Estudio preliminar de Francisco Montes de Oca






descargar 0.68 Mb.
títuloEstudio preliminar de Francisco Montes de Oca
página14/25
fecha de publicación15.03.2016
tamaño0.68 Mb.
tipoDocumentos
ley.exam-10.com > Historia > Documentos
1   ...   10   11   12   13   14   15   16   17   ...   25
muertos, y ellos prometieron que los darían a condición de que no les quemasen las casas. Jenofonte consintió en ello. Pero, mientras el ejército iba desfilando y estaban en estos tratos, todos los bárbaros de aquellos parajes se concentraron en el mismo punto. Y cuando los griegos principiaron a bajar de la colina para juntarse con los demás en el sitio donde estaban puestas las armas, los bárbaros se lanzaron en gran número y con mucho alboroto. Llegados a la cima de la altura de la cual bajaba Jenofonte, echaron a rodar piedras, rompiéndole la pierna a un griego. Jenofonte se vio abandonado por su escudero; pero un hoplita llamado Euríloco, natural de Lusia, en Arcadia, acudió a él y cubriéndole con su escudo se retiraron ambos, mientras los demás se reunían con las tropas formadas en batalla.

Entonces, reunido todo el ejército griego, se alojaron en numerosas y bellas casas donde abundaban los víveres. También había mucho vino, hasta el punto que lo guardaban en cisternas dadas de cal. Jenofonte y Quirísofo consiguieron, tratando con los bárbaros, que les cediesen los cadáveres a cambio del guía y tributaron en todo lo posible a los muertos los honores debidos a los bravos.

Al día siguiente marcharon sin guía; los enemigos, combatiendo y adelantándose a ocupar los lugares estrechos, les estorbaban el paso. Cuando los detenidos eran los de vanguardia, Jenofonte subía la montaña y ahuyentaba el obstáculo puesto en el camino a los primeros sólo con intentar colocarse encima de los enemigos. Cuando atacaban a la retaguardia, Quirísofo subía y sólo con intentar colocarse encima de los enemigos ahuyentaba a los que cerraban el camino a los de atrás. De esta manera se iban prestando mutuamente socorro y velaban atentamente los unos por los otros.

En algunas ocasiones los bárbaros inquietaban mucho la bajada de las tropas que habían subido: eran tan ágiles que lograban escapar aunque estuviesen muy cerca. Además, no llevaban más que arcos y hondas. Eran excelentes arqueros y tenían unos arcos de casi tres pies. Para disparar tiraban las cuerdas hacia la parte baja del arco apoyando en ellas el pie izquierdo. Las flechas atravesaban escudos y corazas. Los griegos las recogían y las utilizaban como dardos después de haberles puesto correas. Por estos parajes fueron de grandísima utilidad los cretenses: los mandaba Estratocles de Creta.

III
Aquel día se alojaron en las aldeas situadas encima de la llanura regada por el río Centrites, que tiene de ancho unos dos pletros y sirve de límite entre la Armenia y el país de los carducos. Los griegos descansaron allí, viendo con gusto una llanura. Dista el río de las montañas de los carducos como unos seis o siete estadios. Se alojaron en estas aldeas llenos de contento, con abundantes víveres a su disposición y recordando muchos de los trabajos pasados. En efecto, durante los siete días que emplearon en atravesar el país de los carducos no dejaron de combatir un momento y pasaron más penalidades que todas las sufridas con el rey y Tisafernes. Libres, pues, de tales peligros, descansaron contentos.

Al rayar el día vieron al otro lado del río unos jinetes armados como con propósito de impedirles el paso, y más arriba de los caballos, tropa de infantería formada en batalla sobre la ribera escarpada del río como con intención de impedir que pasasen a Armenia. Eran mercenarios armenios, mardonios y caldeos a sueldo de Orontes y de Artucas. Decíase que los caldeos eran libres y bravos. Usaban como armas largos escudos de mimbre y lanzas. Las alturas en que se hallaban colocados distaban del río como unos tres o cuatro pletros y sólo se veía un camino que iba a este punto y parecía hecho por mano de hombre. Los griegos intentaron pasar el río por allí. Pero vieron que el agua les llegaba al cuello y que el fondo era áspero, lleno de grandes piedras resbaladizas. Además no podían conservar las armas en el agua, pues corrían peligro de que los arrastrase el río. Y si llevaban las armas encima de la cabeza se exponían desnudos a las flechas y a los demás proyectiles. En vista de esto se retiraron y acamparon junto al río. Y allí donde habían pasado la noche anterior, sobre las montañas, vieron gran número de carducos reunidos en armas. Esto produjo gran desaliento entre los griegos al considerar las dificultades de pasar el río, los enemigos que se opondrían al paso, y a la espalda los carducos, que no dejarían de atacarles cuando estuviesen pasando.

Durante todo el día y toda la noche los griegos estuvieron muy preocupados. Pero Jenofonte tuvo un sueño: le pareció que tenía trabas en los pies, pero que de repente éstas se rompían por sí mismas y quedaba en libertad de moverse como quería. Al llegar el día fue a ver a Quirísofo, le dijo sus esperanzas de que las cosas marchasen bien y le contó su sueño. Quirísofo se alegró al oírlo, y al rayar apenas la aurora sacrificaron todos los generales reunidos. Las señales fueron propicias desde el primer momento, y terminados los sacrificios los generales dieron al ejército la orden de almorzar.

Y almorzando estaba Jenofonte cuando se le acercaron corriendo dos muchachos: porque de todos era sabido que podían llegar a él aunque estuviese almorzando o comiendo y despertarle caso de estar dormido, si era preciso comunicarle algo relacionado con la guerra. Los muchachos le dijeron que se encontraban recogiendo leña para el fuego cuando vieron en la orilla opuesta, en unas rocas que llegaban hasta el lecho mismo del río, un anciano, una mujer y unas mozas que colocaban sacos con vestidos en una concavidad de la roca. Parecióles también a simple vista que podrían pasar sin peligro por aquel punto, pues el terreno hacía imposible la aproximación de la caballería enemiga. Y despojándose de sus ropas, dijeron, habían entrado en la corriente desnudos como dispuestos a nadar, llevando sólo sendos puñales en la mano. Pero que llegaron a la otra orilla sin haberse mojado sus partes y cogiendo los vestidos se habían vuelto del mismo modo.

Jenofonte se puso inmediatamente a hacer libaciones y ordenó a los muchachos que derramaran vino y rogasen a los dioses que les habían mostrado el sueño y al paso les concediesen un éxito favorable en lo demás. Hechas las libaciones, condujo en seguida a los muchachos a presencia de Quirísofo, al cual le refirieron lo ocurrido. Después de haberles oído, Quirísofo hizo también libaciones. Y en seguida dieron orden a todos de que plegaran los bagajes, y ellos, reuniendo a los generales, deliberaron sobre la mejor manera de pasar venciendo a los enemigos que tenían delante y evitando que les hiciesen daño los que estaban detrás. Decidieron que Quirísofo marchase a la cabeza y pasara el río con la mitad del ejército, mientras Jenofonte permanecía quieto con la otra mitad, y que las acémilas y la multitud pasarían entre los dos cuerpos.

Una vez que todo estuvo bien dispuesto pusiéronse en marcha guiados por los dos muchachos con el río a la izquierda; el camino hasta el vado era como de unos cuatro estadios. Y según marchaban, los escuadrones de caballería enemiga les iban siguiendo por la otra orilla. Llegados al sitio por donde debían pasar, pusieron las armas en tierra y Quirísofo el primero, con la cabeza coronada y despojándose de sus vestidos, cogió las armas, dio orden a los demás de que hiciesen lo mismo y mandó a los capitanes que condujesen de frente sus compañías, unas a su derecha y otras a su izquierda. Al mismo tiempo los adivinos inmolaban víctimas al río, mientras los enemigos lanzaban flechas y piedras que no llegaban. Como las señales de las víctimas resultasen favorables, todos los soldados se pusieron a entonar el peán y a lanzar el grito de guerra y todas las mujeres les acompañaban en sus clamores, pues había muchas cortesanas en el ejército.

Quirísofo entró en el río seguido por sus tropas. Y Jenofonte, con los más ligeros de la retaguardia, volvió corriendo con todas sus fuerzas al paso situado frente a las montañas de Armenia como si se propusiese atravesar el río por este punto y envolver a la caballería contraria. Los enemigos, al ver que el cuerpo de Quirísofo atravesaba la corriente sin dificultad y que los de Jenofonte se volvían atrás corriendo, temerosos de verse envueltos, huyeron con todas sus fuerzas con dirección hacia el camino que salía del río. Pero, llegados a él, tomaron el camino de la montaña. Licio, que mandaba el escuadrón de la caballería, y Esquines, que tenía a sus órdenes los peltastas de Quirísofo, al ver que los enemigos huían velozmente se pusieron a perseguirlos, y los soldados les daban voces que no se quedasen atrás, sino que los siguiesen hasta la montaña. Mientras tanto Quirísofo, después de haber pasado el río, sin cuidarse de perseguir a la caballería, se dirigió sin perder momento contra los enemigos que ocupaban más arriba las orillas escarpadas del río. Y ellos, al ver en fuga a la caballería y que los hoplitas avanzaban contra ellos, abandonaron las alturas que dominaban el río.

Por su parte, Jenofonte, viendo que todo iba bien al otro lado del río, se retiró a toda prisa hacia las tropas que estaban pasando el río, pues ya se veía a los carducos bajando a la llanura para caer sobre los últimos. Quirísofo ocupaba posiciones más arriba. Licio, que con algunos soldados se había puesto en persecución del enemigo, le cogió parte de la impedimenta que había quedado rezagada, entre otras cosas magníficos vestidos y vasos. Aún estaban pasando la impedimenta de los griegos y la multitud que les seguía, cuando Jenofonte hizo dar media vuelta a sus tropas y las formó dando frente a los carducos. Al mismo tiempo dio orden a los capitanes que formasen cada uno su compañía por enomotías, desenvolviendo la enomotía sobre un frente de falange por el lado del escudo, de tal suerte que los capitanes y los enomotarcas estuviesen por el lado de los carducos y la última fila del lado del río.

Los carducos, viendo la retaguardia separada del grueso del ejército y reducida a un corto número, se lanzaron sobre ella a toda prisa, entonando ciertos cantos de guerra. Quirísofo, por su parte, sintiéndose ya en lugar seguro, envió a Jenofonte los peltastas, los honderos y los arqueros con orden de que le obedeciesen en todo. Y Jenofonte, al ver que pasaban el río, les mandó por medio de un mensajero que se quedasen en el borde del río sin pasar y que, cuando los suyos principiasen a pasar, entrasen en el agua a su encuentro como si tuviesen intención de pasar, llevando los dardos cogidos por la correa y las flechas sobre los arcos, pero sin penetrar muy adentro en el río. Al mismo tiempo ordenó a su división que cuando las piedras llegasen a ellos e hiciesen ruido sobre los escudos cargasen sobre los carducos cantando el peán, y que una vez puestos en fuga, al tocar la trompeta la carga desde la orilla del río, diesen media vuelta por el lado de la lanza siguiendo a la última fila, corriesen con todas sus fuerzas y pasasen en el orden que llevaban para no estorbarse los unos a los otros. El mejor soldado sería el que llegase primero a la otra orilla.

Los carducos, viendo que ya quedaban pocos, pues muchos de los que debían formar en la retaguardia la habían abandonado, unos para cuidar de las acémilas, otros de la impedimenta y otros de sus queridas, cargaron con brío lanzando piedras y flechas. Los griegos, cantando el peán, se lanzaron a la carrera contra el enemigo. Pero éste no esperó el choque, pues estaban armados como gente de montaña, de manera propia para atacar corriendo y darse a la fuga, pero no suficiente para resistir. En esto dio la señal el trompeta, y al oírla los enemigos se pusieron a correr con mucha más fuerza, mientras los griegos, volviéndose en dirección contraria, atravesaron el río a toda prisa. Algunos de los enemigos, dándose cuenta de la maniobra, corrieron hacia el río y disparando sus arcos hicieron algunos heridos; pero a la mayoría de ellos se les veía seguir huyendo, aun cuando ya los griegos se encontraban en la otra orilla. Los que habían sido puestos para proteger la retirada, arrastrados por su bravura, avanzaron más de lo necesario y repasaron el río después de dos que marchaban con Jenofonte, no sin tener también algunos heridos.

IV
Cuando hubieron pasado, formándose de nuevo, a eso de mediodía, se pusieron en marcha a través de Armenia, país llano con algunas suaves colinas, y recorrieron no menos de cinco parasangas, pues debido a las guerras con los carducos no se encontraban aldeas en las inmediaciones del río. La aldea a que llegaron era grande; en ella había un palacio para el sátrapa y la mayor parte de las casas tenían torres; los víveres abundaban. Desde allí recorrieron diez parasangas en dos etapas, hasta pasar por encima de las fuentes del río Tigris. Desde allí recorrieron quince parasangas en tres etapas, hasta llegar al río Teléboa, de hermosa vista, pero no muy grande; a su orilla había muchas aldeas. Esta comarca se llamaba Armenia occidental y tenía por gobernador a Tiríbazo, amigo del rey, y que cuando se encontraba presente era el único que ayudaba al monarca a montar a caballo. Este Tiríbazo se acercó al galope, acompañado de algunos jinetes, y por medio de un intérprete dijo que quería hablar con los jefes. Los generales decidieron escucharle, y acercándose hasta donde pudiera oírlos preguntáronle qué quería. Les respondió que deseaba hacer con ellos treguas bajo la condición de que ni él haría daño a los griegos ni éstos quemarían las casas, sino que tomarían sólo los víveres que necesitasen. A los generales les pareció bien y se hicieron las treguas.

Desde allí recorrieron quince parasangas en tres etapas a través de la llanura, y Tiríbazo les seguía con sus fuerzas a una distancia como de diez estadios. Llegaron a unos palacios rodeados de numerosas aldeas muy abundantes en víveres. Estando acampados cayó durante la noche gran cantidad de nieve. Por la mañana decidieron que los diferentes cuerpos con sus generales se alojasen repartidos por las aldeas. No se veía ningún enemigo, y la cantidad de nieve parecía alejar todo riesgo. Encontraron allí toda clase de cosas buenas: reses, trigo, viejos vinos de olor exquisito, uvas pasas y legumbres de todas clases. En esto, algunos de los que se habían apartado del campamento dijeron que habían visto un ejército y que durante la noche se percibían numerosas hogueras. Parecióles, pues, a los generales poco prudente permanecer acantonados en diferentes aldeas y que sería mejor reunir de nuevo el ejército. Reuniéronlo y decidieron acampar al aire libre. Y durante la noche principió a caer nieve en tal cantidad que cubrió las armas y a los hombres acostados; hasta las acémilas se quedaron con la nieve imposibilitadas de moverse. Los soldados sentían pereza para levantarse, pues la nieve si no se fundía les formaba al cubrirles un abrigo templado. Pero cuando Jenofonte tuvo el valor de levantarse a cuerpo25 y ponerse a cortar leña, en seguida se levantó otro y quitándosela se puso también a cortarla. Después de éste se levantaron otros, encendieron fuego y se frotaron con grasas que encontraban allí en gran abundancia y de las que se sirvieron en lugar de aceite de oliva; manteca de cerdo, y aceite de sésamo, de almendras amargas y de terebinto. También encontraron perfumes sacados de estas mismas materias.

Después se acordó volver a las aldeas y alojarse bajo techado. Los soldados se dirigieron a las casas y a los víveres dando gritos de alegría. Pero los que al abandonar antes las casas las habían quemado, pagaron su falta teniendo que acampar penosamente al aire libre. Desde allí enviaron por la noche a Demócrates, de Temenio, con un destacamento hacia las montañas donde los dispersos decían haber visto las hogueras. Este Demócrates pasaba por haber dado siempre informes exactos, diciendo lo que había y lo que no había. A la vuelta de su exploración dijo que no había visto las hogueras, pero trajo consigo un prisionero, el cual llevaba un arco persa, una aljaba y una sagaris,26 tal como las que usan las amazonas. Preguntando de qué país era, respondió que persa y que se había alejado del ejército de Tiríbazo en busca de víveres. Le interrogaron acerca del número de aquel ejército y del motivo de haberle reunido. Dijo que Tiríbazo contaba con las tropas propias y con mercenarios cálibes y taocos. Añadió que estaba preparado para atacar a los griegos en el desfiladero de la montaña, para cuyo paso no había más que un camino.

Los generales, al oír esto, decidieron reunir el ejército, y dejando una guardia montada por Soféneto, de Estinfalia, se pusieron en marcha guiados por el prisionero. Cuando hubieron franqueado la cima de la montaña, los peltastas, que habían tomado la delantera, al ver el campamento enemigo se lanzaron sobre él dando gritos, sin aguardar a los hoplitas. Los bárbaros, al oír el ruido, no los esperaron, sino que se pusieron en fuga. Pero a pesar de ello mataron los griegos a varios de los bárbaros y cogieron unos veinte caballos, así como la tienda de Tiríbazo, donde se hallaron unos lechos con pies de plata, vasos para beber y, además, unos hombres que decían ser panaderos y coperos. Los generales de los hoplitas, al saber esto, creyeron prudente volver al campamento a toda prisa, no fuese que los enemigos atacasen a los que habían quedado de guardia. Inmediatamente hicieron sonar la trompeta y volvieron el mismo día al campamento.

V
Al día siguiente se acordó marchar lo más rápidamente posible antes de que volviese a reunirse el ejército enemigo y ocupase los desfiladeros. Después de haber plegado los bagajes marcharon a través de campos cubiertos por una profunda capa de nieve y conducidos por numerosos guías. Aquel mismo día llegaron a la altura donde debía atacarles Tiríbazo y acamparon en ella. Desde allí recorrieron tres parasangas en dos etapas por un país desierto, hasta llegar al río Éufrates, el cual atravesaron mojándose hasta el ombligo. Se decía que las fuentes no estaban lejos. Desde allí recorrieron trece parasangas en tres etapas a través de una llanura cubierta de mucha nieve. Al tercer día la marcha se hizo difícil, pues soplaba de frente un viento norte que lo quemaba todo y helaba a los hombres. Uno de los adivinos indicó que se debía ofrecer una víctima al viento. Así lo hicieron, y a todos pareció manifiesto que cedió la fuerza del vendaval. La nieve tenía una profundidad de seis pies griegos, de suerte que perecieron muchas acémilas y esclavos y hasta unos treinta soldados. Pasaron la noche al calor de ho-gueras, pues había mucha leña en el sitio donde acamparon. Pero los que llegaron los últimos no encontraron ya leña. Los que habían llegado antes y encendido las ho-gueras no dejaban acercarse a los retrasados si éstos no les daban trigo o algún otro comestible. Así es que se cambiaban entre sí las cosas que tenían. Donde ardía el fuego se formaban al fundirse la nieve grandes agujeros que llegaban hasta el suelo, y en ellos podía medirse la profundidad de la nieve.

Desde allí marcharon durante todo el día siguiente a través de la nieve, y muchos de los hombres fueron atacados de bulimia. Jenofonte, que mandaba la retaguardia e iba recogiendo a los que caían, ignoraba qué enfermedad era aquélla. Pero como alguien que la conocía le dijese que indudablemente padecían bulimia y que se pondrían en pie si se les daba algo de comer, se fue por la impedimenta y tomando los comestibles que pudo encontrar los dio a los enfermos o envió a otros que podían correr para que se los diesen. En cuanto tomaban algo se ponían en pie y continuaban andando.

Siguieron la marcha. Quirísofo llegó al anochecer a una aldea y encontró mujeres y muchachas que llevaban agua de una fuente situada delante de las fortificaciones. Ellas les preguntaron quiénes eran. El intérprete les dijo en persa que el rey los había enviado al sátrapa. Y ellas respondieron que éste no se encontraba allí, sino que se hallaba distante a eso de una parasanga. Como ya era tarde, entraron con las aguadoras dentro de las fortificaciones y se presentaron al jefe de la aldea. De esta manera Quirísofo y todos los del ejército que pudieron acamparon allí. En cuanto a los demás soldados, los que no pudieron llegar pasaron la noche sin comer y sin fuego. Algunos de ellos perecieron.

Reunidos algunos enemigos iban siguiendo a los griegos y cogían las acémilas imposibilitadas de marchar, luchando entre sí por ellas. También se quedaban atrás los soldados que habían perdido la vista a causa de la nieve y aquellos a quienes el frío había helado los dedos de los pies. Para preservar los ojos de los efectos de la nieve bastaba con llevar algo negro delante de ellos, y para los pies, moverse, no quedándose nunca quieto, y por la noche descalzarse. A los que se acostaban calzados se les metían en los pies las correas y las sandalias se les quedaban congeladas; pues, como el primer calzado se les había gastado, llevaban otro groseramente hecho con pieles de bueyes recientemente desollados.

Por tales contratiempos quedáronse rezagados algunos soldados. Y viendo un espacio oscuro porque en él faltaba la nieve, pensaron que ésta se había fundido. Y así era, en efecto, a causa de una fuente que brotaba cerca en un valle exhalando vapores. Allí se dirigieron, pues decían que no querían seguir marchando. Al saberlo Jenofonte, que mandaba la retaguardia, les suplicó por todos los medios que no se quedasen atrás, diciéndoles que les seguían muchos enemigos reunidos y, por fin, acabó reprendiéndoles con dureza. Ellos pidieron que les degollaran, pues no podían continuar andando. En vista de esto, pareció que lo mejor sería procurar infundir miedo a los enemigos, a fin de que no atacasen a estos hombres. Ya era de noche y los enemigos avanzaban disputando ruidosamente sobre las cosas que habían cogido. Entonces los soldados de retaguardia, que estaban buenos, se levantaron y corrieron contra los enemigos, mientras los enfermos gritaban con todas sus fuerzas y golpeaban los escudos con sus lanzas. Los enemigos, atemorizados, se dejaron deslizar por la nieve hasta el valle y en adelante no se oyó voz ninguna.

Jenofonte y los suyos se volvieron después de prometer a los enfermos que al día siguiente vendrían algunos en su auxilio, y aún no habían recorrido cuatro estadios cuando se encontraron en el camino a los soldados descansando sobre la nieve, envueltos en sus capas, sin que se hubiese establecido guardia alguna. Les hicieron levantarse. Ellos dijeron que los que iban delante no avanzaban. Y Jenofonte pasó adelante y envió a los más vigorosos peltastas, encargándoles averiguaran cuál era el obstáculo. Ellos vinieron diciendo que todo el ejército estaba parado. En vista de esto, los mismos soldados de Jenofonte acamparon allí sin fuego y sin comer, poniendo centinelas como mejor pudieron. Al amanecer envió sus soldados más jóvenes a los enfermos, encargándoles que los levantasen y les obligasen a marchar.

Mientras tanto Quirísofo enviaba a algunos de los que se encontraban en la aldea para que viesen cómo se encontraban los que iban detrás. Éstos vieron con gusto a los mensajeros y les entregaron a los enfermos para que los llevasen al campamento, y ellos se pusieron en marcha. Antes de recorrer veinte estadios llegaron a la aldea donde acampaba Quirísofo, y, ya reunidos todos, se pensó que no había peligro en que las tropas se alojasen por las aldeas. Quirísofo continuó donde se hallaba; los demás se distribuyeron a la suerte las aldeas que se veían y marcharon a ellas, cada cual con sus respectivas fuerzas. Entonces el capitán Polícrates, de Atenas, pidió permiso para avanzar por su cuenta, y, cogiendo a los soldados más ligeros, echó a correr hacia la aldea que le había tocado a Jenofonte, dentro de la cual sorprendió a todos sus habitantes con el jefe de la aldea y diecisiete potros criados para entregarlos al rey como tributo. También cogieron a la hija del jefe, que hacía nueve días se había casado. Pero su marido, que había salido a cazar liebres, no fue cogido en la aldea.

Las habitaciones estaban bajo tierra; su abertura parecía la boca de un pozo; pero, por debajo, eran anchas. Para la entrada de las bestias tenían rampas excavadas en la tierra, pero los hombres bajaban por medio de escaleras. En estas habitaciones había cabras, ovejas, bueyes y aves con las crías de estos animales, y allí dentro alimentaban con forraje todos los ganados. También guardaban allí trigo, cebada, legumbres y cerveza en grandes jarras: al borde mismo de los labios de éstas sobrenadaban los granos de cebada, y había en ellas cañas sin nudos, unas más pequeñas y otras más grandes. Cuando alguno tenía sed se llevaba una de estas cañas a la boca y sorbía por ella. Esta bebida resultaba muy fuerte si no se mezclaba con agua, y era muy agradable cuando ya se estaba acostumbrado.

Jenofonte invitó a cenar con él al jefe de la aldea y le dijo que se tranquilizase, prometiéndole que no le privarían de sus hijos y que, al marcharse, le dejarían la casa llena de víveres, en compensación de los que hubieran ellos consumido, si prestaba al ejército el servicio de guiarle hasta llegar a otro pueblo. Así lo prometió él y, lleno de buena voluntad hacia los griegos, les mostró dónde había vino enterrado. Así descansaron esa noche todos los soldados en su alojamiento, con todo a su disposición en abundancia, cuidando de tener vigilado al jefe de la aldea y de no perder de vista a sus hijos.

Al día siguiente Jenofonte, tomando consigo al jefe de la aldea, marchó a ver a Quirísofo. Por dondequiera que pasaba cerca de una aldea iba a visitar a los que allí se encontraban, y en todas partes los hallaba llenos de alegría y celebrando grandes comilonas; en ninguna parte les dejaban seguir sin servirles antes de almorzar. Y no había sitio donde no les pusiesen en la misma mesa carne de cordero, de cabrito, de lechón, de ternera y de ave, con panes en abundancia, tanto de trigo como de cebada. Y cuando alguno, por amistad hacia otro, quería beber a su salud, lo llevaba a la jarra y allí tenía que bajar la cabeza y sorber como si fuese un buey. Al jefe de la aldea le invitaron a que tomara lo que quisiera. Él no quiso aceptar nada, pero cuando veía a uno de sus parientes se lo llevaba consigo. Cuando llegaron adonde estaba Quirísofo encontraron también a los griegos de aquella aldea en medio de un banquete y coronados con guirnaldas de heno seco. Les servían muchachos armenios vestidos a la manera de los bárbaros, y a los cuales indicaban por signos, como si fuesen sordos, lo que querían hacer.

Después de saludarse amistosamente, Quirísofo y Jenofonte preguntaron en común al jefe de la aldea, por medio del intérprete que hablaba el persa, qué tierra era aquélla. Él les respondió que Armenia. Le volvieron a preguntar para quién criaba los caballos, y él respondió que eran un tributo destinado al rey. También dijo que la región próxima estaba habitada por los cálibes y les indicó por dónde era el camino. Entonces Jenofonte se marchó con el jefe a casa de su familia y le dio un caballo que había cogido hacía tiempo, encargándole que, después de engordarle, lo sacrificase, pues había oído que aquel caballo estaba consagrado al Sol y temía se muriese; tan quebrantado estaba por la marcha. Para sustituirlo tomó uno de los potros, y a cada uno de los capitanes le dio también uno. Los caballos de aquella tierra eran más pequeños que los de Persia, pero mucho más fogosos. También les enseñó allí el jefe de la aldea a envolver los vasos de los caballos y acémilas en saquitos para conducirlos por la nieve: sin estos requisitos se hundían hasta el vientre.

VI
Al octavo día Jenofonte entregó a Quirísofo al jefe que había de guiarles, dejando en la aldea a todos los de su casa, a excepción de su hijo, que apenas había entrado en la pubertad. Este muchacho se lo dio para que lo guardase a Plístenes, de Anfípolis, a fin de que si el padre los guiaba bien se volviese, llevándoselo consigo. Llevaron a casa del jefe todo lo más que pudieron, y, levantando el campamento, se pusieron en marcha. El camino era a través de la nieve y les guiaba el jefe de la aldea, que iba suelto. Ya en la tercera etapa Quirísofo se encolerizó contra él porque no les llevaba a ninguna aldea. Él dijo que no las había por aquellos parajes, y Quirísofo le golpeó, pero no mandó que lo ataran. Y después de esto, aquella noche se escapó el jefe, dejando abandonado a su hijo. Éste fue el único motivo de disentimiento que durante toda la marcha hubo entre Quirísofo y Jenofonte: el atropello del guía y el descuido después de guardarle. Plístenes se enamoró del muchacho, se lo llevó a su país y encontró en él un servidor de confianza.

Después de esto hicieron siete etapas a razón de cinco parasangas por día, bordeando el río Fasis, que tiene de ancho un pletro. Desde allí recorrieron diez parasangas en dos etapas, y, sobre una altura por donde se pasaba al llano, les salieron al encuentro los cálibes, taocos y pasianos. Quirísofo, al ver a los enemigos sobre la altura suspendió la marcha, a una distancia como de treinta estadios, evitando acercarse al enemigo en orden de marcha, y ordenó a los demás jefes que avanzasen con sus compañías para que el ejército quedase formado en orden de batalla. Cuando ya hubo llegado la retaguardia, reunió a los generales y capitanes y les dijo: «Los enemigos, como veis, ocupan las cimas de la montaña; conviene, pues, deliberar acerca de la manera de combatir en las condiciones más favorables. Mi opinión es que se dé orden a los soldados de almorzar, y, mientras tanto, que examinemos nosotros si es hoy o mañana cuando hemos de pasar la montaña.» «A mí me parece —dijo Cleanor— que, no bien hayamos tomado el almuerzo, debemos armarnos y marchar violentamente contra esos hom-bres. Porque si dejamos pasar el día de hoy, los enemigos que ahora nos están viendo se pondrán mucho más atrevidos, y, como es natural, esta audacia hará que otros se les agreguen.»

Después de esto, dijo Jenofonte: «Yo pienso lo siguiente: si es forzoso combatir, debemos prepararnos de suerte que combatamos con la mayor energía: pero si lo que nos proponemos es pasar la montaña lo más fácilmente posible, me parece es necesario buscar el modo de hacerlo con el menor número de heridos y muertos. La montaña que tenemos a la vista se extiende más de sesenta estadios. Y el único sitio en donde vemos gente que nos vigile es por este camino. Más valdría, pues, que intentáramos ganar algún otro punto de la montaña, ya ocultamente, ya adelantándonos a nuestros enemigos, como podamos, en vez de atacar posiciones tan fuertes y combatir con hombres preparados. Mucho más fácil es subir una pendiente escarpada sin combate que marchar por camino llano mientras los enemigos atacan a derecha e izquierda. Mejor vemos de noche lo que se encuentra ante los pies cuando ningún enemigo nos amenaza, que de día cuando vamos combatiendo, y el camino áspero resulta a quienes lo recorren sin ser hostilizados más cómodo que el llano cuando se marcha bajo una lluvia de proyectiles. No me parece tampoco difícil ocultarse al enemigo, puesto que podemos marchar de noche, de suerte que no nos vean, y podemos, también, apartarnos a tal distancia que no nos descubran. Y creo que si ha-cemos un falso ataque por este lado encontraremos más limpio de enemigos el resto de la montaña, pues
1   ...   10   11   12   13   14   15   16   17   ...   25

similar:

Estudio preliminar de Francisco Montes de Oca iconEstudio preliminar (Fermín Chávez, Agosto de 1984)

Estudio preliminar de Francisco Montes de Oca iconEstudio preliminar
...

Estudio preliminar de Francisco Montes de Oca iconIntroducción estudio preliminar
«sintetizar», ni mucho menos censurar. Se elimina, en bloque, lo sustancial de un trabajo determinado, se acomodan ligeramente algunos...

Estudio preliminar de Francisco Montes de Oca iconWilliam alfonso montes medina

Estudio preliminar de Francisco Montes de Oca iconPor: Hernández Tovar Aline AsahÍ. Díaz Monte de Oca Sandra Iveth....

Estudio preliminar de Francisco Montes de Oca iconMinas. Montes. Propiedad intelectual. Contrato de edicion

Estudio preliminar de Francisco Montes de Oca iconEl Pleno del Tribunal Constitucional, compuesto por don Francisco...

Estudio preliminar de Francisco Montes de Oca iconCantones propietarios suplentes central 9 9 Esparza 5 5 Buenos Aires...

Estudio preliminar de Francisco Montes de Oca iconBorrador de estudio acústico 1objeto del estudio

Estudio preliminar de Francisco Montes de Oca iconConsejero ponente: susana montes de echeverri bogotá D. C., septiembre...






© 2015
contactos
ley.exam-10.com