Introducción: La iglesia católica en conflicto






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La Iglesia católica

Hans Küng

Ed. Mondadori

Barcelona (2002)

Índice

Introducción: La iglesia católica en conflicto...................................................... 4

1.- Los inicios de la iglesia ................................................................................ 10

¿Fundada por Jesús?....................................................................................... 10

El significado de «iglesia» ............................................................................. 11

¿Era Jesús católico?........................................................................................ 12

La primera iglesia........................................................................................... 13

Pedro............................................................................................................... 14

Una hermandad de judíos ............................................................................... 16

La ruptura entre judías y cristianos ................................................................ 17

2.- La iglesia católica primitiva ......................................................................... 18

Pablo............................................................................................................... 18

Las iglesias paulinas....................................................................................... 19

El nacimiento de la jerarquía católica ............................................................ 20

Una minoría perseguida resiste ...................................................................... 22

3.- La iglesia católica imperial........................................................................... 28

Una religión universal para el imperio universal ........................................... 28

La iglesia del estado ....................................................................................... 29

El obispo de Roma reclama su supremacía .................................................... 31

El padre de la teología occidental................................................................... 34

La Trinidad reinterpretada.............................................................................. 37

La ciudad de Dios........................................................................................... 38

4.- La iglesia pontificia ...................................................................................... 41

El primer papa auténtico................................................................................. 41

Los papas errantes, patrañas papales y juicios papales .................................. 42

El cristianismo se hace germánico ................................................................. 44

La piedad medieval ........................................................................................ 45

El islam........................................................................................................... 47

Un estado para el papa.................................................................................... 48

La ecuación occidental: cristiano = católico = romano.................................. 49

La moral católica ............................................................................................ 50

La base legal para la futura romanización...................................................... 51

5.- La iglesia se divide ....................................................................................... 54

Una revolución desde arriba........................................................................... 54

Una iglesia católica romanizada..................................................................... 57

Los herejes y la Inquisición............................................................................ 64

La gran síntesis teológica ............................................................................... 68

La vida cotidiana de los cristianos.................................................................. 70

6.- La Reforma: ¿Reforma o Contrarreforma? .................................................. 74

El fin de la dominación papal......................................................................... 74

Una reforma frustrada .................................................................................... 76

Renacimiento, pero no para la iglesia ............................................................ 78

La Reforma..................................................................................................... 80

¿Era católico el programa de la Reforma? ..................................................... 81

La responsabilidad de la ruptura .................................................................... 83

La Contrarreforma católica romana................................................................ 89

7.- La iglesia católica contra la modernidad...................................................... 93

Una nueva era................................................................................................. 93

La revolución científica y filosófica: «la razón»............................................ 95

La Iglesia y el giro copernicano ..................................................................... 96

La revolución cultural y teológica «el progreso»........................................... 97

Las consecuencias de la Ilustración para la iglesia ........................................ 98

La revolución política: «la nación» ................................................................ 99

La iglesia Y la revolución ............................................................................ 100

La revolución tecnológica e industrial: «la industria» ................................. 102

Una condena radical de la modernidad — El concilio de la Contrailustractón

............................................................................................................................... 104

8.- La iglesia católica, presente y futuro.......................................................... 111

El silencio sobre el holocausto ..................................................................... 114

El papa más significativo del siglo xx.......................................................... 117

Restauración en lugar de renovación............................................................ 122

Traición al concilio....................................................................................... 123

Nuevas iniciativas de las bases populares .................................................... 128

¿Un Vaticano III con Juan XXIV? ............................................................... 130

Conclusión: ¿Qué iglesia tiene futuro?............................................................ 132

Cronología ....................................................................................................... 135

Introducción: La iglesia católica en conflicto

Como autor de esta breve historia de la iglesia católica deseo declarar

abiertamente, ya en el principio, que a pesar de todas mis experiencias sobre

cuan inflexible puede resultar el sistema romano, la iglesia católica, esa

hermandad de creyentes, ha seguido siendo mi hogar espiritual hasta el

presente.

Esto tiene sus consecuencias en este libro. Como es natural, la historia

de la iglesia católica también podría relatarse de otro modo. Los expertos en

religión o los historiadores no involucrados personalmente en tal historia

podrían ofrecer una descripción «neutral». O podría describirse por parte de

un filósofo o un teólogo «hermenéutico» preocupado por el «conocimiento»,

para el que comprenderlo todo es también perdonarlo todo. Sin embargo, he

escrito esta historia como persona involucrada en ella. Puedo «comprender»

fenómenos tales como la represión intelectual y la Inquisición, la quema de

brujas, la persecución de los judíos y la discriminación de la mujer desde un

contexto histórico, pero eso no quiere decir que pueda por ello «perdonarlos»

en modo alguno. Escribo como alguien que se pone del lado de las víctimas, o

de las prácticas religiosas que ya en su tiempo fueron reconocidas y

censuradas como no cristianas.

Para concretar mi posición personal: escribo como alguien nacido en

una familia católica en la católica ciudad suiza de Sursee y que fue a la

escuela de la católica ciudad suiza de Lucerna. Después viví siete años

consecutivos en Roma, en la élite papal del Collegium Germanicum et

Hungaricum, y estudié filosofía y teología en la Universidad Gregoriana

Pontificia. Cuando fui ordenado sacerdote celebré la eucaristía por primera

vez en San Pedro y di mi primer sermón a una congregación de Guardas

Suizos.

Tras doctorarme en teología en el Institut Catholique de París, trabajé

dos años como pastor en Lucerna. En 1960, a la edad de treinta y dos años,

trabajé como profesor de Teología Católica en la Universidad de Tubinga.

Tomé parte en el concilio Vaticano II entre 1962 y 1965 como experto

nombrado por Juan XXIII, di clases en Tubinga durante dos décadas, y

fundé el Instituto de Estudios Ecuménicos, del cual fuí director.

En 1979 experimenté personalmente la Inquisición bajo otro papa. La

iglesia me retiró el permiso para la enseñanza, pero aun así mantuve mi

cátedra y mi Instituto (que quedó segregado de la Facultad Católica).

Durante dos décadas más permanecí inquebrantablemente fiel a mi

iglesia con lealtad crítica, y hasta el presente he seguido siendo profesor de

Teología Ecuménica y un sacerdote católico «de buena reputación».

Defiendo el papado para la iglesia católica, pero al mismo tiempo

reclamo infatigablemente una reforma radical de acuerdo con los criterios

del Evangelio.

Con un historial y un pasado católico como este, ¿acaso no puedo ser

capaz de escribir una historia de la iglesia católica que sea al mismo tiempo

devota y objetiva? Tal vez resulte aún más emocionante escuchar la historia

de esta iglesia de parte de uno de sus miembros, que hasta ese punto se ha

visto involucrado en ella. Obviamente, me preocupa tanto ser objetivo como

a cualquier «neutral» (si tal cosa es posible en asuntos de religión). Sin

embargo, estoy convencido de que la devoción personal y la objetividad más

realista pueden combinarse en una historia de la iglesia como en la historia

de una nación.

Me aventuro a ofrecer esta breve historia de la iglesia, pues, como

alguien de larga experiencia en asuntos eclesiales y que ha sido puesto a

prueba muchas veces por los mismos. Desde luego, no podrá reemplazar a

los trabajos en varios volúmenes —los editados por A. Fliche y V. Martin;

por H. Jedin; por L. J. Rogier, R. Aubert y M. D. Knowles; o por M. MoUart

du Jourdin— de los cuales he hecho uso, ni tampoco es esa mi intención.

Pero dado que he estudiado esta historia toda mi vida y he vivido parte de la

misma, mi libro es bastante singular.

Y he abordado la historia de la iglesia católica en libros anteriores

(traducidos todos ellos al inglés), The Council and Reunión (1960; trad. ingl.,

1961), Stmctures of the Church (1962; trad. ingl., 1965), y The Church

(1967; trad. ingl., 1971); y continué haciéndolo más tarde en On Being a

Christian (1974; trad. ingl., 1977), Does God Exist? An Answerfor Today

(1978; trad. ingl., 1980), Theology for the Third Millennium: An Ecumenical

Vieiv (1984; trad. ingl., 1988), Judaism (1991; trad. ingl., 1992) y Great

Christian Thinkers (1993; trad. ingl., 1994). Ofrecí una síntesis analítica de

toda la historia del cristianismo en mi libro Christianity: Its Essence and

History (1994; trad. ingl., 1995). En este libro describí los diversos

paradigmas que crearon época, no solo el paradigma católico romano, sino

también el paradigma judeocristiano, el paradigma helenístico-bizantinoeslavo,

el paradigma de la reforma protestante y el paradigma de la

Ilustración y la modernidad. En él el lector encontrará gran profusión de

referencias bibliográficas sobre la historia de la iglesia católica romana y,

claro está, también numerosas ideas y perspectivas que enfocaré en este

breve libro de un nuevo modo. Lo haré con brevedad, y me centraré en las

líneas, estructuras y figuras principales sin hacer uso del lastre más erudito

(no hay notas ni referencias bibliográficas).

Mientras escribo soy plenamente consciente de que los puntos de vista

sobre la iglesia católica y su historia divergen ampliamente, tanto dentro

como fuera de ella. Probablemente más que ninguna otra, la iglesia católica

es una iglesia controvertida, sujeta a los extremos de la admiración y el

desprecio.

No cabe duda de que la historia de la iglesia católica es una historia de

éxitos: la iglesia católica es la más antigua, numéricamente la más fuerte y

seguramente también la representante más poderosa del cristianismo.

Existe gran admiración por la vitalidad de esta iglesia doblemente

milenaria; por su organización, que ya era global antes de que se hablara de

«globalización», y por su efectividad a nivel local; por su estricta jerarquía y

por la solidez de sus dogmas; por su culto, rico en tradición y luminoso en su

esplendor; por sus indiscutibles logros culturales en la construcción y la

formación de occidente. Los historiadores y filósofos de la iglesia más

optimistas e idealistas creen que pueden advertir un crecimiento orgánico

en su historia, su doctrina, su constitución, sus leyes, su liturgia y su

piedad. Defienden que la iglesia católica es como un viejo árbol gigantesco,

que mientras sigue dando frutos podridos y albergando ramas muertas

todavía puede entenderse como en proceso de permanente desarrollo,

desplegándose para acercarse a la perfección. Aquí la historia de la iglesia

católica se define como un proceso orgánico de maduración y propagación.

Pero incluso los católicos tradicionales se preguntan: suponiendo que

tal crecimiento orgánico exista, ¿acaso no hay también en la historia de la

iglesia católica numerosos desarrollos no orgánicos, anómalos y

completamente absurdos o falsos, de los cuales son responsables los

representantes oficiales de la iglesia? A pesar de las grandilocuentes

referencias al progreso, ¿no hay también períodos terroríficos, de los cuales

son los papas totalmente culpables?

Durante la época del concilio Vaticano II (1962-1965) la iglesia católica

disfrutaba de una presencia pública generalmente amplia. En los albores del

tercer milenio después de Cristo, sin embargo, sufre más que nunca ataques

en determinados sectores. Es cierto que Roma ha pedido recientemente

«perdón» por los monstruosos errores y las atrocidades del pasado; pero al

mismo tiempo la administración de la iglesia de hoy en día sigue

produciendo aún más víctimas. Raramente se encuentra otra de las grandes

instituciones de nuestra era democrática que trate de modo tan desdeñoso a

los críticos y a quienes defienden otros puntos de vista dentro de sus filas, o

que discrimine tanto a las mujeres: prohibiendo los anticonceptivos, el

matrimonio de los sacerdotes o la ordenación de las mujeres. Ninguna

polariza la sociedad y la política mundiales con tan alto grado de rigidez en

sus posiciones sobre los temas del aborto, la homosexualidad y la eutanasia;

posiciones siempre investidas de un aura de infalibilidad, como si se tratara

de la propia voluntad de Dios.

En vista de la aparente incapacidad por parte de la iglesia católica

para corregirse y reformarse, ¿resulta comprensible que en los inicios del

tercer milenio cristiano la indiferencia más o menos benevolente que se ha

dedicado a la iglesia en los últimos cincuenta años se haya tornado en

aversión y una hostilidad ciertamente generalizada? Los historiadores de la

iglesia más críticos y antagonistas son de la opinión de que en los dos mil

años de historia de la iglesia no puede detectarse ningún proceso orgánico de

maduración, sino más bien algo más parecido a una «historia criminal». Un

autor, católico en tiempos, Karlheinz Deschner, ha dedicado su vida, y por

ahora seis volúmenes, a esa historia. En ella describe todas las formas

posibles de «delincuencia» en la política exterior de la iglesia y en sus

políticas relacionadas con el comercio, las finanzas y la educación; la

propagación de la ignorancia y la superstición; la explotación sin

miramientos de la moralidad sexual, las leyes matrimoniales y la justicia

penal... Y así sucesivamente durante cientos de páginas.

Así pues, mientras los teólogos católicos están muy ocupados

escribiendo la historia de la iglesia en tono triunfalista, los «criminalistas»

anticatólicos, ávidos de escándalos, la están explotando para derribar a la

iglesia católica por todos los medios posibles. Pero si al mismo tiempo se

resumieran y se compendiaran todos los errores, los giros erróneos y los

crímenes que pueden descubrirse en todas partes, ¿no sería también posible

escribir una historia «criminal» de Alemania, Francia, Inglaterra o Estados

Unidos, por no mencionar los monstruosos crímenes de los ateos modernos

en nombre de las diosas de la razón o la nación, la raza o el partido? Y esa

fijación en el ámbito más negativo, ¿hace justicia a la historia de Alemania,

Francia, Inglaterra, América... o la iglesia católica? Presumiblemente yo no

soy el único que considera que, con el paso del tiempo, esa historia criminal

del cristianismo en varios volúmenes resultaría insípida, farragosa y

aburrida. Aquellos que deliberadamente chapotean en todos los charcos no

deberían quejarse tanto del estado de la carretera.

Ni una historia idealizada y romántica de la iglesia ni una historia

preñada de odio y denuncia pueden tomarse en serio. Hace falta algo mis.

Al igual que la historia de otras instituciones, la historia de la iglesia

católica también es una historia plena de vicisitudes. La iglesia católica es

una organización vasta y eficiente que emplea un aparato de poder y de

finanzas que actúa de acuerdo con criterios mundanos. Detrás de las

estadísticas más impresionantes, las grandes ocasiones y las solemnes

liturgias de las misas católicas, hay con demasiada frecuencia un

cristianismo superficial y tradicional de escasa sustancia. En la disciplinada

jerarquía católica a menudo resulta desalentadoramente evidente que se

trata de un cuerpo funcionarial con la atención puesta en Roma, servil ante

sus superiores y arrogante con sus inferiores. El cerrado sistema dogmático

de enseñanza incluye una teología escolástica autoritaria y ya por largo

tiempo superada. Y la contribución ampliamente elogiada de la iglesia

católica a la cultura occidental está ineludiblemente unida a una naturaleza

mundana y a una desviación de las tareas espirituales que le son propias.

Sin embargo, y a pesar de todo ello, tales categorías no hacen

plenamente justicia a la existencia de la iglesia tal como se vive, a su

espíritu. La iglesia católica se ha mantenido como poder espiritual, incluso

un gran poder, en todo el mundo, un poder que ni el nazismo, el estalinismo

o el maoísmo han logrado destruir. Más aún, y muy lejos de su gran

organización, en todos los frentes de este mundo tiene a su disposición una

base incomparablemente extensa de comunidades, hospitales, escuelas e

instituciones sociales en las que se lleva a cabo un bien infinito, a pesar de

sus debilidades. En ellas muchos pastores se entregan al servicio de sus

semejantes, e innumerables mujeres y hombres dedican su vida a los

jóvenes y los ancianos, los pobres, los enfermos, los desfavorecidos y los

marginados. Nos hallamos ante una comunidad mundialmente extendida de

creyentes y personas entregadas.

Si debemos diferenciar el bien del mal en la ambigua historia de la

iglesia y las ambiguas circunstancias presentes necesitaremos un criterio

fundamental para juzgarla. En la tarea de relatar la historia de la iglesia,

independientemente de la erudita «neutralidad» sobre sus valores que se

pretenda reclamar, el tiempo y, de nuevo, los hechos, los acontecimientos,

las personas y las instituciones deberán tácitamente ser sujetos a

evaluación. Esta historia no es diferente.

Estoy convencido de que cualquier teología y cualquier concilio —por

mucho que pueda comprenderse en el contexto de su época y de las épocas

precedentes- debe, desde el momento en que se define como cristiana, ser

juzgada en último término según el criterio de qué es cristiano. Y el criterio

de qué es cristiano —también según el punto de vista de los concilios y los

papas- coincide con el mensaje cristiano original, el Evangelio, que

ciertamente constituye la figura original del cristianismo: el Jesús de

Nazaret concreto e histórico, que para los cristianos es el Mesías, ese

Jesucristo al que toda iglesia cristiana debe su existencia. Y, desde luego,

este punto de vista tiene consecuencias en toda consideración de la historia

de la iglesia católica. En todo caso las tiene para mí.

Una marca distintiva de mi historia será la manera en que

tácitamente, y ciertamente de modo muy explícito en determinadas

coyunturas y sin compromiso ni armonización, se ocupará del mensaje

cristiano original, el Evangelio, e incluso de la persona de Jesucristo. Sin esa

referencia, la iglesia católica no tendría identidad ni relevancia. Todas las

instituciones católicas, sus dogmas, sus normativas legales y sus ceremonias

están sujetas al criterio de si, en este sentido, son «cristianas» o al menos no

«anticristianas»: si se ciñen al Evangelio. Así queda patente en este libro,

escrito por un teólogo católico y que versa sobre la iglesia católica, que trata

de ser evangélico, es decir, sujeto a la norma del Evangelio. Así pues,

pretende ser al mismo tiempo «católico» y «evangélico», y ciertamente

ecuménico en el sentido más profundo del término.

En nuestra era de la información los medios de comunicación nos

someten a un flujo siempre creciente de información sobre la historia del

cristianismo y sobre el cristianismo actual, e Internet nos ofrece no solo

información muy valiosa, sino también montañas de material inútil. Así

pues, es preciso realizar una selección acertada para distinguir lo

importante de lo accesorio. Aunque esta breve historia de la iglesia católica

pretende exponer hechos, su principal objetivo es proporcionar orientación

sobre tres puntos:

En primer lugar, información básica sobre el desarrollo enormemente

dramático y complejo de la historia de la iglesia católica: no sobre sus

incontables corrientes y las personalidades más destacadas de diferentes

épocas o territorios, sino sobre las líneas principales de su desarrollo, las

estructuras dominantes y las figuras más influyentes.

En segundo lugar, un inventario histórico-crítico de veinte siglos de

iglesia católica. Desde luego, no se hallarán aquí mezquinas condenas ni

sofismas; por el contrario, en el transcurso de la narrativa cronológica se

hallará repetidas veces un análisis objetivo y una crítica para indicar cómo y

por qué se ha convertido la iglesia católica en lo que es hoy en día.

En tercer lugar, un desafío concreto para la introducción de reformas

en la dirección de lo que la iglesia católica es y en lo que podría ser.

Ciertamente, no se hallarán extrapolaciones ni pronósticos de futuro, que

nadie puede efectuar, sino perspectivas realistas para alentar las

esperanzas de una iglesia que, estoy convencido, todavía tiene futuro en el

tercer milenio... siempre y cuando se renueve a sí misma adecuándose al

mismo tiempo al Evangelio y a su época.

Así pues, llegado el final de esta introducción, debe hacerse una

advertencia a los lectores (especialmente a los lectores católicos) que no

estén muy familiarizados con la historia. Aquellos que no se hayan

enfrentado seriamente a los hechos históricos quedarán a veces

sorprendidos de cuan humano resulta el curso de los acontecimientos; en

efecto, muchas de las instituciones y constituciones de la iglesia —y

especialmente el papado, la institución central de la iglesia católica

romana— son obra del hombre. Sin embargo, este hecho en sí mismo

significa que tales instituciones y constituciones —incluido el papado—

pueden cambiarse y reformarse. Mi crítica «destructiva» se ofrece al servicio

de la «construcción», de la reforma y la renovación, para que la iglesia

católica siga siendo capaz de vivir un tercer milenio.

Pues a pesar de todas mis críticas radicales a la iglesia, probablemente

ya ha quedado claro que me impulsa una fe inquebrantable. Y no es una fe

en la iglesia como institución, pues resulta evidente que la iglesia yerra

continuamente, sino una fe en Jesucristo, en su persona y en su causa, que

sigue siendo el motivo principal de la tradición eclesial, su liturgia y su

teología. A pesar de la decadencia de la iglesia, Jesucristo nunca se ha

perdido. El nombre de Jesucristo es como un «hilo dorado» en el gran tapiz

de la historia de la iglesia. Aunque a menudo el tapiz aparece deshüachado

y mugriento, ese hilo vuelve siempre a penetrar en la tela.

Solo el espíritu de este Jesucristo puede dotar a la iglesia católica y al

cristianismo en general de una nueva credibilidad y permitirle ser

comprendido. Pero, precisamente cuando se hace referencia a los orígenes

del cristianismo, a su momento inicial, surge una pregunta fundamental que

no puede pasarse por alto en una historia de la iglesia. ¿Fundó realmente

Jesús de Nazaret una iglesia?

1.- Los inicios de la iglesia. ¿Fundada por Jesús?

Según los Evangelios, el hombre de Nazaret prácticamente nunca

utilizó la palabra «iglesia». No hay citas de Jesús dirigiendo públicamente a

la comunidad de los elegidos una llamada programática a la fundación de

una iglesia. Los estudiosos de la Biblia coinciden en este punto: Jesús no

proclamó una iglesia ni a sí mismo, proclamó el reino de Dios. Guiado por la

convicción de hallarse en una época próxima a su fin, Jesús deseaba

anunciar la inminente llegada del reino de Dios, del gobierno de Dios, con

vistas a la salvación del hombre. No llamaba simplemente a la observancia

externa de los mandamientos de Dios, sino a su cumplimiento en la

consideración debida a nuestros semejantes. Resumiendo, Jesús apelaba al

amor generoso, que incluía también a nuestros adversarios, ciertamente a

nuestros enemigos. El amor a Dios y el amor a nuestros semejantes se

ensalzan equiparándolos al amor a uno mismo («Amarás... como a ti

mismo»), como aparece ya en la Biblia hebraica.

Así pues, Jesús, enérgico predicador de la Palabra y al mismo tiempo

sanador carismático del cuerpo y la mente, propugnaba un gran movimiento

escatológico colectivo, y para él los Doce con Pedro eran señal de la

restauración del número total de las tribus de Israel. Para disgusto de los

devotos y los ortodoxos, también invitaba a su reinado a los practicantes de

otras creencias (los samaritanos), a los comprometidos políticamente (los

recaudadores de impuestos), a aquellos que habían faltado a la moral (los

adúlteros) y a los explotados sexualmente (las prostitutas). Para él, los

preceptos específicos de la ley, sobre todo los referentes a la comida, la

limpieza y el sábado, eran secundarios con respecto al amor al prójimo; el

sábado y los mandamientos son tanto para hombres como para mujeres.

Jesús era un profeta provocador que se mostraba crítico con el templo y

que, en efecto, se comprometió en una postura militante contra el comercio,

tan prominente allí. Aunque no era un revolucionario político, sus palabras

y sus acciones pronto le llevaron a un conflicto de fatales consecuencias con

las autoridades políticas y religiosas. Ciertamente, a la vista de muchos ese

hombre de treinta años, sin oficio ni título concreto, trascendía el papel de

mero rabino o profeta, de modo tal que le consideraban el Mesías.

Sin embargo, con sus sorprendentemente breves actividades —como

máximo tres años o tal vez solo unos meses- no pretendía fundar una

comunidad separada y distinta de Israel con su propio credo y su propio

culto, ni fomentar una organización con una constitución y una jerarquía, y

mucho menos un gran edificio religioso. No, según todas las evidencias,

Jesús no fundó una iglesia en vida.

Pero ahora debemos añadir inmediatamente que sí se formó una

iglesia, en el sentido de comunidad religiosa distinta de Israel,

inmediatamente después de la muerte de Jesús. Esto sucedió bajo el impacto

de la experiencia de la resurrección y del Espíritu. Basándose en

experiencias particularmente carismáticas («apariciones», visiones,

audiciones) y en una especial interpretación de la Biblia hebraica (profeta

perseguido, sufrido siervo de Dios), los seguidores judíos de Jesús, hombres

y mujeres, quedaron convencidos de que ese hombre a quien habían

traicionado, ese hombre que había sido objeto de burlas y mofas por parte de

sus oponentes, ese hombre que había sido abandonado por Dios y por sus

semejantes y había perecido en la cruz profiriendo un grito agudo, no estaba

muerto. Creyeron que había sido conducido por Dios a la vida eterna y

ensalzado en su gloria, en total concordancia con la imagen del salmo 110,

«está sentado a la diestra de Dios», convertido por Dios en «Señor y Mesías»

(cf. Hechos 2,22-36), «constituido Hijo de Dios, poderoso según el Espíritu de

Santidad a partir de la resurrección de entre los muertos» (Romanos 1,3).

Así que esta es la respuesta a la pregunta. Aunque la iglesia no fue

fundada por Jesús, apela a él desde sus orígenes: el que ha sido crucificado y

aún vive, en quien para los creyentes ya ha amanecido el reino de Dios.

Siguió siendo un movimiento vinculado a Jesús con una orientación

escatológica; su base no era inicialmente un culto propio, una constitución

propia ni una organización con oficios específicos. Su fundamento era

sencillamente la profesión de fe en que ese Jesús era el Mesías, el Cristo, tal

como quedaba sellado con un bautismo en su nombre y mediante un ágape

ceremonial en su memoria. Así fue como la iglesia tomó forma inicialmente.
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