Estudio preliminar de Francisco Montes de Oca






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ignore adonde van ni porque me falten trirremes para alcanzar la nave que los conduce. Pero, lo juro por los dioses, no los perseguiré; nadie podrá decir que mientras un hombre está a mi lado yo me sirvo de él, y cuando quiere marcharse le cojo, le castigo y le quito sus bienes. Marchen, pues, en buena hora, y sepan que nosotros nos hemos portado con ellos mejor que ellos con nosotros. Y aunque tengo en mi poder a sus hijos y mujeres guardados en Tralles, no les privaré de ellos, sino que se los devolveré teniendo en cuenta los servicios que antes me han prestado.» Esto dijo, y los griegos, si es que alguno iba a disgusto en la expedición, le siguieron con más entusiasmo y afición.

Después de esto recorrió Ciro veinte parasangas en cuatro etapas, hasta el río Calo, que tiene un pletro de ancho y está lleno de peces grandes domesticados, a los cuales los sirios tenían por dioses y no permitían que se les hiciese daño, lo mismo que a las palomas. Las aldeas en que levantaron las tiendas pertenecían a Parisátide, a las que habían sido concedidas para su cinturón. Desde allí recorrió treinta parasangas en cinco etapas, hasta las fuentes del río Dares, que tiene de ancho un pletro. Allí se encuentra el palacio de Belesis, gobernador de Siria, y un parque muy grande y bello con toda clase de frutos. Ciro taló el parque y quemó el palacio. Desde allí recorrió quince parasangas en tres etapas, hasta el río Éufrates, que tiene de ancho cuatro estadios, y a su orilla se levantaba una ciudad grande y rica llamada Tapsaco. Allí permanecieron cinco días; y Ciro, convocando a los generales de los griegos, les dijo que la expedición iba dirigida contra el gran rey hacia Babilonia, y les ordenó dijesen esto a los soldados y les persuadiesen a que le siguieran. Los generales los reunieron y les participaron la noticia; los soldados se pusieron furiosos contra ellos, pues decían que sabiendo esto hacía tiempo lo habían ocultado. Decían que no estaban dispuestos a marchar si no se les daba tanto dinero como a los que la primera vez habían subido con Ciro, y esto no yendo en son de combate, sino por llamamiento de su padre. Los generales comunicaron a Ciro esta resolución, y él entonces prometió que daría a cada soldado cinco minas13 de plata una vez que llegasen a Babilonia, y el sueldo completo hasta que volviesen los griegos a Jonia.

La mayoría del ejército griego quedó persuadida con estas promesas. Menón, por su parte, antes de estar en claro lo que harían los otros soldados, si seguían o no a Ciro, reunió sus tropas aparte y les habló de este modo: «Soldados: si me escucháis, seréis preferidos por Ciro a todos los demás sin necesidad de correr ningún peligro ni pasar ningún trabajo. ¿Qué os aconsejo hacer? Ciro está ahora solicitando a los griegos para que le sigan contra el rey, y yo digo que es preciso que vosotros paséis el Éufrates antes de que esté claro lo que van a responder a Ciro los demás griegos. Si acuerdan seguirle, parecerá que vosotros le habéis obligado a ello principiando a pasar, y Ciro os guardará reconocimiento y os recompensará por haberos mostrado tan dispuesto; nadie como él sabe agradecer los servicios que se le prestan. Y si los otros acuerdan retirarse, todos nos volveremos; pero por haber sido los únicos que le obedecisteis, siempre os considerará como los más seguros para las guarniciones y para el mando de las tropas, y en cualquier cosa que necesitéis Ciro será para vosotros un amigo.»

Oído esto, le obedecieron y pasaron el río antes de que los otros dieran su respuesta. Ciro, cuando supo que habían pasado, alegróse y les mandó a decir por medio de Glun: «Yo, soldados, alabo vuestra conducta y procuraré que vosotros tengáis también más tarde ocasión de alabarme, o no sería yo Ciro.» Los soldados, llenos de grandes esperanzas, le desearon feliz éxito. A Menón se dijo que le había enviado magníficos presentes. Hecho esto, atravesó el río, siguiéndole el resto del ejército. Ninguno de los que pasaron se mojó más arriba del pecho. Los habitantes de Tapsaco decían que nunca como entonces se había podido pasar este río a pie, sino con barcas. Abrócomas, que iba por delante, las había quemado para impedir a Ciro que pasara. Se creyó ver en esta circunstancia algo divino; el río parecía ceder ante Ciro como predestinado a reinar. Desde allí recorrió cincuenta parasangas en nueve etapas, y llegaron al río Araxes, donde había numerosas aldeas llenas de trigo y vino. Permanecieron allí tres días y se aprovisionaron.

V
Desde allí recorrió treinta y cinco parasangas en cinco etapas por el desierto de Arabia, teniendo el río Éufrates a la derecha. En esta región la tierra es una llanura completamente lisa como el mar y llena de ajenjo. Además, todas las plantas o cañas que allí crecen son aromáticas; pero no se encuentra árbol alguno. Hay animales de todas clases, sobre todo asnos salvajes; también hay numerosos avestruces de gran tamaño, avutardas y gacelas. Los soldados de caballería se pusieron a cazar estos animales. Y los asnos, cuando alguien los perseguía, echaban a correr y se paraban, pues corrían mucho más que los caballos; después, cuando los caballos se acercaban, volvían a hacer lo mismo, de suerte que no era posible cogerlos, como no fuese repartiéndose a trechos los jinetes y esperándoles unos mientras otros los perseguían. La carne de los que fueron cogidos era parecida a la de los ciervos, aunque más tierna. Nadie, en cambio, pudo coger un avestruz, y los jinetes que intentaron perseguirlos desistieron pronto de su empeño. En seguida se ponían a gran distancia corriendo con las patas y utilizando sus alas desplegadas como velas de navío. En cuanto a las avutardas, si alguien las levanta rápidamente es posible cogerlas, pues tienen el vuelo corto, como las perdices, y no tardan en cansarse; su carne era sabrosísima.

Después de atravesar esta comarca llegaron al río Masca, que tiene de ancho un pletro. Había allí una ciudad desierta, grande, llamada Corzota, a la que da la vuelta el río Masca. Permanecieron allí tres días y se aprovisionaron. Desde allí recorrieron noventa parasangas en trece etapas a través de un país desierto, teniendo el río Éufrates a la derecha, y llegaron a Pilas. En estas etapas perecieron de hambre muchas de las acémilas; no se encontraba follaje ni árbol alguno; todo el país estaba pelado. Los habitantes desentierran a lo largo del río piedras de molino, que, después de trabajadas, llevan a Babilonia: allí las venden y con el producto compran el trigo necesario. El ejército se vio falto de trigo, y no había dónde comprarlo como no fuese en el mercado libio, en el campamento bárbaro de Ciro, al precio de cuatro siglos la capita14 de harina de trigo o de cebada. El siglo equivale a siete óbolos y medio, y la capita contiene dos quenices áticas. Así es que los soldados se mantuvieron durante estos días sólo de carne. Algunas de estas etapas fueron de longitud extraordinaria cuando era preciso llegar pronto a un sitio donde hubiera agua o hierba. Cierta vez se había llegado a un paso angosto y lleno de barro, difícil para los carros. Ciro se paró en él con los más distinguidos y opulentos de su séquito, y mandó a Glun y a Pigres que tomasen un destacamento de bárbaros para hacer pasar los carros. Y pareciéndole que trabajaban con poco brío, mandó, como si estuviese encolerizado, a los magnates persas que le rodeaban que se aplicasen también a los carros. Pudo verse entonces un hermoso ejemplo de disciplina. En seguida abandonaron sus gabanes de púrpura en el sitio donde cada uno se encontraba y echaron a correr como si se tratase de conquistar un premio, bajando por una colina de mucha pendiente a pesar de las ricas túnicas y de los calzones bordados; algunos llevaban collares al cuello y anillos en las manos. Pero con todo esto se metieron inmediatamente en el barro y sacaron del atasco a los carros con rapidez que no puede imaginarse.

Veíase, en general, claramente que Ciro procuraba apresurar la marcha y no detenerse, como no fuera para tomar provisiones o por cualquier otro motivo ineludible, pues pensaba que cuanto más rápidamente llegase menos apercibido para el combate estaría el rey, y cuanto mayor fuese el retraso tanto más fácil le era a su hermano reunir un gran ejército. Cualquiera que se fijase podía ver que el imperio del rey era poderoso por la amplitud del territorio y el número de los hombres; pero con las grandes distancias y la dispersión de las fuerzas resultaba débil contra quien le hiciese la guerra con rapidez.

Durante estas etapas por el desierto apareció al otro lado del Éufrates una ciudad opulenta y grande denominada Carmanda, y los soldados compraron en ella víveres, atravesando el río con balsas confeccionadas de la siguiente manera: llenaron de heno ligero las pieles que les servían de tienda, juntándolas y cosiéndolas tan apretadas que el agua no pudiera tocar la paja, y pasando sobre ellas el río compraron vituallas, vino hecho con el fruto de la palmera y grano de mijo, cosas que produce el país en abundancia. En este lugar se produjo una riña entre dos soldados, uno de Menón y otro de Clearco, y Clearco, juzgando culpable al de Menón, le golpeó. El soldado, de vuelta a su campamento, contó a sus compañeros lo que había pasado, y ellos al oírlo se irritaron llenos de cólera contra Clearco. Aquel mismo día Clearco, después de haber ido al paso del río para vigilar el mercado, volvía a caballo hacia su tienda acompañado sólo por algunos de los suyos. Uno de los soldados de Menón, que se encontraba cortando leña, al ver pasar a Clearco le arrojó el hacha y erró el golpe. Pero en seguida principiaron de aquí y de allí a tirarle piedras, y atraídos por los gritos acudieron otros en gran número. Clearco consiguió escapar a su campamento e inmediatamente dio a su gente orden de armarse, y mandando que los hoplitas permaneciesen quietos con los escudos delante de la rodilla, tomó consigo a los tracios y a los jinetes, que eran más de cuarenta, tracios también en su mayor parte, y marchó contra los soldados de Menón. Estos, y también Menón mismo, desconcertados por el acontecimiento, corrieron a las armas; otros permanecieron inmóviles sin saber qué partido tomar. Entonces Próxeno, que llegaba en aquel momento con una compañía de hoplitas, se puso rápidamente en medio de ambos bandos y, mandando poner las armas en tierra, suplicó a Clearco que no hiciese aquello. Clearco se puso muy irritado porque, habiendo estado él a punto de ser lapidado, hablaba con mucho sosiego de la injuria y le mandó que se quitase del medio. Pero en esto, llegó Ciro y se enteró del asunto; en seguida tomó en sus manos las flechas y, seguido por aquellos de sus más fieles servidores que se encontraban presentes, se lanzó en medio de los dos campos y les dijo estas palabras: «Clearco y Próxeno y vosotros los demás griegos presentes, no sabéis lo que estáis haciendo. Si os ponéis a combatir los unos contra los otros, tened presente que en este mismo día yo quedo aniquilado y vosotros no mucho después de mí; en cuanto nuestros asuntos marchen mal, todos estos bárbaros que estáis viendo serán para nosotros enemigos más temibles que los que están al lado del rey.» Al oír estas palabras Clearco volvió en sí, y apaciguándose unos y otros pusieron en tierra sus armas.

VI
Según avanzaban desde este punto principiaron a verse huellas de caballos y estiércol, y por estas señales se pudo conjeturar que habían pasado como unos dos mil caballos. Este destacamento iba delante quemando el forraje y cualquier otra cosa que pudiera ser de utilidad. Entonces Orontes, persa emparentado con el rey y tenido entre los suyos como uno de los más entendidos en cuestiones militares, concibió la idea de traicionar a Ciro, con el cual ya había estado antes en guerra, reconciliándose después. Con tal propósito le dijo a Ciro que si le daba mil caballos tendería una emboscada a los enemigos que iban quemando por delante, y o los mataría o cogería vivos a muchos de ellos, impidiéndoles que continuaran la guerra y que llevasen aviso al rey de haber visto el ejército de Ciro. Ciro, al escuchar esto, le pareció bien y le mandó que formase una columna tomando soldados de los jefes.

Orontes, pensando que estaban preparados los jinetes, escribió una carta al rey diciéndole que se juntaría con el mayor número de caballería posible y suplicándole que avisase a sus tropas para que le recibiesen como amigo. En la carta le recordaba también su afecto y su fidelidad de antes. Entregó esta carta a un hombre en cuya lealtad tenía confianza. Pero éste, no bien cogió la carta, entregósela a Ciro. Ciro, leída la carta, prendió a Orontes, llamó a su tienda a siete de los persas más distinguidos que le acompañaban y ordenó a los generales de los griegos que acudiesen con hoplitas a fin de que éstos hiciesen la guardia alrededor de su tienda. Ellos obedecieron, llevando unos tres mil hoplitas. También invitó a tomar parte en el consejo a Clearco, que era quien, a su parecer, lo mismo que al de los demás, gozaba de mayor consideración entre los griegos. Y Clearco, al salir, contó a sus amigos lo que había pasado en el juicio de Orontes, pues no se había hecho secreto de ello.

Dijo, pues, que Ciro había principiado con estas palabras: «Os he invitado, amigos míos, para que, decidiendo con vosotros lo que es justo ante los dioses y ante los hombres acerca de Orontes, aquí presente, lo ponga yo en ejecución. Primeramente, mi padre me dio a este hombre para que sirviese a mis órdenes; pero después, obligado, según dice, por las órdenes de mi hermano, tomó las armas contra mí, reteniendo en su poder la ciudadela de Sardes. Entonces yo le hice la guerra, de tal suerte que hubo de parecerle mejor cesar en sus hostilidades contra mí, y tomé su mano dándole la mía. Después de esto, ¿te he hecho daño en algo, Orontes?» Este respondió que no, y de nuevo preguntó Ciro: «Y más tarde, sin haber recibido de mí agravio alguno, ¿no te pasaste a los míos e hiciste a las tierras de mi gobierno todo el daño que te fue posible?» Orontes convino en ello. «¿Y no es también cierto —prosiguió Ciro—, que cuando viste tu poca fuerza viniste al altar de Ártemis diciendo que estabas arrepentido y, después de persuadirme, nos dimos recíprocamente señales de amistad?» Orontes reconoció también esto. «¿Qué daño, pues, te he hecho para que ahora por tercera vez aparezcas conspirando contra mí?» Y como dijese Orontes que no había recibido ningún daño, preguntóle Ciro: «¿Reconoces, pues, que has sido injusto conmigo?» «Forzoso es reconocerlo», dijo Orontes. Preguntóle Ciro de nuevo: «¿Sería posible que volvieses a ser enemigo de mi hermano y amigo fiel mío?» Y Orontes respondió: «Aunque lo fuese, tú no lo creerías.»

Entonces dijo Ciro a los que se hallaban presentes: «Esto es lo que este hombre ha hecho y esto es lo que confiesa. Tú, Clearco, di el primero lo que te parece.» Y Clearco dijo: «Mi opinión es que debemos deshacernos de este hombre lo antes posible; así nos quitaremos el cuidado de tener que vigilarlo y podremos favorecer con más libertad a los que quieran ser nuestros amigos.» Después dijo que a esta opinión se habían adherido los otros. A una orden de Ciro todos se levantaron, hasta los mismos parientes de Orontes, y lo cogieron por el cinturón, señal de que lo condenaban a muerte; inmediatamente lo sacaron algunos que estaban prevenidos al efecto. Cuando se lo llevaron, aquellos que antes se habían prosternado ante él se prosternaron también entonces, aun sabiendo que lo conducían a la muerte. Lo introdujeron en la tienda de Arpates, que era entre los portacetros15 aquel en quien más confiaba Ciro. Después nadie vio a Orontes ni vivo ni muerto; nadie pudo decir con fundamento cómo había perecido; las conjeturas variaron mucho, pero jamás apareció su tumba.

VII
De allí recorrió Ciro doce parasangas en tres etapas, a través de las tierras de Babilonia. En la tercera etapa, hacia medianoche, pasó Ciro revista en la llanura a las tropas griegas y bárbaras, pues parecía que a la mañana siguiente se habría de presentar el rey con su ejército a ofrecer combate. Encargó a Clearco el mando del ala derecha; a Menón, el de la izquierda, y él mismo formó sus propias tropas. Después de la revista, cuando ya rayaba el día, unos tránsfugas informaron a Ciro sobre la situación del ejército del gran rey. Y Ciro, convocando a los generales y capitanes, deliberó con ellos acerca de la manera como se daría la batalla, y les exhortó animándoles con estas palabras: «Griegos: si os he traído a vosotros para que me ayudaseis no es porque me faltasen bárbaros, sino porque pensaba que valíais más y erais más fuertes que un crecido número de bárbaros; por eso os tomé. Mostraos, pues, dignos de la libertad que poseéis y por la cual os envidio. Estad seguros de que yo cambiaría la libertad por todos los bienes que poseo y por otros muchos más. Y para que sepáis cuál es el combate que os aguarda, voy a decíroslo, pues lo conozco perfectamente. Nuestros enemigos se presentarán en gran número y avanzarán contra nosotros dando grandes gritos, pero si no os dejáis intimidar veréis en seguida qué hombres produce esta comarca; vergüenza me da a mí mismo. Pero si vosotros os portáis como hombres, y la suerte me favorece, yo licenciaré al que lo quiera, de tal modo que sea envidiado por sus compatriotas cuando vuelva a su casa; aunque espero que muchos preferirán lo que yo les daré si siguen a mi lado a lo que puedan tener en su tierra».

Entonces Gaulita, desterrado de Samos, que se hallaba presente y que disfrutaba de la confianza de Ciro, dijo: «Sin embargo, Ciro, algunos pretenden que prometes muchas cosas ahora porque te amenaza un peligro próximo, pero que si las cosas resultaran bien no te acordarías de ello; y otros que, aunque te acordaras y quisieras cumplir tu palabra, no podrías dar todas las cosas que prometes.» A esto respondió Ciro: «Pero, amigos míos, el imperio de mis padres se extiende por el Mediodía hasta países en que los hombres no pueden habitar a causa del calor, y por el Norte hasta donde es irresistible el frío, y todo lo comprendido entre estos dos extremos lo gobiernan como sátrapas los amigos de mi hermano. Si nosotros salimos vencedores, debemos hacer a nuestros amigos dueños de todo esto. Lo que temo, pues, no es que me falte qué dar a cada uno de los amigos si las cosas salen bien, sino que no tenga suficientes amigos a quienes dar. Además, a cada uno de vosotros los griegos le daré una corona de oro.»

Ellos, al oír esto, se sintieron más animados y repitieron a los demás las palabras de Ciro. Algunos de los griegos se presentaron también a él deseando saber lo que se les daría, caso de salir vencedores. Y Ciro los despidió colmando los deseos de todos. Cuantos hablaban con él le aconsejaban que no combatiera en persona, sino
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