La teoría marxengelsiana de la crisis capitalista






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Capítulo Quinto
La teoría marxengelsiana de la crisis capitalista.
(con autocrítica incluida)
Al volverse claro, desde los primeros años del siglo XXI, que lejos del optimismo fácil de la globalización, el sistema capitalista mundial afrontaba graves problemas generales y no fenómenos pasajeros y de localización acotada, las explicaciones “neo-liberales”, como visión de la sociedad en general o “neo-clásicas”, como referidas a la teoría económica, quedaron alicaídas. De inmediato a los fenómenos emergentes de un subsuelo sísmico, se los pretendió limitar, en lo simbólico, con nombres folklóricos very tipical, como “crisis del tequila” para México. Luego esas ideas se fueron oxidando tanto como los presuntos “blindajes” (alusivos al acero), con los que se ha pretendido anclar a la realidad las volátiles burbujas bursátiles que expresan, a la inversa, una realidad gaseosa, habida cuenta la escasa materialidad de sus valores de cambio. Pero también sucede que se trata de de un gas tan inflamable como el helio, que conviene citar por esa razón, con la intención de elaborar lo simbólico con sentido contrario a las estampitas de catecismo moderno, como la del “tequila”, diciendo que la mejor metáfora de la actual crisis es el trágico incendio del Graf Zeppelín ante los atónitos ojos de los estadounidenses en 1937, en el aeropuerto de Lakehurst, New Jersey, falleciendo la tripulación y casi la mitad de los pasajeros.

El Graf Zeppelín era un dirigible enorme, con un globo aerodinámico en forma de cigarro de 245 m. de largo, con instalaciones y servicio de alto lujo, que no tenían nada que envidiar a los buques transatlánticos de lujo, pero que hacía el viaje en mucho menos tiempo y en 1936 había efectuado diez viajes muy celebrados, propagandeados y pagados a precio de oro por sus pasajeros de la alta burguesía. Los alemanes habían bautizado Hindenburg a la aeronave, recordando a su “héroe” militar de la primera guerra mundial y canciller de la crepuscular República de Weimar que abrió paso al IIIer Reich de Adolfo Hitler, pese al rechazo que le ocasionaba a Hindenburg el origen plebeyo del Führer. Vale recordar también que la primera ensoñación de grandeza y lujo incomparables y su trágico fracaso fue la del británico transatlántico Titanic en 1912, con cifra de muertos mucho mayor.1

Desde luego, el giro de destrucción, tragedia y muerte que el movimiento del capital financiero ocasiona sobre el resto de la humanidad es aún mucho mayor, pero eso mismo y la circunstancia de que la burguesía bursátil concentrada no pueda siquiera poner a salvo sus propios miembros refuerzan la convicción de que la crisis está en la lógica más íntima de ella y que los destinos del Hindenburg y del Titanic constituyen las metáforas más adecuadas para expresar su esencia histórica. Y si esto es cierto como metáfora global, en lugar de las ridículas estampitas de la ideología burguesa, no parece desatinado traer a colación la idea formulada por Carlos Marx de que el principal límite histórico del capital es el capital mismo.

Sin embargo, eso no es más que un principio, con el doble valor de dejar en el basurero las teorías “neo-liberales” y “neo-clásicas” e indicar un mejor derrotero, pero todavía no el derrotero mismo, que pasa centralmente por la historia materialista de la modernidad, enmarcada en la historia universal.

Esto tiene para nosotros una limitación seria, a saber, que al incluir una perspectiva que se centra en lo esencial en la visión del mundo de Marx-Engels, no podemos ignorar que ya en varias obras de análisis histórico hemos incluido sesgos críticos que hemos llamado “autocrítica” dada nuestra inclusión dentro de la tradición llamada marxista (hoy un nombre impreciso por amplitud excesiva). Por eso, hemos necesitado hacer una exposición más completa de nuestra perspectiva que, estando en elaboración, es, sin terminar, muy larga para incluirla aquí. Pero como hemos juzgado necesario suspender ese trabajo para abordar el tema de la segunda crisis mundial, lo suplantamos por este texto más breve y sintético.
1. Ciclos y crisis capitalistas desde la segunda mitad del siglo XIX hasta el XXI (aproximación analítico-abstracta).
Que el sistema capitalista presenta oscilaciones marcadas de su propia acumulación es un hecho universalmente aceptado, pues, aunque las guerras mundiales del siglo han interrumpido la continuado alternancia aún de sus formas suaves, denominadas habitualmente “recesión”, o bien “auge-depresión”, fuera de eso, cuando no se han repetido las formas suaves, se han desarrollado las formas abruptas, para las que de ahora en adelante reservaremos la denominación de “crisis”.2

Esta clasificación binaria es, empero, insuficiente, pues hubo en el siglo XIX crisis que no pueden considerarse meros ciclos relativamente suaves, sino justamente fueron los procesos que dieron origen a la denominación y también llamadas “cíclicas”, pues tenían una duración parecida, de entre un lustro y una década y fueron varias. Ellas, sin embargo, no volvieron a aparecer como breves y repetidas y las dos grandes crisis mundiales, la desatada en 1929 y la actual, son de una envergadura y efectos muy mayores y por eso son diferentes, aunque compartan las características abruptas de las crisis cíclicas del siglo XIX. Cabe aclarar que con frecuencia hay autores que llaman “crisis” al momento del estallido luego del auge y asimismo “depresión” a los tiempos posteriores a ese mismo “estallido”, más largos y parte de un mismo ciclo.3

Una vez efectuada nuestra distinción primaria en tres tipos –y tomando en cuenta la importancia de las guerras mundiales para influir sobre ciclos y crisis- podemos decir que la época anterior a la primera guerra mundial es aquella donde se verificaron las crisis cíclicas, el período de entreguerras cuando se verificó la “Gran crisis mundial” y desde la Segunda Guerra Mundial en adelante el período en que predominaron los ciclos “auge-depresión” durante muchas décadas, hasta casi el fin del siglo XX. También cabe aclarar que el tipo de las crisis cíclicas se prolongó al siglo XX en el breve período anterior al estallido de la Primera Guerra Mundial. Alrededor de este período, con su pre-guerra, el conflicto mismo y la inmediata posguerra, caben dos aclaraciones más. La primera es que ese es el momento de giro de la hegemonía mundial británica a la hegemonía estadounidense, que se volverá más marcada aún luego de la Segunda Guerra Mundial. La segunda es que recién con ésta, la “primera” dejó de llamarse la Gran Guerra, que aún en eso fue descubierta como tal en su transcurso, pues los protagonistas al inicio esperaban un conflicto menor.

La periodización afirmada en el párrafo anterior es aún analítica y como tal aún abstracta, así que no es plena ni enteramente así.4 Entre otros hechos, porque hubo una crisis grave en Alemania durante el período de entreguerras, aunque no la tomamos en este nivel abstracto, ya que tiene que ver con el hecho político y militar de la ocupación francesa del Sarre, una dimensión que sería impropio incluir en este nivel de análisis. En segundo lugar, porque ya advirtiéndose la posibilidad de su irrupción desde los últimos años del siglo XX, se ha hecho presente en los primeros años del siglo XXI otra crisis mundial del sistema capitalista, que aunque no es enteramente igual que la de los años ‘30, puede ser considerada de su tipo de “gran crisis” y ya obliga ahora a llamar a aquella la “primera” gran crisis.

Pero esta alteración a la comprobación más general de una época de predominancia de los ciclos suaves está lejos de la puesta entre paréntesis que hemos juzgado pertinente para la crisis alemana ligada a la ocupación francesa del Sarre. Todo lo contrario, esta irrupción ha venido a alterar el curso de la historia de una manera tan grande como los otros acontecimientos en la sociedad mundial, propios de lo que llamamos el presente histórico, con su revolución científico técnica que transforma las relaciones entre la sociedad y la naturaleza. Esta segunda gran crisis está dentro del ciclo abierto desde la segunda posguerra mundial y de los cuales es desembocadura inicial, pues la conjunción de esos acontecimientos con ella misma augura cambios todavía mayores en el futuro del siglo XXI.

Y si esto ocurre en la perspectiva acerca del curso real de la historia, el efecto es más profundo, si cabe, sobre las ideas y expectativas que las naciones y las clases sociales venían teniendo en torno al presente histórico, entendiendo por tal lo que antes se denominaba “modernidad” y que produce una gran aceleración de todos los procesos, pues combina esa extendida y profunda revolución de las relaciones entre la sociedad y la naturaleza, la revolución científico-técnica, con las revoluciones sociales (burguesas y socialistas) y las mencionadas guerras mundiales.
2. La teoría de la crisis en Marx y la categoría de totalidad.
La teoría explicativa de las crisis del sistema capitalista elaborada por Marx se apoya centralmente en la formulación de la ley de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia del capital.

Esta teoría está expuesta en el Tomo III de El Capital, cuyo original, como el del II, no fue revisado íntegramente por Marx y Engels antes de enviarlo a la imprenta, cosa que ocurrió solamente con el Tomo I. Como es bastante sabido, los originales relativamente dispersos, después de la muerte de Marx, fueron ordenados por Engels, quien tenía una autoridad excepcional para hacerlo. Tal autoridad deriva de que la formulación de la nueva visión del materialismo histórico fue, en verdad, una obra común de ambos, compenetrados tanto en el inigualado mérito de ella para conocer la sociedad humana en su historia, como en algunos errores, inevitables en toda obra humana y más aún en el auténtico nacimiento de un pensamiento nuevo, ligado al ambicioso proyecto e construir una sociedad sin clases, castas ni Estado opresor.

La teoría, como parte del Tomo III, alude en forma directa al movimiento del capital en su conjunto y también refiere indirectamente a la globalidad teórica, al presuponer las elaboraciones parciales contenidas en los tomos anteriores. Asimismo, en su razonamiento, al señalar mutuas influencias estructurales varias y advertir finalmente que el desarrollo de la ley puede reconocer diversos factores que retrasen su ritmo y los efectos de ese desarrollo, evidencia estar recorrida por la categoría de totalidad e inspirada en ella, como clave del saber histórico y social.

Por eso, para abordar esta teoría es necesario referir a la categoría de totalidad, que, según acabamos de señalar, en sus formulaciones, Marx y Engels tuvieron en cuenta de una manera permanente, aunque sólo después de una consideración crítica puede decirse si de una manera consecuente o no. Lo que sí puede anotarse desde ya es que ellos presuponían la necesidad de esa consecuencia, lo que vale decir que hubieran admitido como un error propio el caso de no haberla observado.

Todavía hoy brilla el mérito de György Lukács por haber destacado la importancia metodológica de la cuestión, sobre todo por la extendida ignorancia que se observa en muchos sedicentes marxistas sobre ella, cuando no a la ligereza de sostener opiniones que la niegan, con la congruente vulgaridad cultural. En verdad, Lukács le dio inmediatamente un uso polémico contra el revisionismo bersteiniano, contra su vulgar economicismo, pero otros despliegues ulteriores muestran un campo más amplio de negación, los que en ningún caso muestran fundamentos atendibles.5

Esto no quiere decir que, a la vez, que las formulaciones de Lukács, o las de Marx y Engels, constituyan verdades definitivas que deban ser aceptadas como dogmas indiscutibles, como en el texto que comentamos Lukács mismo advierte.6

Lo que Lukács llama economicismo vulgar refiere a tomar legalidades sacadas de la economía política, de validez temporal o espacial limitada, extrapolándolas hacia una sustancialidad intemporal, cuya repetición mecánica ocupa sin fundamento lugares que necesitan reconocer diferencias o contradicciones, que en el caso de no estar explicadas deben reconocer interrogantes sobre los que la ciencia necesita nuevas elaboraciones. Las legalidades parciales, aisladas de su génesis en los contextos más amplios que le dan verdadero sentido histórico, se convierten así en cuadrados ladrillos “teóricos” destinados a tapar con un rígido muro el movimiento incesante de la sociedad en la historia y entonces negar la posibilidad de todo cambio en el futuro.
3. Las expectativas opuestas de las clases sociales.
La oposición entre un saber fracturado de la sociedad y la exigencia de mirar la sociedad en movimiento como una totalidad ha quedado así expuesta y es casi de Perogrullo la relación que esa oposición teórica tiene con la oposición frontal que existe en la realidad social entre las posturas de conservar la sociedad tal como es o cambiarla. Es tan de Perogrullo como lo es el admitir que, tras las indudables mayores complejidades de la estructuración social, en la sociedad moderna sus polaridades indiscutibles son la burguesía y el proletariado, que la primera goza de lujos una vez satisfechas sus necesidades primarias y que la segunda con frecuencia se ve privada de las posibilidades de satisfacer siquiera sus necesidades primarias.

Desde luego, la perogrullada, junto con ese valor sanchopancesco de la materialidad social, que de por sí se vuelve ironía frente a afirmaciones interesadas que la niegan, tiene la limitación, justamente, de que quienes pueden con razón y como compensación, reírse de los ridículos en que incurren hasta el hartazgo los voceros de la burguesía, siguen abrumados por muchas carencias y miserias.

Desde la otra vereda, esta situación está lejos de pasar inadvertida y sobre la base de las concesiones reformistas, por exiguas que sean, las alas izquierdas o reformistas del campo burgués, en su nombre, se burlan a su vez de las esperanzas en solucionar más integralmente la explotación obrera, como utópicas, elogiando la realidad de las migajas tendientes a aliviar apenas los sufrimientos obreros, una tarea en la que se destacan los burócratas sindicales que en ese juego obtienen bastante más que migajas de pan, gruesas hormas de queso.

No hace falta ninguna investigación concienzuda para advertir el parentesco de postura política entre el reformismo de Bernstein, quien auguraba al capitalismo un suave y progresivo curso de reformas continuadas, entre las que se contaban tales concesiones a la clase trabajadora y los reformismos posteriores, que han llegado a la actualidad. En verdad, como variante posible de la política moderna, la existencia del reformismo “progresista”, es hoy tan de Perogrullo como el carácter estructural permanente de la oposición burguesía-proletariado, bajo la forma de atender a necesidades menores del último, pero desde la identidad y los intereses de la primera.

Esto no quiere decir que no coseche adhesiones de importancia en el seno de las masas proletarias, o por lo menos, un grado alto de pasividad frente a sus prácticas, sin lo cual el sindicalismo “gordo” y aprovechado ni el liderazgo burgués sobre esas masas, pueden existir, aunque sea en medio del cinismo y el desencanto.

En verdad, desde la ideología burguesa se tienen en cuenta sólo de este modo pragmático estos temas, mientras otras variantes culturales burguesas despliegan formas diversas incoherentes, cuando no irracionales y descompuestas. Pero en la cultura de las corrientes marxistas constituyen verdaderos tópicos, cuya persistencia, elogiable por su realismo, no puede evitar que su repetición sin desarrollo y profundización, derive en mayores dificultades para lograr avances de la conciencia empírica de los trabajadores hacia una conciencia histórica. Para decirlo también de un modo sanchopancesco, quienes tomen a su cargo esa tarea necesaria, tropezarán a menudo con respuestas obreras de que tales verdades no tienen ninguna eficacia y que el reformismo o los burócratas, al menos, consiguen alivios. Esta situación está también influida por la cercanía temporal de derrotas o victorias en el curso de la lucha de clases, como asimismo de la mutua influencia histórica que tienen entre sí las luchas de clase y las derrotas o victorias entre las naciones y los consiguientes alineamientos o cambios en las hegemonías mundiales que esos procesos acarrean.

Es obvio que este problema plantea la cuestión de la necesidad de una vanguardia obrera, cuya misma validez en momentos de fuertes sentimientos de desilusión ha sido puesta en cuestión, e incluso, en un birlibirloque muy común en el mundo moderno, su existencia en cuanto tal (y no los errores que pueda haber cometido) ha sido achacada de los retrocesos que causan desilusión, sin que por ello desaparezcan los problemas que en su momento llevaron a plantear su necesidad ni haya brotado ninguna alternativa para ello.

En esta línea de desplegar los problemas que afronta la experiencia política de la clase obrera, podríamos continuar, pero ello nos desviaría mucho del curso principal de la exposición. Lo anotado hasta aquí sirve de ejemplo de la necesaria relación entre las teorías que expresan la visión del mundo y la práctica de la clase social que esa visión quiere expresar en su movimiento histórico.

Aquí nos interesa, ante todo, dilucidar el sentido de la teoría de la crisis capitalista formulada por Marx en el complejo teórico-práctico mencionado, evitando la unilateralidad de reducir el análisis a las congruencias de los aspectos estructurales con los análisis puramente cuantitativos y sus equilibrios.

Éstos, amén de su parcialismo reformista, terminan inclinándose hacia la falsa pertinencia de esos análisis matemáticos para explicar, más allá de la crisis y las opciones políticas, el sistema capitalista mismo, negando, desde luego, la crisis y en su desbocada enajenación intelectualista, las opciones políticas contrarias o aún sólo diferentes, por lo que no es de extrañar que recientemente se haya incurrido en el contrasentido de afirmar haber llegado a la “política única”, cuando el concepto mismo de “política” implica al menos dualidad, o al “fin de la historia”, cuando el concepto mismo de “historia” implica movimiento incesante.

El momento histórico en que este triunfalismo ha recorrido el planeta es un síntoma más de la creciente descomposición de la ideología burguesa, sobre todo por la brevedad del lapso en que es seguido por su más radical negación, o sea, la irrupción de la segunda gran crisis mundial del sistema capitalista.

De este modo, luego de que la extensión espacial y temporal de la crisis –y su profundización- revelan que ella no es un fenómeno pasajero, que en corto plazo sería seguido por una restauración de las condiciones anteriores, hace que el previo auge de las teorías llamadas “neo-clásicas”, matematizantes, sea seguido por su retirada abrupta del escenario hacia las bambalinas, pero pudiendo sospecharse que deberán caminar algo más, hacia los camarines del teatro, para intentar un nuevo maquillaje si es que quieren retornar a la escena.

Pero, según la apreciación vulgar de que la política odia el vacío –y la metáfora teatral alude a la representación política en la sociedad burguesa- mientras tanto el escenario ha sido inmediatamente ocupado por las teorías “keynesianas”, que acompañan el reconocimiento de la necesidad de que el Estado intervenga en el funcionamiento bursátil y financiero para intentar evitar males mayores de los desequilibrios agudos y expansivos que desmienten las ilusiones “neo-clásicas”.

Como era previsible, las intervenciones han tomado en lo inmediato, el sesgo de proteger a los sectores bursátiles y financieros cuya acumulación descontrolada es la raíz de la crisis, pero como esto no augura sino nuevos descontroles, es probable que se intenten correcciones más audaces. Ellas no parecen aptas para evitar disputas crecientemente agrias, dadas las divergencias de intereses detrás de las teorías, que impedirán una representación armónica en el escenario, lo que a su vez contrastará con el sacro aspecto del pensamiento único, un ídolo con pies de barro, cuyo derrumbe no es para nada incruento, sino que deja muchos heridos y quebrados.

Sin embargo, no parece sensato predecir un nuevo cambio de elencos ante esta situación, pues ello sería como decir: luego del retorno de Keynes al escenario, si no hay buen espectáculo, debe retornar también Marx, pues las cuestiones implicadas en la representación política, en cuanto a las clases sociales y sus visiones del mundo son más complejas y profundas. Pero si no llegan al escenario ¿no tendrán presencia en las calles y se oirán en las cercanías del teatro?
4. Las condiciones aún precarias de la conciencia histórica.
Estamos en presencia ya viva de dificultades graves de los poderes que sostienen al capitalismo y, a la vez, sin ningún indicio claro de que eso lleva al sistema a una situación de derrumbe. Por eso adjetivamos de “precarias” las condiciones de la conciencia histórica, pero como nosotros mismos podemos decir eso –y creemos que con fundamentos- nos atrevemos a adverbiar en tiempo la precariedad diciendo “aún”.

Son nuestras expectativas, es obvio. En el camino de ayudarlas con nuestra propia tarea, apareció ya la idea de Marx de que el límite histórico del capital es el capital mismo, enteramente compatible con la dualidad mencionada: podemos dar la categoría de hecho (lo que por definición no puede discutirse) la existencia de dificultades graves (1), pero no que ellas llevarán a la caducidad sistémica (2). No se nos escapa que se trata de un enorme interrogante, lo que no resulta una perspectiva seductora para los lectores a los que nos estamos dirigiendo, para más si esperan para que, de seguido, recibirán materialismo histórico con autocrítica incluida.

Sólo podemos decir en nuestro favor que toda la experiencia de la auténtica ciencia moderna ha progresado en el intento de contestar interrogantes de tanto peso como el mencionado.7

Luego, nos parece mejor desplegar de inmediato todo lo que puede provocar rechazo y, en este sentido, aclarar de entrada que nuestra visión crítica o autocrítica del materialismo histórico no refiere al concepto de Marx de que el capital es el límite histórico de sí mismo ni, junto con ello a su teoría de la crisis, sino a algunas cuestiones precisamente más elementales que no se suelen poner en cuestión, además bajo el supuesto de que si se demostrara su falsedad, tampoco podría prestarse validez a la teoría de la crisis y del límite del capitalismo.

Dejamos entonces en relativo suspenso el análisis de la validez de la teoría de las crisis capitalistas y su piedra angular, la ley de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia del capital, pero no sin dejar de anotar la convicción de que ellas favorecen las aspiraciones más cabales y, en tanto históricas, más radicales del materialismo histórico en función de representar y expresar a la clase obrera, pues de lo contrario, es que no consideramos que la supresión de la explotación y la construcción del socialismo son las necesidades y objetivos de su movimiento histórico.

Uno de los aspectos fundamentales en que hemos basado la autocrítica del materialismo histórico es en cuanto al cortoplacismo y una dialéctica formal y mecanicista que desembocaría en la revolución socialista del siglo XIX, según uno de los textos iniciales del Tomo I de El Capital. Hemos considerado que implica un resabio de visión burguesa en la concepción marxengelsiana, combinando influencias de Hegel y Adam Smith.
5. Orígenes de la precariedad de la conciencia histórica.
Con harta frecuencia hemos mencionado como eje de nuestras investigaciones y reflexiones la perspectiva de una doble mirada crítica, compuesta de una crítica a la descomposición de la ideología burguesa y una autocrítica del materialismo histórico.8

La perspectiva está ligada no solamente al materialismo histórico, considerado por nosotros como la base misma de todo conocimiento de la sociedad humana, sino también a la inmadurez de la ciencia en general, como argamasa necesaria del presente histórico y reemplazo no menos necesario de la visión religiosa, que a la vez deje en verdadera libertad de sus dogmas, los contenidos que provienen del animismo mágico primitivo y en la actualidad iluminan la estética y sus artes.

Dada la gran importancia del tema abordado aquí y las densas implicancias que tiene con los demás aspectos del presente histórico, consideramos necesarias algunas breves consideraciones al respecto, junto con el aviso de que para un desarrollo más fundamentado, nos tomamos la licencia sólo promesante de que está en vías de elaboración, algo que mencionamos ut supra. Reconocemos que tal actitud es susceptible de una crítica que deberíamos admitir, pero esperamos atenuarla con dos consideraciones: uno, que la segunda crisis mundial ya está instalada y resulta urgente su debate y dos, que el tema de la descomposición de la ideología burguesa se cruza también con la inmadurez de la visión científica en general, lo que hace aparecer en el campo de la cultura producciones ambiguas, que mezclan descubrimientos valiosos con dilemas heredados de las ambigüedades de la filosofía de la Ilustración.

Para no dejar enteramente en el aire la segunda disculpa, vamos a dar un breve ejemplo, referido a la psicología, cuyos avances modernos está ligados con toda justicia al nombre de Sigmund Freud, descubridor de que la conducta humana, aún más allá de las alienaciones sociales del poder, no está determinada por una conciencia libre y racional, como suponían las visiones racionalistas, creyentes que para ello bastaba con haberse liberado de las tinieblas teológicas y la autoridad clerical.

No ha sido obstáculo de este gran aporte que el punto de partida de Freud se haya apoyado en un materialismo mecánico, poniendo acento en la biología corporal y la fisiología humana.9 A su vez, el gran aporte no ha sido obstáculo para que al intentar extender sus descubrimientos a la explicación de la sociedad, la historia y la política, Freud haya incurrido en generalizaciones muy endebles y recurrido a ideólogos burgueses alienados disfrazados de “científicos”, lo que ha empeorado sus dichos. A su vez, esto no ha impedido que el sedicente “marxista” Louis Althusser haya dicho que su amigo Jacques Lacan daría al psicoanálisis el verdadero fundamento científico del que carecía con Freud. Su parisina sociedad de bombos mutuos es la cuna del llamado “estructuralismo”, cuya mayor hazaña intelectual ha sido tergiversar el sentido de hipótesis de las ciencias físico-matemáticas en una pretendida aplicación a las ciencias humanas, con numerologías indignas aún de la arcaica cábala, que en el caso de Lacan ha llegado a la desvergüenza de establecer la “ecuación” el pene = raíz cuadrada de -1, una cumbre que sus discípulos Deleuze, Derrida y otros mercachifles de la cultura no han llegado a escalar, pero cuyos senderos de derechización los han llevado finalmente a ponerse también bajo la inspiración de los ideólogos señeros del nazismo alemán, Federico Nietzsche y Martín Heidegger. Afortunadamente, no todos los europeos que se consideran marxistas han sido cómplices de estas imposturas, como es el caso Edward Thompson, que ha demostrado inapelablemente el idealismo grosero y arcaico de Althusser y sus sucesores. A pesar de ello y que el final uxoricida y suicida de Althusser no ha sido buena propaganda, sus engendros han seguido circulando. Su apología de su amigo Lacan puede contestarse con una frase simple, sin necesidad de estudios profundos, diciendo que Freud es el descubridor del inconsciente y Lacan el de la presunta naturaleza matemática del órgano sexual masculino.10

Considerando que todas estas confusiones del campo cultural e ideológico de la modernidad alcanzan al campo del denominado “marxismo”, lo que desde luego no es exactamente lo que hemos llamado materialismo histórico como mejor nombre para la nueva visión del mundo, esto ha reforzado nuestra convicción de que su autocrítica debe alcanzar a los fundadores de esa visión, Marx y Engels, a quienes seguimos valorando como tales. La denominación también se fundamenta en que los primeros errores que hemos empezado a reconocer los hemos atribuido a algunas influencias tanto de Hegel como de Adam Smith.

Una formulación elemental y precaria de la crítica inicial fue publicada por primera vez en una nota al pie de página, lo que bien revela ese carácter.11 La nota remite también a otra de la obras donde se contiene la perspectiva, pues tiene relación con críticas al papel demasiado subordinado que Marx y Engels atribuyen al Estado y otras cuestiones y está colocado al final de un párrafo donde se elogia la percepción de Marx sobre la importancia y volumen de los saqueos europeos sobre los países que estaba convirtiendo en sus colonias.

Sin embargo, es criticado también el concepto de que eso sea parte de una mera “acumulación primitiva” del capital, que habría de cesar una vez que el volumen alcanzara para un funcionamiento exento del saqueo colonial y otras fuentes internas que no provienen del movimiento mismo de la acumulación (vgr. los “cercamientos” en la misma Gran Bretaña).

La criticada fórmula de Marx es de clara filiación hegeliana, de tesis-antítesis-síntesis, puesta por él sin más ni más en el nivel de las relaciones de producción y suponiendo como sustancia permanente la propiedad privada. Ella oscilaría de un origen mercantil-laboral, como propiedad privada individual de trabajadores campesinos y artesanos, a la propiedad privada capitalista y de ésta a la socialista que, como síntesis, sin volver categóricamente a la de origen, restauraría el derecho de los trabajadores a su producto.12

Estos movimientos históricos de la propiedad privada se verificarían a través de dos expropiaciones de sentido contrario. La primera, de varios siglos a esta parte, sufrida por los trabajadores propietarios a manos de una minoría de usurpadores capitalistas. La segunda, en la futura (y bastante próxima) revolución socialista, una expropiación de esa minoría por la gran masa del pueblo (encabezados por los proletarios como los más radicalmente despojados por los capitalistas).

El texto dice así:
El sistema de apropiación capitalista de producción, y por tanto la propiedad privada capitalista, es la primera negación de la propiedad privada individual, basada en el propio trabajo. Pero la producción capitalista engendra, con la fuerza inexorable de un proceso natural, su primera negación. Es la negación de la negación. Ésta no restaura la propiedad privada ya destruida, sino una propiedad individual basada en la cooperación y en la posesión colectiva de la tierra y de los medios de producción producidos por el propio trabajo.

La transformación de la propiedad privada dispersa y basada en el trabajo personal del individuo en propiedad privada capitalista fue, naturalmente, un proceso muchísimo más lento, más duro y más difícil, que será la transformación de la propiedad capitalista, que en realidad descansa ya sobre métodos sociales de producción, en propiedad social. Allí, se trataba de la expropiación de la masa del pueblo por unos cuantos usurpadores; aquí, de la expropiación de unos cuantos usurpadores por la masa del pueblo.13
Es fácil comprender hasta qué punto este esquema combina influencias de Hegel y de Smith para alentar expectativas de una revolución socialista en el mismo siglo XIX o principios del siglo XX. Hay muchos otros textos, sobre todo de Engels, que expresan esa expectativa en forma directa, con un ingenuo optimismo que la historia real desde entonces a hoy permite descartar sin necesidad de otras reflexiones o argumentaciones.

Salvo la explicable expectativa nacida de desear un cambio radical en una sociedad que presentaba rasgos execrables para la mayoría de la humanidad, el conjunto de esta fórmula hegeliana carece de la fundamentación, el realismo y la perspectiva historicista que caracterizan a otros escritos de Marx y Engels.

Pero como dijimos más arriba, era impensable que la nueva visión del mundo naciera sin errores importantes; todavía hoy, después de toda la experiencia del entero siglo XX, una experiencia enorme, la conciencia histórica está en situación insuficiente para elaborar lo que está pasando en el siglo XXI.

De todos modos, es muy importante señalar el aspecto más grueso del error del esquema, no sólo desde el punto de vista histórico sino aún lógico: ninguna clase de propiedad es producto directo del trabajo, sino de alguna clase de exclusión, sea la propiedad colectiva de los señores o el clero, que excluye a los siervos, sea la propiedad privada individual, la que además de excluir a trabajadores, excluye a los otros propietarios privados individuales, lo que supone un previo mercado y requiere de inmediato de árbitros estatales para dirimir las inevitables disputas entre ellos y también para garantizar la moneda acuñada, sin la cual ninguna producción mercantil es posible.

Cuando Engels habla de “producción mercantil simple” supone que la moneda todavía no ha aparecido, o sea que se trataría de una situación generalizada de trueque de mercancías sobre el conocimiento mutuo y transparente de campesinos y artesanos sobre el tiempo de trabajo de cada producto terminado, en lo que también él y Marx llaman “economía natural campesina”, otra abstracción sin ningún fundamento histórico y lógicamente inadmisible que se combina con una producción mercantil sin moneda, cuya única función es rellenar la “tesis” de la tríada formal hegeliana, dentro de la que la “propiedad privada” sólo es histórica y lógicamente admisible en la antítesis, el capitalismo, pues en la síntesis, sociedad socialista, sólo tendría una dudosa justificación en cuanto a los bienes y servicios, como valores de uso, que necesitan los seres humanos para vivir.

En verdad, el contraste entre estos rellenos y los otros muy valiosos aportes a la historia de Marx y Engels es tan grande, que no es de extrañar que no se lo haya percibido, pues, salvo lo que hemos dicho acerca de justificar un marcado e irreal optimismo de corto plazo en torno a la revolución socialista, no es fácil ver que hay entre los extremos del contraste. Podemos decir que en el siglo XIX todavía había escasos conocimientos arqueológicos para juzgar un pasado de la humanidad que incluía comunismo primitivo, sociedades de casta aún sin desarrollo mercantil ni tampoco la duración de esos estadios. Eso es verdad, pero también es cierto que Marx y Engels conocían el feudalismo, han hablado bastante del “modo de producción feudal”, en su época existía la población sometida a esclavitud y el mercado que la hacía posible, injertados en el modo posterior y superior de producción al feudalismo, lo que plantea cuestiones difíciles si se supone que éste es posterior y superior al “esclavismo antiguo”. Nosotros, en las obras citadas, por estas razones bastante simples, hemos rechazado que la historia universal sea una sucesión escalonada de “modos de producción”, pues éstos no totalizan los estadios ni las épocas, sino que solamente los componen, junto con otros aspectos esenciales de la vida social. Aún dejando de lado estos desarrollos, aunque sólo remitamos a dichos desarrollos y dejemos al futuro una consideración más extensa y profunda, de todos modos necesitamos ampliar la autocrítica a aspectos referidos a la refracción en el materialismo histórico de las ideas elaboradas por Adam Smith como economía política.
6. Luz y sombra en Adam Smith.
Smith constituyó un aspecto relevante de la Ilustración europea, la que llevó a alturas mayores la realización del costado científico de la filosofía helénica: dar una explicación del mundo (incluyendo naturaleza y sociedad) independiente de la intervención los dioses o del mono Dios. 14 Dejamos aquí de lado la imago mundi del universo físico (Galileo, Copérnico, Newton, etc.) y abordamos la explicación de la sociedad. En la Ilustración ella tiene varios sesgos, como el contractualismo social de Rousseau y Hobbes o el historicismo de Vico y Hegel, pero la obra de Smith realza en dar una explicación de la sociedad que incluye la necesidad de la relación material con la naturaleza que la humanidad debe explotar para vivir. Dentro de eso también se destaca su clasificación de las clases sociales fundamentales según las necesidades de esa producción y las relaciones de producción y cambio que resultan de ello: los capitalistas viven de la ganancia, los terratenientes de la renta de la tierra y los trabajadores de los salarios.

Este gran avance respecto de la teología ha quedado luego estancado de doble manera. Por un lado, la disciplina económica ha ido derivando crecientemente a una

visión puramente cuantitativa de los equilibrios mercantiles, cuya vinculación con la realidad de la producción y la circulación finalmente desaparece; por el otro, se han desplegado sociologías que tienden a prescindir de la clasificación de Smith relacionada con los ingresos de los grandes grupos, en lugar de integrarla junto con otros aspectos y terminan así por también desconectarse del proceso real.

Los dos párrafos anteriores, ubicando a Smith y la fundación de la economía política dentro de los procesos mayores a los que pertenecen, aunque no contengan la totalidad del presente histórico (como mejor nombre de la modernidad), esperamos sean llaves conducentes a su sentido, introductorias a la crítica que vamos a hacer e impidan que su dureza induzca al lector a la idea de que, entonces, propugnamos tirar esa obra a la basura, diciendo, por ejemplo, que lo que vale de ella ha quedado incorporado en la obra de Marx y Engels, y lo demás ¡al tacho! No ignoramos que esa tentación proviene de sentirse anticipadamente fatigado al mirar el tamaño de las obras de esos autores y considerar el tiempo de su lectura y análisis, pero justamente en proximidad de los temas de ambos, vale recordar que el trabajo científico no es una mercancía y que tomarlo bajo el criterio de ahorro de costos lleva a la alienación intelectual, bajo pretextos aparentemente atendibles como es no desalentar al lector.

Entonces sí podemos señalar que, aún dentro de sus méritos, la concepción de Smith, al suponer que la concurrencia, el cambio, el tiempo de trabajo como su medida, son connaturales de la sociedad humana y no sólo propias de la de su tiempo, incurriendo en una muy grosera negación de la historia. Esto puede expresarse también como que el naturalismo social de la burguesía, si bien reemplaza el “plan de Dios”, lo hace con una suposición de inmutabilidad que en eso se le parece y es susceptible de derivar en groserías peores como el mito del eterno retorno de Nietzsche (que sí conviene calificar de basura cultural que lleva al genocidio nazi).

Para que puedan verse mejor estas contradicciones de la economía política, conviene reproducir la siguiente cita de Smith:
En el estado primitivo y rudo de la sociedad, que precede a la acumulación de capital y a la apropiación de la tierra, la única circunstancia que puede servir de norma para el cambio recíproco de diferentes objetos parece ser la proporción entre las distintas clases de trabajo que se necesitan para adquirirlos. Si en una nación de cazadores, por ejemplo, cuesta usualmente doble trabajo matar un castor que un ciervo, el castor, naturalmente se cambiará por o valdrá dos ciervos. Es natural que una cosa que generalmente es producto del trabajo de dos días o de dos horas valga el doble que la que es consecuencia de un día o de una hora.15

Podemos dejar pasar que llame con el término moderno “nación” a un pueblo o tribu de cazadores, pero vale subrayar que obviamente ni el valor de cambio ni el tiempo de trabajo caben en el ejemplo. En el estadio histórico de la caza, la pesca y la recolección, los resultados de la actividad humana no son mercancías destinadas al cambio, ni siquiera productos agrícolas o ganaderos. La producción como actividad humana que reemplaza (parcialmente) la recolección surge con la agricultura hortícola y el apacentamiento de especies ganaderas y su mayor abundancia aún no elimina la escasez del comunismo primitivo y menos en circunstancias de guerras endémicas por las tierras y los productos que caracterizan el estadio productivo simple, breve en comparación con los milenios del estadio recolector y los milenios subsiguientes, caracterizados por la producción de varias formas de producción con excedentes.

Las sociedades tribales primitivas pero ya productivas, no se relacionan entre sí mediante el comercio sino principalmente mediante la guerra, algo que perdurará aún en etapas cuando el excedente productivo posibilita la división social en castas y aún cuando los avances de la navegación posibilitan desarrollos mercantiles.

Esta imagen sobre los cazadores no es meramente a-histórica, sino cabalmente antihistórica, pues niega tanto la evidencia empírica cuanto razonamientos elementales, para encontrar en el pasado una forma considerada “germinal” y natural que al desplegarse dará “civilización capitalista”.

Ese despliegue, según Smith, da la composición tripartita de tal civilización, en cuanto ingresos y división en clases referida poco más arriba.16

Pero esto no quita que considerar que el tiempo de trabajo en sociedades cazadoras sea la medida de presuntos intercambios entre ellas sea completamente antihistórica e incluso sea groseramente imaginativa en relación con objeciones de sentido común, como las que se pueden interponer a la suposición de intercambios regulares entre tribus o regularidad de la naturaleza para poner a disposición de los cazadores humanos esas especies.

7. Epistemologías opuestas de la totalidad y de la sustancia.
Antes de seguir, es conveniente anotar que la luz arrojada por Smith a la ciencia proviene de considerar la totalidad social, con sus internas relaciones con la producción y distribución de bienes y valores de cambio, mientras la sombra que empaña el descubrimiento se espesa en la arcaica noción de sustancia natural invariable.

Usamos el término “epistemología” a pesar de algunas connotaciones confusas, pues lo que queremos decir es que en la visión de la sociedad ya científica en modo parcial, aún atravesadas por lo que hemos llamado “amalgamas” entre filosofía y religión17, resultaría largo y engorroso mencionar cada vez “visión del mundo”, ya que ello requeriría aclarar también fases de desarrollo de cada una y justipreciar las mixturas dentro de cada fase. En cambio, el término “epistemología” apunta más a la evolución de la ciencia y menos a las supervivencias teológicas. Sin embargo, es bueno aclarar que para el uso de la contraposición mencionada, necesitamos recurrir también al concepto de “categoría”, en el sentido de límite en toda construcción de un sistema de saber, más allá del cual no lo hay y que seguidamente permanecerá como fundamento del sistema, aunque varíen otros términos.

La substancia, como categoría, alude a un nivel de la realidad que es invariable, pues las variaciones son su contrario, sus “accidentes”, las variaciones que pueden presentarse y desaparecer, mientras aquella no. Para este nivel sencillo de explicación, vale la definición de un diccionario:
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