Con marido nuevo y nueva prole, y aunque se desvivía por volver, empleando en ello las sutilezas de su despejado entendimiento, no acertaba con las llaves de la






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- IV -

De D. Mariano Centurión a D. Fernando Calpena, residente en Barcelona

Madrid, 8 de Octubre.

     Ilustre señor: Cumplo la oferta que a usted hice de tenerle al corriente de todo suceso extraordinario que en estos alcázares ocurriese, y si persiste usted en su propósito de reunir estas y otras noticias para levantar con ella una torre histórico-social, a cuya altura pueda subirse el siglo venidero para ver y examinar las sinuosidades del nuestro, reciba con júbilo esta primera remesa de cosas reales, que ellas son carne pura, historia viva y vista, historia que duele, por ser nosotros miembros del grande cuerpo de España que la padece...

     Nota. Amigo mío: Desde que estoy en este trajín palaciego, y consagro todas mis horas [41] baldías a la lectura de antiguos y modernos escritores, noto que va disminuyendo como por milagro mi ignorancia. No puedo olvidar que usted, en los primeros días de nuestro feliz conocimiento, me calificó de diamante en bruto. Esta benévola opinión me ha estimulado a darme con la lectura, o sea con el roce continuo del saber ajeno en la tosca superficie de mi rudeza, un pulimento que empezó por desbastarme y acaba por tallarme facetas que arrojan alguna lucecilla. Me asimilo fácilmente lo que leo, y se me pegan las formas de escribir; pero de ello resulta que, a medida que voy sabiendo algo, aprecio mejor mi insuficiencia, y soy más escrupuloso y descontentadizo: ya no poseo aquella facilidad del disparate que en otros tiempos aceleraba mi pluma; y mi afán del acierto es tal, que veo en mis escritos más faltas de las que cometo y ningún rasgo ingenioso que pueda ser grato a quien me lea. Digo esto, señor ilustrísimo, porque el parrafillo con que encabezo la carta ha sido para mí un parto laborioso. Tres o cuatro veces he tenido que escribirlo, intentando sacarlo a luz, ya por la cabeza, ya por los pies, y aun así no ha salido robusto y bien formado, sino enteco y con jorobas. ¿Pero qué le importan a usted las angustias de mi aprendizaje? Se las cuento para [42] que vea mi deseo de agradar a la persona que me sacó de la esclavitud y del desierto para traerme a esta vida de libertad y bienandanza. El Señor se lo pague, y a mí me dé larga vida para que se dilaten las expresiones de mi agradecimiento. Y para que no me tenga por maleante andaluz, ni crea que estoy contándole el cuento de Charpa, voy al asunto.

     Ya sé que Ramón Nocedal le manda a usted hoy un relato prolijo de todo lo que hicieron esos tunantes para preparar la llamada revolución del orden, el plan que tramaron para cargar los unos con la Reina mientras los otros se apoderaban de la persona del Regente. Nocedalito, que está bien enterado de todo (ése... paréceme a mí que es de los que nadan y a un tiempo guardan la ropa, y perdone usted el paréntesis), le contará cómo se les frustró el magno complot, por precipitación, por azoramiento, y más que nada por obra de esta Providencia particular de nuestra España que nos saca de todos los apuros; le dirá también cómo sacaron a la Princesa (regimiento de línea) o parte de él, por la complicidad de Ramón Nouvilas; cómo les faltó la Guardia Real, gracias a las precauciones que tomó el Gobierno; cómo León, que debía ser el primero en la peligrosa lid, vino a ser el último; [43] cómo los Conchas, de quienes el Regente tenía seguridades de lealtad (pocos meses ha los egregios Duques concedieron a Pepe la mano de Vicentita, hermana de Doña Jacinta, y perdone usted este otro paréntesis), han sido los más audaces en el atentado, seguidos de Juanito Pezuela. A mí me corresponde tan sólo contar a usted lo que vi en Palacio; y a fuer de historiador puntual, no maleante, consigno que estaba yo comiendo en esta misma mesa las sopas de puchero, que son mi más gustoso alimento por las noches, cuando sentí el tumulto y los primeros tiros en la puerta del Príncipe. Salí despavorido, con la servilleta colgando, y al bajar por la escalera de Damas vi subir a dos ujieres y a un mozo de las cocinas, más que corriendo, volando con las alas que les ponía su miedo; y como dijeran que por la misma escalera subían los amotinados, tiramos todos hacia arriba, devorando escalones hasta dar con nuestros cuerpos en el tejado. Allí supimos que los raptores de la Reina daban el asalto por la escalera principal, y hacia las claraboyas del salón de columnas nos corrimos. Arriesgueme yo a mirar por los ventanales de la escalera, y vi... no fue más que un momento, porque el instinto de conservación echome para atrás... vi a los insensatos [44] de la Princesa, mandados por un paisano, el cual no era otro que Manuel Concha... Los alabarderos le intimaron la retirada; adelantose un tenientillo, que, según después he sabido, se llama Boria, y empezaron a tiros. Los alabarderos se parapetaron en las ventanas que dan a la galería, y en tan buenas posiciones, diez y ocho hombres (que no eran más; y juro a usted que ya no pondré más paréntesis) contuvieron a toda la chusma dirigida por un gachó tan valiente como Concha.

     Ya comprenderá usted que, mientras esto pasaba, los altos del regio Alcázar se poblaban de personal palatino de ambos sexos, huyendo de la quema. También consigno que me aventuré a bajar al piso principal, para cerciorarme de que las niñas no corrían peligro. A las doce duraba todavía el fuego; pero no tan graneado y persistente como en los primeros instantes. Creo haber visto a León de gran uniforme atravesar el patio desde la puerta del Príncipe a la escalera grande, y volver luego con uno, que debía de ser Pezuela, al centro del patio; pero no lo aseguro, que en estos casos se confunden las cosas que uno ha visto con las que le cuentan. Contáronme, y de ello no dudo, que Fulgosio, viendo que venían mal dadas en la escalera, corría por las galerías bajas buscando otra entrada [45] y subida más fácil por donde colarse al robo de la Majestad. Y mire usted si sería precavido el hombre: llevaba sobre los hombros una luenga capa para envolver y abrigar a la Reina cuando, arrebatada de su camita, pudiera llevársela en la grupa del caballo, que debía de ser de la casta de Clavileño. ¡Si estarían locos!

     Las doce o poco menos serían cuando por la puerta del Príncipe se retiraron con bastante bullicio, que me sonó a despecho y desesperación. El mismo demonio que los trajo se los llevaba, y la criminal intentona se desbarataba y deshacía como obra de insensatos o imbéciles. Al verlos partir, llorábamos de júbilo los leales; y cuando sentimos los tiros de la Milicia, posesionada de las calles del Viento y de Requena, dijimos: «Duro en ellos, y que la paguen. No haya misericordia para los que han querido robarnos el Trono y la Libertad».

     Ha de saber usted que los caballeros del orden han tenido auxiliares dentro de la propia morada de nuestros Reyes, y sólo así se explica su audacia y el ardor y confianza con que se metieron aquí. Un caballerito oficial llamado Marchesi, que era el jefe de Parada, les franqueó la puerta del Príncipe, y dentro estaban en el ajo algunos gentileshombres, como el Marqués [46] de San Carlos y el conde de Requena, los cuales se pusieron a las órdenes de los sublevados, en traje de paisano el primero, el segundo luciendo su bordado casacón. ¡Y luego quieren que tengamos paz! ¡Paz cuando abrigamos en sus puestos a los que intentan derrocar la Regencia legítima votada por las Cortes, para restablecer a la Desgobernadora con su camarilla y sus Muñoces! Si nuestros gobernantes tuvieran sentido de la realidad, habrían hecho la limpia total de Palacio, contestando con hechos, no con floridas retóricas, al Manifiesto-protesta de Doña María Cristina, cuando fue nombrado tutor el señor Argüelles. El momento lógico de la limpia fue aquel en que presentaron en cuadrilla sus dimisiones la camarera mayor, marquesa de Santa Cruz, y las trece damas. En vez de concretarse el Gobierno a cubrir estas vacantes, debió hacer el general expurgo de personas, mandando a sus casas a todos los individuos de la servidumbre, nobles y villanos, altos y bajunos, de procedencia absolutista, o significados como sistemáticamente afectos a la madre de la Reina. Se contentaron con echar a los más rabiosos, abriendo algunos claros, en los cuales tuvimos colocación los que hoy representamos aquí a la Voluntad Nacional; pero dejaron en sus puestos [47] a los hipócritas, a los que se hacían los mortecinos para que no se les tocara... y órdenes de hacerse los tontos recibían de la Malmaison. Por estas condescendencias del Gobierno, tenemos hoy la Casa Real infestada de adictos a Cristina, que minuciosamente la informan de todo lo que aquí pasa y hasta de lo que hablamos en nuestras conversaciones reservadas. No quiero citar nombres; diré a usted tan sólo por ahora, con toda discreción y sin escrúpulo de conciencia, que aún colean aquí gentileshombres de Interior y de Cámara, que son hechura del duque de Alagón, y en el ramo de azafatas y mozas de retrete no escasea el género que aún obedece a la camarera dimisionaria. Esta servidumbre baja demuestra un celo terrible en el espionaje, y en llevar y traer cuentos y chismes. Veo y oigo cosas que me sacan de quicio, y la obligación de callarlas me pone a punto de reventar...

     ¿No es un oprobio que todavía tengamos aquí, y que se codeen con nosotros, los representantes de la voluntad nacional, más de cuatro individuos de la cepa de los Muñoces de Tarancón? Y los tales están bien agarrados, pues haylos que se defienden quitándole motas a Don Martín de los Heros; haylos en la Capilla de Palacio, en forma de clérigos o capellanes más [48] o menos brutos; haylos y haylas en el servicio inmediato de Su Majestad y Alteza, bien avenidos, a fuerza de adulaciones, con la señora marquesa de Bélgida, hoy nuestra camarera mayor, de quien nada tengo que decir, como no sea que despliega excesiva indulgencia y blandura con el personal desafecto a la Regencia votada por las Cortes. ¡Oh, señor mío!, haga usted entender a quien corresponda que Palacio es madriguera de mucha y diversa humanidad dañada del repugnante absolutismo y del pérfido moderantismo; que urge entrar en este magno edificio con escobas y zorros para limpiar de basuras y telarañas todos los rincones, donde se esconden ¡ay! alimañas venenosas, cuya picadura es mortal para las libertades públicas.

     Sé de buena tinta, y puedo tapar la boca con pruebas al que ose poner en duda lo que voy a decir, que en esta sangrienta y al par ridícula tentativa de robarnos a la Reina fue aplicado sin tasa el infalible unto para ganar voluntades de hombres reacios, o de leales sin grandes escrúpulos. ¿De dónde ha venido este numerario con que los caballeros del orden han seducido a tantos infelices para lanzarlos a la muerte? Pues no sólo ha salido de las aracas de Muñoz, sino de las del Gobierno francés, enemigo [49] declarado de la España desde el grito de Septiembre, que restableció la prepotencia de la Voluntad Nacional... En Palacio, puedo dar fe de ello, se trató de corromper a muchos para que franquearan esta o la otra puerta, y aun hubo quien discurrió convidar, con pretexto de la Virgen del Rosario, a los monteros de Espinosa, para emborracharlos, imposibilitándoles así de prestar su servicio junto al dormitorio de las reales personas. ¿Hase visto mayor abominación? Y crea usted que si de este nefando cohecho tengo certidumbre por la verídica confidencia de un amigo, de otros puedo dar fe por propio testimonio. A mí, D. Fernando, a mí, al gentilhombre del interior D. Mariano Díaz de Centurión, colocado en esta casa, más que por sus méritos, que son bien escasos, por el lustre de su nombre y por el apoyo de usted y del serenísimo Regente; a mí, Sr. D. Fernando, han querido corromperme también, y fue tercero del villano mensaje un clérigo insinuante y tierno de la real capilla, llamado Socobio, pariente del D. Serafín de Socobio, a quien dejaron cesante en Palacio para colocarme a mí. El hombre está que trina, lo que no ha impedido que tratara de comprarme, imitando a los ladrones que arrojan pan al perro guardador de la casa que intentan asaltar... ¡Mendruguitos a [50] mí para que no ladre! Lo que siento es que lo tomé a broma, y a nadie quise comunicar los halagos del clérigo; que si hubiera yo comprendido la malicia que el hecho entrañaba, mis ladridos se habrían oído en los antípodas.

     No necesito dar a usted más noticias del intrigante y sutil Socobio, pues entiendo que conoce usted a esa familia, a quien más que por familia tengo por una dinastía de clérigos y seglares aclerigados, sanguijuelas del Reino y vampiros de la Administración. Entre todos ellos reúnen, según oí, diecinueve empleados muy pingües, ora en la Rota, ora en cabildos catedrales, éste en el Noveno y Excusado, aquél en Rentas Decimales, sin que falten chupadores del presupuesto en las secretarías del Despacho y en Tribunales y Consejos. Todos los individuos de esta tribu asoladora de los Socobios brillan por el frenesí rabioso de su absolutismo. El odio a la Libertad y a la ilustración se llama Socobio, y se personifica en una caterva de chupadores de la sangre nacional. Para mejor sostener su imperio y establecer una piña inexpugnable, se han dividido en dos secciones: la absolutista neta, con sus dos colores fernandista y carlista, que es el núcleo principal, y la moderada, que es el cuerpo avanzado por el cual se ponen en relación continua con el poder [51] público. En el seno de este rebaño de clerizontes de sotana y levita, hoy magistrados y consejeros, todos con el sello de Calomarde; militares que sirvieron con el conde de España, se batieron por D. Carlos, y luego, por gracia del famoso Convenio, han vuelto a los comederos de acá; monjas intrigantes y marisabidillas; empleados a la moderna, criados a los pechos de Cea Bermúdez, de Burgos, de Garelly y de Toreno; hay, por fin, el ejemplar de Socobio palatino que por milagro de Dios ha venido a quedar cesante en el último arreglo de la Casa Real.

     Pues bien: el seráfico D. Serafín, mi antecesor en este puesto, mi enemigo capital, a quien deseo mil años de cesantía, y a los demás de la familia igual daño hasta que de cesantes se pudran, intentó corromper mi lealtad...

     ¡Camaraíta, cómo se va el tiempo en la dulce tarea de comunicarle la palpitación vital para sus historias! Con adusta cara me dice el reloj que se aproxima la hora de volver al servicio.

     Adiós, mi D. Fernando. Quédense para otro día las muchas cosas que aún tiene que contarle su muy atento servidor y agradecido amigo -Centurión. [52]






- V -

De D. Serafín de Socobio a D. Fernando Calpena

12 de Octubre.

     Señor mío de toda mi estimación: Dios no ha querido que sean alegres las nuevas con que me estreno en el honroso cargo de suministrar a usted provisiones para la historia; pero hemos de acomodarnos a la divina voluntad, aceptando con resignación las amarguras que se digna enviarnos, en espera de lo bueno y dulce que vendrá... crea usted que vendrá, mi Sr. Don Fernando. Dios no abandona a los suyos.

     Debo ante todo decirle, para su tranquilidad, que ninguna desazón ni estorbo me ocasiona esta faena de las cartas, pues bien sabe usted que estoy cesante, víctima de una ruin intriga, y en nada tan útil puedo emplear mis forzados ocios como en ir fijando en el papel la fugaz imagen de personas y sucesos para que no lo desfigure luego la infiel memoria. La delicadeza oblígame a prevenir una salvedad necesaria en estas informaciones, y es que por respeto a las buenas migas de usted con el Regente, callaré [53] las verdades amarguísimas que acerca de este funesto personaje sugieren los hechos. Pero si contra Espartero nada digo, permitirá usted que despotrique a toda mi satisfacción contra la cuadrilla masónica que le rodea, criminal autora de estos desastres, y que entone el tu nos ab hoste protege, que son palabras de completas... Sí, sí, mi Sr. D. Fernando; esta Regencia intrusa que nos han traído, dará al traste con España, si Dios misericordioso no pone mano en ello... que sí la pondrá... ya verá usted cómo la pone.

     Voy a la carne, amigo mío. Por los papeles públicos y por cartas de otros amigos más diligentes, tendrá usted noticia del fracaso de los intrépidos caballeros que arriesgaron sus vidas para salvar a nuestra excelsa Reina y a su serenísima hermana de la esclavitud en que la tiene el jacobinismo, que allá se va esta situación de las personas reales con la de sus egregios parientes Luis XVI y consorte, con la diferencia de ser dorados estos calabozos, y los de allá negros y vestidos de suciedad y telarañas. La generosa empresa de los leales salió torcida por impericias en la preparación, y bien lo dije yo dos días antes, receloso del éxito al ver con cuánta ligereza prevenían el golpe los que en ello andaban. Escapó cada cual como pudo, [54] refugiándose algunos en los altos de Palacio, escabulléndose otros por las espesuras del Campo del Moro y de la Casa de Campo; no todos con igual suerte, pues si bien ambos Conchas y Pezuela, Lersundi y Nouvilas están ya salvos, y lo mismo creo de San Carlos y Marchesi, aunque no alcanza mi convicción tan largo como mi deseo, otros ¡ay! han caído en la garra del Cromwell de Granátula (perdone usted). Cayeron el bravo Quiroga y mi compañero en Palacio el señor conde de Requena, los heroicos tenientes Boria y Gobernado, el coronel Fulgosio; y por último, y esto es lo más sensible, víctima también de su sordera, fue sorprendido y hubo de entregarse en Colmenar Viejo el rayo de la guerra, el valiente entre los valientes, ante quien mudo se postró Marte; el héroe que hacía temblar el suelo de España con su pujanza, siendo temido hasta de la misma muerte; el que llevó siempre la victoria en la punta de su lanza, y con ella agujereaba los ejércitos enemigos como si fueran un pliego de papel. Permite Dios a veces cosas tan abominables, que necesitamos afianzarnos en nuestra fe y evocar toda nuestra sensibilidad religiosa para no protestar de ellas... Yo he llorado como un niño al saber que el moderno Cid era conducido a esta [55] Corte y encerrado en Santo Tomás como el último vocinglero de los clubs, a quien el hambre y la ignorancia convierten en furibundo maratista. ¡Belascoain prisionero de la revolución, a la cual con pleno derecho, como español, como militar y caballero combatía! Contra tal absurdo deben levantarse hasta las piedras. ¡Ay! las piedras no se han levantado; yo tengo por seguro que se levantarán... pero mientras llega el caso, el horrible contrasentido prevalece, y tenemos al Cid sometido a un Consejo de guerra. Por las formalidades de la Ordenanza, que en ciertos casos no favorecen más que a los pillos, vemos hollada la ley moral, la eterna ley. Esperemos. ¿Permitirá el Cielo que perezca la lealtad, aplastada bajo el pie grosero de la usurpación?

     En tanto que se desarrolla este drama, del cual sólo hemos visto aún los primeros actos, repetiré una vez más que el principal resorte de la máquina esparterista no es otro que el oro inglés. Ya le veo a usted reírse de este concepto mío, que oye como la muletilla de un maniático; pero yo sigo en mis trece, y si antes a cada momento sacaba a relucir la seducción aurífera en nuestras disputas, ahora lo haré con mayor motivo y convicción más firme, porque ya no son runrunes, sino pruebas y hechos [56] innegables los que llegan a mí. En el plan de grandioso alzamiento para libertar a nuestra Reina hallábanse comprometidos generales, jefes, oficialidad y cuerpos en número harto mayor del que figuró en la desgraciada noche del 7. ¿Por qué faltaron en el momento preciso? Díganlo las conciencias poco fuertes, las voluntades flacas, fácilmente reductibles a los halagos del metal. Dentro de Palacio se contaba con la connivencia de más de cuatro caballeros de la alta y mediana servidumbre, que se brindaron a franquear las puertas interiores, y si no estoy equivocado, a producir una discreta somnolencia de los monteros de Espinosa. ¿Por qué sólo San Carlos y Requena respondieron a su compromiso? Averígüelo Vargas.

     Créame usted, Sr. D. Fernando: la Inglaterra ha comprado a buen precio la ruina de nuestra industria algodonera, librándose, por el medio más sencillo, de un competidor formidable. El esparterismo, o sea la revolución, necesita, para sostenerse, del apoyo de los ingleses. ¿Quién gobierna en España? En apariencia, su ídolo de usted, elevado al poder supremo por las turbas indoctas; en realidad, el Embajador británico, asistido de la caterva de ayacuchos, que con nombre tan feo designamos a los que componen la camarilla del Regente. En cuanto al [57] Gobierno, Ministerio responsable, o como usted llamarlo quiera, téngolo por un insignificante grupo de personajes decorativos, inmóviles y estupefactos como figuras de cera vestidas con prestados trajes, y expuestos al público para producir la ilusión de que tenemos mandarines españoles al frente de cada ramo. Pero estos remedos de ministros a nadie interesan, y se cambian de un puntapié. Los ayacuchos son los que todo lo mangonean, ayudados del unto maravilloso que reciben de las arcas londinenses, y si usted lo duda, pronto ha de verlo, si observa todo el mecanismo interior del retablo de maese Baldomero. Verá usted que lo mismo da un Ministerio que otro, y que cuando se habla de crisis, Su Alteza les interpela con serenísimo desdén en lenguaje riojano o ayacucho, que viene a ser lo mismo: «Ea, chiquios, si queréis disus, disus, y si no estaisus, como vus dé la gana». Naturalmente, los Ministros prefieren quedarse, y así lo hacen hasta que salta un ayacucho que necesita entrar al pienso.

     Concluyo ésta con la noticia, que acaban de darme, del fusilamiento de Borso di Carminati en Zaragoza. Empieza la carnicería: será muy chusco, de una ridiculez espeluznante, que a estos figurones se les ocurra emplear el rigor contra los sublevados, a quienes movió la ley de honor, [58] el respeto a las damas. Sublevarse por una reina ultrajada es de caballeros. He aquí un caso en que no es aplicable la pena de muerte como no sea pisoteando el almo código de la decencia. A pesar de esto, no estoy tranquilo, porque todo se puede temer de los ignorantes hinchados de soberbia. Dícenme que ayer, arengando Espartero a los pobrecitos milicianos, les soltó la bomba de que sería implacable en el castigo. Optimé trompetasti, digo yo, recordando los burlescos ejercicios oratorios de mis felices tiempos estudiantiles. Este señor siempre dice mu cuando habla. La indignación se desborda en mi alma. Pidiendo a Dios que envíe pronto un rayo para el aniquilamiento de todo el progresismo, a usted exclusivamente le pongo pararrayos, mi querido amigo, para que se salve solito entre tantos antipáticos o perversos. Por que no hay colectividad, por mala que sea, en la cual no haya algo bueno. Dios le guarde, y a mí me dé paciencia para ver lo que veo y oír lo que oigo. Siempre suyo -Socobio. [59]





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