Herreros y alquimistas mircea Eliade






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Eludes encyclopédiques, vol. IV, p. 487, citado por Daubrée: «La génération des minéraux...»

15 A. Daubrée: op. cit., p. 387.

16 A. Daubrée, pp. 445-446. Véanse otros textos alquímicos, tocantes a la influencia de los astros en la formación y crecimien­to de los minerales, en John Read: Prelude to Chemistry (Lon­dres, 1939), pp. 96 y ss., y Albert Marie Schmidt: La Poésie scientifique en Trance au XVI" siécle (París, 1938), pp. 321 y ss.

17 Bibliothéque des Philosophies Chimiques, por M. J. M. D. R. Nueva edición, París, 1741. Prefacio, pp. XXVIII y XXIX, texto citado por G. Bachelard: op. cit., p. 247.

18 Tean Przyluski: «L'or, son origine et ses pouvoirs magiques» (Bull. Ec. Fr. Ex. Or., 14, 1914, 1-16). En Annam es muy fre­cuente la creencia de que las piedras salen del suelo y crecen. Cf. R. Stein: Jardins en tniniature d'Extréme Orient, p. 76.

19 Véanse los fragmentos traducidos por Homer H. Dubs: The Beginnings of Alchemy, pp. 71-73. Es posible que este texto proceda de la escuela de Tsu-Yen, si no del propio Maestro (contemporáneo de Mencius, siglo iv); cf. Dubs, p, 74/

20 El libro se atribuyó durante mucho tiempo a Geber, pero J. Ruska ha probado la inautenticidad de esta tradición. Cf. John Read: Prelude to Chemistry, p. 48.

21 En el original:

Surly: The egg's ordained by nature to that end,

And is a chicken in potentiá. Subtle: The same we say of lead, and other metáis,

Which tvould be gold, if tfíey had time. Mammón: And that

Our art doth further.

22 Maitráyani-samhitá, II, 2.2; Zatapatha Bráhmana, III, 8, 2, 27; Aitareya Bráhmana, VII, 4, 6, etc.
5. Ritos y misterios metalúrgicos
1 Paul Sébillot: Les travaux publics et les mines dans les traditions et les superstitions de tous les pays, pp. 406, 410 y ss.

2 Marcel Granet: Danses et légendes de la Chine ancienne, p. 496. Cf. pp. 610 y ss.

3 P. Sébillot: op. cit., pp. 479-493 et passim. Sobre las mito­logías literarias y la imaginería de las minas, véase G. Bachelard: La Terre et les réveries de la volonté, pp. 183 y ss. 'et passim.

4 A. Hale: Citado por W. W. Skeat: Malay Magic (Londres, 1920), pp. 259-260.

5 Id., p. 253.

6 W. W. Skeat: Malay Magic, pp. 271-272.

7 Cline: Mining and Metallurgy in Negro África, pp. 119, 117.

8 P. Sébillot: op. cit., p. 421.

9 Cline: op. cit., p. 41.

10 Sin embargo, siempre entre los Bakitara, «el herrero que fabrica sus propios fuelles debe cohabitar con su mujer desde el momento en que los acaba, para hacerlos sólidos y asegurar su buen funcionamiento». Cline: op. cit., p. 117. Entre los Ba Nyankole, el herrero cohabita con su mujer en cuanto se le trae un nuevo martillo a la cabana (ibíd., p. 118). Aquí nos encontra­mos con un simbolismo distinto: el instrumento se «hace vivo» mediante la sexualización, homologando su función al acto gene­rador de los humanos.

11 R. P. Wyckaert: Vorgerons pa'iens et forgerons chrétiens au Tanganyka, p. 375.

12 Marcel Granet: op. cit., pp. 489-490.

13 Véanse otras variantes de la leyenda de Mo-ye y Kan-tsiang en Lionello Lanciotti: «Sword casting and related legends in China» (East and West, VI, 1955, pp. 106-114), espec. pp. 110 y ss., y «The Transformation of Ch'ih Pi's Legend» (ibíd., pá­ginas 316-322). Sobre las mitologías y los rituales metalúrgicos entre los chinos, véase Max Kaltenmark: Le Lie-Sien-Tchuan, pp. 45 y ss., 170 y ss.
6. Sacrificios humanos a los hornos
1 Sarat Chandra Roy: The Birhors (Ranchi, 1925), pp. 402 y ss.

2 E. T. Dalton: Descriptive Ethnology of Bengal (Calcuta, 1872), pp. 180 y ss.

3 Rev. P. Dehon: «Religión and Customs of the Uraons» (Memoirs of the Asiatic Society of Bengal, Calcuta, 1906, pp. 121-181); cf. también R. Rahamann: «Gottheiten der Primitivstamme im nordostlichen Vorderindien» (Anthropos, 31, 1936, pp. 37-96, 52 y ss.). Sobre los doce Asur y los trece Lodha, véase Walter Rubén: Eisenschmiede und Damorien in Indien (Leiden, 1939), pp. 102 y ss.

4 Cf. Eisenschmiede und Dámonen..., pp. 302-303 et passim.

5 Walter Rubén: ib'td., pp. 153 y ss.

6 Al mismo tipo de creencias pertenece la idea de que si se mata a un ser humano con un metal fundido se hace uno dueño de su alma, se adquiere una especie de «alma-esclava», un «robot espiritual»; véase el ejemplo de los hechiceros batak en nuestro Chamanismo, p. 313.

7 A. G. O. Hodgson: «Notes on the Achewa and Angoni of the Dowa District of the Nyasaland Protectorate», Journ. Roy. Anthr. Inst., 63, 1933, 123-164, p. 163.

8 Cline: Mining and Metallurgy..., p. 119.

9 No siempre se trata de una anterioridad cronológica, his­tórica, sino de una anterioridad ideal, implícita en cada «variante» del mito central. Puede ser que tal o cual tradición no haya te­nido jamás conciencia del conjunto mítico del que deriva, tanto más cuanto que las ideologías circulan llevadas por la historia, y la mayor parte de las veces un pueblo no recibe más que una parte fragmentaria del sistema total. Por eso es por lo que no se puede captar el «sentido» de un sistema sino tras haber exa­minado un elevado número de esas «variantes». Ahora bien, suele suceder que éstas no tengan lo que podríamos llamar una conti­güidad histórica, lo que hace el trabajo de interpretación extre­madamente difícil.

10 Para nuestros fines, el hecho de que los mitos sobre el origen de los metales se testifiquen en medios culturales distintos de aquellos donde hemos hallado sacrificios humanos dedicados a la fusión^no constituye una dificultad; en este estado de la investigación nos interesa, sobre todo, poner de manifiesto la estructura de los universos espirituales, en gran parte sumergi­dos y dislocados, y no reconstruir la historia de éste o el otro argumento mítico-ritual. Por otra parte, esta segunda operación no podría llevarse a cabo en unas cuantas páginas ni sin una erudi­ción técnica que hemos intentado evitar en el presente ensayo.

11 El Grand Bundahishn, trad. de A. Christensen, El primer hombre y el primer rey en la historia iraniana (Upsala, 1918), I, p. 22. Cf. también H. H. Schaeder, en R. Reitzenstein y

H. H. Schaeder: Studien zum antiken Synkretismus ans Irán und Griechenland (Leipzig-Berlín, 1926), pp. 225-229, y sobre todo la nota de las pp. 228-229, en que el autor discute las homologías somato-metálicas en las tradiciones iranias.

12 A. Christensen: Ibíd., p. 25. Como el diamante no es un metal, no corresponde a la serie original de los siete metales (que indudablemente representa una influencia babilónica, cf. Chris­tensen, p. 52).

13 P. Roussel: KéXn-n hv ai?apu>, Revue de Philologie, 1905, p. 294. Sobre los sacrificios humanos necesarios para la metalur­gia, véase Plutarco, Paralelas, 5, 306 y ss. Las relaciones exis­tentes entre los metales y el cuerpo de Dios se pueden apreciar igualmente en las tradiciones egipcias. Plutarco y Diodoro nos dicen que los egipcios odiaban el hierro, al que denominaban «los huesos de Seth». En De Iside, cap. 62, Plutarco habla del hierro «que ha salido de Seth». La hematites era «los huesos de Horus»; cf. Forbes: Metallurgy in Antiquity, p. 427. Por otra parte, los egipcios consideraban que la carne de los dioses era de oro. Pero aquí nos enfrentamos con otro simbolismo, el de la inmortalidad. El oro es el metal perfecto, el metal solar, equivalente de la in­mortalidad. Por eso se le supone al Faraón carne de oro, según el modelo sagrado.
7. Simbolismo y rituales metalúrgicos babilónicos
1 Véase la bibliografía de la controversia en la nota H.

2 El texto está oscuro. Yo he seguido la traducción de Thomp­son. Meissneí traduce el fragmento con notas de interrogación: «Mientras que se contempla (?) el horno, y se le hace, tú debes contar (?) los embriones (divinos).» En su_ versión francesa, Eisler parece haber querido evitar las dificultades: «En cuanto se haya orientado el hogar y te hayas puesto al trabajo, coloca los 'em­briones' divinos en la capilla del hogar.»

3 «Un sacrificio ordinario» (Eisler); «un sacrificio» (Meis-sner).

4 Cline: Mining and Metallurgy..., p. 119.

5 Thureau-Dangin: «Notes assyriologiques», XXXV (Revue d'Assyriologie, 19, 1922), p. 81.

6 H. Zimmern: Assyrische chemisch-technische Rezepte, p. 180. «Fehlgeburt, Missgeburt.»

7 J. Ruska: Kritisches zu R. Eislers chemie-genschichtlichen Methode, p. 275: «Fetische oder Schutzpatrone der Schmelzar-beít.»
8. Los señores del fuego
1 Véase nuestro libro Le chamanism'e et les techniques ar-cháiques de l'extase, del que tomamos la mayor parte de los ejemplos que siguen.

1 Cf. Sir James Frazer: Mythes sur l'origine du feu, París,

1931, pp. 36 y ss. (Australia), 59 y ss. (Nueva Guinea), 66 (Tro-briand), 108 (islas Marquesas), 161 y ss. (América del Sur), etc.

3 Le Chamanísme, p. 327, según R. F. Fortune: Sorcerers o} Dobu, Londres, 1932, pp. 150 y ss.

4 Le Chamanisme, pp. 233, 327, 386 y ss., 412 y ss.

5 Le Chamanisme, p. 408.

6 A. Popov: «Consecration ritual for a blacksmith novice among the Yakuts» (Journal of American Folklore, 46, 1933, pp. 257-271), p. 257.

7 A. Popov: Ibíd., p. 258. Eliade: Le Chamanisme, p. 409.

8 A. Popov: Ibíd., pp. 260-261. Eliade: op. cit., p. 409.

9 W. Jochelson: The Yakut, 1931, pp. 172 y ss.

10 Jochelson: Ibíd., según J. Sarubin.

11 Eliade: op. cit., 409-410, según Sandschejew.

12 Eliade: op. cit., pp. 48 y ss., según G. W. Ksenofontov y A. Popov.

13 No se trata necesariamente de relaciones primitivas, porque en otros chamanismos (oceánicos, americanos) el hierro no desem­peña un papel importante.

14 F. Altheim:: Attila (trad. franc, París, 1952), p. 33.

15 F. Altheim: Ibíd., p. 128, según D'Ohsson y Sandschejew.

16 Altheim: Ibíd. La palabra avéstica kavay significa igual­mente «sabio»; ibíd., p. 126. Snorri cuenta que el rey Inge tenía su origen en «una cabana de herrero»; cf. H. Ohlhaver: Der germanische Schmied (Leipzig, 1939), p. 13.

9. Herreros divinos y Héroes civilizadores

1 R. J. Forbes: Metallurgy in Antiquity, pp. 79-80, según W. H. Rassers.

2 Forbes: Op. cit., p. 65, según R. Goris y P. de Kat Ange-lino. La mayor parte de los herreros de Bali llegaron de Java en el siglo xv.

3 Karl Meuli: «Scythica» (Hermcs, 70, 1935, 121-176), p. 175. Sobre las relaciones entre herreros, hechiceros y poetas, véase también H. Ohlhaver: Der germanische Schmied und seine Werkzeug.

4 Cf. R. Eisler: Das Qainzeicher, p. 111.

5 R. Andree: Ethnographische Parallelen und Vergleiche, pá­gina 153; id.: Die Metalle bei den Natiirvólkern, pp. 42 y ss.

6 Ibíd., pp. 136 y ss.

7 Véanse las obras que se indican en las notas 14-17. Cf. tam­bién M. D. W. Jeffreys: «Stone-Age Smiths», Archiv. für Volkerkunde, III, 1948, 66, 1-8.

8 R. Andree: Die Metalle, pp. 9, 42.

9 Cline: Op. cit., p. 22.

10 H. Baumann y D. Westermann: Les peuples et les civilisa-tions d'Afrique, trad. de L. Homburger, París, 1948.

11 Cline: Op. cit., p. 115; B. Guttmann: «Der Schmied und seine Kunst in animistischen Denken» (Zeilsch. ¡. Ethnol., 44, 1912, pp. 81-93), p. 89.

12 B. Guttmann: Op. cit., pp. 83 y ss.

13 Se observará la simetría entre este mito dogón y los mitos mundas o buriatos referentes a los primeros forjadores celestes.

14 Para las diferentes versiones del mito, véase Marcel Griaule: Masques Dogon, París, 1938, p. 48; id.: Dieu d'eau (1949, pá­ginas 52 y ss.; «Deséente du troisíéme verbe» (Psyché, 13-14, 1947), pp. 1336 y ss. G. Dieterlen y S. de Ganay: «Le Génie des eaux chez les Dogons» (Mtscellanea Africana, V, París, 1942), pp. 6 y ss. Harry Tegnaeus: Le Héros civilisaleur. Contríbution a l'étude ethnologique de la religión et de la sociologie africaines (Upsala, 1950), pp. 16 y ss.

15 Griaule: Op. cit., p. 49; id.: «Deséente...», pp. 1335 y ss. Dieterlen y De Ganay: Le Génie des eaux..., p. 7; H. Tegnaeus: Op. cit., pp. 18 y ss.

16 Griaule: Op. cit., p. 157; id.: Dieu d'eau, pp. 130 y ss. H. Tegnaeus: Op. cit., pp. 20 y ss.

17 Tegnaeus: p. 47; L. Tauxier: Histoire des Bambara, Pa­rís, 1942, pp. 276 y ss.; Dieterlen: Essai sur la religión Bambara, París, 1951, pp. 145 y ss.

18 Existe una multitud de mitos que implican diversas varian­tes, sobre todo entre las tradiciones de los Ewes occidentales y orientales. Hemos resumido lo esencial, según Tegnaeus: Le Héros civilisateur, pp. 61-63.

*19 Evel Gasparini: L'Ergologia degli Slavi, Venecia, 1951, pp. 172 y ss., 179.
10. Forjadores, guerreros, maestros de iniciación
1 Véase el texto traducido y abundantemente comentado en Theodor H. Gaster: Thespís, Ritual, Myth and Drama in the ancient Near East (Nueva York, 1950), pp. 154 y ss.

2 Ginsberg, citado por Th. H. Gaster: Thespis, p. 155.

3 Jules Bloch: Les Tziganes (París, 1953), p. 28.

4 W. Rubén: Eisenschmiede und Damonen in Indien, p. 9; J. Bloch: Op. cit., p. 30.

5 L. Gernet y A. Boulanger: Le génie grec dans la religión (París, 1932), pp. 78 y ss.

6 J. de Morgan: La Préhistoire oriéntale (París, 1927), III, pp. 173 y ss. Para todo esto véanse los artículos respectivos de la Real-Enzyklopadie de Pauly y Wisowa. Conjunto exhaustivo de fuentes textuales y epigráficas en el volumen de Bengt Hem-berg: Die Kabiren (Upsala, 1950).

7 Cf. Radet: La Lydie et le monde grec au temps des Merm-nades (París, 1892), p. 269, etc.; Hugo Gressmann: Die orienta-lischen Religionen in hellenistisch-romischer Zeit (Berlín, 1930), p. 59; Bengt Hemberg: «Die idaiischen Daktylen» (Éranos, 50, 1952, pp. 41-59). Sobre las relaciones entre los Dáctilos y la

Diosa mediterránea, véase U. Pestalozza: Religione Mediterránea (Milán, 1951), pp. 188 y ss., 202 y ss. Sobre las funciones obsté­tricas de los Dáctilos, ibíd., p. 204.

8 Gabriel Germain: Genése de l'Odyssée (París, 1954), p. 164.

9 Cf. N. Jeanmarie: Couroi et Cometes (Lille, 1939); R. Pet-tazzoni: / Misteri (Bolonia, 1924), pp. 71 y ss.; K. Kerenyi: «Mysterien der Kabiren» (Éranos-]ahrbuch, XI, 1945, pp. 11-60).

lu Otto Hofler: Geheimbünde der Germanen (Frankfurt am Main, 1934), pp. 53 y ss. Cf. también H. Ohlhaver: Die germa-nische Schmied, pp. 95 y ss.

11 Alexander Slawik: Kultische Geheimbünde der Japaner und Germanen (Wiener Beitráge zur Kulturgeschichte, IV, Salzburg-Leipzig, 1936, pp. 675-764), pp. 697 y ss.

n Otto Hofler: Op. cit., p. 181, nota 56.

13 Cf. las referencias agrupadas por Stith Thompson: Subject-Index of Folk-Literature (Helsinki, 1932), vol. III, p. 87 (enanos-herreros); III, 39 (hadas metalúrgicas).

14 H. Tegnaeus: Le Héros civilisateur, p. 16.

15 Cf. Bachtold-Staubli: h\andw'órterbucb des deutschen Aber-glaubens, s. v. Schmied, Teufel; Hedwig von Beit: Symbolik des Márchens (Berna, 1952), pp. 118 y ss.

16 El tema ha sido estudiado exhaustivamente por C. Manstran-der en 1912 y por Carl-Martin Edsman en 1949 (Ignis Divinus, pp. 30 y ss.).

17 Véase C.-M. Edsman, Le Baptéme de feu (Upsala, 1940), en especial pp. 93 y ss., 134 y ss., 185 y ss.
11. Alquimia china
1 Marcel Granet: Danses et légendes..., p. 611.

2 Max Kaltenmark: Le Lie-Sien Tcbouan, p. 18.

3 El texto es reproducido por H. Dubs: Beginnings of Alchemy, p. 63. Para una bibliografía esencial de la alquimia china, véase nota I.

4 En relación con lo que sigue, véase nuestro libro Le Yoga. Immortalité et liberté, pp. 283 y ss. (Hay traducción castellana, Buenos Aires.)

5 Edouard Chavannes: Les Mémoires historiques de Se-ma-Ts'ien (París, 1897), III, p. 479.

6 Véase el resumen ofrecido por Dubs y las indicaciones bi­bliográficas suplementarias en nuestro Yoga, p. 287, n. 1.

7 B. Laufer: ]ade, a Study in Chínese Archaeology and Religión (Chicago, 1912), p. 299. T'che-Song Tseu podía entrar en el fuego sin abrasarse gracias a que bebía jade líquido, por cuyo medio obtuvo la inmortalidad. Cf. Kaltenmark: Op. cit., pp. 36 y ss., 37, n. 2. También nuestro Yoga, p. 284, n. 1.

8 Traducción A. Waley: Notes on Chínese Alchemy, p. 4.

9 Traducción Johnson: A Study on Chínese Alchemy, p. 71.

10 Ts'an T'ung Ch'i. Trad. A. Waley: Op. cit., p. 11. Este tra-

tado, el primero dedicado por entero a la alquimia, se escribió en el año 142 de nuestra Era, siendo su autor Wei-Po-Yang. Fue traducido al inglés por Lu-Ch'ian Wu, con una introducción por Tenney L. Davis. Véase nuestra nota 1 y nuestro Yoga, p. 285, n. 1.

11 Citado por W. A. Martín: The Lore of Cathay, p. 60.

12 Rolf Stein: Jardins en miniature d'Extiéme-Orient, p. 86.

13 Sobre la protohistoria de este simbolismo, cf. Cari Hentze: Tod, Auferstehung, Weltordnung (Zurich, 1955), pp. 33 y 160.

14 Cf. R. Stein: Op. cit., pp. 45 y ss. El tema de la morada paradisíaca, dichosa y mágicamente eficaz, se halla asociado desde la más remota antigüedad al tema de la calabaza o del jarrón de cuello estrecho, ibíd., p. 55. Los magos, los alquimistas, se re­cogían todas las noches en una calabaza, ibíd., p. 57. El modelo ejemplar de la calabaza es la gruta, morada de los inmortales y refugio secreto. Era en la oscuridad de la gruta donde se iniciaba el adepto en los misterios. «Los temas de la iniciación están tan estrechamente ligados a la gruta, que tong (gruta) ha concluido por significar «misterioso, trascendente, secreto» (R. Stein, p. 44). «Las grutas (mundo paradisíaco aparte) tienen difícil entrada. Son vasos cerrados, de gollete estrecho, en forma de calabaza» (P- 45).

15 Un comentario citado por el P'ei-wenyun-fu y traducido por R. Stein, p. 59.

16 Cf. M. Eliade: «Kosmogonische Mythen und magische Hei-lung» (Paideuma, 1956).

17 Citado por A. Waley: Op. cit., p. 15; cf. también Lu Ch'iang Wu y T. L. Davis: An ancient chínese treatise on Alchemy, p. 255 (capítulo LIX de Ts'an T'ung Ch'i).

18 Cf. nuestro Yoga, p. 396. Jong Tch'eng Kong conocía per­fectamente el método de «reparar y conducir» (expresión frecuen­temente empleada para designar las técnicas sexuales taoístas). «Ponía la esencia en la Hembra misteriosa; su principio era que los espíritus que moran en el Valle no mueren, pues con ellos se entretiene la vida y se nutre el aliento. Sus cabellos, que eran blancos, se volvieron negros de nuevo; sus dientes, que se habían caído, le volvieron a salir. Sus prácticas eran iguales a las de Lao-Tse. También se dice que fue maestro de éste.» (Max Kalten­mark: Op. cit., pp. *55-56. En Lao Tse, la Hembra misteriosa designa el Valle de donde ha salido el mundo. R. Stein: Op. cit., p. 98.) Pero en el texto que acabamos de citar, esta expresión se refiere al microcosmos y tiene una significación fisiológica pre­cisa. (M. Kaltenmark: Op. cit., p. 56, n. 3.) La práctica consistía en absorber la energía vital de las mujeres a las que uno conocía: «esta energía, que procede de las mismas fuentes de la vida, procuraba una longevidad considerable» (ibíd., 57). «Ko-Hung afirma que había más de 10 autores que trataban de las prácti­cas sexuales taoístas y que lo esencial de todas ellas consistía

en «hacer regresar la esencia para reparar el cerebro» (ibíd.). (V. ibíd. también, pp. 84, 181, 182.)

19 Trad. Johnson: Op. cit., p. 48.

20 Cf. nuestro Yoga, pp. 395 y ss.

2' Véanse los textos reunidos en nuestro Yoga, pp. 71 y ss. La antigüedad de las prácticas respiratorias en China ha sido recientemente confirmada por el descubrimiento de una inscrip­ción de la época Chu. V. Hellmut Wilhelm: «Eine Chu-Inschriít über Atemtechnik». (Monumenta Sérica, 12, pp. 385-388, 1948.)

22 Trad. H. Maspéro: «Les procedes de 'Nourrir le Principe Vital' dans la religión taoiiste ancienne» (Journal Asiatique, 1937, pp. 177-252, 353-430), p. 198.
12. La alquimia india
1 Le Yoga, Inmortalité et Liberté, pp. 274 y ss.

2 Véanse los textos en nuestro Yoga, pp. 281-282.

3 Es inútil hacer constar que este término no supone aquí la significación que le es propia en la teología cristiana.

4 Véase la bibliografía en nuestro Yoga. Véase también la nota K de este libro.

5 Praphulla Chandra Ray: A History of Hindú Chemistry, II, página 8. En las páginas que siguen nos referimos a los textos agrupados y publicados por Sir P. Ch. Ray, aunque conviene tener en cuenta que, siendo él mismo químico y discípulo de Marcelin Berthelot, concedía preferencia a las obras que le pa­recían tener afinidades con la pre-química.

6 P. C. Ray: Introducción, I, p. 79 de la Introducción. Sobre la «purificación» y la «fijación» del mercurio, cf. ibíd., I, pp. 130 y ss.; sobre los métodos para «matar» a los metales en general véase ibíd., I, pp. 246 y ss.

7 Texto publicado por Ray, pp. 28-29. Yogatativa Upanisad (pp. 73 y ss.) cita entre los siddhi yógicos la facultad de «trans­mutar el hierro u otros metales en oro, mediante excrementos», cf nuestro Yoga, p. 138. Sobre la nasta-pista, véase también Rasárnava, XI, 24, 197-198 (Ray, I, pp. 74-75) y Rasendracintá-mani (ibíd., II, p. 16).

8 Véase el fragmento publicado por Ray, II, p. 2. Véase el mito de la «transmisión doctrinal» entre los siddba tántricos en nuestro Yoga, pp. 305 y ss.

9 Texto citado $or Madhava en su Sarva-darcana-samgraha (edi­ción Anandáshrama Series), p. 80.

10 Véanse los fragmentos del Rasárnava en P. C. Ray, op. cit., página 68. El texto íntegro ha sido editado por Ray en la Bi-bliotheca Indica (Calcuta).

11 Véase Ray, op. cit., I, 59, texto del Siddba Yoga del médico Vrinda.

12 Véanse los textos citados por Ray, I, p. 35.

13 La recitación de tales fórmulas constituye una operación al-

química aparte, que el Rasaratnasamuccaya sitúa entre los temas que se propone exponer.

14 Ahora bien, el diamante (vajra), homologado con el «rayo» y la esencia de Buda, desempeña un papel considerable en el simbolismo tántrico (véase nuestro Yoga, pp. 254 y ss.; 261 y ss., y passim.

15 Se halla, por ejemplo, una buena descripción del amoníaco, sal puesta en circulación por la alquimia irania, y que, adoptada por el gran Jábir ibn Hayan, se hizo pronto muy popular en la alquimia árabe. Véase la nota L de este volumen.

16 Cf. Rasendracintamani en P. C. Ray, II, p. LXIV: otros textos en ibíd.
13. Alquimia e iniciación
1 Véase lo esencial de la bibliografía concerniente a la historia de la alquimia en la nota M de este volumen.

2 Desde cierto punto de vista, el hombre —incluso el más «primitivo»— ha sido siempre un «ser histórico» por el mismo hecho de que estaba condicionado por la ideología, la sociología y la economía particulares de su tradición. Pero no queremos hablar de esta historicidad del hombre en cuanto tal, en cuanto ser condicionado por la temporalidad y la cultura, sino de un fenómeno más reciente e infinitamente más complejo; a saber, de la solidarización forzada de la humanidad entera, a partir de un cierto momento, con los acontecimientos históricos que ocu­rrían en regiones muy determinadas del globo. Esto fue lo que se produjo después del descubrimiento de la agricultura y, sobre todo, después de la cristalización de las primeras civilizaciones urbanas en el Cercano Oriente antiguo. A partir de este mo­mento, toda cultura humana, por lejana y excéntrica que fuese, estaba condenada a sufrir las consecuencias de los acontecimientos históricos que se realizaban en el «centro». Estas consecuencias se manifestaban a veces con milenios de retraso, pero en ningún caso podían evitarse; estaban cargadas de fatalidad histórica. Tras el descubrimiento de la agricultura puede decirse que la huma­nidad quedó condenada a hacerse agrícola o, por lo menos, a sufrir las influencias de todos los descubrimientos e innovaciones ulteriores, que sólo fueron posibles gracias a la agricultura: do­mesticación de los animales y sociedades pastorales, civilización urbana, organización militar, imperio, imperialismo, guerras de masas, etc. En otros términos, toda la humanidad se convirtió en solidaria, aunque fuese pasivamente, de la actividad de unos cuantos. Es a partir de este momento —correspondiente al pri­mer impulso de las civilizaciones urbanas en el Cercano Oriente— cuando puede hablarse de historia en el más amplio sentido del término, es decir, de modificaciones de alcance universal efectua­das mediante la voluntad creadora de algunas sociedades (o, más exactamente, de los elementos privilegiados de esas sociedades). Sobre este problema, véase nuestro libro en preparación Paraíso e historia.

3 Por otra parte, la comunicación de los «secretos de oficio» por vía de escritura es una ilusión de la historiografía moderna. Si existe una literatura que haya pretendido «revelar» los secretos, ésta es la literatura tántrica. Pues bien, en esta considerable masa de escritos no se encuentran las indicaciones prácticas indispensa­bles al sádbana; en los momentos decisivos hay que disponer de un maestro, aun cuando no sea más que para verificar la auten­ticidad de la experiencia.

4 Se puede ver el estado de la cuestión y una selección de textos en la lúcida exposición de R. P. Festugiere, La révélation d'Hermés Trismégise, I, pp. 217 y ss.

5 F. Shenvood Taylor, A Survey of Greek Alchemy, p. 110; véase también F. S. Taylor, Originis of Greek Alchemy, pp. 42 y siguientes.

6 C. G. Jung, «Die Visionen des Zosimos», en el volumen Von den Wurzeln des Bewusstseíns, pp. 137-216. El texto de la «vi­sión» se encuentra en M. Berthelot, Collection des Alchimistes grecs (textos), pp. 107-112, 115-118; véase la nueva traducción inglesa de F. S. Taylor, Ambix, I, pp. 88-92. La separado viene expresada en los textos alquímicos como el desmembramiento de un cuerpo humano; véase Jung, op. cit., 154, n. 27. Sobre la «tortura» de los elementos, véase ibíd., p. 211.

7 V. M. Eliade, El Chamanismo, pp. 52 y ss. C. G. Jung ya ha establecido una relación entre las iniciaciones' chamánicas y el simbolismo alquímico. Véase Von den Wurzeln..., p. 157, n. 38.

8 C. G. Jung, Psychologie und Alchemie, pp. 416 y ss., habla de la «redención» mediante la obra alquímica del anima mundi, cautiva en la materia (véase nota N de este volumen). Esta con­cepción de origen y estructura gnósticos fue, ciertamente, com­partida por algunos alquimistas; por otra parte, se integra en la corriente de pensamiento escatológico, que debía llevar a la apo-catástasis del cosmos. Pero, al menos en sus principios, la alqui­mia no postulaba la cautividad del anima mundi en la materia, que, si bien oscuramente, era sentida todavía como la Madre Tierra.

9 Julius Ruska: Turba Philosophorum. Ein Beitrag zur Ges-chichte der Alchemie, p. 168.

10 Julius Ruska: Arabische Alchemisten, II, p. 77.

11 («Toma a un hombre, rasúrale y lánzale sobre la piedra... hasta que muera su cuerpo.») Artis Auriferae, Basilea, 1593, vol. I, página 139, citado por Jung: Psychologie und Alchemie, p. 455, nota 3.
14. «Arcana artis»
1 Véanse ejemplos en C. G. Jung: Psychologie und Alchemie, páginas 442 y ss.

2 Véase John Read: Prelude to Chemistry, p. 132. Sobre el aqua permanens, véanse los textos citados por Jung, op. cit., pá­gina 320.

3 Texto citado por R. D. Gray: Goethe the Alchemist, Cam­bridge, 1952, p. 14

4 G. Starkey: Rípley Reviv'd, Londres, 1678, p. 3, citado por Gray, Goethe..., p. 16.

5 Véase John Read: Prelude..., p. 137.

6 Et in che l'oro si vogli metiere in opra é necessario che si riduchi in sperma. Texto citado y reproducido por G. Carbonelli: Sulle fonti storiche della chimica e dell' alchimia in Italia, Roma, 1925, p. 7.

7 Dorn, Physica Trimegisti («Theatrum Chemícum», vol. I, Ursellis, 1602, pp. 405-437), p. 430; citado por Jung, Psycholo­gie und Alch'emie, p. 325, n. 1.

8 Citado por Gray, Goethe the Alchemist, p. 31.

9 Véase la carta de John Pordage (1601-1681) relativa a la opus, y dirigida a su sóror mystica Jane Leade, reproducida por C. G. Jung en Die Psychologie der Uebertragung (utilizamos la traducción inglesa, «Psychology of the transference», en The Practice of Psychoth'erapy, Nueva York, 1959; véanse pp. 295 y ss.).

10 Citado por Gray, Goethe the Alchemist, pp. 32, 268. Fue Fraulein von Klettenberg quien, en 1768, empujó al joven Goethe a la lectura del Opus Mago-Cabbalisticum; pero Goethe encontró el libro «oscuro e incomprensible»; véase Gray, p. 4. Aunque es cierto que leyó el apéndice (véase ibíd., p. 31) y el simbolismo alquímico del «retorno a la madre» aparece en la producción poética posterior de Goethe; véase Gray, pp. 202 y ss. Puede verse también Alexander von Bernus, Alchymie und Heilkunst, páginas 165 y ss. Sobre el simbolismo en Goethe del Gang zu den Muettern, véase M. Eliade, Mitul Reintegrara (Bucarest, 1942), pp. 16 y ss.

11 Maier, Symbola aureae tnensae duodecim nationum (Frank-furt, 1617), p. 344; citado por Jung, Psychologie und Alchemie, página 453, n. 1. Véase también J. Evola, La tradizione er-metica, pp. 78 y ss. (el incesto filosofal).

12 Rosarium Philosophorum (Artis Auriferae, I, p. 384), p. 246; citado por Jung, o. c, p. 459, n. 1. Al ser Beya la hermana de Gabricus, la desaparición en el útero conserva, también en este caso, el valor simbólico del «incesto filosófico». Sobre este tema puede verse también C. H. Tosten, William Backhouse of Swallowfield («Ambix», IV, 1949, pp. 1-33), pp. 13-14.

13 R. D. Gray: Goethe the Alchemist, pp. 32-33.

14 J. Evola: La tradiziorie ermetica, pp. 116 y ss. C. G. Jung:

Psychologie..., pp. 451 y ss. Id.: The Psychology of the trans-ference, pp. 256 y ss.

15 Véase nuestro Mito del eterno retorno, pp. 85 y ss.; véase asimismo nuestro Tratado de la historia de las religiones, pá­ginas 350 y ss.

16 Véase, sobre todo, Psychologie und Alchemie, pp. 469 y ss. Albert-Marie Schmidt presentaba el paralelismo Cristo-Piedra filosofal con fórmulas especialmente felices: «Profesan la creencia de que, para completar la 'Gran Obra', regeneración de la ma­teria, deben perseguir la regeneración de su alma. Esta gnosis toma pronto una forma cristiana. Lo mismo que, en su vaso sellado, la materia muere y resucita, perfecta, desean que su alma, al sucumbir a la muerte mística, renazca para alcanzar, en el seno de la Divinidad, una existencia extática. Alardean de conformarse en todo al ejemplo de Cristo, que, para vencer a la muerte, tuvo que sufrir, o mejor que aceptar, su espera. De esta forma, para ellos, la imitación de Cristo no sólo es un método de vida espiritual, sino también un medio para regular el desarrollo de las operaciones materiales de las que derivará el magisterio. La célebre parábola evangélica: si el grano no muere, se aplica, al mismo tiempo, para la materia y para el alma. El mismo vi­talismo oculto estimula, oor la gracia de Dios, una y otra.» (La Poésie scientifirjue en Trance au XVIe siécle, p. 319.) Véase también J. Evola, La tradizione 'ermetica, pp. 168 v ss.

17 Véase Arthur John Hopkins: Alchemy, Child of Greek Phi-losophy, pp. 214-215. Según Hopkins, los primeros alquimistas alejandrinos creían poder elevar los metales ordinarios a la dig­nidad de la plata y el oro, imprimiendo en sus cuerpos un «espíritu volátil», manifestado por el color (ibíd., p. 69, etc.). Piénsese lo que se quiera de esta hipótesis, no resulta menos evidente que la tarea de imponer un «espíritu volátil» al «cuerpo» de las sustancias presupone una valoración religiosa de la Ma­teria y, por tanto, un significado soteriológico de la opus alchy-micum.

18 Citado por Jung: Psychologie..., p. 363.

19 Gichtel: Teosophia Practica, III, 13, 5, citado por Evola: La tradizione ermetica, p. 164. Sobre el cuerpo «incorruptible o celeste», véase C. Della Riviera: II Mondo Mágico de gli Heroi, ristampa, Bari, 1932, pp. 123 y ss.

20 Véase Jung, op. cit., pp. 367 y ss. Semejantes instrucciones se han observado en los alquimistas chinos e hindúes.

21 Véase G. F. Hartlaub: Arcana Artis. Spuren alchemisticher Symboliy in der Kunst des 16 Jahrhunderts, 1937, pp. 316 v ss.

22 Sobre el simbolismo de la Balanza en Jábir, véase Henri Corbin: El libro del glorioso Jábir ibn Hayyán, Éranos-]ahrbuch, 18, 1950, pp. 75 y ss.

23 Esto es lo que parece creer Hartlaub: op. cit., 322, según la exégesis del simbolismo hermético de la Melancbolia, de Du-rero, minuciosamente estudiada por F. Saxl y Panowski,

24 Se encontrará una exposición, desde la perspectiva tradicional, de la rubedo y la alb'edo, en J. Evola: La tradizione..., pp. 156 y ss.

25 Sobre la identificación de la primera materia con Dios y el origen aristotélico de esta paradoja, véase Jung: Psychologie der Uebertragung, edición americana, p. 314, núm. 25.

26 Citado por Jung: Psychologie und Alchemie, p. 442.

27 Esta es una alusión evidente al ludus puerorum, simbolismo importante del hermetismo (véase Hartlaub: Arcana Artis, pp. 296 y ss). Se trata, sin duda, de la espontaneidad y facilidad de la opus alchymicum, que debe efectuarse «naturalmente» a la ma­nera de un juego de niños. El simbolismo alquímico es solidario de la imagen ejemplar del Niño presente en los Evangelios.

28 A. E. Waite: The Hermetic Museum, Restored and Enlar-ged, Londres, 1893, I, p. 180; Read: Prelude..., p. 130.

29 Citado por Read: op. cit., 129.

30 Citado por Jung: Psychologie der Uebertragung, ed. amer., página 288.

31 Jung, ibíd., p. 286, n. 15.

32 Zadith Sénior, citado por Jung: op. cit., p. 215, n. 7. Agrippa de Nettesheim habla asimismo del «juramento del silen­cio»; ibíd., p. 215 y nota 7. El «lenguaje secreto» es utilizado ya en las recetas técnicas mesopotámicas del siglo xvnt a. de J. C. Véase R. J. Forbes: Studies on Ancient Technology, Leiden, 1955. Sobre los «secretos de oficio», véase ibíd., p. 127.

33 Véanse nuestros libros Le Chamanisme, pp. 99 y ss.; Le Yoga, pp. 251 y ss., 394 y ss., y nuestro estudio Técnicas del éxtasis y lenguajes secretos. Véase asimismo Rene Alleau: Aspec­tos de la alquimia tradicional, pp. 91 y ss.

34 Prefacio a la Opus Mago-Cabbalisticum, citado por R. D. Grav: Goethe the Alchemist, p. 19.

35 Oswald Croll: Philosophy Reformed and Improved, Lon­dres, 1657, p. 214, citado por Gray: op. cit., p. 21.

36 Manuscrito de la Biblioteca de la Universidad de Bolonia, citado por G. Carbonelli: Sulle fonti..., p. 1.

37 Fragmento reproducido por W. Ganzenmüller: L'Alchimie au Moyen Age, p. 159.

38 Sobre el elixir fabricado con oro en la alquimia occidental, véase J. Ruska: Vas Buch der Alaun und Salze, texto árabe del siglo xn atribuido a Ibn Rahzi, pp. 64 y ss.

39 Textos citados por Ganzenmüller: op. cit., p. 158.

40 Citado por Ganzenmüller: op. cit., p. 159. Sobre este texto véase Denis Duveen: «Le Livre de la Trés-Sainte Trinité», en Ambix. III, 1948, pp. 26-32.

41 Véase nuestro Yoga, pp. 276 y ss.; 324 y ss., y nuestro Le Chamanisme, pp. 365 y ss.

42 Véase Le Chamanisme, p. 380,

Prólogo ....................................................................

1. Meteoritos y metalurgia .......................................

2. Mitología de la Edad del Hierro ........................

3. El mundo sexualizado .......................................

4. «Terra Mater, petra Genitrix» ..............................

5. Ritos y misterios metalúrgicos ..............................

6. Sacrificios humanos a los hornos ...........................

7. Simbolismo y rituales metalúrgicos babilónicos .........

8. Los «Señores del Fuego» ....................................

9. Herreros divinos y Héroes civilizadores ..................

10. Forjadores, guerreros, maestros de iniciación ............

11. La alquimia china .............................................

12. La alquimia india .............................................

13. Alquimia e iniciación ..........................................

14. «Arcana Artis» ................................................

15. Alquimia y temporalidad ....................................

Apéndice ..................................................................

Notas .......................................................................

Ilustraciones ............................................................

Contraportada



Los ensayos reunidos en HERREROS Y ALQUIMISTAS muestran el lugar específico que ocupan en la historia de las formaciones sociales las culturas exóticas, arcaicas y primitivas, irreductibles a los enfoques y valoraciones eurocéntricos. El conjunto de mitos, ritos y símbolos asociados a los oficios de minero, metalúrgico y forjador, cuyos secretos se transmiten de generación en generación a través de ritos iniciáticos, ilustra los cambios de la actitud mágico-religiosa de los hombres del mundo pre-industrial con respecto a la materia desde el preciso momento en que descubren su poder para cambiar el modo de ser de las sustancias minerales. MIRCEA ELIADE señala que ese doble carácter experimental y místico está igualmente presente en la alquimia, tanto en su versión occidental como en las variantes china o india. De las prácticas y experiencias alquímicas nacerá la química, a partir de la descomposición de la ideología precientífica y la puesta en marcha de un proceso general de secularización. Pero la alquimia es, también, una ciencia sagrada que estudia la pasión, matrimonio y muerte de las sustancias, destinadas a la transmutación de la materia (la piedra filosofal) y de la vida humana (el elixir de la vida). En esta misma colección: «El mito del eterno retorno» (LB 379), de Mircea Eliade.
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