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Hans Küng La Iglesia Católica

La iglesia católica

Hans küng

Ed. Mondadori

Barcelona (2002)

Índice


Índice 2

Introducción: La iglesia católica en conflicto 4

1.- Los inicios de la iglesia 11

¿Fundada por Jesús? 11

El significado de «iglesia» 12

¿Era Jesús católico? 13

La primera iglesia 14

Pedro 15

Una hermandad de judíos 17

La ruptura entre judías y cristianos 18

2.- La iglesia católica primitiva 20

Pablo 20

Las iglesias paulinas 21

El nacimiento de la jerarquía católica 23

Una minoría perseguida resiste 24

3.- La iglesia católica imperial 31

Una religión universal para el imperio universal 31

La iglesia del estado 32

El obispo de Roma reclama su supremacía 34

El padre de la teología occidental 37

La Trinidad reinterpretada 41

La ciudad de Dios 42

4.- La iglesia pontificia 44

El primer papa auténtico 44

Los papas errantes, patrañas papales y juicios papales 46

El cristianismo se hace germánico 47

La piedad medieval 49

El islam 51

Un estado para el papa 52

La ecuación occidental: cristiano = católico = romano 53

La moral católica 54

La base legal para la futura romanización 55

5.- La iglesia se divide 58

Una revolución desde arriba 58

Una iglesia católica romanizada 62

Los herejes y la Inquisición 69

La gran síntesis teológica 73

La vida cotidiana de los cristianos 75

6.- La Reforma: ¿Reforma o Contrarreforma? 79

El fin de la dominación papal 79

Una reforma frustrada 81

Renacimiento, pero no para la iglesia 84

La Reforma 86

¿Era católico el programa de la Reforma? 87

La responsabilidad de la ruptura 89

La Contrarreforma católica romana 95

7.- La iglesia católica contra la modernidad 99

Una nueva era 99

La revolución científica y filosófica: «la razón» 101

La Iglesia y el giro copernicano 102

La revolución cultural y teológica «el progreso» 103

Las consecuencias de la Ilustración para la iglesia 104

La revolución política: «la nación» 106

La iglesia Y la revolución 107

La revolución tecnológica e industrial: «la industria» 109

Una condena radical de la modernidad — El concilio de la Contrailustractón 111

8.- La iglesia católica, presente y futuro 118

El silencio sobre el holocausto 121

El papa más significativo del siglo xx 125

Restauración en lugar de renovación 129

Traición al concilio 131

Nuevas iniciativas de las bases populares 136

¿Un Vaticano III con Juan XXIV? 138

Conclusión: ¿Qué iglesia tiene futuro? 140

Cronología 143



Introducción: La iglesia católica en conflicto


Como autor de esta breve historia de la iglesia católica deseo declarar abiertamente, ya en el principio, que a pesar de todas mis experiencias sobre cuan inflexible puede resultar el sistema romano, la iglesia católica, esa hermandad de creyentes, ha seguido siendo mi hogar espiritual hasta el presente.

Esto tiene sus consecuencias en este libro. Como es natural, la historia de la iglesia católica también podría relatarse de otro modo. Los expertos en religión o los historiadores no involucrados personalmente en tal historia podrían ofrecer una descripción «neutral». O podría describirse por parte de un filósofo o un teólogo «hermenéutico» preocupado por el «conocimiento», para el que comprenderlo todo es también perdonarlo todo. Sin embargo, he escrito esta historia como persona involucrada en ella. Puedo «comprender» fenómenos tales como la represión intelectual y la Inquisición, la quema de brujas, la persecución de los judíos y la discriminación de la mujer desde un contexto histórico, pero eso no quiere decir que pueda por ello «perdonarlos» en modo alguno. Escribo como alguien que se pone del lado de las víctimas, o de las prácticas religiosas que ya en su tiempo fueron reconocidas y censuradas como no cristianas.

Para concretar mi posición personal: escribo como alguien nacido en una familia católica en la católica ciudad suiza de Sursee y que fue a la escuela de la católica ciudad suiza de Lucerna. Después viví siete años consecutivos en Roma, en la élite papal del Collegium Germanicum et Hungaricum, y estudié filosofía y teología en la Universidad Gregoriana Pontificia. Cuando fui ordenado sacerdote celebré la eucaristía por primera vez en San Pedro y di mi primer sermón a una congregación de Guardas Suizos.

Tras doctorarme en teología en el Institut Catholique de París, trabajé dos años como pastor en Lucerna. En 1960, a la edad de treinta y dos años, trabajé como profesor de Teología Católica en la Universidad de Tubinga.

Tomé parte en el concilio Vaticano II entre 1962 y 1965 como experto nombrado por Juan XXIII, di clases en Tubinga durante dos décadas, y fundé el Instituto de Estudios Ecuménicos, del cual fuí director.

En 1979 experimenté personalmente la Inquisición bajo otro papa. La iglesia me retiró el permiso para la enseñanza, pero aun así mantuve mi cátedra y mi Instituto (que quedó segregado de la Facultad Católica).

Durante dos décadas más permanecí inquebrantablemente fiel a mi iglesia con lealtad crítica, y hasta el presente he seguido siendo profesor de Teología Ecuménica y un sacerdote católico «de buena reputación».

Defiendo el papado para la iglesia católica, pero al mismo tiempo reclamo infatigablemente una reforma radical de acuerdo con los criterios del Evangelio.

Con un historial y un pasado católico como este, ¿acaso no puedo ser capaz de escribir una historia de la iglesia católica que sea al mismo tiempo devota y objetiva? Tal vez resulte aún más emocionante escuchar la historia de esta iglesia de parte de uno de sus miembros, que hasta ese punto se ha visto involucrado en ella. Obviamente, me preocupa tanto ser objetivo como a cualquier «neutral» (si tal cosa es posible en asuntos de religión). Sin embargo, estoy convencido de que la devoción personal y la objetividad más realista pueden combinarse en una historia de la iglesia como en la historia de una nación.

Me aventuro a ofrecer esta breve historia de la iglesia, pues, como alguien de larga experiencia en asuntos eclesiales y que ha sido puesto a prueba muchas veces por los mismos. Desde luego, no podrá reemplazar a los trabajos en varios volúmenes —los editados por A. Fliche y V. Martin; por H. Jedin; por L. J. Rogier, R. Aubert y M. D. Knowles; o por M. MoUart du Jourdin— de los cuales he hecho uso, ni tampoco es esa mi intención. Pero dado que he estudiado esta historia toda mi vida y he vivido parte de la misma, mi libro es bastante singular.

Y he abordado la historia de la iglesia católica en libros anteriores (traducidos todos ellos al inglés), The Council and Reunión (1960; trad. ingl., 1961), Stmctures of the Church (1962; trad. ingl., 1965), y The Church (1967; trad. ingl., 1971); y continué haciéndolo más tarde en On Being a Christian (1974; trad. ingl., 1977), Does God Exist? An Answerfor Today (1978; trad. ingl., 1980), Theology for the Third Millennium: An Ecumenical Vieiv (1984; trad. ingl., 1988), Judaism (1991; trad. ingl., 1992) y Great Christian Thinkers (1993; trad. ingl., 1994). Ofrecí una síntesis analítica de toda la historia del cristianismo en mi libro Christianity: Its Essence and History (1994; trad. ingl., 1995). En este libro describí los diversos paradigmas que crearon época, no solo el paradigma católico romano, sino también el paradigma judeocristiano, el paradigma helenístico-bizantino-eslavo, el paradigma de la reforma protestante y el paradigma de la Ilustración y la modernidad. En él el lector encontrará gran profusión de referencias bibliográficas sobre la historia de la iglesia católica romana y, claro está, también numerosas ideas y perspectivas que enfocaré en este breve libro de un nuevo modo. Lo haré con brevedad, y me centraré en las líneas, estructuras y figuras principales sin hacer uso del lastre más erudito (no hay notas ni referencias bibliográficas).

Mientras escribo soy plenamente consciente de que los puntos de vista sobre la iglesia católica y su historia divergen ampliamente, tanto dentro como fuera de ella. Probablemente más que ninguna otra, la iglesia católica es una iglesia controvertida, sujeta a los extremos de la admiración y el desprecio.

No cabe duda de que la historia de la iglesia católica es una historia de éxitos: la iglesia católica es la más antigua, numéricamente la más fuerte y seguramente también la representante más poderosa del cristianismo. Existe gran admiración por la vitalidad de esta iglesia doblemente milenaria; por su organización, que ya era global antes de que se hablara de «globalización», y por su efectividad a nivel local; por su estricta jerarquía y por la solidez de sus dogmas; por su culto, rico en tradición y luminoso en su esplendor; por sus indiscutibles logros culturales en la construcción y la formación de occidente. Los historiadores y filósofos de la iglesia más optimistas e idealistas creen que pueden advertir un crecimiento orgánico en su historia, su doctrina, su constitución, sus leyes, su liturgia y su piedad. Defienden que la iglesia católica es como un viejo árbol gigantesco, que mientras sigue dando frutos podridos y albergando ramas muertas todavía puede entenderse como en proceso de permanente desarrollo, desplegándose para acercarse a la perfección. Aquí la historia de la iglesia católica se define como un proceso orgánico de maduración y propagación.

Pero incluso los católicos tradicionales se preguntan: suponiendo que tal crecimiento orgánico exista, ¿acaso no hay también en la historia de la iglesia católica numerosos desarrollos no orgánicos, anómalos y completamente absurdos o falsos, de los cuales son responsables los representantes oficiales de la iglesia? A pesar de las grandilocuentes referencias al progreso, ¿no hay también períodos terroríficos, de los cuales son los papas totalmente culpables?

Durante la época del concilio Vaticano II (1962-1965) la iglesia católica disfrutaba de una presencia pública generalmente amplia. En los albores del tercer milenio después de Cristo, sin embargo, sufre más que nunca ataques en determinados sectores. Es cierto que Roma ha pedido recientemente «perdón» por los monstruosos errores y las atrocidades del pasado; pero al mismo tiempo la administración de la iglesia de hoy en día sigue produciendo aún más víctimas. Raramente se encuentra otra de las grandes instituciones de nuestra era democrática que trate de modo tan desdeñoso a los críticos y a quienes defienden otros puntos de vista dentro de sus filas, o que discrimine tanto a las mujeres: prohibiendo los anticonceptivos, el matrimonio de los sacerdotes o la ordenación de las mujeres. Ninguna polariza la sociedad y la política mundiales con tan alto grado de rigidez en sus posiciones sobre los temas del aborto, la homosexualidad y la eutanasia; posiciones siempre investidas de un aura de infalibilidad, como si se tratara de la propia voluntad de Dios.

En vista de la aparente incapacidad por parte de la iglesia católica para corregirse y reformarse, ¿resulta comprensible que en los inicios del tercer milenio cristiano la indiferencia más o menos benevolente que se ha dedicado a la iglesia en los últimos cincuenta años se haya tornado en aversión y una hostilidad ciertamente generalizada? Los historiadores de la iglesia más críticos y antagonistas son de la opinión de que en los dos mil años de historia de la iglesia no puede detectarse ningún proceso orgánico de maduración, sino más bien algo más parecido a una «historia criminal». Un autor, católico en tiempos, Karlheinz Deschner, ha dedicado su vida, y por ahora seis volúmenes, a esa historia. En ella describe todas las formas posibles de «delincuencia» en la política exterior de la iglesia y en sus políticas relacionadas con el comercio, las finanzas y la educación; la propagación de la ignorancia y la superstición; la explotación sin miramientos de la moralidad sexual, las leyes matrimoniales y la justicia penal... Y así sucesivamente durante cientos de páginas.

Así pues, mientras los teólogos católicos están muy ocupados escribiendo la historia de la iglesia en tono triunfalista, los «criminalistas» anticatólicos, ávidos de escándalos, la están explotando para derribar a la iglesia católica por todos los medios posibles. Pero si al mismo tiempo se resumieran y se compendiaran todos los errores, los giros erróneos y los crímenes que pueden descubrirse en todas partes, ¿no sería también posible escribir una historia «criminal» de Alemania, Francia, Inglaterra o Estados Unidos, por no mencionar los monstruosos crímenes de los ateos modernos en nombre de las diosas de la razón o la nación, la raza o el partido? Y esa fijación en el ámbito más negativo, ¿hace justicia a la historia de Alemania, Francia, Inglaterra, América... o la iglesia católica? Presumiblemente yo no soy el único que considera que, con el paso del tiempo, esa historia criminal del cristianismo en varios volúmenes resultaría insípida, farragosa y aburrida. Aquellos que deliberadamente chapotean en todos los charcos no deberían quejarse tanto del estado de la carretera.

Ni una historia idealizada y romántica de la iglesia ni una historia preñada de odio y denuncia pueden tomarse en serio. Hace falta algo mis.

Al igual que la historia de otras instituciones, la historia de la iglesia católica también es una historia plena de vicisitudes. La iglesia católica es una organización vasta y eficiente que emplea un aparato de poder y de finanzas que actúa de acuerdo con criterios mundanos. Detrás de las estadísticas más impresionantes, las grandes ocasiones y las solemnes liturgias de las misas católicas, hay con demasiada frecuencia un cristianismo superficial y tradicional de escasa sustancia. En la disciplinada jerarquía católica a menudo resulta desalentadoramente evidente que se trata de un cuerpo funcionarial con la atención puesta en Roma, servil ante sus superiores y arrogante con sus inferiores. El cerrado sistema dogmático de enseñanza incluye una teología escolástica autoritaria y ya por largo tiempo superada. Y la contribución ampliamente elogiada de la iglesia católica a la cultura occidental está ineludiblemente unida a una naturaleza mundana y a una desviación de las tareas espirituales que le son propias.

Sin embargo, y a pesar de todo ello, tales categorías no hacen plenamente justicia a la existencia de la iglesia tal como se vive, a su espíritu. La iglesia católica se ha mantenido como poder espiritual, incluso un gran poder, en todo el mundo, un poder que ni el nazismo, el estalinismo o el maoísmo han logrado destruir. Más aún, y muy lejos de su gran organización, en todos los frentes de este mundo tiene a su disposición una base incomparablemente extensa de comunidades, hospitales, escuelas e instituciones sociales en las que se lleva a cabo un bien infinito, a pesar de sus debilidades. En ellas muchos pastores se entregan al servicio de sus semejantes, e innumerables mujeres y hombres dedican su vida a los jóvenes y los ancianos, los pobres, los enfermos, los desfavorecidos y los marginados. Nos hallamos ante una comunidad mundialmente extendida de creyentes y personas entregadas.

Si debemos diferenciar el bien del mal en la ambigua historia de la iglesia y las ambiguas circunstancias presentes necesitaremos un criterio fundamental para juzgarla. En la tarea de relatar la historia de la iglesia, independientemente de la erudita «neutralidad» sobre sus valores que se pretenda reclamar, el tiempo y, de nuevo, los hechos, los acontecimientos, las personas y las instituciones deberán tácitamente ser sujetos a evaluación. Esta historia no es diferente.

Estoy convencido de que cualquier teología y cualquier concilio —por mucho que pueda comprenderse en el contexto de su época y de las épocas precedentes- debe, desde el momento en que se define como cristiana, ser juzgada en último término según el criterio de qué es cristiano. Y el criterio de qué es cristiano —también según el punto de vista de los concilios y los papas- coincide con el mensaje cristiano original, el Evangelio, que ciertamente constituye la figura original del cristianismo: el Jesús de Nazaret concreto e histórico, que para los cristianos es el Mesías, ese Jesucristo al que toda iglesia cristiana debe su existencia. Y, desde luego, este punto de vista tiene consecuencias en toda consideración de la historia de la iglesia católica. En todo caso las tiene para mí.

Una marca distintiva de mi historia será la manera en que tácitamente, y ciertamente de modo muy explícito en determinadas coyunturas y sin compromiso ni armonización, se ocupará del mensaje cristiano original, el Evangelio, e incluso de la persona de Jesucristo. Sin esa referencia, la iglesia católica no tendría identidad ni relevancia. Todas las instituciones católicas, sus dogmas, sus normativas legales y sus ceremonias están sujetas al criterio de si, en este sentido, son «cristianas» o al menos no «anticristianas»: si se ciñen al Evangelio. Así queda patente en este libro, escrito por un teólogo católico y que versa sobre la iglesia católica, que trata de ser evangélico, es decir, sujeto a la norma del Evangelio. Así pues, pretende ser al mismo tiempo «católico» y «evangélico», y ciertamente ecuménico en el sentido más profundo del término.

En nuestra era de la información los medios de comunicación nos someten a un flujo siempre creciente de información sobre la historia del cristianismo y sobre el cristianismo actual, e Internet nos ofrece no solo información muy valiosa, sino también montañas de material inútil. Así pues, es preciso realizar una selección acertada para distinguir lo importante de lo accesorio. Aunque esta breve historia de la iglesia católica pretende exponer hechos, su principal objetivo es proporcionar orientación sobre tres puntos:

En primer lugar, información básica sobre el desarrollo enormemente dramático y complejo de la historia de la iglesia católica: no sobre sus incontables corrientes y las personalidades más destacadas de diferentes épocas o territorios, sino sobre las líneas principales de su desarrollo, las estructuras dominantes y las figuras más influyentes.

En segundo lugar, un inventario histórico-crítico de veinte siglos de iglesia católica. Desde luego, no se hallarán aquí mezquinas condenas ni sofismas; por el contrario, en el transcurso de la narrativa cronológica se hallará repetidas veces un análisis objetivo y una crítica para indicar cómo y por qué se ha convertido la iglesia católica en lo que es hoy en día.

En tercer lugar, un desafío concreto para la introducción de reformas en la dirección de lo que la iglesia católica es y en lo que podría ser. Ciertamente, no se hallarán extrapolaciones ni pronósticos de futuro, que nadie puede efectuar, sino perspectivas realistas para alentar las esperanzas de una iglesia que, estoy convencido, todavía tiene futuro en el tercer milenio... siempre y cuando se renueve a sí misma adecuándose al mismo tiempo al Evangelio y a su época.

Así pues, llegado el final de esta introducción, debe hacerse una advertencia a los lectores (especialmente a los lectores católicos) que no estén muy familiarizados con la historia. Aquellos que no se hayan enfrentado seriamente a los hechos históricos quedarán a veces sorprendidos de cuan humano resulta el curso de los acontecimientos; en efecto, muchas de las instituciones y constituciones de la iglesia —y especialmente el papado, la institución central de la iglesia católica romana— son obra del hombre. Sin embargo, este hecho en sí mismo significa que tales instituciones y constituciones —incluido el papado— pueden cambiarse y reformarse. Mi crítica «destructiva» se ofrece al servicio de la «construcción», de la reforma y la renovación, para que la iglesia católica siga siendo capaz de vivir un tercer milenio.

Pues a pesar de todas mis críticas radicales a la iglesia, probablemente ya ha quedado claro que me impulsa una fe inquebrantable. Y no es una fe en la iglesia como institución, pues resulta evidente que la iglesia yerra continuamente, sino una fe en Jesucristo, en su persona y en su causa, que sigue siendo el motivo principal de la tradición eclesial, su liturgia y su teología. A pesar de la decadencia de la iglesia, Jesucristo nunca se ha perdido. El nombre de Jesucristo es como un «hilo dorado» en el gran tapiz de la historia de la iglesia. Aunque a menudo el tapiz aparece deshüachado y mugriento, ese hilo vuelve siempre a penetrar en la tela.

Solo el espíritu de este Jesucristo puede dotar a la iglesia católica y al cristianismo en general de una nueva credibilidad y permitirle ser comprendido. Pero, precisamente cuando se hace referencia a los orígenes del cristianismo, a su momento inicial, surge una pregunta fundamental que no puede pasarse por alto en una historia de la iglesia. ¿Fundó realmente Jesús de Nazaret una iglesia?

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