Con marido nuevo y nueva prole, y aunque se desvivía por volver, empleando en ello las sutilezas de su despejado entendimiento, no acertaba con las llaves de la






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títuloCon marido nuevo y nueva prole, y aunque se desvivía por volver, empleando en ello las sutilezas de su despejado entendimiento, no acertaba con las llaves de la
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- VIII -

Del mismo al mismo

29 de Octubre.

     Mi Sr. D. Fernando: Demos gracias a Dios y a nuestro amigo D. Eduardo Oliván e Iznardi, uno de los pocos mortales que no comen el pan de la cesantía, por virtud especial que posee para salir a flote en todos los naufragios; démosles gracias, digo, porque sin ellos no podría yo mandarle noticias del expediente de Hacienda, ni de la favorable nota con que lo ha despachado la Asesoría general... Pero ha de saber usted que antes de llegar al señor Ministro, forzoso es que pase por tres o cuatro de los llamados centros, donde emplearán las semanas de Daniel en leerlo y resobarlo, en escudriñar precedentes y compulsar las distintas jurisprudencias que atañen al caso, antes de que se aproxime a la superior resolución. Reúna usted, pues, mi buen amigo, toda la paciencia necesaria, y apriete los resortes para que tanto en Madrid como en Barcelona operen con rapidez y desembarazo, resolviendo de plano y a gusto [82] de la parte interesada. Aproveche usted la situación presente, en la cual goza de toda la influencia, y de ninguna su infatigable enemigo el señor marqués de Sariñán y Villarroya, que si las tornas se vuelven pronto, como espero, y el moderantismo empuña el mango de la sartén, el señor Marqués será poderoso y usted no.

     Hablé del caso con D. Manuel Cortina, uno de los pocos progresistas que merecen un trato afable y consecuente, y su opinión es que a los mayorazgos de Centellas y Valldeveu, de los estados de la casa de Loaysa, no pueden afectar las reclamaciones de la Real Hacienda contra la casa de Idiáquez. Esto es lo único que puede decir sin conocimiento de los orígenes de la cuestión. Secuestrado muy a su disgusto por la política, pronto reanudará los trabajos de bufete, y lo primero que detenidamente estudie será el asunto que a usted tanto inquieta. Así lo ha escrito a la señora Condesa en reciente carta; y ya que la nombro, no dejo pasar yo tan buena ocasión sin tributarle, por conducto de usted, mis homenajes más respetuosos.

     Amigo mío, despeje su ánimo de esas aprensiones, y tome el camino de La Guardia, donde lo menos que puede hacer es casarse, si han llegado ambas familias a una feliz inteligencia... Quiero que conozca usted las contradictorias especies [83] que corren por aquí acerca de esa boda, que tan pronto se nos presenta por el lado claro, tan pronto por el oscuro. Mi primo D. Vicente de Socobio, canónigo patrimonial de Vitoria, en cuya casa pasó su grave enfermedad el señor D. Pedro Hillo, me escribe acerca del particular algo que no se compadece con las referencias del Sr. D. Víctor Ibraim, capellán de honor en la Real Casa, el cual asegura que la boda es un hecho, mas con variantes que han de causar grande sorpresa. No se casa usted con Demetria, sino con Gracia, y aquella sin par señorita, cuyas virtudes trompetean cuantos la conocen, ha resuelto consagrar su preciosa vida a vestir imágenes, o encerrar su virtud en las Huelgas de Burgos. Áteme usted esa mosca. Y cuando no me había repuesto del estupor que esta noticia me causó, viene mi tío Frey D. Higinio de Socobio y Zuazo, de la Orden de Calatrava, y me dice que Santiago Ibero ha dado un tremendo esquinazo a la niña menor de Castro-Amézaga, la cual, furiosa de verse plantada, no halla mejor consuelo de su desaire que aceptar las propuestas del férvido marqués de Sariñán. Bien podía usted enterarme de la verdad, si la sabe, en este juego de las dos niñas, que tan pronto se casan como se enclaustran, y de si triunfan los Idiáquez, pues desde aquí estoy viendo la [84] cuarta de jeta que alarga Doña Juana Teresa, si, como se dice, logra incorporar a su estado los predios de Páganos y Samaniego.

     Y para que mi confianza, Sr D. Fernando, sea estímulo de la suya, le contaré lo que por mí mismo he podido averiguar, valiéndome de una terrible encerrona que di a Santiago Ibero la semana pasada. Le cogí por mi cuenta en el casino de la calle del Príncipe, y solos en un apartado aposento traté de confesarle. Mas no valían con él indirectas, y a mis preguntas sólo contestaba como el lego que reparte la sopa de San Francisco, echando cucharadas del caldo de arriba. «Hermano -le dije-, eche de profundis»; y, por fin, sacó de lo más hondo una parte de sus secretos, una parte no más, la que principalmente nos interesa. Pues el caso es que ha roto su compromiso con Gracia porque no se cree digno de ella. Añade nuestro buen amigo que se tiene por un miserable, que él mismo se desprecia y qué sé yo qué. Se ha pasado con armas y bagajes a la literatura de tumba y capuz de que tanto nos hemos reído, y sus melancolías entiendo que son una enfermedad ocasionada por desvaríos de amor. Me da mucha pena el pobre Santiago, que es un pedazo de pan, un niño cándido, de altas ideas y caballeresca voluntad, cuando no se deja embromar [85] por los mengues. Le hacía falta un buen amigo que le sacara de estas obscuridades; su apagada razón necesita otra refulgente como la de usted para lucir como debe.

     Bomba. Sepa usted que Su Alteza Serenísima (hablo del Regente) emprenderá un viaje a Zaragoza, en busca de popularidad según creo, pues la de aquí parece que se le va disipando. El pobre señor no se ha enterado todavía de que el movimiento era contra él, contra su desdichada administración, contra su ineptitud para el gobierno. En sus alocuciones disimula la escama diciendo que los sublevados iban contra la Voluntad Nacional, contra los sacros principios, etc... Me recuerda al baturro que habiendo recibido un par de coces en la obscuridad de una cuadra, gritó: Alumbra, Magalena, que la borrica me ha tirao una coz, y no sé si me ha pegao a mío a la paré. Yo le diría a Su Alteza: «A la pared, señor mío, que es usted, y a usted, que es la pared, pues pared y Regente se confunden en una sola persona dura».

     Supongo que irá usted a verle, y él le contará sus cuitas, que no son pocas, y algún proyecto descabellado para conjurar la tormenta que se le viene encima. ¿Querrá encomendarse a la Virgen del Pilar para que le saque del atolladero? No, no: la Pilarica no puede amparar al [86] que se complace en conceder mercedes a los rufianes y en fusilar a los caballeros... Dispénseme usted que le hable con esta libertad. Mi indignación no conoce freno: ansío que venga de la parte de Francia nueva tanda de paladines, bien repuestos de armas y de todo el oro francés, inglés o turco que puedan allegar, para que salgamos de esta esclavitud degradante. La jugada de Septiembre fue muy fea, y juro por el Cirineo de Cascante (como dicen los brutos de mi tierra) que nos la han de pagar.

Noviembre (no marca el día).

     Vivimos en la más estúpida de las tragedias, y hechos a sus horrores, hablo a usted de fusilamientos, como hablaría de una moda flamante o de una función de teatro. Ayer le quitaron la vida al pobrecito Boria, un teniente, una criatura, un héroe barbilampiño que hizo prodigios de bravura en el ataque a la escalera de Palacio. No quise ir a verle en la capilla; pero los Hermanos que fueron me han contado que no se ha visto otro ejemplo de fortaleza y elevación de ánimo. ¡Pobre niño, excelso mártir de la más gloriosa de las causas! El subteniente Gobernado sufrió la misma pena. No sé si he dicho a usted que días pasados pereció [87] también el brigadier Quiroga. Estas carnicerías se repiten con tal frecuencia, que ya se nos van de la memoria las víctimas, y cada día decimos: «¿a quién le toca hoy?...». Pero el que demuestra disposiciones más felices para la extirpación de españoles es el tal Zurbano, el Marat del Progreso, que en tierras de Vizcaya y Rioja se despacha a su gusto, repartiendo tiros sin ton ni son y llenando el suelo de cadáveres. Ahí tiene usted un esparterista que sabe su obligación. ¿Han llegado a conocimiento de usted las bárbaras proezas del hombre de la zamarra, personificación del fanatismo liberal en su más salvaje aspecto? Pues entérese y estudie el caso, que es interesante, pues estas violencias traen, en el ordenado vaivén del tiempo y de la historia, su propia reparación, y los que deseamos la ruina de esta Regencia, aplaudimos a los Zurbanos que se cuidan de desacreditarla y de hacerla odiosa. Vamos bien.

     Ya tiene usted a su ídolo en Zaragoza, recibiendo el delirante aplauso de los nacionales. No le vale su escandaloso abuso de la oratoria militar, y caerá entre los mismos ruidos de su levantamiento. El trágala que en Septiembre del 40 cantó el señor Duque a la Reina madre, se lo cantarán pronto a él, con la propia música, los caídos del año anterior. La historia se [88] repite con acompasado amaneramiento, y los grupos o gavillas de hombres alternan en las mismas formas salvajes de darse y quitarse la tranca de gobernar. Ya oigo a los míos cantando bajito lo que mañana cantarán bien alto:

                                                

A la tira-floja perdí mi caudal;

                                  




a la tira-floja lo volví a ganar.




     Sea usted indulgente, mi buen amigo, con la irrespetuosa sinceridad de su devotísimo servidor. -Socobio.






- IX -

De D. Fernando Calpena a D. Mariano Díaz de Centurión

Sitges, Diciembre.

     Señor mío y amigo: La delicada salud de mi madre, que en el presente invierno ha redoblado mi inquietud, es el único motivo de mi permanencia en Cataluña, motivo que basta y sobra para que aquí nos plantemos, ella porque se encuentra en la costa de Levante mejor que en parte alguna, yo porque no quiero ni debo separarme de su lado, y no estoy bien sino donde ella está. Buscando un retiro sosegado, ameno, [89] de alegres horizontes por mar y por tierra, de ambiente puro, de vecindario sencillo y poco bullanguero, he creído encontrarlo en esta preciosa villa de Sitges, situada como a siete leguas al Sur de Barcelona, en la misma orillita del Mediterráneo. El mar es azul, la villa blanca, toda blanca; mirada de lejos, como un nido de palomas o de cualquier especie de aves cuya saliente cualidad sea la blancura; de cerca limpia, risueña, hospitalaria, amiga. Imposible ver este pueblo sin amarlo y querer ser suyo. No se ría usted: aquí es uno un poquillo poeta sin saberlo, sin intentarlo; sólo que en la expresión flaqueamos los que no hemos recibido del Cielo el sagrado numen. De los habitantes poco puedo decir aún, porque apenas los conozco; pero a la primera observación me han parecido sencillotes y honrados, de trato dulce, de carácter tímido, respetuoso con el forastero. Los ignorantes no llegan a zafios, y los más pobres parecen contentos de su estado, de la hermosa tierra que pisan y de la compañía de aquel mar placentero. Denme un pueblo que sepa los rudimentos de la cortesía, sin perder su rudeza, y no lo cambio por el señorío de ninguna ciudad grande.

     Aquí nos instalamos hace seis días, alquilando una de las mejores casas del pueblo, [90] asentada en una peña donde rompen las olas; hemos traído de Barcelona todo el mueblaje necesario, de lo mejor que había, y ya falta poco para que nuestra vivienda sea el non plus ultra de la comodidad. He comprado una falúa magnífica, la mejor que se ha podido encontrar por aquí, sólida, grande, gallarda, provista de cuanto ordena el arte de la navegación a la vela y al remo. Los más hábiles carpinteros de ribera, los mejores calafates y los más entendidos artífices en obras de mar se ocupan en componerla y decorarla; será el asombro de Sitges y de los cercanos pueblecitos costeros; quiero que tenga la majestad, la hermosura y elegancia de un galeón de príncipes, o del maravilloso barquito en que salía de pesca la señora Cleopatra, según narra Suetonio, y si no es Suetonio, otro será el que lo cuente. Mi madre gusta mucho de los paseos marítimos, y yo he querido proporcionarle este recreo, que para mí también lo es. Siempre que haya buen tiempo nos lanzaremos al mar, llevando un patrón que, por las trazas, llama de a Neptuno, y ocho marineros que son la envidia de todo el personal de la costa, sólo por estar a nuestro servicio. Si queremos pescar, pescamos, y si no queremos más que deslizarnos mansamente sobre los hombros del Mediterráneo, sin otra ocupación [91] que admirar los grandiosos espectáculos de la costa, así lo haremos. Hemos bautizado a la barca con el lindo nombre de Nuestra Señora del Pilar.

     Porque mi madre está contenta lo estoy yo, y porque su salud es aquí mejor que en otra parte, amo a este país. Claro que la felicidad completa, la íntegra satisfacción de los ideales y de los deseos no la tengo, no, y soberbia loca sería pedir al destino lo que rara vez es concedido a los mortales. Poseo muchos bienes, ¿quién lo duda? Pero alguno me falta, y en el vacío de esta falta suele hacer su nido la tristeza... Pero dejemos este asunto, cuya oportunidad es muy dudosa, y vamos al que principalmente motiva la presente.

     Me hará usted un señalado favor, amigo Centurión, averiguando con la mayor prontitud posible qué es de Santiago Ibero, dónde está, qué le ocurre y por qué no ha contestado a las cinco cartas que desde Octubre le llevo escritas. A mí han llegado noticias contradictorias acerca de ese para mí tan caro amigo, algunas tan absurdas que no me atrevo a darles crédito, otras bastante extrañas y oscuras para llenarme de inquietud. Ruego a usted encarecidamente que le busque por todo Madrid, que indague y escudriñe cuanto pueda, hasta [92] dar con la extraviada persona del que familiarmente llamábamos el ángel negro por su morena tez y lo candoroso de su alma. Me permito incluir una carta cerrada para que tenga usted la bondad de entregársela en propia mano en cuanto pueda ponerle la suya encima. Yo he sabido, por conductos indirectos, que el sujeto a quien escribo la presente es visitante asiduo de una familia manchega, relacionada íntimamente con otra de Madrid. Alguien hay en ésta que puede dar razón de los laberintos en que se nos ha perdido Ibero. ¿Ve usted cómo todo se sabe, amigo Centurión? Por las damas manchegas introdúzcase en el sagrado de las madrileñas, que no son otras que las hijas de Milagro, mi compañero en la secretaría particular de Mendizábal, y hoy Gobernador de no sé que provincia. Fue muy amigo mío y me sirvió en juveniles amoríos de que no quiero acordarme; conocí también a las chicas. Y a propósito: ¿la hechicera de nuestro amigo es la que tocaba el arpa y traducía del francés, o la otra? Me acuerdo de sus caras como si las estuviera viendo; pero sus nombres han volado de mi memoria. Creo haber oído que una casó con un tenor y otra con un militarcillo. Ánimo y a ellas... Pero no: ahora caigo en que estoy actuando de diablillo tentador, y podría suceder que por [93] buscar a un perdidizo se nos perdiera hombre tan sesudo como D. Mariano Centurión. No me meto a señalarle a usted caminos que tal vez estén erizados de malezas y obstruidos por zanjas peligrosas. Búsqueme a Ibero, y cácemele como pueda, procurando guardarse de todo mal en las trochas por donde le persiga.

     No concluiré sin decir a usted, mi noble amigo, que sus cartas me agradan en extremo y que mi mayor ventura sería que usted no se cansase de escribirlas. Pero si la relación de los hechos, tal como usted la hace, no merece más que alabanzas, me permitiré indicarle que en el juicio de las personas y en las apreciaciones políticas se va un poco del seguro, llevado de sus resentimientos personales, y del apego, muy natural por cierto, a su flamante posición. Reconozco que es difícil juzgar con frialdad los hechos recientes, en los cuales todos los vivos tenemos alguna parte más o menos activa; la imparcialidad, virtud del espectador lejano, rara vez se encuentra en los que ven la función sobre la misma escena. No pido ciertamente una rectitud de juicio que no podría tener el que se entretuviera en describir un incendio situándose en medio de las llamas; pero sí mayor serenidad para calificar los móviles humanos de los actos políticos, pues hombres son los que [94] politiquean, los que en la prensa o en las Cortes, a plumadas o a tiros, conducen por estos o los otros caminos al rebaño que llamamos Nación. Paréceme que no revela conocimiento de la humanidad el atribuir cualidades tan contradictorias a los que en uno y otro bando luchan por sus ideas, ni el suponer que éstos son ángeles y aquéllos demonios, que los de acá proceden por estímulos honrados y todo lo que piensan y hacen es la misma perfección, mientras los de allá no imaginan ni ejecutan nada que no sea perverso, criminal y desatinado. Con semejante criterio no lograremos fundar aquí sólidas instituciones, ni con tal manera de combatir se puede ir más que a la continua guerra civil, al desorden y a la barbarie.

     Seamos menos exclusivos en nuestras apreciaciones, y no abramos un foso tan profundo entre las dos familias. Diré a usted que conozco a no pocos moderados que son personas excelentes, y todos conocemos a más de cuatro liberales sin ningún escrúpulo. Cosas muy buenas han legislado y dispuesto nuestros amigos, y otras que son evidentes disparates. No todo es oro acá, ni allá todo escoria, que en uno y otro montón abundan el precioso metal y las materias viles. No debemos despreciar, tratándose [95] de política, las formas, amigo mío, las socorridas formas, necesarias en este arte más quizás que en ningún otro; formas pido a los hombres en lo que escriben, en lo que decretan, en lo que hacen; formas en el trato político como en el social, y sin formas, las ideas más bellas y fecundas resultan enormes tonterías. No desconocerá usted que nuestros amigos tienen mucho que aprender en cuestiones de etiqueta del pensamiento, de la palabra y de la acción, así como también digo que los moderados están igualmente necesitados de disciplina en este y en otros puntos...

     Perdóneme el sermón, amigo mío, y siga escribiéndome con libertad, juzgando cosas y personas como usted las vea. Ahora caigo en que la mejor historia debe de ser la guisada en su propio jugo, la que habla el lenguaje de su tiempo... No haga usted caso del sermón: no he dicho nada. Lo que sí digo y repito, más impertinente yo cuanto más servicial usted y cariñoso, es que me busque a Ibero y le dé mi carta, que me escriba lo que acerca de él indague, dirigiendo la carta a esta encantadora villa de Sitges. Mil años de vida le desea su buen amigo. -Fernando. [96]





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