Jean-claude barreau y guillaume bigot






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JEAN-CLAUDE BARREAU Y GUILLAUME BIGOT

Toda la Historia del mundo

De la prehistoria a la actualidad

Traducción de Sofía Tros de Ilarduya

Índice

  1. Los desmemoriados ...…...……….. 5

  2. La prehistoria ……………… 7

  3. Los ríos nutricios, los primeros Estados,

Las religiones ………………………………. 14

  1. El Mediterráneo: cretenses, griegos,

fenicios y judíos …………...… 20

  1. El Imperio persa y el mundo griego 25

  2. Alejandro Magno o la primera globalización ... 29

  3. El mundo se inclina hacia el oeste: Cartago

y Roma, Aníbal y César ……………... 33

8. El Imperio romano o el primer

apogeo histórico ……………... 39

9. El judeo-cristianismo 45

  1. Los tiempos bárbaros o el declive ………… 49

  2. La época del islam …………….. 55

  3. La Edad Media o la reconstrucción del mundo.

Las cruzadas …………….. 60

  1. El nacimiento de las naciones.

La guerra de los Cien Años …………….. 68

14. Los grandes descubrimientos y la muerte

de las civilizaciones precolombinas ………. 72
15. El Renacimiento, Carlos I de España

y V de Alemania y Francisco I …………….. 78

  1. Las Reformas y las guerras de religión …… 82

  2. El gran siglo XVII ……………. 86

  3. El Siglo de las Luces ……………. 93

  4. La Gran Revolución ……………. 99

  5. El Imperio 105

  6. Las «réplicas» de la Revolución.

El fracaso de las restauraciones ………….. 114

  1. La Europa de las naciones ……………. 118

  2. Estados Unidos y la Secesión ……………. 124

  3. La conquista colonial. Japón ……………. 128

  4. La Belle Époque .... ……………. 134

  5. La Gran Guerra ……………. 140

  6. La tentativa de una revolución mundial …. 146

  7. La crisis, el New Deal, el nazismo …………. 151

  8. Hitler y las democracias ……………. 156

  9. La campaña francesa ……………. 161

  10. La apuesta de la Francia libre ……………. 166

  11. La Gran Guerra Mundial ……………. 171

  12. La Guerra Fría ……………. 177

  13. La descolonización. La guerra de Argelia ... 182

  14. Israel y los palestinos ……………. 187

  15. La caída de la URSS, la globalización ……… 190

  16. El World Trade Center, la demografía

y el futuro ……………. 195

Nota …………………………………………. 201

1
Los desmemoriados

En Francia, hace un siglo, todo aquel que sabía leer también sabía situarse en el tiempo y en el espacio. Un manual redactado por dos eminentes profesores, el «Malet-Isaac», mencionaba las referencias históricas y geográficas que conocían las personas que habían supe­rado el graduado escolar. Sin embargo, esto ya no es así. La mayor parte de los franceses, y de los occidentales en general, se han convertido en personas sin pasado, en «desmemoriados» (esta palabra describe bastante bien la situación). Por una irónica paradoja, nunca se ha hablado tanto del «deber de la memoria» como en esta época de olvido; ya se sabe, sólo se insiste en una cualidad cuando ésta se ha olvidado.

Hasta hace poco tiempo, aún se escuchaba a los franceses quejarse cuando no se sentían contentos: «Si una vez hicimos la Revolución, podríamos volver a ha­cerla», manifestaban así que eran conscientes de una bo­nita continuidad histórica. ¿Qué encontraríamos hoy en la cabeza de sus hijos (al menos en la de los que no han cursado el tercer ciclo)? ¡Un caballero de la Edad Media con su armadura, cabalgando sobre un cohete interplane­tario, a modo de caballo, en un lugar indeterminado!

La película en varias entregas El señor de los anillos, una epopeya que no se desarrolla en ninguna parte, nos proporciona con su éxito el testimonio de la ignorancia universal. La culpa no es de nuestros contemporáneos si se ha descuidado instruirles sobre hechos y lugares. Un mundo apremiante ha querido sustituir el estudio de la historia cronológica por el de los temas que cabalgan por los siglos, del tipo «Los medios de comunicación a tra­vés de los tiempos». En cuanto a los lugares, todos son iguales para los apresurados técnicos que ya no quieren tener en cuenta los parajes, las ciudades actuales alinean por todas partes las mismas torres de cristal. Dentro de este barullo, los paisajes se difuminan, las culturas se di­suelven, las historias colectivas se borran.

Esta mezcolanza provoca la desaparición de aquello que permitía a los individuos efectuar el inventario de su herencia.

Si a esto se añade un tremendo desprecio por el pa­sado lejano y el culto a lo «inmediato», se entiende que nuestra modernidad fabrique más consumidores, «zapea-dores» e hijos de la publicidad que ciudadanos responsa­bles, deseosos de comprender y construir.

Así pues, hay que ponerse en guardia: la misión más importante de una civilización es transmitir a sus hi­jos un patrimonio, queda a cargo de estos últimos rechazar, dilapidar o hacer fructificar esa herencia.

Cuando en la noche de Pascua, un joven israelí interroga de manera ritual a los adultos que lo rodean sobre el sentido del rito que se celebra, éstos le responden, de un modo no menos ritual, con el relato de la liberación del pueblo judío de la esclavitud egipcia. Este hecho, expresado de un modo sobrecogedor durante la cena pas­cual del judaísmo, constituye el acto fundamental de la educación. No fue por casualidad que Pol Pot, en Camboya, quisiera arrancar radicalmente a los jemeres de su pasado: sabía lo que se hacía.

De este modo, sin esas preguntas del discípulo al maestro, sin la transmisión de los maestros a los más jó­venes, deja de subsistir la civilización y sólo queda la bar­barie; ni siquiera sobrevive la especie humana, lo que su­brayaremos haciendo alusión a la prehistoria.

Esta convicción nos ha empujado a intentar contar la historia de los hombres. Sabemos que numerosos profesionales, muy eruditos en tal o cual cuestión, es­criben cantidad de obras, la mayoría excelentes, que se publican todos los años (por ejemplo, en esta misma editorial); pero esas historias tratan de problemas con­cretos, de épocas precisas y de personajes aislados. Y nuestros contemporáneos —que no han aprendido en el colegio la cronología— no encuentran ningún equi­valente actual al «Malet-Isaac», (que, es verdad, se ha reeditado en bolsillo, pero ese manual daba por supues­ta una enseñanza de Historia que ya no se proporcio­na). En la actualidad, la gente tiene dificultades para hacer un estudio comparativo de los temas, para situar­se en la cadena del tiempo. Sin embargo, Malraux nos explica en sus Antimemorias que sin un punto de com­paración, los problemas dejan de ser comprensibles. «Pensar es comparar», escribe.

¿Es posible, por tanto, descifrar la actualidad sin re­ferencias históricas; los acontecimientos más actuales siempre se enraizan en un pasado lejano? ¿Cómo situar, por ejemplo, las guerras de Irak sin haber oído hablar de Mesopotamia? Sin referencias cronológicas ni geográfi­cas, los telediarios se transforman en historias fantásticas, en episodios de El señor de los anillos. Sus imágenes nos disgustan sin que nos sintamos concernidos. Hoy en día se ve todo, de inmediato, en directo, pero no se entiende nada. En las librerías se encuentran excelentes dicciona­rios históricos, pero para consultar un diccionario hay que saber por dónde hincarle el diente. En los monitores de internet aparece más o menos todo lo que se busca, pe­ro en la «red», en la «web», coexisten lo mejor y lo peor, y sin cultura general se hace difícil distinguir lo uno de lo otro.

De ahí la idea simple, ambiciosa y modesta a la vez, de escribir un libro bastante corto que sea el relato de la historia del mundo; un relato necesariamente incomple­to y orientado desde el punto de vista de sus autores, por lo tanto discutible, pero firmemente cronológico. Reto­mando el título de una famosa colección de libros fran­ceses, «La historia contada a mi hija o a mi hijo», nuestra historia se dirige a todos los lectores que deseen «encon­trarse», y situar sus destinos personales (para lo que multitud de psicólogos les ofrecen sus servicios) en la gran historia colectiva, heroica y trágica, absurda o llena de sentido, de la especie humana.

Nosotros hemos querido «narrar» un relato crono­lógico; un cuento, es verdad, pero el más apasionante (la realidad supera la ficción), basado en lo real y no en las fantasmagorías de la literatura fantástica (género litera­rio que se puede apreciar, pero solamente sabiendo que es «fantástico»).

Este libro no es un libro de sabios. Pretende ser una especie de resumen de la historia de la humanidad; rudi­mentario, aunque lleno de acercamientos sorprendentes y de cuestiones impertinentes; un cuento verdadero en donde el lector podrá encontrar interpretaciones discu­tibles de hechos que no son cuestionables. Está dirigido a todos, con excepción de los historiadores de oficio.
Nota: Los autores agradecen su ayuda a Sandra Muñoz.

2
La prehistoria

La aventura del ser humano empieza mucho antes que su historia. Sólo se puede elaborar la historia de los pueblos que han escrito.

Antes de la invención de la escritura, no disponemos más que de documentos arqueológicos sobre nuestros an­cestros: osamentas, útiles, pinturas; únicamente más tarde podemos leer lo que contaban de sí mismos. Porque la es­critura se utiliza desde hace alrededor de seis mil años. Es decir, la prehistoria es mucho más larga que la historia.

La Tierra es un planeta rocoso situado a gran distan­cia de una estrella mediana, el Sol, semejante a millones de otras estrellas.

En la Tierra, la vida nació y se desarrolló hace más de cuatro millones de años, aprovechando la abundan­cia de agua (los océanos cubren las tres cuartas partes del globo) y la existencia de una atmósfera densa y con ni­trógeno. Probablemente exista vida en otros lugares, en planetas que gravitan alrededor de estrellas fijas, pero hasta el momento, y a pesar de las sondas espaciales, só­lo la hemos encontrado en nuestro planeta.

Tal vez los extraterrestres vivan en la inmensidad del cosmos; sin embargo, no tenemos ninguna noticia de que hayan visitado nuestro mundo, ninguna de las «pruebas» de su eventual paso resisten realmente el aná­lisis científico.

Aun sin visitar la maravillosa Galería de la Evolu­ción del Museo de Historia Natural de París, se puede comprobar que los animales más desarrollados han sido los primates, familia a la que nosotros pertenecemos.

Los primates son todos los simios, pequeños o grandes. Todavía quedan en la Tierra otros grandes pri­mates además de nosotros: los chimpancés, los gorilas, los orangutanes. Éstos no son nuestros antepasados, sino nuestros primos. Nuestros ancestros eran los grandes primates desaparecidos hoy en día: el Sinanthropus, el Pithecanthropus, etcétera. Los mamíferos son los animales más desarrollados, en particular, gracias a su modo de reproducción dentro del seno de las hembras, in útero, en donde están mucho mejor protegidos que los huevos de las serpientes o de los pájaros.

Los primates son los más inteligentes de los mamífe­ros. La vida progresa por selección natural, se elimina a los peor adaptados. Así pues, la inteligencia es el mejor criterio de selección. Una especialización demasiado grande no es una ventaja. Un elefante es formidable, pero sus defensas lo estorban. Un caballo corre muy rápido pe­ro no tiene cuernos. El tigre es una extraordinaria máqui­na de matar (igual que todos los felinos), pero, como no tiene que hacer demasiado esfuerzo para alimentarse, es bastante estúpido. Los primates no tienen defensas, co­rren menos rápido que el caballo y se encuentran desnu­dos frente a los leones, pero triunfan sobre los depredado­res por su astucia.

Además es necesario que esa inteligencia pueda ade­cuarse al hábitat: los mamíferos marinos (ballenas, delfi­nes) son muy inteligentes, pero no tienen manos. Los pri­mates tienen manos. ¿Por qué? Porque viven en los árboles y porque, para poder vivir en los árboles, tienen que agarrarse. Los primates son, pues, tetrápodos. Sus manos les han proporcionado enormes posibilidades de acción. Las especies animales cambian por mutación ge­nética, la selección natural elimina las mutaciones inadaptativas. Tras millones de años de mutaciones y de selec­ción, los grandes primates eran, en la era cuaternaria, los más adaptativos de entre todos los animales: menos fuer­tes que los elefantes, menos salvajes que los tigres, menos rápidos que los caballos, pero aptos para todo.

De esto puede deducirse que, si en alguna otra par­te de la galaxia existen «homínidos», éstos tienen todas las probabilidades de parecerse a nosotros: cerebro gran­de, manos, no demasiada especialización...

El estudio de la prehistoria moviliza a miles de sa­bios e investigadores. Aquí no pretendemos entrar en detalles —paleolítico inferior, medio o superior, mesolítico, etcétera—, sino incitar a la reflexión sobre lo esen­cial. Por ejemplo, ¿desde cuándo existe el hombre?

Sobre esta cuestión se enfrentan dos escuelas.

Los especialistas en animales nos responden que el hombre apareció hace dos o tres millones de años, a par­tir de grandes primates hoy desaparecidos, mucho más evolucionados que los chimpancés actuales, capaces de mantenerse en pie y de fabricar útiles.

Pero la postura bípeda, que favorece la acción por­que libera las manos, no es lo propio del ser humano, al contrario de lo que afirma el cómic Rahan, que define a los hombres como «aquellos que caminan con los pies». Los gorilas también pueden mantenerse en pie. Fabricar útiles tampoco es un signo absolutamente humano. Los chimpancés saben servirse de instrumentos. Por ejemplo, para comer los huevos de un nido de termi­tas, introducen en él una caña hueca que luego absor­ben. De este modo, los numerosos esqueletos recons­truidos a partir de osamentas esparcidas que datan de hace un millón de años, como la famosa «Lucy», sólo demuestran que en aquella época existían grandes prima­tes superiores, y no que esos seres ya fueran humanos.

La otra escuela, la de los antropólogos, piensa en general que la aparición del hombre es mucho más re­ciente, tal vez se remonte a doscientos o trescientos mil años. Evidentemente, nosotros estamos muy próximos a los grandes simios, e incluso a todos los mamíferos. Este es el motivo por el que amamos a los perros, cuyas emociones son semejantes a las nuestras. Un perro siente afecto, celos, tiene un instinto jerárquico y terri­torial, igual que nosotros y que el conjunto de los ma­míferos.

Pero lo propio del ser humano no es la emoción, ni mantenerse en pie, ni la fabricación de útiles. Lo propio del ser humano es el lenguaje.

Los animales carecen de lenguaje, disponen de gri­tos. Aunque a veces muy complejos, son gritos o señales previstos por el código genético de sus especies. Tam­bién los animales cambian únicamente por mutación ge­nética, y una mutación genética positiva sólo será selec­cionada después de miles de años...

Un perro viejo o un caballo viejo han aprendido mucho durante sus vidas, pero cuando mueren su expe­riencia desaparece con ellos, puesto que no han podido comunicarla.

La invención del lenguaje es lo propio del hombre. Por medio del lenguaje, el hombre viejo puede comuni­car a los más jóvenes lo que ha aprendido. Nosotros con­sideramos que más allá de la transmisión, la relación maestro-discípulo es la que ha constituido la humanidad. Sin ella, nos convertiríamos en animales; de ahí el peligro de las delirantes ideologías que cuestionan esta relación.

Gracias al lenguaje, las mutaciones de la humanidad ya no son «genéticas», sino «culturales». Ya no necesitan miles de años, sólo años. Gracias al lenguaje, la especie humana se ha extendido por la Tierra y se ha transfor­mado con una rapidez desconocida hasta entonces. La especie humana ya no es exclusivamente «natural»; es «cultural». Cierto es que las mutaciones genéticas si­guen con su lento ritmo. Así, desde hace doscientos mil años, los colores de la piel han cambiado. En países muy soleados como los de África o el sur de la India, la selección natural ha favorecido la supervivencia de los mutantes de melanina (piel negra), mientras que las pie­les blancas se han visto favorecidas en los países nórdicos, en donde la oscura se ha debilitado. Pero estas mutaciones son superficiales hasta tal punto que, cuando se descubre un esqueleto, es imposible deducir cuál era el color de su piel. Se han encontrado cráneos alargados, «dolicocéfalos», o cabezas redondeadas, «braquicéfalas», pero esto no se relaciona en absoluto con el color de la piel. Los primeros hombres probablemente fueron «café con leche», a lo que tienden a volver sus descendientes debi­do a los flujos migratorios: «United Colors of Benetton».

Una mutación genética más interesante es la que ha convertido a la mujer en la más hermosa de las hembras mamíferas. Por lo general, entre los mamíferos, los ma­chos son más bellos que las hembras. Así sucede con el león y con el ciervo. Entre los hombres es a la inversa. ¿Por qué?

Porque la selección natural tenía que resolver un problema contradictorio. La hembra humana necesitaba una pelvis más estrecha que la de las hembras tetrápodas para poder correr con los pies y, así, escapar de los de­predadores. Pero también era necesario que tuviera una pelvis lo suficientemente ancha como para ser capaz de dar a luz. Es sabido que, en arquitectura, las obras maes­tras son, a menudo, el producto de la solución de exigen­cias contradictorias. Así pasó con la arquitectura femeni­na, cuyas extraordinarias curvas en forma de guitarra son el resultado de dos necesidades opuestas de nuestra es­pecie: correr rápido y dar a luz.

Pero si las mutaciones genéticas continuaron a rit­mo lento, lo propio de la humanidad fue la mutación cultural a ritmo acelerado por el lenguaje.

¿Cómo puede imaginarse la aparición del lenguaje y, por lo tanto, de la humanidad? Sabemos que se pro­dujo en África oriental hace unos centenares de miles de años.

También sabemos que el clima de nuestro planeta cambia con el curso de los años. Se producen cambios regulares: el ciclo de los períodos glaciares e interglaciares, que abarca más o menos ciento veinte mil años. Durante los períodos glaciares, la Tierra es más fría, los glaciares cubren el medio oeste americano y descienden por Europa hasta Bélgica. No existe el Sahara. El nivel del mar es más bajo y se puede pasar a pie desde Asia hasta América (por el estrecho de Bering) y desde Fran­cia hasta Inglaterra (por el paso de Calais).

Actualmente, vivimos en un período más cálido, «interglaciar». (Dentro de los períodos interglaciares también se dan cambios climáticos, pero más modera­dos; recordaremos esto.)

El último período glaciar terminó hace trece o ca­torce mil años. Tal vez el surgimiento de la humanidad fue debido a un acontecimiento climático brutal ocurri­do hace varios centenares de miles de años.

Imaginemos una canícula o una sequía que dura veinte años. Los bosques se queman y desaparecen. Los primates, animales de los bosques, recolectores de fru­tos, se encuentran de repente en la sabana. En los árbo­les, consumían frutos u hojas, y, de manera excepcional, cuando una ardilla les caía en las manos, carne. Se puede pensar que en la sabana la mayoría de ellos murió de hambre o se replegó hacia los bosques ecuatoriales. Pero un grupo supo inventar la caza. Es verdad que muchos mamíferos son cazadores, pero los primates son recolec­tores; la caza no aparece en su código genético. Entonces se pusieron de pie para ver por encima de la hierba, algo de lo que ya eran capaces aunque apenas lo practica­ban en los árboles. Luego, intentaron capturar las piezas con trampas, enormes agujeros que cavaban en el suelo, o desniveles naturales (la Roche de Solutré). Débiles y desnudos, se vieron obligados a organizarse, a enviar exploradores para abatir la caza (técnicas que luego utili­zarían en sus campañas todos los grandes capitanes). Pa­ra transmitir las órdenes desde lejos, necesitaron emplear sonidos que no formaban parte de su herencia fonética. Había nacido el lenguaje. Anteriormente tenían la capa­cidad de hablar, pero no la utilizaban. Nuestros actuales chimpancés tienen capacidad de lenguaje. Como no tie­nen cuerdas vocales no pueden hablar, pero hay investi­gadores que han logrado enseñarles el lenguaje de los sordomudos.

De este modo, en algún lugar del África oriental, hace doscientos o trescientos mil años, uno o varios gru­pos de primates inventaron el lenguaje.

E inmediatamente su universo cambió.

La invención del lenguaje fue una cuestión práctica: se trataba de transmitir órdenes orales no previstas por el código genético, y destinadas a la ejecución de accio­nes de caza precisas.

Pero, al mismo tiempo, el lenguaje creó una neuro­sis: la del futuro.

Los animales no tienen ninguna noción de futuro. Disponen de la memoria del pasado, pero ninguna preo­cupación por el futuro. Cuando el animal tiene el sufi­ciente alimento y afecto, es perfectamente feliz dentro de un eterno presente. No imagina que pueda morir. No se angustia ni se esconde salvo que se sienta amenazado hic et nunc, aquí y ahora, por los depredadores, el hambre o la enfermedad.

Tras la invención del lenguaje simbólico, los prima­tes que caminaban con los pies se transformaron en hombres angustiados; la neurosis humana es original.

Por la noche, rememorando juntos la jornada de caza, se dieron cuenta de que uno de los cazadores ha­bía desaparecido: el león lo había matado, estaba muerto.

Al imaginar por medio de palabras la caza del día si­guiente, comprendieron que corrían el riesgo de morir. También existía la enfermedad, la vejez. De pronto se abrieron horizontes metafísicos y angustiosos ante estos «animales desnaturalizados» (como reza el título de un bonito libro de Vercors).

¿Qué es el hombre? Un ser que sabe que va a morir y que necesita contarse historias. Contarse historias para soportar esa idea insoportable de la finitud, para conju­rar la necesidad ineludible de la muerte.

Contarse historias para acercarse a sus semejantes, para reconfortarse con sus palabras, para formar con | ellos una humanidad.

Capaz de prever el futuro, de organizado, el prima-v te humano escapa, al mismo tiempo, de la ley genética. Va a poder hacer cosas que los animales no hacen, para lo bueno y para lo malo.

Para lo malo: los animales, incluso los mamíferos más evolucionados, no son ni buenos ni malos, puesto que actúan según lo que su «programa genético» les im­pone. Hay muchos combates entre jefes con el fin de es­tablecer la jerarquía, pero éstos sólo acaban en muerte de manera accidental, basta con un gesto de sumisión para apaciguar al vencedor.

No hay asesinos en el mundo animal: el lobo que se come al cordero no comete un asesinato, el lobo no es un lobo para el lobo.

De modo contrario, en el recuerdo original de todas las religiones, afirma René Girard en su libro Des choses cachees depuis le commencement du monde [Las cosas ocultas desde el comienzo del mundo], existe el asesino, el «pecado original», el que mata a su hermano (Caín), el que mata a su padre (Edipo). El hombre puede transgredir la ley ge­nética y asesinar a su hermano. «El hombre es un lobo para el hombre», constata el proverbio latino.

La violación es, de igual manera, casi desconocida entre los mamíferos. Un bonito documental de Frederic Rossif, La Fête sauvage [La fiesta salvaje], sobre las costum­bres del león nos muestra a la leona en celo provocando al macho, simulando ceder, marchándose y sucumbiendo sólo cuando, después de varios días, le viene en gana. En los humanos, los instintos genéticos —jerarquía, territo­rio, sexualidad— son poderosos. Muchas de las rivalida­des de oficina hacen pensar irremediablemente en los combates entre machos. Los soñadores que niegan el pa­triotismo olvidan que el hombre es un animal territorial; y aunque la sexualidad humana pueda sublimarse en el amor, conserva el formidable poder del deseo genético. Pero el hombre puede transgredir su programa genéti­co. Por ello, los grupos humanos tienen una absoluta ne­cesidad de establecer leyes morales o religiosas con el fin de suplir las carencias de las leyes genéticas.

El hombre es ese ser que ha duplicado su código genético con un código cultural.

Pero el lenguaje también permite al hombre lo mejor.

Al escapar de la lentitud milenaria de las mutaciones genéticas, va a poder cambiar con una increíble rapidez y adaptarse a todo. Eso sí, con la condición de transmitir lo adquirido a través de la educación.

El hombre prehistórico ya es un ser histórico que relata el pasado para construir su futuro. Lo hemos su­brayado: destruir la transmisión del maestro al discípulo sería destruir la humanidad.

Ya no existe la «naturaleza» humana; desde la prehis­toria hay una «cultura» humana siempre amenazada por el olvido. Transmitir su saber es, en definitiva, lo único que distingue al hombre del animal.

El lenguaje ha proporcionado al hombre una for­midable capacidad de adaptación.

Todos los animales son prisioneros de su hábitat, de su «biotopo»; el hombre, no. El ser humano, al haber nacido en África oriental, en un clima demasiado cálido, no tiene pelo, es un «mono desnudo». Y, sin embargo, va a ocupar la Tierra entera, casi hasta ambos polos.

Esto no significa que el hombre cambie de clima, no, sino que lleva consigo su clima e inventa ropa y refugios. Hasta hace poco tiempo, los esquimales eran todavía hombres prehistóricos (puesto que la prehisto­ria ha durado en algunos rincones de la Tierra hasta mediados del siglo XX). Pues bien, en el Ártico habían logrado vivir de manera ecuatorial inventado técnicas tan ingeniosas que se han convertido en nombres co­munes en todas las lenguas: los iglús, que protegen del frío utilizando el frío; los anoraks; los kayaks insumer­gibles.

Así, el hombre es el único animal con posibilida­des de lo mejor y de lo peor: de lo peor porque es la única especie capaz de asesinar y de autodestruirse; de lo mejor porque también es la única capaz de adaptarse a todo, de inventar todo.

Puede elaborarse una especie de historia de la pre­historia.

En primer lugar, aunque hubo varios grupos de pri­mates que se humanizaron, en la actualidad no quedan más que descendientes de uno solo de esos grupos, el de los sapiens sapiens. Respecto a los demás, principalmente uno de ellos se multiplicó bastante, ya que se han encon­trado restos fósiles hasta en Europa: se trata del sapiens Neanderthalensis.

El hombre de Neandertal era de apariencia más si­miesca. Por ejemplo, estaba dotado de una cresta ósea encima de los ojos que le hacía parecerse a los actuales gorilas. Sin embargo, tenía el cerebro más grande que el nuestro. Conocía el arte, la religión. Enterraba a sus muertos siguiendo complicados ritos.

Señalemos de paso que los objetos de arte y las tum­bas son pruebas indiscutibles de humanidad. Pero las tumbas más antiguas que hemos descubierto datan de unos cuarenta o cincuenta mil años atrás; en cuanto a las pintu­ras rupestres, son todavía más recientes. Esto no tiene na­da de sorprendente: estadísticamente, los orígenes siempre escapan al arqueólogo, quien tiene más posibilidades de encontrar objetos cuando éstos ya son numerosos.

Así, el hombre de Neandertal desapareció hace veinte mil años sin que podamos entender el porqué. Sa­bemos que el sapiens sapiens y el sapiens Neanderthalensis han coexistido en los mismos territorios durante miles de años. ¿Se enzarzaron en una guerra? ¿Podían reproducirse entre ellos? Nada se sabe. Lo más probable es que nuestros antepasados mejor adaptados se hicieran con to­da la caza, condenando a los demás a pasar hambre. Sea como fuere, todos los hombres que viven actualmente en la Tierra, por muy diferente que sea su aspecto, descien­den de unos cuantos miles de sapiens sapiens africanos. La genética lo demuestra.

También sabemos que estos sapiens poblaron pro­gresivamente la Tierra entera. Evidentemente, no es cuestión de concebir aquellas migraciones como los via­jes de los descubrimientos del siglo XV.

Una tribu de cazadores necesita mucho terreno. Cuando hay demasiados guerreros jóvenes, un grupo se destaca de la tribu original y se desplaza unas decenas de kilómetros para encontrar un espacio de caza virgen, y así continuamente. Aquellos viajes se realizaban a un ritmo tan lento que, para cuando llegaron al confín de la Tierra, los descendientes de los migrantes habían olvi­dado el lugar de donde sus antepasados habían partido miles de años antes; sobre todo porque no dominaban la escritura y es sabido que la tradición oral no se remonta en el pasado más allá de cuatro generaciones.

De este modo, la conquista del planeta por parte de los hombres prehistóricos fue una conquista inconscien­te. Pero podemos establecer ciertas etapas.

Hace treinta mil años, los seres humanos se encuen­tran en África, Europa y Asia, pero no en América. En las Américas no había hombres. Éstos llegaron allí hace veinte mil años, procedentes de Asia y pasando a pie por lo que hoy conocemos como el estrecho de Bering. Fue durante el último período glacial; el nivel del mar estaba más bajo.

Por lo tanto, los indios de América son asiáticos aun hoy, por sus rasgos físicos y por los lenguajes que hablan.

Después volvió a subir el nivel del mar, aislando a aquellos hombres del resto de la humanidad —¡que no se unió a ellos en su continente, y para su desgracia, has­ta el siglo XVI de nuestra era!—. En la misma época, los aborígenes australianos llegaron a pie desde el continen­te antes de quedar aislados también ellos.

Progresivamente fueron diferenciándose los len­guajes. Seguramente, los primeros grupos africanos ha­blaban un idioma común. Con los milenios se instaló Babel; pero quedan huellas de aquel origen lingüístico común: «mamá», por ejemplo, es una palabra común a todas las lenguas del planeta —tal vez porque es la pri­mera que los bebés pueden pronunciar.

Extendidos por toda la Tierra hace quince mil años, los sapiens sapiens que quedaban no eran muy numerosos. La caza necesita vastos espacios y depende de la abundan­cia o escasez de las presas, las cuales, a su vez, dependen de factores ecológicos o climáticos imprevisibles. Digamos que en aquella época, la humanidad prehistórica era, co­mo hoy las ballenas, una especie amenazada, oscilando entre cien mil individuos en tiempos de hambruna y dos o tres millones en años de abundancia, sobre todo, si tene­mos en cuenta que aquellos seres no sabían conservar la carne.

Es bastante fácil hacerse una idea de cómo era una tribu prehistórica porque la prehistoria ha durado mucho tiempo en muchos lugares. Los indios de América, en ge­neral todos los «primeros pueblos», eran hombres pre­históricos. El adjetivo «prehistórico» no implica ningún juicio de valor; es un adjetivo técnico que se aplica a los pueblos sin escritura.

La tribu india que se describe en la película Bailan­do con lobos, con sus guerreros, su Consejo de Ancianos, sus chamanes, nos parece que muestra bastante bien lo que podía ser el hombre prehistórico.

No era imbécil. Las tribus transmitían culturas ela­boradas y coloristas, técnicas admirables (ya hemos se­ñalado lo ingenioso de los iglús, los kayaks y los anoraks de los esquimales). Ya utilizaban el arco, las flechas y otros útiles. Un joven papú podía llamar por su nombre y distinguir centenares de plantas (algo que nosotros no somos capaces de hacer, excepto los botánicos del Mu­seo de Historia Natural).

El hombre prehistórico accedió desde el principio al arte absoluto. ¿Hay alguna evolución entre el cuadro de un artista y las pinturas rupestres de Lascaux?

Sobre todo, el hombre prehistórico está muy próxi­mo a nosotros. Tiene leyes, honor y una religión muy desarrollada: el animismo, la adoración de las fuerzas de la naturaleza.

«Dios respira en las plantas, sueña en los animales y se despierta en el hombre», dice un proverbio comanche.

La tribu es una sociedad compleja, en donde la edu­cación desempeña una función fundamental. Cierto es que no hay escuelas, pero sí una transmisión por parte de los ancianos, ritos de pubertad, del paso a la edad adulta, de iniciación para los chicos y para las chicas, ritos que sobreviven hasta el día de hoy en muchas sociedades.

El hombre prehistórico está tan próximo a nosotros que si le viéramos en el metro no lo distinguiríamos.

Más próximo de lo que imaginamos. De hecho, desde la prehistoria ha habido inmensos avances científi­cos y técnicos, pero ninguno psicológico: el hombre es el mismo que el día en que surgió.

Por otra parte, los hombres todavía prehistóricos que, en el siglo XX, entraban en contacto con nuestro mundo moderno (probablemente, hoy ya no quedan en la Tierra tribus prehistóricas, pero las había en el siglo XX y entonces los «primeros contactos» fueron numerosos: papúes de Nueva Guinea, indios del Amazonas) apenas se sorprendían de nuestras sofisticadas técnicas.

En cualquier caso, si pensamos en ello, no hay una naturaleza diferente entre la invención del fuego y la de la bomba atómica, entre el tamtan e internet, entre la ve­locidad del corredor de la sabana y la del AVE.

Al contemplar a los pájaros, los hombres siempre han deseado volar, el mito de Ícaro da testimonio de ello.

Stanley Kubrick comprendió y describió muy bien esta idea en la primera escena de su obra maestra, 2001, Una odisea del espacio. En esta escena se ve enfrentarse a los primates. Uno de ellos agarra un hueso que rodaba por el suelo y lo lanza al cielo en dirección hacia sus ad­versarios. El director transforma entonces, por medio de un fundido encadenado, ese hueso en un cohete interpla­netario. Kubrick había comprendido a la perfección que lanzar una tibia o lanzar un cohete es el mismo gesto.

Así, la prehistoria no es un universo extraño. Las grandes cuestiones aún actuales ya se habían planteado entonces: la amenaza de la muerte, la necesidad de la ley, la belleza del arte, la importancia vital de la transmisión del saber.
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