A nivel mundial, la Ética está hoy en auge. La filosofía tiene en la Ética su expresión más fructífera y promisoria. Lo más representativo del mundo académico






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aclarar qué es la moral, cuáles son sus rasgos específicos, 2) fundamentar la moralidad, es decir, tratar de averiguar cuáles son las razones por las que tiene sentido que los seres humanos se esfuercen en vivir moralmente; y 3) aplicar a los distintos ámbitos de la vida social los resultados obtenidos en las dos primeras funciones, de manera que se adopte en esos ámbitos sociales una moral crítica, (es decir, racionalmente fundamentada), en lugar de un código moral dogmáticamente impuesto o de la ausencia de referentes morales.
A lo largo de la historia de la Filosofía se han ofrecido distintos modelos éticos que tratan de cumplir las tres funciones anteriores: son las teorías éticas. La ética aristotélica, la kantiana, la utilitarista o la discursiva son buenos ejemplos de este tipo de teorías. Son construcciones filosóficas generalmente dotadas de un alto grado de sistematización, que intentan dar cuenta del fenómeno de la moralidad en general y de la preferibilidad de ciertos códigos morales en la medida en que éstos se ajustan a los principios de racionalidad que rigen en el modelo filosófico de que se trate.
En efecto, aunque la historia de la Ética recoja una diversidad de teorías, a menudo contrapuestas, ello no debe llevarnos a la ingenua conclusión de que cualquiera de ellas puede ser válida para nosotros –los seres humanos de principios del siglo XXI- ni tampoco a la desesperanzada inferencia de que ninguna de ellas puede aportar nada a la resolución de nuestros problemas. Por el contrario, lo que muestra la sucesión histórica de las teorías es la enorme fecundidad de la Ética que ha sabido acercarse a los problemas de cada época elaborando nuevos conceptos y diseñando nuevas soluciones. La cuestión que debería ocupar a los éticos de hoy es la de perfilar nuevas teorías éticas que podamos considerar a la altura de nuestro tiempo Y para ello resulta útil e insoslayable el conocimiento de las principales éticas del pasado.
Entre las tareas de la Éticas, como ya hemos dicho, no sólo figura la aclaración de lo que es la moralidad y la fundamentación de la misma, sino la aplicación de sus descubrimientos a los distintos ámbitos de la vida social: a la política, la economía, la ecología , la medicina, la ingeniería genética, etc.. Si en la tarea de fundamentación se descubren determinados principios éticos, la tarea de aplicación consistirá en averiguar cómo pueden esos principios ayudar a orientar los distintos tipos de actividad.
Sin embargo, no basta con reflexionar sobre cómo aplicar los principios éticos a cada ámbito concreto, sino que es preciso tener en cuenta que cada tipo de actividad tiene sus propias exigencias morales y proporciona sus propios valores específicos. No resulta conveniente hacer una aplicación mecánica de los principios éticos a los distintos campos de acción, sino que es menester averiguar cuáles son los bienes internos que cada una de esas actividades debe aportar a la sociedad y qué valores y hábitos es preciso incorporar para alcanzarlos. En esta tarea no pueden actuar los éticos en solitario, sino que tienen que desarrollarla cooperativamente con los expertos de cada campo. La ética aplicada es necesariamente interdisciplinaria.
Trasladando esa caracterización a las actividades sociales, podríamos decir que el fin específico de la salud pública es el bien del paciente; el de la empresa económica, la satisfacción de necesidades humanas con calidad; el de la política, el bien común de los ciudadanos; el de la docencia, la transmisión de la cultura y la formación de personas educadas y críticas; el de las biotecnologías, la investigación en pro de una humanidad más libre, sana y feliz. Quien ingresa en una de estas actividades no puede proponerse una meta cualquiera, sino que ya le viene dada y es la que presta a su acción sentido y legitimidad social.
Nuestra tarea consiste en dilucidar qué valores concretos es preciso asumir para alcanzar esos fines. Precisamente, por eso, en las distintas actividades humanas se introduce de nuevo la noción de “excelencia”, porque no todos los que intervienen para alcanzar los bienes internos tienen la misma predisposición, el mismo grado de virtud. Un mínimo sentido de la justicia, nos exige reconocer que en cada actividad unas personas son más virtuosas que otras. Esas personas son las más capacitadas por encarnar los valores necesarios para concretar los bienes internos consustanciales a la actividad social de que se trate.
Las distintas actividades se caracterizan, pues, por los bienes que sólo a través de ellas se consiguen y por los valores que para la concreción de esos fines se exigen. Las distintas éticas aplicadas tienen por tarea, a nuestro juicio, averiguar qué valores permiten alcanzar en cada caso los bienes internos de la actividad respectiva.
El renacer del movimiento de la ética aplicada que se manifiesta al comenzar la década de los 70 del siglo XX, responde a la necesidad que tiene la comunidad planetaria de que la reflexión ética deje de ser general y abstracta y se centre en problemáticas concretas, dilucidando las razones que podrían ser dadas en apoyo de juicios particulares, en controversias específicas.


  • Los valores morales


Con el desarrollo social, se consolidan en el quehacer humano los valores morales. Los valores son formas de la conciencia moral que se caracterizan por expresar las exigencias morales de la manera mas generalizada. Ellos tienen una vinculación muy estrecha con las normas morales, pero mientras que las normas prescriben las acciones que concretamente el ser humano debe realizar, los valores revelan de manera global el contenido de un sistema moral determinado. Los valores morales juegan un papel decisivo desde el punto de vista orientador y cuando pasan a formar parte de la conciencia individual ejercen una influencia activa en el ámbito de las relaciones y las conductas humanas.
En el decursar del pensamiento universal, son innumerables los valores morales que han sido reconocidos por los estudiosos, desde diversas perspectivas filosóficas. Entre esos valores, los admitidos con mayor frecuencia son los siguientes: el humanismo, la solidaridad, el colectivismo, la justicia, la equidad, la libertad, el patriotismo, el internacionalismo, el bien, el deber, la dignidad, el honor, el ideal, el sentido de la vida y la felicidad. A nuestro modo de ver, si resulta necesario desentrañar la esencia de cada uno de ellos, más trascendente aún es analizar esos valores morales bajo un enfoque sistémico. Hasta hoy, el tratamiento en sistema de los valores, ha sido casi inexistente, no obstante la importancia teórica y práctica de tal enfoque. Nos proponemos realizar la exposición de esos valores bajo la óptica sistémica, ya que en el plano social se presentan con tal especificidad.
El humanismo es el valor moral que postula la consideración del ser humano como supremo fin y por lo tanto, merecedor de un desarrollo multilateral. El humanismo constituye el punto de partida del sistema que conforman los valores morales. La moralidad de signo positivo exige que el sujeto moral tenga como motivación fundamental la preocupación por el ser humano en el sentido de posibilitar su desarrollo y lograr la satisfacción de sus necesidades fundamentales.
El humanismo, como valor moral, comporta la convicción ilimitada en las posibilidades del ser humano y en su capacidad de perfeccionamiento; presupone la defensa de la dignidad personal; proclama la concepción de que el individuo tiene derecho a la felicidad y exige validar el criterio acerca de que la satisfacción de las necesidades e intereses del ser humano debe constituir el objetivo esencial de la sociedad, en la búsqueda de un mundo más solidario.
La solidaridad es el valor moral que expresa la necesidad de vincular la existencia individual al objetivo de potenciar la diversidad de relaciones que une a los miembros de la sociedad. La solidaridad demanda la adopción de la causa del humanismo como fundamento primordial de la vida personal; admite el reconocimiento de nuestros semejantes como pariguales, a fin de lograr el necesario entendimiento y comprensión entre todos los miembros de la sociedad; implica la comprensión del humanismo como actitud del sujeto moral encaminada a potenciar a los más débiles; sustenta la igualación de oportunidades como condición del libre desarrollo de cada uno de los seres humanos. El valor moral de la solidaridad constituye un obligado corolario de la lucha por el ser humano, por hacer realidad el valor del humanismo.
El humanismo que sólo puede plasmarse como realidad a través del ejercicio de la solidaridad, se expresa en las relaciones interpersonales en forma de colectivismo. El colectivismo, negación del individualismo fomentado por la desigualdad social, promueve la dedicación de la vida personal a ideales y objetivos que comportan la satisfacción de intereses humanos.
En su condición de valor moral, el colectivismo fomenta el desarrollo de capacidades para la ejecución de acciones conjuntas y se caracteriza por la entrega de la existencia individual a fines que tienen una significación colectiva. Si bien es verdad que el colectivismo supone la primacía de los intereses sociales por encima de los intereses personales, esto no significa que el sujeto moral no pueda concretar sus aspiraciones individuales, pues hay que tener presente que todo interés personal racionalmente entendido, tendrá siempre un carácter social.
El colectivismo cumple el rol de aglutinador de todos los demás componentes del sistema de valores morales. La lucha por la solidaridad humana, expresión de partida de la fidelidad al humanismo, no puede concretarse sin un esfuerzo colectivo de singular envergadura. Las generaciones de hombres de buena voluntad que con sus esfuerzos han hecho factible el mejoramiento humano en diversas partes del mundo, brindaron a sus semejantes muestras concluyentes de colectivismo al sacrificarse en aras de los intereses sociales. El desarrollo humano que constituye una necesidad a escala planetaria, sería inconcebible sin derroches cotidianos de actitudes colectivistas, propiciadoras de un entorno social verdaderamente justo.
La justicia, como valor, se refiere a lo que es exigible en el fenómeno moral; exigible a cualquier ser humano que quiera pensar moralmente. Será moralmente justo lo que satisface intereses universalizables en determinada situación histórico-concreta. Cuando conceptuamos algo por justo, podemos exigir que cualquier ser humano lo conciba en esa misma condición, porque estamos ante una alternativa que tiene un referente objetivo.
Desde la perspectiva moral, los criterios de justicia son universalmente intersubjetivos. La controvertida universalidad del fenómeno moral pertenece a la dimensión de justicia, porque no se trata de una invitación a observarla, sino de una exigencia en cuanto a su cumplimiento. La estructuración de una moral universal que establezca un valladar a los subjetivismos, sólo será posible desde aquellas exigencias de justicia que son inapelables, entre las que sobresale el deber de validar el humanismo en la diversidad de sus expresiones grupales y culturales en términos de equidad.
El valor moral de la equidad consiste en dar a cada uno lo que le corresponde por sus méritos o condiciones. La equidad supone no favorecer en el trato a uno, perjudicando a otro. La inequidad es inherente a las sociedades en que impera una polarización entre la riqueza y la pobreza. En esas sociedades, los patrones distributivos y las oportunidades están en función de la estructura de dominación y de la propiedad sobre los medios de producción. Se trata de un mundo de desiguales, en el que la desigualdad lleva a la dominación de unos por otros.
Desde el punto de vista moral, la equidad está muy vinculada al concepto de integración social. El objetivo supremo de la integración social es la creación de una sociedad para todos, basada en el respeto a todos los derechos humanos y libertades fundamentales, la diversidad cultural y religiosa, la justicia social y las necesidades especiales de las personas que se encuentran en desventaja, la participación democrática y el respeto a la ley. La equidad, entendida como búsqueda de la integración social, se expresa como actitud moral dirigida a potenciar a los más débiles, ya que es preciso lograr una igualación, si queremos que todos puedan tener acceso a un desarrollo humano que les permita ejercer su libertad.
La libertad es un valor consustancial a la especificidad de la moral. Se encuentra implicada en la esencia misma de la moralidad como fenómeno social. Si el ser humano carece de libertad para elegir entre alternativas u opciones diferentes no puede elevarse a la categoría de sujeto moral. La persona accederá a esa condición cuando su poder decisorio, con respecto a la conducta a seguir, no sea fruto de la coerción externa sino resultado de la libre elección.
En el ámbito moral, la libertad no puede entenderse como libre albedrío que permitiría a la voluntad humana proyectarse en términos de un subjetivismo extremo. Hay que comprenderla como una complementación de sus referentes individual y social. Desde el ángulo individual, la libertad se configura como el derecho a gozar de un ámbito privado, sin interferencias ajenas, en el que cada quien puede ser feliz a su manera (libertad negativa). Desde la perspectiva social, la libertad comporta el derecho a participar como sujeto en las decisiones que le afectan y conciernen como miembro de la colectividad (libertad positiva). Así entendida, la libertad vendría a ser una conjugación de dos expresiones inseparables de un valor moral que fomenta el humanismo, al dar cauce a las aspiraciones individuales por derroteros de carácter social.
Cuando ese humanismo que propulsa las ansias libertarias, se proyecta como lucha y sacrificio por los intereses comunitarios, estamos en presencia del patriotismo. El patriotismo es el valor moral que impele al individuo a identificarse con su pueblo. Presupone la preocupación por la historia del país y las tradiciones patrias, el amor al pueblo, la lucha intransigente contra los enemigos de la patria y el sano orgullo por los avances sociales en los ámbitos local y nacional. El verdadero patriotismo se contrapone al patrioterismo que utilizando los sentimientos del pueblo apuntala los intereses de los privilegiados y fomenta el exclusivismo nacional.
Los tiempos que corren exigen rebasar el humanismo comunitario llegando a adoptar una perspectiva de humanismo universalista, desde una conciencia moral que es capaz de ponerse en lugar de cualquier persona en cuanto tal, en cualquier parte del mundo. El internacionalismo es el valor moral que postula la vinculación del individuo con los intereses colectivos en términos de humanidad, como la expresión más elevada del humanismo real. Este valor que constituye el escalón más alto del humanismo se caracteriza por propulsar la igualdad y libertad de todos los pueblos, la intransigencia con el racismo y la xenofobia, la solidaridad mundial en la lucha por objetivos comunes en bien de la humanidad, el interés y respeto por las culturas nacionales.
El valor moral del patriotismo no se contrapone al internacionalismo. Entre ambos existe una estrecha interrelación. Esta inquebrantable ligazón entre el patriotismo y el internacionalismo ha sido puesta en tela de juicio por quienes piensan que no es posible ser internacionalista y patriota al mismo tiempo.
El patriotismo y el internacionalismo tienen un mismo fundamento moral. Ambos valores constituyen la expresión, a distintos niveles, de la defensa de los intereses humanos. En este sentido, el patriotismo que se fundamenta en el amor al pueblo, en los marcos comunitarios, se proyecta a nivel de la humanidad en forma de internacionalismo. Por eso, los internacionalistas más auténticos son los patriotas más consecuentes y los verdaderos patriotas son genuinos internacionalistas.
La realización del humanismo mediante la concreción de la solidaridad, el colectivismo, la justicia, la equidad, la libertad, el patriotismo y el internacionalismo, nos expresa el contenido del bien como valor moral. Tradicionalmente el bien y su contrapartida, el mal, han sido comprendidos como sinónimos de lo moral y lo inmoral. Ahora bien, la comprensión de lo bueno y lo malo ha variado de época a época y de pueblo a pueblo, determinando que los hombres caractericen a un mismo acontecer como moral o inmoral según las circunstancias históricas. ¿Significa esta peculiaridad que no tenemos posibilidades de encontrar un criterio objetivo para deslindar lo bueno de lo malo?.
La interrelación entre lo grupal y lo humano-universal en la moral permite resolver el referido problema. Lo humano-universal tiene un sentido concreto en la medida que se expresa a través de lo grupal. Mientras existan grupos sociales con intereses contrapuestos, lo humano-universal sólo tendrá esa forma de manifestación. Cuando el grupo social desenvuelve un rol históricamente progresista, su moral acusa un contenido humano-universal incomparablemente superior al portado en la etapa en que ese mismo grupo transcurre por una fase decadente. De aquí que la verdad acerca de lo bueno y lo malo no la puede dar la conciencia moral del grupo con su carga de subjetividad, sino los componentes humano-universales que objetivamente comporta su moralidad.
Con los presupuestos conceptuales, anteriormente expresados, estamos en condiciones de caracterizar al bien como valor moral. El bien moral es aquella calidad de las relaciones sociales cuya esencia consiste en que el ser humano trata a sus semejantes como fin y no como medio, concibiendo la entrega a sus pariguales con el objetivo supremo de su conducta. Es la carga del humanismo contenida en el quehacer cotidiano de los sujetos lo que identifica objetivamente su proceder como expresión concreta del bien moral.
Estrechamente vinculado al bien y el mal se encuentra el deber, valor moral de innegable trascendencia. El deber se configura por la relación existente entre la práctica moral individual y la orientación normativa-valorativa que impele a su cumplimiento. Como puede apreciarse el código moral prevaleciente deviene fundamento o base del deber. Es necesario tener presente que cuando el individuo nace no es aún sujeto moral. Sólo a partir de su inserción en el conjunto de las relaciones sociales, la individualidad se desarrolla y se conforma la conciencia moral personal. El punto de referencia para la formación del mundo moral individual es la conciencia moral social. La moral como forma de la conciencia social con sus normas, principios e ideales sirve de fundamento objetivo para la estructuración del deber como valor de la moralidad personal.
El deber puede concatenarse con el bien o con el mal. Cuando el deber individual responde al interés humano, la conducta personal está motivada por el bien moral. Por el contrario, en aquellos casos en que el cumplimiento de lo debido comporta actitudes que denigran al ser humano o impiden su realización multilateral, el deber tiene sus raíces afincadas en el mal moral. Esto quiere decir que la postura del sujeto moral, consciente o inconsciente, de aceptación o rechazo del interés humano determina la vinculación del deber al bien o al mal.
Cuando en las relaciones morales prima lo humano- universal, el deber aparece vinculado al bien y la conciencia individual prescribe al sujeto el respeto a la dignidad del ser humano. La dignidad, como valor, consiste en la apreciación que establece el individuo en relación consigo mismo y con sus semejantes por su condición de seres humanos. Al desentrañar el contenido de este valor, es necesario tener presente su desdoblamiento en la dignidad propia y la dignidad ajena. La dignidad propia presupone la conciencia por parte de la persona de que es parte integrante de la especie humana y como tal merece las consideraciones correspondientes. El reconocimiento de la dignidad ajena sigue esta misma línea de pensamiento, pero en este caso específico, el sujeto moral se vuelve hacia sus semejantes, considerando que toda persona por su condición humana, debe ser objeto del respeto de los demás.
En estrecha relación con la dignidad como valor moral tenemos el valor del honor. El honor es la valoración que alcanza el individuo ante los demás semejantes por su ejecutoria en la vida. Debido a su cercanía conceptual, en ocasiones, se confunden los valores de la dignidad y el honor. Muchas veces, en el lenguaje conversacional, se utilizan como sinónimos y así se habla de la dignidad o del honor mancillados, en términos de equivalencia. No obstante, entre ambos valores existe una diferencia sustancial: la dignidad se otorga, mientras que el honor se gana. Decimos que la dignidad se otorga por cuanto la moral humanista extiende la consideración que ella implica a todas las personas por igual; expresamos que el honor se gana, pues sólo serán acreedores a los reconocimientos que comporta, aquellos individuos que se lo merezcan por su proceder en la vida social, en consonancia con la normatividad moral comunitaria.
Sobre la base de sus concepciones acerca del humanismo, la justicia, el bien, el deber y demás valores que tienen relación con la consideración que le merecen los demás semejantes, el ser humano conforma su ideal moral. El ideal moral es el programa valorativo que el individuo lucha por plasmar en la vida y cuyo objetivo fundamental consiste en conjugar los intereses sociales y los personales. Cada persona conforma su ideal en correspondencia con la riqueza de su cultura moral. El ideal moral será más avanzado en la medida que el interés humano prime sobre los intereses individuales, aunque esto no presupone la subestimación de las aspiraciones personales racionalmente comprendidas.
En las sociedades en que existen intereses grupales de carácter antagónico, como tendencia, los ideales morales se fundamentan en el egoísmo. Lo anterior no quiere decir que en el seno de esos conglomerados humanos no surjan ideales de avanzada, basados en la búsqueda del bien moral En la contemporaneidad, esos ideales únicamente pueden alcanzarse en la lucha por lograr una sociedad más justa y la formación de un ser humano verdaderamente solidario. La validación del humanismo constituye el único camino para plasmar el ideal móvil que posibilite sentar las condiciones que hagan factible el desarrollo multilateral de las personas.
En correspondencia con el ideal moral de las personas, la vida humana adquiere sentido. El sentido de la vida es el valor moral que refleja la caracterización esencial que adquiere la existencia individual en el complejo batallar cotidiano por hacer realidad los presupuestos programáticos del ideal moral. Establecemos esta correlación entre los contenidos de ambos valores, porque consideramos que sin un ideal moral humanista resulta imposible que el proceso vital de las personas adquiera un verdadero sentido.
Cuando nos referimos a un verdadero sentido de la vida es en contraposición a un falso sentido de la vida que tiene por fundamento la absolutización del interés personal, postura egocentrista a la que acompañan de manera inevitable el individualismo y el egoísmo. El verdadero sentido de la vida comporta la lucha continuada por la eliminación de las condiciones que fomentan las desigualdades e impiden el establecimiento de un orden social en que la persona sea un auténtico hermano para sus semejantes. De aquí que la batalla por concretar los ideales humanistas sea el fundamento que da sentido a la vida de la persona en la contemporaneidad.
La posibilidad de darle sentido a la vida sienta las bases de la felicidad. Tal vez no exista un valor moral que tenga un contenido más controvertido que el de felicidad. En torno a la felicidad existen las interpretaciones más diversas. Algunos criterios la identifican con la satisfacción de determinadas necesidades materiales, otros puntos de vista la circunscriben a la concreción de aspiraciones de carácter espiritual. Así mismo, en el contexto de determinadas interpretaciones se establece una equivalencia entre alegría y felicidad. A partir de este panorama interpretativo tan complejo, pudiera colegirse que cada cual es feliz a su manera, en consonancia con los puntos de vista individuales en torno a la felicidad.
La felicidad como valor implica una opción de carácter subjetivo. Sería irracional exigir que todo el mundo tuviese la misma concepción de lo “felicitante”. Debemos respetar los modelos de felicidad de los distintos individuos o grupos y culturas. Ahora bien, podemos proponer un criterio de felicidad que puede ser compartido de manera intersubjetiva. Nuestro punto de vista acerca de la felicidad parte de concebirla en estrecha interrelación con el humanismo, la solidaridad, la justicia y la libertad. Vemos la felicidad como un ámbito específico de la subjetividad humana, en ligazón estrechas con los componentes esenciales de la vida social. Argumentamos la existencia de una felicidad que consiste en la satisfacción experimentada por el individuo como resultado de la entrega cotidiana a los intereses sociales, lo que daría un elevado sentido a su vida. Desde esta perspectiva, se alcanza la felicidad cuando nuestras fuerzas personales están en función del desarrollo multilateral de los seres humanos.

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