Resumen Este ensayo/análisis teórico político pretende dar cuenta de cómo la Prisión Política y la Tortura buscaron desarticular la operación de sentido ideológica






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De la histeria a la historia.

Análisis teórico-político sobre Prisión Política, Tortura, Transición y Democraciaa
Gustavo Eliécer Bustos Gajardo

A mi padre. Osvaldo Eliécer Bustos Saavedra, ex Preso Político, hombre de fuertes convicciones e ideales materializados en la lucha armada contra la tiranía y la opresión del pueblo del cual es hijo. A él por ser un Sujeto Político, por haberme mostrado un camino recto, digno, valeroso, porque me enseño a no temerle a nadie así como a respetar y defender la vida de hombres que son siempre representantes de sus relaciones sociales.
Gustavo Eliécer Bustos Gajardo

Resumen
Este ensayo/análisis teórico político pretende dar cuenta de cómo la Prisión Política y la Tortura buscaron desarticular la operación de sentido ideológica de los militantes de izquierda para establecer una realidad sostenida bajo la lógica del capital en su fase neoliberal. En este contexto, este trabajo se establece como una interpelación política y ética, donde la historia y la histeria se presentan unidas a través de actos de violencia que afectan la subjetividad a partir de la represión como acto de repetición, es decir, que en los sujetos políticos quede descentrada la subjetividad de la relación economía – política estableciéndose así, el status quo o la neutralización de los antagonismos en tanto sostén de la lucha de clase.
Palabras claves: Tortura, ideología, historia, histeria, política, ética, represión como acto de repetición, Subjetividad, Sujeto político, lucha de clases.

Introducción



La fuerza-fuego y la razón- sangre.
“Aquí se torturó”. Mantener silencio imposible. Escribir tan solo un análisis teórico sobre Prisión Política, Tortura, Transición y Democracia sería un atentado a la ética militante, al “como sí” de la realidad social desde el lugar histórico que nos corresponde como sujetos políticos. Este ensayo/análisis, entonces, se establece en forma de análisis teórico, crítico y político, por cierto, también ideológico.

Desde su constitución como Estado-Nación Chile ha sido un país histerizado, un país con historia. Su historia no ha sido la de una línea recta, pero tampoco la de una circularidad que va de un punto inicial a un punto muerto, aunque, lamentablemente se inscriban en ella más de una lista de muertos: desde los pueblos originarios hasta los sujetos políticamente organizados en torno a los ideales-materiales revolucionarios marxistas. Chile un país de histeria. Histeria que es resistencia a la interpelación o identificación simbólica predominante, interpelación fallada en la que se niega el universo simbólico impuesto, sin embargo, la identificación de los sujetos no es otra cosa que la inversión de la forma dominante de identificación. ¿Un país con histeria de historia o una histeria historizable?

Sin duda, una historia constituida a sangre y fuego, “Por la Razón o la Fuerza” dice el emblema patrio, siendo la fuerza el fuego de las metrallas y la razón la sangre atrozmente derramada. Entre Thanatos y Eros, Muerte y Vida, existen sobrevivientes de esa historia… hay quienes estuvieron en el límites, son quienes vivieron la tortura y la represión por partida doble. “Aquí se torturó”, en otras palabras, en Chile se reprimió, pero, esta acción no se consolido en un solo golpe sino tuvo que repetirse para ser efectiva. Primero, fue golpes de puños y pies, electricidad en las zonas erógenas, simulación de fusilamientos, asfixias-sumersiones, violaciones, manipulación de los miedos, es decir, un plan de aniquilamiento de la voluntad, atentado a la dignidad, búsqueda de anular y mutilar lo humano que había en los prisioneros, convertirlos en humanoides. Segundo, repetición, revuelta, antitesis, la represión se inscribe en el cuerpo como marca ha ser llevada por hombre derrotados moralmente, sin embargo, al ser el cuerpo psiquis, se instala en esta última con el fin de vaciar en ella un contenido ominoso para el sujeto, de ello no hay escape posible, el síntoma se extenderá por el tejido social.

Ante la “perdida de realidad”, expresión –si es aceptable- de lo real-traumático, el efecto en el sujeto es la imposibilidad de simbolizar el trauma que lo barra como sujeto con un determinado significante. Así, la historia como una cadena significante que estructura el contexto socio-político no puede deshacerse de la contingencia ocurrida, es decir, no puede deshacerse del pasado, porque este recobra vida retroactivamente, se encarna como fantasma de la sociedad. En ese sentido, la represión política no es una simple y llana irrupción en la realidad, sino es desde antes-ya parte de la constitución de lo cotidiano, en otras palabras, el contexto desplaza y condensa las marcas mnémicas para significar las relaciones sociales y los discursos del presente. De ahí que quienes vivieron la tortura, la represión ontogénica o filogenética, quienes fueron atravesados por la lanza que ya había atravesado a Caupolican, nos recuerdan que el cuerpo de Chile, su tejido social, se instaura a partir de la derrota de sujetos, para nosotros, Sujetos Políticos.

La represión, sea desde una concepción psicoanalítica o desde un acto político, será trabajada aquí a partir del “entendimiento” de que partimos de la figura de Sujeto Político, a saber, más allá de ser hombres y mujeres, jóvenes o viejos, militantes o simpatizantes de una causa ideal, son sujetos y no in-di-vi-duos, son sujetos y no conciencias, en definitiva, son sujetos porque forman parte de una alteridad simbólica, una relación inevitable con el otro, con una exterioridad cuyo deseo y mirada los constituye como sujetos. Son sujetos políticos porque son un proyecto del Otro, son efectos del lenguaje y por ende alienados en el, son puro inconsciente atravesado por lo Real, lo Simbólico y lo Imaginario. Más aún, son sujetos políticos porque nos hablan del antagonismo político ideológico de una sociedad y no de agonismo democrático, nos traen a la memoria (cuando somos capaces de recordar) que siempre hay ideas que materializar y dignidades por las que luchar.

Ahora, si la represión da cuenta de sí como acto de repetición, este acto va tras la fragmentación del sujeto como posibilidad de la atomización del tejido social, y desde ese lugar inscribe una subjetividad con ausencia de contenido político, o, deja bajo sujeción un pensamiento al que se le niega el estatuto de ser y hacer política. Así, la represión se convierte en la herramienta política fundante de una subjetividad en la que se descentra al sujeto de la política.

En síntesis, este análisis/ensayo es situarse desde un lugar que se asume contra la supresión de los antagonismos, el terrorismo de Estado y el status quo que nos impone la democracia agonista que sostiene la economía capitalista neoliberal.


Aproximación histórica e ideológica a la derrota de la izquierda.
Entre histeria/historia hay más que un juego de palabras trivial; la histeria es el modo en que el sujeto resiste a la forma de interpelación o identificación simbólica prevaleciente, históricamente especificada.”

Slavoj Žižek: Porque no saben lo que hacen.
Tanto la historia como la ideología deben pensarse en cada análisis, en cada lectura y en cada ojeada a lo pasado. Generalmente, se piensa que tanto la historia como la ideología constituyen discursos constantes, los cuales se arman desde un significante amo que articula la cadena que da cuenta de un determinado sentido. Ambas experiencias discursivas son significadas como hechos naturales y dados, sin embargo, no son otra cosa que una articulación contextualizada, construida a partir de sesgos enunciados por sujetos políticos. Es así que la historia de Chile ha sido contada por diversas voces, las cuales representan distintas miradas sobre la realidad, por tanto, solo pueden presentarse ante el sujeto en perspectiva, es decir, sólo puede analizarse retroactivamente.

Por una parte, la historia fracasa en el momento justo en que pretende cerrarse sobre sí misma, mientras la ideología como: “relaciones vividas, que existen sustancialmente en el nivel inconsciente y suponen una inevitable estructura de falso conocimientob, hacen caer al sujeto de la ideología en la ignorancia de sus verdaderas condiciones de existencia. La idea anterior de ideología es básicamente la interpretación althusseriana de la obra de Freud. Así, la <> es desde Freud la expresión de la <
>, en la cual, la falsa conciencia es menos un cuerpo de creencia que un deseo que penetra los trayectos políticos del sujeto, es decir, la ideología es el lugar de la alienación. La ideología está inscrita en lo profundo de la estructura del sujeto, forma parte del inconsciente. El discurso ideológico de la historia es, entonces, la búsqueda de reconciliación entre el ser humano y sus renuncias instintivas. Renuncia impuesta por la civilización que nos presenta la idea de mito como imagen ideal para dar solución a las contradicciones reales, de ahí que, cuando el mito fracasa la rebelión se hace evidente contra la civilización. La posibilidad de rebelión se presenta, en este marco, como la movilización del descontento político, conduciendo al sujeto y su porvenir a una triste verdad expresada por Freud de la siguiente manera: “el hecho de que sólo mediante cierta coerción puedan ser mantenidas las instituciones culturales es imputable a (…) la ineficacia de los argumentos contra las pasionesc. Al tener que renunciar a la gratificación nos sometemos al mandato superestructural de la civilización capitalista, nos vemos obligados por las instituciones hegemónicas a ejercer la reproducción material impuesta, sin embargo, cuando la movilización del descontento político no llega a ser sublimada se expresa la histeria como tensión del lazo social, expresándose en el instante en que la satisfacción del deseo fracasa, aún más, es la forma en que el sujeto opera para no saberse castrado, esa es su razón de ser. Desde esta lógica de los acontecimientos, la histeria y la historia son intentos temporales en el que los efectos se resisten a su propia causa, se resisten a la interpelación ideológica. La realidad, campo dentro del cual la histeria constituye la historia, se presenta en imágenes como el motor que conduce al sujeto hacia el abismo de una imposibilidad. Lo que se resiste a la simbolización, lo que obtura el acuerdo o la posibilidad de llegar a un fin sobre sí mismas no es otra cosa que el antagonismo. En otras palabras, el antagonismo es “lucha de clases” y su expresión en la sociedad es el momento totalizador de ésta. La lucha de clases es le point de capiton, es lo que mantiene unida a la sociedad a través de su realización: el antagonismo. Cualquiera que intente cerrar o dar por superado la historia, se ve enfrentado inmediatamente a una interpelación histérica, provoca el malestar en un otro que difiere, por lo general un otro excluido, menospreciado, un otro vencido en el sentido de que su habla no tiene cabida al interior de los márgenes del Discurso oficial, en consecuencia, donde el lazo social abre las heridas o impide que éstas se cierren, mientras los sujetos esperan que se les reconozca como Otro legítimo e integrado a un cuerpo social pensado como único e indisoluble, sin embargo, esta interpelación siempre fracasa, porque el antagonismo pone en juego el rechazo al mandato del universo simbólico. El rechazo a lo Absoluto significa que la hegemonía comienza a destruirse cuando la ley ya no puede sostener la cultura de la desigualdad, es decir, “no puede esperarse una interiorización de las prohibiciones culturales en las personas desposeídasd . En este sentido, el principio estructurante de la sociedad –la lucha de clases- traba el establishment, se resiste para hacer fracasar cualquier voz con aires de monólogo homogeneizante, cuestión que se hizo patente a partir del quiebre constitucional por la falta de acuerdo entre los tres tercios político-ideológicos de la década del ´70 (Derecha, Centro e Izquierda). Si bien, los tres tercios representaban tres vertientes subjetivas, éstas se fraguaban en un acto democrático desde la formalización del amo, cada sector acudía a las urnas a defender sus propuestas e ideas. Sin embargo, las tensiones, las desavenencias y las muñecas que negociaban cada palabra, proyecto y espacio en el cual se ejercían las relaciones de poder se presentaban como un artificio comunicacional, un engaño a la sociedad civil en su conjunto. Las divergencias, las ideologías (conservadora, progresista y marxista) en su expresión máxima de antagonismo ocultaban la autentica verdad del periodo, a saber, quién realmente actuaba como agente con voz hegemónica. Los partidarios de la Unidad Popular creían que eran ellos la fuerza principal para transformar desde sus cimientos la sociedad burguesa. Los “ni chicha ni limoná” –como dijo Víctor Jara- en esa época, se sabían a sí mismos como la fuerza que podía desequilibrar la balanza hacia la izquierda o la derecha, solo hacia falta que se pusieran de acuerdo; hasta que lo hicieron. Por último, la derecha política era la única que reconocía su poderío, sabían callar su potencialidad estratégica no para volver todo al punto de origen, sino, para mejorar más aún sus creencias integrando lo viejo con lo nuevo, incluyen sus valores tradicionales con los nuevos modos y relaciones de producción, es decir, se emancipa la forma del contenido gracias a un “mediador evanescente”e : la división/disolución de los contenidos políticos de su forma económica provocan no un nuevo contenido social, sino la transformación del viejo contenido en uno nuevo.

Mientras unos soñaban con el “Pueblo Unido jamás Será Vencido”, los otros ya sabían que el Pueblo Vencido Jamás Estuvo Unido. Pero, ¿Cómo lo sabían? En palabras de Walter Benjamín, el gobierno de Salvador Allende no fue otra cosa que la encarnación de la socialdemocracia, ya que el programa de reformas progresivas del estado le adjudico a la clase obrera “el papel de redentora de generaciones futuras (…) la clase desaprendió en esta escuela tanto el odio como la voluntad de sacrificio, puesto que ambos se alimentan de la imagen de los antecesores esclavizados y no del ideal de los descendientes liberados.”

La voluntad de sacrificio fue despojada de su trono por aires de triunfo anticipado. Los trabajadores manuales, intelectuales, estudiantes y campesinos, todos sujetos políticos dejaron fuera de sí la política por un instante para regocijarse de un triunfo anhelado y desesperado. De ahí que, los 1000 días de alegría se convirtieron en los gestores de 17 años de miedo y amargura. En esta misma dirección, Benjamín nos señala en su décima tercera Tesis de Filosofía de la Historia que: “La teoría socialdemócrata, y todavía más su praxis, ha sido determinada por un concepto de progreso que no se atiene a la realidad, sino que tiene pretensiones dogmáticas.” Es decir, la izquierda, con excepción de algunos de sus militantes, se sostenía sobre las bases de un ideal de progreso, siendo esto ante todo un desarrollo de la humanidad en sí y para sí, luego, un avance permanente sin límites. Pero, a pesar de ello, la realidad se alejaba de esta premisa, ya que la sociedad chilena cada día decaía más y más.

Las oposiciones políticas entre los partidarios de la izquierda, el centro y la derecha se fue agudizando poco a poco, hasta llegar al nivel en que la violencia dejó de lado las expresiones retóricas para pasar a la exaltación de los puños. La escalada de violencia llegó a tal nivel, que aquel día 11 de septiembre los tanques se apoderaron de las calles y los aviones bombardeaban la Casa de Gobierno, mientras la población la Legua, en un ejemplo de heroica resistencia y consecuencia inaudita, combatía con lo que estaba a su alcance, situación que se prolongó por dos días. En esos mismos momentos, los cordones industriales eran desmantelados, las tácticas de combate callejero no lograban frenar el avance de las fuerzas militares convencionales, el análisis político-militar de izquierda había fracasado.

Fue una guerra”, sostenían los oficiales del Glorioso Ejercito de Chile. Mas, nosotros diremos: fue una Matanza la que llevaron a cabo los cobardes oficiales tras las tropas obligadas a disparar contra su propio pueblo. Recién con el quiebre de la “democracia”, con el advenimiento del golpe de estado nos percatamos que La forma más elemental de violencia simbólica es, como se sabe, la de la elección forzada: <>”f. ¿Quién escogió el rumbo de la historia de Chile ante los acontecimientos? Los acontecimientos, o, la catástrofe para remitirse a Alan Badiou, son de responsabilidad, ante todo, de los sujetos vencidos.

Al considerar la lectura hegeliana de Žižek, comprendemos que “la lucha de clases es el sujeto (no la sustancia) de la historiag. A partir de esta idea podemos sostener que la “totalidad racional” siempre fracasa, sin embargo, el antagonismo plasmado en la lucha de clases se ajusta al devenir de una dialéctica en que los fracasos permiten una totalización a modo de sistema, en este caso, de sistema social o como sociedad. “El derrumbe de una totalización genera otra totalización.”h Ante el vacío, la falta, el agujero autoriza a los intentos frustrados del pasado ser taponeados, por lo que el antagonismo expresa en su justa medida la posibilidad de dar con el Absoluto, es decir, con la totalidad racional cerrada, con la definición de cuerpo social cerrado sobre sí mismo, en consecuencia, desde una lógica hegeliana, la sociedad vendría a representar el paso del “en sí” al “para sí”. No cabe duda, entonces, que la lucha de clases nos habla de un obstáculo al surgimiento de nuevas simbolizaciones que están predestinadas al fracaso final, y es justamente, el obstáculo el elemento estructural que nos permite visualizar una “totalidad ajustada”, es decir, la posibilidad de determinar a la sociedad como un tejido social en tanto lugar en el que se enfrentan tanto(s) Discursos como lazos sociales son posibles. El tejido social, la realidad política, estructurada y asida socio-simbólicamente, es y no puede ser otra cosa que la imposibilidad de complitud homogeneizante; el fracaso es desde ahí la posibilidad de que la lucha de clases mantenga unida a la sociedad, siendo “lo único que realmente desutura (es) la sutura mismai, lo que nos presenta a la lucha de clases, al antagonismo, como el “punto de almohadillado” , por lo que la identidad social siempre se ve atravesada por un “excedente de lo Real” que produce una tensión en la red de vínculos simbólicos. Cualquier intento por suturar, por establecer un proceso cicatrizante en el que las clases desaparezcan para dar paso a un tiempo sin contradicción ni conflicto, de armonía entre sujetos, de democracia total y absoluta llega a un punto muerto porque no puede zanjarse la diferencia ni puede hacerse un contrato en el que se elimine la lógica del Amo y el Esclavo. Lo que une a unos provoca la exclusión de otros, y lo que une a los excluidos los separa del Amo. Entre Esclavos y Amos la diferencia esta en que los primeros le otorgan al segundo el poder de destruirlos; es el súbdito quien da estatuto al Amo, le permite una posición privilegiada, la permite, sin embargo, puede cancelarse el rito liberando al Amo de su investidura.

“Un significante representa al sujeto para otro significante”, como dijo Lacan alguna vez. Bajo esta lógica el lograr dar con un equivalente general es un absurdo. Recordemos la pregunto que Lenin instauro en torno a la Democracia: ¿Democracia para quién? Si un significante representa al sujeto para otro significante, la democracia qué es. En tanto significante adquiere el estatus de ser flotante, sus posibilidades de establecer un acuerdo redundan, rebotan contra la pared, la cual viene a representar otro significante que disputa el lugar privilegiado por excelencia, es decir, el lugar del Amo, lugar de inscripción en el que el sujeto es representado para todos los otros, por lo tanto, en el marco de la lucha de clases siempre ambas clases antagónicas buscan representar para la otra el lugar de la equivalencia universal. No debemos olvidar que la noción marxista de la revolución, nos señala que debe realizarse un trayecto en el cual se condense en la conciencia política que las luchas particulares deben resolverse en su conjunto, debido a que si son abordadas de manera fragmentaria unas de otras solo se dirigen a su propio fracaso. La razón de esta derrota es la imposibilidad de resolver el carácter antagónico de la totalidad social. Además, tampoco podemos dejar de lado que la articulación de las luchas particulares en una plataforma de paridades depende ante todo de la contingencia radical del contexto histórico social, por eso la democracia obrera es dictadura del proletariado a fin de cuentas.

Hegel nos puede dar una pista para seguir un camino en que las luchas particulares y diferentes se plasmen en un mismo lugar. Si aplicamos en el análisis político-social sus conceptos de “universalidad abstracta” y “universalidad concreta”, podemos encontrar un elemento para formular, desde la economía política, un nudo subjetivo de las inherentes diferencias entre sujetos. Lo universal abstracto es justamente lo común a varios entes particulares, y lo particular es la propiedad misma de la realidad, es decir, lo abstracto gira en torno a una forma, la cual posee un contenido transversal en la esfera de las condiciones subjetivas de la vida cotidiana (valor), al fin de cuentas: es pensamiento, más aún es integración no entre forma y contenido, sino, entre contenido y concepto, mientras el universal concreto es ese pensamiento que se pone en práctica, en otras palabras, es el pensamiento que se construye como condición objetiva, edifica la realidad a partir de cada particularidad, por lo que lo universal si bien es diferente en cada uno, opera desde una noción de bien común contingente; si bien el establecimiento de una estrategia que tienda hacia una formula de la equivalencia es posible, ella siempre representará a unos y excluirá a otros, de ahí que el Amo ocupe el lugar del Esclavo y a la inversa, el Esclavo el lugar del Amo. Estos desplazamientos entre Amo y Esclavo no pueden ser otra cosa que histeria, ya que todos, en algún momento, luchan para evitar la castración… y si lo vemos en el tiempo que nos habla de espacios e intercambios la historia es de histerias.

Sí el fracaso de la izquierda estuvo en su incapacidad de ponerse de acuerdo en una plataforma de lucha que unificara las reivindicaciones particulares de los distintos sectores del pueblo, ¿Cómo se fundo materialmente esta derrota? Tentativamente, la respuesta estaría en las operaciones lingüísticas de la izquierda, en la alienación fundamental que nos señala el psicoanálisis lacaniano. Sin embargo, si retomamos la problemática entre lo universal y lo particular, notaremos que ni el universal abstracto en general ni el universal concreto en particular por si solos nos dan una respuesta capaz de restituir una noción de bien común. Para encontrarse con lo colectivo, es necesario asumir que tanto en el lenguaje como en toda relación discursiva existe un sistema de diferencia. Ya Sausurre lo había planteado al señalar que todas las unidades significativas son parte de una cadena de unidades siempre diferenciales. Esto, nos permite plantear un camino político donde el sujeto estampe su compromiso en cada acto de significación en el que este implicado. Cuando Paul Ricoer plantea, por ejemplo, el “sí mismo como un otro”, deberíamos leer en ello una dimensión que oscila entre lo universal abstracto y lo universal concreto, en definitiva que existe en “la presencia, dentro del propio Yo, (de) un reino de otredad irreducible, de absoluta contingencia e incomprensibilidad”j. Ahora, si bien el Otro es irreducible, contingente e incomprensible desde que lugar podemos establecer un nudo subjetivo entre las diferencias. Žižek, nos señala en Mirando al sesgo que “el papel de lo real lacaniano es radicalmente ambiguo: por cierto, irrumpe en la forma de un retorno traumático, trastorna el equilibrio de nuestras vidas, pero al mismo tiempo es un sostén de ese equilibrio”k. Lo real en este sentido responde, a partir de un encuentro casual, permitiendo que un acto comunicativo se logre estableciendo una red simbólica-discursiva de las diferencias, a pesar de que esta red pertenece al sujeto en su necesaria dependencia al Otro como tal, por lo tanto, ese retorno traumático se traduce en la expulsión de la política de la subjetividad actual, es decir, se encarna como apoliticismo, que por supuesto, funda un nuevo marco político en torno a las relaciones de producción, circulación e intercambio económico .

El fracaso de la izquierda no debe leerse solamente en la caída del gobierno de la Unidad Popular, o, en la imposibilidad de hacer frente y derrotar militarmente a la dictadura. La capitulación de la izquierda esta en su incapacidad de reflexionar autocríticamente en torno a las estrategias y tácticas a llevar a cabo, es decir, en una especie de negación a preguntarse por como reinventar las coordenadas de su proyecto, sin traicionar sus ideales. En esta misma dirección, las secuelas de la mutilación del cuerpo de Chile, el cuerpo herido por la lanza ha sido incapaz de visualizar en la propia lanza la posibilidad de superación. La violencia del Estado Terrorista (1973-1990) apuntalo e inscribió la agresión física y la violación de los límites entre cuerpo y cuerpo, para desmantelar, o intentar por lo menos, desgarrar al sujeto de su subjetividad; las herramientas fueron diversas, entre ellas estaban la tortura, el encarcelamiento y la expresión de un discurso monológico.

La tortura, la privación de libertad y el discurso en tanto herramientas, fueron pensadas con el fin de controlar tanto los cuerpos como la subjetividad. Este control solo pudo operar en la medida en que atentaba contra el yo, aquel núcleo –por decirlo de alguna manera- que ocupa el lugar del desconocimiento. El fundamento del psicoanálisis, es justamente que el criterio del Yo, como punto de enlace con el mundo exterior, aquello que permite el vínculo entre uno y otro no es más que un intruso, un pedazo de basura inserto en el psiquismo que no sirve de mucho. De ahí, que Lacan acuñe el concepto de «sujeto del inconsciente», es decir, una instancia mucho más profunda que el Yo y que es muda, que no puede hablar porque el Yo hace de “colchón” en el centro del ser entre la realidad y el inconsciente, es decir, dificulta la expresión clara de voces profundas.

La tortura se convirtió en el acto político por excelencia, ya que no solo requiere la presencia del cuerpo de una persona, sino, tiene la “ventaja” de actuar extensivamente, es un golpe al sujeto y a su lazo social, como a su vez es un golpe atemporal, se sitúa más allá del momento mismo de su ejecución. No necesita mantener el cuerpo encerrado ya que puede ocasionar un trauma que inmoviliza al sujeto. La tortura trata de romper los nudos subjetivos del sujeto, más allá de recopilar información. En este sentido, su finalidad es romper el discurso como lazo social. Sin embargo, es posible que a partir de ello se fragüe una respuesta igual de violenta, a saber, la insurrección ya que al “dar muerte a los súbditos, despojarlos, usar violencia contra las vírgenes y otras cosas semejantes, es cambiar el temor en indignación, y por consiguiente, el estado civil en estado de guerral.

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