A nivel mundial, la Ética está hoy en auge. La filosofía tiene en la Ética su expresión más fructífera y promisoria. Lo más representativo del mundo académico






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3. "LA ETICA, ALGUNAS CLAVES PARA SU COMPRENSION"


Ética y moral se utilizan como sinónimos o al menos, como palabras que tienen mucha cercanía. Tal vez, esa equivalencia provenga de que ambos vocablos tienen sus raíces en términos que significan "costumbre"; ética proviene del griego "ethos" y moral constituye una derivación del latín "mores". Algunas veces, la palabra ética es utilizada para designar el conjunto de principios, normas y formas de pensamiento que guían, o reclaman autoridad para dirigir, las acciones de un determinado agrupamiento humano; en otras ocasiones, el término ética se refiere al estudio sistemático de las argumentaciones acerca de cómo nosotros debemos actuar. En el primero de estos sentidos, podemos interrogarnos acerca de la ética laboral de los campesinos en Cuba o hablar acerca de la manera en que la ética médica en Holanda acepta la eutanasia voluntaria. En el segundo sentido, ética es el nombre de un campo de estudio y, a menudo, de una materia que se imparte por los departamentos de Filosofía de las universidades. Usualmente, el contexto esclarece con qué connotación se está utilizando el término.
Algunos escritores utilizan el término moral para el primer sentido, descriptivo, en el que usamos la palabra ética. Ellos hablarían de la moral de los habitantes de Cuba cuando quieren describir lo que los cubanos asumen por correcto o incorrecto, y reservarían ética (o en ocasiones "filosofía de la moral") para el campo de estudio o la materia que se enseña por los departamentos de Filosofía. El autor de este artículo se inclina a establecer la distinción terminológica entre ética y moral siempre que sea posible, aunque hay circunstancias en que la precisión conceptual resulta muy difícil porque, en realidad, lo ético y lo moral se identifican y confunden.


  • Los orígenes de la moral


¿De dónde viene la moral? Es esta una interrogante que se han planteado pensadores de diferentes tradiciones a lo largo de miles de años. En Atenas, hace 2,500 años, el sofista Trasímaco argumentó que la moral es algo impuesto por el fuerte sobre el débil. En el diálogo entre Trasímaco y Sócrates, éste rápidamente se propone amarrar al desdichado Trasímaco con nudos argumentativos, de esta forma es como Platón, discípulo de Sócrates, describe la escena. Pero, para todos, tanto la habilidad discursiva de Sócrates como su victoria pueden ser consideradas como algo vacío, carentes de una fundamentación de peso. Sócrates aduce que el soberano, como soberano, no está preocupado por sus propios intereses, pero sí por los intereses de sus súbditos. Sin embargo, si eso es lo que hace el soberano como soberano, entonces puede ser, simplemente, que no haya soberanos como tales en la realidad. El punto de vista escéptico de Trasímaco acerca de la naturaleza de la moral se mantiene como una posibilidad.
Más de 2000 años más tarde, bajo la sombra de la Guerra Civil Inglesa, Thomas Hobbes tuvo una semejante aproximación escéptica hacia la interrogante referida al origen de la moral, pero concretó una respuesta diferente. La moral, desde el punto de vista de Hobbes, otorga al soberano un derecho para mandar y ser obedecido, pero eso es en interés de todos, no solamente en interés del soberano que tendría tal potestad. Si a nuestro entender la vida sin un soberano es "solitaria, pobre, fea, brutal e insuficiente", nosotros podemos colegir que la moral tal como la concebimos solamente puede existir si todos concordamos en la necesidad de una suerte de contrato social que requeriría la existencia de un soberano para hacerlo cumplir.
El debate sobre si los seres humanos son buenos por naturaleza o por la ejercitación es bastante antiguo. Aristóteles, cuya obra se concreta inmediatamente después de Platón, pensó que la virtud tiene que ser enseñada y entonces practicada, sólo así ella puede convertirse en un hábito. El filósofo chino Mencio, quien vivió en la misma época que Aristóteles, debatió esta cuestión con los sabios de su tiempo. Al igual que Aristóteles, ellos argumentaron que la naturaleza humana puede ser entrenada para hacer el bien así como un tronco de sauce puede ser tallado para hacer una copa. Sin embargo, Mencio vio a los seres humanos como dotados de una compasión natural y con un innato sentido acerca de lo correcto y lo incorrecto. Cuando ellos hacen mal es porque condiciones adversas han desempeñado un papel corruptor de su naturaleza. Aquí Mencio anticipa la visión dieciochesca del filósofo francés Rousseau quien nos presenta con el clásico retrato del "buen salvaje", un ser humano cuyas necesidades simples son satisfechas por la generosidad de la naturaleza y que no tiene motivos para pelear con los otros habitantes del bosque. En realidad, estos salvajes son, para Rousseau, humanos pero salvajes; sus innatos sentimientos de compasión hacen de ellos seres naturalmente morales. Según el criterio rousseauniano, es la civilización y, particularmente, la introducción de la propiedad, la que genera el mal en el mundo.
Rousseau, Hume y Kant forman una especie de tríada del siglo XVIII: cada uno entre los grandes pensadores de sus países y, asimismo, cada uno con una concepción distinta acerca del origen de la moral. Hume compartió con Rousseau la convicción de que el origen de la moral se encuentra en determinados sentimientos naturales, pero él prestó una menor atención a la consideración de la naturaleza humana como bien. Nosotros estamos fragmentados, él pensó, entre nuestros sentimientos de humanidad y nuestra avaricia y ambición; por eso, la función de la moral es reforzar aquellos sentimientos que encuentran la aprobación general de todos y asegurar que nuestros deseos egoístas permanezcan bajo control.

Kant rechazó completamente la vinculación entre la moral y los sentimientos, sobre lo cual Rousseau y Hume estuvieron de acuerdo. Para Kant, el origen de la moral no descansa para nada en emociones o sentimientos. En cambio, la "ley moral pura" es algo completamente independiente de todo deseo o sentimiento, algo que nosotros podemos reconocer solamente porque, en nuestra condición de seres racionales, podemos librarnos de la necesidad causal del ordinario mundo de los sentimientos y las emociones, y seguir la "ley moral pura" que nos es dada sólo por la razón.
Cuando se habla del origen de la moral resulta importante analizar los puntos de vista al respecto de Marx, Darwin, Nietzsche y Freud, los más influyentes pensadores del siglo XIX y de las primeras décadas del siglo XX. Para Marx y su compañero de ideales, Engels, la respuesta a la pregunta acerca de los orígenes de la moral está dada por la concepción materialista de la historia, la que constituye, probablemente, su más grande contribución al pensamiento universal. Ellos rechazaron la idea, abrazada muy claramente por Kant pero asumida también por otros muchos filósofos de la moral, acerca de que la moralidad en cierto sentido resulta independiente de las circunstancias materiales de la vida humana. En cambio, Marx y Engels ven la moralidad, a semejanza de como ven la religión y otras realizaciones del intelecto humano, como causada y determinada por las condiciones económicas y sociales bajo las cuales los seres humanos viven. Considero que es una simplificación comparar los puntos de vista de Marx con aquellos expuestos por Trasímaco, muchos siglos antes. Mas, si nosotros presentamos a Trasímaco como argumentando que los conceptos imperantes de justicia e injusticia han sido conformados para servir al dominio de los poderosos, no resulta difícil verlo como un precursor de Marx.
Por su parte, Charles Darwin dedicó un capítulo entero de "El Origen del Hombre" a la génesis del sentido moral. Para él, resultaba importante no sólo mostrar que la anatomía humana brinda amplias evidencias de nuestra descendencia con respecto a otros animales, sino también que nuestras capacidades mentales, incluyendo el sentido moral, son compatibles con estas hipótesis. De no ser así, entonces sus oponentes tendrían la posibilidad de argumentar que nosotros, después de todo, debemos suponer un acto de creación separado -presumiblemente divino- para los seres humanos. El enfoque de Darwin, si no su estilo, es extraordinariamente moderno. Él reunió muchos datos como resultado de sus observaciones en el mundo animal para mostrar que esos seres vivos tienen instintos "sociales" que los conducen a tener conductas que -si ellos fueran seres humanos- podrían, ciertamente, ser caracterizadas como morales. De este modo, él describe la gradual evolución de la moral desde las conductas instintivas, en nuestros antecesores animales, hasta las concepciones éticas más avanzadas, como las argumentadas por filósofos como Kant.
Nietzsche no está más favorablemente inclinado que Marx hacia las prevalecientes concepciones de la moral, pero él quiere ir "más allá del bien y del mal" mediante el enfrentamiento a la razón. Para Nietzsche, la moral es la creación de "el rebaño", la gran masa de gente ordinaria, guiada más por sus temores que por sus esperanzas, temerosa de diferenciarse de la muchedumbre. La moral es el medio por el cual el rebaño restringe al superior e independiente espíritu humano, de quien sólo (piensa Nietzsche) puede venir la grandeza, y lo arrastra hacia abajo hasta su propio nivel.

Freud, el padre del psicoanálisis, escribe principalmente acerca de los conflictos al interior de las mentes de los seres individuales; sin embargo, en "La Civilización y sus Insatisfacciones" toma a la sociedad humana en su conjunto y diagnostica una enfermedad consustancial a ella. Las insatisfacciones de la civilización provienen del conflicto entre la agresividad que, según él, es innata en el ser humano y el "super-ego cultural", o sea, la autoridad colectiva de la comunidad. En esta situación, según Freud, la moral surge como "una tentativa terapéutica" para resolver el conflicto. Dado que Freud postula una natural agresividad en la naturaleza humana, su análisis tal vez puede ser entendido -si obviamos su metáfora médica- como una variante moderna de la posición expuesta por Thomas Hobbes.
¿La búsqueda en torno a los orígenes de la moral nos ha proporcionado suficientes elementos? ¿Nos encontramos en un momento en que esta temática lo que necesita es el perfeccionamiento y desarrollo del acervo cognoscitivo acopiado? En cierto sentido, la respuesta es . El enfoque científico y moderno acerca de la génesis de la moral que se inició con "El origen del Hombre" y la concepción materialista de la historia se ha tornado mucho más elaborado en las últimas décadas. Nosotros estamos comenzando a entender el alcance del punto de vista según el cual los humanos somos morales por nuestra esencia social. Por naturaleza, no somos ni puramente buenos ni puramente malos, todo dependerá de las circunstancias sociales. Si bien Darwin y Marx no aclararon todos los "misterios" en torno a los orígenes de la moral, nos proveyeron de un esbozo general a partir del cual y de manera segura, podemos encontrar las respuestas acertadas a las interrogantes que suscita el surgimiento de la moral.


  • El papel de la razón en la moral


La determinación de la importancia de la razón en el ámbito de la moralidad constituye uno de los problemas claves en la reflexión ética. Si el mundo moral tiene una peculiaridad que lo distingue, debe ser a causa del papel que la razón juega en su controvertido entorno. Si no existe este papel para la razón en la moral o se disminuye su trascendencia, entonces no será posible resolver las disputas morales entre personas con posiciones emocionales contrapuestas o diferentes valores y costumbres. Pudiéramos pensar que como esa es la realidad que nosotros encaramos, simplemente deberíamos aceptarla. Ciertamente no es fácil concebir cómo pueden resolver sus diferencias, oponentes con posiciones encontradas, con respecto a temas polémicos como la eutanasia. Pero en muchos de nosotros anida el deseo de encontrar soluciones y existe el criterio de que, al menos en principio, hay una salida para tales desacuerdos. Esta posibilidad sería factible si los que están a favor y los que se oponen a la eutanasia entendiesen la naturaleza y las bases racionales de la moral; sólo así podrían concordar acerca de todos los hechos relevantes de la vida y llegar a alcanzar las mismas conclusiones acerca de la justificabilidad de la eutanasia. Por supuesto, resulta difícil poner a prueba este deseo ya que el acuerdo acerca de todos los hechos relevantes es prácticamente imposible de obtener, especialmente cuando, como en el caso del ejemplo, se parte de criterios que se consideran verdades inconmovibles como la consideración de que el límite de la vida humana es competencia de entidades sobrenaturales.
Con relación a este medular tema acerca del rol de la racionalidad en el mundo moral, Hume tiene el mérito de iniciar el debate moderno al plantear que la razón sólo desempeña un papel muy limitado, poco influyente, a la hora de decidir qué hacer, en términos de conducta humana. Según él, no es contrario a la razón preferir la destrucción del mundo entero antes que un rasguño al dedo meñique de uno, o a la inversa, elegir la ruina personal para lograr algún pequeño beneficio en favor de un semejante totalmente desconocido. A partir de que la racionalidad juega un papel limitado en nuestras decisiones prácticas, Hume argumenta que no es posible para la razón determinar qué es bueno o malo. Así, Hume concluye que la distinción entre el bien y el mal debe derivar de nuestros sentimientos y no de nuestra capacidad de razonar. A esto, él añade un comentario acerca de la dificultad de derivar un juicio de deber de una serie de afirmaciones sobre lo que es. Esta concisa exposición de la falacia de deducir valores de hechos, deviene uno de los pasajes más frecuentemente citado por la moderna Metaética.
Kant es, indudablemente, el más grande oponente del punto de vista de Hume en lo referente al papel de la razón en la moral. En "Los fundamentos de la Metafísica de la Moral", él explica el alcance que otorga a su propuesta de exclusión de todos los sentimientos como motivaciones morales. Ayudar a otros porque uno tiene sentimientos bondadosos hacia esas personas, afirma Kant, no configura un valor moral. Un acto tiene valor moral, únicamente, si está motivado por el sentido del deber que a su vez explica la ley moral pura en sí misma. Él argumenta que cuando nos abstraemos de todo sentimiento, nosotros nos quedamos sólo con la forma pura de la ley moral racional que es patrimonio de todos los seres racionales y que debe ser universalizada. De este modo, Kant llega a su famoso imperativo categórico: "Actúa de forma tal que la máxima de tu conducta pueda convertirse en una ley universal".
Sin embargo, el argumento de Kant acerca del imperativo categórico deja sin responder una importante cuestión. Para Kant, aunque los seres humanos toman parte en el mundo de la razón, a través de sus capacidades intelectuales, ellos deben actuar en el mundo físico, regido por la causa y el efecto. Incluso, reconociendo que la razón nos guía hacia el imperativo categórico como el patrón por el cual toda acción moral debe ser juzgada, quedaría un misterio acerca de cómo este juicio de la razón puede siempre dirigir a los seres humanos en su actuación. ¿Es la razón sólo un motivo, o puede ella -como argumentó Hume- únicamente originar la acción si nos muestra cómo alcanzar lo que nosotros queremos? En "La crítica de la Razón Práctica", Kant trata de superar este problema sugiriendo que nuestro reconocimiento de la ley moral necesariamente implica a un sentimiento especial de respeto que sirve como un incentivo para que nosotros sigamos la referida ley. Por lo tanto, un sentimiento sirve como base de nuestras acciones, uno que todos los seres racionales deben tener.

El intento de Kant para mostrar que sólo la razón es capaz de guiarnos a fin de concretar lo que es correcto o debido ha tenido un enorme impacto en los pensadores posteriores. Pero, ya en las primeras décadas del siglo XIX, se multiplicaron las dudas acerca de los éxitos de Kant en el campo de la ética. En ese sentido, Hegel, el más grande de los filósofos alemanes postkantianos, entiende que la moralidad del deber de Kant resulta abstracta ya que ella no tiene un contenido real. Aunque, en Hegel, está presente la referencia a una Idea Absoluta, su comprensión de la moral tiene indudablemente ribetes sociales. "El deber por el deber" es una fórmula vacía que no puede aportarnos nada si no se llena con principios morales sustantivos que, según Hegel, provienen de nuestra inclusión en la vida moral real de nuestra comunidad. Hegel intentó reconciliar la moralidad de Kant, basada en la razón universal abstracta, con los más sustantivos patrones morales dados por nuestra comunidad. La dificultad radica en mostrar como esta reconciliación es posible sin abandonar la razón en favor de la obediencia ciega a la costumbre.
En la filosofía posthegeliana se muestra una variedad de posiciones acerca del papel de la razón en la moral. Henry Sidgwick, el último de los grandes utilitaristas ingleses del siglo XIX, busca axiomas que sirvan de base a su filosofía de la moral. Él llamó a estos axiomas "intuiciones", pero no esa clase de intuición para la cual nosotros necesitamos algún sentido especial. Más bien, ellos son principios que pueden ser captados cuando los examinamos cuidadosamente, por ser verdades evidentes en sí mismas. Edward Westermarck da a conocer su enciclopédico estudio "El origen y desarrollo de las ideas morales", poco tiempo después que Sidgwick publicó "Los métodos de la Ética". Westermarck tiene la certeza de que la gente de diferentes culturas no compartirían el criterio de Sidgwick de que esos axiomas son verdades evidentes en sí mismas. Para él, no hay una verdad moral objetiva. La verdad es sólo la costumbre compartida como expresión de algunos patrones de desenvolvimiento, basada en la emoción y que experimenta variaciones de una sociedad a otra.
Ya en pleno siglo XX, resulta importante hacer referencia al positivismo lógico y sus implicaciones para la ética. Un postulado central de esta corriente filosófica, de tanta influencia en la primera mitad de la centuria, resulta la perfilada distinción entre las afirmaciones científicas que describen el estado del mundo y son, en principio, verificables y otras declaraciones que no nos dicen nada acerca del mundo. Estas últimas no llegan a integrar verdades lógicas, en cuyo caso son tautologías o meras experiencias verbales que no tienen sentido. Esto significa para Wittgenstein que ellas no pueden ser expresadas inteligiblemente y, por eso, acerca de los tópicos como los de índole moral es mejor permanecer en silencio. Por otra, Ayer interpreta los juicios morales como expresiones emotivas al estilo de "¡viva!" y "¡uh!". Desde estas posiciones no es posible encontrar un papel para la razón en la moral.
La ética emotivista de Ayer vino a convertirse en la concepción filosófica dominante en el mundo angloparlante después de la Segunda Guerra Mundial. En Francia, durante este período, tuvo lugar el apogeo del existencialismo que arribó a conclusiones escépticas semejantes acerca del papel de la razón. En "El existencialismo es un humanismo", Jean Paul Sartre explica que si no hay Dios, nosotros no estamos hechos de acuerdo con plan alguno ni existen principios objetivos que hayan sido establecidos para guiar nuestra acción. Nosotros somos libres para elegir, y no hay normas que nos ayuden en nuestras dudas. Este punto Sartre lo desarrolló con el apoyo de un ejemplo en el que un joven francés, durante la guerra, tuvo que elegir entre unirse a las fuerzas de la Francia Libre en Inglaterra o permanecer junto a su madre que había vivido únicamente para él. Este ejemplo ha ganado celebridad por la frecuencia con que ha sido citado, sin embargo, su eficacia demostrativa no está a la altura de lo que pensó Sartre. Incluso, aquellos que parten del criterio de que la moral tiene una base objetiva, podrían aceptar, fácilmente, la dificultad de tomar decisiones en tales circunstancias, cuando el resultado probable de cada línea de acción se presenta con tan poca claridad.
Thomas Nagel es un filósofo norteamericano contemporáneo que por muchos años ha venido desarrollando argumentos contra el punto de vista de Hume acerca del limitado papel que la razón puede jugar en nuestras decisiones prácticas. En "Las bases objetivas de la moralidad", nos brinda una visión panorámica de uno de los esos argumentos. Nagel trata de mostrar que los sufrimientos de los otros son malos y que, desde un punto de vista general, ellos importan, independientemente de como nosotros los sintamos en el orden personal. Si Nagel está en lo cierto, entonces Hume debe estar equivocado cuando dice que no es contrario a la razón elegir la destrucción del mundo entero para evitar un daño a nuestro dedo meñique. Desde la visión de Nagel, tal elección es errónea porque no da ningún peso a los sufrimientos de los demás y, por lo tanto, sería contraria a la razón. La idea de Nagel acerca de la razón, aquí expresada, está más cerca del imperativo categórico de Kant que de la concepción de Hume acerca de la razón como esclava de las pasiones.
Sin embargo, para J. L. Mackie hay algo "raro", inexplicable en la argumentación de Nagel. Mackie toma el partido de Hume y estructura un soporte a su posición cuando apunta que si hay algo que es bueno en un sentido objetivo, la manera en que cada persona lo interioriza resulta diferente. Y, justamente, en este campo de la individualización de lo común hay en el mundo muchas cuestiones que nos resultan incomprensibles. En "La estructura de la Ética y la Moral", R. M. Hare presenta un conjunto de razonamientos éticos que conduce a una forma de utilitarismo. La concepción ética que Hare defiende resulta más atractiva que la de Nagel, porque la hace depender de las especificidades que él considera inherentes a los conceptos morales más que de cualquier noción acerca de una razón objetiva. Hare elude las dificultades con respecto a la posibilidad de una bondad objetiva o su universalización. La cuestión radica en saber si él limita la aplicación de su punto de vista a aquellas personas que aceptan de manera común un conjunto de conceptos morales.
Colin McGinn forma parte de un pequeño número de filósofos que ha tratado de utilizar nuestros crecientes conocimientos acerca de la evolución social para proporcionar un mejor entendimiento de la naturaleza de la moral. En "Evolución y bases de la moralidad", él expone un novedoso argumento contra Hume y sus partidarios. ¿Cómo -pregunta McGinn- pudiéramos explicar el proceder altruista que implica el ayudar a personas desconocidas cuando no existe ninguna perspectiva de reciprocidad? El considera que sólo es posible una respuesta coherente si se asume que la moral tiene bases racionales. En este sentido, nosotros podríamos argumentar que la evolución social comporta el desarrollo de nuestros poderes racionales y, desde luego, la moral forma parte de esa totalidad.
El ensayo "Realismo" de Michael Smith trae hasta los momentos actuales la discusión en torno al papel de la razón en la moral. Hoy, en los departamentos de Filosofía, estos temas aparecen en forma de un debate acerca del "realismo moral" o como lo expresa Smith, sobre "el criterio metafísico de que existen hechos morales". En contraposición al argumento de Mackie de lo extraño o lo raro en el ámbito de la moralidad, los realistas morales modernos como Smith, ven sólo hechos morales cuyo misterio radica en que son deseos generados bajo el influjo de circunstancias particulares. El ensayo de Smith resulta como especie de una conclusión al debate entre Hume y Kant, porque su noción de los deseos idealizados como razones para la acción, sugiere una posible convergencia entre las teorías basadas en los deseos y las fundamentadas en la razón.

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