Estudio preliminar de Francisco Montes de Oca






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compañeros de mesa que se encontraban a su lado perecieron combatiendo por su cadáver, excepto Arieo, que se hallaba en el ala izquierda al frente de la caballería. Cuando supo que Ciro había caído se puso en fuga con todo el cuerpo que mandaba.

X
Sobre el terreno mismo cortaron a Ciro la cabeza y la mano derecha. El rey, persiguiendo a los fugitivos, cayó sobre los reales de Ciro. Las tropas de Arieo, lejos de presentar resistencia alguna, huyeron a través de sus reales a la etapa de donde habían salido por la mañana, y que se hallaba, según decían, a cuatro parasangas de distancia. El rey y los suyos entraron a saco en todo y cogieron a la Focense, una manceba de Ciro, a quien llamaban la sabia y la bella. Pero la Milesia, más joven que la otra, cogida por los del rey, logró escaparse desnuda adonde estaban unos griegos que guardaban armados los bagajes. Estos salieron y perdieron también algunos de los suyos; pero no huyeron y salvaron valerosamente no sólo a la muchacha, sino todas las cosas y personas que se pusieron bajo su defensa.

Se hallaban entonces el rey y los griegos a una distancia como de treinta estadios; unos persiguiendo a cuantos encontraban por delante como si los hubiesen vencido a todos, y los otros pillando, como si ellos fuesen los vencedores. Pero cuando los griegos advirtieron que el rey con su ejército había caído sobre los bagajes, cuando el rey supo por Tisafernes que los griegos habían vencido por su lado y que avanzaban persiguiendo a los fugitivos, entonces el rey recogió sus tropas y las colocó en orden; y Clearco, llamando a Próxeno, que era quien se encontraba más cerca, se puso a deliberar si enviarían un destacamento o irían todos a defender los reales.

En esto vióse claramente que el rey avanzaba para atacarlos por la espalda. Entonces los griegos, dando la vuelta, se aprestaron a recibirle si atacaba por este lado; pero el rey no fue por allí, sino que se volvió por donde había rebasado el ala izquierda, recogiendo a los tránsfugas que se habían pasado a los griegos durante la batalla y a Tisafernes con sus tropas. Porque Tisafernes no huyó al primer encuentro, sino que, siguiendo la orilla del río, atravesó con su caballería por entre los peltastas griegos, aunque sin matar a ninguno, pues los griegos, abriendo sus filas, herían con espadas y dardos a los jinetes enemigos. Mandaba a los peltastas Epístenes de Anfípolis, quien, según contaban, se había conducido con gran sagacidad. Tisafernes, como vio que llevaba la peor parte se alejó de los peltastas y renunciando a otro ataque llegó a los reales de los griegos, donde se encontró con el rey. Allí reunieron ambos sus tropas y se volvieron juntos.

Cuando ya se hallaban a la altura del ala izquierda de los griegos, éstos temieron que les atacasen de flanco y envolviéndolos por uno y otro lado los hiciesen pedazos. Y les pareció que lo mejor sería replegar el ala y hacer que el río les quedase a la espalda. Mientras decidían esto, el rey, cambiando en este mismo sentido la formación de sus tropas, puso enfrente la falange como cuando avanzó por vez primera en orden de combate. Los griegos, al ver a sus enemigos ya cerca y formados, entonaron de nuevo el peán y se lanzaron al ataque con mucho más brío que la vez pasada. Pero los bárbaros no los esperaron, sino que, a una distancia mayor que la vez primera, se dieron a la fuga.

Los griegos fueron persiguiéndoles hasta una aldea, donde se detuvieron. Dominando a esta aldea se alzaba una colina, y en ella se había recogido la escolta del rey; no había soldados de infantería, pero todo el altozano estaba lleno de jinetes, de suerte que no era posible saber lo que hacían. Y según dijeron, habían visto la insignia del rey: un águila de oro con las alas desplegadas sobre un escudo. Mas cuando los griegos avanzaron también sobre este punto, los jinetes abandonaron la colina, dispersándose cada uno por su lado; no quedó en la colina un solo jinete, y por fin todos desaparecieron.

Clearco entonces no hizo subir a los tropas la colina, sino que, manteniéndolas a su pie, envió a Licio el siracusano y a otro que subieran y después de reconocer la colina viniesen a decirle lo que vieran. Licio picó espuelas a su caballo y, examinando el terreno, informó que el enemigo huía con todas sus fuerzas, y en esto el sol iba ya poniéndose. Los griegos entonces se pararon y, puestas las armas en tierra, descansaron. Maravillávales al mismo tiempo que no se les hubiese presentado Ciro ni nadie que viniese de su parte; no sabían que había muerto y pensaban que seguía persiguiendo al enemigo o se había adelantado para tomar alguna posición. Mientras tanto deliberaron si permanecerían en aquel sitio llevando a él los bagajes o si volverían a los reales. Decidieron volver y llegaron a las tiendas hacia la hora de cenar.

Tal fue el fin que tuvo esta jornada. Los griegos encontraron saqueadas la mayor parte de sus cosas, lo mismo que las provisiones de comer y beber. Los carros llenos de harina y de vino que Ciro tenía preparados para distribuirlos entre los griegos en caso de que sorprendiese una extrema necesidad al ejército también habían sido saqueados. De manera que se quedaron sin cenar la mayor parte de los griegos. Y tampoco habían podido almorzar por la mañana, pues el rey se presentó antes de que rompiesen filas para el almuerzo. Así, pues, pasaron la noche.

LIBRO SEGUNDO
I
[En el libro precedente se ha referido cómo reunió Ciro las tropas griegas cuando decidió marchar contra su hermano Artajerjes, las cosas que ocurrieron durante la expedición, las peripecias del combate, cómo murió Ciro y cómo los griegos, vueltos a los reales, descansaron creyendo que habían vencido a sus enemigos y que Ciro estaba vivo.]18
Al clarear el día se reunieron los generales y estaban maravillados de que Ciro no les hubiese enviado a nadie para indicarles lo que debían hacer ni se hubiese presentado él en persona. Decidieron, pues, cargar los bagajes y avanzar armados hasta encontrar a Ciro. Ya principiaban a moverse y el sol iba saliendo, cuando llegaron Procles, gobernador de la Teutrania, descendiente del lacedemonio Demarato, y Glun, hijo de Famo. Estos dijeron que Ciro había muerto y Arieo huido, y que se encontraba con los demás bárbaros en la etapa de donde la víspera habían partido. Desde allí les mandaba a decir que les esperaría todo aquel día, si pensaban ir, pero que al siguiente se volvería a Jonia, de donde había venido. Al oír esto los generales y al saberlo los demás griegos se apenaron mucho. Y Clearco dijo estas palabras: «¡Ojalá viviera Ciro!, mas, puesto que ha muerto, decid a Arieo que hemos vencido al rey y que, como veis, nadie nos presenta combate; si no hubierais venido vosotros ha-bríamos marchado seguramente contra el rey. También prometemos a Arieo que si viene a nosotros lo sentaremos en el trono del rey; pues son los vencedores los que deben tener el mando». Dicho esto despachó a los mensajeros y con ellos a Quirísofo el lacedemonio y a Menón el tesalo, éste a petición propia, pues era amigo y huésped de Arieo.

Marcharon éstos y Clearco se quedó esperando. El ejército se procuraba vituallas como podía, matando bueyes y asnos de los que llevaban los bagajes. Leña encontraban apartándose un poco de la falange, en el lugar donde se había dado la batalla; había allí muchas flechas que los griegos habían obligado a abandonar a los tránsfugas del ejército real, y escudos de mimbre y de madera como llevan los egipcios; había también gran número de peltas19 y carros abandonados. Con todo esto cocieron las carnes y comieron aquel día.

Ya era próximamente la hora en que la plaza estaba llena20 cuando se presentaron unos heraldos de parte del rey y de Tisafernes, todos ellos bárbaros a excepción de uno, Falino, que era griego y estaba al servicio de Tisafernes, cuya estimación disfrutaba; se hacía pasar, en efecto, por muy entendido en la organización militar y en los combates. Adelantáronse estos heraldos y llamando a los jefes de los griegos les dijeron que el rey les mandaba que, pues él era vencedor y había muerto a Ciro, entregasen las armas y se presentasen ante las puertas de su palacio a esperar si se les podía favorecer en algo. Esto dijeron los heraldos del rey, y los griegos se indignaron al oírlo; pero Clearco contestó en breves términos que no correspondía a los vencedores el entregar sus armas. «Pero contestad vosotros, generales —acabó diciendo—, a estos hombres lo que os plazca más conveniente. Yo volveré enseguida.» Le había llamado uno de los servidores para que viese las entrañas ya sacadas de las víctimas, pues estaban sacrificando. Entonces Cleanor el arcadio, que era el de más edad entre ellos, les respondió que antes morirían que entregar las armas. Y Próxeno el tebano: «Una cosa —dijo— me tiene suspenso, Falino: ¿pide el rey las armas como quien está en situación de exigirlo o como señal de amistad? Si como lo primero, ¿por qué en lugar de pedirlas no viene a tomarlas? Y si pretende persuadirnos amistosamente a que se las demos, dígase a los soldados los beneficios que obtendrán si acceden a la demanda.» A esto replicó Falino: «El rey se tiene por vencedor, puesto que ha dado muerte a Ciro. Porque, ¿quién hay que le dispute el trono? Y hasta a vosotros mismos os considera como cosa suya, pues os encontráis en medio de sus dominios y dentro de ríos no vadeables, y que puede conducir contra vosotros tal multitud de hombres que aunque se dejasen matar no lo podríais hacer.» En esto intervino Teopompo, de Atenas, diciendo: «Como ves, Falino, los únicos bienes que tenemos ahora son nuestras armas y nuestro valor. Mientras tengamos las armas pensamos que no ha de faltarnos el valor; pero si las entregamos perderías también nuestras vidas. No pienses, pues, que os vayamos a entregar los únicos bienes que poseemos; al contrario, con ellas podremos también combatir por nuestros intereses.» Al oír esto rióse Falino y dijo: «Muchacho, hablas como un filósofo y lo que dices no deja de tener gracia. Pero, no lo dudo, serías un tonto si creyeses que con vuestro valor podéis triunfar de las fuerzas del rey.» También se contó que habían hablado algunos otros procurando suavizar las cosas de suerte que, así como habían ganado la confianza de Ciro, pudiesen conquistar el aprecio del rey si éste quería ser amigo y utilizarlos en cualquiera otra empresa, acaso en una expedición contra Egipto para ayudar a sometérselo.

En esto llegó Clearco y preguntó si ya habían dado la respuesta. Pero Falino interrumpió diciendo: «Estos, Clearco, cada uno dice lo suyo; dinos tú lo que piensas.» Y él dijo: «Yo, Falino, te he visto con gusto y pienso lo mismo que todos los otros. Eres griego, como nosotros todos los que ves, y puesto que nos hallamos en el trance, te pedimos consejo acerca del partido que debemos tomar sobre lo que dices. Por los dioses te conjuro que nos aconsejes aquello que te parezca ser lo mejor y más conveniente, cosa que te honrará en lo venidero cuando se diga que Falino, enviado por el rey para invitar a los griegos a que entregasen las armas, tomó parte en sus deliberaciones aconsejándoles tal resolución. Bien conoces que forzosamente se ha de saber en Grecia aquello que nos aconsejes.» Clearco se insinuaba de este modo con intención de que el mismo enviado del rey aconsejase que no entregaran las armas y con ello estuviesen los griegos más esperanzados. Pero Falino se esquivó contestando contra lo que el otro esperaba: «Si entre mil probabilidades tenéis una sola de salvaros luchando contra el rey, yo os aconsejo que no entreguéis las armas; pero, si no hay esperanza alguna de salvación yendo contra la voluntad del rey, os aconsejo que os salvéis como sea posible.» A esto replicó Clearco: «Bien, ésta es tu opinión. De nuestra parte di lo siguiente: que, si hemos de ser amigos del rey, valdremos mucho más teniendo las armas que dándoselas a otro; y que, si hemos de combatir, mejor es combatir teniendo las armas que dándoselas a otro.» Y Falino dijo: «Así lo diremos. Pero el rey nos ha encargado, además, os dijésemos que si permanecéis en este sitio os concederá treguas, pero que si avanzáis, o retrocedéis os hará la guerra. Decid, pues, acerca de esto, si permaneceréis quietos y habrá treguas, o si anuncio que os consideráis como enemigos.» Clearco le respondió: «Pues sobre este punto anuncia que pensamos lo mismo que el rey.» «¿Y qué es eso mismo?», dijo Falino. Y le contestó Clearco: «Si permanecemos quietos, treguas, y si avanzamos o retrocedemos, guerra.» Y de nuevo preguntó el otro: «¿Anuncio treguas o guerra?» Pero Clearco dio la misma respuesta: «Treguas si permanecemos quietos, guerra si avanzamos o retrocedemos.» Y no dejó traslucir lo que pensaba hacer.

II
Falino y sus compañeros se marcharon. De los que habían ido al campamento de Arieo volvieron Procles y Quirísofo; Menón permaneció al lado de Arieo. Los otros dos refirieron cómo les había dicho Arieo que existían muchos persas de más calidad que él y que no le sufrirían como rey: «Pero si queréis retiraros os invita a que vayáis esta noche; y si no vais, dice que partirá por la mañana.» Clearco dijo: «Eso es lo que debemos hacer: si fuésemos, como decís, y si no, haced lo que os parezca más conveniente.» Lo que pensaba hacer ni aun a éstos lo descubrió.

Después de esto, y a la puesta del sol, llamó a los generales y capitanes y les habló en estos, términos: «Com-pañeros: cuando sacrificaba para marchar contra el rey, las víctimas no se presentaron favorables. Y con fundamento; pues, según me informan ahora, entre nosotros y el rey está el río Tigris, que es preciso atravesar con barcas, cosa que nosotros no podríamos hacer porque carecemos de ellas. Y tampoco es posible permanecer aquí, pues no podemos encontrar los víveres necesarios; en cambio, para ir a juntarnos con los amigos de Ciro las víctimas eran excelentes. Lo que debemos, pues, hacer, es lo siguiente: ahora nos separamos y que cada cual cene lo que tenga; después, cuando se dé con el cuerno el toque de reposo, recoged los bagajes; cuando se dé el segundo toque, cargadlos en las acémilas, y al tercer toque seguid al que guíe, yendo las acémilas del lado del río y la gente armada por la parte de fuera.»

Oído esto, los generales y capitanes se marcharon e hicieron como decía. Y en lo sucesivo Clearco ejerció autoridad de jefe y los demás le obedecieron, no por ha-berlo elegido, sino viendo que él solo sabía disponer las cosas como corresponde a un jefe, mientras los demás carecían de experiencia. (El camino que habían recorrido desde Éfeso de Jonia hasta el lugar de la batalla comprendía noventa y tres jornadas con quinientas treinta y cinco parasangas y dieciséis mil cincuenta estadios; desde el lugar de la batalla hasta Babilonia había, según dijeron, trescientos sesenta estadios.)

Entrada la noche, Miltoquites el tracio, con los jinetes que mandaba, hasta cuarenta, y unos trescientos de la infantería tracia, huyó del campamento y se pasó al rey. Clearco condujo a los demás según las instrucciones dadas, y ellos le siguieron. A eso de medianoche llegaron a la etapa anterior, donde estaba Arieo con su ejército. Y mientras la tropa permanecía en armas y formada, los generales y capitanes de los griegos se presentaron a Arieo, y por un lado los griegos y por otro Arieo y los más principales que le acompañaron juraron que no se harían traición y serían aliados; los bárbaros juraron, además, que guiarían sin engaño. Para estos juramentos sacrificaron un toro, un lobo, un jabalí y un carnero, y haciendo correr la sangre dentro de un escudo, los griegos mojaron en ella las espadas y los bárbaros las lanzas.

Después que se dieron la fe los unos a los otros, dijo Clearco: «Puesto, Arieo, que vosotros y nosotros vamos a ir juntos en esta marcha, dinos lo que piensas acerca de nuestro regreso, si volveremos por donde hemos venido o si conoces algún otro camino más conveniente.» Y Arieo respondió: «Si volviésemos por el mismo camino pereceríamos por completo de hambre. No disponemos ahora de víveres y en las diecisiete etapas próximas no podemos tomar nada ni tampoco de la región en que estamos; donde había algo, ya lo hemos consumido a nuestro paso. Así es que pensamos seguir otro camino, más largo ciertamente, pero en el cual no careceremos de provisiones. Las primeras etapas debemos hacerlas lo más largas posibles, a fin de alejarnos lo más que podamos del ejército del rey; una vez que nos hallemos a dos o tres días de camino ya no podrá el rey cogernos, pues no se aventurará a seguirnos con un pequeño ejército, y con una masa grande no podrá marchar de prisa. Probablemente estará también escaso de provisiones. Esto es —dijo— lo que yo pienso.»

En este plan el único recurso era la fuga, escapando a la persecución del enemigo. Pero el azar condujo a las tropas mucho mejor. Al rayar el día se pusieron en camino, llevando el sol a la derecha y pensando que al ponerse el sol llegarían a unas aldeas en la comarca de Babilonia; y en esto no se equivocaron. Pero ya por la tarde les pareció ver caballería enemiga, y aquellos de los griegos que se habían salido de filas corrieron a formarse; Arieo, que iba sobre un carro porque se encontraba herido, saltó a tierra y se puso la armadura, como hicieron también los que le acompañaban. Pero mientras se armaban vinieron los exploradores que habían sido enviados y dijeron que no era caballería, sino gente que pastoreaba las acémilas. Esto fue indicio para todos de que el rey acampaba en algún lugar cercano; además, se veía salir humo de algunas aldeas no muy distantes.

Clearco entonces no marchó contra el enemigo, porque sabía que sus tropas estaban fatigadas y sin comer y ya era tarde; pero, para que no creyesen los enemigos que huía, no torció el camino, sino que, ya poniéndose el sol, continuó en línea recta y con los soldados que iban a la cabeza acampó en las aldeas más próximas, donde el ejército real lo había saqueado todo, hasta las maderas de las casas. La vanguardia acampó con cierto orden, pero los últimos, llegados ya de noche cerrada, tuvieron que colocarse cada cual donde pudo, e hicieron tal ruido llamándose los unos a los otros, que lo oyeron los enemigos, y aquellos que estaban más próximos huyeron de sus tiendas, como pudo verse al día siguiente; no apareció acémila alguna, ni campamento, ni humo en ningún lugar cercano. El mismo rey, al parecer, había cogido miedo ante el avance del ejército griego. Y lo confirmó con su conducta al día siguiente.

Ya avanzada la noche aquella se produjo también un pánico entre los griegos, con gran tumulto y estruendo, como suele acontecer en casos semejantes. Entonces Clearco mandó a Tolmides, de Elea, el mejor de los heraldos entonces a su lado, que hiciese silencio y prometiese en nombre de los jefes un talento de plata como recompensa para el que denunciase al que hubiera soltado un asno en medio del campamento. Al oír esto comprendieron los soldados que el pánico no tenía fundamento y que los jefes estaban sanos y salvos. Al amanecer mandó Clearco a los griegos que formaran en armas en el orden que tenían el día de la batalla.

III
Lo que antes escribí que el rey estaba aterrorizado por el avance de los griegos pudo entonces verse claramente. El día anterior había enviado a sus mensajeros invitando a los griegos a que entregasen las armas; ahora mandó al salir el sol unos heraldos para pedir treguas. Cuando estos heraldos llegaron a las avanzadas preguntaron por los jefes. Los centinelas anunciaron su llegada, y Clearco, que se encontraba entonces revistando las tropas, les encargó dijesen a los heraldos que aguardasen hasta que tuviese tiempo de recibirlos. Entonces Clearco dispuso el ejército de suerte que, formado en falange bien compacta, ofreciera un aspecto imponente, y ordenó que permanecieran ocultos todos los soldados que no tenían armas. Hecho esto, mandó llamar a los enviados y él se adelantó en persona seguido por los soldados mejor armados y de mejor aspecto, y a los demás generales dijo que hiciesen lo mismo. Cuando llegó junto a los enviados preguntóles qué querían. Ellos respondieron que venían para concertar treguas y estaban autorizados para tratar con los griegos de parte del rey y para transmitir al rey las palabras de los griegos. Clearco respondió: «Anunciadle, pues, que ante todo debemos combatir; no tenemos qué almorzar, y no hay quien se atreva a hablar de treguas a los griegos si no les proporciona almuerzo.» Oído esto, los enviados se marcharon, pero volvieron en seguida, señal de que el rey se encontraba cerca o alguien a quien el rey había encargado que llevase este asunto. Dijeron que al rey le parecía razonable lo que decían y que con ellos venían guías encargados de llevarlos, si se ajustaban las treguas, al sitio donde podrían aprovisionarse. Clearco les preguntó si las treguas serían sólo con aquellos que fuesen y viniesen, de una parte a otra, o si con todos en general. «Con todos —respondieron—, hasta que vuestras proposiciones hayan sido llevadas al rey.» Entonces Clearco mandó que los apartasen de allí y celebró consejo con sus compañeros, quedando decidido que se harían treguas en seguida y marcharían tranquilamente en busca de las provisiones. Y añadió Clearco: «Tal es también mi parecer. Pero no haré público el acuerdo inmediatamente, sino que dejaré pasar algún tiempo para que teman los enviados que rechacemos las treguas; seguramente —añadió— nuestros
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