Con marido nuevo y nueva prole, y aunque se desvivía por volver, empleando en ello las sutilezas de su despejado entendimiento, no acertaba con las llaves de la






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títuloCon marido nuevo y nueva prole, y aunque se desvivía por volver, empleando en ello las sutilezas de su despejado entendimiento, no acertaba con las llaves de la
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- VI -

De D. Mariano de Centurión a D. Fernando Calpena

Octubre 13.

     Ilustre señor: A lo dicho anteriormente acerca del abortado crimen de lesa majestad y de lesa Patria, debo añadir que días antes del ataque a Palacio llegó a las narices del Gobierno el olorcillo de la conjuración, y la policía no cesaba de olfatear el rastro de los caballeros del orden, que escondidos unos en misteriosas casas, disfrazados otros en la calle, daban los pasos y ponían los puntos para coordinar su infamia. La policía, por cuya fidelidad no pongo mi mano en el fuego, no descubrió el lugar donde esos tunantes se reunían: cambiaban de escondrijo cada noche, amparados quizás de los mismos esbirros, a quienes no creo incapaces de dejarse deslumbrar por los ojos de buey, vulgo onzas, del tesoro cristino. Después del desastre se ha sabido que anduvieron en el ajo Andrés Borrego, hoy enemigo de la Libertad, y dos caballeros de mi tierra, Istúriz y Benavides, fanáticos por la llamada Reina madre. [60] A tientas, adivinando la conspiración antes que conociéndola, andaba en aquellos días el Gobierno, y en su perplejidad acertó en una de las medidas tomadas el 7 por la mañana. Separada toda la oficialidad del primero de la Guardia, y ascendidos a oficiales los sargentos, cuando los del orden se presentan en el cuartel para sacar a la tropa les reciben a tiros... He aquí el primer contratiempo de los ternes de Doña María, principio de su desconcierto y de las tonterías que hicieron en la noche que yo llamo de San Marcos. El jefe del movimiento debía ser León. Habían concertado que aquí se diese el grito y que secundasen en las provincias O'Donnell, Borso, Piquero y Urbistondo... Anticípanse los de allá; los de aquí dudan, no se determinan; les falta la Guardia; ciego se lanza Concha a Palacio; León tiene celos, creyendo que el otro gachó se le quiere poner por delante y obscurecerle; corriendo mil peligros, y cuando tropa y milicianos están ya sobre las armas, montan a caballo León y Pezuela y se plantan en Palacio, sabiendo que van a una muerte segura. Aquí de los crúos...

     En Palacio arrecia el fuego. D. Domingo Dulce, a quien ni el plomo ni el oro rinden, les da toda la canela que piden, y los caballeros desocupan dejándose los dientes en la escalera. Lo [61] demás es ya público y notorio. León se entregó en Colmenar a los húsares de la Princesa, mandados por Laviña, y aunque éste quiso facilitarle la fuga, el nuevo Cid rehusó aceptarla. Dijo que no había huido nunca, y es verdad. Por Madrid se corre que no le aplicarán la última pena. Los que el día de su captura pedíamos su cabeza, andamos ahora compadecidos, que esto es condición de españoles. Si bien se mira, no fue Diego León el más culpable; y si a mí me dejaran aplicar justicia en este caso, mandaría pasar por las armas a los paisanos que han venido de París con este fregado, y a las cabezas pensantes del moderantismo. Uno de mis compañeros en funciones palatinas, jovellanista rabioso, me ha dicho que se alegrará de que haya víctimas, porque el sentimiento popular las convertirá pronto en mártires, y en el terreno del martirio germinará fácilmente la idea cristina, bien abonada con el parné, que lo hay, vaya si lo hay; y la Señora no omite gastos, ni escatima sangre contraria y propia para reponer las cosas en el estado que tenían antes de lo de Valencia. Como el Gobierno sabe que en la Malmaison anhelan que aquí se castigue y que les hagamos víctimas y mártires, es seguro que a León y compañeros de locura no se les mandará rezar el Credo. [62]

     Y dejando este triste asunto, voy a llenar, ¡oh mi D. Fernando!, lo que me queda de este pliego con noticias más gratas, que no pertenecen a la serie de los hechos llamados históricos; son menudencias de la vida y observaciones del orden privado, de las cuales podremos sacar útiles enseñanzas. Mis impresiones acerca del carácter y cualidades de la Reina no pueden ser más excelentes: la veo todos los días, me honra departiendo conmigo familiarmente sobre diversos asuntos, y he formado el juicio de que tendremos en ella una gran Soberana. Buena falta nos hacía. Llevamos una temporadita de reyes malos, que ya, ya... Si tantas calamidades, léase Carlos IV, Fernando VII y María Cristina, vinieron sobre esta nación por los pecados de los españoles, ya debemos de estar limpios, porque la expiación ha sido tremenda.

     Pues sí: hablo a menudo con nuestra gloriosa Reina, y siempre acabo diciéndole que si la queremos tanto es porque esperamos que deje tamañita a la primera Isabel. Ella se ríe: advierto a usted que es donosísima y muy salada, y que se va desarrollando tan bien que ha de tener el cuerpo de una mujerona. Su inteligencia es de las más vivas: todo lo comprende; tenemos que atajarla en su anhelo investigador [63] y en su preguntar continuo de todas las cosas. De su corazón no hablemos: es tan tierno y sensible, que por su gusto a nadie se castigaría, ni a los mayores criminales. Su generosidad ha de ser tal, si no se pone mano en contenerla, que no habrá tesoros bastantes para cansar su mano dadivosa. Hasta en sus travesuras demuestra la nobleza de su alma, y en sus juegos y recreaciones late el españolismo más puro. De tal modo se compendia en ella la raza, que para tenerlo todo, no le falta ni aun la insubordinación, que por la edad y el rango viene a ser en Isabel una gracia. Aunque no ignora la etiqueta, apuntan en Su Majestad tendencias a quebrantarla por cualquier motivo, y sin darse cuenta de ello ama la igualdad. Vea usted aquí, mi Sr. D. Fernando, por qué tengo a nuestro ídolo por la representación más pura de los principios que profesamos.

     La afabilidad de la Reina fácilmente viene a parar en confianza, y sus etiquetas acaban en bromear con todos nosotros. No podemos resistir al encanto de sus donaires, y gozamos cuando nos demuestra con graciosas burlas su estimación. Yo digo: «¿No es esta confianza prenda segura de la feliz concordia entre la Monarquía y el Pueblo? Si la Reina ama al pueblo, si ante él no se muestra jamás estirada ni orgullosa, [64] ya tenemos realizado el fin supremo de ver reunidos, formando un solo ente, la Libertad y el Trono. Haya confianza mutua, y estamos salvados. Familiarícese la Reina con sus súbditos, y éstos con su Reina, y veremos el ideal de los estados florecientes». Decíame Don Manuel José Quintana, con quien he hablado más de una vez de asunto tan capital, que él quisiera más formalidad en Isabel II, menos propensión a familiarizarse y dar bromitas. Confía en que la edad y la educación modificarán este aspecto del carácter de la excelsa Soberana, y en que el ejercicio de la potestad le dará el grave conocimiento de la dignidad regia. Opine lo que quiera D. Manuel, los niños son niños, y cuanta más viveza y desenfado nos muestren, más claramente nos anuncian un fondo de lealtad. Por mi parte, cultivo la confianza de Isabel, y me congratulo de que me tome afecto, correspondiéndole yo con todo mi amor de súbdito fiel, para que la señora me perpetúe en su servicio. Tiemblo de pensar que los cambios políticos me priven de una posición en la que veo resuelto el problema de mi vida, permitiéndome disfrutar de un reposo muy honorífico al término de una juventud ignominiosa. ¡Qué buena es la regeneración del hombre, y qué saludable y útil! [65]

     Adelante, mi querido amigo. Voy a contarle a usted que D. Manuel José Quintana, con ser el respeto mismo, no se ha librado de la graciosa, inocente malicia de Su Majestad y Alteza para poner motes. Me he permitido preguntar a las augustas niñas qué fundamento tiene y de dónde han sacado el remoquete de Tío Pasahuevos con que designan al gran poeta; pero ninguna de las dos ha sabido contestarme, y rompen en divinas carcajadas cuando les hablo de esto. Hayan sacado el tal nombre de algún entremés que han leído, háyanlo inventado ellas, no encierra significación ni malicia. Por Palacio se ha corrido la voz de que la Reina y Princesa habían dado al cantor del mar una pesada broma, y sobre ello debo hacer, después de referir a usted el bromazo, las rectificaciones oportunas. Es el caso que el señor Intendente entregó a las niñas, como regalo de la Fábrica de Moneda de Segovia, grande porción de ochavitos de plata, acuñados en aquel establecimiento. Lo que agradecieron Isabel II y su hermana este obsequio, fácilmente lo comprenderá usted. El juguete era de los más lindos; guardaban las niñas su tesoro en preciosos saquitos de seda, y se divertían contando cada una lo suyo, y haciendo distribuciones y partijos para reunirlo después y guardarlo: tan [66] encariñadas estaban con los chavitos de plata, que no daban uno a sus meninas ni por un ojo de la cara; y al mismo Quintana, que les pidió media docena para obsequiar a su sobrinito, se la negaron. Esto sucedía no hace tres semanas, y no hará diez días que corrió por Palacio la especie de que la Reina y la Princesa habían mandado traer unas yemas, e introduciendo moneditas en algunas de ellas, diéronlas a comer a sus servidores, y que D. Manuel fue uno de los que cayeron en el engaño y se tragaron con el dulce el pedacito de plata. Añadían que la travesura había sido ideada por la Princesa de Asturias, y puesta en ejecución por la Reina, que supo meter el matute con disimulo y arte en el sabroso corazón de la yema. Y como después de tragada la pieza insistiera el ayo en que sus excelsas alumnas le dieran las monedillas, empezaron ellas a batir palmas y a reír como locas, y Luisa Fernanda le dijo: «¡Pero, tonto, si la tienes ya dentro de tu barriga!»

     Esto se dijo; y la malicia moderada, que no duerme, y de todo suceso, por insignificante que sea, saca partido para ensalzar a los suyos y vilipendiar a los de acá, trató de ridiculizar al respetabilísimo señor y maestro de la Reina y Princesita, por permitir a sus alumnas chanzas de este jaez. Pues bien, Sr. D. Fernando, [67] el hecho es cierto; pero el tragador del ochavo no fue Quintana, sino un servidor de usted, con lo cual queda probado que no hubo falta de respeto, pues las Reales niñas distinguen con su confianza, y nada tenía de indecoroso que en mí, como en humilde criado, ejercieran sus travesuras. Lo que habría sido irrespetuoso en D. Manuel José Quintana, figura magna del Reino, así en la literatura como en la política, varón digno de todo acatamiento por sus virtudes, por sus talentos y por sus años, no tiene gravedad alguna tratándose de mí, que nada soy ni nada valgo; si me quitan la casaca bordada, me quedo en clase de nulidad o de pelele para que conmigo se diviertan los chicos. Y si los de las calles podrían tomarme por juguete, ¡con cuánto mayor motivo podrán hacerlo los que a sus sienes ciñen la real diadema! Por lo demás, no llevaré mi condescendencia hasta sostener que me supo bien la pega, pues pasé veinticuatro horas con mediana ansiedad y en una expectativa dolorosa, si bien los retortijones no fueron tan acerbos como al principio temí. Puestas las cosas en su lugar, sólo tengo que añadir que en ello demostraron mi Soberana y la inmediata sucesora al Trono su donosura, señal de inteligencia y de la confianza con que me distinguen. Que esta [68] confianza dure, que con la edad se amplifique y extienda, trayéndonos la perfecta familiaridad entre el pueblo y la Corona, y seremos felices.

     Creo en conciencia, y así lo digo a mis amigos, que todos nuestros esfuerzos deben dirigirse a modelar el carácter de Isabel II de modo que tengamos en ella una Soberana ferviente devota de nuestras ideas, un Jefe del Estado que pertenezca en cuerpo y alma al Progreso, y que excluya para siempre de sus consejos al infame moderantismo. Lo que del regio carácter conozco y veo me permite creer que así será; pero no hay que descuidarse, porque el enemigo, encastillado aquí en buenas posiciones, aprovecha cuantas ocasiones se le presentan para infiltrarse en la voluntad de nuestra muy amada Reina.

     Y ya que de esto me ocupo, y he tenido la inmodestia de hablar de mí, apuntando los servicios que presto, y los mayores que puedo prestar aún a nuestro partido, acabo de quitarme la máscara de la vergüenza para decir a usted que me convendría muy mucho... a fin de realzar mi dignidad y darme en Palacio el lustre que no tengo... me convendría, digo, que el Serenísimo Regente me designara al señor Ministro de Gracia y Justicia como acreedor a ostentar [69] junto a mi nombre un título de Castilla, cosa en verdad no difícil, dada la antigüedad y nobleza de mi alcurnia, pues con revalidar alguno de los que pertenecieron a la casa de Centurión y que por incuria están preteridos, basta para llenar este vacío que hoy siento y que usted en su buen juicio apreciará. No lo olvide, y aproveche para darme ese gusto la primera coyuntura que se le ofrezca, en lo que dará un nuevo motivo de agradecimiento a su invariable y ferviente amigo.

Mariano.

Del mismo al mismo

14 de Octubre.

     Apenas franqueada en el correo mi carta de ayer, llegó a mi noticia que D. Diego León ha sido condenado a muerte, y que mañana, ¡ay dolor!, se ejecutará la terrible sentencia. Me apresuro a comunicárselo, y omito por falta de tiempo los comentarios que este grave suceso me sugiere. Aún tengo esperanza de que un acto de clemencia detenga la mano de la justicia. Corren voces de indulto, y si viene, no seré yo de los últimos en aplaudirlo. Soy de los que piensan, mi buen D. Fernando, que sería torpeza insigne dar al bando contrario la ventaja que supone una víctima como León. Lo [70] que han perdido por su criminal atentado, lo ganarían con la gran fuerza sentimental que ha de darles el martirio de un héroe. En fin, no soy yo quien ha de decidirlo, y el señor Regente sabrá lo que más conviene al país y a la libertad. Suyo devotísimo. -Centurión.






- VII -

De D. Serafín de Socobio a D. Fernando Calpena

16 de Octubre.

     Señor mío: Escribo a usted de tal modo traspasado por el dolor, que no acierto a concertar mis ideas con la buena estructura gramatical. El dolor desquicia mi entendimiento, y éste desconoce el arte de dirigir la pluma. Perdóneme usted; vaya leyendo hasta donde pueda, y lo que le resulte oscuro interprételo con buena voluntad.

     Se confirmaron ¡ay! las corazonadas que a usted manifesté en mi carta de anteayer. No hubo clemencia. Ésta es virtud de las grandes almas, y la del Regente, con perdón de usted, de puro pequeña es totalmente invisible. Desearíamos creer que ese hombre no tiene alma. No obstante, como cristiano digo que quien no [71] la tuvo para la clemencia la tendrá para el arrepentimiento. De nada valieron los esfuerzos de tantas personas sensibles y honradas para enternecer el corazón de piedra del señor Duque-Regente. La marquesa de Zambrano, madre política del héroe condenado, se arroja a los pies de Su Alteza; la propia Doña Jacinta intercede con lágrimas. La Reina quiere escribir una cartita al tirano, y no la dejan. ¿Qué más? La Milicia Nacional, en quien el hombre de corazón duro funda y apoya su prepotencia, le dice: «No mates a León»; y el hombre fiero responde: «Yo no mato a León: le mata la Ley».

     ¡Buena está esa Ley, que todos han hollado! ¡La Ley! ¡Del felpudo que han puesto como un guiñapo a fuerza de pisotones, quiere hacer Espartero un inmaculado emblema de la Justicia!... El argumento empleado por Roncali en la defensa de León no tiene réplica, y fue como decir al Regente que no podía tirar la primera piedra. Y es de oro lo que dijo uno de los jueces, el general Grases: «Si por sublevarse condenan a un hombre, ahorquémonos todos con nuestras fajas». No le relato a usted el juicio porque carece de interés: la carta que encontraron a León, y que éste no se cuidó de arrojar de sí, le comprometía seriamente. ¿Pero qué [72] importa todo esto? No era posible negar su parte en la conjuración. No se trataba más que de saber si merecen la muerte los que faltan a la disciplina con móviles políticos. Era un hecho que obedecían a la Regente legítima congregando al Ejército para reponerla en su autoridad. No eran desleales, no eran traidores: cumplían un deber sagrado. Yo reconozco que Espartero, en su posición, siquiera ésta sea usurpada, no podía apreciar el caso del mismo modo. Pero sobre el criterio estricto de la Ley están el buen sentido y el principio cristiano que dice: «O todos o ninguno». Espartero no ha mirado el porvenir, no ha visto las tremendas represalias. Lagos de sangre formará pronto el arroyo que sale de las venas de los primeros mártires: acusan los unos con razones; la defensa razona cumplidamente, y entre estos dos grupos de razones está Jesucristo con los brazos en cruz, que dice: «Sois unos grandes fariseos, esclavos de la letra. Callad y haced lo que en vuestro gárrulo lenguaje llamáis la vista gorda, perdonándoos la falta que unos contra otros y otros contra unos habéis cometido. Todos sois jueces, todos sois reos; los sillones del tribunal son banquillos de acusados, y las causas que escribís hacen víctimas de los verdugos y verdugos [73] de las víctimas, según se las lea por el derecho o por el revés».

     Acongojado escribo que no hubo perdón, y a ratos me pasa por la mente la terrible idea de que para los grandes fines españoles y humanos el no haber perdón ha sido provechoso, pues la causa que con víctima de tal calidad se fortalece es causa ganada, y la que con tan torpe barbarie se envilece causa perdida es. A los sacros derechos de la Reina Gobernadora faltaba un holocausto: ya lo tiene... Mas por de pronto, el doloroso sacrificio hace brotar de nuestros ojos ríos de lágrimas. Lloremos, y nuestro llanto, mezclado con la sangre, fecundará la tierra.

     Soy Hermano de la Paz y Caridad. ¿No lo sabía usted? He prestado auxilio a muchos reos de muerte, bandidos los unos, desgraciados aventureros políticos los otros, y aunque mi corazón está encallecido por las emociones de estos espectáculos y trances dolorosísimos, he sentido ahora la mayor angustia de mi vida. Era para volverse loco ver a tal hombre, en la plenitud de la vida, del vigor, todo nobleza y generosidad, separado de la muerte sólo por un instante y por una palabra. El instante, al tiempo implacable pertenecía; la palabra pudo salir y no salió de la boca de un déspota, que [74] quiso engrandecerse haciendo el papel de Fatalidad... No puedo expresar a usted mis sentimientos en aquellas horas del día 14 y de la mañana de ayer 15, día de la gloriosísima doctora Santa Teresa de Jesús. Llegué a creerme víctima de un sueño, de espantosa pesadilla, y que nada de lo que veían mis ojos era verdad. Hombre no me parecía ya el excelso León, sino más bien un ser sobrenatural y fabuloso. Le fusilaríamos, y las balas rebotarían en aquel pecho que ha sido el primer baluarte del honor patrio... Imposible que la muerte destruyera un ser tan grande, Aquiles que ni en el talón ni en parte alguna de su cuerpo podía ser vulnerable. ¡Qué llamear el de aquellos ojos negros, qué fiereza en la hermosura de su rostro, qué gallardía y robustez en su talle y apostura! Le vi por primera vez cuando acababa de confesar; le vi cuando mandó que rompieran en tres pedazos su lanza de combate; le vi cuando dijo con voz de trueno: «¡Y he de morir yo!...» le vi también resignado y tranquilo, platicando sosegadamente con Roncali; le vi y le hablé yo mismo, sin que pueda recordar ahora qué palabras comunes salieron de mis labios, ni descifrar las que él con tanta gravedad pronunció... y turbado de ver tanta desdicha en quien merecía todas las venturas, [75] y de considerar tan cerca del sepulcro al hombre más arrogante del Ejército español, al primer caballero del siglo, me salí despavorido, como el que presencia una grave alteración del orden de Naturaleza. El mundo se desquiciaba; tales abominaciones no podían pasar sin algún grave desconcierto en la máquina universal. Ausente de la capilla, vi a León tan grande, que los hombres en derredor suyo parecían hormigas. ¿Cómo podían matarle las hormigas, ni el feo y negruzco hormigón llamado Regente por uno de estos artificios de lenguaje que usamos en nuestra república de insectos?

     La curiosidad llevome de nuevo a las lúgubres salas de Santo Tomás, y si hubiera tardado un minuto no habría visto salir al mártir para el lugar del suplicio... Me agregué a mis compañeros de la Hermandad que iban en el último coche, y seguí la fúnebre comitiva. De gran uniforme, cubierto el pecho de cruces, iba el General en carretela descubierta, a su lado el sacerdote, enfrente Roncali... ¿Qué pensaría el hombre que llevaban a ajusticiar cuando, al pasar la vista por las tropas que cubrían la carrera, reconoció los cuerpos que se habían comprometido con él para el movimiento del 7? Eran los que debieron ser suyos, y tan no eran ya suyos, que le conducían al matadero. [76] ¡A esto se llama justicia! Carnaval trágico debiera llamarse. Por momentos creí que León era conducido a una apoteosis, que aclamado sería por las tropas, y que éstas se volverían contra Espartero. ¡Y qué día espléndido, qué sol de fiesta, qué ambiente de alegría! Madrid quería estar fúnebre, y el cielo quería reír. La gente se agolpaba en la carrera por toda la calle de Toledo, resplandeciente de luz y de color; y cuando veía pasar al reo, tan gallardo y hermoso en su serena resignación, figura militar incomparable, que simbolizaba en la mente del pueblo las hazañas más estupendas de la guerra y los prodigios más extraordinarios del valor español, no daba crédito a lo que miraban sus atónitos ojos. No era así la Historia de España que estábamos acostumbrados a ver, compuesta de alternados espectáculos de revoluciones y patíbulos. No iban a la muerte hombres como aquél, que todo lo podían, que con un poco de suerte habrían destruido en un santiamén el régimen imperante. No podía ser que los sublevados cometieran las torpezas de la noche del 7, ni que Espartero tomara tan cruel venganza. Personas hubo (y así me lo han dicho más de cuatro) que no se persuadieron de la verdad del fusilamiento hasta que sonaron los tiros. La Milicia Nacional, que formaba en la plaza de la Cebada, [77] donde hoy está Novedades, le vio pasar con pena, y si la dejaran le habría tocado el himno de Riego, y cogídole en brazos para pasearle en triunfo. Y, sin embargo, Don Fatalidad manchego se salió con la suya. Había dicho muerte, y muerte fue.

     No puedo pintarle a usted, Sr. de Calpena, mi impresión de piedad y espanto, cuando León, a quien vi en aquel instante como si tocara el cielo con su cabeza, se plantó en actitud majestuosa ante los granaderos, y les gritó: «¡No tembléis... al corazón!» Oyéndole estoy todavía. ¡Qué voz!... Yo miré a todos lados. ¿No vendría en aquel instante algún emisario de Espartero trayendo el indulto? No, señor, no vino nadie... Huí despavorido... A no sé qué distancia oí la voz del General dando los gritos de mando... Todavía los oigo, ¡ay!... después la descarga. Huí más rápidamente, aterrado, como si me persiguieran demonios, y me vi envuelto entre soldados. No quise ver al coloso muerto, ni me parecía que había suelo en que cupiera tan gran cadáver... No sé por dónde me vine a casa. Mi familia creyó que me había vuelto loco... Perdí el sombrero... y la cabeza con él. [78]

Octubre 17.

     Alea jacta est. A la bárbara provocación contestamos con un terrible «nos veremos». Contados están los días de este hombre, a quien no califico por respeto a la cordial amistad que usted le profesa. Si España ha de vivir, si España ha de ser algo más que un charco de ranas, entiéndase ayacuchos, urge apartar del Gobierno a esta gente, que quiere conducirnos a la disolución y anarquía más espantosas. Y la salvadora empresa debe empezar por la desinfección del Alcázar de nuestros Reyes, donde más que ninguna otra parte es nociva la pestilencia del Progreso. Pone los pelos de punta el pensar que inculquen a nuestra Soberana doctrinas peligrosas, y que la educación en general sea deplorable, liberalesca, y un si es no es enciclopedista. ¡Abominación y escándalo! Los que vemos en la calle a las regias personas, cuando pasan hacia el Retiro, hemos notado que están desmejoradas y que van perdiendo carnes de día en día, señal por lo menos de que no viven alegres, y de que se las martiriza con estudios impropios de su edad. Claro que en mis juicios acerca del nuevo estado palatino no voy tan lejos como el vulgo, que ha pronunciado sentencia terrible contra Quintana y Argüelles, dando [79] a éste el revolucionario mote de Zapatero Simón. No diré yo que las augustas niñas sufran malos tratos, hambres y golpes; pero debemos ver siempre en las exageraciones populares un fondo de verdad, y reconocer que ni el ayo ni el tutor son hombres cortados para la cría de reyes. Me consta que alguno de los preceptores ha hecho alarde de un descarado democratismo. No hay tiempo que perder: libremos pronto a nuestra Soberana de esa maligna influencia; y como al propio tiempo que se ha de barrer el suelo de la Nación hasta que no quede ni el menor rastro de progresismo, hemos de procurar que la Reina se penetre bien de la sana doctrina moderada, para que ésta sea norma de su conducta en lo por venir, y tengamos un reinado próspero, pacífico y glorioso.

     Convendrá usted conmigo en que si el progresismo no es exterminado de modo que no pueda volver a levantar la cabeza, nuestra patria parecerá víctima del desgobierno y la anarquía. Sobre que estos hombres no pecan de escrupulosos en la administración del procomún (con excepciones, amigo mío, con raras excepciones que reconozco), no hay manera de hacerles comprender que las teorías políticas extranjeras más dañan que benefician trasplantadas a nuestro país. Son además groseros, visten [80] como espantajos, se pagan de la patriotería declamatoria, y todo lo arreglan con palabras huecas, sin sentido. No miran por los intereses creados, reforman sin criterio, persiguen a las clases conservadoras, aborrecen las camisas limpias, confunden la libertad con la licencia, y no saben poner sobre todas las cosas el principio de autoridad.

     De los asuntos particulares que se ha dignado confiarme, nada nuevo puedo comunicar a usted. Estos días han sido inútiles para los negocios, y no he puesto los pies en ninguna oficina, seguro de no encontrar a nadie, o de hallar a mis señores funcionarios distraídos y atontados con los graves sucesos políticos. De añadidura, tenemos ahora el estero, que son tres días de holganza. Con todas estas demoras y la ignorancia del progresismo, bien puede decirse que no hay Administración. Vengan pronto Dios o el Diablo a traernos la vida, que no es otra cosa que el orden. Suyo, etc. -Socobio. [81]





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