A nivel mundial, la Ética está hoy en auge. La filosofía tiene en la Ética su expresión más fructífera y promisoria. Lo más representativo del mundo académico






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La moral y la ética.



Para captar con precisión el concepto de moral hay que tener presente la carencia de sustantividad de la moralidad. Es decir, lo moral no integra una parcela particular de la vida en sociedad, existe como atributo de las múltiples relaciones que dan sentido a la existencia humana. Una misma conducta puede tener una connotación moral o inmoral, según sea la motivación y el resultado que concrete. Regar las plantas ornamentales de un jardín en sí mismo no tiene carácter moral o inmoral, mas si realizamos esa acción movidos por el propósito de mantenerlas vivas ya que significan mucho para una persona enferma que se encuentra en el hospital, entonces la referida conducta adquiere un fundamento moral. Teniendo en cuenta las especificidades aducidas, decimos que la moral es aquella calidad de los fenómenos sociales que se expresa esencialmente en la connotación que tienen para el ser humano las relaciones con sus semejantes.
Por supuesto, la moral no ha sido siempre la misma, ha variado a lo largo de los siglos. Esa transformación ha estado determinada por los cambios acaecidos en las distintas sociedades que ha conocido el decursar de la humanidad. La moral como parte de la totalidad social va a reflejar las características de la estructura económica y los avatares de las luchas políticas. De ahí sus variaciones espacio-temporales.
La moral surge en las sociedades primitivas. Entre los estudiosos se ha discutido y se discute con relación al momento histórico en que surge la moral. Para algunos, la moralidad que está presente en la vida de las primeras colectividades que acusaron signo humano al desprenderse del mundo animal. Contraria a esta opinión se halla la de aquellos autores que argumentan la existencia de lo moral sólo a partir de la aparición, en el seno de la sociedad primitiva, de especializaciones de carácter laboral y por roles desempeñados. Conforme a esta última opinión para poder hablar de moralidad resulta necesario determinado desarrollo de la individualidad, un grado incipiente de desgajamiento del universo personal con respecto a la colectividad.
Con la aparición de las desigualdades sociales, la moral expresa esencialmente la confrontación entre los agrupamiento humanos con intereses económicos y políticos contrapuestos. Los distintos grupos sociales manifiestan a través de la moralidad, en términos de lo bueno y lo malo, lo que resulta favorable o desfavorable a su integridad. En un panorama social caracterizado por la existencia de grupos antagónicos, la moral recoge la visión del ser y el deber ser de cada uno de ellos. Debemos tener muy presente que la moral de cada agrupamiento social no existe en forma aislada, sino en un proceso de retroalimentación con respecto a las diferentes moralidades que forman parte del universo ideológico de la sociedad. Quiere esto decir que en las sociedades donde existen grupos sociales con intereses encontrados, la conciencia moral presenta un carácter heterogéneo, pues se integra por el aporte que corresponde a la moralidad de esos conglomerados humanos.
Cuando profundizamos en el estudio de la moral, nos percatamos de que además del componente grupal que la caracteriza, resulta necesario apropiarnos de su referente humano-universal. Al hablar de lo humano-universal en los fenómenos morales, tenemos presente los elementos de continuidad que existen entre los distintos sistemas morales, no obstante su discontinuidad expresada en las diferenciaciones e intereses grupales.
Algunos autores, al referirse a la cuestión de lo humano-universal en la moral, hablan de que su contenido se integra por simples reglas y normas de conducta que se encuentran presentes en los diferentes códigos morales. En este sentido, normas morales tales como “no matar”, “respetar al prójimo”, “dar de comer y beber al necesitado” formarían parte de ese contenido humano universal. A nuestro modo de ver, la cuestión no es tan sencilla, ya que no podemos afirmar que las mencionadas normas sean de obligada observancia en todo tiempo y lugar. Con la variación de las circunstancias sociales, cambia su contenido.
Vemos lo humano-universal en la moral más bien vinculado a aquellas concepciones y relaciones que en la sucesión de las distintas sociedades han tenido como divisa esencial el bienestar del hombre, su elevación en una dimensión verdaderamente humana. Hay que tener en cuenta que lo humano-universal no se presenta en forma pura, sino a través de los intereses grupales de la moralidad. Por eso, la moral de los grupos sociales progresistas ha sido portadora de ese contenido humano-universal. Se ha constatado que cuando un grupo social retrocede históricamente desde las posiciones progresistas a las reaccionarias, la carga humano-universal de su mundo moral se reduce ostensiblemente hasta casi desaparecer.
En los últimos años se ha prestado gran atención al estudio de la estructura de la moral. Este problema revista un interés relevante desde el punto de vista teórico y también por su trascendencia en el orden práctico. No hace mucho tiempo, los especialistas consideraban que a la moral sólo era procedente estudiarla como fenómeno de conciencia. En la actualidad prima el criterio acerca de que la moral presenta una estructura compleja integrada por la actividad moral, la relación moral y la conciencia moral.
La actividad moral es la particularidad cualitativa que distingue a los actos humanos por la implicación que tienen para un individuo o una colectividad. En el universo de las acciones humanas, los diversos actos pueden tener una connotación moral, inmoral o extramoral, dependiendo esa especificación del papel que se le conceda al ser humano y a sus intereses vitales por parte del sujeto de la actividad.

Para comprender la esencia de la actividad moral hay que tener en cuenta los rasgos fundamentales que la distinguen: la motivación, el resultado y la valoración correspondiente de ambos aspectos. La motivación, como su nombre lo indica, es el motor que impulsa la conducta; mientras que el resultado es la acción moral concretada. La valoración es el proceso evaluativo de la motivación y del resultado que se realiza por la colectividad o por el propio sujeto en forma de autovaloración.
En cuanto a la valoración de la moralidad o inmoralidad de una conducta existen discusiones con relación a si se debe tener en cuenta solamente el resultado o atenernos a la motivación como factor decisivo. Consideramos que es necesario sopesar la importancia de ambos aspectos de la actividad moral y no absolutizar la relevancia de uno de ellos, pues en muchas ocasiones el resultado no coincide con la motivación. En situaciones donde se expresa esa discordancia, se precisa establecer la valoración de la conducta a partir del análisis concreto de todos los componentes de la acción moral.
El segundo componente estructural de la moral como fenómeno social es la relación moral. Para comprender el alcance de este concepto resulta imprescindible referirlo al de relación social. Siendo el ser humano el conjunto de sus relaciones sociales, la relación moral es aquella calidad de ellas que se expresa en el hecho de implicar una afectación favorable o desfavorable con respecto a un individuo o un grupo. O sea, la relación social por sí misma no necesariamente presenta un contenido moral, lo adquiere en la medida en que el vínculo establecido por el sujeto tiene implicaciones para sus semejantes.
Las relaciones morales son tan diversas como distintos son los marcos referenciales en que el ser humano desenvuelve su existencia. Intentar su clasificación sería una tarea inacabable. Pero, teniendo en cuenta que estas relaciones existen como contenido de aquellos vínculos y dependencias que contraen las personas en el proceso de su actividad vital, podríamos referirnos a los siguientes tipos fundamentales de relaciones morales: relaciones del individuo con otras personas, con la colectividad, con la comunidad nacional, con la comunidad planetaria (humanidad).
Hacemos hincapié en la comprensión de las relaciones morales como vínculos interpersonales, pues incluso cuando hablamos de la naturaleza como objeto de moralidad, necesariamente tenemos que recurrir a las implicaciones que tiene para el ser humano el cuidado o destrucción del entorno ambiental.
El tercer elemento de la estructura de la moral lo constituye la conciencia moral. Aunque tradicionalmente se le ha caracterizado como el lado ideal de la moralidad, debemos tener presente que la conciencia moral es subjetiva por su forma, pero objetiva por su contenido. Con este criterio nos pronunciamos en contra del punto de vista que tiende a caracterizar la actividad moral como objetiva y la conciencia moral como subjetiva. La actividad moral, la relación moral y la conciencia moral solamente pueden ser aprehendidas en toda su riqueza si se comprenden como resultado de la interrelación dialéctica de lo objetivo y lo subjetivo.
La conciencia moral no existe como una esfera particular del intelecto humano, sino más bien como un contenido especial que lo peculiariza. Por esta razón, la conciencia moral es la especificidad que caracteriza a los fenómenos de la conciencia consistente en reflejar los intereses individuales o colectivos. Está integrada por el conjunto de representaciones mentales que expresan las particularidades de las relaciones sociales y la práctica cotidiana de los seres humanos. La conciencia moral constituye una forma especial de asimilación espiritual de la realidad. Si esa asimilación en el marco de la conciencia científica es en los términos antitéticos de lo verdadero y lo falso, en el ámbito de la conciencia artística atinente a la conciencia moral se expresa en el contrapunteo entre lo bueno y lo malo.
Al hablar de la estructura de la moral, hemos relacionado como sus componentes fundamentales a la actividad moral, la relación moral y la conciencia moral. Algunos estudiosos se han enfrascado en discusiones un tanto bizantinas, tratando de delimitar cual de esos tres elementos tiene carácter primario con relación a los demás. Al respecto, resulta importante puntualizar que cuando afrontamos el estudio de la moralidad debemos tener presente su integración a partir de los tres componentes señalados; ninguno de ellos puede existir al margen de los demás ni precederlo ni determinarlo. La moral es conjuntamente actividad, relación y conciencia. Esta unidad de sus elementos estructurales genera un modo específico de asimilación práctico-espiritual de la realidad que se concreta en la actividad social de las personas y se expresa a través de las funciones que cumple la moral.
En torno a las funciones fundamentales de la moral, de manera esencial, puede hablarse de las siguientes: reguladora, valorativa-orientadora, cognoscitiva, educadora e ideológica, consideramos que en estos cinco grandes rubros pueden agruparse la diversidad de roles que la moralidad puede cumplir y cumple en la vida social.
La función reguladora está referida a la influencia que la moral, como forma de la conciencia social, ejerce sobre las personas. El individuo cuando nace no es sujeto moral y es a partir de sus vivencias sociales que va adecuando la conducta a partir de los patrones de exigencia que prevalecen en su medio. Desde esta perspectiva reguladora, la normatividad moral a diferencia de la jurídica, no presupone sanciones pecuniarias o de privación de libertad, sino la aprobación o el rechazo por parte de la opinión pública.
La función valorativa-orientadora que cumple la moral, muy relacionada con su papel regulador, tiene su concreción cuando el individuo estructura una tabla de valoraciones que le sirve de orientación en la complejidad del mundo social. Así como la función reguladora expresa las exigencias sociales hacia la individualidad, la función valorativo-orientadora manifiesta los criterios de las personas con respecto al comportamiento que deben observar en su quehacer en la colectividad. En este caso, la conciencia individual actúa como tribunal moral que absuelve o condena.
La moral cumplimenta también una función cognoscitiva. La necesidad social, objetivamente existente, lleva en sí a la necesidad moral. Cuando la moral, como forma de apropiación práctico-espiritual de la realidad, permite aprehender esa necesidad, el sujeto puede comportarse como agente propulsor del progreso de la moralidad. Los problemas gnoseológicos en este campo, están íntimamente entrelazados con la libertad moral que se conforma por medio de la conjugación del conocimiento de la necesidad moral y la actividad práctica del sujeto, encaminada a transformar el medio a fin de propiciar el desarrollo social y moral.
A través del tiempo, la moral ha jugado un papel fundamental como medio activo de formación de la personalidad. Su función educadora es innegable. La moral va a incidir sobre la individualidad prescribiéndole por qué y para qué se vive. Es decir, la moral da un sentido a la vida de las personas. La educación moral se realiza a través de diferentes vías y medios, institucionales y espontáneos, en un proceso continuado en que cada integrante de la sociedad resulta simultáneamente sujeto y objeto.
En las sociedades con intereses antagónicos, la moral es un medio de influencia ideológica. La función ideológica de la moral se expresa en su contribución a la defensa de determinados intereses grupales. La lucha ideológica en el ámbito moral es aguda y sutil. Como regla, los grupos dominantes han pretendido argumentar la universalidad de su moralidad. Apelando a este recurso, se ha manifestado que el ataque a la moral dominante representa la impugnación a todo tipo de moralidad. En el mundo globalizado contemporáneo, con la polarización de intereses entre ricos y pobres, la función ideológica de la moral se ha tornado diáfana y expresa. La moral de los desposeídos expresa con claridad que defiende los intereses de los pobres de la Tierra y que por ende, resulta moralmente aceptable todo lo que contribuya a la edificación de un mundo justo y propenda a la elevación humana.
A menudo se utiliza la palabra “ética” como sinónimo de lo que llamamos “la moral”, es decir, ese conjunto de principios, normas, preceptos y valores que rigen la vida de los pueblos y de los individuos. La palabra “ética” procede del griego ethos que significaba originariamente “morada” “lugar en donde vivimos”, pero posteriormente pasó a significar “el carácter”, el “modo de ser”, que una persona o grupo va adquiriendo a lo largo de su vida. Por su parte, el término “moral procede del latín mos, moris, que originariamente significaba “costumbre”, pero que luego pasó a significar también “carácter” o “modo de ser”. De este modo “ética” y “moral” confluyen etimológicamente en un significado casi idéntico: todo aquello que se refiere al carácter o modo de ser adquirido como resultado de poner en práctica unas costumbres o hábitos considerados buenos.
Dadas esas coincidencias etimológicas, no es extraño que los términos “moral” y “ética” aparezcan como intercambiables, en muchos contextos cotidianos se habla por ejemplo, de una “actitud ética” para referirse a una actitud “moralmente correcta” según determinado código moral o se dice de un comportamiento que “ha sido poco ético”, para significar que no se ha ajustado a los patrones habituales de la moral vigente. Este uso de los términos “ética” y “moral” como sinónimos está tan extendido en español que no vale la pena intentar impugnarlo. Pero conviene que seamos conscientes de que tal uso denota, en la mayoría de los casos, lo que llamamos “la moral”, es decir, la referencia a algún código moral concreto.
No obstante lo anterior, podemos proponernos reservar –en el contexto académico en que nos movemos aquí- el término “Ética” para referirnos a la Filosofía de la moral y mantener el término “moral” para denotar los distintos códigos morales concretos. Esta distinción es útil, puesto que se trata de dos niveles de reflexión diferentes, dos niveles de pensamiento y lenguaje acerca de la acción moral, y por ello se hace necesario utilizar dos términos distintos si n queremos caer en confusiones. Así, llamamos “moral” a ese conjunto de principios, normas y valores que cada generación a la siguiente en la confianza de que se trata de un buen legado de orientaciones sobre el modo de comportarse para llevar una vida buena y justa. Y llamamos “Ética” a esa disciplina filosófica que constituye una reflexión teórica sobre los problemas morales.- La pregunta básica de la moral sería entonces “qué debemos hacer?”, mientras que la cuestión central de la Ética sería más bien “por qué debemos?”, es decir, “qué argumentos avalan y sostienen el código moral que estamos aceptando como guía de conducta?”.
Corresponde a la Ética una triple función: 1)
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