Fue Bertrand Du Guesclin un destacado guerrero en la guerra de los Cien Años (1339-1453) habida entre Francia e Inglaterra que, encontró oportunidad y tiempo






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fecha de publicación15.06.2016
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LA MUERTE DE

BERTRAND DU GUESCLIN

Fue Bertrand Du Guesclin un destacado guerrero en la guerra de los Cien Años (1339-1453) habida entre Francia e Inglaterra que, encontró oportunidad y tiempo para pelear en Castilla a favor del conde Enrique de Trastámara, en lucha contra su hermanastro el rey Pedro I de Castilla.

Sabido es, que el conde Enrique venció -según algunos lo asesinó- al monarca, en el castillo de Montiel. Y tras ello, le sustituyó en el trono.

Pues bien, nuestro personaje Du Guesclin, que paseó y pateó los reinos de Castilla, Navarra y Aragón -al cual se le citaba como mosén Claquin-, tras los sucesos de Montiel, regresó a su Francia.

Y allí, su rey Carlos V, le recibió con los mayores honores y distinciones -pues regresaba vencedor, y le otorgó el título de condestable.

Continuó su vida militar -tal vez no sabía otra- y fue, al final de aquella década, de aquellos años setenta, cuando el monarca, su señor, le indicó la situación en la cual se hallaban dos fortalezas en la región de Gévaudan, por encima digamos, de la Provenza, en poder de los ingleses.

Para aquel rey Carlos, era una insoportable afrenta. Y deseaba vivamente recuperarlas.

Bertrand, ahora condestable, no se podía excusar.

Y aceptó la encomienda. Y se puso al frente de sus incondicionales bretones, en la ocasión muy optimistas, por el botín que cabría lograr.Y con ellos se dirigió a la región citada. No obstante, pronto cundió el rumor de que su jefe, no estaba sobre su caballo, con la apostura a que les tenía acostumbrados. Algo sucedía y grave.

Y se corrió entre las tropas aquel preocupante rumor: ¿Está enfermo el condestable? ¿Es grave? Parece que es cierto, parece que está demasiado somnoliento, pero…

Al fin, los bretones acamparon frente a la ciudadela de Châteauneuf-de-Randon, una de las dos imponentes fortalezas por lograr.

Y allí, el condestable insistía en revisar cada mañana a su gente, aún cuando ello, de día en día, le resultaba, se le hacia, más penoso.

¿Qué pasa, qué pasa? -se preguntaban unos a otros sin encontrar respuesta.

Bertrand trataba de convencerles. El no era el eterno jefe que suponían. Cosido de innumeras heridas, fatigado por tantas cabalgadas y batallas, estaba muy cansado.

Y envió en busca de su chambelán Louis de Sancerre, el hombre de su mayor confianza.

Mi hora ha llegado, lo sé -le dijo.

Y le recomendó, llévame amigo a reposar en mi tierra de la Bretaña.

Luego quedó silencioso.

Al poco le precisó: He ahí mi espada. Os la entrego a vuestras manos, para que la hagais llegar a S. M. Decidle, que siempre estuvo a su servicio, y que jamás le traicionó.

Un golpe de viento, corrió parcialmente la puerta de lona de la tienda de campaña, y pudo contemplar la ciudadela, y la inexpugnable fortaleza de Châteauneuf, que se había comprometido a conquistar para su rey.

Y tornando la cabeza, suspiró.

No tendría tiempo de lograrlo. El lo sabía. Que la vida se le escapaba deprisa por demasiadas rendijas. Y dormitó.

Afuera, entre las tiendas, se decía:

¡Bertrand se muere! ¡Bertrand se muere!...

La mala noticia que nadie quería oír, recorrió implacable el campamento, y cada cual a su manera, se entristeció.

Incluso la noticia llegó, hasta las posiciones de los ingleses, arribados en las altas murallas de la ciudadela sitiada. No lo querían creer.

El tiempo apuraba, y los ingleses disciplinados no lo dudaron

Y sucedió que el puente aquel, sujeto por las pesadas cadenas se abatió, y que la recia puerta principal se abrió amplia, para dar paso al capitán inglés -vestido para la ocasión con hábitos cortesanos muy sombríos- el cual, acompañado por sus oficiales sin armas, se dirigió a la tienda donde yacía el condestable acompañado por el duque de Berry.

Las gentes bretonas, con orden y máximo respeto, dejaron avanzar a los ingleses que se acercaban -todos lo reconocían- con ánimos de respeto, paz y homenaje.

El capitán inglés, -su rodilla en tierra-, depositó las llaves de la ciudadela, sobre el pecho del guerrero francés. Las manos de Du Guesclin, al contacto con el frío acero de las mismas, se animaron y favorecieron, que sus dedos se cerrasen fuertemente sobre ellas.

Incluso sonrió suave, al estimar que, su promesa de lograrlas se había cumplido.

Y se decía para si, que iba a poder cumplir su promesa al rey y ello curiosamente, sin usar de cuanto en otras ocasiones, con técnicas de guerra habituales, estrategias, uso de la fuerza de brazos y espadas, etc. etc., hubiera sido necesario.

Era una victoria inusual, y por ello, la más estimada de todas las de su larguísima carrera. Suponía además el reconocimiento más explícito de sus adversarios ingleses.

Y con aquel testimonio entre sus frías manos, el condestable sonrió agradecido.

A su alrededor, hombres de guerra, franceses, ingleses, suizos y alemanes de la Baviera o de Prusia, etc., etc. que sabían cumplir con su deber.

Sed buena gente -les aconsejó con una voz cercana y entrecortada.

No olvideis, no olvideis jamás que, en cualquier parte que hagais guerra, las mujeres, los niños, las gentes de asistencia y de Iglesia no son vuestros enemigos.

Y con las llaves de Châteauneuf-de-Randon sobre el pecho, como si de un crucifijo se tratase, cerró los ojos empañados por un sentido

¡Adiós, compañeros!

Du Guesclin, el bretón condestable de Francia, falleció así, el 13 de julio de 1380.

Las tropas exteriorizaron su dolor con un grito, un alarido unánime -según una costumbre de la época- de sentimiento y homenaje.

Y se dispusieron a trasladar su cadáver hacia su patria bretona.

Puy, Clermont- Ferrand, Mans, fueron lugares de etapa, hasta recibir la orden real, que obligó a dirigir la comitiva a la iglesia de Saint- Denis, tumba de los reyes y de los notables de Francia.

Y hasta aquí las secuencias de la muerte, a las que siguieron las de levantar el campamento, y el regreso de los bretones acompañando a su jefe.

Veamos ahora dos curiosas anécdotas.

Sobre la historia de Du Guesclin frente a la fortaleza me las proporcionó un amigo francés con quien compartí unos días en Tarazona.

Era y es, muy buen conocedor de la región de Francia donde sucedieron los acontecimientos.

Hoy -me comentaba- en la colina, apenas se supone el castillo que fue.

Y del mismo, ni tan siquiera algunas piedras sillares y ruinas. Y en los alrededores, fuentes de agua limpísima, orgullo de los lugareños, que apeteció el condestable.

Los vecinos, de siempre han sido ganaderos, -me citaba- y tomaban y todavía lo hacen, aquellas aguas tan frescas. ¡Cómo no!

Pero, ojo, con la precaución, de tomar previamente un vasito de un licor. De esta forma tras de poner en su boca un largo traguito de un orujo, fuertemente alcohólico, les sabía -y les sabe- tan rica. Y añaden, digestiva.

Y se comenta -continuaba mi amigo- ahora, y se afirma, que Du Guesclin bebió de aquellas aguas tan frescas, -por cierto, de las de la fuente de Clauze.

Pero lamentablemente,

sin advertirse de la precaución de tomar el orujo prescrito. Y tal comportamiento (como era de espera) le fue fatal. Ya que le produjo una tal bronco-neumonía que en poco, falleció.

Ya hemos dicho, que el condestable murió en su propia tienda de campaña, más probable por consecuencia del agotamiento de una vida militar tan esforzada, que por lo que acabamos de narrar.

Pero, para los de aquel pueblo, aquello fue una sencilla y lógica cuestión, derivada del uso impropio de sus aguas.

Y más todavía.

Mi amigo, callejeando nuestra Tarazona, terminaba la segunda anécdota.

En la plaza de Châteauneuf-de-Randon, se contempla -decía, una elevada estatua. El brazo extendido, la actitud altanera, el porte noble- queda enfrentada a la casa del Concejo, entre una nube de bóvidos, traídos para la feria.

Nos encontramos, con una espléndida figura que recuerda a todos, al condestable y a su estancia, y muerte en aquel lugar.

Pues bien, nos quedamos con una curiosidad inesperada, porque los residentes de este pequeño Châteauneuf-de-Randon mantienen todavía, un luto, tanto participado por el pueblo como protocolario, por el fallecimiento de aquel gran condestable que fue de Francia, en su propio pueblo.

Y aunque, tras tantos años pasados hasta ahora, en toda la nación francesa, se celebra en esos días de julio el día de la fiesta nacional, allí, en aquel lugar remoto, desde aquel fatídico año de 1380, en la destacada y desafiante escultura, pende el día 13 de julio de cada año, un luctuoso y respetuoso crespón negro.

Queda claro por tanto -terminaba mi amigo que los de Châteauneuf-de-Randon de tantas generaciones, y los actuales también, tienen y mantienen su corazoncito por el condestable ¡que bebió sus aguas!

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José Luis Moreno Lapeña http://jluismorenolape.wordpress.com/

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