Viernes: Una Palabra que nos enseña sobre la vida






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fecha de publicación20.09.2015
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Viernes: Una Palabra que nos enseña sobre la vida.
« La palabra de Dios se ha presentado delante de nosotros con rostro humano, con gesto y palabra de hombre. Nos ha hablado a cada uno en nuestro lenguaje, en nuestro dialecto. «Los Padres de la Iglesia, usaron unas palabras del profeta Isaías que también cita Pablo para mostrar cómo los nuevos caminos de Dios fueron preanunciados ya en el Antiguo Testamento. Allí se leía: “Dios ha cumplido su palabra y la ha abreviado” (Is 10,23; Rm 9,28)... El Hijo mismo es la Palabra, el Logos; la Palabra eterna se ha hecho pequeña, tan pequeña como para estar en un pesebre. Se ha hecho niño para que la Palabra esté a nuestro alcance». Ahora, la Palabra no sólo se puede oír, no sólo tiene una voz, sino que tiene un rostro que podemos ver: Jesús de Nazaret» (VD 12)» (Líneas de oración del Jubileo).
¿Por qué será que nos cuesta tanto sostener las relaciones? ¿Por qué los grupos sociales, y algunas veces también los eclesiales, se dividen con tanta facilidad? ¿Por qué es tan complicado hacer comunidad?
La lectura de la profecía de hoy (Is 48,7-19) indaga sobre estas preguntas y para ello se va a la fuente de la vida comunitaria en la Biblia: el caminar por el desierto. El desierto fue la gran escuela de Israel. Las etapas del largo caminar fueron las lecciones. El Maestro fue el mismo Dios. Y Él sigue siendo hoy nuestro Maestro de “Vida”. Él camina con nosotros en y por el desierto, es decir, por todas esas situaciones que a veces no son tan fáciles de sobre llevar. No se puede hacer comunidad, si no se hace el camino educativo. Si no, tarde o temprano, la mezquindad que habita el corazón saldrá a relucir. El profeta nos presenta el rostro del Dios pedagogo y lo hace hablar así: “Yo te enseño lo que ha de serte útil, te guío por el camino que tienes que seguir” (V. 17). En esta frase, el caminar por el desierto con todos sus acontecimientos implicados, es la materia de la enseñanza.

Sábado: Conocer y amar la Palabra.

« Con Jesús todo se ha hecho más sencillo y cercano. Ahora, en la plenitud de los tiempos, para escuchar la Palabra, entenderla, amarla, vivirla, anunciarla, etc, es necesario mirar a Jesús. No podemos comprender la palabra de Dios sin la vida y la misión de Jesús de Nazaret. Es necesario conocer a Cristo, la Palabra eterna del Padre, hecha carne en la humanidad de Jesús. Pero ¿como podemos conocer a Cristo si no hemos vivido en su tiempo? A esta pregunta responde la Constitución Dogmática Dei Verbum, recogiendo las palabras de S. Jerónimo: “desconocer la Escritura es desconocer a Cristo” (DV)» (VD 27).
¿Qué es para mí conocer la Palabra?
En este último tiempo, no cabe duda de que la Palabra de Dios se está haciendo parte nuestra. En las bodas, primera comunión, confirmación y hasta en el bautismo, solemos comprar una biblia para obsequio de la persona. Pero, con tristeza suele quedarse en el librero o en baúl de los recuerdos junto con la foto de ese día. Cuando conocer la Palabra de Dios, es conocer la forma de pensar, actuar, de sentir de nuestro Dios.
La Palabra de Dios no solo está escrita en la Biblia, sino que también la llevamos impresa en nuestros corazones, es un principio de vida que nos mueve desde dentro y no una norma desde fuera: «Porque estos mandamientos que yo te prescribo hoy no son superiores a tus fuerzas, ni están fuera de tu alcance. No están en el cielo, para que hayas de decir: «¿Quién subirá por nosotros al cielo a buscarlos para que los oigamos y los pongamos en práctica?» Ni están al otro lado del mar, para que hayas de decir: «¿Quién irá por nosotros al otro lado del mar a buscarlos para que los oigamos y los pongamos en práctica?» Sino que la palabra está bien cerca de ti, está en tu boca y en tu corazón para que la pongas en práctica (Dt 30, 10-14).


Pautas de

Oración

«La Palabra se hizo carne » (Jn 1, 14)



II. La Palabra ha venido hasta nosotros

Fraternidad Católica Misionera

Verbum Dei

Medrano No. 917 Tel. 36 17 86 63

9 de diciembre 2012.

«La Palabra se hizo carne »

II. La Palabra ha venido hasta nosotros
II Semana de adviento
La Palabra se ha encarnado en Jesús de Nazaret. La Palabra de Dios no son ideas o doctrina, ni se reduce a la letra de un libro. La Palabra tiene un rostro humano, y esto es la radical novedad de nuestra fe cristiana. No predicamos los pensamientos de un autor, sino anunciamos la Buena Nueva, que lleva al encuentro vivo y personal, directo e íntimo con una persona que es el mismo Dios hecho hombre” (Líneas de oración del Jubileo).

Vemos en este domingo la figura de Juan el Bautista: “Voz del que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas” (Lc 3,4). ¿Qué significa escuchar la voz de Dios en el desierto para proclamarla también en el desierto?
Ocurre un evento importante en la vida de Juan: “Fue dirigida la Palabra de Dios a Juan, hijo de Zacarías, en el desierto” (Lc 3,1-6). Gracias a él, se escucha de nuevo la voz profética que se había apagado en la tierra. Su tarea es preparar la venida del Señor mediante la predicación de la conversión. Pero, ¿cómo se entiende en este texto la conversión? Lucas responde con la profecía de Isaías 40,3-5. La conversión pedida es parecida a la transformación de un desierto: el desierto que cada uno lleva por dentro y el desierto de nuestras ciudades. Juan recibió la inmensa tarea de sacudir esos desiertos, todos esos obstáculos que impiden avanzar (“barrancos”, “montes y colinas”, “lo tortuoso y las asperezas”). La imagen de los “caminos que se hacen llanos” evoca una gran apertura que nos rescata de nuestras soledades, un fluir que nos saca de nuestros estancamientos, un gran espacio para la compañía que nos saca de nuestros egoísmos, una ampliación de la visión que nos devuelve los sueños de la humanidad que creíamos imposibles.
Quien vive cerca de un desierto se acostumbra a verlo siempre así y se resigna. Así mismo sucede con nuestra lejanía de Dios. Viene el cansancio y se echa por la borda todo lo bueno que podemos recibir y dar. La voz que clama en el desierto nos dice que sí es posible cambiar, que Dios abre caminos donde parece imposible. Todo eso mediante su Palabra que es vida.

Lunes: “Se alegrará el desierto”.
« «Y la Palabra se hizo carne, y acampó entre nosotros» (Jn1,14a). Esta expresión no se refiere a una figura retórica sino a una experiencia viva. La narra san Juan, testigo ocular: «Y hemos contemplado su gloria; gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad» (Jn1,14b). La fe apostólica testifica que la Palabra eterna se hizo Uno de nosotros. La Palabra divina se expresa verdaderamente con palabras humanas. (VD 11)» (Líneas de Oración del Jubileo).
¿Es posible que, en los lugares donde habitualmente reina la melancolía se realice una profunda transformación?
Nos dice en su Palabra: “Se alegrará el desierto, tierra estéril, la estepa se llenará de flores y de júbilo. Florecerá como florecen los narcisos, desbordarán de gozo y de alegría” (Is 35,1-10). Cuando uno tiene problemas a veces tiende a acobardarse, a disminuirse o retraerse. Pues bien, el profeta le habla directamente al hombre y le da aliento anunciándole la venida en persona del Dios salvador: “Digan a los cobardes: ¡Valor! ¡No tengan miedo!: ya llega su Dios” (35,4).
Entonces el mundo queda poblado de un nuevo jardín vital, de una nueva belleza: la que irradian los hombres salvados por el Señor. A partir de ellos, una corriente de alegría comienza a atravesar y a vivificar el mundo: los mudos no sólo hablan sino que cantan las canciones, los sordos no sólo oyen sino que ahora tienen “oído de músico” y se recrean con ellas, y los paralíticos no sólo caminan sino que bailan las canciones. Esta fiesta de la humanidad nueva, que florece en el encuentro con el Señor, sigue extendiéndose por todos los desiertos del mundo. Y Dios viene en persona en la persona de JESÚS, para salvar a su pueblo (Lc 5,17-26). Él restaura la belleza perdida del hombre, sea por sus deficiencias físicas como por su pecado. Como lo vemos en el paralítico del evangelio de hoy.

Martes: Palabra que apacienta, que sale a nuestro encuentro.
«La Palabra eterna, que se expresa en la creación y se comunica en la historia de la salvación, en Cristo se ha convertido en un hombre «nacido de una mujer» (Ga 4,4). La Palabra aquí no se expresa principalmente mediante un discurso, con conceptos o normas. Aquí nos encontramos ante la persona misma de Jesús. Su historia única y singular es la palabra definitiva que Dios dice a la humanidad. Así se entiende por qué «no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva» (VD 11).

Jesús dijo a sus discípulos: “¿Qué les parece? Si un hombre tiene cien ovejas y se le pierde una, ¿acaso no deja las noventa y nueve en los montes, y se va a buscar a la que se le perdió? (Mt 18,12-14)

Ninguna imagen tan querida para Jesús como la del pastor responsable de su oficio y atento a sus ovejas. Efectivamente nuestra fe, no es en cuestiones éticas o normas que hay que cumplir… Nuestra fe no está basada en premio o castigo, está basada en la relación con una persona. Una persona que ama nuestras vidas. El profeta Isaías (Is 40,1-11) aplica la imagen del pastor cariñoso que abraza a los corderitos en referencia al Señor. Dios está a cargo de la gente menuda. Nunca los ha abandonado. Si la serie de desgracias que sufren los pobres pareciera hacernos creer lo contrario, hemos de advertir, que las desgracias que sufre la gente indefensa son atribuibles al abuso de los violentos y en manera alguna al desinterés de Dios. Por eso el Señor nos insiste: “Consuelen, consuelen a mi pueblo, dice nuestro Dios. Hablen al corazón de Jerusalén y díganle a gritos que ya terminó el tiempo de su servidumbre” (Is 40,1). Es un hecho, tenemos la riqueza de su presencia entre nosotros a través de su Palabra.

Miércoles: Nacido de mujer.
Solemnidad:

NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE”
« Contemplando en la Madre de Dios una existencia totalmente modelada por la Palabra, también nosotros nos sentimos llamados a entrar en el misterio de la fe, con la que Cristo viene a habitar en nuestra vida. San Ambrosio nos recuerda que todo cristiano que cree, concibe en cierto sentido y engendra al Verbo de Dios en sí mismo: si, en cuanto a la carne, sólo existe una Madre de Cristo, en cuanto a la fe, en cambio, Cristo es el fruto de todos. Así pues, todo lo que le sucedió a María puede sucedernos ahora a cualquiera de nosotros en la escucha de la Palabra y en la celebración de los sacramentos» (VD 28).
¿De qué manera María acogió la “gracia” de Dios en ella? ¿Cómo puedo hacerlo yo en mí caminar con el Señor? (Ver Is 7,10-14; Si 24,23-31; Ga 4,4-7; Lc 1,39-48)
María es la “llena de gracia” (Lc 1,28), es decir, llena de la santidad y de la belleza de Dios, porque supo acoger la gracia de Dios y la hizo crecer dentro de ella, apoyándose en la Palabra del Señor, declarándose su sierva y convirtiéndose así en discípula perfecta de Jesús. Fue así como María permitió que la gracia invadiera la historia del mundo y creara aquella humanidad renovada de la cual ella es el modelo perfecto.
Por todo esto, el misterio que celebramos hoy nos da fuerza interior en nuestro caminar, muchas veces incierto y oscuro, nos da una nueva luz sobre el sentido de la historia, nos da un poco de reposo en los momentos difíciles que nuestro país y el mundo estamos viviendo. Pues la presencia viva de María, de nuestra “Virgencita de Guadalupe” nos ayuda a comprender también que, a pesar de todas las apariencias contrarias, en medio del mundo brota una fuente pura de la cual se deriva todo un torrente de gracia que lo rejuvenece.

Jueves: La Palabra sale a nuestro encuentro.
«La renovación de este encuentro y de su comprensión produce en el corazón de los creyentes una reacción de asombro ante una iniciativa divina que el hombre, con su propia capacidad racional y su imaginación, nunca habría podido inventar. Se trata de una novedad inaudita y humanamente inconcebible» (VD 11).

“Yo, el Señor, te tengo asido por la diestra y yo mismo soy el que te ayuda. No temas, gusanito de Jacob, oruga de Israel, que soy yo, dice el Señor, el que te ayuda; tu redentor es el Dios de Israel. Mira: te he convertido en rastrillo nuevo de dientes dobles; triturarás y pulverizarás los montes, convertirás en paja menuda las colinas. Las aventarás y se irán con el viento y el torbellino las dispersará. Tú, en cambio, te regocijarás en el Señor, te gloriarás en el Dios de Israel. Los miserables y los pobres buscan agua, pero es en vano; tienen la lengua reseca por la sed. Pero yo, el Señor, les daré una respuesta; yo, el Dios de Israel, no los abandonaré” (Is 41,13-20) ¿De qué tengo sed? ¿Cuáles son mis necesidades fundamentales? ¿Cómo responde Dios a ellas?
Dios siempre nos responde con su Palabra. La primera vez que Dios dice “No temas, yo te ayudo” (v.13d), se coloca ante uno la imagen de una mano que agarra otra mano: “te tengo asido por la diestra” (v.13b). El contacto con una mano cálida y poderosa, transmite la ternura que infunde confianza. De esta manera se aproxima Dios al hombre atribulado, mientras que nos dice al oído: “no tengas miedo, por qué te me turbas alma mía” (Sal 42). Aprender a escuchar la Palabra de Dios es aprender a tener ese encuentro sencillo pero cercano con su persona, con su mirada, y al dar con su mirada, damos con la calidez de su corazón que comprende profundamente lo que vivimos.

VD: Exhortación Apostólica Verbum Domine

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