Síntesis de las ponencias y comunicaciones del congreso






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El catequista, testigo de la fe
Congreso internacional de catequesis

26-28 de septiembre de 2013
Síntesis de las ponencias y comunicaciones del congreso



  • Primera ponencia: Dios busca al hombre y se revela. Dr. Petroc Willey. Deputy Director del Maryvale Institute (Birmingham, Reino Unido)


Dios nos busca a nosotros, los hombres, para revelarse a sí mismo. Su revelación es comunicación, la comunicación de sí mismo a nosotros. La catequesis es, pues, la obra preciosa de la Iglesia, que consiste en transmitir esta revelación. Con el Catecismo de la Iglesia Católica, la Iglesia ha entregado a cada uno de nosotros una perla de gran valor, una síntesis de la Buena Nueva que la Santísima Trinidad busca, y encuentra, cada hombre. Para explicar la obra de la revelación, esta intervención se concentra en una palabra del Nuevo Testamento –en griego parresía– que está maravillosamente explicada en el número 2778 del Catecismo.

Parresía, ante todo, indica el modo en el cual la Santísima Trinidad se comunica. Cuando estamos unidos con Cristo y Él nos instruye a través de la Iglesia, el Espíritu Santo nos guía para hablar con un ardor nuevo y una nueva audacia –¡así necesaria para la nueva evangelización! – y esto es la Parresía.

En el camino a Emaús, vemos cómo la enseñanza de Jesús está unida a la liturgia. Allí, Jesús abre los ojos de los discípulos a la percepción de su realidad de modo que éstos pudiesen pues con coraje dar testimonio a los otros. En la liturgia, la plenitud del proyecto del Padre se nos hace presente. Aquí, pues, también nosotros podemos tener parresía y salir a proclamar el Evangelio con la “humilde audacia” de los verdaderos hijos de Dios.



  • Segunda ponencia: La Iglesia, primer sujeto de la fe. Rev. Manuel José Jiménez Rodríguez, Capellán de la Universidad Nacional de Colombia y Asesor del Departamento de Catequesis de la Conferencia Episcopal Colombiana (Bogotá, Colombia)


Hoy, con un nuevo vigor y una gran urgencia, resuena en toda la Iglesia Católica el llamado a una nueva evangelización. Hoy es necesario transmitir la fe y dar un empujón desde una doble convicción: “Cristiano no se nace, se hace”; “No se nace en la Iglesia, se la elige”.

La celebración del Año de la fe y la encíclica del Papa Francisco sobre el mismo tema, nos invitan a hacer una diagnóstico serio sobre la situación de la fe y sobre el mundo de la educación en este tema, que nos permita abordar uno de los tantos problemas de la catequesis de hoy: “creer sin pertenecer”, que puede expresarse también como “creer pero no eclesialmente”. Esto ha llevado a la crisis de la expresión clásica “creo en lo que cree la Iglesia”.

Es urgente demostrar que la «la fe no es sólo una opción individual que ocurre en la interioridad del creyente» (…), que «no es vínculo aislado entre el “yo” del fiel y el “Tú” divino, entre el sujeto autónomo y Dios» (…), que «no puede ser una mera confesión que nace del singular» (LF 39). La fe cristiana, «no es un hecho privado, una concepción individualista, una opinión subjetiva» (LF 22).

En la Constitución Dei Verbum (DV 2-5) y en el Catecismo de la Iglesia Católica (CEC 50-175) se habla de la fe como un don de Dios, acto personal y acto eclesial. Esto significa que la fe tiene “sus límites específicos” en tres realidades: en el mismo Dios al cual y en el cual se cree; en la acción humana de creer en sentido libre y racional; y en la Iglesia en la cual se recibe, se vive y se celebra la fe. La fe es don de Dios y respuesta libre, pero no es un acto aislado. La fe es un acto eclesial. La Iglesia es la primera en creer. La Iglesia es la primera que profesa al Señor en todos lados, y con ella y en ella somos impulsados y llevados a profesar también nosotros: «creo», «creemos». La profesión de fe es un acto personal y comunitario. Pero en realidad, el sujeto primigenio es la Iglesia, pues, desde el origen, nuestro «creo» personal se inscribe en el «creemos» eclesial.

Ser cristiano significa insertarse –de forma libre y personal– en la fe del pueblo de Dios que se transmite de generación en generación. Somos, pues, llamados a profesar la fe no sólo en sentido personal e individual, sino también en sentido eclesial. Dado que la fe cristiana es una fe eclesial, se trata de una fe que nos es dada. De hecho, nadie se ha dado nunca la fe a sí mismo. El creyente recibe la fe de otro. Recibimos la fe de la Iglesia. Siendo la Iglesia la primera en creer, la fe de la Iglesia precede a la fe de cada uno de los creyentes. La fe nace en la Iglesia, conduce hacia ella y vive en ella.

La catequesis tiene la tarea de dar un fundamento al sentido eclesial de la fe del catecúmeno. Dado que «la fe cristiana es una fe eclesial», «la Iglesia da a la catequesis su objeto, ya sea, el misterio de Cristo, así como es creído y profesado por el pueblo de Dios, su ambiente vital, ya sea las comunidades cristianas que, unidas en comunión, la constituyen, y su objetivo, que consiste en hacer del catecúmeno un miembro activo de la vida y de la misión de la Iglesia». La función principal de la catequesis es el «servicio a la unidad de confesión de la fe».1 El proceso catequético debe ser concebido y realizado como un verdadero acto eclesial que parte de la fe de la Iglesia, transmite esta fe a los catecúmenos y conduce a la fe de la Iglesia. Esto vuelve a la Iglesia sujeto de la catequesis, en cuanto ella es fuente, lugar y meta de la catequesis.


  • Tercera ponencia: “Memoria fidei”: el dinamismo del acto de fe (memoria, evento, profecía). Prof. Mons Pierangelo Sequeri, Presidente de la Facultad teológica de Italia Septentrional (Milán, Italia)


La memoria Jesu es el primer y el más fundamental elemento constitutivo de la memoria fidei de la Iglesia, transmitida de generación en generación y anunciada hasta los confines de la tierra: en la confesión de la fe, en la celebración del sacramento, en el camino de los mandamientos, en la oración incesante (Lumen fidei, 40; 45-46). Es imposible compartir y comunicar la fe cristiana en Dios sin ligarla a la memoria evangélica de Jesús y a la memoria apostólica de la fe en Él, que le pertenece (DV 5-6).


  1. La memoria Jesu como principio y norma: la revelación como evento inclusivo de la fe apostólica.


La confirmación del evento, está inscrita en el Credo, no es solamente el anuncio. La memoria fidei reenciende cada vez la percepción de la revelación desbordante de Dios en la historia, y vuelve a abrir el sentido universal del origen común y el destino del hombre (LG 9). El ensayo de Josef Ratzinger/Benedicto XVI sobre Jesús de Nazaret inaugura el retomar este ejercicio cristiano de religar fe, razón y narración.


  1. La memoria fidei como argumento de la lealtad intelectual y de la coherencia teológica de la didaskalia.


En la óptica de la memoria fidei, ninguno de los nudos de tensión entre la forma de la manifestación histórica y la pretensión cristológica de la revelación está oculto (cf. Lc 24, 13-35). Pero al mismo tiempo, aquellos nudos vienen a ser formulados como un paso que debe –y puede– ser reconocido y apreciado como portador de un significado inédito y radical de la manifestación de Dios.


  1. Los escritos evangélicos como dispositivo metodológico de la correlación entre historia de Jesús y acceso a la fe.


La memoria fidei nos enseña a reconocer con qué fuerza el evento del Señor sostiene nuestra fe, en la misma historia de la Iglesia. Reflejo yo aquí sobre el carácter problemático de la ausencia de una historia eclesiástica de la evangelización. Por decirlo directamente, es como si la catequesis cotidiana hubiese reencontrado los Evangelios, pero no hubiera entonces llegado a los Hechos de los Apóstoles.


  1. Memoria, didascalia, profecía. El ejercicio de la sabiduría del sensus fidei con respecto a la venida de Dios en la historia.


La transmisión de la fe y la purificación de la religión deben volver transparente –en signos y parábolas adaptadas– el vínculo profundo de Dios con el origen y el destino del hombre. No podemos más simplemente repetirnos, en una lengua que es comprendida sólo por nosotros: debemos encontrar palabras de vida eterna, no una jerga de supervivencia. Y no podemos perder la memoria de la fe apostólica, sin la cual seríamos simplemente una provincia ideológica del imperio secular.



  • Cuarta ponencia: “Traditio et redditio symboli”. Il nostro “sí a Dios. P. Robert Dodaro, O.S.A., Presidente del Institutum Patristicum Augustinianum de la Pontificia Universidad Lateranense (Roma)


Acercándonos a la cuestión de cómo puede equilibrarse el respeto por la Tradición de la Iglesia con un método y lenguaje adaptado a los tiempos y a las culturas en los cuales vivimos, esta ponencia ilustra dos aplicaciones de la antigua doctrina retórica griega y latina de la lingüística apropiada, una técnica sistemáticamente empleada por los primeros Padres de la Iglesia. La primera aplicación guarda el equilibrio entre los términos bíblicos tradicionales y las reformulaciones y las adaptaciones de este lenguaje hacia las poblaciones que vienen de ser evangelizadas y catequizadas (inculturación teológica). San Hilario de Poitiers y San Agustín son ilustres ejemplos de esta forma de adaptación desde la Era patrística. También el discurso del beato Juan XXIII de apertura del Concilio Vaticano II, Gaudet mater ecclesia (11 de octubre de 1962), es significativo en este sentido por su énfasis sobre la doble perspectiva abierta desde la lingüística apropiada en la puesta al día del modo en el que son presentadas las doctrinas antiguas y modernas de la Iglesia a los hombres y las mujeres de nuestro tiempo.

La tarea catequística de adaptar las enseñanzas inmutables de la Iglesia a las condiciones actuales de la gente de hoy, “redditio – receptio fidei”, es pues examinado a la luz de un nuevo desafío puesto por la lingüística apropiada, vale decir la superación de la sutil y manipuladora influencia retórica de los modernos mass media en el distorsionar por adelantado el mensaje cristiano. Los modernos medios de comunicación, y en un modo particular algunas populares series televisivas occidentales, fácilmente han tenido éxito al presentar las enseñanzas católicas, especialmente aquéllas relativas a los temas éticos, como fríos, severos e indiferentes con respecto a las personas que se encuentran viviendo situaciones éticamente difíciles. Las opciones anticristianas e los estilos de vida alternativos son comúnmente presentados en los medias como más “apropiados” a las complejas condiciones de vida prevalentes en las sociedades occidentales de hoy día. En continuidad con los Padres de la Iglesia, los pastores y los catequistas deben ante todo comprender las técnicas artísticas con las cuales son producidas estas falsas representaciones de las enseñanzas católicas para el consumo de las masas. Solamente entonces ellos estarían en grado de encontrar un lenguaje para presentar las enseñanzas católicas que comunique con éxito a Dios como amor.



  • Primera comunicación: Credibilidad de la fe: la relación entre fe y razón en la transmisión de la fe. Rev. Krzysztof Kaucha, docente de Teología fundamental en la Universidad Católica de Lublin (Polonia)


La presente relación trata principalmente de dos puntos.


  1. La relación entre Fe, Razón y Ciencia


Fe y razón tienen necesidad una de la otra y se sostienen una a la otra. La fe no es irracional, no omite la razón ni la destruye. La fe cristiana no es un producto natural de la razón humana, pero siempre estimula la razón a abrirse y considerar mucho más de cuanto la razón por sí misma pueda ver.

La Iglesia Católica debe mucho a la ciencia y los científicos, y honra su genio. La buena ciencia vuelve mejor la vida de muchísimas personas: las curas médicas, la producción de más alimentos, la confirmación de la autenticidad del Manto Sagrado, la confirmación de la curación milagrosa son todos frutos de la buena ciencia.

La ciencia auténtica no está en conflicto con la cristiandad católica. La ciencia es un distinto orden de conocimiento que tiene su propia lógica y dignidad. La ciencia busca conocer siempre mejor el lado material de la naturaleza, mientras que la fe es una respuesta personal y activa a la Revelación de Dios que se ha cumplido en Cristo Jesús. Su credibilidad tiene numerosas razones, algunas de las cuales son confirmadas por los científicos que indagan la naturaleza.

Puede suceder que ciencia y fe entren en conflicto. Esto ocurre cuando la ciencia –o más comúnmente una filosofía o ideología que tome prestado datos científicos– va más allá de las propias competencias y niega las creencias religiosas, principalmente porque no las comprende correctamente. Otras veces el conflicto entre ciencia y fe emerge cuando la ciencia aplicada transgrede normas morales. Es también cierto que un conflicto puede ser causado por el fundamentalismo religioso.


  1. La explicación del Beato Juan Pablo II de la creciente secularización


Juan Pablo II era bien consciente del fenómeno de la creciente secularización, especialmente en el mundo occidental. Ésta constituye hoy uno de los tantos obstáculos para la transmisión de la fe. Él sabía que tal fenómeno fue sostenido por algunos como prueba de la tesis que la fe cristiana está inexorablemente yendo hacia su propio fin.

Según Juan Pablo II, sin embargo, la secularización aparece en crecimiento solamente en el mundo occidental y es más bien la demostración de su crisis cultural y ética. Ésta es una crisis del hombre, de su visión y vocación. La visión del hombre, de hecho, se ha vuelto monodimensional, materialista, o peor aún: no hay una visión cierta del hombre a causa del relativismo moderno. Es éste el motivo por el cual hoy tantos hombres sufren y, sin conocer el verdadero motivo de su propio sufrimiento espiritual, están a la búsqueda de cualquier otra cosa –y cualquier otro sujeto– que pueda ser la sólida Roca de su ser, la Roca de la dignidad de la persona humana, y la Roca de la esperanza creíble que cada vida humana espera de ser plenamente vivida después de la muerte.

Según la enseñanza de Juan Pablo II no es la fe de la Iglesia que tiene necesidad de ser renovada hoy –también vale siempre, para todos los miembros de la Iglesia, la llamada a ser testigos más creíbles de la fe– sino que es la cultura occidental moderna que debe ser renovada, que necesita un nuevo espíritu, una nueva, segura esperanza para estar en posibilidades de sobrevivir. Todo esto puede ser ofrecido por la misma fe cristiana, con su visión del hombre que se demostró atractiva y convincente en cada tiempo y ha tomado cada cultura. Ella ofrece un sentido pleno a la vida humana, responde exhaustivamente a todas las preguntas existenciales y da al hombre una clara vocación: seguir a Jesús, que es el más creíble Maestro y Testigo de la fe, seguir su Evangelio, seguir la fe de su Iglesia para tener la vida en plenitud.



  • Segunda comunicación: Para una pedagogía del acto de fe. Dr. Jem Sullivan, Docente de Catequética en la Pontificia Facultad de la Inmaculada Concepción de la Dominican House of Studies (Washington, DC, USA)


«La catequesis, en cuanto comunicación de la divina revelación, se inspira radicalmente en la pedagogía de Dios como se despliega en Cristo y en la Iglesia, toma de ella las líneas contitutivas y, bajo la guía del Espíritu Santo, desarrolla una síntesis sabia, favoreciendo, así, una verdadera experiencia de fe, un encuentro filial con Dios».2

Esta breve presentación afrontará tres cuestiones fundamentales. La primera cuestión es qué cosa hace una teoría o un método educativo adaptado al acto de fe. La segunda cuestión es cuál es la “original pedagogía de la fe”, que constituye el punto central para el discernimiento y la aplicación de los principios educativos en la catequesis. La tercera cuestión, finalmente, es cómo puede una recuperación de la pedagogía de Dios, de la pedagogía de Cristo y de la pedagogía de la Iglesia servir a la renovación del ministerio catequético de la Iglesia, en la medida en que tal recuperación sostenga y haga progresar la nueva evangelización. Tales cuestiones serán discutidas a la luz de la convicción que «cuando se habla de la pedagogía de la fe, no se trata de transmitir un saber humano, aunque sea el más elevado; se trata de comunicar en su integridad la revelación de Dios».3

La tarea de discernir métodos catequéticos adaptados por el acto de fe es sostenida por diversas áreas de la conciencia humana. La adaptación y la aplicación del desarrollo en la pedagogía y en las ciencias de la educación, así como en los métodos y en las teorías de la comunicación, es un proceso siempre en curso. A lo largo de los siglos, la Iglesia, como madre y maestra, ha transmitido y continúa transmitiendo las teorías educativas y lo métodos catequéticos desarrollados por los obispos, sacerdotes y catequistas laicos, comenzando por la edad de oro de la catequesis en la era patrística, hasta nuestros días.

El Directorio Catequístico General presenta, en forma normativa, principios de metodología catequética que invitan, nutren y sostienen el acto de fe. «La Iglesia no tiene de por sí un método propio ni un método único».4 Antes bien, la variedad de los métodos es un signo de vida y una riqueza así como una demostración de respeto hacia los destinatarios. Diferentes métodos educativos son necesarios en consideración de la edad y del desarrollo intelectual de los cristianos, de su grado de madurez eclesial y espiritual y de muchas otras circunstancias personales.5 La secularización de las sociedades, una predominante visión del mundo relativista y una perspectiva materialista sobre la vida son los “signos de los tiempos” que requieren hoy nuevos abordajes educativos.

Esta breve presentación explorará los principios pedagógicos generales para el acto de fe que compromete a una persona en un obligado “diálogo de la salvación” a través del cual la fe es sembrada, nutrida y profundizada en el interior de una comunidad y en la vida sacramental de la Iglesia. La Revelación de Dios inspira no sólo el contenido de la catequesis, ella guida también la aplicación de los principios educativos en contextos catequísticos diferentes. Las teorías de la educación sirven al acto de la fe en la medida en la cual ellas animan la fiel transmisión del entero contenido de la Revelación y nutren la continua conversión a Dios.

A la luz de la “original pedagogía de la fe”, esta presentación propone tres principios pedagógicos para el acto de fe: una pedagogía teocéntrica, una pedagogía cristocéntrica y una pedagogía eclesial. La presentación si cierra, finalmente, poniendo el acento en el rol indispensable del testimonio personal, fiel, alegre y humilde del catequista que enriquece en forma profundamente humana la concreta aplicación de las teorías y de los métodos educativos en la catequesis.



  • Tercera comunicación: En el río de la “Traditio Verbi”: la armonía entre Escritura, Tradición y Magisterio. Rev. Alberto Franzini, Párroco (Cremona, Italia)




  1. La naturaleza de la Revelación


Según la DV, la Revelación consiste sobre todo en la relación dialogal, que Dios ha puesto en marcha con el hombre, con el fin de comunicarse a sí mismo a aquél y de dar sentido pleno a la vida humana. La Revelación no apareció solo “verbis” (comunicación de verdad), sino también “gestis” (eventos), profundamente entrecruzados entre ellos.


  1. Revelación e Iglesia


«Dios, con la misma suma benignidad, dispuso que cuanto Él había revelado para la salvación de todas las naciones, permaneciese siempre íntegro y fuese transmitido a todas las generaciones» (DV 7). La Revelación y su transmisión, es decir el momento fundante y el momento de transmisión, no son dos procesos yuxtapuestos extrínsecamente: ha existido una historia de la recepción humana de tal Revelación. Tal historia coincide con la totalidad de la vida eclesial.


  1. Tradición y Escritura


La Tradición y la Escritura no son tan solo dos fuentes documentales de la Revelación, sino son dos testimonios que, insertos vitalmente en el organismo eclesial, resuelven la tarea de notificar y de actualizar en la historia de la Revelación de Dios. Si la Escritura «es palabra de Dios en cuanto es puesta por escrito bajo la inspiración del Espíritu Santo», la Tradición «transmite integralmente la palabra de Dios» (DV 9). Ambas, siendo formalmente dos modalidades distintas para la transmisión de la Revelación, «están entre ellas estrechamente conjugadas y comunicadas», porque «manan de la misma divina fuente, forman en cierto modo una sola cosa y tienden al mismo fin». Éste es el motivo por el cual «una y otra deben ser escuchadas y veneradas con igual sentimiento de piedad y respeto» (DV 9).

La Escritura, sin la Tradición, es letra muerta, es documento de archivo. La Tradición, sin la Escritura, pierde su raíz inspirada y corre el riesgo de ser solo una obra humana, fácil presa de las modas y de las ideologías de cada tiempo.


  1. Iglesia y Magisterio


Si la Revelación fue confiada al Iglesia entera (cf. DV 10), el magisterio –confiado a los legítimos pastores– representa la instancia objetiva que garantiza la recta transmisión de la Revelación, poniéndola autoritativamente al resguardo de los peligros de la manipulación, de la falsificación, de la subjetivización, de la instrumentalización ideológica, como demuestra la historia de la fe.

En particular, podemos reasumir las tareas del magisterio según dos instancias fundamentales:

  • la reglamentación lingüística: como en cada proceso de conocimiento, también en la Iglesia nace la necesidad de una instancia de reglamentación del lenguaje, con el fin de que la expresión de la verdad pueda imponerse en la confrontación de todas sus posibilidades falsificaciones y ambigüedades;

  • la unidad de la fe y en la fe: si la fe no es sólo un don personal, en cuanto inserta a la persona en una comunidad y en una historia, deriva de ella que la recepción de la fe, como su anuncio, no pueden ser dejados al arbitrio del sujeto, sino son hechos eclesiales. De aquí el nacimiento de los símbolos de la fe y de las definiciones dogmáticas, que realizan la exigencia de la confesión comunitaria de la fe.



  • Cuarta comunicación: Recepción del Catecismo de la Iglesia Católica en la catequesis. Experiencias y criterios para una plena recepción. Prof. Joël Molinario, Teólogo y Director adjunto del Instituto Superior de Pastoral Catequética (París, Francia)


El Papa Benedicto XVI en Porta fidei y posteriormente el Papa Francisco han colocado en un único horizonte el vigésimo aniversario del Catecismo de la Iglesia Católica (CEC), la celebración de los cincuenta años de la apertura del Concilio Vaticano II y también el Sínodo sobre la Nueva Evangelización para la transmisión de la fe cristiana del mes de octubre de 2012.

El Concilio Vaticano II, Año de la fe, el Sínodo sobre la nueva evangelización y el CEC componen un todo que nos permite comprender mejor y comprender el CEC al interior de la acción catequética de la Iglesia. El CEC no es un documento que se pueda aislar de la vida de la Iglesia.


  1. El CEC y el Vaticano II


El CEC es un catecismo del Vaticano II. Esto es esencial para mostrar por qué el “catecismo” en la Iglesia sufre de una equivocación debido a una mala imagen que arrancó en el siglo XIX y hacia el inicio del siglo XX. Esta época vio florecer catecismos muy polémicos que presentaban la fe en una perspectiva intelectual, como la suma de nociones de saber y acciones para cumplir en sujeción a la Iglesia. Sin embargo, aquello no representaba el modo con el cual había sido concebido el Catecismo del Concilio de Trento cuando Carlos Borromeo (Santo patrono de los catequistas) escribió en el prefacio. El Catecismo era presentado como un instrumento para suscitar el deseo de conocer a Jesucristo, fundado sobre una teología bautismal. Cuando el Sínodo del 1985 pidió redactar un catecismo universal, el Papa Juan Pablo II y el Card. Ratzinger tomaron como referencia el Concilio de Trento y el Concilio Vaticano II, y no los catecismos del siglo XIX. Esto es para tener bien presente para acoger el CEC y es por esto que éste se abre con dos capítulos que vuelven a proponer la teología desarrollada en Gaudium et Spes y en Dei Verbum: el deseo de Dios está en lo profundo del corazón del hombre y la revelación se cumplen plenamente en Jesucristo.


  1. El CEC y el Año de la fe


Benedicto XVI en Porta fidei escribe: «Existe una profunda unidad entre el acto con el cual se cree y los contenidos a los cuales damos nuestro asentimiento». La fe es apertura del corazón al don de Dios y fidelidad a las palabras de Dios a través de la confesión de los labios. El conocimiento de las enseñanzas es pues insuficiente, precisa Benedicto XVI, sin la apertura del corazón que convierte a la persona (cf. Porta fidei 10). La fe de la cual habla el CEC no es un don abstracto en sí mismo. El conocimiento del cual se habla en el CEC es una estructura que armoniza la fe profesada, la fe celebrada, la fe practicada y la oración: estas cuatro partes del CEC que vehiculan el encuentro con Cristo. El lenguaje dogmático no se opone al lenguaje de la experiencia creyente.


  1. El CEC y la nueva evangelización


El Papa Francisco en Lumen fidei habla del dinamismo de transformación propio del bautismo; esto ayuda a comprender la importancia del catecumenado y asume una importancia singular por la nueva evangelización. Se reúnen así CEC, catecumenado y nueva evangelización. Las cuatro partes del CEC tienen origen en el catecumenado: ritos y sacramentos, moral y conversión, entrega del Credo y del Padre Nuestro. Las partes no responden a un programa para aprender, sino más bien son comparables a faros y a boyas de señalización que orientan a los marineros en el paso fundamental de sus travesías. Porque la finalidad del CEC permanece, como ya decía Carlos Borromeo, en suscitar el deseo de encontrar a Jesucristo.



  • Quinta ponencia: La diaconía de la verdad como expresión de la comunidad eclesial. S.E.R. Mons. Javier Salinas Viñals, Obispo de Mallorca y Miembro del Consejo Internacional para la Catequesis (España)




  1. El deseo y la crisis de la verdad

La aspiración a la verdad en una sociedad signada por el relativismo


  1. La diaconía de la verdad

Elementos fundamentales de esta acción eclesial


    • La Revelación, fundamento de la diaconía de la verdad

El don de la verdad


    • Cristo, plenitud y revelador de la Verdad

La Verdad no es una idea, es una persona


    • La fe, aceptación de la Verdad

El conocimiento de la fe: creer no es una opinión ni un sentimiento


  1. La Tradición, trasmisión de la Verdad revelada

La verdad de la fe va unida al camino de la Iglesia en la historia


    • Necesidad de un lenguaje para la transmisión de la verdad

La Iglesia nuestra madre nos enseña el lenguaje de la fe


    • El catecismo al servicio de la verdad

Regla segura para la enseñanza de la fe


    • Dimensión salvífica de la diaconía de la verdad

Por Cristo y en Cristo se ilumina el misterio del hombre


  1. Los desafíos para la diaconía de la verdad




    • Subjetivismo, relativismo, pluralismo, incertidumbre y duda

Acentuar la dimensión veritativa de la fe y de su realismo


    • Fragmentación e individualismo

Sumergirse en la historia, en la tradición y en la vida de la Iglesia


    • Desconfianza en la confrontación de la tradición y concebir la verdad como fruto de una elaboración únicamente humana

Primado del don de la verdad


    • Irrelevancia personal y social de la verdad

El evento de Cristo, junto al testimonio de los creyentes, ilumina aspiraciones e inquietudes


  1. Conclusión. El catequista, testigo de la Verdad

El testimonio de vida, condición esencial para el servicio de la verdad
«La Iglesia afirma el derecho de servir al hombre en su totalidad, diciéndole aquello que Dios ha revelado acerca del hombre y su realización. Ella desea hacer presente aquel patrimonio inmaterial sin el cual la sociedad se exfolia, las ciudades serían arrebatadas dentro de sus propios muros, abismos y barreras. La Iglesia tiene el derecho y el deber de mantener encendida la llama de la libertad y de la unidad del hombre» (Papa Francisco, Discurso al episcopado brasileño, 27 de julio de 2013).

1 Conferencia Episcopal Española, La catequesis de la comunidad. Orientaciones pastorales para la catequesis en España hoy, Madrid, 1983.

2 Directorio Catequístico General (DCG), Congregación para el Clero, 1997, 143.

3 Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Catechesi Tradendae, acerca de la catequesis en nuestro tiempo, 58.

4 DCG, 148.

5 Cf. DCG, 148.

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