Con marido nuevo y nueva prole, y aunque se desvivía por volver, empleando en ello las sutilezas de su despejado entendimiento, no acertaba con las llaves de la






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títuloCon marido nuevo y nueva prole, y aunque se desvivía por volver, empleando en ello las sutilezas de su despejado entendimiento, no acertaba con las llaves de la
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- XV -

De D. Fernando a Pilar de Loaysa

La Bastida, Mayo.

     Mi querida madre: Si han llegado a manos de usted mis cartas de Zaragoza, de Tafalla y de Campezu, lo que es muy dudoso por el desorden de estos correos malditos, sabrá que han dilatado mi viaje los cielos y la tierra, pues entre temporales de granizo y agua, y el deterioro de los caminos de herradura que hemos tenido que recorrer, todo ha sido adversidades y entorpecimientos. Pero al fin aquí estoy, aunque parezca mentira, sano, bueno y alegre, sin otra pena que la de contar las muchas leguas que ha puesto mi destino entre usted y yo.

     A todos los de esta casa y familia encuentro en buen estado de salud, y hasta el mismo Don Beltrán, con el regocijo de verme, parece que se ha remozado. No sé el tiempo que duró esta mañana la zurribanda de abrazos con que me recibieron. Éste me soltaba y el otro me cogía, y concluida la rueda, empezaba otra vez. Tan [149] estrujado me vi, que hube de pedirles que tuvieran piedad de mi pobre cuerpo molido; pero me dijeron que la mayor parte de los abrazos se daban a mi persona en representación de la de usted, y al oírlo repetí la ronda hasta que no me quedó hueso sano. He comido como un bruto, pues hambre atrasada traía... Sabas también ha llegado bien; su compañía me ha sido de gran utilidad.

     Lo primero que me ha dicho Valvanera es que cree injustificadas las precauciones de mi viaje y el largo rodeo que me señalaron las niñas de Castro. Asegura Juan Antonio que no tengo por qué ocultar mi presencia en estas tierras, ni hacer misterio de que voy a casarme, toda vez que la voluntad de la que será mi mujer se ha manifestado tan categóricamente. Las pobrecillas temieron sin duda que el despecho de D. Rodrigo y la venenosa inquina de Doña Urraca me ocasionaran alguna desazón en el camino. Ello no es más que la expresión de la timidez, de la inquietud de ambas señoritas y del cariño que me profesan. Las instrucciones llegaron hace días; pero ayer han sido anuladas en esquela traída por un propio, anunciando que hoy vendrían las definitivas órdenes a que debo ajustar mi conducta. Quien manda, manda. Me someto a la que hoy tiene [150] toda la autoridad, bien ganada con su resistencia heroica y la sublime constancia de sus afectos. Hablando de esta mujer incomparable, Juan Antonio y Valvanera no encuentran nunca la última palabra del elogio.

Martes.

     Llegó ayer por la tarde un papelito donde la hacendosa mano había escrito este lacónico decreto: «Ven mañana a Samaniego, ni antes de las cuatro, ni después de las cinco y media de la tarde».

     El mañana es hoy, querida madre... Dios vaya conmigo.

Miércoles.

     Ten paciencia como la tengo yo. Voy a contar lo que me pasó ayer, cosa en verdad singular, peregrina, inesperada. Estoy triste... Pero no, no se asuste vuestra merced, señora madre. Ello no es malo; digo, es un poquito malo, sí; mas pertenece a ese género de mal subentendido, convencional, que forma parte de un plan dispuesto para producir mayores bienes. Mejor lo entenderá usted con la relación del caso... Pues a la hora señalada monté a caballo llevándome a Sabas, y tomamos el camino de Samaniego. Ya próximos a este ameno lugar, me [151] sorprendió mucho no ver lucir entre los verdes viñedos las dos sombrillas rojas de que me habló Gracia en su carta. Eran en mi pensamiento las tales sombrillas estrellas que al Oriente de mi ventura habían de conducirme. El calor sofocaba: un motivo más para que yo no creyese que las niñas expusieran sus cabezas al sol. ¿Dónde estaban, pues? ¿Faltaban a la cita? No duró menos de diez minutos mi ansiedad. Un hombre nos salió al camino, cerca ya de las primeras casas, y señalando un grupo de árboles a la derecha, me dijo: «Allí está el ama esperándole, buen señor». Vamos, esto me volvió el alma al cuerpo. Enterome Sabas de que la casa cuya blancura clareaba entre el follaje de los álamos era Majada Mayor, propiedad de las niñas, inmensa construcción, donde tenían lagares, graneros y bodegas, corrales y otros edificios necesarios a una gran labranza y ganadería. Allá me dirigí por entre viñas lozanas, y no tardé en ver a Demetria, que en pie me esperaba guarecida del sol bajo un árbol. La emoción de verla, absorbiendo todo mi ser, impidiome reparar en el primer momento que no estaba Gracia con ella. Unos pasos más, y advertí que no estaba sola. Vi a su lado un objeto oscuro que me pareció tronco de un árbol. Otro paso, y vi que era un clérigo... No me causó [152] pena ver un sacerdote en compañía de mi presunta esposa. Pareciome que el cura alzaba ya la mano para echarnos la bendición... Pero no: lo que hacía era quitarse el sombrero para saludarme.

     Me apeé sin que nadie me tuviera el estribo, y al poner el pie en tierra, Demetria se acercó a mí, y yo le besé la mano. Tan conmovido estaba, que no acerté con las expresiones apropiadas a un caso tan excepcional y a tan feliz encuentro, y no puedo asegurar qué palabras le dije ni qué palabras callé... Algunas pronunció ella... Más turbada que yo, enrojecieron sus mejillas. Dirigiéndonos los dos hacia unos troncos donde debíamos sentarnos, advertí que mi futura esposa sonreía y que se le saltaban las lágrimas. No hallo diferencia notoria entre la Demetria de ayer y la del siglo pasado, que tan largo me parece el tiempo transcurrido sin gozar de su presencia: si hay mudanza, sólo consiste en un poquito más de carnes, en mayor blancura del rostro, que antaño era más tostado del sol. Durante nuestra conversación hubo momentos en que rodeada la vi de una aureola de majestad, que me habría rendido al vasallaje si ya no lo estuviese.

     Antes que yo le pidiera explicación de la ausencia de Gracia me dijo que, hallándose su hermana [153] enferma, se había decidido a venir sola por no condenarme al suplicio de la impaciencia, que suele convertirse en desesperación. Era esto un buen tema para romper la cortedad que a entrambos nos embargaba. Hizo ella una breve exposición del estado moral de su hermana, y por enlace natural pasó a referirme que los de Cintruénigo habían reanudado la batalla con refuerzos terribles. «Pero yo no me acobardo -me dijo-: ahora, después que nos hemos visto y podemos hablar, me atrevo con todos, y no habrá dificultad que me rinda. ¿Sabes qué clase de aliados ha traído Doña Juana Teresa para darnos la batalla? Pues en mi casa tengo de huéspedes al ilustrísimo señor obispo de Calahorra, al ilustrísimo de Tarazona con todos sus familiares, y en el Rectoral se alojan los reverendísimos arcedianos de Nájera y Santo Domingo, y el abad de San Millán de la Cogulla. ¿Creerás que en mi casa se prepara un concilio? Así es, y lo que quieren es el consentimiento de Gracia, que hoy no está nada conciliadora». Contestele yo que a su disposición me tenía, si entraba en sus planes espantar a los reverendos más o menos mitrados que querían meterse a gobernar familias ajenas. «No, no; por ahora hemos de andar con mucho pulso. Te necesito; pero no para eso. A los aliados [154] de Doña Juana Teresa les espantaré yo dentro de unos días, y para ello me basto y me sobro, sin irreverencia, quedando en muy buenas migas con la Iglesia de Dios.

     -Sepa yo pronto en qué pueda ayudarte. ¿Para qué estoy aquí, para qué soy tuyo en cuerpo y alma? -le dije impaciente ya, deseando que en algo grande y difícil me ocupara.

     En esto creyó la señora que se había descuidado en la presentación del clérigo que a nuestra conferencia silencioso asistía, y apresurose a enmendar su olvido. El tal cura, alto y voluminoso, viejo, de buen color y risueño semblante, era D. Matías Baranda, tío carnal de Santiago Ibero por parte de madre, y párroco de Samaniego. Una vez presentado, retirose el presbítero sin añadir palabra, con delicada y oportuna discreción, y nos dejó abandonaditos bajo la espesa verdura de los álamos. Sólo un perro grandullón, blanco manchado, quedó en nuestra compañía, alargando su cuello para que le acariciáramos Demetria y yo, con lo cual nos facilitaba la aproximación de nuestras manos. Fue aquél un momento de los más solemnes, de los más hermosos de mi vida. Tuve la suerte de encontrar las expresiones más sinceras, más apropiadas, más dulces para expresar a la ideal mujer mis sentimientos, que habían nacido de [155] la admiración, y que con el tiempo y quizás con la ausencia misma se habían elevado a las gradaciones más altas del afecto. Madrigales sin fin había dedicado yo a Demetria por escrito; pero creo que los más bellos que se me han ocurrido son los que de palabra le dije ayer. Estoy seguro de haber expresado con igual intensidad el amor y el respeto, y todos los matices delicadísimos de mi veneración ardiente por esta sin par mujer. También ella me dijo cosas muy bonitas, realzadas por la naturalidad más pura y deliciosa. Ni lo mío ni lo suyo cuento, porque estas expansiones y este hablar íntimo entre dos que se quieren empalagan a los que están distantes. Usted puede imaginarlo, sin que yo rompa el secreto que constituye todo el encanto y dulzura de los coloquios entre enamorados. Por el tono podría creerse que hablábamos de temas de santidad empleando los términos elementales del lenguaje místico, sin sutilezas, con efusión del alma, que también el amor tiene su padrenuestro, la oración más honda, más tierna y más clara.

     Ocurrió al término de nuestro picoteo amoroso algo que fue para mí contrariedad grande, súbito desengaño que derramó un vaso de amargura sobre mi alegría. No sé cómo fue rodando la conversación al punto interesante de nuestro casamiento, y yo manifesté a mi futura la seguridad de que se cumplirían [156] nuestros anhelos aquella misma tarde, o al día siguiente tempranito, pues así me lo hacía creer la presencia de aquel señor cura tan simpático. Puso Demetria una cara desconsolada, que no puedo describir. Era su desconsuelo infantil y al mismo tiempo grave. A mí se me nubló el alma cuando tal vi, y se me acabó de ennegrecer, volviéndose noche oscura, cuando los divinos labios dijeron: «¡Ay, hijo, siento decirte que hemos de esperar otro ratito! No nos casamos hoy ni mañana: aún no es tiempo, y tú convendrás conmigo en que un nuevo plantón es necesario...». Protesté... no me conformaba; se alteró un momento la placidez seráfica que había empleado en el palique de novios. «¿Qué entiendes por otro ratito? ¿Qué quiere decir un nuevo plantón? Estoy cansado ya de los ratitos, que han sido siglos de ansiedad en mi existencia, toda ella compuesta de situaciones provisionales. Ya estoy harto de plantones, pues los he llevado terribles, y uno más, ¡Santo Dios!, creo que me ocasionaría la muerte. Quiero ya el descanso, llegar al fin, y arrancar de mi alma la terrible expectación, que ha sido y es mi mayor martirio». Suspiró ella muy fuerte, miró fijamente la cabeza del perro, que yo acaricié con [157] más gana que antes. Encontreme entre los pelos del animal la mano de Demetria, que cogí y besé, teniéndola en la mía todo el tiempo que quise. Entonces ella, con gracia suma, mirándome y lloriqueando un tantico, sonriendo para formar con las lágrimas y la sonrisa un argumento de supremo poder, me dijo: «¿Quieres apostar a que te convenzo si hablamos dos palabras más? Tú eres bueno, piensas con cordura, sabes sentir. Con una ideíta sola y un sentimiento grande voy a convencerte... ¿Por qué no hemos de pasearnos un poco? ¿No te cansas de este asiento tan duro? Vamos por este sendero adelante hasta llegar a la ermita que ves en aquella loma».

     Sí, sí: yo quería también pasear por el campo, y que en medio del verdor lozano me dijera mi dama las ideítas y los sentimientos que habían de convencerme... Mucho tenía que apretar la sabiduría de la sin par doncella para persuadirme de que no debíamos desposarnos en aquel mismo momento, o al otro día con la fresca, lo más tarde. ¡Vaya con lo que sacaba en el instante que yo creía el más crítico de mi vida, el punto culminante de mi destino! ¿Conque más ratitos y más plantones? No, no; esto no podía ser. En aquel paseo, que habría sido encantador si en él no sintiera por nuevos peligros acechada [158] mi felicidad, vi un pedazo de tierra todo lleno de amapolas. ¡Qué graciosa elegancia la de aquel vestido de la madre tierra! El perrazo iba delante de nosotros; miraba hacia atrás a cada instante por ver si le seguíamos. Vi corderos blancos como la nieve, negritos o berrendos, amarrados lejos de sus madres y balando por ellas; sentí el rumor del rebaño que bajaba de las lomas, y presencié la embestida que dio nuestro perro a dos o tres gozquecillos que andaban por allí, y que a su parecer nos estorbaban el paso. No quería el Serrano (que así se llamaba) que ningún perro feo, tiñoso y vagabundo interceptase la senda que seguían sus señores. Hasta se ponía nervioso viendo a los pájaros que se posaban en el sendero, y a las personas echaba miradas iracundas, dándoles a entender que no respetaría clases ni especies zoológicas para tenernos franco el camino. Demetria me dijo, y cuando lo decía pasábamos por un segundo manchón de amapolas, más bonito aún que el primero: «¿No has alabado la resistencia mía? ¿No aseguras que tenía yo más mérito por haberme sostenido en la soledad sin ningún apoyo y casi sin esperanza? Pues si ahora te pido yo un poquito de resistencia, ¿por qué no me la concedes? No la pido sin razones, y ahora verás si esas razones pesan [159] o no pesan. Quien ha esperado tanto, ¿por qué no esperará días, tal vez semanas...?

     -Por Dios -dije yo-, no me hables de semanas. Déjalo en días y me conformo, muy a disgusto, por supuesto.

     Replicó entonces que no sentía menos que yo el aplazamiento de nuestra unión, y que había llorado mucho aquella noche antes de determinarlo; y cuando llegamos a la ermita, y a la sombra de su blanco muro nos sentamos en una piedra, observé en su rostro expresión festiva, un si es no es burlona, y presumí que lo de las largas me lo decía por hacerme rabiar, con travesura infantil. Echeme a reír, diciendo: «Todo es broma... juegas conmigo...». Y ella, envolviéndome en su mirada, toda penetración y ternura, me sorprendió con esta salida: «Tú me has dicho en una de tus cartas que eras Hércules, o que te asemejabas a Hércules en que la divinidad te había impuesto unos grandes trabajos, los cuales tenías que emprender con fe y valentía para ganar el premio de la felicidad.

     -Sí que lo pensé y lo escribí; pero ya caigo en que fue mala comparación.

     -No lo creo yo así. Haz el favor de recordarme, tú que eres tan sabio, cuántos fueron los trabajos del Sr. de Hércules. [160]

     -La Mitología nos dice que fueron siete; pero debo advertirte que todo lo mitológico es mentira, Demetria...






- XVI -

Prosigue la carta de D. Fernando

     -Será mentira -dijo con gracia mi futura consorte-; pero el que tales papas inventó quiso representar con ello que los grandes fines no son alcanzados por el hombre sino a fuerza de penalidades y sacrificios...

     -¿Y te parece que aún no he penado yo bastante para merecer la gloria terrestre, que eres tú?

     -Cállate la boca y déjame acabar. Pasemos revista a tus trabajos, a ver cómo están tus cuentas con la gloria terrestre. El primer trabajo fue cuando te lanzaste al Norte, en plena guerra, con aquel pillo de Rapella, en busca de tu novia, la diamantista; tenemos Uno.

     -Uno -repetí yo, que, viéndola contar por los dedos, abrí mi mano junto a la suya para llevar por duplicado la suma.

     -Sigue ahora el trabajo de más mérito, el [161] más difícil, el más heroico, el que te ha dado celebridad en todo el mundo, la grande hazaña de sacar del cautiverio de Oñate a las niñas de Castro y traerlas a su casa... Y van Dos. No es flojo el Tercero: la osadía de entrar en Bilbao y en la propia casa de los que te birlaron la novia, y acosarles y perseguirles exigiéndoles la confesión de su infamia... Sigue después otro magnífico trabajo: el de tu madre, sostenido para recobrar su independencia y poder llamarte hijo. Este trabajo te lo apunto a ti, porque si ella era quien aparentemente lo realizaba, de ti recibía la fuerza: el Hércules eras tú... No admito discusión. Van Cuatro. Después viene otro trabajito, que se lo doy yo al más pintado. ¡Vaya una campaña! Por ella debieras pasar a la Historia. Tus viajes disfrazado de trajinero para tratar con Maroto las condiciones de la paz, bastarían para darte fama de sagaz y valiente. Tenemos Cinco. Sigue la reconciliación con Zoilo, la busca de Aura hasta llegar a verla con el niño en brazos, manteniéndote en la increíble virtud de no dejarte ver de ella, y coronando luego esta brillante hazaña con la magnanimidad de mandar al marido a su casa para que hiciera las paces con su mujer. ¡Sublime acción! Van Seis. Y me parece que no hay más, mi Sr. D. Fernando. Falta, [162] pues, el Séptimo trabajo, que debe ser el que dé quince y raya a los demás, y éste voy a imponértelo yo».

     La miré sin decirle nada, pensando que aquella celestial mujer iba a volverme loco. Reconocíame yo incapaz de comprender la sublimidad de mi futura, si sublimidad era el matarme a trabajos antes de concederme su mano valiosa. Ardiendo en impaciencia por saber en qué pararían aquellas bromas, o tristísimas veras, le supliqué me dijese pronto cuál era el Séptimo. Me daba el corazón que no había de ser cosa fácil.

     «Pues haciendo yo ahora de divinidad -me dijo muy seria-, sepa mi buen Hércules que obligada me veo a imponerle un trabajo de mediana dificultad, y no bien realice mi caballero este séptimo y último empeño, lo celebraremos casándonos como unos benditos. ¿Qué tienes que hacer para que ambos recibamos el premio de nuestra constancia? Pues ir adonde sea necesario para buscar y prender a Santiago Ibero y traérmele acá de grado o por fuerza, cualquiera que sea el estado en que se halle, cuerdo o loco, feliz o desgraciado, sano o enfermo...

     -Aguarda un momento. ¿Estás segura de que Santiago vive?

     -Me consta que vive. [163]

     -¿En dónde está?

     -En Madrid estaba hace diez días. Pero no aseguro que allí permanezca. Tú, como buen Hércules, perseguidor de Aura, buscador de Zoilo, salvador mío en Oñate y en Aránzazu; tú, emisario de Espartero y confidente de Maroto, sabrás lo que tienes que hacer para descubrir a tu amigo y echarle la zarpa dondequiera que le encuentres.

     -Tu idea -respondí-, es noble y atrevida, bastante seductora para tentar a un hombre como yo, adestrado ya en lances de igual naturaleza; la idea me agrada; pero permíteme que dude de su oportunidad. ¿Acaso crees que aún no he demostrado bastante que soy digno de poseerte? ¿Te hacen falta más pruebas del temple de mi voluntad y de la constancia de mis afectos? ¿O es que te diviertes haciéndome creer que quieres dar largas a nuestro casamiento para gozarte en mi martirio?

     -Si yo te propusiera lo que te propongo por pura diversión, no sería quien soy, ni tampoco digna de ti. Bien probado tienes lo que vales, y mi corazón está satisfecho: con quererte como te quiere le basta para ver en ti el mejor de los hombres».

     Estas manifestaciones, de cuya sinceridad no podía dudar, no disipaban mi confusión. Tan [164] pronto creía yo que el imponer trabajos a un amante caballero obedecía ciertamente a un concepto moral muy elevado; tan pronto que no era más que un rasgo de mujer caprichosa, de imaginación exaltada y corazón frío; y aunque esto último pugnaba con la idea que yo tenía de Demetria, idea muy conforme con la opinión general, di en admitir el capricho como razón única de las heroicas pruebas. Produjo esta creencia efectos muy raros en mi espíritu, pues si al principio me turbó, no dejó de causarme un cierto regocijo: era la satisfacción crítica, el orgullo de haber encontrado un defecto en la misma perfección, que de este modo se alegran los astrónomos cuando descubren las manchas del Sol. ¡Demetria caprichosa!... ¡Qué monstruosidad! Para salir de dudas, pues aún no estaba seguro de mi crítica, explicaciones le pedí en esta forma:

     «Bien veo que tu plan responde a la noble idea de catequizar a Ibero y traerle de nuevo al amor de tu hermana, para curar a ésta de su dolencia, que no es otra que un grande amor contrariado y sin esperanza. Hasta aquí vamos muy bien, Demetria; todo lo que piensas es de fácil comprensión para mí, y téngolo por natural dentro de la grandeza de tus ideas. Pero si veo bien claro el pensamiento, no se me alcanza [165] su oportunidad. Lo natural y lógico es que habiendo yo venido aquí a casarme contigo, según el convenio que hicimos tú y yo por mediación de los Maltranas, cumplamos sin pérdida de tiempo lo que nos prometimos y por igual deseamos, porque, francamente, no veo yo incompatibilidad entre nuestra dicha y el proyecto de buscar y traer a Santiago. Habríala si el casarnos fuera operación larga; pero bien sabes que teniéndolo todo corriente, y el papelorio en regla, ese señor cura nos despachará en un cuarto de hora. Dime ahora tú si no hablo como la misma razón; dime si el plan más lógico no es éste: casarnos esta noche, o mañana, y luego partir los dos juntos, o los tres, en persecución del descarriado. Figúrate lo que voy a penar yo solo en este nuevo trabajo, sin apartar de ti mi pensamiento, temiendo que algo inesperado sobrevenga, que una desgracia tuya o mía para siempre nos separe; temblando por todo, ciego porque no te veo, triste porque no sé qué nuevas asechanzas te pondrán mañana los de Cintruénigo; lejos de ti y de mi madre, que sois mis luces y los únicos regocijos de mi alma.

     -Cierto que esto es penoso, y para mí lo es tanto como para ti. Presentado el caso como tú lo presentas, no hay duda. Pero aún no hemos [166] visto la cuestión más que por un lado, y ahora vamos a verla por el otro, que dos lados tienen siempre las cosas. Si yo te propusiera el Séptimo trabajo sin una poderosa razón; si fuera tal como tú lo has visto, como una prueba más sobre tantas, sería yo una mujer insoportable. ¿Cómo has podido creer eso?... Pero vamos a la explicación que necesita mi buen caballero, y ha de ser tal que no tendrás nada que decir contra ella.

     -Razón tiene que haber, pues si no, no serías tú Demetria I.

     -No tengo para qué ponderar -dijo ella con dulce confianza, posando su mano en mi rodilla-, cuánto quiero a mi hermana. ¿Pues ella a mí? Nuestro cariño es tal, que en ciertas ocasiones nuestras almas llegan a confundirse, y a pensar y sentir tan de acuerdo como si fuesen una sola. Juntas nos criamos; desde que quedamos huérfanas, yo la miraba como a una criatura, y ella a mí como si fuera yo la madre que perdimos. Llegó día en que, además de hermanas cariñosas, fuimos amigas y nos confiamos nuestros amores: los míos eran entonces muy tristes, alegres los suyos. Rebosaban de esperanzas los de ella; los míos... ¿qué tengo que decirte a ti sobre esto? Cambiáronse luego los papeles, y todas las felicidades de mi hermana [167] se pasaron al lado mío, y al de ella se fueron mis desgracias, mucho más acerbas en ella que en mí. En la carta que te escribió, habrás visto el desconcierto que padece el espíritu de la pobre niña, y cuán honda es su tribulación. Te decía que aborrece a Santiago, y lo que hace es quererle con más delirio que antes. Gracia se muere de pena. Si la vieras, te daría mucha lástima, Fernando, y serías el primero en procurar su salvación. Todo lo que eres capaz de hacer por mí lo harás por ella, ¿verdad? Yo he contado contigo, sin dudar un momento. ¿Verdad que lo harás? ¿Verdad que la quieres porque yo la quiero, porque es nuestra hermana? Cien veces daría ella su vida por nosotros. Hagamos nosotros por ella lo que te propongo, que es menos que dar la vida.

     Ya no necesitaba más Demetria para rendirme absolutamente a su voluntad. El acento, la expresión casi divina con que me hablaba, me cautivaron de tal modo, que hube de contenerme para no sellar nuestra concordia con un abrazo. Pero las explicaciones no eran completas, ni la razón suprema de anteponer al casamiento el trabajo hercúleo érame aún conocida. Esperé un momento para saberla, ¡oh qué mujer!, y tal como ella lo expresó, lo copio con ligeras variantes. [168]

     -Mi hermana y yo nos adoramos; pero no nos parecemos, y quizás nuestra desemejanza nos ha centuplicado el cariño. Su carácter es de un modo, el mío es de otro muy distinto. Yo soy una mujer fuerte; Gracia es una mujer delicada y toda nervios. A los veinte años continúa siendo niña; de mí cuentan que de chiquilla parecía mujer, y que cuando me ponía a jugar con las de mi edad, pronto las mandaba y todas me obedecían. Yo tengo una salud de hierro; la de ella es muy endeble; yo guardo mis penas sólo para mí, y con ellas me aguanto; Gracia no las oculta; yo soy muy seria, y ella muy jovial, hasta el punto de decir chistes en las mayores aflicciones... En el tiempo que aquí te tuvimos aprendiste a conocernos bien. Pero ignoras el estado en que hoy se encuentra Gracia, el desorden traído por el pícaro amor, y las pasiones nuevas que la pasión contrariada despierta en ella. ¿Conoces tú los rarísimos efectos de la envidia en los niños? No es esta envidia como la de las personas mayores, pasión fea: es un desconsuelo del alma, una consunción del cuerpo, como si una y otra quisieran aniquilarse para no ver el bien ajeno. Mi hermana me adora, y se muere si yo me caso y ella no. ¡Mira tú qué cosa tan rara! La envidia infantil no aborrece; es una enfermedad [169] de amor propio, y se alimenta de la idea de no ser nada, de no valer nada, de estar de más en el mundo. Hazte cargo del padecer terrible de la pobre niña, de los estragos que tantas pesadumbres han debido de hacer en su naturaleza delicada: de algún tiempo acá, su vida es un verdadero milagro. He venido notando que cuando se presentaban bien las cosas para que nosotros, tú y yo, viéramos cumplidos nuestros deseos, la pobrecita se agravaba en sus desazones. Hacerse quería la valiente; luchaba con el gusanillo que la devoraba; pero no podía nada contra él. Estos días, desde que te supusimos en camino de Barcelona a La Bastida, el decaimiento de Gracia llegó a tal extremo, que yo temí que Dios me cobraba el precio de mi felicidad con una desgracia terrible. El sábado pasado tuvo un vómito de sangre, poquita cosa, pero bastante a ponérmela como una moribunda. Guardó cama y se pasaba el día llorando, la noche hablando conmigo, pues yo no he dormido en tantas noches por hacerle compañía. La mandé levantarse; paseábamos juntas; notaba yo que hacía grandes esfuerzos por alegrarse cuando yo le indicaba que te ibas acercando... pero, ¡ay!, qué poco le duraba el fingimiento: se caía, se agotaba de improviso como una flor cortada puesta al sol... «Mira tú, hermana [170] -me decía-, yo sé que voy a ser para vosotros un estorbo muy grande. Pídele a Dios que me lleve consigo, y así no tendrás delante de los ojos esta tristeza que os ha de ennegrecer la vida». Ayer, sabiendo ya que estabas en La Bastida, se puso tan mal, que decidí acostarla. Llegaba el trance durísimo de decirle: «Gracia, tú no puedes venir a Samaniego; iré yo sola, y ya sabes a lo que voy». No me atreví a desplegar mis labios. Pero ella me adivinaba los pensamientos; sabía que esta tarde vendría yo acá; que, puesta de acuerdo contigo, nos iríamos a La Bastida, al amparo de Valvanera y Juan Antonio, y nos casaríamos, quedándome yo allá todo el tiempo que mis padrinos determinasen... «Ya sé lo que me espera -me dijo anoche Gracia cuando, después de cenar, me senté en la cama para charlar con ella-. Te vas, y la primera noticia que tendré de ti será la bomba que caerá en casa... La bomba será una cartita con estas razones: 'Ya no soy soltera, señores tíos, y para lo que ustedes gusten mandar, aquí estoy. He determinado casarme en esta forma, por mi libérrima voluntad, para evitar cuestiones con la familia, y para verme libre de importunos huéspedes y de la nube de clérigos y mitrados que han caído sobre mi casa'. Esto dirá tu carta, y oiré yo el [171] estallido, y del susto me moriré, porque los corazones de las niñas de Castro no pueden separarse, y los dos han de tener la misma felicidad o la misma pena, y de no ser así, uno de los dos tiene que reventar». Yo la consolé como pude: le dije que aunque me casara no podía ser feliz mientras ella también no lo fuese...

     Pasó tiempo; era ya media noche, y Gracia se iba quedando dormidita. De pronto, su rostro me pareció el de un cadáver. ¡Pobre hermana mía! La llamé, abrió los ojos, y nos abrazamos llorando, como si nos despidiéramos para la eternidad... Acosteme con ella, y arrullándola como a un niño, conseguí que conciliara el sueño. Yo velé hasta el día, y en aquellas horas de insomnio se me encendió el pensamiento, Fernando, ¡pero de qué modo!, y la voluntad se me puso... no acierto a decírtelo... se me puso como una columna muy grande y muy recia, capaz de aguantar el peso de todo el mundo. Ahí tienes cómo concebí este gran proyecto de juntar en una sola idea y en un solo plan la felicidad de mi hermana y la mía, y hacer con tu ayuda un colosal esfuerzo para que Gracia no se muera cuando yo vivo, sino para que vivamos las dos. Creo que Dios me ha iluminado... Esta mañana, ordenándole que se quedara en la cama, le dije, dándole muchos besos: «Estate [172] tranquila: volveré soltera. No voy más que a saber si puedo contar con Fernando para una cosita, para una idea que se me ha ocurrido... Verás qué idea más preciosa. Si él quiere, se hará, Gracia: Fernando puede mucho. Verás cómo nos trae las dos felicidades, la mía y la tuya». No daba crédito a mis palabras cariñosas. Imposible infundirle alegría y confianza. Su cara cadavérica me causaba terror. ¡Pobre Gracia, pobre hermanita de mi alma...! Dios me dice...».

     Le faltó el aliento, y las ganas de llorar pudieron más que su propósito de contarme lo que Dios le decía. Apretándose el pañuelo contra los ojos, lloró un buen rato, sin que a mí se me ocurriese ningún concepto, pues yo tenía mi corazón tan traspasado como el suyo, y más estaba para que me consolasen que para consolar.





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Con marido nuevo y nueva prole, y aunque se desvivía por volver, empleando en ello las sutilezas de su despejado entendimiento, no acertaba con las llaves de la iconJuzgado de lo Penal N° de Granada, Sentencia de 19 Jul. 2011, proc. 38/2011
Que Susana denunció en dos ocasiones a su marido Roberto ante la Comisaría Centro de la Policía Judicial de Granada, los días 7 de...

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Con marido nuevo y nueva prole, y aunque se desvivía por volver, empleando en ello las sutilezas de su despejado entendimiento, no acertaba con las llaves de la iconLa vida no es la que uno vivió
«Vaya con cuidado porque son locos de remate». Llego a las doce en punto. Se abrió paso con su andar ligero por entre las mesas de...

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Con marido nuevo y nueva prole, y aunque se desvivía por volver, empleando en ello las sutilezas de su despejado entendimiento, no acertaba con las llaves de la iconLas adopciones simples o menos plenas, subsistirán con los efectos...

Con marido nuevo y nueva prole, y aunque se desvivía por volver, empleando en ello las sutilezas de su despejado entendimiento, no acertaba con las llaves de la iconLas comunicaciones telefónicas deberán hacerse con la finalidad de...






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