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Anthony giddens.
LA COSTITUCION DE LA SOCIEDAD

Ilustración 1

BASES PARA LA TEORIA DE LA ESTRUCTURACION.
INDICE

.


INTRODIUCCION 3

Elementos de la teoría de la estructuración 22

Conciencia, propio-ser y encuentros sociales
49


3. Tiempo, espacio y regionalización
99


4. Estructura, sistema, reproducción social 136

5 Cambio evolución y poder 169

6. Teoría de la estructuración, investigación empírica y crítica social
199



INTRODIUCCION



Una serie de elaboraciones importantes producidas en las ciencias sociales durante los últimos quince años son el telón de fondo de este parte sustancial de ellas se concentró en la teoría social e inn particular a la sociología, la más denostada y provocativa de

mcias sociales. Por su misma índole, la sociología se presta a conita, A pesar de ello, durante un extenso período tras la Segunda Mundial, sobre todo en el mundo de lengua inglesa, hubo un

general sobre la naturaleza y las tareas de la sociología y de

sociales como un todo. Fue legítimo afirmar que existía un jo neutral compartido por orientaciones rivales en otros aspectos, I.mpo que permitía librar combates de ideas. En ese período, la .ología conoció un crecimiento académico, su reputación como pLina floreció aunque siguiera siendo harto impopular en muchos N1dos. En el plano internacional, dominaba la sociología norteamerii, y en la teoría social descollaba la influencia de Talcott Parsons.1

• io de que gozaron las ideas de Parsons acaso se exagere reLivamente —repelía a muchos su gusto por lo abstracto y os y no le faltaron críticos y detractores—. Pero es cierto que La

ctura de la acción social, publicada a fines de la década de 1930 pero alcanzó vasta notoriedad sólo en el período de posguerra, fue una ba clave, en más de un sentido, para la formación de la sociología derna. En ella, Parsons fijó un linaje sistemático de teoría social Dbre la base de una interpretación del pensamiento europeo del siglo :c y de comienzos del XX. La obra de Durkheim, Max Weber y Paleto se destacaba con generosos contornos, pero Marx desempeñaba wt papel asaz escuálido. Es que se atribuía a los escritos de la generación de 1890-1920 haber superado a Marx en todas las cuestiones de importancia: habían retenido en su cedazo lo valioso a expensas de la e5coria.

El libro instituyó además un abordaje muy definido de teoría social, que combinaba una versión refinada del funcionalismo y una concepción naturalista de la sociología. Los escritos posteriores de Par- Sons elaboraron con mucho detalle estos puntos de vista con el supuesto explícito de que la acción humana tiene atributos muy especiales y propios, a pesar de lo cual la ciencia social en líneas generales pigue el mismo esquema lógico de las ciencias naturales. Como Parsons escribía y trabajaba en un contexto norteamericano, su intento de situar los orígenes de su pensamiento en la teoría social europea de hecho no contribuyó sino a reforzar la posición dominante de la socio- logia norteamericana Durkheim, Weber y Pareto se veían, en efecto, como precursores en el desarrollo del «maito de referencia de la acción», que alcanzaba su expresión plena en Parsons y sus colegas. Aunque la principal raíz teórica de la sociología estuviese en Europa, el posterior cultivo de la disciplina era una tarea trasferida preponderamente al otro lado del Atlántico. Es curioso que este resultado se elaborara en detrimento de lo que habría podido ser un simultáneo reconocimiento de la importancia de los aportes de teoría social oriundos de los Estados Unidos; a G. H. Mead se le concedió escasa audiencia en La estructura de la acción social, según el propio Parsons lo reconoció después. Lo cierto es que en nuestros días existen manuales sobre teoría social, o «teoría sociológica», escritos en los Estados Unidos, que arrancan de los pensadores europeos clásicos pero a continuación comunican la impresión de que la teoría social cesó después en Europa: todo progreso ulterior se considera un logro puramente norteamericano.

Pero aun en los debates deslindados que se originaron por línea directa en los escritos de Parsons, algunos de los principales autores eran europeos. El marxismo ha tenido una larga influencia mucho más importante en la cultura intelectual europea que en la norteamericana, y algunos de los críticos más sagaces de Parsons se inspiraron en Marx así como en lecturas de Weber asaz diferentes de las de Parsons. Dahrendorf, Lockwoocf, Rex y otros que compartían una postura similar tomaron el contenido teórico de la obra de Parsons mucho más en serio que sus críticos norteamericanos radicales (como C. Wright Mills y, después, Gouldner). Aquel grupo entendió que los aportes de Parsons eran de primera importancia pero unilaterales porque descuidaban fenómenos que sus integrantes consideraban esenciales en Marx:

división de clases, conflicto y poder. Sin ser marxistas ellos mismos, querían alcanzar cierta fusión entre perspectivas parsonsianas y marxistas. Aunque en este período hubo muchas innovaciones de peso dentro del marxismo —como el renacimiento del interés por el «joven Marx», intentos por unir marxismo y fenomenología y, después, marxismo y estructuralismo_, no eran bien conocidas entre los que se llamaban «sociólogos», incluso en Europa. Los que se consideraban sociólogos y marxistas tendían a compartir los supuestos básicos del funcionalismo y el naturalismo, y esto explica que se encontrara mucho terreno común para el debate.

Las fisuras en este terreno común se abrieron con notable rapidez a si de la década de 1960 y comienzos de la de 1970, y se hicieron : hondas. No hay duda de que su origen fue no menos político que teIectual. Con prescindencia de su origen, tuvieron el efecto de desruir el acuerdo que antes pudo existir sobre el abordaje canónico de la Ciencia social. Ocupó su lugar una desconcertante variedad de perspectivas teóricas rivales, ninguna de ellas con plena capacidad para recapturar la preeminencia de que había gozado el «consenso ortodoxo». Los que trabajaban en sociología advirtieron que en definitiva el consenso sobre la naturaleza de la teoría social no había sido tan grande como muchos creyeron. Algunas tradiciones de pensamiento, como el interaccionismo simbólico, habían recibido entretanto una adhesión considerable sin asaltar la ciudadela del consenso ortodoxo. Otras escuelas de pensamiento que se habían desarrollado en gran parte apartadas del cuerpo principal de las ciencias sociales fueron tomadas en serio por primera vez, entre ellas, la fenomenología, y la teorfa crítica de los filósofos de Francfort. Ciertas tradiciones que parecían exánimes ganaron nuevo impulso. Aunque Weber había sido influido por la tradición hermenéutica y había incorporado a su obra el concepto principal de ella, el de Verstehen [comprensión], la mayoría de los interesados en la sociología no habría considerado ciertamente que «hermenéutica» fuera un término de su léxico. Ahora, en parte unidas a la fenomenología, tradiciones comprensivas de pensamiento social vinieron a escena. En fin, por diversos caminos se adoptaron en teoría social otros estilos de pensamiento, como la filosofía del lenguaje usual.

Con estas elaboraciones, el centro de gravedad de los aportes innovadores a la teoría social regresó a Europa.l* Se hizo notorio que buena parte del trabajo teórico más interesante se producía allí, y casi todo él en lenguas que no eran
la lengua inglesa. La teoría social estaba, y está, no sólo viva sino muy pujante. Ahora bien, ¿cuál es el resultado de estos movimientos? Porque la pérdida del terreno compartido que el consenso ortodoxo ocupaba antes parece haber dejado a la teoría social en un desorden irremediable. Más allá del murmullo de voces teóricas rivales, es posible discernir ciertos temas comunes en esta confusión aparente. Un tema es la insistencia de la mayoría de las escuelas de pensamiento en cuestión —con excepciones notables como el estructuralismo y el «pos-estructuralismo»— en el carácter activo, reflexivo, de la conducta humana. Significa esto que se unen en su rechazo a la tendencia del consenso ortodoxo a ver la conducta humana como resultado de fuerzas que los autores ni gobiernan ni comprenden.
* La referencia se puede consultar en las págs. 36-7.

Además (y en esto se incluyen también el estructuralismo y el «po estructuralismo»), otorgan un papel fundamental al lenguaje y a
cultades cognitivas en la explicación de la vida social. El uso del lenguaje se inserta en las actividades concretas de la vida cotidiana y en cierto sentido es panialmente constitutivo de esas actividades. Por último, se admite que el decaído peso de filosofías empiristas en ciencia natural tiene consecuencias profundas para las ciencias sociales también. No se trata de que ciencia social y ciencia natural estén más alejadas de lo que creían los defensores del contexto ortodoxo. Ahora vemos que una filosofía de la ciencia natural debe tener en cuenta justamente aquellos fenómenos en que se interesan las nuevas escuelas de teoría social: en particular, el lenguaje y la comprensión del sentido.
En estos tres núcleos temáticos y en sus mutuas conexiones se interesa la teoría de la estructuración tal como la expongo en este libro. «Estructuración» es un término desafortunado en el mejor de los casos, aunque es menos inelegante en el contexto francés donde nació. No atiné a inventar un término más atractivo para los puntos de vista que quiero comunicar. Cuando elaboro los conceptos de la teoría de la estructuración, no es mi intención presentar una ortodoxia potencialmente nueva en remplazo de la antigua. Pero la teoría de la estructuración es sensible a los defectos del consenso ortodoxo y a la gravitación de las elaboraciones convergentes que antes apunté.
Por si se presentara aquí alguna duda sobre terminología, deseo aclarar que empleo la expresión «teoría social» para abarcar cuestiones que según mi criterio son asunto de todas las ciencias sociales. Estas cuestiones atañen a la naturaleza de la acción humana y al ser que actúa; al modo en que conviene conceptualizar la interacción y su nexo con instituciones; y a la aprehensión de las connotaciones prácticas del análisis social. En cambio, no entiendo por «sociología» una disciplina genérica aplicada al estudio de las sociedades humanas como un todo, sino la rama de la ciencia social que estudia en particular las sociedades «avanzadas» o modernas. Esta definición de disciplinas no supone otra cosa que una división intelectual del trabajo. Es cierto que existen teoremas y conceptos que pertenecen específicamente al mundo industrializado, pero no hay modo de distinguir con claridad algo denominado «teoría sociológica» de los conceptos e intereses más generales de la teoría social. En otras palabras, «teoría sociológica» se entenderá, si se quiere, como una rama de la teoría social en sentido lato, pero no puede sustentar una identidad plena por sí sola. Este libro ha sido escrito con un claro sesgo sociológico, en el sentido de que me inclino a estudiar un material que se aplica sobre todo a las sociedades modernas. Pero, como introducción a la teoría de la estructuración, se propone ser también, en medida sustancial, una formu d

las tareas de la teoría social en general, y es «teoría» en el sentido que esta. O sea que el acento recae sobre la compren de obrar humano y las instituciones sociales.
- Teorf a social» en modo alguno es una expresión precisa, no obste lo cual resulta muy fecunda Tal como la imagino, «teoría social» pone el análisis de cuestiones que desbordan sobre la filosofía, pero es en principio una empresa filosófica. Las ciencias sociales se exavían si quienes las practican no las conectan directamente con problemas filosóficos. Pero pedir que los especialistas en ciencia social lean sensibles a cuestiones filosóficas no equivale a arrojar la ciencia iocial en los brazos de quienes acaso pretendan que ella es intrínsecamente especulativa en lugar de empírica. Es tarea de la ciencia social alcanzar concepciones sobre la naturaleza de la actividad social humana y sobre el agente humano que se puedan poner al servicio de un trabajo empírico. El quehacer principal de la teoría social es el mismo que el de las ciencias sociales en general: esclarecer procesos concretos de vida social. Sostener que discusiones filosóficas pueden hacer aportes a ese quehacer no equivale a suponer que haga falta resolver de manera concluyente esas discusiones antes que se consiga producir una investigación social valiosa. Al contrario: la prosecución de una investigación social puede en principio arrojar luz sobre controversias filosóficas tanto como puede suceder lo inverso. En particular, creo que es erróneo inclinar la teoría social demasiado definidamente hacia cuestiones epistemológicas abstractas y de un alto grado de generalidad como si para alcanzar elaboraciones significativas en ciencia social hubiera que tener antes una solución resuelta de aquellas cuestiones.
Son indispensables algunas precisiones sobre la «teoría» en teoría social. Existen determinadas acepciones que se suele atribuir a «teoría» en las ciencias sociales de las que deseo tomar considerable distancia. Cierta concepción era popular entre algunos de los que se asociaban al consenso ortodoxo, aunque hoy ya no goce de aceptación general. Es la idea —influida por ciertas versiones del empirismo l& gico como filosofía de la ciencia natural— de que la única forma de «teoría» digna de ese nombre es la que admita expresarse como un conjunto de leyes o generalizaciones en una cadena deductiva. Esta aproximación resultó ser de aplicación muy limitada aun en las ciencias naturales mismas. Si se la puede sostener, es sólo para ciertos dominios de la ciencia natural. Quien intente aplicarla a la ciencia social se verá obligado a admitir que (hasta ahora) no existe teoría alguna: su construcción es un anhelo que se pospone a un futuro lejano, es más una meta por alcanzar que una parte efectiva del actual quehacer de las ciencias sociales.

Aunque este punto de vista aún hoy sigue teniendo adherentesL está muy lejos de aquello a lo cual, a mi criterio, pudiera o debiera aspirar la teoría social —por razones que se aclararán lo suficiente en el cuerpo del libro que sigue—. Pero existe una versión más débil de ella que todavía recluta muchísimos partidarios y que motiva un examen más detenido aun en el contexto de este prefacio. Se trata de la idea de que la «teoría», en teoría social, tiene que consistir en lo esencial en generalizaciones para que posea un contenido explicativo. Con arreglo a esa postura, buena parte de lo que pasa por «teoría social» se compone más de esquemas conceptuales que (como debería suceder) de «proposiciones explicativas» de tipo generalizador.
Dos problemas se deben deslindar aquí. Uno atañe a la naturaleza de la explicación en las ciencias sociales. Daré por admitido que la explicación es contextual, la aclaración de preguntas. Ahora bien, se podría sostener que las únicas preguntas atendibles en ciencia social fueran las de una clase muy generalizada, que en consecuencia sólo se responderían por referencia a generalizaciones abstractas. Pero es poco lo que semejante concepción puede aducir en su favor porque no contribuye a esclarecer el alcance explicativo de buena parte de lo que hacen los especialistas en ciencia social (o, para el caso, en ciencia natural). La mayoría de los «por qué?» no reclaman en respuesta una generalización, ni las respuestas contienen la implicación lógica de que deba existir en alguna parte una generalización escondida que se pudiera invocar en respaldo de ellas. Observaciones como esta que hago se han vuelto lugar común en la bibliografía filosófica, y no he de ampliarlas aquí. Mucho más controvertible es una segunda tesis que defiendo y despliego en el libro: que descubrir generalizaciones no es el alfa y el omega de la teoría social. Si los partidarios de «teoría como generalización explicativa» han circunscrito con excesiva estrechez la naturaleza de «explicación», han redoblado ese error porque omitieron indagar con suficiente atención lo que es y debe ser una generalización en ciencia social.
Las generalizaciones se agrupan en dos polos, con un espectro y una diversidad de posibles matices entre ellos. Algunas son válidas porque los actores mismos las conocen —bajo algún ropaje— y las aplican en la puesta en escena de lo que hacen. De hecho no es necesario que el observador de ciencia social «descubra» estas generalizaciones por más que pueda darles una nueva forma discursiva. Otras generalizaciones denotan circunstancias o aspectos de circunstancias que los agentes desconocen y que efectivamente «actúan» sobre ellos con independencia de lo que crean hacer. Los que denominaré «sociólogos estructurales» se inclinan a interesarse sólo por la generalización en este segundo sentido, y es lo que se quiere decir cuando se afirma
la «teoría», en teoría social, debe incluir generalizaciones expli Pero lo primero es tan fundamental como lo segundo para la social, y cada forma de generalización es inestable respecto de
.1 otra. Las circunstancias en que se verifican generalizaciones sobre lo F que «les ocurre» a los agentes son mudables con respecto a lo que esos agentes pueden aprender a «hacer que ocurra» a sabiendas. De esto proviene el efecto trasformador (abierto lógicamente) que las ciencias sociales llegan a tener sobre su «objeto de estudio». Pero ello explica también el hecho de que el descubrimiento de «leyes» —esto es, generalizaciones de tipo 2— sea sólo un interés entre otros quehaceres no menos importantes para el contenido teórico de la ciencia social. Entre esos otros quehaceres descuella la provisión de medios conceptuales para analizar lo que los actores saben sobre las razones por las que en efecto actúan, en particular donde no tienen conciencia (discursiva) de que lo saben o donde los actores en otros contextos carecen de esa conciencia. Estas tareas son ante todo de carácter hermenéutico, pero son parte intrínseca y necesaria de la teoría social. La «teoría» que interviene en «teoría social» no consiste sólo, ni principalmente en la formulación de generalizaciones (de tipo 2). Tampoco los conceptos elaborados bajo el título de «teoría social» están constituidos solamente por los que puedan ser introducidos en esas generalizaciones. Muy por lo contrario, estos conceptos tienen que ser conectados con otros referidos al saber de los agentes, al que están inevitablemente ligados.
En su mayor parte, las controversias animadas por el llamado «giro lingüístico» en teoría social y por la emergencia de filosofías pos-empiristas de la ciencia han presentado un fuerte carácter epistemológico. Se interesaron, en efecto, en cuestiones de relativismo, en problemas de verificación y falsación, etc. Se trata de asuntos importantes, pero centrar la atención en cuestiones epistemológicas distrae de los intereses más «ontológicos» de la teoría social, justamente aquellos que la teoría de la estructuración toma por eje. Más que preocuparse por querellas epistemológicas y por determinar si algo semejante a una «epistemología» en su acepción tradicional se puede formular en definitiva, los que trabajan en teoría social, según mi propuesta1 se deben aplicar primero y ante todo a reelaborar concepciones sobre el ser y el hacer del hombre, sobre la reproducción social y la trasformación social. En relación con esto, importa sobre todo un dualismo que está profundamente arraigado en la teoría social, una división entre objetivismo y subjetivismo. El objetivismo era un tercer «ismo» que definía al consenso ortodoxo, junto con el naturalismo y el funcionalismo. A pesar de la terminología de Parsons del «marco de referencia de la acción», no hay duda de que en su proyecto teórico el objeto (la socie21

dad) predomina sobre el sujeto (el agente humano inteligente). Otros Yas opiniones se pudieron asociar a ese consenso fueron mucho meOS refinados en este punto que Parsons. En su ataque al objetivismo Y a la sociología estructural—, los influidos por la hermenéutica o Por la fenomenología consiguieron desnudar serios
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