Con marido nuevo y nueva prole, y aunque se desvivía por volver, empleando en ello las sutilezas de su despejado entendimiento, no acertaba con las llaves de la






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títuloCon marido nuevo y nueva prole, y aunque se desvivía por volver, empleando en ello las sutilezas de su despejado entendimiento, no acertaba con las llaves de la
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- XXVI -

De D. Fernando Calpena a D. Serafín de Socobio

Barcelona, Noviembre.

     Señor mío: Antes que a mí llegara su carta pidiéndome noticia de estos trastornos gravísimos, nació en mí la intención de comunicárselos, recordando lo que le agrada el conocimiento exacto de las cosas de nuestro tiempo, a veces más oscuras que las remotas, y comúnmente desfiguradas por narradores ignorantes o de mala fe. Considero asimismo que, por el amor grande que tiene usted a esta ciudad, donde pasó su infancia y lo más florido de su juventud al lado de su tío el reverendo D. Lázaro de Socobio, arcediano de esta santa catedral, le interesará doblemente una información concienzuda de las desdichas de Barcelona en estos aciagos días, y aquí estoy yo para satisfacerle. Aunque no necesito hacer ante usted ningún alarde de mi honradez de narrador, debo manifestarle que me aferro a la más estricta imparcialidad, y usted así lo apreciará cuando lea [259] conceptos y juicios desfavorables a mis amigos, y otros que no han de agradar a los del bando contrario, pues éste es un caso en que todos merecen igual vituperio.

     No le contaré los pormenores de la espantosa jornada del 15, pues todo lo aparente de ella debe usted conocerlo ya. Aún le queda por conocer lo invisible, lo que estuvo en las conciencias, no en las manos que disparaban los fusiles, ni en las bocas que apostrofaban al Ejército y al Regente. Lo primero que tiene usted que hacer para penetrarse de la verdad es desechar la idea corriente de que esto ha sido una sublevación de republicanos. Desconfiemos siempre de las ideas de fácil adaptación al criterio vulgar; desconfiemos del amaneramiento de la opinión, que no es más que un remedio contra la incomodidad de pensar por cuenta propia. Cierto que el 15 se habló de república, y este nombre fue gritado por muchas bocas; cierto que algunos, más exaltados de palabra que de pensamiento, cantaban el ja la campana sona, lo canó ja retrona; anem, anem, republicans, anem. Pero también es cierto que esto decían porque así se les había mandado, y muchos lo repitieron como en broma, sin verdadero calor. No se trataba, pues, de asaltar la Bastilla y demoler aquel emblema del [260] despotismo, sino de quitar de en medio a un triste Gobierno y con él a una situación política, la Regencia de Espartero.

     Puedo asegurar a usted que ninguno de los que combatían en nombre del poble invocó a la cesante Reina Gobernadora, ni a nadie se le ocurrió proclamarla; y, no obstante, por ella derramaron su sangre los muy locos, sin saberlo, que es lo más triste del caso. ¡Infeliz pueblo, criado en la inocencia y en la ignorancia de la ciencia política! Él ha sido y es instrumento de los que han estudiado las artes revolucionarias y el mecanismo de los motines. Con esta táctica, los que tiranizan al pueblo saben muy bien cómo han de componérselas para convertirlo en caballería que les arrastre el carro de sus triunfos, mientras que los defensores de la soberanía popular, los propagandistas de la libertad, ignoran hasta las más elementales reglas para utilizar la fuerza de las masas en defensa de sus ideas.

     Hablaré primero del teatro. He recorrido toda la escena, y puedo apreciar por mí mismo los estragos de la lucha en los sitios de la ciudad donde fue más encarnizada. En ninguna parte se batió el cobre como en el baluarte del Mediodía. Allí, y en las barricadas que levantaron los insurrectos entre la Puerta del Mar y [261] la Aduana, perecieron oficiales y soldados en gran número. Vi en los Encants los destrozos causados por las balas de cañón, lodo ensangrentado, objetos mil que habían servido para improvisados parapetos, todo en tal desorden, que ha de pasar mucho tiempo antes que recobre el desgraciado pueblo los modestos bienes que allí sacrificó al furor de una guerra que no entendía. Cerca de la Virgen del Mar y en el Borne, he visto también no pocos desastres: frágiles casas acribilladas a balazos, muertos que en la mañana del 16 no habían sido aún recogidos. En la calle de Assahonadors encuentro fúnebres escenas, mujeres y niños que tratan de reconocer mutilados cadáveres, y en la plaza de San Agustí Vell veo una casa derrengada que amenaza caerse si no la derriban pronto. Colchones y trastos entorpecen la vía pública; las mujeres, convertidas en furias, maldicen a Espartero y a Van-Halen, a los algodoneros y a Zurbano, como autores de tantas desventuras. En la calle de San Pedro Más Baja hallo un reguero de sangre, y lo voy siguiendo hasta salir por la Riera de San Juan a Junqueras, donde se contaron los muertos y heridos casi en tanto número como los que había en Puerta del Mar. El claustro se ha convertido en hospital, y de allí salen imprecaciones [262] y lamentos. Zurbano es el más malo de los infernales instrumentos del Gobierno de Madrid; Zurbano es el que quiere traer a Barcelona las odiosas quintas... Mes li ha de costá trevall posar á ratlla al poble catalá... ¡Qué torni per un altra!... Avans mori qu' ésser esclaus d' un castellá que no sab ahont te l' cap. Sigo, y en la Puerta del Ángel y calle de Santa Ana observo que no queda un solo canto de los empedrados. En los charcos nadan gorras de milicianos, y en los montones de piedras se ven fusiles rotos, restos de comidas, manchones de sangre, un brazo con manga de paño azul, y otros despojos repugnantes. No tengo ya ni alma ni piernas para seguir observando el teatro en sus bastidores de Estudios y Canaletas, del Carmen y Hospital. Hagamos alto, mi querido D. Serafín, en la Boquería, lugar donde antaño ajusticiaban a los reos de muerte, y óigame decirle que aquí hubiera yo hecho un escarmiento en los que han alborotado tan sin sustancia al pueblo barcelonés.

     Sabrá usted, ¿quién no lo sabe?, que en esta revolución ha despuntado un héroe, un imitador de Massanielo. ¿Qué idea ha formado usted del que en las primeras horas del día 15 se constituyó en cabeza de motín, y fue por tantos infelices aclamado y obedecido? Juan Manuel [263] Carsy, el alma de esta trapisonda, es un valenciano que hace poco vino aquí; comerciaba sin dinero ni mercancías, y se metió a periodista sin saber escribir. Ni posee el don de elocuencia para fascinar a las muchedumbres, ni la prodigiosa facultad del mando para conducirlas al combate. Es hombre vulgarísimo; y reconociéndolo así toda Barcelona, nadie se detiene a pensar en el enigma de su rápido encumbramiento. Yo encuentro la clave en la inocencia angelical de los hijos del pueblo, y en la ceguera de los pobres nacionales, que saben batirse sin que se les ocurra ahondar en los motivos y fines de su arrojo. Me consta que desde el 14 disponía ese oscuro y ridículo Carsy de grandes sumas de moneda corriente, en plata y oro, las cuales no debió ganar en el comercio ni en el periodismo... Y pregunto yo: ¿de dónde ha salido este dinero?... Un infalible axioma militar nos dice que el oro es el más eficaz elemento de guerra; no es menos axiomático que no se han hecho ni se harán revoluciones a palo seco. Ya le oigo a usted contestarme que el unto con que Carsy ha engrasado esta máquina es el oro inglés; yo lo niego, porque el oro inglés, móvil y nervio de la cuestión algodonera, no había de ser derramado en obsequio de la misma industria que el Gobierno [264] británico pretende arruinar. Descartada esta versión absurda, dígame usted: lo que ha brillado en las manos puercas de este Carsy, ¿sería oro republicano? ¡Ay, D. Serafín de mis pecados! los sacerdotes de esta sonrosada religión que todavía no ha salido de las catacumbas de la inocencia, son pobres de solemnidad, y no acuñan otra moneda que la de sus generosas ilusiones. Convenzámonos de que el oro no era inglés ni republicano. Basta con lo dicho para que usted comprenda de qué arcas procedía, y si me lo niega, no tendría yo inconveniente en demostrárselo, sin otro argumento que el sencillísimo cui prodest.

     ¿Quién va ganando en este revuelto río más que su ídolo de usted, la Gobernadora cesante, no resignada con su papel de Majestad proscripta, harta de honores y riquezas? Desde que puso el pie en Francia no ha hecho más que conspirar por la conquista del perdido Reino. Por precipitación y desatino le salió fallida la tremenda conjura de Octubre, y fueron lastimosas víctimas de la ambición regia los infelices León y Montes de Oca, Quesada y Borso, y otras de menor talla... El Gobierno ayacucho, atento a privar de medios de acción a la Reina conspiradora, le corta los víveres, suprimiendo la renta que percibía como viuda de Fernando [265] VII, y luego le disuelve la Guardia Real, que era el plantel o seminario de donde salían todos los adalides cristinos más o menos audaces. La ilustre señora se envalentona con esto. Firme en su inquina contra Espartero, y más encalabrinada cada día en su mujeril antojo de un pronto desquite, no se satisface con la guerra frente a frente, y mientras prepara un nuevo lanzamiento de los paladines (que ahora celebran en París diarios concilios), emprende, por si pega, el juego de carambolas, lucido juego de manos blancas... y negras. Crea usted, amigo Socobio, que cuanto le digo es el Evangelio, y no le pase por las mientras el rebatirlo con argumentos sentimentales, de los que ya están mandados recoger. Añado que la señora, resueltamente favorecida por Luis Felipe, se lanza intrépida a todas las aventuras con que suelen matar sus ocios los reyes destronados o dados de baja, descollando en estos manejos los que cuando eran reyes de alta no supieron hacerse amar de sus pueblos. Si quiere usted convencerse de la connivencia de Cristina y Felipete (así le llaman aquí los periódicos exaltados, ignorantes de que le sirven), léase la prensa francesa, y refresque la memoria de los acontecimientos de España en los últimos años. Me preguntará usted si me fundo en hechos [266] positivos para sostener que el impulsor de este movimiento ha sido el bálsamo cristino, acrecentado con sumas respetables de la Farmacia francesa; y contesto, sí, contesto que en hechos positivos me fundo para sostenerlo; mas no puedo ni comunicarle los hechos, ni referirle cómo los he conocido, ni nombrar a persona alguna como parte activa en estas oscuras y nada limpias maniobras. Conténtese con saber el milagro, que del santo no hay que hacer mención.

     Para ilustrar el criterio de usted, le mando dos fajos de periódicos de aquí. El uno es El Republicano, órgano de la gente más levantisca; el otro es El Papagayo, voz de los señores moderados, de los que se tienen por la viva encarnación del orden y de la justicia. Léalos detenidamente, y no una sola vez. Vea usted que el uno es la exaltación misma, el delirio y la procacidad en su mayor grado; el otro cruel, venenoso, feroz en el ataque, implacable en el aborrecimiento. Cuando usted los haya masticado con frecuentes lecturas, podrá saborear esas al parecer diversas opiniones con paladar seguro. Notará que en el fondo tienen tal semejanza y parentesco, que bien se puede asegurar que en el engendro de una y otra hay confusión de padres. Tanto la señora República [267] como la señora Papagaya son un poquito y un muchito adúlteras, y cada una de ellas se deja enamorar del marido de la otra. Nada más digo de esto; entrego a su penetración los periódicos de los colores rojo y negro subidos, para que los lea y sobre sus páginas ardientes medite y quizás llore. Mándole también un número del Journal des Débats, llegado ayer aquí, para que en cuatro líneas de él oiga respirar al Gobierno de Luis Felipe, que no se cuida de disimular el júbilo que le causan los disturbios de esta ciudad. «Si el Regente -dice- reprime el movimiento de Barcelona, se acabó su popularidad; si no lo reprime, se acabó su poder». ¿Verdad que al pie de esta congratulación, de esta seguridad del éxito, se ve la elegante firma: Yo la Reina?

     Hablando de otra cosa, mucho le agradezco, mi buen D. Serafín, las interesantes noticias de la Milagro, que amplían y completan las que pude yo adquirir en Madrid. Confirmo lo que escribí a usted acerca de Ibero, es decir, que está bajo el amparo de la Instrucción Cristiana. Los individuos que conozco de esta congregación sublime me han entrado por el ojo derecho, y no ceso de admirar su virtud, su modestia y el no común saber que a todos adorna. En buenas manos ha caído el pobre [268] Santiago, y bien seguros estamos sus amigos de que con tales ejemplos será un buen sacerdote. Tiene usted razón, señor de Socobio: después de los errores cometidos, gravísimas transgresiones de la moral cristiana, el ángel negro no podía esperar la salud más que del arrepentimiento y de la penitencia, medicinas que en el grado que nuestro pecador las necesita no puede aplicarle el mundo falaz. Si en Madrid discordamos en esto, y me manifesté pesaroso de la vocación del Coronel, ya reconozco mi yerro, y estamos conformes en que dicha querencia del supremo bien y de la verídica salud no debe por nosotros ni por nadie ser combatida... Venga, pues, muy pronto la carta que me ha ofrecido para el prepósito de la Instrucción, padre Bohigas, pues me ha entrado el deseo de apadrinar a Santiago en el solemne acto de su primera misa, y con esto y una buena limosna que hará mi madre manifestaremos cuánta simpatía y admiración nos inspira el naciente instituto religioso.

     Y concluyo, mi Sr. D. Serafín, sacándole a usted de un error, no grave ciertamente; pero error. Todavía no estoy casado; me casaré, Deo volente, en cuanto se me despeje la salida de esta ciudad, trocada en infierno por el furor político. Los respetos y afectuosos homenajes [269] que usted, en su amable carta, a mi esposa tributa, guárdense para cuando sea efectivo lo que aún no lo es más que en nuestra decidida voluntad. Mi madre me recomienda con insistencia que a usted devuelva sus finas memorias. Despidiéndome hasta la próxima carta, que espero no se me pudrirá en el cuerpo, me repito de usted constante amigo -Calpena.






- XXVII -

Del mismo al mismo

Barcelona, Noviembre.

     Que el primer acto de Carsy, cuando por artes diabólicas se vio dueño de esta gran ciudad, fue constituir la indispensable Junta, ya lo sabe usted; mas ignora que la componen personas de escasa o nula representación social y comercial. Presididos por el valenciano dictador, gobiernan a Barcelona un confitero de la Plaza Nueva, un hojalatero de la calle de Tantarantana, fabricantes de fideos, de fósforos, de velas... No les nombro porque no quiero dar malos ejemplos a la Historia sugiriendo al público nombres de mosquitos. [270]

     Las tropas que aun resistían en el fuerte de Estudios y en Atarazanas nos dieron el espectáculo ignominioso de capitular con esta Junta, y en ello fueron mediadores personas influyentes de la ciudad, que obraban por miedo, y el cónsul de Francia, que no ha sabido disimular su parcialidad en favor de los insurrectos, ni las ganas que tiene de ver humillado a Van-Halen como General de la Regencia. Apunte usted este dato, Sr. de Socobio. A propósito del Cónsul, diré a usted que es mi amigo, que le debemos mi madre y yo mil atenciones, y que le apreciamos y distinguimos por su exquisito trato y afabilidad. A pesar de esto, no hemos querido aceptar el ofrecimiento que nos hizo de darnos asilo en el bergantín Meleagre, fondeado en este puerto. He puesto en delicado entredicho mi amistad con Lesseps, reduciéndola a las meras relaciones entre caballeros, y encerrando con cien llaves la política siempre que hablamos; de otro modo sería difícil evitar un rompimiento desagradable, pues el juego tapado que viene haciendo el representante de Francia, contra lo que previene su obligación de neutralidad, merece todas mis antipatías. El día en que concertamos nuestro entredicho, conviniendo en ser amigos extramuros de la política, se me escaparon de la boca conceptos un [271] tanto duros, a los que contestó con otros que pudieran reducirse al mensajero soy, amigo; non merezco culpa, non. Vaya usted apuntando.

     Nuestro Capitán General no está, como diría cualquier periódico, a la altura de las circunstancias. Es Van-Halen gran soldado y caballero intachable; pero no parece haberse hecho cargo aún de la humillación que han sufrido sus tropas. Más que el restablecimiento de la normalidad, le inquieta el deseo de no producir mayores estragos, y sueña con que las componendas y los tratos honrosos entre Gobierno y sublevados den solución al conflicto. No ha muchos días subió a Montjuich, desde donde truena con timidez e inoportunidad: tronando antes con fuerza, se habrían evitado tantos desastres. Cada vez que el fiero Montjuich dice alguna cuchufleta a la ciudad que a sus plantas mora, me acuerdo de usted, Sr. D. Serafín, porque al disparo responde acá con su grave son la señora Tomasa, en la torre de la Catedral, y al oírla me viene a la memoria lo que usted me ha contado de su infantil diversión con otros chicuelos, también sobrinos de canónigo, y me parece que les veo asaltando la torre de la Catedral y sobornando al campanero para que les dejara tocar, y a usted, más travieso [272] que los demás, imponiendo su predilección por tirar del badajo de la Tomasa.

     El barrio en que vivimos parece, hasta hoy, protegido por una deidad benéfica, y en él no se han visto escenas de sangre y duelo. Mi gusto de la arqueología y los honores que hago a esta ciencia, más como aficionado devoto que como conocedor inteligente, me ligan a este rincón histórico, que es mi encanto y el único solaz de mis horas tristes: por un lado tengo a la Catedral, de imponente y severa hermosura; a esta otra parte, la plaza del Rey, con el Palacio Mayor y la capilla, donde duermen tantas grandezas. Lo que hablan estas piedras pardas y el silencioso ambiente que las circunda, mejor lo sabe usted que yo, investigador de las edades gloriosas de esta ciudad y de los culminantes hechos de Condes y Reyes.

     Pero no es ésta la mejor ocasión para los éxtasis arqueológicos, amigo mío; que la Tomasa sona, y al oírla vuelvo a mis cuidados de cronista. El miedo a un bombardeo de Van-Halen y a otro del propio D. Baldomero, que se da por seguro, ha traído la deserción de todo el vecindario rico. Los caminos que parten de Barcelona por el Norte y por el Sur no tienen espacio para tanta familia fugitiva. Nosotros, si ello no se arregla antes de la venida [273] del Regente, nos iremos a San Feliú de Llobregat, donde nos brinda con espléndido hospedaje nuestro amigo el beato D. Magín Cornellá.

Jueves.

     Ya tenemos nueva Junta, en sustitución del areópago de Carsy, quien se ha visto obligado a ceder el puesto a lo mejorcito de la ciudad. Ya ésta respira; en la Junta nueva tiene usted a los Xifré y a los Güell, a los Maluquer y Badía, a los Codina y Arola, personas de fuste, entre las cuales hay no pocos amigos de usted, y alguno que en sus mocedades le acompañó a tocar la Tomasa. Renuévanse las negociaciones, y con ellas la esperanza de que este inmenso lío se arregle por buenas. De muchos sé que si pudieran desbaratar lo hecho, de buen grado volverían al estado anterior al día 15. Muchos liberales, ricos de origen plebeyo, ayudaron a los milicianos y a Carsy por miedo a la solución arancelaria en sentido de favorecer los intereses británicos; pero ya están convencidos de su error, y deploran haber caído en la red que la sagacidad moderada les tendió, presentando en su prensa el problema algodonero con evidente perfidia. Pero estos pobres ricos son la mayor calamidad presente, pues la fe [274] en el sistema liberal se les va mermando en proporción del crecimiento de su peculio, y cuando llegan a poseer millones, ya están en plena desconfianza de la idea, temerosos de que los revolucionarios vengan a quitarles el dinero. Los menos peligrosos de estos señores son los que se cruzan de brazos, entregándose a una neutralidad estéril, sin conservar de liberales más que el vano formulismo y un retrato de Espartero en cualquier aposento de sus casas; los verdaderamente dañosos son los que, en el retroceso que su miedo les impone, no paran hasta tropezar con los arrimados a la Iglesia, y ya les tenemos de manos a boca con la hermandad carlista. El clero, bien lo sabe usted mejor que nadie, recibe con toda clase de carantoñas a estos asustadicos de la idea liberal, que reculan con las talegas a la espalda, y congregándoles junto a sí, les ofrecen cuantos remedios espirituales creen necesarios para la tranquilidad de sus conciencias.

     Pues bien: estos liberales de poca fe han contribuido también al enaltecimiento de Carsy, aunque no tanto como los carlistas: aquéllos lo hacían por inocencia, éstos por remover el país, a ver si en una de las vueltas salía otra vez del montón la cara de Carlos V. Unos y otros, incluidos por los beatos, han venido a concordar [275] en un orden de pensamientos que me apresuro a manifestar a usted para su satisfacción. Lo primero: quitar de en medio al Regente ayacucho, pues bien se ha visto que no sirve para nada; lo segundo: creación de nueva Regencia, que ha de ser triple; lo tercero y principal, para en su día: casamiento de Isabel II con el hijo de D. Carlos, y ya tenemos paz duradera. Luis Felipe prestaría su apoyo a la reconciliación de las dos ramas, siempre que a él le dieran la princesita Luisa Fernanda para uno de sus hijos. Siga usted apuntando...

Lunes.

     ¿Pero no sabe usted, Sr. D. Serafín, con lo que salimos ahora? La Junta de respetables, de que hablábamos ayer, digo, la semana pasada, no ha tenido valor para hacer frente a la situación. ¿Ve usted lo que le he dicho de la timidez y egoísmo de estos ricachos? ¡Qué idea tendrán de la ciudadanía que pretenden ilustrar con sus nombres, y qué casta de amor será el suyo al pueblo en que han labrado su riqueza!

     Continuadas las tentativas de arreglo con Van-Halen, ni éste cedía un ápice de sus exigencias, ni los otros aumentaban el canto de [276] un duro en sus concesiones. La Milicia no quería desarmarse, cosa muy natural, y a mayor abundamiento, el bueno de Carsy y sus compinches formaban tres batallones más, con lo peor de cada casa. A esta nueva fuerza dieron sus fundadores el nombre de Tiradores de la Patria; el vulgo la llamó Patulea, y por patuleos respondían los nuevos nacionales, sin ofenderse del tratamiento ni pretender que se lo apearan. Pues aun con esta gentuza anduvo el Capitán General en dimes y diretes, sin decidirse a pegar de firme. En fin, mi querido Socobio, por no cansar a usted con esta menguada historia, que parece el cuento del paso de las cabras, le diré que en pocos días han sucedido Juntas a Juntas. Primero tuvimos la llamada de los Veinticinco, que fue un relámpago; luego, la de los Veintiuno, que también pasó como las rosas; y vino al fin la de los Diez, que hubo de cuajar, ¡gracias a Dios!, y si no hizo todo lo que debía para llegar a la inteligencia con Van-Halen, consiguió matar en flor las glorias de la Patulea. Desarmada ésta, el amigo Carsy se vio solo y sin defensa; y rota en sus manos la estaca de la vil dictadura, fue a esconderse a bordo del bergantín francés Meleagro, donde como a buen amigo le acogieron. Apunte usted, señor escribano. [277]

Miércoles.

     Se aproxima el momento supremo, mi señor D. Serafín. Tenemos a Espartero en puerta, decidido a que no se rían de él las Juntas ricas, ni las Juntas pobres, ni la caterva de jamancios, tiradores y patuleas. La Junta de los Diez, ahora de los Once por habérseles agregado Laureano Figuerola como secretario, vuelve del Cuartel general, donde Rodil les ha dicho que no cede sino ante el desarme total. Al notificarlo así a las Comisiones de nacionales, éstos ponen el grito en el Cielo, y declaran que antes que soltar las gloriosas armas, nos darán un nuevo tableau de Numancia, al mágico grito de ¡Honor catalán! ¡Patria y Libertad!

     ¡Por Cristo, que nos vamos enmendando! Creíamos que expiraba la revolución, y hela aquí renaciendo con mayor vida y pujanza. Aún falta la situación culminante en estas populares tragedias: el manoteo y las coces de los más desalmados, sin ningún freno, grillete ni bozal. Sintetizo las ideas de mi crónica con este juicio, que no ha de ser grato al amigo Socobio: «Los descontentos de Septiembre del 40, los vencidos de Octubre del 41, la emigrada Majestad, inconsolable por su cesantía del poder, [278] son los empresarios de este carnaval. El pueblo crédulo y sencillote, grotescamente engalanado con trapos y caretas republicanas, baila al son que le vienen cantando moderados y carlistas». Ésta es la verdad, que sostengo sin temor a que ningún cristiano pueda rebatirla. El amigo Socobio dirá: «¿Y qué papel hacen en este sangriento carnaval los caballeros del Progreso, sus amigos de usted, Sr. D. Fernando?» Sobreponiendo mi sinceridad y rectitud a todo sentimiento de compañerismo, contesto sin rebozo que si los señores de la moderación se han conducido desde que terminó la guerra como una cuadrilla de hipócritas y tunantes, los caballeros del Progreso están demostrando que son un hato de imbéciles.





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