Estudio preliminar de Francisco Montes de Oca






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Anábasis en el Panegírico de Isócrates, sería anterior al 380. Pero son abrumadores los argumentos que la desplazan a una fecha más tardía: el autor habla en pretérito de las cosas de Escilunte y hay un pasaje que presupone el retiro de la guarnición de Esparta de la Cadmea tebana.

El esfuerzo más serio de Jenofonte en los dominios de la historiografía no fue la Anábasis, sino las Helénicas, intento de continuación, en siete libros, de la historia de Tucídides, completando la guerra del Peloponeso desde el otoño del 411 y concluyendo en Mantinea, en 362.

Diferencias intrínsecas y formales dividen netamente las He-lénicas en tres partes. En la primera, que comprende los acontecimientos desde el 411 al 403, año de la restauración democrática de Trasíbulo, en Atenas, y llega hasta el final del segundo libro, es clara la influencia de Tucídides en el orden y relativa imparcialidad del relato y en una cierta rigidez de estilo. La segunda, compuesta después de la Anábasis, y que, integrando el tercero y cuarto libros, llega hasta la paz de Antálcidas, es por entero jenofóntica en su tono anecdótico y en el carácter fragmentario de la narración. La tercera, desde el libro quinto hasta el final, tal vez no fuera elaborada por su autor y sea más bien una compilación de materiales y no una historia verdadera y propiamente dicha. Diversa en sus varias partes, esta obra no se presta a un juicio de conjunto. Por eso mismo ha sido diversamente valorada e interpretada por los críticos antiguos y modernos, que se han empeñado siempre en hallar en ella una unidad ideal de que en realidad carece.

Jenofonte ha salido en todo momento perdedor al ser parangonado con Tucídides. Ha logrado, no obstante, arrancar incondicionales alabanzas a historiadores como Burckhardt y, en tiempos recientes, se ha hecho mucho por emitir un juicio más sereno sobre su obra historiográfica. En primer lugar, este soldado tenía una viva comprensión por todas las cosas militares y sabía sacar provecho de ella en sus obras. Hay que reconocer, además, que tiende a destacar en primer plano a las grandes personalidades y las retrata, por lo común, con eficacia. Es notable, por ejemplo, su retrato de Alcibíades, observado desde dos puntos de vista diferentes; Tácito perfeccionará magistralmente este método en su primer libro de los Anales. Y se muestra precursor de la historiografía helenística en la representación de escenas: baste recordar la llegada de Alcibíades, la muerte de Terámeno o el retorno de los exiliados tebanos. Sabe iluminar con finura los detalles, como cuando cuenta que el oriental Farnabazo se ruboriza ante los espartanos de las alfombras que lleva y acaba por sentarse, al igual que ellos, en la hierba.

La narración es animada, y allí donde pudiera resultar fatigante el escueto relato de hechos complicados intercala descripciones personales para darle mayor vida. En realidad lo hace tan bien que el interés del lector se mantiene estimulado donde de otro modo hubiera decaído. Hay una cantidad desmesurada de este material descriptivo, pero lo maneja con tal habilidad que casi convierte en mérito un exceso. Había también una excusa para ello en el asunto mismo. Le faltaba el amplio e incitante epos inherente a las guerras persas de Heródoto y la unidad dramática tan espléndidamente puesta de relieve por Tucídides en la lucha contra la supremacía ateniense. El módulo de la historia griega se iba tornando complicado; disminuía el aislamiento de los Estados y su acción recíproca se hacía cada vez más enrevesada. Si el genio de un Tucídides no supo descubrir las fuerzas económicas que se ocultaban tras el azar y la política de su tiempo, mal puede censurarse a Jenofonte porque compartiera la falla de toda la Antigüedad a este respecto. Las Helénicas fueron escritas cuando estaba desterrado de Atenas e interpretan la historia posterior de Grecia desde el punto de vista lacedemonio. Los peloponesios estaban viviendo su hora de esplendor, como la habían vivido los atenienses cuando escribía Tucídides. Pero la época había dejado de ser grande.

Con todo, el afán de justipreciar la capacidad de Jenofonte no nos debe llevar a sobrevalorarlo ni a desconocer la distancia que media entre él y Tucídides. La parcialidad que experimenta por Esparta y por Agesilao lo lleva, sobre todo en la última parte, a falsear los hechos; no acierta a ver la concatenación lógica de los sucesos ni a distinguir muchas veces entre lo secundario y lo esencial. Cree en los sueños, en los prodigios y en la intervención de los dioses en los asuntos humanos por razones morales. Suele moralizar de acuerdo con la ética tradicional y sólo en raras ocasiones según la socrática y le deleita referir anécdotas. En más de un sentido se halla más cerca de Heródoto que de Tucídides, de quien pretende ser el continuador inmediato.

Cierto es que flota en las Helénicas una idea directriz: a la ascensión de Esparta que releva a Atenas en el dominio de la Hélade, sigue por fuerza su declinación y caída. El escritor, imbuido del espíritu de la antigua religiosidad griega, las atribuye a la cólera de los dioses por haber violado los espartanos el juramento de respetar la autonomía de las ciudades helénicas. Mas esto es bien poca cosa al lado del penetrante análisis que hace Tucídides de las fuerzas que determinaron el curso de la historia. Comparada con la etiología tucididiana, la serie de causas enumerada por Jenofonte se queda siempre en la superficie de las cosas. Los discursos directos son frecuentes y caracterizan hábilmente a los oradores, pero a diferencia de los de Tucídides no transparentan el juego de las fuerzas en toda su profundidad. Mientras se detiene en el análisis de acontecimientos secundarios, no menciona sucesos tan capitales como la batalla naval de Cnido, la segunda Liga marítima o la fundación de Megalópolis. No es, pues, tan injusto el juicio de F. Jacoby cuando califica como «la tríada innatural de nuestra historia literaria» al hecho de colocar siempre juntos a Heródoto, Tucídides y Jenofonte.

La existencia de Jenofonte estuvo compartida entre la actividad intelectual del escritor y la vida de acción del oficial o del propietario rural. Ambos aspectos de su personalidad se hallan simbolizados por una amistad. Sus dos más grandes amigos fueron Sócrates y Agesilao, el filósofo y el hombre de armas. No contento con haber sacado a escena tantas veces al venerado monarca espartano en las Helénicas, le consagró una vez muerto un Elogio, que es la más antigua biografía aislada que poseemos. El Agesilao, breve y enfático elogio de aquel rey, inspirado en el modelo del Evágoras de Isócrates, es una obra de escaso valor, compuesta con precipitación. Contiene una sincera aunque excesiva exaltación de Agesilao; su carácter, más que histórico, es encomiástico y retórico.

Por indicaciones del rey de Esparta, Agesilao, quiso Jenofonte que sus hijos se educaran en la ciudad del legislador Licurgo, cuyas instituciones admiraba sin reserva. Entre los atenienses seducidos por el «milagro espartano» él fue uno de los más entusiastas; su Constitución de los lacedemonios es una incesante loa a las leyes dadas por Licurgo a Esparta. Las considera superiores a las de cualquier otro país y causa primordial de la grandeza de ese Estado. Nada censurable encuentra en ellas, ni siquiera el que hayan dado origen a un Estado militarista. Parece que el texto persigue una finalidad propagandística: propugnar el restablecimiento de las antiguas leyes, de las cuales se habían desviado un tanto los espartanos de su tiempo. En la Constitución de Licurgo se fundamentan las bases históricas de la grandeza de Esparta; su incumplimiento o abandono acarreará la decadencia.

El no exhibir un estilo muy cuidado ha sido una de las razones que llevaron a dudar de la autenticidad de este escrito que, hasta desde este preciso punto de vista, tanto recuerda a otras obras del autor. Fue redactado en el postrer período de su vida y, aun demostrando tan encendida simpatía por todas las ramas del ordenamiento lacedemonio, apunta, con el reconocimiento de la decadencia de Esparta, el inicio de su reconciliación con su ciudad natal, que aparece plenamente realizada en la obrita sobre la renta.

Los Recursos o Sobre la renta, el último escrito de Jenofonte, muestra, en efecto, el renovado interés del escritor por su patria después del definitivo acercamiento. Está integrado por una serie de consejos a los atenienses respecto a la recuperación de su maltrecha economía. La obrita, llena de proposiciones juiciosas, curiosas o ingenuas, resulta notable a causa de sus valiosas informaciones sobre la antigua organización financiera de Atenas. Las propuestas para resanar las finanzas están en la línea de la política pacifista perseguida por Eubolo y la situación ateniense presupuesta es la que siguió al desgraciado desenlace de la guerra social.

El Hierón es un diálogo de tipo socrático entre el poeta Simónides de Ceos y el ilustre tirano de Siracusa de aquel nombre. Aquí no aparece Sócrates como interlocutor. El poeta de Ceos conversa con el príncipe siciliano acerca de la naturaleza y posibilidad del tirano y debaten ambos el problema político de las relaciones entre gobernantes y gobernados y el de los deberes de los primeros, ya insinuados en los Memorabilia y desarrollados con amplitud en la Ciropedia.

El motivo pertenece a aquella tradición novelística, que trataba de las relaciones entre los dos célebres personajes. En el ámbito de los escritos de Jenofonte es un testimonio más del interés que experimentaba por los problemas de la monarquía. Se advierte en esta obrita cierto afecto por la tiranía ilustrada, simpatía, por lo demás, compartida en aquella época por los platónicos y los isocráticos.

Jenofonte, que era soldado, buen jinete, cazador y agricultor preocupado por su hacienda, mostraba una marcada disposición para la actividad didáctica, como lo manifiestan los escritos dedicados a sus principales intereses prácticos.

El Hipárquico es un tratado técnico referente a los métodos que debe seguir el jefe para el adiestramiento de la caballería en tiempo de paz y para su empleo en la guerra. Está destinado al general de esa arma y expone sus deberes tanto desde el punto de vista técnico, del cual había adquirido larga práctica el autor militando en Grecia y Asia y, sobre todo, con la caballería espartana, como desde el punto de vista moral.

Sobre la forma de cuidar, montar y adiestrar para la lucha los caballos versa el De la equitación. Está dirigido a los propios jinetes y escrito contra cierto Simón de Atenas, que había compuesto otro tratado sobre el mismo asunto. Tanto en éste como en el Hipárquico es notable el sentimiento religioso, que indica hasta qué grado buscaba aplicar Jenofonte a los más diversos campos las enseñanzas éticas y morales de Sócrates.

Ambos escritos, y más particularmente el primero, se refieren a las condiciones atenienses. El Hipárquico considera adversarios a los beocios y presupone buenas relaciones con Esparta; se reporta al período que precede a la batalla de Mantinea. El tratado Sobre equitación es posterior, ya que al final alude al Hi-párquico. Las referencias a la obra técnica del ateniense Simón indican que la literatura de este tipo era más abundante de lo que nos imaginamos.

Tampoco eran infrecuentes las obras dedicadas a la caza. La Antigüedad clásica nos ha legado varios tratados de cinegética. La autenticidad del atribuido a Jenofonte ofrece serias dudas, sobre todo por su forma lingüística, tan alejada de la agradable soltura de este autor. Los sostenedores de la misma han pensado que se trataría de un escrito juvenil. Consideración aparte merece el prólogo, que fue añadido mucho más tarde.

En el Cinegético habla ampliamente Jenofonte de los perros, describe los diferentes tipos de caza y pone de relieve la utilidad de ese ejercicio como preparación para la guerra. El intento de hacer de la caza un instrumento de educación es típico de este autor, pero respondía, como acabamos de decir, a una corriente bastante generalizada.

Puede figurar en este apartado, por su contenido práctico-didascálico, el Económico, un escrito que se suele colocar entre las obras filosóficas por la presencia de Sócrates, quien comparece como interlocutor del diálogo. A primera vista parece un capítulo más de los Memorables, puesto que comienza así: «Yo le oí un día expresarse de este modo sobre la economía doméstica.»

Sócrates dialoga con Critóbulo, a quien da cuenta de una conversación sostenida con Isómaco. Pero más que darnos a conocer las ideas de Sócrates, lo que busca Jenofonte es exponer las suyas propias sobre la agricultura, sobre la explotación de un campo, sobre el papel de una ama de casa, sobre las faenas campesinas... ¿Qué experiencia pudo haber tenido de las labores del campo el Sócrates citadino? Jenofonte utiliza a su maestro, como lo hace Platón, prestándole sus propios puntos de vista, y lo que nos cuenta son las enseñanzas que sacó de su experiencia como propietario rural en Escilunte.

Es el Económico una de las obras más sinceras del autor. Se refiere a las faenas agrícolas como a una ocupación noble, digna de un hombre libre. Y suena raro al oído escuchar en el mundo griego, tan aferrado a la ciudad y al ágora, cómo son ensalzadas las alegrías sencillas y sanas de la existencia campesina. El campo es amado aquí por su utilidad y amenidad, que no por su poesía. El diálogo arroja gran cantidad de pormenores interesantes desde el punto de vista histórico-cultural. Tuvo siempre numerosos admiradores y Cicerón lo tradujo al latín.

Todo el libro es un prolongado elogio de la agricultura y de la vida campesina. Bien se advierte que para Jenofonte no existen más que dos ocupaciones verdaderamente dignas de un hombre de acción: el menester de las armas y la explotación de una finca. Cuando habla de semillas, de mieses, de los cuidados que requieren los árboles frutales, de las diversas faenas agrícolas, parece que estemos leyendo a Hesíodo en los Trabajos y los días. Sino que Hesíodo era un campesino pobre que labraba con sus manos un magro lote de tierra y Jenofonte estima que el propietario más próspero es el que conoce el arte de ordenar y disponer, de hacer trabajar a los demás, comenzando por su esposa.

El retrato de Isómaco es encantador. Acaba de casarse y ya está dando a su esposa los más sabrosos consejos sobre el orden, el método y la economía. En las palabras que le dirige, fríamente razonables, no hay ningún asomo de ternura. El matrimonio es considerado como una asociación del hombre y de la mujer con vistas a un mayor rendimiento de la hacienda: «¿Te has dado cuenta, mujer, de por qué me he casado contigo y por qué te han entregado a mí tus padres? Ni tú ni yo teníamos dificultad en encontrar con quien dormir, ya lo sabes. Pero después de haber reflexionado, yo por mi cuenta y tus padres por la tuya, acerca del mejor socio que podríamos asignarnos para nuestra casa y nuestros hijos, te he escogido por mi parte y tus padres, según creo, me han escogido a mí como el partido más deseable.»

No está mal escogido el título del Económico. No se trata en él de amor, precisamente, como en el Banquete.

Obra de difícil clasificación es la Ciropedia, en ocho libros. No puede ser considerada simplemente como un escrito historiográfico. Tampoco debe ser alineada, sin más, entre los de contenido filosófico-moral. Presenta ciertas analogías con la Constitución de Esparta, al situar su propio ideal político en el pasado. Es, por otra parte, la más antigua novela histórica del mundo occidental.

Ciropedia significa propiamente la «educación de Ciro»; no de Ciro el Joven, del que se habla en la Anábasis y en las Helénicas, sino del gran Ciro, fundador del Imperio persa en el siglo vi a.C., del cual ya se habían ocupado entre los griegos Heródoto y Ctesias, el médico que había vivido en la corte de Artajerjes, contemporáneo de Jenofonte. Mas el título sólo está justificado para una parte de la obra: en esta historia de la juventud, ascensión al trono y reinado de Ciro el Grande, tan sólo una parte del primer libro ocupa su educación; en el resto de la obra, que es la obra casi entera, se palpan, si se quiere, los efectos de esa educación, pero se ventilan otros muchos temas. Si el propósito didáctico reviste tanta importancia como para hacer extensivo el título de toda la obra, eso se debe al optimismo pedagógico propugnado por la sofística.

Si Jenofonte ha escogido un personaje perteneciente a una época remota y mal conocida ha sido, sin duda, para dar libre curso a su imaginación, idealizando sus empresas y haciendo de él aquel modelo de hombres y de monarcas en que el escritor soñaba bajo el doble influjo de la filosofía socrática y de la disciplina espartana. Que el escritor no
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