Herreros y alquimistas mircea Eliade






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a los «espíritus del cobre» ancestrales que rigen la mina. Siempre es el jefe el que decide dónde se debe comenzar a perforar para no molestar ni irritar a los es­píritus de la montaña. Igualmente los bakitara tienen que apaciguar a los espíritus, «dueños del lugar», y du­rante los trabajos han de observar numerosos tabúes, sobre todo sexuales7. La pureza ritual desempeña un papel con­siderable. Los aborígenes de Haití estiman que para en­contrar oro hay que ser casto y sólo comienza la bús­queda del mineral tras largos ayunos y varios días de abstinencia sexual. Están convencidos de que si la bús­queda resulta vana, es a consecuencia de su impureza8. Luego veremos la importancia de los tabúes sexuales du­rante los trabajos de la fusión del metal.

Así, por ejemplo, en los mineros comprobamos ritos que implican estado de pureza, ayuno, meditación, ora­ción y actos de culto. Todas estas condiciones están de­terminadas por la naturaleza de la operación que se va a efectuar. Se trata de introducirse en una zona reputada como sagrada e inviolable; se perturba la vida subte­rránea y los espíritus que la rigen; se entra en contacto con una sacralidad que no pertenece al universo religioso familiar, sacralidad más profunda y también más peli­grosa. Se experimenta la sensación de aventurarse en un terreno que no pertenece al hombre por derecho, siéndole enteramente ajeno ese mundo subterráneo, con sus mis­terios de la lenta maduración mineralógica que se desarro­lla en las entrañas de la Madre Tierra. Se experimenta, sobre todo, la sensación de inmiscuirse en un orden natu­ral regido por una ley superior, de intervenir en un pro­ceso secreto y sacro. Así, se toman todas las precauciones indispensables a los ritos de pasaje. Se siente oscura­mente que se trata de un misterio que implica la exis­tencia humana, pues el hombre, efectivamente, ha sido marcado por el descubrimiento de los metales, casi ha cambiado su modo de ser, dejándose arrastrar en la obra minera y metalúrgica. Todas las mitologías de las minas y las montañas, todos esos innumerables genios, hadas, fantasmas y espíritus, son las múltiples epifanías de la presencia sagrada que se afrontan cuando se penetra en los niveles geológicos de la Vida.

Aun cargados de esta sacralidad tenebrosa, los mine­rales son encaminados a los hornos. Entonces comienza la operación más difícil y aventurada. El artesano sustitu­ye a la Madre Tierra para acelerar y perfeccionar el «cre­cimiento». Los hornos son, en cierto modo, una nueva matriz, una matriz artificial donde el mineral concluye su gestación. De aquí, el número ilimitado de tabúes, pre­cauciones y rituales que acompañan a la fusión. Se ins­talan campamentos cerca de las minas, y se vive en ellos virtualmente puro durante toda la temporada (en África suelen ser varios meses, por lo general entre mayo y noviembre)'. Los fundidores achewa observan la con­tinencia más rigurosa durante todo este tiempo (Cline, op. cit., 119). Los bayeka no aceptan mujeres cerca de los hornos (ibíd., 120). Loj baila, quienes viven aislados durante toda la temporada metalúrgica, son todavía más rigurosos: el obrero que ha tenido una polución nocturna ha de ser purificado (ibíd., 121). Los mismos tabúes se­xuales se encuentran entre los bakitara; si el fabricante de fuelles ha tenido relaciones sexuales durante su tra­bajo, los fuelles se llenarán constantemente de agua y rehusarán el cumplir con su cometido 10. Los pangwe se abstienen de toda relación sexual desde dos meses antes, y durante todo el tiempo que duran los trabajos de fu­sión (ibíd., 125). La creencia de que el acto sexual pue­de comprometer el buen éxito de los trabajos es común a todo el África negra. La prohibición de las relaciones se­xuales aparece incluso en las canciones ri oíales que se entonan durante los trabajos. Así cantan los baila: «Kon-gwe (clítoris) y Malaba la negra (labiae feminae) me ho­rrorizan. He visto a Kongwe soplando el fuego. Kongwe me horroriza. ¡Pasa lejos de mí, pasa lejos, tú, con quien hemos tenido relaciones repetidas, pasa lejos de mí!» (Cline, 121).

Estas canciones pueden ser oscuros vestigios de una asimilación del fuego y el trabajo de la fusión al acto sexual. En tal caso, ciertos tabúes sexuales metalúrgicos se explicarían por el hecho de que la fusión representa una reunión sexual sagrada, una hierogamia (cf. la mez­cla de minerales «machos» y «hembras»), y que, por consiguiente, todas las energías sexuales deben ser reser­vadas para asegurar mágicamente el éxito de la unión que se verifica en los hornos. Porque todas estas tradi­ciones son extremadamente complejas y se encuentran en la base y confluencia de diferentes simbolismos. A la idea de los minerales-embriones que acaban su gestación en los hornos se añade la idea de que la fusión, por ser una «creación», implica necesariamente la previa unión entre los elementos macho y hembra. Luego veremos cómo en China se nos ofrece un simbolismo similar.

En el mismo orden de ideas, las ceremonias metalúr­gicas africanas presentan ciertos elementos de simbolismo nupcial. El herrero de la tribu Bakitara trata al yunque como si fuera una desposada. Cuando los hombres lo transportan a casa cantan como en una procesión nup­cial. Al recibirlo el herrero le hisopea con agua «para que tenga muchos hijos» y dice a su mujer que ha traído a casa una segunda esposa (Cline, p. 118). Entre los baila, mientras se construye un horno, un muchacho y una muchacha penetran en su interior y pisotean habas (el crepitar que producen simboliza el ruido del fuego). Los niños que han representado este papel deberán ca­sarse más tarde (ib'id., p. 120).

Cuando se dispone de observaciones más precisas y elaboradas, se aprecia mejor el carácter ritual del trabajo metalúrgico en África. R. P. Wyckaert, que ha estudiado de cerca los herreros de Tanganika, nos cuenta detalles significativos. Antes de ir al campamento el maestro he­rrero invoca la protección de las divinidades. «Vosotros, abuelos que nos habéis enseñado estos trabajos, prece-dednos (es decir, estad ante nosotros para mostrarnos cómo debemos obrar). Tú, el misericordioso que habita no sabemos dónde, perdónanos. Tú, mi sol, mi luz, cuida de mí. Yo os doy a todos las gracias.» n La víspera de la partida para los altos hornos todo el mundo debe guardar continencia. Por la mañana, el maestro herrero saca su caja de medicinas, la adora, y luego todos deben desfilar ante ella, arrodillándose y recibiendo sobre la frente una ligera capa de tierra blanca. Cuando la co­lumna se encamina hacia los hornos, un niño lleva la caja de medicinas y otro un par de pollos. Una vez en el campamento, la operación más importante es la intro­ducción de las medicinas en el horno y el sacrificio que la acompaña. Los niños llevan los pollos, los inmolan ante el maestro herrero e hisopean con la sangre el fuego, el mineral y el carbón. Luego «uno de ellos entra en el hogar, mientras que el otro se queda en el exte­rior, y ambos continúan las aspersiones diciendo varias veces (a la divinidad, sin duda): '¡Enciende tú mismo el fuego y que arda bien!'» (op. cit., p. 375). Según las indicaciones del jefe, el niño que se encuentra en el interior del horno coloca las medicinas en la zanja que se ha excavado en el fondo del hogar, deposita allí tam­bién las cabezas de los dos pollos y lo recubre todo con tierra. También la forja es santificada con el sacrificio de un gallo. El herrero entra en el interior, inmola la víctima y esparce su sangre sobre la piedra-yunque, di­ciendo: «Que esta fragua no estropee mi hierro. ¡Que me dé riqueza y fortuna!» (ibíd., p. 378).

Examinemos el papel ritual de los dos niños y el sa­crificio a los hornos. Las cabezas de pollo enterradas bajo el hogar pueden representar un sacrificio de susti­tución. Las tradiciones chinas nos suministran impor­tantes aclaraciones al respecto. Recordemos que Yu el Grande, minero afortunado, goza también de la repu­tación de haber fundido las nueve calderas de los Hia, que aseguraban la unión de lo Alto y lo Bajo n. Las calderas eran milagrosas: se trasladaban de sitio por sí mismas, podían hervir sin que se las calentase y sabían reconocer la virtud (uno de los grandes suplicios con­sistía en hacer hervir al culpable) (Granet, p. 491, nú­mero 2). Cinco de las calderas de Yu correspondían a yang y las otras cuatro a yin (ibíd., p. 496). Por tanto, constituían una pareja, una unión de los contrarios (cielo-tierra, macho-hembra) y eran al mismo tiempo imagen de la totalidad cósmica. Como ya hemos visto, los me­tales eran clasificados también en machos y hembras. En la fusión participaban muchachos y muchachas vír­genes, y ellos eran los que arrojaban agua sobre el metal al rojo (ibíd., p. 497). Ahora bien, si el temple de una espada era considerado como una unión del fuego y el agua (ibíd., p. 498), si la aleación era considerada asi­mismo como un rito de matrimonio (p. 499), el mismo simbolismo iba implícito necesariamente en la operación de la fusión del metal.

En relación directa con el simbolismo sexual y mari­tal encontramos el sortilegio sangriento. Mo-ye y Kan-tsiang, macho y hembra, son una pareja de espadas; también, como marido y mujer, son un matrimonio de herreros. Kan-tsiang, el marido, recibió el encargo de for­jar dos espadas, se puso mano a la obra y no pudo conseguir, después de tres meses de esfuerzo, que el metal entrara en fusión. A su mujer, Mo-ye, que le pre­guntaba la razón de su fracaso, le respondía evasiva­mente. Ella insistió, recordándole el principio que la transformación de la materia santa (el metal) exige para verificarse (el sacrificio de) una persona. Kan-tsiang contó entonces que su maestro sólo había conseguido que se realizara la fusión arrojándose él mismo con su mujer en el horno. Mo-ye se declaró entonces presta a dar su cuerpo si también su marido daba a fundir el suyo (Granet, p. 500). Se cortaron los cabellos y las uñas. «Juntos arrojaron al horno los cabellos y las ras­paduras de uñas. Dieron la parte por dar el todo» (ibíd., p. 501). Y según otra versión: «Como Mo-ye preguntase a su marido por qué no se realizaba la fu­sión, éste respondió: 'Ngeu, el fundidor, mi difunto maes­tro (o el Viejo Maestro), quería fundir una espada, y como no se produjese la fusión, se sirvió de una don­cella para desposarla con el genio del horno.' Mo-ye, al oír estas palabras, se arrojó dentro del horno y la colada se hizo» (ibíd., p. 501, n. 3). El Wu-Yue-tch'uen-isieu (c. 4.°), describiendo la fabricación de dos «ganchos o cuchillas en forma de hoz», señala que el artesano las ha consagrado con la sangre de sus dos hijos (ibíd., pá­gina 502, n. 2). «Cuando Keu-tsien, rey de Yue, se hizo fundir ocho espadas maravillosas antes de recoger el me­tal sacrificó bueyes y caballos blancos al genio de Kuen-wu. Kuen-wu es un nombre de espada» (ibíd., p. 493)13. El tema de un sacrificio, incluso personal, con ocasión de la fusión, motivo mítico-rítual en relación más o me­nos directa con la idea del matrimonio místico entre un ser humano (o una pareja) y los metales, es particular­mente importante. Morfológicamente, este tema se ins­cribe en la gran clase de sacrificios de «creación», cuyo modelo ejemplar en el mito cosmogónico acabamos de ver. Para asegurar la fusión, «el matrimonio de los me­tales», es preciso que un ser vivo «anime» la operación, y el mejor camino para ello sigue siendo el sacrificio, la transmisión de una vida. El alma de la víctima cambia de envoltura carnal: cambia su cuerpo humano por un nuevo «cuerpo» —un edificio, un objeto, sencillamente una operación—, al cual hace «vivo», al que «anima». Los ejemplos chinos que acabamos de citar parecen con­servar el recuerdo de un sacrificio humano para el éxito de la obra metalúrgica. Sigamos la investigación en otras zonas culturales. Veremos en qué medida el sacrificio de los hornos constituye una aplicación del mito cosmogó­nico y los nuevos valores que desarrolla.

6. Sacrificios humanos a los hornos
Un grupo de mitos de algunas tribus aborígenes de la India central nos cuentan la historia de los forjadores asur, que, según los bishor, fueron los primeros en fun­dir el hierro en toda la Tierra. Pero el humo de sus hornos molestaba al Ser Supremo, Sing-bonga, que envió pájaros mensajeros para exhortarles a que cesaran en los trabajos. Los asur respondieron que la metalurgia era su ocupación favorita y mutilaron a los mensajeros. Entonces el propio Sing-bonga descendió a la Tierra, se acercó a los asur sin que éstos le reconocieran y, ha­biéndoles persuadido para que entraran en los hornos, les abrasó. Como consecuencia de ello sus viudas se convirtieron en espíritus de la Naturaleza1.

El mito lo volvemos a encontrar más completo entre los munda. Al principio los hombres trabajaban en el cielo para Sing-bonga. Pero el reflejo de sus rostros en el agua les reveló que eran semejantes y, por tanto, iguales a Dios y rehusaron servirle; Sing-bonga les pre­cipitó entonces a la Tierra. Cayeron en un lugar donde había mineral de hierro, y los hombres construyeron siete hornos. El humo incomodaba a Sing-bonga, que tras haber enviado inútilmente a sus mensajeros los pájaros descendió a la Tierra en forma de un anciano enfermo. Los hornos no tardaron en derrumbarse. Los herreros, que no habían reconocido a Sing-bonga, le pidieron consejo. «Debéis ofrecer un sacrificio humano», les dijo. Y como no encontraban víctima voluntaria, se ofreció el propio Sing-bonga. Penetró en el horno, ca­lentado al rojo blanco, y salió después de tres días, llevando oro y piedras preciosas consigo. A instigación del dios los herreros le imitaron. Las mujeres manejaban los fuelles, y los herreros, abrasados vivos, aullaban en los hornos. Sing-bonga tranquilizó a las esposas de los hombres: sus maridos gritaban porque se estaban repar­tiendo los tesoros. Las mujeres continuaron su tarea hasta que los hombres quedaron reducidos a cenizas. Y como ellas preguntasen entonces lo que iba acontecer, Sing-bonga las transformó en bhut, espíritus de las co­linas y las rocas 2.

Finalmente citaremos un mito análogo existente en­tre los oraones. Los doce hermanos Asur y los tre­ce hermanos Lodha, todos herreros famosos, irritan a Bhagwan (= Dios) con el humo de sus hornos. Bhagwan desciende a la Tierra bajo la apariencia de un anciano enfermo, siendo albergado por una viuda. Como los herreros le consultaron acerca de la reparación de los hor­nos, acaban, como en el mito munda, por ser quemados vivos 3.

Los asur constituyen una tribu de herreros que vi­vían probablemente al norte de Penjab. De allí fueron expulsados por los invasores arios hacia su residencia actual en las montañas de Chota Nagpur. Walter Rubén ha demostrado las probables relaciones existentes entre los asur y los asura de los himnos védicos, enemigos de los dioses (deva), con los cuales sostenían innume­rables combates4. Puede fácilmente calcularse el interés de las tradiciones mitológicas concernientes a los forja­dores asur conservadas por los pueblos vecinos munda y dravídico (oraones). Para el propósito que nos anima importa subrayar ante todo el motivo del sacrificio hu­mano asociado a la metalurgia, motivo a medias velado en las leyendas que acabamos de señalar. En su forma actual, estos mitos nos llaman la atención por el odio al hierro y a la metalurgia. A juicio de sus pueblos ve­cinos, los herreros asur encontraron en el fuego de sus hornos una muerte merecida, porque con el humo de los mismos habían molestado e irritado al dios supremo. Se adivina en este odio al trabajo del herrero la misma actitud negativa y pesimista presente, por ejemplo, en la teoría de las edades del mundo, en la cual la edad del hierro es considerada como la más trágica y al mis­mo tiempo la más vil. No puede excluirse el suponer a tal actitud un fundamento histórico. La edad del hierro se ha caracterizado por una sucesión ininterrumpida de guerras y masacres, por la esclavitud en masa y por un empobrecimiento casi general5. En la India, como en los demás sitios, hay una mitología que solidariza a los trabajadores del hierro con las diversas catego­rías de gigantes y demonios: todos son enemigos de unos dioses que representan otras «edades» y otras tra­diciones.

Pero, además de este «odio al hierro», la mitología de los
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