A nivel mundial, la Ética está hoy en auge. La filosofía tiene en la Ética su expresión más fructífera y promisoria. Lo más representativo del mundo académico






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  1. LA ÉTICA ARISTOTÉLICA


Los aportes de Aristóteles (384-322 a.n.e.) al acervo ético universal son de tal valía que se le considera el padre de la Ética. Nadie, antes que él, tuvo resultados tan relevantes en lo referente a la constitución de la Ética como disciplina filosófica. Sus esfuerzos por sistematizar el conocimiento del fenómeno moral, contenidos en la “Ética a Nicómaco”, nos asombran aún en la contemporaneidad.

El mensaje ético aristotélico nos llega en tres obras: la Ética Eudemia, la Ética a Nicómaco y la Gran Ética o Magna Moralia. La Ética a Nicómaco recoge las concepciones éticas del Aristóteles maduro; esta obra resulta inobjetablemente superior a las otras dos por lo acabado de la construcción, la claridad del estilo y la profundidad del pensamiento. Por estas razones es que desde la antigüedad se consideró por los estudiosos que la comprensión del pensamiento ético del estagirita decididamente hay que buscarlo en la Ética a Nicómaco.
La Ética a Nicómaco consta de 10 libros y 112 capítulos breves. En sus páginas se abordan temáticas tales como la teoría del bien y la felicidad, la teoría de la virtud, acerca del valor y la templanza, el análisis de las diferentes virtudes, la teoría de la justicia, la teoría de las virtudes intelectuales, la teoría de la intemperancia y del placer, la teoría de la amistad y sobre el placer y la verdadera felicidad. La aparición de este trabajo, dedicado íntegra y directamente al estudio de la moralidad, constituyó en justicia el acta de nacimiento de la Ética.
Aristóteles desarrolla y sigue de modo consecuente la idea de que el saber ético posee un carácter eminentemente práctico. La Ética, según el criterio aristotélico, prescribe qué se debe hacer y de qué es preciso abstenerse. Esto engendra la necesidad de dar una fundamentación moral al bien supremo, con el cual los hombres deben cotejar sus aspiraciones personales.
Asimismo, el contenido de la Ética a Nicómaco indica que la teoría ética se forma como disciplina normativa. En la obra se expone un sistema de normas que el autor recomienda utilizar a fin de alcanzar el bien. Lo característico estriba en que el hecho de guiarse por normas se hace depender de la razón y de la voluntad del hombre, como sujeto de la actividad moral. En este aspecto, la teoría de las virtudes pone en claro la naturaleza específica de la Ética que no impone sus recomendaciones a los hombres, sino que las dirige a la razón y a la voluntad humanas. La consiguiente voluntariedad de las acciones humanas, basadas en la libre elección y orientadas al logro del bien, caracteriza la especificidad de la moral.
En la ética aristotélica el principio de partida es el bien moral. Según Aristóteles cada cosa, sobre todo cada instrumento, tiene su peculiar ser y sentido cuando llena su misión y cumple su cometido, entonces la cosa es buena. De igual manera ocurre con el hombre. Si se comporta según su naturaleza y cumple los cometidos fundados en su esencia, llenando así el sentido de su ser, llamamos al hombre bueno. El hombre bueno es el que concreta el bien moral al actuar en consonancia con la naturaleza humana general, es decir, la naturaleza humana ideal.

Aristóteles analiza el contenido de la naturaleza humana ideal y explota ese análisis para trazar conceptualmente el camino de las virtudes éticas. Lo bueno coincidirá con lo virtuoso. Bajo el nombre de virtud comprende Aristóteles lo que designamos hoy con el nombre de valores. Su concepción del hombre se ilumina al confrontarla con la tabla de valores de su cuadro teórico de virtudes. Esta tabla de valores constituye un componente clave en la ética aristotélica porque de no existir, el principio moral se convertirá en una mera norma formalista, genérica y vacía.
La virtud es para Aristóteles aquella actividad en nuestro querer que se decide por el recto medio, y determina este recto medio tal como suele entenderlo el hombre inteligente y juicioso. Dicho en forma más breve, la virtud es el natural obrar del hombre en la vía de su perfección. Y puesto que la naturaleza específica del hombre consiste en su ser racional, y este ser racional se escinde en pensar y querer, tenemos, según Aristóteles, los dos grandes grupos de virtudes: las virtudes dianoéticas y las virtudes éticas.

Las virtudes dianoéticas son las perfecciones del puro entendimiento, tal como se dan en la sabiduría, en la razón y en el saber. El concepto de virtud ética persigue expresamente el fin de hacer justicia al hecho del querer, como peculiar facultad espiritual fundamentalmente distinta del mero saber. Las virtudes éticas tienen efectivamente su campo de acción en el sometimiento del cuerpo y de sus apetitos al dominio del alma. Le cabe a Aristóteles el mérito personal de haber enfocado esta realidad, dirigiendo su mirada al campo de las virtudes éticas las que describe en sus específicas propiedades, caracterizando así con mano maestra la valentía, el dominio de sí, la liberalidad, la magnanimidad, la grandeza de alma, el pundonor, la mansedumbre, la veracidad, la cortesía, la justicia y la amistad.
La moralidad, según Aristóteles, se asienta en un trípode conceptual constituido por el bien, la virtud y la felicidad. La observancia de una vida virtuosa hace al hombre bueno y dichoso. Claro está que la felicidad, en sentido aristotélico, no puede consistir en el placer y el gozo corporales, pues esto estaría también al alcance del animal y nuestro bien no pasaría de un bienestar corpóreo. SI la felicidad se fundamenta en el placer corporal, tendríamos que proclamar con encomio la dicha del buey que pace a su satisfacción en un campo de guisantes, había dicho ya Heráclito.
Aristóteles no condena de manera absoluta al placer. Cuando se trata del placer, hay que distinguir entre placer equivalente a deseo, concupiscencia, y placer en el sentido de dicha beatificante sobre algo. El placer, en el segundo sentido, está vinculado a la perfección moral y a la felicidad. Aristóteles llega a una jerarquización de los placeres. En la cima está el placer vinculado al puro pensar, le sigue el placer enlazado con las virtudes éticas; y en ínfimo grado están los placeres sensibles corpóreos, en la medida que éstos se hacen necesarios, es decir, corren por los cauces y según la medida prescritos por la naturaleza misma.
La consideración de Aristóteles acerca de la moral como un fenómeno humano, se pone de manifiesto al tocar el tema del nacimiento y desarrollo de la virtud. En este sentido, el estagirita tiene en alta estima el conocimiento de las virtudes como prerrequisito para orientarse moralmente en la vida; hace especial hincapié en el consciente esfuerzo personal hacia el bien; considera muy importante la aportación al perfeccionamiento moral que significa una buena educación, y apunta sobre todo a la ejercitación de las virtudes y a los hábitos adquiridos en este campo como factores decisivos. Aristóteles pensaba que así como un hombre se hace constructor de casas construyendo y se hace buen constructor construyendo bien, igualmente se hará un hombre justo pensando y obrando rectamente, ejercitándose prácticamente en el cultivo cotidiano de la justicia.
Un aporte relevante de Aristóteles al pensamiento ético estriba en la consideración de la virtud no solamente como un saber, sino también como un acto de voluntad, un proceder, una conducta. Este punto de vista que permitió la comprensión del fenómeno moral como conjugación de conciencia y actividad significó un considerable paso de avance en la consecución de la Ética como disciplina filosófica. En la ética aristotélica habrá un nuevo capítulo, el que desarrolla la doctrina del querer. Querer, entendido como actuación voluntaria del sujeto de la moralidad.
Para Aristóteles, el acto moral exige en su tipificación no solamente la actuación de la voluntad, sino que esa voluntad esté avalada por la libre elección. En los niños sin uso de razón y en los mayores en acciones que realizamos a la fuerza está presente la voluntad en el obrar, pero hay ausencia de libertad de elección. El acto moral debe ser una acción específicamente humana, es decir, una acción del hombre mentalmente sano que concreta una conducta de libre elección. La voluntad libre es algo superior a la mera actuación de la voluntad. El principio del obrar de tal manera está en nosotros, que podemos con dominio del acto disponer sobre nuestro obrar o no obrar. Aristóteles suscribe, pues, la libertad de la voluntad como sello distintivo que matiza moralmente a la conducta humana.
Aristóteles consideraba que la virtud superior es la justicia, que reúne en sí a todas las demás y mediante la cual se logra la armonía entre el bienestar personal y el general. Esta peculiaridad se aprecia en las dos vertientes de la justicia que distinguía Aristóteles, es decir, la conmutativa y la distributiva. La justicia conmutativa establece que todos los ciudadanos del Estado, por el hecho de serlos, se encuentran en igualdad de condiciones, merecimientos y oportunidades. Y la justicia distributiva postula que aquellos ciudadanos que brindaron servicios especiales al Estado o se distinguieron por sus capacidades excepcionales y virtudes fuera de lo común, deben ser objeto de reconocimientos y grandes honores. Si bien el concepto aristotélico de justicia se nos presenta más que como virtud del ser humano como virtud del Estado, no debe pasarse por alto el fondo humano-universal que comporta el reconocimiento de la igualdad por la igualdad, y de lo desigual para los méritos desiguales.

Otra particularidad de la ética aristotélica consistió en que no estableció una contraposición absoluta entre las virtudes y los vicios. Veía la relatividad de sus respectivos límites, y la posibilidad de que las virtudes y los vicios se transformasen recíprocamente bajo el influjo de determinadas circunstancias. El original pensamiento de Aristóteles estriba en que él analizó la virtud y el vicio como dos partes de una misma determinación cualitativa, sólo expresadas con diferencias cuantitativas. La virtud es la medida, el vicio la misma cualidad sólo en su extremo, es decir, en una forma exagerada o por el contrario en una forma atenuada.
Con el concepto de medida incorpora Aristóteles a su doctrina ética un elemento que era corriente, desde mucho antes, en el pensamiento griego. Él lo reelabora inteligentemente, mostrando que las virtudes se sitúan en un cierto medio entre dos extremos. Aunque es justo consignar que para el estagirita no se trataba de un medio mecánico o geométrico, sino de un medio concretamente proporcionado a las especificidades de cada caso. Así, por ejemplo, la valentía no está enteramente en el medio entre la cobardía y la temeridad, sino está un poco más cerca de la temeridad, como al revés la parsimonia está un poco más cerca de la avaricia que de la prodigalidad. Aristóteles exaltaba la medida, el término medio como ideal de conducta del hombre sabio, y condenaba los extremos, el exceso y el defecto.
La ética aristotélica es esencialmente eudemonística. Pero este eudemonismo es de tipo racionalista y a la vez social. El estagirita se planteó la cuestión de cómo el individuo puede alcanzar la felicidad viviendo en la sociedad y sin entrar en antagonismo con el bienestar público. Aristóteles consideraba el bien común como el bien del estado y al ser humano sólo un ciudadano del estado esclavista; los esclavos no se tomaban en consideración debido a que ellos no eran ciudadanos de la antigua polis. De esta forma, la moral estaba subordinada a la política y la ética devenía la ciencia de la conducta correcta del ciudadano en el estado lo que implicaba conjugar acertadamente la felicidad personal con el bienestar estatal. Así, Aristóteles se convierte en uno de los primeros filósofos en considerar que el camino a la felicidad del individuo se encontraba en la comprensión de los objetivos e intereses de toda la sociedad.
Visto con una perspectiva actual, el eudemonismo racionalista de Aristóteles con toda su carga social, padeció de una ostensible limitación clasista. La ética aristotélica tenía como objetivo la moralidad del heleno libre, del esclavista. Los esclavos, así como los “bárbaros” no eran considerados como sujetos de la referida moralidad. Aunque en las concepciones aristotélicas se destacaba la naturaleza social del hombre, que el estagirita denominaba “animal político”, lo cierto es que Aristóteles entendía esta naturaleza muy unilateralmente, como un conjunto de características inherentes a un miembro idealizado del estado esclavista de la antigua Grecia.

El esfuerzo aristotélico en el estudio de la moral dejó un saldo para la posteridad que resulta insoslayable e imperecedero. La ética de Aristóteles se esforzó por hacer predominar el sentido de lo real en la moralidad. Quiso mostrar que el sujeto moral es el hombre de carne y hueso, que las ideas morales no están separadas de los seres humanos, y que la virtud debe encontrar su regla y su recompensa en el mundo de los hombres. Por sus esfuerzos sistematizadores, por los avances que logró en la concreción del aparato conceptual de la Ética y por la connotación humana que le insufló a la moralidad, Aristóteles deviene una de las figuras cimeras en el pensamiento ético universal.

3. LA ÉTICA KANTIANA

Kant (1724-1804) constituye una de las figuras cumbres de la historia de la ética. Según él, la naturaleza es completamente impersonal y no moral. Por eso, tenemos que buscar el reino de la moral fuera del reino de la naturaleza. La moral tiene que ser independiente de lo que sucede en el mundo natural, porque lo que sucede en el mundo natural es ajeno a la moral. Además, el procedimiento de Kant no consiste nunca en buscar una base para el conocimiento, es decir, un conjunto de primeros principios o datos sólidos, con el fin de reivindicar nuestra pretensión de conocimiento contra algún hipotético escepticismo. Kant da por supuesta la existencia de una conciencia moral ordinaria. Esta conciencia de la naturaleza humana ordinaria proporciona al filósofo un objeto de análisis, y la tarea del filósofo no es buscar una base o una reivindicación, sino averiguar cuál debe ser el carácter de nuestros conceptos y preceptos morales para que la moralidad sea posible tal como es.
Kant se ubica, por lo tanto, entre los filósofos que consideran que su tarea es un análisis post eventum: la moralidad es lo que es, y nada puede hacerse al respecto. Pero mucho más importante es el hecho de que Kant concibió su tarea como el aislamiento de los elementos a priori –y, por lo tanto, inmutables- de la moralidad. En diferentes sociedades quizás haya diferentes esquemas morales, y Kant insistió en que sus propios estudiantes se familiarizaran con el estudio empírico de la naturaleza humana. Pero, ¿qué es lo que convierte en morales a estos esquemas? ¿Qué forma debe tener un precepto para que sea reconocido como precepto moral?
Kant emprende el examen de esta cuestión a partir de la aseveración inicial de que no hay nada incondicionalmente bueno, excepto una buena voluntad. La salud, la riqueza o el intelecto son buenos sólo en la medida en que son bien empleados. Pero la buena voluntad es buena y “resplandece como una piedra preciosa” aun cuando “por la mezquindad de una naturaleza madrastra” el agente no tenga la fuerza, la riqueza o la habilidad suficientes para producir el estado de cosas deseable. Así, la atención se centra desde el comienzo en la voluntad del agente, en sus móviles o intenciones, y no en lo que realmente hace. ¿Qué móviles o intenciones hacen buena a la buena voluntad? El único móvil de la buena voluntad es el cumplimiento de su deber por amor al cumplimiento de su deber. Todo lo que intenta hacer obedece a la intención de cumplir con su deber.
En el ámbito moral, desde la perspectiva kantiana, el punto de partida para la reflexión es un hecho de razón, el hecho de que todos los humanos tenemos conciencia de ciertos mandatos que experimentamos como incondicionados; todos somos conscientes del deber de cumplir algún conjunto de reglas por más que no siempre nos acompañen las ganas de cumplirlas; las inclinaciones naturales, como todos sabemos por propia experiencia, pueden ser tanto un buen aliado como un obstáculo, según los casos, para cumplir aquello que la razón nos presenta como un deber. En esto consiste el “giro copernicano” de Kant en el ámbito moral, el punto de partida de su ética no es el bien que apetecemos como criaturas naturales, sino el deber que reconocemos interiormente como criaturas racionales; porque el deber no es deducible del bien, sino que el bien propio y específico de la moral no consiste en otra cosa que el cumplimiento del deber.

Los rasgos fundamentales de la ética kantiana son el formalismo, el rigorismo, el apriorismo y la autonomía. Nada expresa mejor el formalismo de la ética kantiana que la “ley fundamental de la pura razón práctica”. Dice así: “Obra de modo que la máxima de tu voluntad pueda siempre valer como principio de una legislación general”. No señala Kant una serie de virtudes o de valores de determinado contenido, como la fidelidad, la veracidad, la honradez, etc. Sino que nos da como regla para saber qué es bueno o malo, el preguntarnos simplemente ante cualquier acción: ¿puedes querer que tu máxima (juicio práctico determinado) se convierta en ley general?
En la ética de Kant, el rigorismo se expresa cuando lo moral nos sale al encuentro como ley, como imperativo, y el
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