A nivel mundial, la Ética está hoy en auge. La filosofía tiene en la Ética su expresión más fructífera y promisoria. Lo más representativo del mundo académico






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1.-LA ÉTICA EN LA CONTEMPORANEIDAD






La Ética es un saber filosófico cuyas conclusiones atañen, directa o indirectamente, a la práctica social de los seres humanos. La experiencia vital de la humanidad es para ella un referente insoslayable de incesante desarrollo. El decursar de la Ética, a través de los siglos, está indisolublemente vinculado a las necesidades de un mejoramiento humano, a la fundamentación filosófica de las razones que sustentan la prioridad de los ideales morales. Dentro del sistema de fuerzas que impulsan a las personas a la lucha por la libertad y la justicia, el factor moral cumple un importante papel estimulador; a medida que la sociedad avanza, su significación acrece cada vez más. La Ética proporciona el basamento filosófico de la vigencia del factor moral en las distintas condiciones históricas, partiendo de su esencia humana y sobre la base de una proyección altruista de los principios e ideales.
A nivel mundial, la Ética está hoy en auge. La Filosofía tiene en la Ética su expresión más fructífera y promisoria. Lo más representativo del mundo académico apuesta por una salida ética para la Filosofía. Pero, esa actualidad no se circunscribe al gremio de los especialistas; la moral, el objeto de estudio de la Ética se encuentra entre las prioridades de las grandes masas. La carga que los problemas globales contemporáneos arroja sobre los pueblos resulta insoportable. No sería aventurado afirmar que la humanidad sólo podrá salir adelante por medio de una cruzada moral que oponga valladares y establezca riberas a las dificultades prevalecientes.
La Ética constituye aquella parte de la Filosofía que se dedica a la reflexión sobre la moral. Como parte de la Filosofía, la Ética es un tipo de saber que intenta construirse racionalmente, utilizando para ello el rigor conceptual y los métodos de análisis y explicación propios de la Filosofía. Como reflexión sobre las cuestiones morales, la Ética pretende desplegar los conceptos y los argumentos que permitan comprender la dimensión moral de las relaciones humanas en cuanto tal dimensión moral, es decir, sin reducirla a sus componentes psicológicos, sociológicos, económicos o de cualquier otro tipo (aunque, por supuesto, la Ética no ignora que tales factores condicionan de hecho el mundo moral).
Desde sus orígenes entre los filósofos de la antigua Grecia, la Ética es un tipo de saber normativo, esto es, un saber que pretende orientar las acciones de los seres humanos. También la moral es un saber que ofrece orientaciones para la acción, pero mientras esta última propone acciones concretas en casos concretos, la Ética –como Filosofía moral- se remonta a la reflexión sobre las distintas morales y sobre los distintos modos de justificar racionalmente la vida moral, de modo que su manera de orientar la acción es indirecta: a lo sumo puede señalar qué concepción moral es más razonable para que, a partir de ella, podamos orientar nuestros comportamientos.
Por tanto, en principio, la Filosofía moral o Ética no tiene por qué tener una incidencia inmediata en la vida cotidiana, dado que su objetivo último es el de esclarecer reflexivamente el campo de lo moral. Pero semejante esclarecimiento sí puede servir de modo indirecto como orientación moral para quienes pretendan obrar racionalmente en el conjunto de la vida entera.
Aristóteles, considerado el padre de la Ética, incluía nuestra disciplina en el entorno de los saberes prácticos que se agrupaban bajo el rótulo de “filosofía práctica”. Los saberes prácticos (del griego praxis) que también son normativos, son aquellos que tratan de orientarnos sobre qué debemos hacer para conducir nuestra vida de un modo bueno y justo, cómo debemos actuar, qué decisión es la más correcta en cada caso concreto para que la propia vida sea buena en su conjunto. Tratan sobre lo que debe haber, sobre lo que debería ser (aunque todavía no sea), sobre lo que sería bueno que sucediera (conforme a alguna concepción del bien humano). Intentan mostrarnos cómo obrar bien, cómo conducirnos adecuadamente en el conjunto de nuestra vida.
No cabe duda de que la Ética, entendida al modo aristotélico como saber orientado al esclarecimiento de la vida buena, con la mirada puesta en la realización de la felicidad individual y comunitaria, sigue formando parte de la Filosofía práctica, aunque la cuestión de la felicidad ha dejado de ser el centro de la reflexión para muchas de las teorías éticas contemporáneas, cuya preocupación se centra más bien en el concepto de justicia. Si la pregunta ética para Aristóteles era “¿qué virtudes morales hemos de practicar para lograr una vida feliz, tanto individual como comunitariamente?” en la contemporaneidad, en cambio, la pregunta ética sería más bien esta otra: “¿qué deberes morales básicos deberían regir la vida de los seres humanos para que sea posible una convivencia justa, en paz y en libertad, dado el pluralismo existente en cuanto a los modos de ser feliz?”..
Resulta necesario distinguir entre las doctrinas morales y las teorías éticas. Las doctrinas morales son sistematizaciones de algún conjunto de valores, principios y normas concretos, como es el caso de la moral católica o la protestante, o la moral laicista que establecieron los países socialistas. Tales “sistemas morales” o “doctrinas morales” no son propiamente teorías filosóficas, al menos en el sentido estricto de la palabra “Filosofía”, aunque a veces pueden ser expuestos por los correspondientes moralistas haciendo uso de herramientas de la Filosofía para conseguir cierta coherencia lógica y expositiva.
Las teorías éticas, a diferencia de las morales concretas, no buscan de modo inmediato contestar a preguntas como “¿qué debemos hacer?” o “¿de qué modo debería organizarse una buena sociedad?”, sino más bien a estas otras: “¿por qué hay moral?”, “¿qué razones –si las hay- justifican que sigamos utilizando alguna concepción moral concreta para orientar nuestras vidas?”, “¿qué razones, -si las hay- avalan la elección de una determinada concepción moral frente a otras concepciones rivales?”. Las doctrinas morales se ofrecen como orientación inmediata para la vida moral de las personas, mientras que las teorías éticas pretenden más bien dar cuenta del fenómeno de la moralidad en genera. Como puede suponerse, la respuesta ofrecida por los filósofos a estas cuestiones dista mucho de ser unánime. Cada teoría ofrece una determinada visión del fenómeno de la moralidad y lo analiza desde una perspectiva diferente. Todas ellas están construidas prácticamente con los mismos conceptos, porque no es posible hablar de moral prescindiendo de valores, bienes, deberes, conciencia, felicidad, fines de la conducta, libertad, virtudes, etc. La diferencia que observamos entre las diversas teorías éticas no viene, por tanto, de los conceptos que manejan, sino del modo como los ordenan en cuanto a su prioridad y de los métodos filosóficos que emplean.
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  • La moral desde la perspectiva del pensamiento ético .



El término “moral” se utiliza hoy en día de muy diversas maneras, según los contextos de que se trate. La palabra “moral” se utiliza unas veces como sustantivo y otras como adjetivo, ambos usos encierran, a su vez, distintas significaciones.
El término “moral” se usa a veces como sustantivo (“la moral, con minúscula y artículo determinado), para referirse a un conjunto de principios, preceptos, mandatos, prohibiciones, patrones de conducta, valores e ideales de vida buena que en su conjunto conforman un sistema más o menos coherente, propio de un colectivo humano concreto en una determinada época histórica. En este uso del término, la moral es un sistema de contenidos que refleja una determinada forma de vida. Tal modo de vida no suele coincidir totalmente con las convicciones y hábitos de todos y cada uno de los miembros de la sociedad tomado aisladamente.
También como sustantivo, el término “moral” puede ser usado para hacer referencia al código de conducta personal de alguien, como cuando decimos que “Fulano posee una moral muy estricta o que “Mengano carece de moral”; hablamos entonces del código moral que guía los actos de una persona concreta a lo largo de su vida; se trata de un conjunto de convicciones y pautas de conducta que suelen conformar un sistema más o menos coherente y sirve de base para los juicios morales que cada cual hace sobre los demás y sobre sí mismo.
A menudo se usa también el término “Moral” como sustantivo, pero esta vez con mayúscula, para referirse a una “ciencia que trata del bien en general y de las acciones humanas en orden a su bondad o malicia” (Diccionario de la Lengua Española). Ahora bien, esta supuesta “ciencia del bien en general” en rigor no existe. Lo que existe es una variedad de doctrinas morales (“moral católica”, “moral protestante”, “moral comunista”, etc.) y una disciplina filosófica, la Filosofía moral o Ética, que a su vez contiene una variedad de teorías éticas diferentes, e incluso contrapuestas entre sí (“ética aristotélica”, “ética kantiana”, “ética utilitaria”, etc.).
Existe un uso muy hispánico de la palabra “moral” como sustantivo que nos parece extraordinariamente importante para comprender la vida moral: nos referimos a expresiones como “tener la moral muy alta”, “estar alto de moral” y otras semejantes. Aquí la moral es sinónimo de “buena disposición de ánimo”, “tener fuerza suficientes para hacer frente a los retos que nos plantea la vida”.
Cabe la posibilidad, por último, de que utilicemos el término “moral” como sustantivo en género neutro: “lo moral”. De este modo nos estaremos refiriendo a una dimensión de la vida humana: la dimensión moral, es decir, esa faceta compartida por todos que consiste en la necesidad inevitable de tomar decisiones y llevar a cabo acciones de las que tenemos que responder ante nosotros mismos y ante los demás, necesidad que nos impulsa a buscar orientaciones en los valores, principios y preceptos que constituyen la moral.
El término “moral” usado como adjetivo puede adoptar dos significados muy distintos. En el primero, el adjetivo “moral” se utiliza como opuesto a “inmoral”. Por ejemplo, se dice que tal o cual comportamiento ha sido inmoral, mientras que tal otro es un comportamiento realmente moral. En este sentido es usado como término valorativo, porque significa que una determinada conducta es aprobada o reprobada; aquí se está utilizando “moral” e “inmoral” como sinónimo de moralmente “correcto” e “incorrecto”. Este uso presupone la existencia de algún código moral que sirve de referencia para emitir el correspondiente juicio moral.
En su segundo significado como adjetivo, “moral” se emplea como opuesto a “amoral”. Por ejemplo, la conducta de los animales es amoral, este es, no tiene relación alguna con la moralidad, puesto que se supone que los animales no son responsables de sus actos. Menos aún los vegetales, lo minerales o los astros. En cambio, los seres humanos que han alcanzado un desarrollo completo, y en la medida en que se les pueda considerar “dueños de sus actos”, tienen una conducta moral. Sin duda, esta segunda acepción de “moral” como adjetivo es más básica que la primera, puesto que sólo puede ser calificado como “inmoral” o como “moral” en el primer sentido aquello que se pueda considerar como “moral” en el segundo sentido.
En los últimos años se ha prestado gran atención al estudio de la estructura de la moral. Esta cuestión reviste un interés relevante desde el punto de vista teórico y también por su trascendencia en el orden práctico. No hace mucho tiempo, los especialistas consideraban que a la moral sólo era procedente estudiarla como fenómeno de conciencia. En la actualidad prima el criterio acerca de que la moral presenta una estructura compleja integrada por la actividad moral, la relación moral y la conciencia moral.
Resulta importante puntualizar que cuando afrontamos el estudio de la moralidad debemos tener presente su integración a partir de los tres componentes señalados; ninguno de ellos puede existir al margen de los demás. La moral es conjuntamente actividad, relación y conciencia. Esta unidad de sus elementos estructurales genera un modo específico de asimilación práctico-espiritual de la realidad. Si esa asimilación en el marco de lo científico es en los términos antitéticos de lo verdadero y lo falso, y en el ámbito de lo artístico mediante la contraposición entre lo bello y lo feo, en lo atinente a lo moral se expresa en el contrapunteo entre lo bueno y lo malo.
Todos adoptamos una determinada concepción moral, y con ella “funcionamos”. Llamamos “concepción moral” en general, a cualquier sistema, más o menos coherente de valores, principios, normas, preceptos, actitudes, etc. Que sirve de orientación para la vida de una persona o grupo. Con esa concepción moral juzgamos lo que hacen los demás y lo que hacemos nosotros mismos, por ella nos sentimos a veces orgullosos de nuestros comportamientos y otras veces también pesarosos y culpables. A lo largo de la vida, las personas pueden adoptar, o bien una sola o bien una sucesión de concepciones morales personales; si no nos satisface lo que teníamos hasta ahora en algún aspecto, podemos apropiarnos de alguna otra en todo o en parte; y esto tantas veces como lo creamos conveniente. Podemos conocer otras tradiciones morales ajenas a la que nos haya legado la propia familia, y a partir de ahí podemos comparar, de modo que la concepción heredada puede verse modificada e incluso abandonada por completo. Porque en realidad no existe una única tradición moral desde la cual edificar la propia concepción del bien y del mal, sino una multiplicidad de tradiciones que se entrecruzan y se renuevan continuamente a lo largo del tiempo y el espacio.
Cada tradición, cada concepción moral, pretende que su modo de entender la vida humana es el modo más adecuado de hacerlo: su particular manera de orientar a las personas se presenta como el mejor camino para ser plenamente humanos. En este punto es donde surge la pregunta: ¿Es posible que toda concepción moral sea igualmente válida? ¿Existen criterios racionales para escoger, entre distintas concepciones morales, aquellas que pudiéramos considerar como “la mejor”, la más adecuada para servir de orientación a lo largo de toda la vida?.
Para responder a esas preguntas sin caer en una simplificación estéril hemos de tener en cuenta una importante distinción conceptual entre la forma y el contenido de las concepciones morales, de modo que afirmaremos que la universalidad de lo moral pertenece a la forma, mientras que los contenidos están sujetos a variaciones en el espacio y en el tiempo, sin que esto suponga que todas las morales posean la misma validez, puesto que no todas encarnan la forma moral con el mismo grado de adecuación. Asimismo, resulta necesario examinar los criterios racionales que cada filosofía propone para discernir cuáles de las propuestas morales encarna mejor la forma moral, y de este modo estaremos en condiciones de señalar algunos rasgos que debe reunir una concepción moral que aspire a la consideración de razonable, pero sobre todo estaremos en condiciones de mostrar la carencia de validez de muchas concepciones morales que a menudo pretenden presentarse como racionales y deseables.
La sucesión de las concepciones morales transcurre como un proceso complejo y contradictorio. Este decursar está condicionado en el sentido social e histórico, el contenido de la moral expresa el carácter de determinadas relaciones sociales y cambia también cuando se modifican esas relaciones.
El condicionamiento histórico de la moral por las relaciones sociales en desarrollo, no significa en modo alguno que la moral no tenga una independencia relativa, su propio “automovimiento”. Dentro de los límites de la dependencia histórico-social general, se van conformando y actúan en la moral sus tendencias propias, ésta atraviesa fases especiales de desarrollo, acelerando, o por el contrario, frenando, el avance de toda la sociedad.
Sólo apoyándose en el principio del historicismo es posible encarar correctamente la solución de una serie de problemas fundamentales, sin lo cual no se puede comprender la naturaleza de lo moral como fenómeno social, ni el sentido de sus cambios y perspectivas. ¿Qué significa el cambio de la moral en la historia?. ¿Tiene la conducta “debida”, fundamentada por una u otra moral, un contenido objetivamente significativo? ¿Existe continuidad en el desarrollo de la moral, y cómo conciliarla con el hecho de que ella tiene singularidad cualitativa en las distintas épocas históricas?. ¿Significa el movimiento histórico de la moral un movimiento de lo inferior a lo superior, es decir, un progreso?. ¿Se pueden comparar las morales de distintas épocas y sociedades, desde el punto de vista del aporte que hicieron al acervo común de la experiencia acopiada por la humanidad?.
Únicamente el historicismo permite encarar correctamente la solución de estos problemas, es decir, la expresión teórica de la moral como proceso. Al reconocer el factor de relatividad en la moral y descubrir la fuente de su desarrollo, el historicismo permite ver una línea de continuidad en el decursar de las diferentes moralidades así como trazar las perspectivas del movimiento de la moral, orientado hacia el futuro.


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