Herreros y alquimistas mircea Eliade






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Trustees de la Fundación pueden estar seguros de nuestro agradecimien­to. Del mismo modo estamos obligados a nuestra amiga la señora Olga Froebe-Kapteyn, que generosamente puso a nuestra disposición las ricas colecciones del Archiv für Symbolforschung, fundado por ella en Ascona, y a nuestros amigos el doctor Henri Hunwald, Marcel Lei-bovici y Nicolás Morcovescou, que nos han facilitado las investigaciones y contribuido a completar la docu­mentación: reciban aquí nuestra más sincera gratitud. Gracias a la amistad del doctor Rene Laforgue y de Délia Laforgue, del doctor Roger Godel y de Alice Godel, nos ha sido posible trabajar en sus casas de París y de Val d'Or, y es un placer para nosotros corresponder desde aquí a su amistad con nuestra gratitud. Y, final­mente, nuestro caro amigo el doctor Jean Gouillard ha tenido la amabilidad de leer también esta vez y corregir el manuscrito francés de esta obra; nos resulta difícil poder expresarle nuestro agradecimiento por el trabajo considerable que viene dedicando desde hace años a la corrección y mejora de nuestros textos. Gracias a él, en gran parte, se ha hecho posible la aparición de nues­tros libros en francés.

Le Val d'Or, enero de 1956

1. Meteoritos y metalurgia
Los meteoritos no podían dejar de impresionar; veni­dos de «lo alto», del cielo, participaban de la sacralidad celeste. En determinado momento y en ciertas culturas incluso es probable que se imaginase el cielo de piedra1. Todavía en nuestros días los australianos creen que la bóveda celeste es de cristal de roca y el trono del dios uraniano de cuarzo. Pues bien, los pedazos de cristal de roca —que se suponen desprendidos de la bóveda celestial— desempeñan un papel esencial en las inicia­ciones chamánicas de los australianos, de los negritos de Malaca, en América del Norte, etc.2. Estas «piedras de luz», como las llaman los dayaks marítimos de Sarawak, reflejan todo cuanto ocurre sobre la tierra; revelan al chamán lo que ha sucedido al alma del enfermo y por dónde ha escapado ésta. Conviene recordar que el cha­mán es aquel que «ve» porque dispone de una visión sobrenatural: «ve» a lo lejos tanto en el espacio como en el tiempo futuro; percibe igualmente lo que perma­nece invisible para los profanos (el «alma», los espíritus, los dioses). Durante su iniciación se rellena al chamán con cristales de cuarzo. Dicho de otro modo: su capa­cidad visionaria y su «ciencia» le vienen, al menos en parte, de una solidaridad mística con el cielo3.

Hagamos hincapié en esta primera valorización reli­giosa de los aerolitos: caen sobre la tierra cargados de sacralidad celeste; por consiguiente, representan al cielo. De ahí procede muy probablemente el culto profesado a tantos meteoritos o incluso su identificación con una divinidad: se ve en ellos la «forma primera», la mani­festación inmediata de la divinidad. El palladion de Troya pasaba por caído del cielo, y los autores antiguos reconocían en él la estatua de la diosa Atenea. Igualmen­te se concedía un carácter celeste a la estatua de Arte­misa en Efeso, al cono de Heliogábalo en Emesis (Herod., V, 3, 5). El meteorito de Pesinonte, en Frigia, era venerado como la imagen de Cibeles, y como consecuen­cia de una exhortación deifica fue trasladado a Roma poco después de la segunda guerra púnica. Un bloque de piedra dura, la representación más antigua de Eros, moraba junto a la estatua del dios esculpida por Praxiteles en Tespia (Pausanias, IX, 27, 1). Fácilmente se pueden hallar otros ejemplos (el más famoso es la Ka'aba, de La Meca). Es curioso contemplar que un gran número de meteoritos se ha asociado con dioses, sobre todo con diosas de la fertilidad del tipo de Cibeles. Asistimos en tal caso a una transmisión del carácter sacro: el origen uraniano es olvidado en beneficio de la idea religiosa de la petra genitrix; este tema de la fertilidad de las piedras nos ocupará más adelante.

La esencia uraniana, y masculina por consiguiente, de los meteoritos no es por ello menos indiscutible, pues ciertos sílex y herramientas neolíticas han recibido de los hombres de épocas posteriores el nombre de «piedras de rayo», «dientes de rayo» o «hachas de Dios» (God's axes): los lugares donde se hallaban creíase que habían sido castigados por el rayo4. El rayo es el arma del Dios del cielo. Cuando este último fue destronado por el Dios de la tormenta, el rayo se convirtió en signo de la hierogamia entre el Dios del huracán y la diosa Tierra. Así se explica el gran número de hachas dobles halladas en las simas y en las cavernas de Creta. Como los meteo­ritos y los rayos, estas hachas «hendían» la tierra o, dicho con otras palabras, simbolizaban la unión entre el cielo y la tierra5. Delfos, la más célebre de las simas de la Grecia antigua, debía su nombre a esta imagen mítica: delphi significa efectivamente el órgano genera­dor femenino. Como más adelante se verá, otros muchos símbolos y apelativos asimilaban la tierra a una mujer. Pero la homologación tenía un valor ejemplar, dándole prioridad al Cosmos. Platón nos recuerda (Menex, 238 a) que en la concepción la mujer es la que imita a la tierra, y no inversamente.

Los «primitivos» trabajaron el hierro meteórico mu­cho tiempo antes de aprender a utilizar los minerales ferrosos terrestres6. Por otra parte, es sabido que antes de descubrir la fusión los pueblos prehistóricos trataban a ciertos minerales lo mismo que si fueran piedras; es decir, los consideraban como materiales brutos para la fabricación de objetos líticos. Una técnica similar se ha venido aplicando hasta una época relativamente reciente por algunos pueblos que ignoraban la metalurgia: tra­bajaban el hierro meteórico con martillos de sílex, mo­delando así objetos cuya forma reproducía fielmente la de los objetos líticos. Así era como los esquimales de Groenlandia fabricaban sus cuchillos con hierro meteó­rico 7. Cuando Cortés preguntó a los jefes aztecas de dónde sacaban sus cuchillos, éstos le mostraron el cielo 8. Lo mismo que los mayas del Yucatán y los incas del Perú, los aztecas utilizaban exclusivamente el hierro me­teórico, al que asignaban un valor superior al del oro. Ignoraban la fusión de los minerales. Por otra parte, los arqueólogos no han podido hallar rastros de hierro terrestre en los yacimientos prehistóricos del Nuevo Mun­do 9. La metalurgia propiamente dicha de América central y meridional es muy probablemente de origen asiático: las últimas investigaciones tienden a relacionarla con la cultura del sur de China de la época Chu (media y ulte­rior, viii-iv siglos a. de J, C), de modo que en definitiva sería de origen danubiano, pues fue la metalurgia danubiana la que en los siglos ix-viii a. de J. C. llegó a través del Cáucaso hasta la China10.

Es muy verosímil que los pueblos de la antigüedad oriental hayan compartido ideas análogas. La palabra sumeria an.bar, el vocablo más antiguo conocido para designar al hierro, está constituida por los signos picto­gráficos «cielo» y «fuego». Generalmente se traduce por «metal celeste» o «metal-estrella». Campbell Thompson la traduce por «relámpago celeste» (del meteorito). La etimología del otro nombre mesopotámico del hierro, el asirio parzillu, sigue sujeta a controversia. Algunos sabios quieren que derive del sumerio bar.gal, «el gran metal» (por ejemplo, Persson, p. 113), pero la mayor parte le suponen un origen asiático a causa de la termi­nación -ill (Forbes, p. 463. Bork y Gaertz proponen un origen caucásico; véase Forbes, iítd.11).

No vamos a abordar el problema tan complejo de la metalurgia del hierro en el antiguo Egipto. Durante un tiempo bastante largo los egipcios no conocieron más hierro que el meteórico. El hierro de yacimientos no pa­rece haber sido utilizado en Egipto antes de la XVIII di­nastía y el Nuevo Imperio (Forbes, p. 429). Es cierto que se han hallado objetos de hierro terrestre entre los bloques de la Gran Pirámide (2900 a. de J. C.) y en una pirámide de la VI dinastía en Abidos, pero no está establecida de forma indiscutible la procedencia egipcia de tales objetos. El término biz-n.pt. «hierro del cielo» o, más exactamente, «metal del cielo», indica claramen­te un origen meteórico. (Por otra parte, es perfectamente posible que este nombre haya sido aplicado primera­mente al cobre; véase Forbes, p. 428.) La misma situa­ción se da en los Hititas; un texto del siglo xiv deter­mina que los reyes hititas utilizaban «el hierro negro del cielo» (Rickard, Man and Metals, I, p. 149). El hierro meteórico era conocido en Creta desde la época minoica (2000 a. de J. C); también se han hallado objetos de hierro en la tumba de Knossos 12. El origen «celeste» del hierro puede tal vez quedar demostrado por el vocablo griego «sideros», que se ha relacionado con sidus, -eris, «estrella», y el lituano svidu, «brillar»; svideti, «brillante».

Sin embargo, la utilización de los meteoritos no era susceptible de promover una «edad del hierro» propia­mente dicha. Durante todo el tiempo en que duró el metal fue raro (era tan preciado como el oro) y se usaba casi de forma exclusiva en los ritos. Fue necesario el descubrimiento de la fusión de los minerales para inau­gurar una nueva etapa en la historia de la Humanidad: la edad de los metales. Esto es verdad, sobre todo por cuanto se refiere al hierro. A diferencia de la del cobre y del bronce, la metalurgia del hierro se hizo rápidamen­te industrial. Una vez descubierto o conocido el secreto de fundir la magnetita o la hematites, no hubo ya difi­cultades para procurarse grandes cantidades de metal, ya que los yacimientos eran bastante ricos y bastante fá­ciles de explotar. Pero el tratamiento del hierro terrestre no era como el del hierro meteórico, difiriendo asimismo de la fusión del cobre o del bronce. Fue solamente tras el descubrimiento de los hornos, y sobre todo del reajus­te de la técnica del «endurecimiento» del metal llevado al rojo blanco, cuando el hierro adquirió su posición predominante. Los comienzos de esta metalurgia, en escala industrial, pueden fijarse hacia los años 1200-1000 a. de J. C, localizándose en las montañas de Ar­menia. Partiendo de allí, el secreto se expandió por el Próximo Oriente a través del Mediterráneo y por la Europa central, si bien, como acabamos de ver, el hierro, ya fuese de origen meteórico o de yacimientos superfi­ciales, era conocido ya en el III milenio a. de J. C. en Mesopotamia (Tell Asmar, Tell Chagar Bazar, Mari), en el Asia Menor (Alaca Hüyük) y probablemente en Egipto (Forbes, pp. 417 y ss.). Hasta mucho después el trabajo del hierro siguió fielmente los modelos y es­tilos de la edad del bronce (del mismo modo que la edad del bronce prolongó la morfología estilística de la edad de piedra). El hierro aparece entonces en forma de estatuillas, ornamentos y amuletos, Durante mucho tiempo conservó un carácter sagrado que, por otra par­te, sobrevive entre no pocos «primitivos».

No vamos a ocuparnos aquí de las etapas de la meta­lurgia antigua ni a demostrar su influencia en el curso de la historia. Nuestro propósito es únicamente poner de manifiesto los simbolismos y complejos mágico-reli­giosos actualizados y difundidos durante la edad de los metales, especialmente tras el triunfo industrial del hie­rro. Porque antes de imponerse en la historia militar y política de la Humanidad la «edad del hierro» había dado lugar a creaciones de carácter espiritual. Como sue­le suceder, el símbolo, la imagen, el rito, anticipan —y casi se puede decir que a veces hacen posibles— las aplicaciones utilitarias de un descubrimiento. Antes de proporcionar un medio de transporte el carro fue vehícu­lo de las procesiones rituales: paseaba el símbolo del Sol o la imagen del dios solar. Por otra parte, sólo se pudo «descubrir» el carro tras haber comprendido el simbolismo de la rueda solar. La «edad del hierro», an­tes de cambiar la faz del mundo, engendró un elevado número de ritos, mitos y símbolos que no dejaron de tener su resonancia en la historia espiritual de la Hu­manidad. Como ya hemos dicho, solamente después del éxito industrial del hierro se puede hablar de la «etapa metalúrgica» de la Humanidad. El descubrimiento y ul­teriores progresos de la fusión del hierro revalorizaron todas las técnicas metalúrgicas tradicionales. Fue la me­talurgia del hierro terrestre la que hizo este metal apto para el uso cotidiano.

Ahora bien, este hecho tuvo consecuencias importan­tes. Junto a la sacralidad celeste, inmanente a los meteo­ritos, nos encontramos ahora con la sacralidad telúrica, de la cual participan las minas y los minerales. Como es natural, la metalurgia del hierro se benefició de los descubrimientos técnicos de la del cobre y el bronce. Es sabido que desde el período neolítico (VI-V milenios) el hombre utilizaba esporádicamente el cobre que podía encontrar en la superficie de la tierra, pero le aplicaba el mismo tratamiento que a la piedra y al hueso, lo que quiere decir que ignoraba las cualidades específicas del metal. Fue solamente más tarde cuando se comenzó a trabajar el cobre calentándole, y la fusión propiamente dicha sólo se remonta a los años 4000-3500 a. de J. C. (en los períodos de Al Ubeid y Uruk). Pero aún no cabe hablar de una «edad del bronce», ya que la cantidad que se producía de dicho metal era muy pequeña.

La tardía aparición del hierro, seguida de su triunfo industrial, influyó notablemente sobre los ritos y símbo­los metalúrgicos. Toda una serie de tabúes y utilizaciones mágicas del hierro deriva de su victoria y del hecho de haber suplantado al cobre y al bronce, que representaban otras épocas y otras mitologías. El herrero es ante todo un trabajador del hierro, y su condición de nómada —de­rivada de su desplazamiento continuo en busca del metal bruto y de encargos de trabajo— le obliga a entrar en contacto con diferentes poblaciones.

El herrero es el principal agente de difusión de mi­tologías, ritos y misterios metalúrgicos. Este conjunto de hechos nos introduce en un prodigioso universo espi­ritual que nos proponemos presentar en las páginas que siguen.

Sería molesto e imprudente comenzar por ofrecer una visión de conjunto: aproximémonos por pequeñas etapas al universo de la metalurgia. Encontraremos cierto nú­mero de ritos y misterios en relación con unos conceptos mágico-religiosos solidarios, paralelos e incluso antagó­nicos. Trataremos de enumerarlos brevemente para ex­traer desde ahora las líneas generales de nuestra inves­tigación. Presentaremos una serie de documentos que se refieren a la función ritual de la forja, al carácter ambi­valente del herrero y a las relaciones existentes entre la magia (el dominio del fuego), el herrero y las sociedades secretas. Por otra parte, los trabajos de la mina y la metalurgia nos orientan hacia concepciones específicas relacionadas con la Madre Tierra, con la sexualización del mundo mineral y de las herramientas, con la solida­ridad entre la metalurgia, la ginecología y la obstetricia. Comenzaremos por exponer algunos de estos conceptos a fin de comprender con mayor claridad el universo del herrero y del metalúrgico. En relación con los mitos sobre el origen de los metales encontraremos complejos mítico-rituales que abarcan la noción de la génesis me­diante el sacrificio o el autosacrificio de un dios, las relaciones entre la mística agrícola, la metalurgia y la alquimia y, en fin, las ideas de crecimiento natural, cre­cimiento acelerado y «perfección». Se podrá medir por cuanto sigue la importancia de estas ideas para la cons­titución de la alquimia.

2. Mitología de la edad del hierro
No vamos a insistir sobre la sacralidad del hierro. Ya pase por caído de la bóveda celeste, ya sea extraído de las entrañas de la tierra, está cargado de potencia sagrada. La actitud de reverencia hacia el metal se observa inclu­so en poblaciones de alto nivel cultural. Los reyes ma­layos conservaban hasta no hace mucho tiempo «una mota sagrada de hierro», que formaba parte de los bienes reales y la rodeaban «de una veneración extraordinaria mezcladas con terror supersticioso» 1. Para los «primi­tivos», que ignoraban el trabajo de los metales, los útiles de hierro eran aún más venerables: los
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