Estudio preliminar de Francisco Montes de Oca






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que se pusiese detrás de ellos. En tal coyuntura interrogó Clearco a Ciro en términos parecidos a éstos: «¿Crees, Ciro, que tu hermano combatirá contigo?» «No hay duda —respondió Ciro—; si verdaderamente es hijo de Darío y de Parisátide y hermano mío, no tomaré el imperio sin combate.» En la revista allí verificada vióse que la infantería pesada de los griegos, los hoplitas, ascendía a diez mil cuatrocientos hombres, y la ligera, o sea, los peltastas, a dos mil quinientos; los bárbaros que iban con Ciro sumaban cien mil hombres, y los carros armados de hoces eran unos veinte. Los enemigos, según se decía, contaban con un millón doscientos mil hombres y con doscientos carros armados de hoces. Disponían, además, de seis mil caballos mandados por Artajerjes y que formaban delante de la persona misma del rey. El ejército de Artajerjes estaba mandado por cuatro generales, cada uno de los cuales tenía a sus órdenes un cuerpo de trescientos mil hombres: Abrócomas, Tisafernes, Gobrias y Arbaces. De todas estas tropas asistieron a la batalla novecientos mil hombres con ciento cincuenta carros armados de hoces. Abrócomas, que venía de Fenicia, llegó cinco días después de la batalla. Tales fueron los informes que le dieron a Ciro, antes de la batalla, los tránsfugas del ejército del gran rey, y los enemigos que fueron hechos prisioneros más tarde los confirmaron después de la batalla.

Desde allí recorrió Ciro tres parasangas en una etapa, llevando formados en orden de batalla tanto el ejército de los griegos como el de los bárbaros; pensaba que aquel mismo día le presentaría el rey batalla, pues hacia la mitad de esta etapa había un foso hondamente excavado de cinco brazas de anchura y tres de profundidad. Este foso subía por la llanura hasta la muralla de Media, en una longitud de doce parasangas. (Allí se encuentran los canales que salen del río Tigris; son cuatro, de un pletro de anchura y tan profundos que por ellos navegan barcazas cargadas de trigo. Desembocan en el Éufrates y hay puentes sobre ellos.) A orillas del Éufrates había un paso angosto entre el río y el foso como de unos veinte pies de ancho; el gran rey había mandado excavar este foso como defensa al saber que su hermano marchaba contra él. Ciro lo atravesó con todo su ejército y se pusieron al otro lado del foso. Durante todo este día no presentó el rey batalla; pero las numerosas huellas de caballos y de hombres delataban que sus tropas se iban retirando. Entonces Ciro mandó llamar a Silano, adivino natural de Ambracia, y le dio tres mil daricos porque diez días antes le había predicho, mientras sacrificaba, que el rey no combatiría en los diez días próximos. Ciro le había dicho: «Si no combate dentro de estos días no combatirá ya. Como resulte verdad lo que anuncias, te prometo diez talentos.» Y entonces le entregó este dinero, puesto que ya habían pasado los diez días. Al ver que el rey no estorbaba el paso del foso por el ejército, Ciro y los demás creyeron que había desistido de combatir; de suerte que al día siguiente marchaba Ciro con menos precauciones. Al día tercero iba sentado en su carro precedido por un número muy escaso de soldados; la mayor parte de las tropas marchaba en desorden, y muchos de los soldados habían dejado sus armas en los carros y las acémilas.

VIII
Ya iba muy avanzada la mañana, y estaba cerca el sitio en que se debía descansar, cuando Pategias, persa de los más íntimos de Ciro, aparece corriendo a rienda suelta con el caballo cubierto de sudor, gritando a todos los que se encontraban, ya en griego, ya en bárbaro que el rey se acercaba con un numeroso ejército como dispuesto a presentar batalla. Esto produjo un gran tumulto, pues los griegos y todos los demás creían que iban a caer sobre ellos antes de haberse formado. Ciro saltó del carro, se puso la coraza, montando a caballo, tomó en la mano los dardos y dio orden a todos los demás que se armasen y acudiesen cada uno a su puesto.

Las tropas se fueron formando a toda prisa. Clearco ocupaba el ala derecha, tocando con el río Éufrates; a su lado estaba Próxeno, y después los demás generales. Menón, con su cuerpo, era de los griegos el que tenía el ala izquierda. De los bárbaros se colocaron a la derecha, al lado de Clearco y de la infantería ligera griega, unos mil caballos paflagones, y en la izquierda se puso Arieo, lugarteniente de Ciro, con el resto del ejército bárbaro. Ciro y la caballería que le acompañaba, unos seiscientos jinetes, iban armados con corazas, quijotes y cascos; pero Ciro se dispuso al combate dejándose descubierta la cabeza. (Dícese, en efecto, que es costumbre de los persas entrar en batalla con la cabeza descubierta.) También los caballos que iban con Ciro estaban todos protegidos con armaduras en la cabeza y en el pecho, y los jinetes tenían espadas griegas.

Ya mediaba el día y aún no se habían presentado los enemigos; pero al comenzar la tarde se vio una polvareda como una nube blanca, y poco después una especie de mancha negra que cubría la llanura en una gran extensión. Según se acercaban fuése apercibiendo el resplandor del bronce, y pronto aparecieron claramente las lanzas y las filas de soldados. A la izquierda de los enemigos venían escuadrones de caballería armados con corazas blancas, de los cuales se decía ser jefe Tisafernes; junto a éstos los guerróforos16 e inmediatamente la infantería pesada con escudos de madera que les llegaban hasta los pies; decíase que eran egipcios. Después seguían otros cuerpos de caballería y arqueros. Todas estas tropas iban agrupadas por naciones, y cada nación formaba una columna profunda. Delante marchaban los carros armados de hoces, a gran distancia uno de otro; las hoces iban sujetas a los ejes oblicuamente, y otras debajo de los asientos dirigidas hacia la tierra, de suerte que cortaran todo lo que encontrasen al paso. Había el plan de dirigir estos carros contra los batallones griegos y romperlos. Cuanto a lo que dijo Ciro al reunir a los griegos recomendándoles oyesen sin miedo la gritería de los bárbaros, el anuncio quedó fallido, porque no avanzaron dando gritos, sino con todo el silencio posible y con el mayor sosiego, a un paso igual y reposado. Mientras tanto, Ciro, recorriendo la línea acompañado por el intérprete Pigres y otros tres o cuatro, gritaba a Clearco que condujese sus tropas contra el centro de los enemigos, porque allí se encontraba el rey. «Y si venciéramos en este lado —decía— lo tendríamos ganado todo.» Clearco, viendo el cuerpo colocado en el centro y oyendo decir a Ciro que el rey se encontraba fuera de la izquierda de los griegos (el ejército del rey era tan superior en número que su centro rebasaba la izquierda de Ciro); viendo esto, Clearco no quería separarse del río, temeroso de que lo envolviesen por los dos lados, y respondió a Ciro que él vería lo que conviniese más.

Entretanto, el ejército bárbaro iba avanzando, mientras el de los griegos, quieto en el mismo sitio, acababa de formarse según acudían los soldados. Ciro, al pasar por delante y a muy corta distancia de las tropas, miraba a uno y otro lado contemplando ya a los enemigos, ya a los suyos. Entonces Jenofonte, de Atenas, viéndole desde las filas griegas en que se hallaba formado, dio espuelas a su caballo y, saliéndole al encuentro, le preguntó si tenía alguna orden que dar. Ciro se detuvo y le dijo, encargándole que lo comunicase a los demás, que los sacrificios se mostraban favorables. Mientras decía esto oyó un rumor que corría por las filas, y preguntó de qué se trataba. Y Jenofonte le contestó que era el santo y seña que pasaba por segunda vez. Se maravilló de quién podía haberlo dado, y preguntó cuál era el santo y seña. Jenofonte le respondió que «Zeus salvador y victoria.» Oyendo esto Ciro: «Pues bien: lo acepto —dijo—, y así sea.» Dicho esto se encaminó al sitio que había escogido.

Y apenas distaban ya los frentes de ambos ejércitos tres o cuatro estadios, cuando los griegos principiaron a cantar el peán y se pusieron en movimiento para ir al encuentro de los enemigos.

Según avanzaban, una parte de la falange se adelantó algo en un movimiento impetuoso, y el resto se vio obligado a seguirla corriendo para alcanzarla, y al mismo tiempo que corría todos daban gritos a la manera como se festeja a Enialo.17 También dicen algunos que golpeaban con las lanzas los escudos para infundir miedo a los caballos. Pero antes de que llegasen a tiro de arco los bárbaros volvieron la espalda y huyeron. Entonces los griegos los fueron persiguiendo con todas sus fuerzas, gritándose los unos a los otros que no corriesen atropelladamente, sino que les siguiesen bien formados. Mientras tanto, los carros eran arrastrados, unos a través de los enemigos mismos y otros a través de los griegos; iban sin conductores. Y los griegos, al verlos venir, se separaban, aunque hubo también alguno que, desconcertado como si estuviese en un hipódromo, se dejó coger. Pero, según dijeron, ni este mismo sufrió ningún daño, como tampoco ningún otro griego en esta batalla; sólo se dijo que en el ala izquierda uno había sido alcanzado por una flecha.

Ciro, viendo a los griegos vencedores por su lado y persiguiendo al enemigo, lleno de satisfacción y saludado como rey por los que le rodeaban, no por eso se dejó arrastrar a la persecución, sino que, manteniendo recogida la fuerza de seiscientos caballos que le acompañaban, se mantuvo en observación de lo que haría el rey. Sabía que éste se hallaba en el centro del ejército persa; todos los jefes bárbaros se colocan en el centro de los ejércitos que mandan, pues piensan que así están más seguros, teniendo fuerzas a uno y otro lado, y que si necesitan mandar algo tardará el ejército en saberlo la mitad de tiempo. Siguiendo esta costumbre, el rey se mantenía en el centro de su ejército, pero aun así quedaba fuera del ala izquierda de Ciro. Y cuando vio que nadie le presentaba combate ni a las tropas formadas delante de él, les mandó dar vuelta con intención de envolver a su contrario. Ciro, entonces, temeroso de que, atacando por detrás, desbaratase el ejército griego, se lanzó a su encuentro y cargando con los seiscientos de su guardia derrotó a las fuerzas puestas delante del rey, puso en fuga a los seis mil y hasta se dice que mató con su propia mano al jefe Artajerjes que los mandaba. Al ver que los enemigos huían, los seiscientos de Ciro se dispersaron también, lanzándose en su persecución, excepto unos pocos que permanecieron al lado de su jefe, casi todos de los llamados compañeros de mesa. Estando, pues, con éstos descubrió el rey al escuadrón que le rodeaba, y sin poderse contener exclamó «Veo al hombre», y se lanzó contra él y le dio en el pecho, hi-riéndole a través de la coraza, según se supo más tarde por Ctesias, el médico que dijo haberle curado la herida. Mientras hería al rey, uno le lanzó con gran fuerza un dardo que le penetró por debajo del ojo. Pueden verse en Ctesias, que se hallaba entonces al servicio de Artajerjes, los que cayeron por el lado del rey en este combate entre el rey y Ciro y entre los soldados de ambos en favor de cada uno. En el lado contrario murió el mismo Ciro, y los ocho más distinguidos de su guardia cayeron sobre su cadáver. Dícese que Arpates, servidor en quien él tenía puesta la mayor confianza entre los portacetros, al ver a Ciro por tierra saltó del caballo y se dejó caer sobre su amo. Según algunos, el rey mandó que alguien le degollase sobre el cuerpo de Ciro, y, según otros, él mismo se mató desenvainando su sable; tenía uno de oro, y llevaba collar, brazaletes y las demás cosas que suelen llevar los nobles persas, pues Ciro le distinguía mucho por el amor y fidelidad que le mostraba.

IX
Así murió Ciro, varón que entre los persas, después de Ciro el antiguo, fue quien tuvo más condiciones de rey y el más digno de gobernar, según convienen todos los que parece le han conocido de cerca. Ya siendo niño, cuando se educaba con su hermano y con los otros niños, se le tenía por el más aventajado. Porque todos los hijos de los nobles persas se educan en las puertas del palacio real, donde pueden aprenderse mucha cordura y no hay peligro de que se oiga o vea nada feo. Allí conocen, unas veces viéndolos y otras de oídas, a los que son honrados por el rey y a los que incurren en su desgracia, de suerte que desde niños aprenden a mandar y a obedecer.

Educado de esta forma, Ciro se mostró como el más juicioso de los de su edad y hasta el más dispuesto a obedecer a los ancianos que sus compañeros de condición inferior. También era muy aficionado a montar a caballo y llegó a ser jinete consumado; en todos los ejercicios militares, en manejar el arco y lanzar el dardo, mostraba un ardor infatigable. Llegado a la edad conveniente, se aficionó mucho a la caza y gustaba correr en ella toda suerte de riesgos, hasta el punto de que cierta vez, atacado por una osa, como no consiguiese herirla, fue embestido por la fiera y derribado del caballo, sufriendo diversas heridas, cuyas cicatrices conservaba, hasta que consiguió matarla. Y al primero que acudió en su auxilio le colmó de presentes.

Cuando su padre lo envió como sátrapa de la Lidia, la Gran Frigia y la Capadocia, nombrándole general de todas las fuerzas que debían reunirse en la llanura de Castolo, Ciro mostró ante todo que para él lo primero era cumplir con el mayor escrúpulo la palabra dada, ya fuese un tratado, ya un acuerdo, ya una simple promesa. Así es que tenían confianza en él las ciudades que le habían sido entregadas y la tenían también los particulares. Y hasta si tenía algún enemigo, una vez hechas las paces con Ciro, estaba seguro de no sufrir nada contra lo pactado. Esto explica que, cuando entró en guerra con Tisafernes, todas las ciudades se declarasen por él; a excepción de los milesios, que le temían porque él no quería abandonar a los desterrados. Había dicho, en efecto, y los he-chos confirmaron sus palabras, que no los abandonaría aunque fuesen menores en número y sus cosas marchasen peor.

Si alguno se portaba bien o mal con él, veíasele afanoso por sobrepujarle, y según algunos referían, a veces expresaba el deseo de vivir el tiempo suficiente para vencer en los beneficios a los que le habían favorecido, y en la venganza a los que le ofendieron. Por eso, entre los hombres de nuestro tiempo nadie ha tenido mayor número de gentes dispuestas a sacrificarle gustosas dinero, ciudades y las propias vidas. Y no podría decirse que se dejase burlar por los malvados y criminales, pues los castigaba sin contemplación alguna. Con frecuencia podían verse por los caminos reales hombres privados de pies, de manos y de ojos; de tal suerte que bajo el gobierno de Ciro fue posible a cualquier hombre pacífico, lo mismo griego que bárbaro, ir a donde quisiese llevando consigo lo que le conviniera. Era un hecho reconocido que honraba de una manera especial a los que se distinguían en la guerra. Y en la primera que sostuvo, que fue contra los pisidas y los misios, dirigiendo él en persona la campaña en estas comarcas, a los que veía afrontar espontáneamente los peligros nombróles gobernadores de las tierras conquistadas y además les obsequió con otros regalos. Parecía, pues, su intención que los bravos fuesen los que gozaran de mejor fortuna y que los cobardes debían ser esclavos de éstos. Así resultaba que siempre eran muchos los dispuestos a correr un peligro donde se pensaba que Ciro podía saberlo.

En cuanto a la justicia, si veía a alguno con intención de destacarse en este sentido, procuraba por todos los medios hacerlo más rico que los que se valían de la injusticia para sus provechos. Por eso, a más de que la justicia dominaba en todas las cosas, su ejército era un verdadero ejército. Los generales y los capitanes no acudían a él por el dinero, sino porque sabían que obedecer puntualmente a Ciro representaba más provecho que la simple soldada mensual. Jamás quien ejecutó con esmero las órdenes de Ciro dejó de ver recompensado su celo. De ahí que, según se decía, Ciro tuviera los mejores servidores en todos los asuntos.

Si veía que alguien era un administrador justo y hábil y que mejoraba la provincia puesta bajo su mando, aumentando su tributación, lejos de quitarle nada, dábale más todavía. De suerte que trabajaban con gusto, aumentaban sus bienes con seguridad y no ocultaban de Ciro lo que habían adquirido. Nadie supo descubrir en él envidia a los que disfrutaban públicamente de sus riquezas; al contrario, procuraba despojar a los que las ocultaban. A todos los amigos que se había hecho, amigos cuyo afecto conocía y a quienes consideraba como colaboradores eficaces de lo que se proponía hacer, sabía como nadie colmarlos de atenciones, según todos convienen. Y por lo mismo que él pensaba necesitar de amigos para tener quien le ayudase, él por su parte procuraba ayudar con todas sus fuerzas a sus amigos, según lo que veía necesitar cada uno de ellos.

Ningún hombre, según pienso, ha recibido tantos regalos y, por muchas razones, nadie tampoco ha sabido distribuirlos mejor entre sus amigos, teniendo presentes las inclinaciones y necesidades de cada uno. Si alguien le enviaba galas, ya para la guerra, ya para el boato, decía, según contaban, que su persona no podría adornarse con todas ellas, pero que el mejor adorno de un hombre consistía para él en tener amigos bien engalanados. Que venciese a sus amigos en munificencia nada tiene de extraño, puesto que su poder era mucho mayor; pero que los superase en atenciones y en el deseo de agradar es cosa que me parece mucho más digna de estimación. A menudo les enviaba Ciro jarros medio llenos de vino, cuando lo recibía bueno, diciendo no haber encontrado otro tan agradable desde hacía mucho tiempo. «Te envío, pues, suplicándote que lo bebas hoy con los que te sean más caros.» A menudo enviaba trozos de ánade, de pan o de otras cosas, encargando al portador que dijese: «Esto le ha gustado a Ciro y desea que tú también lo pruebes.» Cuando el forraje escaseaba, él, que podía obtenerlo por el número y el celo de sus servidores, mandaba decir a sus amigos que tomasen de este forraje para sus caballos a fin de que éstos no sufriesen hambre y pudiesen llevarlos bien.

Si pasaba por algún sitio donde debía mirarle mucha gente, llamaba junto a sí a sus amigos y hablaba con ellos gravemente para mostrar a quienes estimaba; por eso, de cuantos han llegado a mis oídos, pienso que nadie ha sido objeto de una pasión tal ni entre los griegos ni entre los bárbaros. Y lo prueba esto: a pesar de no ser Ciro más que un súbdito, ninguno se le marchó al campo del rey. Sólo Orontes lo intentó, y éste mismo hubo de encontrar que aquel en cuya fidelidad confiaba era más afecto a Ciro que a él mismo. En cambio, fueron muchos los que del campo del rey se pasaron a Ciro una vez rotas las hostilidades entre ambos, y precisamente aquellos que el rey distinguía más con su afecto, pues creían que si se mostraban valerosos serían mejor recompensados por Ciro que por el rey. También lo ocurrido en su muerte prueba el valor de Ciro y su acierto en escoger a los que eran fieles, leales y seguros. Cuando Ciro fue muerto, todos los amigos y
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