Fontane, lugar de las afueras de Roma, con sus tres hijos. A él y a sus hijos se les apareció la Virgen María, cambiando radical e instantáneamente su vida. De modo que ese mismo día, antes de regresar a su casa, escribió un letrero ante la gruta de la aparición que decía: Yo era colaborador del mal, enemigo de la Iglesia y de la Santísima Virgen, el 12 de abril de 1947 se me apareció a mí y a mis hijos la Santísima Virgen de la Revelación. Me dijo que yo debía, con las señales y revelaciones que me daba, volver de nuevo a la Iglesia católica, apostólica y romana58.
A partir de ese momento, su vida cambió tan profundamente que se dedicó a predicar hasta su muerte el amor a Jesús Eucaristía, a María y al Papa, sus tres grandes amores.
Otro gran convertido, de modo casi instantáneo, fue Manuel García Morente (1886-1942), gran filósofo español, que narró su conversión en el escrito El hecho extraordinario, donde habla de su experiencia de Cristo en su propia habitación de París, la noche del 29 al 30 de abril de 1937. Su conversión fue tan radical que se hizo sacerdote católico59.
Pero de todos los testimonios, que he leído de conversiones instantáneas, el que más me ha impresionado es el de André Frossard. Él mismo cuenta su conversión en su libro Dios existe, yo me lo encontré. En su libro ¿Hay otro mundo? insiste de nuevo sobre su conversión y la compara con la del judío descreído Alfonso de Ratisbona. Ambas conversiones, instantáneas, tienen maravillosamente mucho de común y él lo expresa así:
Alfonso de Ratisbona era un joven judío de Estrasburgo, rico, cultivado, mundano, hijo de un banquero... En 1842 vivía en Roma... En 1935 yo arrastraba en París con menor elegancia y menos relaciones, una vaciedad interior, igualmente despojada de hambre religiosa. Ratisbona estaba prometido y preparaba su instalación, viajando mucho. Yo no tenía novia, pero conocía a una chica que hubiera podido serlo. Él era ateo y yo no lo era menos. Él tenía un amigo: el barón de Bussières, muy piadoso, que multiplicaba por su conversión votos y exhortaciones. Tenía yo un amigo y más que amigo, un hermano: André Willemin, que no era ni barón ni exageradamente devoto, pero que deseaba arrancarme del socialismo ateo, con tanto ardor como falta de éxito. Ratisbona había accedido desde hacía algún tiempo, por pura gentileza y porque no le daba verdaderamente ninguna importancia, a llevar consigo una medalla piadosa, ofrecida por su amigo; con idéntico ánimo yo había aceptado leer un libro de Berdiaeff, que no me había convencido más de lo que su medalla había convertido a Ratisbona.
Un día, el amigo de Ratisbona lo invita a dar un paseo en coche; el mío me invita a cenar y es aquí, cuando se inician las sacudidas sinópticas (paralelas). Ratisbona, antes de aburrirse en el vehículo, decide visitar la iglesia. En el mismo momento, es decir, casi cien años más tarde y a mil quinientos kilómetros de distancia, yo me hago la misma reflexión: vamos a ver esa capilla y lo que hace allí nuestro amigo.
Cuando empujamos, cada uno por separado, la puerta de nuestra iglesia, ambos somos perfectos incrédulos, curiosos por la arquitectura o en busca de un amigo... Continuamos siendo dos incrédulos, que tienen dos o tres minutos que desperdiciar; que no están mejor dispuestos uno que otro a las emociones místicas ni más deseosos de creer; pero nuestra incredulidad va a terminar allí, hecha añicos por la evidencia... La capilla que Ratisbona recorre con mirada distraída, desaparece bruscamente. Lo que él ve entonces es la Virgen María, tal y como figura en la medalla que lleva al cuello, y tal como está hoy representada con colores realzados, por algunos artificios luminosos, en la capilla de san Andrés delle Fratte.
Estamos a 20 de enero de 1842. Escribe Ratisbona:
Si alguien me hubiera dicho en la mañana de aquel día: te has levantado judío y te acostarás cristiano; si alguien me hubiera dicho eso, lo habría mirado como al más loco de los hombres. Después de haber almorzado en el hotel y llevado yo mismo mis cartas al correo, me dirigí a casa de mi amigo Gustavo... Hablamos de caza, placeres, de diversiones del carnaval. No podían olvidarse los festejos de mi matrimonio...
Si en ese momento, era mediodía, un tercer interlocutor se hubiese acercado y me hubiera dicho: Alfonso, dentro de un cuarto de hora adorarás a Jesucristo, tu Dios y Salvador; y estarás prosternado en una pobre iglesia; y te golpearás el pecho a los pies de un sacerdote, en un convento de jesuitas, donde pasarás el carnaval, preparándote al bautismo; dispuesto a inmolarte por la fe católica; y renunciarás al mundo, a sus pompas, a sus placeres, a tu fortuna, a tus esperanzas, a tu porvenir; y, si es preciso, renunciarás también a tu novia, al afecto de tu familia, a la estima de tus amigos, al apego de los judíos. ¡Y sólo aspirarás a servir a Jesucristo y a llevar tu cruz hasta la muerte! Si algún profeta me hubiera hecho una predicción semejante, sólo habría juzgado a un hombre más insensato que ése: ¡al hombre que hubiera creído en la posibilidad de tamaña locura! Y, sin embargo, ésta es hoy la locura, causa de mi sabiduría y de mi dicha.
Al salir del café, encuentro el coche de M. Teodoro de Bussières. El coche se detiene; se me invita a subir para dar un paseo. El tiempo es magnífico y acepté gustoso. Pero M. Bussières me pidió permiso para detenerse unos minutos en la iglesia de san Andrés delle Fratte, que se encontraba casi junto a nosotros, para una comisión que debía desempeñar; me propuso esperarle dentro del coche; yo preferí salir para ver la iglesia...
La iglesia de san Andrés es pequeña, pobre y desierta; creo haber estado allí casi solo. Ningún objeto artístico atraía en ella mi atención. Paseé maquinalmente la mirada en torno a mí, sin detenerme en ningún pensamiento; recuerdo tan sólo a un perro negro, que saltaba y brincaba ante mis pasos. En seguida, el perro desapareció, la iglesia entera desapareció, ya no vi, o más bien, ¡Oh Dios mío, vi una sola cosa! ¿Cómo sería posible explicar lo inexplicable? Cualquier descripción, por sublime que fuera, no sería más que una profanación de la inefable verdad. Yo estaba allí, prosternado, en lágrimas, con el corazón fuera de mí mismo, cuando M. Bussières me devolvió a la vida.
No podía responder a sus preguntas precipitadas; mas, al fin, tomé la medalla que había colgado sobre mi pecho; besé efusivamente la imagen de la Virgen, radiante de gracia. ¡Oh, era, sin duda Ella! No sabía dónde estaba. Sentí un cambio total que me creía otro. Buscaba cómo reencontrarme y no daba conmigo. La más ardiente alegría estalló en el fondo de mi alma. No pude hablar, no quise revelar nada; sentí en mí algo solemne y sagrado que me hizo pedir un sacerdote. Se me condujo ante él y, sólo después de recibir su positiva orden, hablé como pude: de rodillas y con el corazón estremecido.
Mis primeras palabras fueron de agradecimiento para M. De La Ferronays y para la archicofradía de Nuestra Señora de las Victorias. Sabía de una manera cierta que M. De La Ferronays había rezado por mí, no sabría decir cómo lo supe ni tampoco podría dar razón de las verdades, cuya fe y conocimiento había adquirido. Todo lo que puedo decir es que, en el momento de la bendición, la venda cayó de mis ojos; no sólo una, sino toda la multitud de vendas que me habían envuelto desaparecieron sucesiva y rápidamente, como la nieve y el barro y el hielo, bajo la acción del sol candente.
Todo lo que sé es que, al entrar en la iglesia, ignoraba todo; que saliendo de ella, veía claro. No puedo explicar ese cambio, sino comparándolo a un hombre a quien se despertara súbitamente de un profundo sueño; o, por analogía, con un ciego de nacimiento que, de golpe, viera la luz del día: Si no se puede explicar la luz física; ¿cómo podría explicarse la luz que en el fondo es la verdad misma? Creo decir la verdad, al afirmar que yo no tenía ciencia alguna de la letra de los dogmas, pero entreveía su sentido y su espíritu. Sentía, más que veía esas cosas; y las sentía por los efectos inexpresables que produjeron en mí. Todo ocurría en mi interior. Y esas impresiones, mil veces más rápidas que el pensamiento, no habían tan sólo conmocionado mi alma, sino que la habían como vuelto al revés, dirigiéndola en otro sentido, hacia otro fin y hacia una nueva vida. A partir de ese momento, el amor de Dios había ocupado en mí el lugar de cualquier otro amor60.
Por mi parte, el 8 de julio de 1935, acabo de restituir a mi amigo el libro de Berdiaeff, que me había prestado. Vamos a cenar juntos y nos hemos detenido en la calle Ulm... Mi compañero descendió del coche y, con la cabeza inclinada, me ofreció que le siguiera o que le esperara unos minutos. Lo esperaría. Le vi atravesar la calle, empujar la puertecita cerca de un gran portal de hierro sobre el que emergía la techumbre de una capilla. Bueno, iba a rezar, a confesarse; en fin, a entregarse a una u otra de esas actividades, que ocupan tanto tiempo a los cristianos. Razón de más para permanecer donde estaba. Pero dentro de dos minutos seré cristiano.
Ateo tranquilo, nada sé, evidentemente, cuando, cansado de esperar el final de las incomprensibles devociones que retienen a mi compañero algo más de lo previsto, empujo a mi vez la puertecita de hierro para examinar más de cerca el edificio en el que estoy tentado de decir que se eterniza (de hecho le habría esperado todo lo más tres o cuatro minutos)... De pie, en la puerta, busco con la vista a mi amigo y no consigo reconocerlo entre las formas arrodilladas que me preceden. Mi mirada pasa de la sombra a la luz, va de los fieles a las religiosas inmóviles, de las religiosas al altar... Entonces, se desencadena bruscamente la serie de prodigios, cuya inexorable violencia va a desmantelar, en un instante, el ser absurdo que yo soy y va a traer al mundo, deslumbrado, el niño que jamás he sido... Entonces, no digo que el cielo se abre; no se abre, se eleva, se alza de pronto... Es un cristal indestructible, de una transparencia infinita, de una luminosidad casi insostenible (un grado más me aniquilaría); un mundo, un mundo distinto, de un resplandor y de una intensidad que relegan al nuestro a las sombras frágiles de los sueños incompletos. Él es la realidad, él es la verdad... Hay un orden en el universo, y en su vértice, la evidencia de Dios; evidencia hecha presencia y la evidencia hecha persona de aquel mismo a quien yo habría negado un momento antes, a quien los cristianos llaman Padre nuestro y del que me doy cuenta que es dulce, con una dulzura en nada parecida a cualquiera otra, una dulzura activa que quiebra, que excede a toda violencia, capaz de hacer que estalle la piedra más dura, el corazón humano.
Su irrupción desplegada se acompaña de una alegría que no es sino la exultación del salvado, la alegría del náufrago recogido a tiempo; con la diferencia, sin embargo, de que es en el momento en que soy izado hacia la salvación, cuando tomo conciencia del lodo en que, sin saberlo, estaba hundido, y me pregunto, al verme aún con medio cuerpo atrapado por él, cómo he podido vivir y respirar allí. Al mismo tiempo, me ha sido dada una nueva familia que es la Iglesia, que tiene a su cargo conducirme a donde haga falta que vaya... Todo está dominado por la presencia de Aquel, cuyo nombre jamás podría escribir sin que me viniese el temor de herir su ternura, ante quien tengo la dicha de ser un niño perdonado, que se despierta para saber que todo es regalo. El milagro duró un mes. Cada mañana volvía a encontrar, con éxtasis, esa luz que hacía palidecer el día, esa dulzura que nunca habría de olvidar y que es toda mi ciencia teológica... Sin embargo, luz y dulzura perdían cada día un poco de su intensidad. Finalmente, desaparecieron; sin que, por eso, me viese reducido a la soledad61.
¿Cómo es posible que un muchacho como yo haya sido cambiado en un instante hasta el punto de no reconocerse a sí mismo y de encontrar un católico en lugar del incrédulo burlón que él había dejado en la puerta? ¿Cómo pudo ser que, habiendo entrado con indiferencia en una iglesia, haya salido de allí, algunos minutos después, gritando para sus adentro de alegría: que la verdad fuera tan hermosa, con esa belleza que la hace a veces difícil de creer; pero que no debía, sin embargo, hacerla tan difícil de amar; impaciente por compartir su felicidad con la tierra entera, convencido en fin de que no hay en este mundo tarea más digna, más dulce, más necesaria y más urgente que la de alabar a Dios, de alabarle por ser y por ser quien es?62.
Como vemos, ambas conversiones fueron radicales e instantáneas. Alfonso de Ratisbona dejó a su novia, con quien se iba a casar en poco tiempo, pues ya estaba pasando las invitaciones. Y se hizo sacerdote y llegó a ser un santo. Hoy lo conocemos como san Alfonso de Ratisbona. André Frossard quiso hacerse monje cartujo o trapense para dedicarse totalmente a Dios, pero vio que no era la voluntad de Dios y se casó. Dos de sus hijos murieron, pero su fe en Dios y en su amor nunca lo abandonó, ni siquiera cuando estuvo prisionero de la Gestapo en la segunda guerra mundial. Dios lo salvó de la muerte y dedicó su vida a escribir las maravillas de Dios. Murió en 1995 a los 80 años de edad, siendo considerado por todos como el mejor escritor católico francés del siglo XX.
En ambos casos, se manifiesta con fuerza la gracia de Dios, capaz de transformar en un instante la mente humana y obrar milagros maravillosos de conversión para demostrar su poder y su amor.
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