Con marido nuevo y nueva prole, y aunque se desvivía por volver, empleando en ello las sutilezas de su despejado entendimiento, no acertaba con las llaves de la






descargar 0.61 Mb.
títuloCon marido nuevo y nueva prole, y aunque se desvivía por volver, empleando en ello las sutilezas de su despejado entendimiento, no acertaba con las llaves de la
página7/19
fecha de publicación09.06.2016
tamaño0.61 Mb.
tipoDocumentos
ley.exam-10.com > Historia > Documentos
1   2   3   4   5   6   7   8   9   10   ...   19

- XI -

(Continúa la carta de Valvanera)

Domingo.

     La segunda entrevista fue en Samaniego, que así lo determinó ella, fijándome día y hora. Convinimos en que yo iría con Juan Antonio, ella con Gracia y el mayordomo que suele acompañarlas, y podríamos estar juntas media tarde, libres y en todo el goce de la recíproca confianza, pues ya cuidaría ella de que ni los [110] tíos ni las amigas se le agregasen. Doy a esta segunda conversación la misma forma que a la primera di. Gracia no asistió a la conferencia; mi marido, sí; pero no figura en el coloquio hasta el momento final. Empieza ella diciéndome lo que copio:

     «Con mi resolución de entrar en un convento no se dieron mis tíos por derrotados; mas cambiaron de método para mi conquista, y ya no vinieron contra mi voluntad frente a frente, sino de soslayo. No tenía yo que hacer misterio de mi inquebrantable adhesión a D. Fernando y del tenaz propósito de ser suya o de nadie. Trataron de quitarme de la cabeza esto que llamaban desvarío; pero viendo que con sus exhortaciones no lograban sino exaltarme más en él, dieron en denigrar a mi salvador, más que en su propia persona, en la de su señora madre. En rigor de verdad, mi tío, que es un santo, no decía cosa alguna que pudiera sonar a difamación: no hacía más que presentarme como inconveniente el matrimonio con D. Fernando, sin que ello le impidiera reconocer las admirables dotes de éste; mi tía no pronunciaba difamaciones ni alabanzas del caballero; mas por boca de las de Álava y de las de Manterola quería demostrarme que me cubriría de vilipendio dando mi mano al hijo de la Condesa, y que [111] más me valdría la oscuridad de un convento, la muerte misma, que tan absurdo matrimonio...

     HABLO YO. (Sin poderme contener). -Pero , niña salada, no te acobardarías ante esos pérfidos ataques. Ya supongo que no se paraban en barras: te pintarían el nacimiento de Fernando como la mayor de las ignominias, y a Pilar como un ser odioso que lleva tras sí el oprobio y el escándalo. Pero tú, que sabes más que ellos; tú, que tienes alma grande y un entendimiento superior, capaz de medirse en buena lid con todo el Concilio de Trento, te sacudirías fácilmente las moscas, ¿verdad?

     ELLA. -¿Que si me las sacudía? Habría usted de oírme. Mi tío D. José, que no puede disimular, ni aun delante de su terrible hermana, el amor que tiene a D. Fernando, casi, casi me daba la razón, y sin darse cuenta de ello, apoyaba mis argumentos. Yo concluía mis sermones declarando que ni yo ni ellos éramos llamados a juzgar a la señora Condesa de Arista; que entre esta señora y yo, sin conocernos personalmente, no podían mediar rencores ni desconfianzas, sino más bien la mutua estimación y un leal cariño; y en cuanto a su hijo, todos debíamos cerrar los ojos ante su origen y abrirlos bien abiertos para verle y admirarle en los [112] méritos de su persona. Que me negaran estos méritos, y ya me tenían a mí como una leona, sacando para defenderle cuantas uñas me puso Dios en el magín. La verdad, no se atrevían a desconocer el talento, la cortesía, el noble corazón del hijo de la Condesa, y a mi tío se le escapaba de los ojos alguna lagrimilla cuando recordaba el tiempo en que aquí tuvimos a nuestro caballero con su patita coja.

     En esto apuntó el noviazgo de mi hermana con Santiago Ibero, que vino a enredar las cosas, ya bien encaminadas, porque mi resistencia movió a los Idiáquez a poner sus miras en la hermana menor. Vieron que por parte mía estaban verdes, y en la pobrecita Gracia viéronlas maduras. Fue mi primer impulso reprobar los amores de mi hermana con Santiago; pero entendiendo que el noviazgo no era cosa de juego, sino muy seria, observando a la chiquilla muy enamorada, y reconociendo en él cualidades y circunstancias que nadie podía negarle, apoyé los deseos de entrambos, y aquí me tiene usted en nueva y encarnizada lucha con mis buenos tíos. No acabaría nunca si refiriera pormenores de tantísimas escaramuzas y batallas. Mi casa ha sido el campo de una terrible guerra civil, en la cual, si no de sangre, torrentes de lágrimas se han derramado. [113] Y si por un lado he visto en mi casa un campo de Agramante, por otro paréceme teatro, en el cual las comedias han sucedido a los dramas, y a los dramas los entremeses para reír, que de todo hay en la escena del Señor.

     YO.- Me figuro lo que habrás padecido y luchado, pobrecita de mi alma, y tu heroísmo va más lejos de lo que yo creía, y él te da el diploma de mujer incomparable, única. Dime ahora si es cierto que Ibero, por causas desconocidas, ha roto con tu hermana, quedando ésta libre, y si la niña inconsolable, como cuentan, se decide a sepultar en un claustro su desconsuelo.

     ELLA.- Eso lo veremos. Yo no doy por terminado este asunto. Por de pronto, los de Cintruénigo, que hace meses cogían el cielo con las manos, han recobrado esperanzas, y con las esperanzas se le han hinchado las narices a Doña Juana Teresa, que vuelve a estar insufrible de altanería y despotismo. Ha desatado la curia contra su hermana la de Arista, acosándola con pleitos, y también a nosotras quiere enredarnos en ridículas cuestiones por los linderos de las piezas de Caparroso con unos andurriales donde apacientan cabras los Almontes de Tarazona. Pero de todo esto me río yo, como se reirá D. Fernando de las dificultades que le [114] ha movido por los mayorazgos de Valldeveu y de Centellas en Barcelona. Lo que principalmente ahora me inquieta es el estado de abatimiento de la pobre Gracia, y mi temor de que su tristeza le cueste la vida. No sé cómo saldremos de este nuevo conflicto; pero no renuncio a una buena solución si en ellos me ayuda la única persona en quien todo lo fío y de quien todo lo espero.

     YO. (Con solemnidad.)- D. Fernando, tu esposo, y así le llamo porque Juan Antonio y yo no salimos de aquí sin celebrar contigo un compromiso sagrado; el hombre que te sacó del cautiverio de Oñate, ahora te sacará del encierro en que tu voluntad y la de tu hermana están prisioneras; mas para esto es preciso que suya, eternamente suya, te declares, como él por mediación nuestra se reconoce tuyo y muy tuyo».

     Al decir esto, Juan Antonio y yo nos pusimos en pie, y con una solemnidad que comprenderás sin que yo te la describa, le dijimos: «Demetria, mi marido y yo te hacemos formal entrega del corazón del hombre que amas, y por encargo de él te pedimos el tuyo para enviárselo, y él lo guardará hasta que uno y otro corazón puedan en la realidad de la vida juntarse y en uno solo refundirse». [115]

     No sé si me salió como lo escribo; debió de ser en forma más tosca y con palabras inseguras; pero tal fue la sustancia de lo que dije. Habló entonces Juan Antonio, y palabra más, palabra menos, allá va: «Esto no es una simple conversación de amigos; es un compromiso grave, en el cual usted, Demetria, responde de su voluntad, como nosotros respondemos de la de nuestro amigo. ¿Está usted decidida a sobreponerse de un modo absoluto a las sugestiones de su familia, y dar su mano al que nos autoriza para ofrecer la suya?

     ELLA.- Sí lo estoy. Sea Dios testigo de que lo deseé siempre; y ayúdeme a sostener que si antes no pudo ser, ahora será.

     JUAN ANTONIO.- Convengamos en que esto es un casamiento por poder; y aunque para dar fuerza a la ficción no hay más garantía que la de nuestras conciencias, como éstas son muy puras, acordemos que lo que aquí se ate ningún poder humano podrá desatarlo. Deme usted su mano, y haga cuenta de que la mía es la de D. Fernando. Lo que falta, las formalidades civiles y las bendiciones del cura, harán efectiva la unión vital; y en espera del sacramento, las voluntades ya ligadas no pueden separarse».

     No lo dijo mi marido tal como aquí lo lees, sino con mayor familiaridad y menos tiesura [116] gramatical. Pero tómalo así, pues él me ha escrito el parrafillo, en que verás su pensamiento con toda claridad y precisión. Contestó Demetria repitiendo hasta tres veces el «sí quiero» con firme acento y emoción muy viva, y dimos por terminado el acto. Ya lo ves; véalo también el caballero de los escrúpulos: nos hemos excedido en nuestra misión, pues nos encargasteis que exploráramos, y no sólo hemos explorado, sino que hemos descubierto y os ponemos en la mano un mundo hermosísimo. Yo estoy muy contenta, todo lo que puedo estarlo dentro de las sombras de mi pena indeleble. Tú también te pondrás como unas pascuas cuando esto leas, y del caballero nada digo, porque me le imagino celebrando su felicidad con todo el ardor y toda la vehemencia que puso antaño en llorar su desgracia. ¡Vaya, que se lleva una hembra!... Mucho vale tu niño, Pilar; pero con ser tan grande su mérito, aún creo que no iguala, no, a este acabado modelo de chiquillas casaderas (no tan chiquilla ya), que será pronto perfecta casada. Dice Juan Antonio que no ha visto otro caso, ni cree que exista mujer que a Demetria pueda compararse. No nos cansamos de admirar su discreción, su aplomo, su gracia, en la dosis precisa para no perjudicar a la formalidad; su belleza, que en [117] alto grado tiene cuando bien se la mira; su conocimiento de la vida; su inteligencia casera y gobernante, sin que deje de ser mujer en todo cuanto ordena y ejecuta; y, por último, su salud vigorosa, pues su cuerpo es de intachable configuración, airoso y flexible, las carnes apretadas y duras, la mirada serena y viva, el color tostado, la musculatura de acero. ¡Qué hermosa sangre, qué admirable vida! Te anuncio una cáfila de nietos que harán tus delicias, y serán como robles. A Fernando, que se apresure a tomar posesión del mundo que él descubrió y que nosotros le hemos conquistado. Si algún impedimento hubiera aún por acá, lo arrollará la terquedad de esta señorita, que ya se tiene por casada en espíritu y quiere serio de hecho. Es muy natural: ha cumplido los veintiséis. Su talento, su vida exuberante le dicen a gritos que es lástima dejar que el mundo se acabe.

     Nota.- Todo esto me lo ha puesto Juan Antonio, que se mete a colaborar en mi carta, quitándome la pluma de la mano y añadiendo observaciones y juicios de su cosecha. Declino la responsabilidad... Pues sí: decimos que se dé prisa D. Fernando; por acá la prisa es grande, en razón de lo tardío de esta unión. Ya debías tú tener un par de nietos, muchachones como castillos, si las cosas hubieran ido por el camino [118] que debían llevar. Pero no tarda quien a casa llega. La niña de Castro no espera más, y antes que dilatar su dicha y el cumplimiento de sus naturales fines, se pondrá por montera a toda la familia y a la caterva de allegados y deudos que la atormentan. No espera, digo, y harto lo revela su rostro sanote, de un color de salud y vida que es la mayor gala de la naturaleza. El sol está en su cara, y las generaciones hormiguean en sus ojos... Basta; le quito la pluma a Juan Antonio para decir que no es decente meter tanta prisa.

     Bien quisiéramos, amiga del alma, acompañaros en vuestros paseos por la mar. ¡Qué hermosa será vuestra galera empavesada, deslizándose... y las ondas azules, y...! Aquí me paro, porque no sé yo decir esas cosas. Cuando pase el invierno, quizás podamos satisfacer nuestro afán de verte y embromarte, dándole un fuerte mordisco a ese caballero, y un tremendo abrazo a D. Pedro Hillo. ¡Qué guapos estaréis todos navegando por esas aguas, y pescando besugos, o lo que den los mares de allá!

     Pues ahora, Juan Antonio, no contento con meterse a colaborar en mi carta, ha dado en retocarla toda, añadiendo parrafitos, borrando lo que no le parece bien, enmendando lo que cree oscuro. El cuento es que, por no enviártela [119] llena de tachaduras y garabatos, tengo que ponerla en limpio, y al hacerlo, veo que lleva un empaque gramatical que no entra en mis hábitos. Así se aprende. Dice mi marido que debe ir el documento muy bien apañadito, porque su indudable importancia lo destina ciertamente a la conservación; esta carta es de las que se guardan como oro en paño en las familias, y hallándose, por tanto, amenazada de pasar a la posteridad, debemos darle una pasadita de piedra pómez.

     En mi próxima te mandaremos, de acuerdo con tu nuera, instrucciones acerca de la mejor forma, del tiempo y lugar más adecuados para la celebración del casorio. Tiene razón mi marido: ¡a casarse, a vivir!

     Veinte mil besos de mis hijos y míos, innumerables docenas de abrazos de Juan Antonio y de D. Beltrán, y recibid toda el alma de vuestra amante amiga -Valvanera. [120]






- XII -

De D. Serafín de Socobio a D. Fernando Calpena

Enero de 1842.

     Ilustre amigo: Su carta del 12 me alivia del susto que la del 3 me dio, pues veo en ella bien manifiesta la mejoría de su señora madre, que ni aun en ese dulce clima tolera los rigores invernales. Felizmente no es cosa mayor esa dolencia que en tan gran alarma nos puso a los amigos de acá, y doy gracias a Dios por el alivio, pidiéndole que sea completo, y que las aflicciones de usted por este motivo no vuelvan a repetirse. Al propio tiempo allá van mis felicitaciones por lo que me manifiesta respecto al buen giro del interesante asunto de La Guardia, más relacionado con el corazón que con los intereses. También pido a Dios que le acelere el desenlace que ha de colmar sus justos anhelos. Si da Dios la felicidad a quien la merece, bien puede usted decir que ya la tiene en la mano. Cierre usted el puño para que no se le escape.

     No resisto a la tentación de dar a usted algunas noticias que con ese negocio se enlazan. [121] Ha llegado la semana pasada el señor Marqués de Sariñán, que trae el propósito de aprovechar la famosa ley del 2 de Septiembre último, por la cual se declaran bienes nacionales todas las propiedades del clero secular en cualesquiera clase de predios, derechos y acciones que consistiesen, de cualquier nombre y origen que fuesen, y con cualquier aplicación y destino con que hubieran sido donadas, compradas o adquiridas. Alcanza esta ley a los bienes, derechos y acciones de las cofradías y fábricas de las iglesias. Al olor de estas compras acuden terratenientes de los pueblos y logreros de las ciudades. Sigo creyendo que la ley es un despojo inicuo. El de Sariñán no se duerme, y como tiene ahorros, efecto natural del miserable y roñoso trato que se da, será de los que arrebaten con viva mano los mejores bienes de aquellas manos muertas. Allá se las haya con su conciencia. Pues bien: interrogado el señor Marqués por un amigo mío acerca de lo que llamamos el negocio de La Guardia, repitió que pronto quedarían vencidas las dificultades que suscitaba la malicia. Se lo digo para su gobierno, en la seguridad de que usted compaginará las noticias que recibe con las que me da.

     Otra incumbencia, además de la compra de tierras eclesiásticas, le trae a Madrid, y de ello [122] puedo dar testimonio, porque a un servidor de usted se le han encargado las diligencias necesarias para llevarla a efecto. Desea el señor Marqués añadir a sus títulos nobiliarios el de Duque, y consultado el caso conmigo, aconsejé pedir la reválida del ducado de Nuévalos, que en tiempos de D. Pedro V de Aragón perteneció a la casa de Idiáquez, pasando luego por enlaces a la de Lazán, y perdiéndose hacia 1710, por muerte del poseedor D. Fadrique de Lazcoiti y dejación de sus herederos, que se ligaron a la casa del Archiduque y emigraron a Francia. Conforme con mi dictamen el señor Marqués, quedé yo en comenzar las gestiones y en llevarlas con la mayor actividad. Esto me huele a próxima boda. No diga usted esto a nadie, mi buen D. Fernando, que el Sr. D. Rodrigo me ha encargado la reserva.

     Dejemos a un lado al noble mayorazgo de Cintruénigo, y vamos con su amigo de usted, de quien al fin puedo darle nuevas, que siento no sean felices... No tiene usted idea, mi señor D. Fernando, de las vueltas que di por Madrid, ni de las calles y costanillas que tuve que recorrer para encontrar al desdichado Ibero, tarea ingrata, que me ha puesto perdido de los callos, pues hay que ver, amigo mío, la ruindad y abandono de los empedrados de la Villa y Corte [123] en estos tiempos de Regencia esparterista. ¡Qué Ayuntamiento! Así está todo. Vamos al abismo, si no vienen pronto los hunos. ¿Sabe usted quiénes son los hunos? Pues son los otros. Inteligenti pauca.

     Decía que tropezando aquí y acullá, tomando razones de porteras soeces y de aguadores zafios, di con Santiago Ibero en una vivienda modestísima de la calle del Limón. ¿Sabe usted dónde esta calle cae? Allá por el cuartel de Guardias, que es donde Cristo llamó, según cuentan, y no le oyeron... Sorprendiose de verme, y lo primero que hice fue hablarle de usted, por cuyo mandato iba yo en su seguimiento y captura. Al pronto pareció no recordar, no digo la persona, pero ni el nombre de usted, de donde saqué la convicción del lastimoso estado de su caletre; pero luego, mi segunda y tercera amonestación le refrescaron los aposentos de la memoria, y se manifestó complacido del recuerdo, añadiendo que no existía ningún amigo que tanto le interesase. Como yo le dijese que era fea ingratitud olvidar a tal amigo y no responder a sus cartas, contestó mil incongruencias: que no tenía tiempo de plumear; que no acertaba con lo que debía escribir a persona tan amada; que sus ideas variaban como unas setecientas veces al día; que escritas con no [124] poco trabajo dos cartas, las había roto; que escrita una tercera, olvidada se le quedó en el bolsillo dos largos meses, entre migas de pan y picadura de tabaco.

     No es cierto que le hayan concedido la licencia absoluta: la pidió al Regente; pero éste, mejor dicho, el gran mangoneador Linaje, no ha querido dar curso a la solicitud. Está el hombre de cuartel, abominando del servicio militar y de todo lo que sea guerra, fusiles y ordenanza. Causome no poca sorpresa ver gruesos libros en la mesa del mísero cuarto en que me recibió, y de punto subió mi asombro viendo que eran obras místicas: el Tratado de la Paciencia, de Malon de Chaide; la Vida de Cristo, del padre Nieremberg; el Evangelio en triunfo, de Olavide, y algo más que no recuerdo. A mis preguntas acerca de sus nuevos gustos literarios, contestó con evasivas. Luego vi que un armario próximo albergaba novelas, algunas traducidas del francés, y me parecieron, por los pocos rótulos que leí, la más abominable literatura del mundo. De paisano vestía el pobre Coronel, cubriéndose casi todo el cuerpo con una luenga bata negra que más parecía sotana, los pies en pantuflos colorados: ni en cuellos ni en puños vi asomos de camisa, gloriosa nuditas. Lo más extraño de todo es que en la [125] frigidísima estancia no había lumbre. Interrogado por mí acerca de este punto, díjome que ignora lo que es frío, que arde su cabeza, y que su corazón es un rescoldo inextinguible. En tanto que con él hablaba, se me iban los ojos por todos los rincones del aposento, buscando rastro de mujeres o alguna señal de femenil existencia. Vi retratos de escaso mérito, que no representaban ciertamente tipos de hermosura; vi ropas colgadas de clavos y perchas, entre las cuales había prendas de mujer, viejas y sin ninguna elegancia; botas y zapatos de pie breve vi también, ya desfigurados por el uso. Mujer había sin duda, mas era de baja estofa, según las trazas, o de las que por los caminos de liviandad vienen muy a menos.

     Con la discreción más sutil traté de sonsacarle quién era ella y el por qué y el cómo de tal envilecimiento; pero no quiso clarearse, demostrando en ello más marrullería que demencia, y una grande habilidad para eludir las contestaciones concretas. Y luego, exaltándose de improviso, me dijo: «Soy un hombre sin honor, y toda persona que se estime debe huir de mí como de un apestado. No merezco que ningún caballero me dirija la palabra. Caballero fui yo; pero ya no lo soy, ni a serlo volveré». Y como yo intentara quitarle de la cabeza ideas tan [126] sombrías, se encalabrinó más, echando tal lumbre por los ojos, que empecé a sentir miedo. Mi turbación llegó a su colmo cuando le vi levantarse súbitamente cual muñeco de resortes, y medir a zancajos la estancia, cogiendo un libro de una parte para ponerlo en otra, y masticando palabras ininteligibles, como quien no está en sus cabales. A toda prisa solté las frases de retirada, y él, apretándome la mano hasta que me hizo ver las estrellas, echome su despedida en los términos más insólitos: «Le felicito a usted porque se marcha... muy señor mío y dueño... Buenas tardes... Expresiones... Váyase pronto y no vuelva... Aquí manchamos, digo, yo mancho... Conservarse. Me hará el favor de no volver acá».

     Asustado en el momento de despedirme, compadecido cuando salvo me vi en la escalera, bajé con propósito de obedecerle en lo de no repetir la visita. Olvidaba decir a usted que no me salí sin entregarle su carta, y que él la tomó con rápido impulso, y sin mirarla la puso entre las hojas de un voluminoso libro, cuya tapa cerró con estrépito. Me figuro que aquel y otros infolios son el panteón donde yacen sepultadas todas las cartas que el infeliz hombre recibe. [127]

     Con que ahí tiene usted todo lo que directamente he podido inquirir del caballero sin ventura, a quien ha hechizado vilmente alguna de estas a quienes vilipendió Aristóteles llamando a toda la clase animal imperfecto. Si por vía indirecta puedo averiguar algo más, no tardaré en comunicárselo. Sé que otros amigos de usted andan en exploraciones por el lado de ciertas familias manchegas y matritenses, y quizás saquen de ello algún fruto... A propósito: me han contado que el protegido del Regente, Marianito Centurión, que de garrochista andaluz pasó a gentilhombre de Palacio, ¡o tempora!, anda por estos sociales laberintos buscando una hembra de buena dote con quien entroncarse, sin reparar que sea un espanto de fea. Parece que el hombre ha encontrado su para cual en la hija de un D. Bruno, coterráneo de D. Quijote; pero no se lleva mal chasco si la pide en matrimonio y se la dan, pues no es oro todo lo que reluce, ni la riqueza de esa familia es lo que cree Centurión, que ya se tiene por poseedor de media Mancha. Y de una de las chicas he oído que anda un poco descarriada, cosa natural en este Madrid, que a los vicios ingénitos une hoy los que nos ha traído el progresismo, conductor de nuevas, costumbres y de relajaciones extranjeras. ¿Si será esta oveja churra, [128] descarriada, la pretendida de Centurión? Me alegraré mucho, para que, sin llevarle gran cosa de dineros, le adorne la cabeza como él se merece y le cuadra muy bien, y así podrá decir que la boda le sale a mocha por cornada.

     Pasando a otra cosa, mejor enterado estará usted que yo de ese movimiento de Barcelona, del cual dicen que es democrático-socialista... ¡Vaya unos términos que vamos sacando ahora! Es lo que nos faltaba: que el desbarajuste esparteril nos trajese también un poco de democratismo, tras del cual veo asomar la oreja del republicanismo, o sea la disolución social. Por aquí se asegura que el Tío Cromwell, tan severo con los caballeros de Octubre, será blando con los insurrectos de Barcelona, lo que no ha de maravillar a nadie, por aquello de asinus asinum fricat. Bueno, Señor, bueno.

     En las nuevas Cortes, los más ciegos pronostican grandes tumultos. López y Caballero están haciendo ya los guiños parlamentarios que preceden a la rabiosa oposición. Cortina y Olózaga tiran chinas contra las nulidades del Ministerio, y mi señor Regente no sabe salir del círculo de su tertulia de ayacuchos, ni gasta más ideas que las que allí le suministran. Vamos bien, tan bien que no iríamos mejor si estuvieran en nuestra mano las riendas del desgobierno. [129] La situación es consoladora para los leales, y muy recreativa para todos, porque nos deleitamos con las crueles bufonadas de La Postdata y de La Guindilla. ¡Qué ingenio para las burlas! ¡Con cuánto gracejo y desparpajo escarnece la libertad de imprenta a los que la patrocinan, y qué bien allana el camino a los que reniegan de ella! La prensa, amigo mío, es un perro que no muerde más que a sus amos. ¿A nosotros qué ha de mordernos, si desde el primer día le ponemos bozal? En fin, que sigan ciegos y locos cometiendo torpezas, autorizando escándalos, corrompiendo al país, revolcando en el suelo el principio de autoridad, y no tendremos que hacer más que cruzarnos de brazos, hasta que llegue el momento de recoger aquel sagrado principio, roto y sucio en medio de las calles. Y como estará tan puerco, de las manos progresistas, habremos de cogerlo con un papel... que será la Constitución genuinamente moderada.

     ¿Qué tiene usted que decir de esto? ¿Verdad que estoy en lo firme anunciando la catástrofe progresista y el triunfo de los buenos? Y los buenos somos nosotros, Sr. D. Fernando: ya lo verá usted, que también es bueno en general, y como tal le reconoce su incondicional servidor y amigo -Socobio. [130]





1   2   3   4   5   6   7   8   9   10   ...   19

similar:

Con marido nuevo y nueva prole, y aunque se desvivía por volver, empleando en ello las sutilezas de su despejado entendimiento, no acertaba con las llaves de la iconContenido
«aritmética de las siete operaciones», queriendo subrayar con ello que a las cuatro operaciones matemáticas conocidas por todos,...

Con marido nuevo y nueva prole, y aunque se desvivía por volver, empleando en ello las sutilezas de su despejado entendimiento, no acertaba con las llaves de la iconSe precisa que, de acuerdo con el presente artículo, las cooperativas...

Con marido nuevo y nueva prole, y aunque se desvivía por volver, empleando en ello las sutilezas de su despejado entendimiento, no acertaba con las llaves de la iconUna de las características distintivas del ser humano es que vive...

Con marido nuevo y nueva prole, y aunque se desvivía por volver, empleando en ello las sutilezas de su despejado entendimiento, no acertaba con las llaves de la iconEstructuras básicas de salud r. D. 137/1984, de 11 de enero- b. O. E. n º 27, de 01/02/1984
«de forma que permita atemperar las funciones públicas ejercidas por los sanitarios locales con las circunstancias del momento y...

Con marido nuevo y nueva prole, y aunque se desvivía por volver, empleando en ello las sutilezas de su despejado entendimiento, no acertaba con las llaves de la iconJuzgado de lo Penal N° de Granada, Sentencia de 19 Jul. 2011, proc. 38/2011
Que Susana denunció en dos ocasiones a su marido Roberto ante la Comisaría Centro de la Policía Judicial de Granada, los días 7 de...

Con marido nuevo y nueva prole, y aunque se desvivía por volver, empleando en ello las sutilezas de su despejado entendimiento, no acertaba con las llaves de la iconConcepto. Es un modo de ejecución de la obra pública, por el que...

Con marido nuevo y nueva prole, y aunque se desvivía por volver, empleando en ello las sutilezas de su despejado entendimiento, no acertaba con las llaves de la iconLa vida no es la que uno vivió
«Vaya con cuidado porque son locos de remate». Llego a las doce en punto. Se abrió paso con su andar ligero por entre las mesas de...

Con marido nuevo y nueva prole, y aunque se desvivía por volver, empleando en ello las sutilezas de su despejado entendimiento, no acertaba con las llaves de la iconLa vida no es la que uno vivió
«Vaya con cuidado porque son locos de remate». Llego a las doce en punto. Se abrió paso con su andar ligero por entre las mesas de...

Con marido nuevo y nueva prole, y aunque se desvivía por volver, empleando en ello las sutilezas de su despejado entendimiento, no acertaba con las llaves de la iconLas adopciones simples o menos plenas, subsistirán con los efectos...

Con marido nuevo y nueva prole, y aunque se desvivía por volver, empleando en ello las sutilezas de su despejado entendimiento, no acertaba con las llaves de la iconLas comunicaciones telefónicas deberán hacerse con la finalidad de...






© 2015
contactos
ley.exam-10.com