Herreros y alquimistas mircea Eliade






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asur afirma la necesidad de ofrecer sacrificios humanos a los hornos. Tal vez sea el sacrificio humano el que ponga de manifiesto en los citados mitos el ca­rácter demoníaco de los trabajos metalúrgicos. La fusión de metales es tenida por obra siniestra, que requiere el sacrificio de una vida humana6. Vestigios de sacrificios humanos con fines metalúrgicos pueden hallarse asimismo en África. Entre los achewa de Nyasalandia, el que quie­re construir un horno se dirige a un mago (sing-anga). Este prepara «medicinas», las mete en una mazorca de maíz y enseña a un niño la manera de arrojarlas sobre una mujer encinta, lo que tendrá por efecto hacerla abor­tar. Luego el mago busca el feto y lo quema, junto con otras «medicinas», en un agujero excavado en la tierra. Encima de este agujero se construye el horno7. Los otonga tienen la costumbre de arrojar en los hornos una parte de la placenta para garantizar la fusión del me­tal8. Dejando momentáneamente aparte el simbolismo del aborto, estos ejemplos africanos representan una for­ma intermedia entre el sacrificio humano concreto o simbólico (las uñas y los cabellos) y el sacrificio de sus­titución (por ejemplo, el sacrificio de los pollos entre los herreros de Tanganika, citado anteriormente). La idea de relaciones míticas entre el cuerpo humano y los minerales aflora igualmente en otras costumbres. Así es como los Mandigo de Senegambia, después de un accidente, abandonan la mina de oro durante varios años: calculan que el cuerpo, al descomponerse, determinará un nuevo y rico yacimiento aurífero (Cline, op. cit., pá­gina 12).

Estos mitos, ritos y costumbres suponen un tema mí­tico original que los precede y justifica9: los metales proceden del cuerpo de un dios o de un ser sobrenatu­ral inmolado. Y como los ritos no son más que la reite­ración más o menos simbólica del acontecimiento que, in tilo tempore, inauguró el comportamiento o reveló las fases de un trabajo, la obra metalúrgica exige por ende la imitación del sacrificio primordial. Tras todo cuanto hemos dicho sobre el mito cosmogónico (el hombre, las plantas, el mundo que nace del cuerpo de un Gigante primordial), el tema de los metales que nacen de los miembros de un ser divino aparece como una variante del mismo motivo central. Del mismo modo que los sacrificios en beneficio de las cosechas reiteran simbó­licamente la inmolación del ser primordial que, ab ori­gine, había hecho posible la aparición de los granos, el sacrificio (concreto o simbólico) de un ser humano con ocasión de la obra metalúrgica tiene por objeto imitar un modelo mítico.

Existen efectivamente varias tradiciones míticas so­bre el origen de los metales, según las cuales éstos «sa­len» del cuerpo de un dios o de un ser semidivino 10. En el mito del «desmembramiento» de Indra se nos dice que, embriagado por un exceso de soma, el cuerpo del dios comenzó a fluir, dando así origen al nacimiento de toda clase de criaturas, plantas y metales. «De su ombligo escapó su hálito vital, que se hizo plomo, no hierro, no plata; de su semen fluyó su forma y se con­virtió en oro» (Zatapatha Brahmana, XXI, 7, 1, 7). Un mito similar se manifiesta entre los iranianos. Cuando Gayomart, el hombre primordial, fue asesinado por el corruptor «dejó su semen fluir a tierra (...). Como el cuerpo de Gayomart estaba hecho de metal, las siete especies de metales surgieron de su cuerpo.»u Según el Zath-sparam, X, 2, «cuando murió, las ocho especies de minerales de naturaleza metálica provinieron de sus diversos miembros, a saber: el oro, la plata, el bronce, el estaño, el hierro, el plomo, el mercurio y el diamante; y el oro, en razón de su perfección, salió de la vida mis­ma y de su semen» 12. Observemos de paso que es del semen de Gayomart, previamente purificado por la rota­ción del cielo, de donde más tarde había de nacer la primera pareja humana bajo la forma de una planta de rivás, motivo que sitúa esta tradición iraniana en un complejo mítico muy antiguo y extendido.

Un mito paralelo fue probablemente compartido por los griegos. P. Roussel había llamado ya la atención so­bre un proverbio griego transmitido por Zenobio, que podría permitir la reconstitución de una leyenda sobre el origen del hierro: «Dos hermanos hacen morir a un tercer hermano; lo sepultan bajo una montaña; su cuer­po se transforma en hierro.» 13

Morfológicamente, todas estas tradiciones son tribu­tarias del mito cosmogónico que constituye su modelo ejemplar. Pero no debemos olvidar que, a ciertos niveles religiosos, la cosmogonía aparece solidaria de un simbo­lismo embriológico: la creación del mundo partiendo del cuerpo de un ser primordial es descrita y concebida a veces como el modelaje de un feto. El cosmos toma entonces forma de materia primera, «embrionaria», por ser informe, caótica. Se llega así a una serie de imáge­nes complementarias equivalentes, en que el cuerpo sa­crificado es asimilado a la materia primera y, por tanto, a la masa germinal y al feto. Análogo estado de cosas parece testimoniar ciertas tradiciones mesopotámicas. Los hechos que vamos a examinar nos permitirán quizá apren­der las relaciones existentes entre la valorización de los minerales como embriones y los sacrificios ofrecidos a los hornos.

7. Simbolismos y rituales metalúrgicos babilónicos
En 1925, tras la publicación por R. Campbell Thomp­son de unos textos químicos asirios, R. Eisler adelantó la hipótesis de la existencia de una alquimia babilónica. Se apoyaba para ello en el término ku-bu (feto, embrión), que él entendía como aplicado a los minerales dispuestos en el horno, asimilado simbólicamente a la matriz. Como hemos visto, existen numerosas tradiciones que atesti­guan esta concepción. Pero para R. Eisler se trataba de algo más: creía poder identificar en esta creencia babi­lónica el primer documento histórico referente a la idea de la maduración y del perfeccionamiento de los meta­les y, por consiguiente, creía poder establecer de una vez el origen mesopotámico de la alquimia. La hipótesis de R. Eisler parece haber sido aceptada por Abel Rey, si bien, en cambio, fue rechazada por el asiriólogo H. Zim-mern y por los historiadores de la química Ernest Darmstaedter y Julián Ruska. El Néstor de la historia de la alquimia, E. von Lippmann, se mantuvo en una posición neutral1

He aquí el texto capital, perteneciente a la biblioteca de Asurbanípal, que reproducimos según la traducción inglesa de Campbell Thompson, comparada con la ver­sión alemana de Zimmern y la francesa de R. Eisler:
Cuando dispongas el plano de un horno de mineral (ku-bu), buscarás un día favorable en un mes favorable, y entonces dispon­drás el plano del horno. Mientras construyen el horno, tú (les) mirarás y trabajarás tú mismo (?) (en la casa del horno), tú lle­varás los embriones (nacidos antes de tiempo...)2, otro (?), un extranjero, no debe entrar ni nadie impuro debe marchar ante ellos: tú debes ofrecer las libaciones debidas ante ellos: el día en que deposites el «mineral» en el horno, harás ante el «em­brión» un sacrificio3; pondrás un incensario con incienso de pino, verterás cerveza kurunna ante ellos.

Encenderás un fuego bajo el horno y dispondrás el «mineral» en el horno. Los hombres que lleves para tener cuidado del horno deben purificarse y (después) les colocarás para que cuiden del horno. La madera que quemes será de estoraque (sarbatu), en leños gruesos descortezados, que no hayan estado (expuestos) en haces, sino conservados en envolturas de piel, y cortados en el mes de Ab. Esta leña la pondrás bajo tu horno.
Pese a las vacantes y perfeccionamientos de que son susceptibles las traducciones de Thompson y Meissner, el carácter ritual del texto es indiscutible. Como era de esperar, la obra metalúrgica aparece también en Mesopotamia implicando una serie de actos litúrgicos. Se ele­gían un mes y un día fastos, se consagraba la zona del horno, prohibiendo la entrada a los profanos y, a la vez que se purificaba a los obreros, se ofrecían libaciones a los minerales, que iban seguidas de sacrificios, se bus­caba una madera especial para el fuego (los detalles de que estuviera descortezada y envuelta en piel bien pu­dieran testimoniar una determinada «simpatía mágica» para con los minerales o «embriones») (?). Basta con pensar en los herreros africanos para advertir hasta qué punto está la obra metalúrgica inmersa en una atmós­fera sagrada. Incluso pueden aportarse paralelismos afri­canos al texto mesopotámico que acabamos de ofrecer. Los herreros Ushi sacrifican pollos en los hornos4; los Bakitara inmolan un carnero y una gallina sobre el yun­que (Cline, op. cit., p. 118). La costumbre de colocar

«medicinas» en los hornos está muy extendida (ibíd., pá­gina 125). Las libaciones de cerveza son asimismo prac­ticadas: entre los baila, el primer ritual que se verifica en la fusión consiste en verter cerveza mezclada con «medicinas» en los cuatro hoyos excavados bajo el horno (ibíd., p. 120).

La controversia ha venido girando en torno al senti­do del término ku-bu, «embrión». Otro texto, igualmente traducido y publicado por Campbell Thompson, nos transmite la siguiente instrucción:
Saca los embriones, ofrece un sacrificio, haz sacrificios (por los muertos), por los obreros; reúne el resto (?) en un molde, pon (-le) en el horno.
Robert Eisler traduce ku-bu por «embriones divinos»; Thureau-Dangin, por «una especie de demonios»5; Zim-mern, por «aborto»6. Ruska cree que el término en cues­tión no se refiere a «embriones», sino a «fetiches» o «protectores del trabajo de la fusión»7. El problema consiste, pues, en saber si ku-bu se refiere a los mine­rales dispuestos en los hornos, o designa ciertos espíritus, o más bien se refiere a abortos indispensables para el buen éxito de la fusión, en razón de su magia. No nos corresponde a nosotros tomar partido en esta discusión sobre filología mesopotámica, pero nos parece que cual­quiera que sea la traducción que corresponda a ku-bu, este término tiene de todos modos un significado «em­briológico». Thureau-Dangin recuerda que en el relato de la Creación (Enuma elish, IV, 136, I, 3) «ku-bu designa al cuerpo monstruoso de Tiamat, asimilado a un feto, con el cual el demonio se dispone a formar el mundo» (op. cit., p. 82). En los textos metalúrgicos, ku-bu puede así designar los minerales, la materia prime­ra, «embrionaria», que será «formada» en los hornos. Las equivalencias paleo-orientales antes señaladas (cf. pp. 40-41) entre la mina y el útero confirmarían esta interpre­tación. Si R. Eisler tiene razón al traducir ku-bu por (minerales = ) «embriones», entonces el horno era con­ceptuado como una matriz que sustituía a la de la Madre Tierra y en la cual los minerales concluían su proceso de maduración. Los sacrificios verificados con tal ocasión serían, por tanto, comparables a los sacrificios obsté­tricos.

La otra interpretación (ku-bu se refiere a embriones humanos) encuentra asimismo confirmaciones en los ri­tuales metalúrgicos. Hemos visto que en el África negra contemporánea el hechicero provoca un aborto a fin de obtener medíante el feto el éxito de la fusión (véase pá­gina 62). Tal comportamiento implica también la asi­milación mágica de los minerales a los embriones. Porque este rito cruel no puede tener más que dos «justificacio­nes» teóricas: 1) el feto transfiere su reserva intacta de vida a la operación metalúrgica para garantizar su buen éxito; 2) precipita el «nacimiento» del metal en los hornos, haciéndole nacer antes de tiempo, según su propia imagen. En el primer caso, la elección de un «embrión» en vez de un adulto (o, por sustitución, una víctima animal) deja entrever que los forjadores achewa percibían oscuramente una equivalencia entre el mineral y el feto. En el segundo, la función obstétrica de la metalurgia es evidente: la fusión —y, por tanto, la «ma­duración»— del metal es un nacimiento antes de tiempo, y de ahí el papel mágico de los embriones.

Según cualquiera de las dos hipótesis resulta claro que los metalúrgicos eran más o menos conscientes de que su arte aceleraba el «crecimiento» de los minerales. Por otra parte, esta idea estaba, como ya hemos visto, umversalmente extendida. Los metales «crecen» en el seno de la Tierra. Y, como aún creen los campesinos del Tonkín, si el bronce permaneciera sepultado durante el tiempo requerido, se convertiría en oro. En resumen: según los símbolos y los ritos que acompañan a los trabajos metalúrgicos vemos la idea de una colaboración activa del hombre con la Naturaleza, e incluso tal vez la creencia de que el hombre puede merced a su trabajo sustituir a la Naturaleza. El acto ejemplar de la cosmo­gonía a partir de una materia prima viviente era a veces concebido como una embriología cósmica: el cuerpo de Tiamat era en manos de Marduk como un «feto». Y como toda creación y toda construcción reproducían el modelo cosmogónico, el hombre, al fabricar cualquier cosa, imitaba la obra del Demiurgo. Pero allí donde los símbolos cosmogónicos se presentaban en un contexto embriológico la fabricación de objetos equivalía a una procreación; toda fabricación a partir de la materia vi­viente ctónica (en nuestro ejemplo, los minerales) ad­quiría una valencia obstétrica: se intervenía en un pro­ceso de crecimiento, se aceleraba la maduración o se provocaba la expulsión del embrión. Por esto es por lo que la obra metalúrgica podía concebirse como una ope­ración obstétrica antes de término, el equivalente a un aborto.

Partiendo de tales experiencias rituales en relación con las técnicas metalúrgicas y agrícolas, se va precisando poco a poco la idea de que el hombre puede intervenir en el ritmo temporal cósmico, de que puede anticipar un resultado natural, precipitar un crecimiento. No se trataba, claro está, de ideas claras, formuladas con pre­cisión, sino de presentimientos, de adivinaciones, de «simpatía». Sin embargo, éste es el punto de partida del gran descubrimiento, según el cual el hombre puede asumir la obra del Tiempo, idea que hemos encontrado claramente expresada en los textos occidentales poste­riores (véanse pp. 45 y ss.). Es aquí donde encontramos, repetimos, el fundamento y justificación de la obra al-química, la opus alchymicum que ha obsesionado la ima­ginación filosófica durante cerca de dos mil años: la idea de la transmutación del hombre y el Cosmos por medio de la Piedra filosofal. En el nivel mineral de la existen­cia la Piedra realizaba este milagro; suprimía el intervalo temporal que separaba la condición actual de un metal «imperfecto» («crudo») de su condición final (ya con­vertido en oro). La Piedra realizaba la transmutación casi instantánea: de este modo venía a sustituir al Tiempo.

8. Los «señores del fuego»
El alquimista, como el herrero, y antes que ellos el alfarero, es un «señor del fuego», pues mediante el fuego es como se opera el paso de una sustancia a otra. El primer alfarero que consiguió gracias a las brasas endu­recer considerablemente las «formas» que había dado a la arcilla debió sentir la embriaguez del demiurgo: aca­baba de descubrir un agente de transmutación. Lo que el calor «natural» —el del sol o el vientre de la Tierra— hacía madurar lentamente, lo hacía el fuego en un tempo insospechado. El entusiasmo demiúrgico surgía del oscuro presentimiento de que el gran secreto con­sistía en aprender a hacer las cosas «más aprisa» que la Naturaleza; es decir —pues siempre debemos traducir a los términos de la experiencia espiritual del hombre arcaico—, a intervenir sin riesgo en el proceso de la vida cósmica del ambiente. El fuego se declaraba como un medio de hacer las cosas «más pronto», pero también servía para hacer algo distinto de lo que existía en la Naturaleza, y era, por consiguiente, la manifestación de una fuerza mágico-religiosa que podía modificar el mundo y, por tanto, no pertenecía a éste. Esta es la razón por la cual ya las culturas más arcaicas imaginan al es­pecialista cíe ío sagrado —eí
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