A nivel mundial, la Ética está hoy en auge. La filosofía tiene en la Ética su expresión más fructífera y promisoria. Lo más representativo del mundo académico






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El utilitarismo: a) su distinción entre felicidad y contento y b) su introducción de la noción de la calidad de los placeres.
La felicidad supone el goce solidario experimentado por personas autodesarrolladas, libres y dignas, mientras que el contento no exige sino la mera conformidad, la aceptación de cualquier estado de cosas en alguna medida “gratificante”, por degradante o humillante que resulte para el ser humano de que se trate, o para sus semejantes. El contento sería algo semejante al goce experimentado por las personas que no hubieran alcanzado el grado de autonomía, de libertad, personas que no fueran enteramente “morales”, en una palabra. Vendría a resultar el contrapunto no moral de la felicidad: algo no semejante a ella, sino su opuesto y contrario.
La distinción entre la diversa calidad de los placeres abunda en este supuesto que expresa Mill de modo tajante: “Es del todo compatible con el principio de utilidad el reconocer el hecho de que algunos tipos de placer son más deseables y valiosos que otros” (Mill, El utilitarismo). Por lo tanto, no es el placer considerado indiscriminadamente el objetivo a perseguir por el utilitarismo en la versión que Mill ofrece, sino un placer “cualificado” que produzca individuos autosatisfechos, autorrespetados y con sentido de la dignidad propia.
Un aspecto de carácter polémico entre los especialistas está referido al tema de hasta qué punto cometió Mill la falacia naturalista como Moore pretende. Para dilucidar esta cuestión abordaremos la relación entre lo deseado y lo deseable. En ética, lo deseado podría considerarse como perteneciente al mundo de los hechos y las descripciones, mientras que lo deseable se inscribe en el mundo de los valores y las prescripciones. Mill buscó un tipo de puente entre deseado y deseable. Desde su punto de vista, la felicidad deseable no es sino la felicidad deseada por los individuos autónomos, libres y autodesarrollados que él toma como modelo de la naturaleza humana educada y madura.

La “felicidad” aparece como sinónimo de “felicidad moral”, la felicidad deseada es el fundamento de la felicidad deseable, pues el mundo de los valores no puede proceder de un mundo de nociones apriorísticas, ni equivalen a cualidades “no naturales”, sino generarse o emerger directamente de las actitudes cualificadas de los seres humanos. Así, la idea del ser humano como ser en progreso y desarrollo hace que Mill encuentre en el es de la facticidad el nexo adecuado que enlaza el mundo de los hechos con el debe de la prescriptividad. Lo que los seres humanos llegan a ser cuando se desarrollan libre e ilustradamente, eso es lo que los seres humanos deben llegar a ser.
El gran reto que se le presentaba a John Stuart Mill era el de conciliar el desarrollo de la autonomía individual con la solidaridad en el disfrute de los bienes producidos por todos. Habría que afirmar que para Mill no solamente la mayor felicidad de cada persona radica en la mayor felicidad de todo el mundo sino que la felicidad de todo el conjunto sólo es posible si cada persona en particular es tratada como un ser libre, autónomo e irrepetible.
La tensión minorías-mayorías, individuo-sociedad, libertad-solidaridad, constituye el tema recurrente de la filosofía moral y política de Mill. El intento de hacer justicia a las demandas de ambas partes realizado por Mill, sin sacrificar ni los intereses individuales a los del conjunto, ni los del conjunto a los caprichos o intereses puramente individuales, constituye uno de los mayores esfuerzos históricos por ser justo con las exigencias de las partes en litigio. Por todo lo cual, no alcanza a Mill, la mayor parte de las críticas contemporáneas que prefieren elegir, como fácilmente refutable oponente, un utilitarismo primitivo y sin matizaciones que Mill nunca defendió, y que ofende a la más elemental sensibilidad respecto a los derechos individuales de las personas.
Mill postuló la defensa de los derechos de todos los seres humanos relativos a tener una opinión propia, que pudieran difundir y defender, a ser dueños de sus vidas, sus cuerpos y sus mentes sin que ningún Estado o institución social puedan arrogarse la función paternalista de velar por la felicidad particular de los individuos, limitando las restricciones de la libertad a aquellos casos en que vaya en detrimento de las libertades o el bienestar ajeno, al tiempo que postulaba una propuesta original en favor del goce solidario, o libertad solidaria, consistente en afianzar las relaciones de solidaridad de tal suerte que, mediante un proceso de educación de los pueblos, logremos de ellos que se desarrollen libremente los movimientos espontáneos de cooperación, que generen a la larga una sociedad solidaria y libre.

La religión de la humanidad, propuesta por Mill, intenta fomentar el sentido de unidad con el género humano y un profundo sentimiento por el bien común, inculcándose así una “moralidad fundamentada en amplias y prudentes opiniones sobre el bien común, sin sacrificar totalmente los derechos del individuo en favor de la comunidad, ni los de la comunidad en favor del individuo: una moralidad que reconozca, de una parte, los compromisos del deber y, de otra, los de la libertad y la espontaneidad, ejercería su poder en las naturalezas mejor dotadas, despertando en ellas las virtudes de la generosidad y de la benevolencia, además de la pasión por alcanzar altísimos ideales” (Mill, La utilidad de la religión).

5. LA ÉTICA ANALÍTICA.
La filosofía moral analítica comienza con G. E. Moore (1873-1958). Comienza, concretamente, en 1903 con sus Principia Ethica. Dicha filosofía moral es una especie de un género filosófico más amplio: el del “análisis” o la “filosofía analítica”. La filosofía analítica es, ante todo, una tendencia y una continuidad con una manera de hacer filosofía. La tendencia es la de orientarse partiendo de datos simples y construir, paso a paso desde ellos, mediante el instrumental lógico-lingüístico. Es una continuidad de la tradición empirista en cuanto que desconfía de las generalizaciones, las totalizaciones rápidas o poco detalladas y del valor constructivo de lo apriorístico.
Moore aplicó el análisis a la moral. Así rompía con la escuela metafísica que le era contemporánea y que disolvía la ética en la metafísica. La moral, para ésta, no sería sino una parte de la metafísica: la realización de un bien por medio del ajuste al mundo. Moore, por tanto, comenzará su ética atacando directamente al naturalismo ético en el que se incluye no sólo la metafísica clásica sino el empirismo no menos clásico. Al naturalismo ético le acusará de haber cometido la “falacia naturalista”. Falacia que consiste en intentar deducir proposiciones morales de otras que se supone que no son morales.
La falacia naturalista, de manera más concreta, no es sino definir lo que es bueno en términos de propiedades naturales (“lo que da placer”, “lo que aprueba la mayoría”, “lo que reporta más utilidad”, etc.). Dicho de otra manera: confunde el es atributivo con el es de la identidad. Porque el placer sea bueno (es atributivo) no se sigue que lo bueno sea (es de identidad) lo placentero. Necesitamos, primero, según Moore, saber qué es lo bueno. En su intento de definición, Moore llegará a la conclusión de que lo bueno no es definible sino que se trata de una cualidad simple, que no es natural y que se conoce de modo directo a modo de intuición.
La ética de Moore, en consecuencia, no es naturalista puesto que la bondad, que es objeto principal de la ética, no es cualidad natural; es decir, no existe en el tiempo ni se encuentra en la experiencia sensible. Pero tampoco se puede definir en términos de cualidades no naturales, lo cual sería caer en un error metafísico. No queda, por tanto, más alternativa que la intuición de una cualidad que no es, sin embargo, natural.

El emotivismo sucederá al intuicionismo. Tiene el emotivismo, a su vez, un antecedente decisivo en el Tractatus de L. Wittgenstein (1889-1951), propagador de los ecos de Moore en el campo de la ética. En la referida obra, Wittgenstein proclama lo siguiente. “Es claro que la ética no se puede expresar. La ética es trascendental. (Ética y estética son lo mismo)”. Dicho en otras palabras: las proposiciones sobre el mundo no nos permiten hablar sobre la ética puesto que no son valorativas sino fácticas. La ética, además, atañe al sujeto y no a los objetos del mundo, incluye todo lo valorativo. Wittgenstein ha puesto las bases no sólo para evitar caer en la falacia naturalista sino para mucho más: para convertirla en el eje de lo que distingue lo que es la moral de lo que no lo es.
Resulta procedente hablar de dos períodos en la filosofía wittgensteiniana. A cada uno de dichos períodos le correspondería una diversa concepción de la ética. La primera época, la que excluye la ética del lenguaje, será la que mayor influencia ejercerá por lo que, paradógicamente, la eliminación wittgensteiniana del lenguaje moral será la raíz de no poco lenguaje sobre la moral. De ética, efectivamente, bien poco habló Wittgenstein I. Sólo algunas frases en el Tractatus y la impartición de una breve conferencia sobre ética. Por distintas que sean las dos épocas en cuestión hay, sin embargo, aspectos que son comunes. Wittgenstein nunca estableció tesis alguna sobre la moral. Primero, porque en Wittgenstein I la moral es indecible y en Wittgenstein II porque sólo es discernible como un juego de lenguaje que hay que jugar. Y, segundo, porque en ninguno de “los” Wittgenstein hay filosofía en el sentido sustantivo de la palabra. Quiere Wittgenstein que las cosas se muestren por sí mismas.
La ética estará presente en Wittgenstein II como juego de lenguaje distinto a otros como podría ser, por ejemplo, el científico. La obra de Wittgenstein fue un excelente punto de partida para el emotivismo. Wittgenstein ofrecía al emotivismo una teoría del lenguaje que dejaba la moral fuera del campo de los hechos. Y era ésta, justamente, una doctrina pronta a ser recibida por el neopositivismo en general y por el Círculo de Viena en particular. La moral, así, no sería ni verdadera ni falsa al no estar en el terreno de los hechos. De esta manera, el emotivismo tendrá en Wittgenstein el esquema central que forma parte de su esquema conceptual. El emotivismo tiene en Wittgenstein un punto de apoyo innegable.
¿Qué es el emotivismo? Emotivismo viene de emoción y a pesar de que emoción, sentimiento o pasión son palabras con significados distintos no es raro verlas usadas como sinónimos en la tradición. Para la teoría ética conocida con el nombre de emotivismo, se trata de preguntarse qué relación guardan las palabras con las acciones morales y responder, si se es emotivista, que la relación es esencialmente emotiva. Y por tal se entiende que no es una relación intelectual, es decir, cognoscitiva. R. Carnap y B. Russell se encuentran entre los representantes más destacados del emotivismo, aunque fueron A. Ayer y Ch. Stevenson los que formularon con mayor claridad los presupuestos de esta corriente.

Ayer, en su célebre “Lenguaje, verdad y lógica”, expone con sencillez y convicción su tesis emotivista. Su dilema se puede exponer así: los juicios aparentes de valor si son significativos (cognoscitivos) son proposiciones reales y si no son proposiciones científicas son expresiones de sentimientos o emociones que, en cuanto tales, no son susceptibles de verdad o falsedad. Desde esta perspectiva analiza Ayer los términos éticos de los que constan los juicios éticos. El resultado, para Ayer, consistirá en afirmar que no existen, en verdad, tales juicios o proposiciones. En realidad, se trata de pseudojuicios y pseudoproposiciones.

La teoría de Ayer es quizás la formulación más simple y cruda del emotivismo, partiendo de la noción neopositivista de las proposiciones significativas. Estas o son analíticas o son empíricas. Como las evaluaciones morales no caerían en ninguno de los dos campos, serían literalmente, carentes de significado cognoscitivo. Las llamadas proposiciones éticas serían, por un lado, autoexpresivas y, por otro, persuasivas en el sentido de influenciar la conducta de los demás.

Se cita a Ch. Stevenson como el punto culminante del emotivismo. Este alcanzaría, con Stevenson, su cenit en cuanto a perfección y sofisticación. En una primera aproximación habrá que decir que la noción fundamental de Stevenson es que la valoración no se reduce a los conocimientos. Que no hay, en suma, hilación lógica entre las emociones o actitudes morales y las expresiones cognoscitivas. Esto era esencial al emotivismo. Y esto lo defenderá pacientemente Stevenson. Asimismo, la delimitación cuidadosa entre la ética y la metaética es terminante. Desde su perspectiva, aunque las cuestiones de tipo normativo constituyen, sin duda, la parte más importante de la ética y ocupan gran parte del quehacer profesional de los legisladores, editorialistas, novelistas, sacerdotes y filósofos morales, tales cuestiones deben quedar, para el emotivismo, sin respuesta. Al igual que en Ayer, la neutralidad del análisis ha de ser salvaguardada contra toda interferencia subjetiva.
El emotivismo es el esfuerzo metaético que busca explicar la acción moral sin caer en los supuestos fallos del cognitivismo, tanto del que afirma que los predicados morales son cualidades naturales como del que afirma que son no naturales. R. Hare marcará con su prescriptivismo una nueva época más allá del emotivismo. Con éste comparte la idea de que hay que rechazar el descriptivismo como insuficiente para explicar el comportamiento moral. Si quisiéramos dar, rápidamente, una visión de las ideas de Hare tendríamos que decir lo siguiente: los juicios de valor implican imperativos y son universales. Y, por otra parte, son racionales en cuanto que hay principios que proveen una razón al juicio moral en cuestión. Todo ello preservando la autonomía de la moral y evitando, así, caer en la falacia señalada por Moore. La moral es autónoma, puesto que no se derivan conclusiones morales desde premisas fácticas.
En 1952, R. Hare publicó su primer y decisivo libro “El Lenguaje de la Moral”. Desde su aparición, este texto se convirtió en punto de referencia en la filosofía moral. En ese trabajo aparecen los tres rasgos que constituyen la base del sistema de Hare. Son estos supuestos fundamentales los siguientes: Los juicios morales son una especie de un género mayor y que no es otro sino el de los juicios prescriptivos. En segundo lugar, la característica que diferenciará a los juicios morales del resto de los juicios prescriptivos es que los morales son universalizables de una singular manera. Y, finalmente, es posible el razonamiento o argumentación moral dado que es posible la relación lógica en los juicios prescriptivos.
La ética analítica constituye una tendencia formalista en la filosofía moral del siglo XX que reduce el campo de lo ético al análisis lógico del lenguaje moral. Examinando este último como una construcción “neutral”, significativa por sí misma y fuera de la correlación con el lado objetivo de la moralidad, la ética analítica desemboca en el punto de vista del subjetivismo. Desde esta perspectiva, la moralidad realmente existente cae fuera de los marcos de la competencia científica por no someterse a la descripción rigurosa, a la generalización. Ella se relaciona con la esfera de los gustos, de las inclinaciones y preferencias personales. Para la ética analítica, las cuestiones propiamente morales han sido declaradas asuntos del arbitrio individual de las personas.
En la ética analítica, el interés teórico fundamental se concentra en torno a la correlación de los valores morales y los hechos. Pese a todas las diferencias entre sus distintas tendencias y representantes, la ética analítica postula de manera unánime la imposibilidad de reducir a hechos los juicios morales. La esfera de “los hechos” y la esfera de “los valores” están separadas entre sí de un modo absoluto, las transiciones aquí son imposibles. Este planteamiento metodológico que considera al conocimiento verdadero como carente de significación valorativa y a los problemas morales como no susceptibles de ser objeto de análisis científico, abre en la Ética el camino al relativismo, el escepticismo y el nihilismo.
En el decursar de la ética analítica, el emotivismo se planteó la tarea de hacer el análisis “científico” del lenguaje moral. Las conclusiones a que llegaron sus partidarios resultaron profundamente negativas: los juicios morales no se pueden verificar en el sentido científico de la palabra, para ellos son inaplicables los conceptos de veracidad y falsedad. Los juicios morales, por su propia naturaleza, se diferencian de los conceptos y proposiciones de la ciencia. Sobre esta base, ellos fueron declarados “pseudoconceptos” y “pseudoproposiciones”.
Los emotivistas, en su afán de aplicar el rasero del lenguaje científico al campo de la moralidad, no repararon en que si la moral y la ciencia son diferentes formas de asimilación del mundo, sus lenguajes tienen peculiaridades distintas y son irreductibles entre sí. Mas, no hay fundamento para sacar de esta diversidad conclusiones nihilistas en relación con la moral y condenarla simplemente porque ella no es ciencia. Para esta corriente de la ética analítica, los juicios morales encierran en sí solamente una significación emotiva, expresan las tendencias emocionales, los estados de ánimo y los sentimientos del hablante. Están llamados a influir en el estado emocional del oyente, a propiciar en él determinados sentimientos y a impulsarlo a la consecución de los correspondientes actos.

Desde la perspectiva emotivista, el análisis del lenguaje conduce al individualismo y el relativismo en la filosofía moral. La elección de tal o cual valor se considera justificada y las decisiones morales serán legítimas, si corresponden a determinado estado emocional. El complejo problema de la transformación de la idea en convicción y acción queda reducido a la sugestión personal.
La orientación relativista que caracterizó al intuicionismo y al emotivismo fue perdiendo popularidad. Su inutilidad e incapacidad para hacer el análisis de los procesos morales reales puso en evidencia la esterilidad de esta tendencia. Las concepciones de la ética analítica experimentaron determinada evolución, fue así que el lugar del emotivismo pasó a ser ocupado por el prescriptivismo.

Los partidarios del prescriptivismo se plantearon la tarea de superar la ruptura entre la moral real y la filosofía moral, así como crear una metodología de análisis ético que pudiera asegurar el nexo con la vida. Ellos tomaron como punto de partida el lenguaje cotidiano de la moral y, a diferencia de los emotivistas, que habían reparado en él a través del prisma del lenguaje de la ciencia, se propusieron sacar a la luz la especificidad del mismo lenguaje moral.
La orientación hacia la revelación de la lógica propia del lenguaje moral permitió hasta cierto punto aliviar el extremismo de los esquemas lógico-formales del emotivismo. El prescriptivismo cambia el tono, el acento y la formulación; pero el espíritu teórico general y las conclusiones finales continuaron siendo los mismos de toda la ética analítica.

El prescriptivismo permite la posibilidad de fundamentar los juicios morales. En este sentido, los razonamientos de sus partidarios se reducen a los siguientes: en los marcos de determinado medio cultural existen fundamentos tradicionales aceptados para las valoraciones y prescripciones morales; las prescripciones particulares pueden deducirse de principios más generales que son mutuamente admisibles; los enunciados normativos-valorativos se pueden fundamentar por medio de hechos, pero a condición de que estos mismos hechos hayan sido ya interpretados con determinada significación valorativa.
En los razonamientos anteriores está incluido no sólo el contenido básico, sino también el vicio fundamental del prescriptivismo. Sus concepciones se quedan en el terreno de la metodología característica de la ética analítica. Como realidad única y superior se reconoce el lenguaje de la propia moral, y todos los problemas se reducen al esclarecimiento de sus significados en la misma conciencia moral. Los enunciados morales se reconocen como el único dato, como el mundo auténtico de la moral. Sin embargo, la realidad social que sirve de fundamento a los juicios y los conceptos morales se desconoce o se considera como un pseudoproblema.
Si bien es verdad que desde las posiciones prescriptivistas se reconoce, dentro de ciertos límites, la significación general de los juicios morales, también resulta necesario puntualizar su inefectividad para explicar científicamente el referente objetivo de los sujetos morales y la pertinencia sociohistórica de los sistemas morales. El programa del prescriptivismo, encaminado a superar el divorcio entre la ética analítica y la moral real, no fue cumplido.

6. LA ÉTICA DE LA JUSTICIA DE JOHN RAWLS
La aparición del libro
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