A nivel mundial, la Ética está hoy en auge. La filosofía tiene en la Ética su expresión más fructífera y promisoria. Lo más representativo del mundo académico






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  • La conciencia moral.


En los últimos tiempos, las investigaciones acerca de la conciencia moral han experimentado un significativo avance. Han recibido un notable desarrollo las teorías en torno a la conciencia moral social y la conciencia moral individual. Estos conceptos, aunque muy vinculados entre sí, no son idénticos. Si la conciencia moral social es un conjunto de principios, normas, valores e ideales que constituyen un reflejo de las condiciones materiales de vida que caracterizan a un conglomerado humano en una etapa de su desarrollo histórico, la conciencia moral individual es la forma específica e irrepetible en que las concepciones prevalecientes en una sociedad dada se expresan a nivel personal.
El desarrollo moral del individuo discurre como un proceso personal de asimilación de la sociedad, reflejada y consolidada en la conciencia moral social. Esta asimilación está dirigida hacia la consecución de determinados objetivos, cuya concreción se logra por medio de la instrucción y la educación. La esencia de este proceso consiste en insuflar en la conciencia moral del individuo aquellos valores que se generan por la ideología dominante en la sociedad. Asimismo, juegan su papel en estas circunstancias la influencia de aquellos elementos que en forma de tradiciones dejan su impronta en la mentalidad individual a partir de la conciencia cotidiano-empírica.
La conciencia moral del individuo, sobre la base de su biografía personal, no se limita a ser un remedo en pequeño de la conciencia moral social. Queremos expresar con esto que la conciencia moral individual no consiste simplemente en la asimilación de las adquisiciones de la conciencia moral social, sino su reelaboración desde el ángulo de la individualidad. Resulta importante esta precisión conceptual, pues de lo contrario pudiera inferirse que la diferenciación entre la conciencia moral social y la conciencia moral individual sería sólo un problema de volumen y no de contenido.
La conciencia moral individual representa, en primer lugar, el conjunto de sentimientos, conocimientos y convicciones, en los cuales se resume parte de la conciencia moral social que asimila y transforma la personalidad sobre la base de su existencia individual. En segundo lugar, la conciencia moral individual presupone siempre una determinada relación del ser humano hacia el mundo, la sociedad y hacia sí mismo.
La relación de la persona hacia el medio social en sus manifestaciones extremas, puede expresarse como aceptación o como rechazo de la realidad en que desenvuelve su vida. En el primer caso, el individuo acepta integralmente el orden existente y la normatividad dominante, los apoya con su conducta, sin pretender modificarlos. En el segundo caso, la persona no acepta el medio en que vive ni su realidad y entonces contrapone al mundo existente otras representaciones en las que impugna totalmente el sistema prevaleciente. Toda esta situación conflictiva del individuo, con respecto a un medio social que no le satisface, está caracterizada por un cuestionamiento que deviene agente de transformación. Si en el primer caso, la persona refleja en su conciencia moral el mundo circundante y tiene una actitud de acomodamiento con respecto a él, en el segundo caso el individuo se identifica con la necesidad de cambiar y rehacer el medio.
La conciencia moral individual es una estructura compleja que para su estudio puede ser examinada teniendo en cuenta sus aspectos gnoseológico y sociológico. El análisis de la conciencia del individuo a partir del estudio de los dos aspectos anteriormente referidos nos permite profundizar en el conocimiento de la formación y funcionamiento de la personalidad en su conjunto.
El aspecto gnoseológico comporta el nivel empírico y el nivel racional. El nivel empírico caracteriza aquel ámbito de la conciencia moral individual en el cual las representaciones de la persona se han formado fundamentalmente sobre la base de sus propias experiencias espontáneo-empíricas. En el nivel racional, el proceso de formación de la conciencia moral individual tiene lugar bajo la influencia de los puntos de vista, ideas y teorías que surgen fuera de la conciencia del individuo y llegan a ella desde la conciencia moral social. En este nivel se estructuran los fundamentos de la concepción del mundo del individuo.
En el aspecto sociológico, la conciencia moral individual opera en los niveles de la conciencia cotidiana y de la teórica. En el nivel cotidiano, la conciencia moral individual refleja de manera aparencial las relaciones entre las personas. En este nivel no existe una penetración en lo esencial que caracteriza a la vida y al desarrollo social, aquí no se examinan vínculos íntimos que rigen los procesos sociales.
En conjunto, la conciencia moral individual, en su nivel cotidiano, se fundamenta en hechos únicos que sólo de manera aproximada expresan la verdadera realidad de las relaciones interpersonales, de los vínculos entre el individuo y la sociedad. Esta forma de operar que caracteriza a la conciencia moral individual, en su cotidianidad, propicia frecuentemente el surgimiento de rumores y juicios que, pretendiendo reflejar la esencia de las motivaciones y actitudes de las personas, tergiversan el carácter de las conductas individuales. La posibilidad de una distorsión valorativa tiene su fundamento en que la conciencia cotidiana se apoya esencialmente en lo casual, en lo que yace en la superficie de los hechos, propiciando así la apreciación inexacta del contenido de las actitudes personales.
En el nivel cotidiano, la conciencia moral del individuo no rebasa el marco de los fenómenos que caracterizan a su medio más inmediato. Evidentemente que para un conocimiento profundo de la realidad social, resultan insuficientes las posibilidades que brindan los conocimientos empíricos y los sentimientos. Para la consecución de este fin, se hacen necesarios conocimientos en los cuales se generalice la experiencia de los grupos sociales, de la sociedad en su conjunto. Estos conocimientos sólo pueden ser adquiridos mediante la instrucción y la educación que se afincan en la batalla diaria por alcanzar los grandes objetivos sociales.
Resulta conveniente precisar que a la conciencia cotidiana no sólo le son inherentes los conocimientos empíricos y los sentimientos, sino que también ella opera igualmente con formas racionales. Es decir, se fundamenta en determinadas ideas y principios, pero estas ideas existen en la conciencia cotidiana no en forma teórica, sino a nivel de juicios, creencias, costumbres que se generan en los límites de la experiencia diaria. En su quehacer diario, el individuo puede realizar el bien y luchar por la justicia, no solamente movido por los sentimientos, sino también por las costumbres, las tradiciones y además, con una elección reflexiva, consciente.
La cotidianidad de la conciencia moral no consiste en si es racional o empírica, sino en su incapacidad para decidir los problemas fundamentales con conocimiento de causa. Problemas de ese tenor, tales como el de la legitimidad del orden social existente, desde el punto de vista del humanismo y la justicia, del ideal social, el del sentido de la vida y otros semejantes, requieren para ser abordados y resueltos eficazmente de la existencia de una conciencia teórica en el individuo.
Para la formación de la conciencia teórica del individuo, resulta insuficiente la experiencia propia. La actividad individual, con sus contradicciones y conflictos, genera un cúmulo de experiencias que impulsan al ser humano a la reflexión acerca del bien, el deber, la justicia y otros problemas morales de semejante importancia. Sin embargo, resulta imposible encontrar respuestas idóneas a cuestiones de tal envergadura sin salir de los límites de los conocimientos adquiridos en los ámbitos de la experiencia individual. Para hallar respuesta a esos problemas morales, el individuo debe volverse hacia la experiencia de la sociedad que aparece reflejada en la conciencia social en forma de diferentes teorías éticas y doctrinas morales.
Toda teoría ética acerca del desarrollo moral de la sociedad y del ser humano, presenta una definida tendencia ideológica consistente en abordar el estudio de los problemas desde las posiciones de los intereses grupales. Cada individuo en la sociedad antagónica o es miembro de determinado grupo o se encuentra bajo la influencia de la ideología de alguno de los conglomerados humanos existentes. Ya desde su infancia, cuando comienza el período educativo, al individuo, junto a las demás concepciones acerca del mundo circundante, se le inoculan las ideas de aquel grupo en manos del cual se encuentra el sistema de educación e instrucción.
Para comprender ese influjo ideológico a que se ve sometido el individuo, queremos llamar la atención con respecto a que en la vida real la persona no sólo se encuentra bajo la influencia de la ideología del agrupamiento social al cual pertenece, sino que también recibe el impacto ideológico de los grupos contrapuestos. Esta última influencia acrecerá sobre todo cuando se trate de una ideología que refleja de la manera más adecuada la necesidad histórica. En este caso, tal ideología ejerce en el individuo una influencia más fuerte que las ideas emanadas de su propio grupo. Cuando esto sucede, se opera el tránsito del individuo hacia las posiciones más progresistas desde el punto de vista ideológico.
La ideología que representa el progreso constituye una forma específica de reflejo del acontecer social. En sus comienzos, esta ideología prende en la conciencia moral de individuos aislados a los cuales no les satisfacen las representaciones prevalecientes, las valoraciones dominantes ni las prescripciones que tienen carácter normativo. Estas nuevas ideas, enunciadas en forma de hipótesis y teorías, transitan hacia la conciencia moral social y adquieren carácter de valores sociales. Resulta importante aclarar que no todas las ideas elaboradas por los teóricos penetran en la conciencia social como valores.
Desde el punto de vista social, aparecen como valores aquellas ideas en las cuales está reflejada la necesidad del desarrollo progresivo de la sociedad. Precisamente, esas ideas constituyen la fuerza que activamente influye sobre la sociedad y la cambia.
La conciencia teórica del individuo constituye un nivel más alto que su conciencia cotidiana. Cuando el nivel teórico alcanza un rango apreciable, la persona no sólo adecua su conducta a determinados parámetros conceptuales, sino que en su actividad realiza lo que exige la necesidad social en un determinado momento histórico. De esta manera, el individuo pasa a engrosar las filas de los luchadores por el progreso social de la humanidad.
La actividad de la conciencia moral individual se realiza en forma sensorial y en forma racional. Los sentimientos morales constituyen una reacción interna del individuo hacia las acciones realizadas por él mismo, así como las concretadas por otras personas. Como expresión de esta reacción, en el individuo surge determinada relación con respecto a las acciones referidas que puede expresarse en forma de sufrimientos internos: sentimientos de vergüenza, arrepentimiento, remordimientos, satisfacción o en forma de reacciones emocionales dirigidas al exterior: compasión, odio, amor, indiferencia.
La naturaleza de los sentimientos morales resulta doblemente social. Su carácter, en gran medida, depende del grupo al que pertenece el individuo y de aquellos fenómenos sociales que han participado en calidad de orientaciones valorativas del sujeto en el proceso de su educación. En cada individuo, la experiencia vital resulta peculiar e irrepetible, condicionada por las múltiples y variadas circunstancias en las cuales desenvuelve su existencia. Esta experiencia en unión con la naturaleza emocional del individuo engendra diferentes sentimientos, tanto positivos como negativos.
En la vida cotidiana, cuando no existe la posibilidad de meditar detenidamente acerca de las acciones a realizar, debido a la necesidad de tomar una rápida decisión, el sentimiento ayuda al ser humano a efectuar una elección correcta. En este caso, el sentimiento interviene como motivación de la conducta.
Los sentimientos se encuentran en el escalón inicial del conocimiento humano. Esta peculiaridad determina que no siempre a través de ellos puedan reflejarse adecuadamente las situaciones existenciales que comportan un determinado nivel de complejidad o de situación conflictiva. Por esta razón, en muchos casos, se habla de que los sentimientos son ciegos.
En la contemporaneidad, resulta muy importante tener presente las posibilidades reales de los sentimientos morales a fin de orientarnos certeramente en un mundo caracterizado por la multiplicidad y la complejidad de los vínculos entre las personas, entre el individuo y la comunidad. En nuestro tiempo, como resultado de las circunstancias referidas, en muchas ocasiones se impone la realización de una elección efectiva de los modos de conducta sobre la base de los sentimientos. Por eso, los sentimientos morales del individuo deben ser completados con los conocimientos morales. Conocimientos que permitan a la persona comprender acertadamente valores morales tales como el bien, el deber, la solidaridad, la justicia, la libertad; conocimientos acerca de las normas, principios e ideales sociales.
Sin embargo, los conocimientos, por sí solos, aún no garantizan la efectividad de la conducta. El individuo puede conocer en qué consiste su deber, cuales son los valores a los que debe atenerse, pero en la vida real no actuar en correspondencia con estos conocimientos. En el proceso educativo es necesario lograr que los conocimientos no sean para la persona sólo meras abstracciones. Se necesita que esos conocimientos acompañen sus sentimientos y guíen su conducta individual.
La unión de los conocimientos y los sentimientos sirve de base a las convicciones morales que constituyen elementos importantes de la conciencia moral individual. El individuo que no posee sólidas convicciones se proyecta en la vida con una endeblez manifiesta y en los momentos decisivos no suele ocupar las posiciones que demandan las circunstancias. Fundamentando su modo de vida en convicciones que poseen un valor insignificante, este individuo jamás podrá elevarse hasta la comprensión del verdadero sentido de la existencia humana. El circunscribe su razón de existir al logro de objetivos secundarios, cuya realización nunca le permitirá constituirse en una personalidad capaz de revelar en forma plena la genuina esencia de los valores humanos.
Las convicciones morales se forman en cada individuo como resultado de su participación en la vida social. Este proceso presupone la influencia de todo el sistema de educación social a fin de forjar en el individuo un sistema de convicciones. Así mismo se precisa que estas convicciones orienten al individuo hacia la lucha por el progreso humano y por la existencia de relaciones justas y solidarias entre las personas.
La actividad social del individuo, expresión de su esencia humana, se integra por el conjunto de acciones y conductas, dirigidas a la consecución de determinados objetivos. Ella incluye en sí un complejo de valoraciones que guían a la persona en la elección de sus formas de comportamiento. La actuación conscientemente dirigida que caracteriza al ser humano determina que sólo en muy raros casos el individuo realice una u otra conducta sin plantearse de antemano por qué y para qué se conduce de tal manera. El ser humano opera con una tabla de valores que caracteriza a su conciencia y cualifica su modo de vida. El sentido de la vida del individuo estará determinado por las peculiaridades de sus orientaciones valorativas.
Con las orientaciones valorativas se enlaza estrechamente la motivación de la actividad humana. Las acciones individuales en gran medida están predeterminadas por las circunstancias concretas que la persona encuentra en el medio en que se desenvuelve. Sin embargo, lo anterior no quiere decir que el ser humano se cruce de brazos ante la realidad circundante, él aspira a realizar cambios en su entorno, en consonancia con sus intereses. El ser humano no es un observador imparcial de su mundo, es el agente activo de las transformaciones que necesita y desea. Este interés que orienta las acciones del individuo, constituye la relación subjetiva que como presupuesto de la conducta deviene motivación de la actividad humana.
En la conciencia moral individual se refleja no sólo el mundo subjetivo, sino también la propia vida del sujeto en sus variadas facetas. Este reflejo del micromundo personal abarca la relación del individuo hacia el mundo objetivo, el carácter e integralidad de las relaciones entre lo subjetivo y lo objetivo, el nivel de interés hacia el medio circundante, el grado de influencia activa del individuo con respecto a la realidad natural y social. En este marco, como indudable muestra del nivel de desarrollo de la conciencia moral individual, aparece no sólo la unidad de la orientación valorativa y la motivación, sino también la dimensión alcanzada por estos fenómenos, es decir, el grado de importancia de unas u otras motivaciones y la real significación que presentan las orientaciones valorativas para el sujeto.
En el proceso de su actividad vital, el ser humano constantemente coloca ante sí diferentes objetivos, tareas, aspiraciones hacia cuya realización se dirige para dar sentido a su vida. A la luz de estas determinaciones, tendrá una madurez mayor aquella conciencia que es capaz de plantearse ante sí los objetivos más significativos, supeditando su alcance a los esfuerzos personales y que examina los asuntos presentes desde el punto de vista del futuro.
La existencia de una conciencia moral individual desarrollada adquiere la forma de elevadas exigencias de la persona para consigo mismo. Estas exigencias se concretan ante el individuo en forma de representaciones acerca del deber personal y la responsabilidad, el honor y la dignidad, expresándose como verdaderas órdenes de su conciencia valorativa.


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