Estudio preliminar de Francisco Montes de Oca






descargar 0.68 Mb.
títuloEstudio preliminar de Francisco Montes de Oca
página1/25
fecha de publicación15.03.2016
tamaño0.68 Mb.
tipoDocumentos
ley.exam-10.com > Historia > Documentos
  1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   25



Jenofonte

Anábasis

Estudio preliminar de Francisco Montes de Oca

Biblioteca Clásicos Grecolatinos

Anábasis
De Jenofonte

(Atenas, 430 a.C. – ¿Corinto?, 355 a.C.)
Idioma original: Griego
Estudio preliminar de Francisco Montes de Oca
Esta edición: Diciembre, 2006
Edición y diseño del libro: Patyta ☺

ESTUDIO PRELIMINAR
Hasta las guerras médicas, la influencia preponderante en Grecia perteneció, sin disputa, a los espartanos. Todavía en 479 a.C. es el lacedemonio Pausanias quien acaudilla al ejército griego. El papel definitivo de Atenas en Maratón y Salamina y, sobre todo, la constitución de la Liga marítima de Delos, que hizo del Egeo un «mar ateniense», desplazan la hegemonía: el poderío de Atenas, fundado principalmente en su flota, sobrepasa al de Esparta, que es ante todo terrestre.

Pero Esparta está muy lejos de resignarse a esta situación de inferioridad, al paso que Atenas va excogitando maneras de convertir a sus aliados en súbditos con el propósito de dominar la Grecia toda. En el descontento de una y en las ambiciones imperialistas de la otra hay que buscar la raíz profunda de las guerras intestinas, conocidas con el nombre de «guerras del Peloponeso», que asolaron y debilitaron la Hélade durante varios decenios.

En 454 el tesoro federal de la Confederación de Delos es trasladado de esa isla a la Acrópolis de Atenas. Tal medida les parece a los aliados un intolerable embargo de los tributos por ellos aportados. A partir de esa fecha se multiplican las revueltas y las defecciones en el Imperio ateniense y se torna la represión cada vez más violenta. Crece la rivalidad entre Atenas y Esparta o, en un sentido más amplio, entre los dorios y los jonios. Esparta había continuado afianzando su poderío terrestre con un ejército aguerrido y disciplinado y Atenas, por su parte, gozaba de un extraordinario auge material y se dejaba llevar por un incontenible afán de expansión marítima. Se veía venir la tempestad. Evitarla era imposible; cabía, a lo sumo, aplazarla con una política inteligente.

Una acción bélica espartana sobre el Istmo estimuló a los antiguos enemigos de Atenas. Beocia derrotó a una división naval ateniense en Coronea y Atenas hubo de retirarse de aquella región, que pasó de nuevo a depender de Tebas, la cual estableció un tratado con Esparta. En 446 cayeron Eubea y Mégara y un ejército espartano penetró en el Ática, pero volvió a retiraste antes de que se produjeran encuentros sangrientos, y se concertó una paz por treinta años. Esparta reconoció la Liga ática, mientras que, en compensación, Atenas renunció a la hegemonía terrestre, evacuando sus posiciones en el Peloponeso y en el Istmo.

Pero aquella paz no duró más que quince años. El imperialismo de Atenas, dirigido en esta segunda fase por Pericles, se desarrolla bajo formas pacíficas: es la época del proyecto de congreso panhelénico, de un ensayo de propaganda a la vez político y religioso por la invitación cursada a los griegos para aportar las primicias de sus cosechas a los dioses de Eleusis, y de la colonización de Turio, la nueva Síbaris, empresa en la que tomó parte el historiador Heródoto. Es asimismo la época en que Pericles, gracias a los inmensos recursos del tesoro federal, se embarcó en un programa de ingentes construcciones, como la del Partenón y la de otros edificios de la Acrópolis.

Mas las ciudades sometidas a Atenas se sienten lesionadas. Samos se subleva en 442 y, tras una enérgica resistencia, es duramente castigada. Otra vez parece inevitable la guerra con Esparta. Tucídides, el lúcido y perspicaz historiador, no se engaña: no son los asuntos de Corcira ni de Potidea, ni el decreto de Atenas contra Mégara las verdaderas causas de la guerra del Peloponeso. Es, de una parte, el imperialismo ateniense, conquistador y belicoso, y de otra la decisión de los espartanos y de sus aliados de poner fin a este dominio y de «liberar a Grecia».

Al principio los de Esparta se limitaron a invadir el Ática bajo el mando de su soberano Arquidamo, dedicándose a asolar las haciendas, los campos y los huertos y a talar los olivares. Los habitantes se refugiaron en Atenas con los bienes muebles que pudieron salvar. El adversario no se atrevió a atacar la capital, fortificada a conciencia.

A poco de iniciarse las hostilidades, se vio acometida Atenas por un enemigo, contra el cual nada podían ni las más altas murallas. Procedente de tierras orientales, se declaró la peste en su interior, con lo que los refugiados, apretujados entre las murallas largas y el Pireo, sufrieron lo indecible. Aquella desgracia general, la incertidumbre de la vida, las pérdidas terribles entre la población y las filas del ejército, despojaron de valor a la existencia y disolvieron los vínculos de las leyes y del Estado. Se buscaba el aturdimiento y el olvido en el goce desenfrenado del momento presente. La epidemia tardó más de un lustro en extinguirse y se llevó casi a la tercera parte de los atenienses, entre ellos al propio Pericles.

La guerra adquiere caracteres cada día más feroces y los hombres se vuelven cada vez más salvajes. La República ateniense pierde su más firme apoyo con Pericles y ambiciosos demagogos guían la nave del Estado por los peligrosos cauces del egoísmo y de proyectos descabellados. Las reservas del pasado permitieron a Atenas superar temporalmente los duros golpes que recibía. Potidea hubo de rendirse a los atenienses acosada por el hambre. Lo mismo le sucedió a Mitilene que, confiando en la ayuda de Esparta, se había sublevado.

Atenas contaba entonces con un hombre de gran prestigio, Nicias, noble personalidad de notable experiencia militar, aunque demasiado débil de carácter para intervenir con tino en la vida pública. Con su actitud indecisa no pudo imponerse a Cleonte, rudo y jactancioso. El mando se le escapaba de las manos, mientras Cleonte adquiría cada vez más predicamento en la política ateniense.

Los hoplitas espartanos hechos prisioneros en Pilos fueron remitidos a Atenas en calidad de rehenes y amenazados de muerte en el supuesto de que los lacedemonios reanudasen sus ataques al Ática. Con ello adquirió la guerra un nuevo giro y Atenas pasó a la ofensiva. Mas su vacilante política se había propuesto objetivos superiores a sus fuerzas. Una campaña contra Beocia terminó con la derrota de Delión y Atenas sufrió aún pérdidas mayores en Tracia con la ofensiva del general espartano Brasidas, tan animoso como capaz. Había allí una importante base comercial y militar de Atenas, la ciudad de Anfípolis. Brasidas convenció a los ciudadanos con hábiles manejos de que se alzaran contra la metrópoli. Cleonte que, pese a su falta de experiencia castrense, se había hecho elegir estratego y había asumido el mando supremo, cayó en la batalla, pero también Brasidas perdió la vida en ella.

Muertos aquellos dos personajes, los dos «pilares de la guerra», como los llama Aristófanes, quedó el camino expedito para las negociaciones, y en 421 se firmó la ansiada paz por la que tanto había trabajado Nicias, jefe del partido moderado ateniense. Tucídides la denomina, «paz ambigua» y, en realidad, no fue sino aparente; más una guerra fría que una paz verdadera.

A pesar de que las estipulaciones favorecían a Atenas, Esparta se esforzó por cumplir las condiciones del tratado. Pero los miembros de la Confederación peloponesa las rechazaron alegando que Esparta, al igual que Atenas, aspiraba a una posición hegemónica en la Hélade. En Atenas el partido de la guerra creó una alianza con Argos, Mantinea y Élide y se aprestó a lanzarse de nuevo contra Esparta. Aquello dio al traste con los esfuerzos pacifistas de Nicias. La situación política en la ciudad fue, desde entonces, contradictoria y fluctuante. Un ateniense, joven y genial, creyó llegado el momento de realizar sus ambiciosos proyectos: el fogoso Alcibíades lanzó desconsideradamente a sus compatriotas a la aventura de Sicilia, que resultó desastrosa. Las pérdidas sufridas por Atenas en aquella expedición sólo pueden compararse a las que causara la peste del 429.

Las hostilidades directas contra Esparta se reanudaron en 413. Por consejo de Alcibíades, desterrado y refugiado en Lacedemonia, ocuparon los espartanos la fortaleza de Decélea con objeto de dificultar el aprovisionamiento de Atenas y ejercer presión sobre ella. La situación de la capital se tornó desesperada y los confederados peloponenses confiaban en su inminente caída. Mas fue precisamente la gravedad de las circunstancias lo que infundió en los atenienses nuevos ánimos y lo que acrecentó su espíritu de resistencia. Sin embargo, la revolución del 411, la vuelta a escena de Alcibíades, traidor a su patria, pero considerado el hombre providencial en aquellas críticas circunstancias, la victoria naval de las Arginusas, no son sino episodios que encaminan a Atenas hacia el desastre irremediable de Egospótamos, donde fue aniquilada su flota por la astucia del espartano Lisandro, a quien sostenía el oro persa.

Atenas fue asediada y reducida por hambre en 404. Fueron demolidas sus murallas y se la privó de su flota y de su Imperio. Los griegos saludaron ese día como el final de una opresión. El hecho de que el resplandor de la ciudad no se extinguiera por completo en las tinieblas de la derrota, debióse a la actitud de su antigua enemiga y rival, que puso freno al odio destructor de sus más próximos enemigos.

Tras la derrota quedó sometida Atenas, empobrecida en hombres y en recursos, a la voluntad de su vencedor Lisandro. Es gobernada por una comisión de treinta miembros escogidos dentro del partido aristocrático, que había provocado la efímera revolución del 411 y que ahora, en colaboración con el ocupante, pretenden implantar un régimen de terror. Mas ni siquiera dura un año su gobierno. Regresan, con Trasíbulo al frente, los demócratas exilados en Beocia y se apoderan del Pireo. La guerra civil corre el riesgo de hacerse permanente, pero se interpone magnánimo el rey de Esparta, Pausanias, y las «gentes de la ciudad» y las «gentes del Pireo» concluyen una paz fundada en el principio de que a nadie se le reprochará en adelante su pasado. Así pudo evitarse una depuración que habría dado lugar a múltiples excesos. No obstante, acaso pueda considerarse el proceso de Sócrates como una secuela de estos acontecimientos; no se olvide que había sido maestro de numerosos aristócratas.

En 401 busca Ciro el Joven destronar a su hermano Artajerjes, rey de Persia, con el concurso de mercenarios griegos y de tropas espartanas. Fue derrotado y muerto en Mesopotamia. Los «diez mil» mercenarios griegos lograron atravesar Asia Menor y regresar a su patria; entre ellos figuraba el ateniense Jenofonte, cronista de la expedición, a quien tocó vivir, en sus años de niñez y juventud, los acontecimientos que acabamos de reseñar.

Jenofonte, nacido en el demo de Erquia, el mismo del que descendía Isócrates, pasó por las mismas desdichadas experiencias que éste y que Platón en la última década de la guerra del Peloponeso, que fue la época en que se hizo hombre. Nació hacia el 430, un decenio más tarde de lo que creyeron los biógrafos antiguos. Su padre Grilo, sin ser propiamente noble, pertenecía a la clase de propietarios acomodados, de esos caballeros que Aristófanes representa como enemigos naturales de los demagogos. Recibió una educación señorial y tuvo tiempo para entrenarse en múltiples actividades. Su pasión por la caza y por la equitación, que le duró toda la vida, así como sus opiniones conservadoras debían provenir de la infancia y del medio familiar.

Acaso no sea cierto que, como cuenta Diógenes, Sócrates lo encontró un día en la calle y lo invitó a seguirlo, pero sí lo es que se sintió atraído por aquella singular figura de examinador y de guía. No fue discípulo de Sócrates, en el sentido en que lo fueron tantos otros que consagraron su existencia a la filosofía, pero fue tan profunda la impresión que aquel hombre dejó en él, que a su vuelta del servicio militar en el ejército de Ciro elevó al querido maestro un monumento perdurable con algunas de sus obras. Sin embargo, Jenofonte no era un filósofo, por más que autores antiguos, como Diógenes Laercio, lo considerasen tal. No tenía madera de pensador, por lo que no fue Sócrates quien selló el destino de su vida, sino su nunca desmentida inclinación a la guerra y a las aventuras.

No es muy seguro que haya luchado por vez primera en la campaña de 409, ni que haya sido hecho prisionero y conducido a Tebas. Mas sí parece que combatió en calidad de caballero contra los demócratas de Trasíbulo. Triunfante la democracia fue amnistiado para mantenerse al margen de toda actividad política. Por lo demás, pese a su formación filosófica, siguió siendo un conservador obstinadamente fiel a la moral y a la religión de sus antepasados.

Su inquieto temperamento lo empujó al círculo del que era centro la figura romántica de Ciro, el príncipe rebelde de los persas, llevándolo a enrolarse bajo las banderas de su ejército de mercenarios griegos. Un amigo suyo, Próxeno de Beocia, buscaba voluntarios para la expedición de Ciro el Joven, que pretendía derrocar a su hermano Artajerjes II. A excepción del espartano Clearco, jefe de los mercenarios, nadie conocía el verdadero objetivo de la empresa; hablábase de una expedición contra los Pisidas. Antes de partir, Jenofonte pidió consejo a Sócrates. Éste le hizo notar que corría el riesgo de comprometerse a los ojos de sus conciudadanos, porque Ciro había ayudado con subsidios a Esparta contra Atenas. Como el joven pareciera decidido a tomar parte en la empresa, le recomendó que consultase al oráculo de Delfos. Jenofonte obedeció. Sino que en vez de interrogar a Apolo para saber si debía o no seguir a Clearco al Asia, suplicóle, como él mismo cuenta, que se dignara indicarle a qué dioses debía ofrecer sacrificios a fin de realizar en las mejores condiciones la expedición proyectada. Sócrates se lo reprochó, mas comprendiendo que se oponía en vano a la resolución del joven, ávido de viajes y de aventuras, le dejó partir.

En aquella expedición no era Jenofonte «ni general, ni oficial, ni soldado». Seguíala como curioso, con el propósito de narrar sus vicisitudes, a la manera de nuestros corresponsales de guerra. Luego, derrotado y muerto Ciro en Cunaxa y asesinados a traición todos los estrategas por el sátrapa Tisafernes, alentó con su palabra a los griegos vacilantes y temerosos, quienes acabaron por elegirle entre sus generales. Tal vez exagere complacido la importancia de su papel en tan duras circunstancias, pero lo cierto es que contribuyó a salvar el contingente griego en una retirada erizada de peligros, a través del altiplano de Armenia, hacia el mar Negro. Todo esto satisfizo con creces sus ansias de aventura y le inspiró la obra que sigue siendo más viva para nosotros.

La participación en esta empresa apoyada por Esparta no era del agrado de la política ateniense. De vuelta en Grecia, apenas iniciada en el verano del 400 la guerra entre Esparta y Persia, alistóse como jefe de los mercenarios en el ejército espartano. Con ello se mantenía fiel a sus ideas políticas y a sus profundas simpatías por un pueblo cuya aristocracia seguía siendo el ideal de todos los griegos del partido señorial. Por otra parte, al luchar contra Persia, obedecía a un criterio panhelénico, al que siempre guardará fidelidad.

La condena de Sócrates hubo de contribuir a su progresivo alejamiento de Atenas y a su hostilidad creciente hacia la democracia. Su ídolo en adelante sería Agesilao, que acaudilló en 399 la lucha contra Persia en Asia Menor. Tomó parte con él en la campaña contra Farnabazo, entablando relaciones amistosas con aquel soberano. Cuando Agesilao fue reclamado a Grecia para que combatiese a tebanos y atenienses, que se habían coligado contra Esparta, luchó en Coronea en las filas espartanas frente a sus compatriotas. Ningún motivo, ni siquiera los sentimientos filo-espartanos del ambiente en que se había criado, podía justificar el hecho de que tomase las armas contra su patria. Por esta acción, y por haber participado en la empresa de Ciro, como querían las fuentes antiguas, lo condenó Atenas al destierro y le confiscó sus bienes.

La cosa no tuvo graves consecuencias porque los espartanos le premiaron con la proxenia y algunos años más tarde, en compensación de los perjuicios que el servicio de Esparta le ocasionara, le regalaron una gran extensión de campo y bosque en Escilunte, en la región agraria de Élide, en el noroeste del Peloponeso, no lejos de Olimpia. Allí vivió más de veinte años con su mujer Filesia, que le dio dos hijos, Grilo y Diodoro, llevando la vida de un rico propietario aficionado a las letras, que inspeccionaba a caballo la explotación de sus tierras, cazaba y recibía a sus amigos.

En esta segunda patria disfrutó Jenofonte de algunos lustros tranquilos, consagrados a la vida rústica, al cuidado de la finca y a los ocios literarios. La afición a las variadas actividades del agricultor constituye, con el recuerdo de Sócrates y la inclinación a todo lo histórico y militar, una de las características de la personalidad de Jenofonte y también uno de los rasgos más acusados de su obra de escritor. La amarga experiencia política de su democracia natal le empujaba a establecer contacto con Esparta y a trabar un conocimiento más estrecho con los dirigentes y con la situación interna de este Estado que, por aquel entonces, ejercía un imperio casi ilimitado sobre Grecia. Fue esto lo que lo impulsó a su estudio del Estado de los lacedemonios y a su panegírico de Agesilao, a la par que extendía el horizonte de su interés político a toda la historia de su tiempo y recogía en otro libro sus impresiones acerca de los persas.

A aquel plácido retiro acudió a buscarlo Megabizo, sacerdote de Ártemis de Éfeso, para entregarle la parte del botín que después de la expedición de los Diez mil había sido destinada a la diosa y depositada en Éfeso. Con el dinero le erigió Jenofonte un altar y una capilla, que imitaba en pequeño al templo de Éfeso y encerraba una estatua de la diosa de madera de ciprés, semejante a la áurea de Éfeso.

El idilio de Escilunte terminó en el 370, cuando fue ocupada la localidad por los de Elea, enemigos de Esparta, después de la batalla de Leuctra, dónde el genio militar de Epaminondas puso fin a la hegemonía espartana. Jenofonte se refugió primero en Lepreo, en la Élide, y más tarde en Corinto, donde permaneció un largo período sobre el cual no estamos bien informados.

La creciente presión ejercida por Tebas provocó un acercamiento entre Atenas y Esparta. Se derogó la sentencia de destierro contra nuestro escritor, mas no sabemos hasta qué punto aprovechó la posibilidad de regresar a su patria. Había permanecido alejado de la misma durante las décadas del nuevo auge ateniense, bajo la segunda Liga marítima, y no le fue permitido volver de nuevo a ella hasta la época de la decadencia de esa Liga, la última gran creación política de Atenas. Él, por su parte, procuró contribuir con algunos pequeños escritos de carácter práctico a la tarea de reconstrucción del ejército y de la economía.

Parece que Jenofonte no regresó por entonces a Atenas. Alistó a sus dos hijos en el ejército ateniense en calidad de caballeros. Ambos pelearon en Mantinea junto a los espartanos contra Tebas, y uno de ellos, Grilo, pereció combatiendo valerosamente. Su muerte fue celebrada en una serie de encomios y de epitafios que prueban que, en aquel tiempo, era muy respetado el nombre de su padre.

En las
  1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   25

Añadir el documento a tu blog o sitio web

similar:

Estudio preliminar de Francisco Montes de Oca iconEstudio preliminar (Fermín Chávez, Agosto de 1984)

Estudio preliminar de Francisco Montes de Oca iconEstudio preliminar
...

Estudio preliminar de Francisco Montes de Oca iconIntroducción estudio preliminar
«sintetizar», ni mucho menos censurar. Se elimina, en bloque, lo sustancial de un trabajo determinado, se acomodan ligeramente algunos...

Estudio preliminar de Francisco Montes de Oca iconWilliam alfonso montes medina

Estudio preliminar de Francisco Montes de Oca iconPor: Hernández Tovar Aline AsahÍ. Díaz Monte de Oca Sandra Iveth....

Estudio preliminar de Francisco Montes de Oca iconMinas. Montes. Propiedad intelectual. Contrato de edicion

Estudio preliminar de Francisco Montes de Oca iconEl Pleno del Tribunal Constitucional, compuesto por don Francisco...

Estudio preliminar de Francisco Montes de Oca iconCantones propietarios suplentes central 9 9 Esparza 5 5 Buenos Aires...

Estudio preliminar de Francisco Montes de Oca iconBorrador de estudio acústico 1objeto del estudio

Estudio preliminar de Francisco Montes de Oca iconConsejero ponente: susana montes de echeverri bogotá D. C., septiembre...






© 2015
contactos
ley.exam-10.com