Herreros y alquimistas mircea Eliade






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kotarat. La solidaridad entre el oficio de herrero y el canto queda claramente de ma­nifiesto en el vocabulario semítico: el árabe q-y-n, «for-iar, ser herrero», está emparentado con los términos hebreo, sirio v etíope que designan la acción de «cantar, entonar una lamentación fúnebre»2. Es inútil recordar la etimología de la palabra poeta, del griego potetes, «fabricante», «hacedor», y la vecindad semántica de «ar­tesano» y «artista». El sánscrito taksh, «fabricar», se uti­liza para expresar la composición de los cantos del Rig Veda (I, 62, 13; V, 2, 11). El antiguo escandinavo lotha-smithr, «canción-herrero», y el término renano reimschmied, «poetastro», subrayan aún más claramente los lazos íntimos existentes entre la profesión de herrero y el arte del poeta o del músico (Gaster, ib'id.). Según Snorri, Odhin y sus sacerdotes se llamaban «forjadores de canciones» (Ohlhaver, Die germanische Schmiede, p. 11). Las mismas relaciones se han observado entre los turco-tártaros y los mogoles, entre los que el herrero se halla asociado a los héroes, a los cantores y a los poe­tas. Asimismo habremos de recordar a los zíngaros, nó­madas al mismo tiempo que herreros, caldereros, músi­cos, curanderos y recitadores de la buenaventura. El nom­bre que los zíngaros se dan a sí mismos es en Europa Rom; en Armenia, Lon; en Persia, Dom, y en Siria, Dom o Dum. «Ahora bien —escribe Julio Bloch—, dom es en la India el nombre de una tribu o más bien de un conglomerado de tribus muy extendidas y conocidas an­tiguamente.» 3 En los textos sánscritos van asociados a los músicos, a los intocables, pero son conocidos sobre todo como herreros y músicos. No carece de interés el comprobar que existen relaciones entre los fundidores y herreros Asur —a los que ya hemos hecho alusión— y los dorrí: antes de la dinastía actual reinaba entre los Asur una dinastía dom, tal vez llegada del Norte4.

Parece por tanto existir en diferente niveles cultura­les (índice de gran antigüedad) un lazo íntimo entre el arte del herrero, las ciencias ocultas (chamanismo, magia, curación, etc.) y el arte de la canción, de la danza y de la poesía. Estas técnicas solidarias parecen además trans­mitirse en una atmósfera impregnada de sacralidad y misterio y comportan iniciaciones, rituales específicos, «secretos de profesión». Nos hallamos muy lejos de pe­netrar todas las articulaciones y todos los aspectos de este complejo ritual y no cabe duda de que algunos de ellos permanecerán para siempre herméticos ante nos­otros. Los grupos de mitos y rituales metalúrgicos a que hemos pasado revista nos bastan para darnos una idea de su extrema complejidad y dejarnos entrever las va­riadas concepciones del mundo que implican. Sin em­bargo, hay un elemento que aparece constante: es la sacralidad del metal y, por consiguiente, el carácter am­bivalente, excéntrico, misterioso de todo trabajo de mi­nero y metalúrgico. Como ya hemos indicado, algunos temas mitológicos de las eras líticas anteriores han sido integrados en las mitologías de la edad de los metales. Sobre todo resulta significativo que el simbolismo de la «piedra de rayo», que asimilaba los proyectiles, armas arrojadizas líticas, al rayo, haya obtenido gran desarrollo en las mitologías metalúrgicas. Las armas que los Dio­ses Herreros o los Herreros divinos forjan para los Dioses uranianos son el rayo y el relámpago. Este es, por ejem­plo, el caso de las armas presentadas por Tvashtri a Indra. Los garrotes de Nimurta se llaman «aplasta-mun­do» y «machaca-mundo», y también se asimilan al rayo y al relámpago. Asimismo, el relámpago y el rayo son las «armas» de Zeus, y el martillo (mjólnir) de Thor es el rayo. Los garrotes «saltan» de la mano de Baal, pues Koshar le ha forjado armas que pueden ser proyectadas a puntos más alejados (Gaster, op. cit., p. 158). Zeus lanza a lo lejos su rayo.

Puede captarse fácilmente el entrecruzamiento de las imágenes: rayo, «piedra de rayo» (recuerdo mitológico de la era lítica), arma mágica que golpea a larga distan­cia (y a veces vuelve como un boomerang a la mano de su dueño: recuérdese el martillo de Thor). Es posible descifrar aquí ciertos rasgos de una mitología del homo jaher, adivinar el aura mágica de la herramienta fabri­cada, el prestigio excepcional del artesano y del obrero y, sobre todo en la era de los metales, del herrero. Es significativo de todos modos que, a diferencia de las mitologías preagrícolas v premetalúrgicas, en las que el Dios celeste posee a título de prerrogativa natural el rayo y todas las demás epifanías meteorológicas, en las mito­logías de los pueblos históricos (Egipto, Próximo Orien­te, Indoeuropeos), el Dios del huracán recibe estas armas —el relámpago y el rayo— de un Herrero divino. No es posible dejar de ver aquí la victoria mitologizada del homo jaher, victoria que anuncia ya su supremacía en las eras industriales posteriores. Lo que resalta de todos estos mitos de los Herreros que ayudan a los Dioses «supremos» a asegurar su supremacía es la importancia extraordinaria concedida a la fabricación de una herra­mienta. Está claro que tal fabricación conserva durante muy largo tiempo un carácter mágico o divino, pues toda «creación», toda «construcción», no puede ser más que obra sobrehumana. Hay que mencionar finalmente un último aspecto de esta mitología del constructor de herramientas: el obrero se esfuerza en imitar los mode­los divinos. El Herrero de los dioses forja armas asimi­ladas al rayo y relámpago («armas» que los Dioses celes­tes de las mitologías premetalúrgicas poseían de modo natural); los herreros humanos imitan a su vez el traba­jo de sus patrones sobrehumanos. Pero hay que subrayar que, en el plano mitológico, la acción de imitar los modelos divinos se ve desterrada en beneficio de un tema nuevo: la importancia del trabajo de fabricación, la capacidad demiúrgica del obrero; en fin de cuentas, la apoteosis del faber, del que «crea» objetos.

Nos vemos tentados a buscar en esta categoría de ex­periencias primordiales la fuente de todos los complejos míticos-rituales en los que el herrero y el artesano divino o semidivino son al mismo tiempo arquitectos, danzan­tes, músicos y hechiceros-médicos. Cada una de estas ca­pacidades pone de manifiesto un aspecto diferente de la gran mitología del savoir faire; es decir, de la posesión del oculto secreto de «fabricación», de «construir». Las palabras de un canto tienen una considerable fuerza creadora: se crean objetos «cantando» las palabras exi­gidas. Vá'inamoinen «canta» una barca, es decir, la cons­truye modulando un canto compuesto de las palabras mágicas, y como le faltan las tres últimas, va a pregun­tarlas a un mago ilustre, Antero Vipunen. «Hacer» algo es conocer la fórmula mágica que permita «inventarlo» o «hacerlo aparecer» espontáneamente. El artesano es por este mismo hecho un conocedor de secretos, un mago, y así todos los oficios implican una iniciación y se transmiten mediante una tradición oculta. El que hace cosas eficaces es el que sabe, el que conoce los secretos de hacerlas.

Así se explica en gran parte la función del herrero mítico africano en su calidad de Héroe Civilizador: ha sido encargado por Dios de perfeccionar la creación, de organizar el mundo y, además, de educar a los hombres; es decir, de revelarles la cultura. Importa sobre todo subrayar el papel del herrero africano en las iniciaciones de la pubertad y las sociedades secretas: en un caso como en otro se trata de una revelación de misterios o, en otros términos, del conocimiento de realidades últimas. En este papel religioso del herrero se advierte una répli­ca de la misión de Héroe Civilizador del Herrero celeste: colabora en la «formación» espiritual de los jóvenes, es una especie de monitor, prolongación terrestre del Primer Instructor descendido del cielo in illo tempore.

Se ha observado5 que en la Grecia arcaica algunos grupos de personajes míticos —Telquinos, Kabiros, Cu-retas, Dáctilos— constituyen a la vez cofradías secretas en relación con los misterios y hermandades de trabaja­dores de los metales. Según las diversas tradiciones, los Telquinos fueron los primeros en trabajar el hierro y el bronce; los Dáctilos ideos descubrieron la fusión del hierro, y los Curetas, el trabado del bronce: eran además reputados por sus danzas, que ejecutaban entrechocando sus armas. Los Kabiros, como los Curetas, son llamados «dueños de los hornos», «poderosos por el fuego», y su culto se extendió por todas partes en el Mediterráneo oriental6. Los Dáctilos eran sacerdotes de Cibeles, di­vinidad de las montañas, pero también de las minas y las cavernas, que tenía su morada en el interior de las montañas7. «Los Dáctilos, según algunas versiones, se repartían en dos grupos, 20 seres varones a la derecha y 32 seres femeninos a la izquierda. O bien: los Dáctilos de la izquierda eran encantadores cuya obra destruían los Dáctilos de la derecha. Los 'semi:coros' repartidos en torno al hogar (...) y de sexos opuestos no dejan de evocar algún rito de hierogamia (...) o de lucha sagra­da (...) que tienen una curiosa relación con las hieroga-mias y víctimas chinas.» 8 Según una tradición transmi­tida por Clemente de Alejandría (Proteptico, II, 20), los Coribantes, que aquí reciben también el nombre de Kabiros, eran tres hermanos, uno de los cuales fue muer­to por los otros dos, que enterraron su cabeza al pie del monte Olimpo. Esta leyenda relativa al origen de los misterios está vinculada, como más atrás hemos visto, al mito del origen de los metales.

Ahora bien, estos grupos de metalúrgicos míticos tie­nen puntos de contacto con la magia (Dáctilos, Telqui-nos, etc.), la danza (Coribantes, Curetas), los misterios (Kabiros, etc.) y la iniciación de los jóvenes (Curetas)9. Tenemos aquí vestigios mitológicos de un antiguo esta­do de cosas en el que las cofradías de herreros desem­peñaban un papel en los misterios y las iniciaciones. H. Jeanmaire ha subrayado oportunamente la función de «instructores» que correspondía a los Curetas en las ceremonias de iniciación en relación con las clases de edad: los Curetas, educadores y maestros de iniciación, recuerdan en ciertos aspectos la misión de los Herreros-Héroes Civilizadores africanos. Resulta significativo que, en un estado ulterior e infinitamente más complejo de cultura, la función iniciadora del forjador y del herrador sobreviva con tanta precisión. El herrador participa a la vez del prestigio del herrero y de los simbolismos cris­talizados en torno al caballo. No se trata del caballo de tiro, utilizado para el carro de guerra, sino del caballo de montar, descubrimiento de los nómadas del Asia central. Es en este último contexto cultural donde el caballo ha suscitado las más numerosas creaciones mito­lógicas. El caballo y el caballero han ocupado un lugar considerable en las ideologías y rituales de las «socie­dades de hombres» (Mannerbünde). Aquí es donde en­contramos al herrador: el caballo fantasma venía a su taller, a veces con Odhin o la tropa de la «caza furiosa» (wüttende Heer), para ser herrado 10. En ciertas regiones de Alemania y Escandinavia el herrador participaba, has­ta en una época reciente, en representaciones del tipo Mannerbund: en el Steiermark hierra al «corcel» (es decir, el caballo maniquí) «matándole» para «resucitar­le» en seguida (Hofler, p. 54). En Escandinavia y Ale­mania del Norte el herraje es un rito de entrada en la sociedad secreta de hombres, pero también un rito de matrimonio. Como ha demostrado Otto Hofler (ibíd., p. 54), el ritual del herraje, de la muerte y resurrección del «caballo» (con o sin caballero), con ocasión de las bodas, señala a la vez la salida del novio del grupo de los solteros y su entrada en la clase de los hombres casados.

El herrador y el herrero desempeñan un papel aná­logo en los rituales de las «Sociedades de hombres» japo­nesas n. El Dios Herrero se llama Ame no ma-hitotstt no kami, «la divinidad tuerta del cielo». La mitología japonesa presenta un cierto número de divinidades tuer­tas y de una sola pierna, inseparables de las Manner­bünde: son los dioses del rayo y de las montañas, o demonios antropófagos (Slawiíc, p. 698). Igualmente se representaba a Odhin como a un viejo tuerto, o con vista débil, e incluso ciego K. Por otra parte, el caballo fan­tasma que llegaba al taller del herrador era tuerto. Hay en todo ello un motivo mítico-ritual bastante complejo, cuyo estudio no podemos emprender ahora. Lo que nos importa es que se trata de un argumento de las Manner­bünde, en el que las invalideces de los personajes (tuer­to, cojo, etc.) recuerdan probablemente mutilaciones re­lacionadas con la iniciación o describen el aspecto de los maestros de la misma (talla pequeña, enanos, etc.). Las divinidades señaladas con una invalidez estaban en relación con los «extranjeros», los «hombres de la mon­taña», los «enanos subterráneos»; es decir, con las po­blaciones montañosas y excéntricas, rodeadas de misterio, generalmente de temibles metalúrgicos. En las mitologías nórdicas los enanos tenían fama de admirables herreros; algunas hadas gozaban del mismo prestigio 13. La tradi­ción de un pueblo de pequeña talla, consagrado casi enteramente a los trabajos de la metalurgia y viviendo en las profundidades de la Tierra, queda también testi­moniada en otros lugares. Para los Dogones, los primeros habitantes de la región, míticos, eran los Negrillos, hoy desaparecidos bajo tierra: forjadores infatigables, aún se escucha el resonar de sus martillos u. Las «sociedades de hombres» guerreras, tanto en Europa como en Asia central y extremo-oriental (Japón), implican ritos de ini­ciación en que el herrero y el herrador ocupaban un lu­gar destacado. Es sabido que, tras la cristianización de la Europa nórdica, Odhin y la «caza furiosa» fueron asimilados al Diablo y las hordas de condenados. Se daba así un gran paso hacia la asimilación del herrero y del herrador con el Diablo 15. El «dominio del fuego», común al mago, al chamán y al herrero, fue considerado en el folklore cristiano como obra diabólica; una de las imágenes populares más frecuentes presenta al Diablo arrojando llamas por la boca. Quizá tengamos aquí la última transformación arquetípica del «Señor del Fuego». Odhin-Wotan era el dueño del wut, el furor religiosus (Wotan, id est furor, escribía Adam von Bremen). Aho­ra bien: el wut, como algunos otros términos del voca­bulario religioso indoeuropeo (furor, ferg, menos), ex­presa la «cólera» o el «calor extremo» provocado por una ingestión excesiva de potencia sagrada. El guerrero se «calienta» durante su combate de iniciación, produce un calor que no deja de recordar el «calor mágico» pro­ducido por los chamanes y los yogui. En este terreno el guerrero recuerda a otros «señores del fuego» —cha­manes, yogui, magos, herreros—. Las relaciones ante­riormente indicadas entre los Dioses combatientes (Baal, Indra, etc.) y los Herreros divinos (Kóshar, Tvastrah, etcétera) son susceptibles de una nueva luz: el Herrero divino trabaja con el fuego; el Dios guerrero con su furor produce mágicamente el fuego en su propio cuerpo. Es la intimidad, la «simpatía» con el Fuego, lo que hace convergentes a experiencias mágico-religiosas tan dife­rentes y solidariza vocaciones tan dispares como las del chamán, el herrero, el guerrero y el místico.

Conviene recordar ahora un tema folklórico europeo que incluye el argumento del rejuvenecimiento por el fuego del horno I6. Jesucristo (o San Pedro, San Nicolás, San Elias) desempeña el papel de un herrador que cura a los enfermos y rejuvenece a los ancianos introducién­dolos en un horno caliente o forjándolos sobre un yun­que. Un soldado, un sacerdote (o San Pedro, etc.) o un herrero tratan de repetir el milagro con una anciana (la suegra, etc.), pero fracasan lamentablemente. Pero Jesu­cristo salva al imprudente herrero resucitando a la víc­tima de sus huesos o de sus cenizas. En cierto número
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