Estudio preliminar de Francisco Montes de Oca






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Helénicas menciona Jenofonte la muerte de Alejandro de Teras, el tirano de Tesalia, que tuvo lugar en el 359. Tenemos en esa fecha un término post quem para la desaparición del escritor. Pero hoy se concuerda en reconocer la autenticidad de los Recursos y, como esta obra presupone hechos posteriores al 355, la fecha de su muerte ha de ser por fuerza posterior. De cualquier modo, después del fin de la guerra de la Confederación se pierde toda huella de Jenofonte. Tenía a la sazón más de setenta años y lo más probable es que no sobreviviese mucho a aquella época. Su vida abarca, pues, poco más o menos el mismo período que la de Platón.

Jenofonte fue un verdadero polígrafo: escribió sobre temas históricos, políticos, morales, económicos y técnicos. Es el literato más universal de la época clásica. Fue, pues, un hombre de letras, al par que un hombre de acción.

Como lo indican las vicisitudes de su accidentada vida, figura entre los individuos que ya no podían sentirse encuadrados dentro del orden tradicional de su polis, sino que iban alejándose interiormente de él a través de los acontecimientos por ellos vividos. El destierro, que nunca había esperado, hizo que el abismo fuese infranqueable. Abandonó Atenas en el momento en que la confusión interior y la hecatombe exterior del Imperio, subsiguientes a las guerras perdidas, empujaban a la juventud a la desesperación. Tomó en sus manos la dirección de su propia vida.

Su escrito en defensa de Sócrates —el que ahora figura como libro primero de sus Memorables, redactados mucho más tarde— debió ser provocado por la polémica literaria desencadenada a fines de la década del noventa por el libelo del sofista Polícrates, difamatorio de Sócrates y de los socráticos. Con él se incorpora Jenofonte al círculo de los defensores del filósofo, obedeciendo a una razón más bien política: al deseo de demostrar, desde el destierro, que Sócrates no debía ser identificado con las tendencias de un Alcibíades o de un Critias, que la competencia de las nuevas escuelas pretendía asignarle por aquel entonces como discípulos suyos, para desacreditar de esta manera, tildándolo de sospechoso de espíritu antidemocrático, cuanto tuviera que ver algo con Sócrates. También para el autor de la Anábasis resultaba peligroso verse clasificado en esta categoría, suponiendo que abrigase el propósito de retornar a su patria. Este escrito, que debe ser considerado como una especie de manifiesto independiente contra la acusación política de Sócrates por parte del sofista, permite llegar a la conclusión de que su autor seguía pensando en el retorno a Atenas en el momento de redactarlo.

La posterior incorporación de este folleto, actual en su día a la extensa obra de los Memorables, puede relacionarse así con una situación paralela: con la época en que Jenofonte es llamado de nuevo a su patria en la década de los cincuenta del siglo IV, pues ahora cobra nueva actualidad aquel escrito como prueba del inmutable estado de ánimo de su autor con respecto a su ciudad patria. Al rendir un homenaje a la absoluta lealtad política de Sócrates, atestiguaba también su propia lealtad a la democracia ateniense, que muchos ponían en tela de juicio.

Una gran parte de sus actividades como escritor se condensa en la década de los cincuenta. El retorno a su ciudad, si es que volvió, parece servir de incentivo a su productividad. Lo más probable es que fuese entonces cuando dio cima a su Historia de Grecia, que finaliza con la batalla de Mantinea y en la que intenta esclarecer a posteriori la bancarrota del sistema espartano, que tanta admiración le produjera. También corresponde al período posterior al derrumbamiento de la hegemonía espartana su obra sobre el Estado de los lacedemonios, como lo indica la consideración final de esta obra sobre la Esparta del pasado y la del presente. La poco ha concertada alianza entre Esparta y Atenas vuelve a acercarlo sentimentalmente a esta ciudad que, al fin, lo llama a su seno. Al derrumbarse también Atenas y fracasar la segunda Liga marítima, el infortunio nacional parece intensificar la labor productiva de sus mejores hijos: son los días de las Leyes de Platón y del Areopagítico y el Discurso sobre la paz de Isócrates; Jenofonte aporta a este movimiento, con cuyas ideas se siente identificado interiormente, sus Memorables y otros escritos de menor cuantía.

Entre sus últimas obras, nacidas después de su regreso del exilio, figuran con toda seguridad su escrito sobre los deberes de un buen comandante de caballería, en el que hace referencia expresa a las necesidades de Atenas, la obra sobre el caballo y el jinete, relacionada con la anterior, y el folleto de política económica sobre las rentas, suponiendo que sea auténtico, como hoy parece admitirse de manera casi unánime. En este período parece que deba situarse también su opúsculo sobre la caza, donde tan enérgicamente se pronuncia contra la formación retórica y sofística. Es una obra que con dificultad encaja en la quietud campestre e idílica de Escilunte, donde se ha pretendido encuadrarla por razón de su contenido. La experiencia que destila se remonta, por supuesto, a aquella época, pero la obra corresponde ya a la vida y a las actividades literarias de Atenas.

Acerca de los diversos períodos de la vida de Jenofonte tenemos información más o menos extensa, pero en conjunto suficiente. En cambio resulta difícil precisar la cronología de su producción literaria. Nada indica que comenzara a escribir pronto y esto concuerda con los datos biográficos. Propéndese a pensar que los años de Escilunte serían en extremo productivos, empero diversas obras contienen inequívocos indicios de un origen más tardío. Tal parece que el período postrero de la vida de Jenofonte debió ser el más fecundo. Como sería empresa vana tratar de disponer en orden cronológico las obras, nos iremos ocupando de ellas tomando en cuenta su contenido.

Éste es sumamente vario. Algunas de las obras fueron inspiradas por su nunca desmentida veneración por Sócrates: Apología, Memorables, Banquete. Otras son históricas: Anábasis, Agesilao, Helénicas, es decir, historia griega; mas la Anábasis participa, al igual que los Memorables, del género de las memorias, ya que en ella relata Jenofonte una expedición en la que tomó parte y el papel personal que le tocó desempeñar. Otras revisten un carácter a la vez técnico y normativo y aspiran a la mejor formación posible del caballero, del cazador, del jefe de familia y del hombre de Estado: Hipárquico, esto es, el oficial de caballería, Arte de la equitación, Cinegético, Económico, Ciropedia, por más que esta última obra sea también una especie de novela histórica, la primera en su género. Unas pocas, en fin, son de orden político y económico: la Constitución de Esparta, Hierón, o la tiranía, y el Tratado sobre las rentas.

La imagen que de Sócrates traza Jenofonte es muy diferente de la que nos dejara Platón. El filósofo emerge de sus páginas como un moralista severo, digno padre de la escuela cínica fundada por Antístenes, y a la vez como un hombre de buena y agradable compañía, simpático y festivo. En términos generales podríamos decir que en Jenofonte comparece el virtuoso ciudadano que es Sócrates, cuya vida refuta las acusaciones que lo llevaron a la muerte, mientras que Platón saca a escena al pensador que pugna por esclarecer decisivos conceptos de valor y que, en los diálogos tardíos, desarrolla la doctrina de las ideas.

Frente a estas dos imágenes socráticas no ha sido siempre el mismo el juicio de la crítica. Hasta nuestros días había prevalecido la opinión de que el de Jenofonte sería el único testimonio digno de fe, precisamente por su frescura y espontaneidad. Esta postura está siendo abandonada. Nuestro escritor mantuvo relaciones personales con Sócrates, como vimos cuando le pidió consejo para embarcarse en la aventura de Ciro. Mas nunca fue propiamente discípulo suyo. Se da, además, la circunstancia de que los escritos socráticos de Jenofonte fueron compuestos a mucha distancia de la muerte de Sócrates, no antes de los años sesenta.

La Apología de Sócrates es, desde cualquier punto de vista, una obra de escaso relieve. Es una defensa del filósofo escrita para reivindicar su memoria; una más entre una serie de composiciones análogas. Falsea la actitud del sabio ante los jueces: Sócrates se trueca aquí en un anciano que prefiere morir a tener que soportar los achaques y contratiempos de la vejez, no sabe renunciar al empleo de las cualidades proféticas que se adquieren con la inminencia de la muerte y predice un final desgraciado al hijo de su acusador Ánito. Esta obra de Jenofonte sale muy mal parada de la comparación con la otra del mismo título de Platón.

Hemos dado antes por buena la teoría de que los dos primeros capítulos de los Memorables habrían sido escritos con anterioridad al resto de la obra, como Defensa contra una Acusación publicada, hacia 394, por el sofista Polícrates; mas debemos consignar, a fuer de sinceros, que está perdiendo terreno a últimas fechas. Si los escritos socráticos de Jenofonte son de una época tardía, se vieron precedidos de una rica producción literaria centrada en torno a la figura del filósofo. Se propende a dar por bueno que en los Memorables combina su autor los recuerdos personales con extractos de esa abundante literatura socrática. Se ha pensado con frecuencia en su dependencia de Platón; hay contactos, ciertamente, pero dada la disparidad de ambos escritores no siempre resulta seguro que haya una derivación directa y hasta es posible que la misma tradición ejerciera su influencia por una tercera vía. Otros han querido descubrir tras Jenofonte a Antístenes, mas sin poder demostrar una dependencia tan vigorosa.

Últimamente se ha venido insistiendo en el eclecticismo de Jenofonte, que tiene detrás de sí a muchos otros escritores y que deja entrever a socráticos anteriores, independientes de Platón y con ideas filosóficas más simples. El intento de disolver los Memorables en una serie de bloques ideales, que se remontan a una literatura socrática anterior, esclarece no poco los presupuestos en que descansa la obra. No cabe duda de que el autor se sirvió en amplia medida de otros escritos socráticos, mas no se puede negar que insertó numerosos recuerdos personales del maestro.

En esta obra, carente de unidad y de orden lógico, no parece mostrarse Jenofonte muy apegado a la realidad histórica, como lo manifiesta el hecho de que haga hablar a Sócrates de arte militar, materia que interesaba al autor mas no al filósofo. Dado que el objetivo principal del texto es demostrar la falsedad de las acusaciones de impiedad, Sócrates se muestra en extremo respetuoso de la religión tradicional. A lo largo de la obra queda achicado el filósofo a las dimensiones de su biógrafo, y resulta ser un buen anciano, virtuoso, sensato y de no largos alcances, que repite lugares comunes en el tono propio de quien dice cosas trascendentes. Al juzgar los Memorables hay que poner de relieve el aspecto propiamente jenofontiano: la tendencia didascálica a enfocar los temas desde el punto de vista de una moral práctica, sin demasiada profundidad de pensamiento, y a asegurarse una conducta en conformidad con las leyes del Estado y con los preceptos de los dioses. Nadie se atrevería a aseverar que el ensamblamiento de tan heterogéneos elementos haya conferido a la obra una unidad convincente.

El escrito más vivaz y gracioso de este grupo es el Simposio o Banquete. Describe un convivio ofrecido por el rico Calias, bien conocido por el Protágoras platónico como anfitrión de los sofistas, con ocasión de un triunfo en el pancracio obtenido en las Panateneas por su favorito Autólico. El fondo del diálogo está descrito con animada gracia. Sócrates dice muchas cosas edificantes y diserta sobre el amor sensual y sobre el espiritual. Es particularmente notable el mimo con el encuentro entre Dióniso y Ariadna, uno de los pocos testimonios anteriores al helenismo de esta clase de representaciones.

Entre las obras historiográficas, tomando el término en su sentido más amplio, ocupa la Anábasis un lugar de privilegio por la frescura con que refiere su autor experiencias personales, por la abundancia de pormenores geográficos y etnográficos y por el sano espíritu soldadesco que respira el conjunto. Hay pocos libros de guerra tan variados y atractivos como la Anábasis.

Algunos de los miembros de la expedición, en concreto cierto Soféneto de Estinfalo, habían narrado la empresa sin tener en cuenta los méritos de Jenofonte, y el autor de la Anábasis se lanzó a reivindicar su participación en los acontecimientos. Para que resultase más eficaz la obra procuró disimular su carácter apologético publicándola bajo el seudónimo de Temistógenes de Siracusa y refiriéndose a sí mismo en ella siempre en tercera persona. Nos lo asegura Plutarco y no tenemos por qué no creerle: «Jenofonte ha sido su propio historiador. Ha contado lo que hizo como estratega, el éxito que obtuvo, atribuyendo la obra a Temistógenes de Siracusa. Supo renunciar a su gloria de autor a fin de que se le diera más crédito, expresándose de sí mismo como de un extraño.»

En una segunda versión del texto, que es la que ha llegado hasta nosotros, al describir su vida en el retiro de Escilunte, abandonó el velo del seudónimo y se reveló claramente autor de la obra. En la cual aparece, sin duda, exagerada la importancia de su participación en la empresa. Aun cuando con mucha habilidad, se coloca siempre en el mejor de los puntos de vista y hasta llega a anteponer su propia actuación a la del espartano Quirísofo, que tuvo el mando supremo.

La palabra anábasis significa «subida». A partir de Sardes, donde se habían concentrado las tropas de Ciro, subieron, en efecto, los griegos hacia las altas mesetas de Asia Menor. Una anábasis, una escalada hacia el interior del país, es lo que se narra en los seis capítulos iniciales del libro primero. Sigue después la descripción de la batalla de Cunaxa y la parte medular de la obra contiene el relato de la extraordinaria retirada en descenso hacia el Mar Negro, atravesando un territorio hostil a través de montañas escabrosas. Descríbense también con minuciosidad las sucesivas aventuras de la tropa hasta su reunión con las fuerzas espartanas comandadas por Tibrón.

A partir del libro tercero asume el papel de jefe Jenofonte y se convierte en el personaje central de un relato que deriva de aquí en más a la autobiografía. Consigna las arengas que dirige a las tropas, la astucia de los bárbaros, las emboscadas que tienden a los griegos, las dificultades que experimentan para atravesar los ríos, las intemperies, el hambre que amenaza exterminar al ejército, son episodios dramáticos que mantienen en suspenso la atención del lector.

Abundan en este libro el exotismo y el color local. Jenofonte vuelve a encontrar la vena de Heródoto para describir las extrañas costumbres de los pueblos que encuentran a su paso. «Se mostraron a los griegos, dice al referirse a uno de ellos, los hijos de gente rica, alimentados con nueces cocidas; esos niños eran gordos, blancos, casi tan gruesos como altos, con tatuajes de flores en la espalda y adelante. Estos bárbaros pretendían unirse delante de todo el mundo con las mujeres que acompañaban a los griegos; era la costumbre del país. Todos, hombres y mujeres, tenían la piel blanca. Decían los soldados que éstos eran los seres más bárbaros que habían encontrado a lo largo de la expedición, los más alejados de las costumbres helénicas. Hacían delante de la multitud lo que otros harían a escondidas y cuando estaban solos se comportaban como si estuviesen en compañía. Se hablaban a sí mismos y se reían solos. Se detenían en cualquier parte para danzar.»

El relato de la retirada de los Diez mil mercenarios griegos al servicio de Ciro —un manual insuperable para los que se inician en el estudio del griego— es una estupenda pintura de los soldados en marcha y de la zona interior que atravesaron. Además, sus descripciones de tipos y paisajes y su geografía tienen, por lo general, el mérito, más raro de lo que pudiera creerse, de ser relativamente correctas.

La división de la obra en siete libros y los resúmenes de los hechos precedentes antepuestos a cada libro son obra de época posterior. La cuestión de la fecha demuestra cuán complicada es la cronología de Jenofonte. Si estuviesen en lo justo quienes pretenden escuchar ecos de la
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