Biblioteca upasika






descargar 466.73 Kb.
títuloBiblioteca upasika
página10/11
fecha de publicación17.06.2016
tamaño466.73 Kb.
tipoDocumentos
ley.exam-10.com > Química > Documentos
1   2   3   4   5   6   7   8   9   10   11

EL CUATERNARIO DE LOS ELEMENTOS
A la Sal P corresponde toda la esfera de nuestra personalidad, en la cual se distingue un cielo fluido envolviendo un centro compacto. Éste está figurado en el ideograma de la Sal P por el semicírculo interior, que alude al reino heterogéneo sometido a la acción de los Elementos.

Estos no son cuerpos, sujetos pasivos, sino por el contrario agentes cuya actividad constante mantiene el equilibrio inestable de la materia elemental, sustrato de las cosas elementales que caen bajo nuestros sentidos.

Causa constante de pesadez, de conglomeración y de relativa fijeza, la Tierra L escapa a nuestras percepciones no menos que el Aire M, agente volatilizador, y el Agua N, que contrae los cuerpos, mientras el Fuego O los dilata.

Los elementos se distinguen por sus cualidades elementales, que son: lo seco, lo húmedo, lo frío y lo caliente.

Fría y seca, la Tierra tiene por símbolo el Buey de San Lucas, o el Toro zodiacal de la primavera. Es negra y pertenece a Saturno.

En el Aire, cálido y húmedo, se eleva el Águila de San Juan, que es también el pájaro de Júpiter, visible en el firmamento entre las constelaciones otoñales. El color azul, color de la atmósfera, se atribuye a este Elemento.

Fría y húmeda, el Agua, corre desde el ánfora de Acuario, signo del invierno, de quien el Ángel de San Mateo toma cristianamente el lugar. Al Agua conviene el color verde, que es el color de Venus.

El Fuego, en el cual llamea el ardor de Marte, es cálido y seco. Parece soltarse de la melena roja del León de San Marcos, que señala en el zodíaco la mitad del verano.

Los cuatro elementos se reencuentran psicológicamente en el hombre, en el cual la materia corpórea corresponde a la Tierra, el Aire representa el soplo animador que mantiene la vida, que tiene por vehículos los líquidos orgánicos, representados por el Agua, mientras que la energía vital, fuente de calor y de movimiento, se representa por el Fuego.



La Tierra desempeña el papel de un recipiente poroso que contiene al Fuego, el cual es avivado por el Aire y alimentado por el Agua, como si éste fuera aceite. Es menester que estos dos últimos elementos puedan penetrar hasta el Fuego central para que se establezca el círculo vital.


Estimulado por el Aire exterior, el Fuego interno se anima consumiendo una parte del Agua que evapora. El vapor se abre camino a través de los poros de la corteza terrestre y se eleva en la atmósfera; pero el frío lo condensa, se forman nubes, éstas se disuelven en lluvia; ésta cae sobre el suelo, que la absorbe y se infiltra de nuevo hasta el centro, alimentado de este modo por un Agua que tiene el Aire en disolución.




Este es el mecanismo de la circulación ininterrumpida que sostiene a la vida individual, cuya duración sería ilimitada si no se endureciera la corteza terrestre y no se agotaran las reservas líquidas.

No se trata pues de un Elixir de Vida que permitiría prolongar indefinidamente nuestra existencia fisiológica. El Sabio sabe que debe morir, y no teme a la muerte, a la cual se somete voluntariamente. Sin atribuir pues, a la vida material más importancia de lo que se debe, se dedica a dirigirla. Para economizar el líquido vital, evita todo gasto excesivo o superfluo, es decir, todo exceso. Administrando su Fuego con discernimiento, atiende al funcionamiento normal de su organismo, que se gasta así lenta pero fatalmente, pues la regeneración de nuestros tejidos está limitada. Existe, sin embargo, un arte de envejecer, de retardar la decrepitud, manteniéndose joven pese a los años.

La fuente de Juvencia reside en la parte etérea de la Sal P en el cielo de nuestra personalidad. Mantengámonos jóvenes de alma y de espíritu, seamos serviciales de buen grado, amemos, pensemos en los demás, olvidémonos de nosotros mismos, no nos endurezcamos: nuestra higiene moral asegurará así nuestro mantenimiento.

Lo que el magnetizador llama “fluido” es el Agua vital exteriorizada en forma de vapor. Cuando la atmósfera del enfermo es muy seca, la humedad del terapeuta restablece las condiciones normales y el paciente se beneficia de la nueva vitalidad.

Por otra parte, es posible obrar directamente sobre el Fuego de otro, comunicándole un ardor insólito. En ese caso, pueden producirse efectos extraordinarios y a veces instantáneos.

La sensibilidad al magnetismo depende de la permeabilidad de la corteza corporal. Los “sujetos” son permeables: de aquí sus sorprendentes reacciones. Cada cual puede tratar de hacerse accesible a las buenas influencias, sin abandonarse por eso en modo alguno al dominio del otro. Es en este espíritu que se forman los adeptos, tanto del Hermetismo como de la Francmasonería.
LA OBRA DE LOS SABIOS
La Piedra Filosofal es una Sal P íntegramente purificada, que coagula al Mercurio volátil a fin de fijarlo, uniéndose a un Azufre ardiente Q que se ha vuelto fuertemente activo.

Por lo tanto, la Obra está compuesta por tres fases:

  • Purificación de la Sal.

  • Coagulación del Mercurio.

  • Fijación del Azufre.

Como la Sal está contenida en la Materia Filosófica, es ésta que conviene obtener en primer término. La Sal está por todas partes y no cuesta nada, pese a tener un valor incalculable. Lo importante es saber descubrirla, porque no se puede extraer un Mercurio de cualquier sustancia, y la primera roca que vemos no posee la resistencia que los Constructores exigen de la piedra que quieren emplear en la Obra. Hay ciertos vicios previos que hacen desechar al profano antes de cualquier prueba.

Supongamos que las primeras dificultades han sido vencidas: el artista ha encontrado la materia que sirve a sus proyectos. En primer lugar la limpia, a fin de que ningún cuerpo extraño se adhiera a la superficie (pulimento de los metales). Realizado esto, el sujeto queda encerrado en el Huevo filosófico cerrado herméticamente (gabinete de reflexión). Así sustraído a toda excitación mercurial, el Fuego vital encerrado disminuye, languidece y termina por extinguirse (Muerte del Recipiendario).

Al morir, el sujeto se desdobla: lo etéreo que hay en él se desprende, abandona un residuo “informe y vacío” ya, como la Tierra antes de ser impregnada por el Soplo divino (Génesis I, 2).

Es el Caos filosófico, cuyo color negro es el mismo del Cuervo de Saturno, pájaro que simboliza las tinieblas que estaban sobre la faz del abismo.


Privado de vida, sumido en la putrefacción, el sujeto vuelve al caos en el seno del cual todos los elementos se confunden. Todo terminaría si no fuera por el germen que se siembra en la materia putrefacta. La disolución libera a ese Hijo de la Putrefacción, que nace libre para desarrollarse. Su innato calor no tarda en secar la sustancia caótica más cercana, a fin de hacerse una corteza vital que signa su papel a cada elemento. Alternativamente exteriorizada, luego reabsorbida, el Agua lava la nueva Tierra, que pasa del negro al gris, después al blanco, pasando por los tonos que caracterizan a la cola del pavo real.






La blancura está simbolizada por el Cisne, del cual tomó Júpiter el aspecto para unirse a Leda. El padre de los dioses representa en esto al Espíritu que fecunda a la Materia purificada por las sucesivas abluciones: es el Soplo aéreo que penetra en la Tierra para engendrar el Niño filosófico.

Se trata del Fuego individual, agente interno que se relaciona con su fuente exterior de acción. Divinizado, este Fuego se exalta y arde con un fervor generoso, manifestado por el color rojo de los alquimistas. Es la realización de la Obra simple que pone en posesión de la Medicina de primer orden. Se obtiene el Azufre filosófico puro, por el cual el adepto puede ser asimilado al Fénix.

Consagrado al Sol, que es fijo, este pájaro, que tiene plumaje escarlata, representa la fijeza del ser vivo en su muerte continua, fuente de renacimientos simultáneos. El Sabio aspira a una fijeza espiritual de un orden más elevado, haciendo coincidir a su voluntad particular con la voluntad que rige todas las cosas. Si realiza este ideal, coagula el Mercurio mezclando al Fuego celeste con el de su hogar infernal de acción individual.

Al llegar a esta altura, el adepto ha vencido al dragón de las atracciones elementales. Posee la verdadera libertad, pues en él el espíritu domina a la materia. Habiendo alcanzado la plena humanidad, ha vencido a la animalidad. Purificado por la Tierra, el Aire, el Agua y el Fuego, ha pasado por la putrefacción, de la cual se ha liberado por la Sublimación, que lleva a la Ablución y a la Espiritualización. Entonces los francmasones le muestran la Estrella Resplandeciente, cuyo emblema hermético es la Rosa de cinco pétalos, que sale de la piedra mercurial por influencia del Espíritu universal, si nos referimos a la figura de Nicolás Flamel.
EL MAGISTERIO DEL SOL
Cuando la corteza salina individual, purificada, se vuelve transparente, la Luz ambiente se percibe desde el interior; el hombre rojo (Azufre Q) se enamora de la mujer blanca (Mercurio). Pero el casamiento del Rey Q y de la Reina aún no se ha efectuado. Habrá de realizarse por la atracción del Mercurio, que simpatizando con el Azufre sublimado se dejará captar y coagular por él. Como el Azufre-Rey es lo que manda en nosotros, se trata aquí de nuestro querer, liberado de toda mezquindad y afirmándose verdadero Rey de su dominio individual. Esta Realeza no es la del mundo vulgar: es adquirida espiritualmente por el verdadero adepto del Arte Regio, que se hace digno de la Reina, la Virgen celestial que invocan los devotos de Nuestra Señora.

Los Artistas poseídos por un puro ideal no son místicos que han perdido la cabeza. Han tenido que sacrificar su yo ávido renunciando a todo deseo personal. Indiferentes a todo lo que ambiciona el esclavo terrestre, se han librado de la tiranía de los instintos egoístas. Vencedores del Egoísmo radical, escapan a la marca hereditaria del pecado original. Dotados de suficiente energía para morir voluntariamente a la vida común inferior, han nacido a una vida superior de libertad, que les confiere realmente un carácter de soberanos. Como ya no son esclavos de nada, tienden a convertirse en amos de Todo. La voluntad de ellos ya sólo se inspira en las intenciones más elevadas, en las intenciones divinas.

Este es el matrimonio del espíritu encarnado, obrero terrestre, con la princesa divina, que se efectúa en nosotros cuando nuestro querer se santifica, cuando Hijos del Padre, adoptamos la causa paterna, dedicándonos a la Gran Obra de la creación. Pues la verdadera Gran Obra es la que se realiza desde toda la eternidad, es el Trabajo redentor del cual surgen la evolución, el progreso, la coordinación del caos y la construcción de una humanidad mejor.

Su objetivo inmediato es la preparación del Oro filosófico, símbolo de la perfección individualmente realizable. Cada uno de nosotros puede operar en sí mismo la transmutación del mal en bien si, después de haber aclarado su conciencia, actúa de acuerdo con lo que ésta le ordena. ¿Qué se nos ha pedido?. Que aprendamos a conocernos en medio de la confusión mantenida por la agitación personal de los individuos. Busquemos la calma y reconcentrémonos. Si se nos ofrece un asilo, aprovechémoslo. Dejemos el bullicio y entremos en nosotros mismos: sometámonos enseguida a las pruebas iniciáticas y trabajemos para aclararnos íntegramente.

Reconoceremos entonces que nos incumbe una tarea determinada: los acontecimientos y las circunstancias nos la dictan. Sepamos discernirla y cumplámosla religiosamente. Trabajaremos así bien y, por pequeño que pueda parecer nuestro logro, formará de todos modos parte integrante de la Gran Obra. Seamos buenos y verdaderamente ejemplares en nuestra pequeña esfera, y produciremos entonces el Oro y nuestro medio se beneficiará con las virtudes de nuestra Piedra filosofal.

Esta es, a la vez, simultáneamente humana y divina. Es humana en su sustancia, en su Sal P purificada, pero está divinizada por el Espíritu mercurial que la penetra, exaltando el Azufre Q individual. En ella se realiza la Escuadra de Salomón: el Agua celeste C se casa con el Fuego infernal B convertido, puesto al servicio de la Gran Obra pura. El Matrimonio no puede hacerse sin amor: es necesario que el azufre sulfuroso interno sea amoroso para que el Mercurio celeste consienta en unirse a él. Pero un deseo egoísta sería inoperante: el amor debe ser completo, absoluto, debe llevar al don entero, sin reservas, de uno mismo.

La personalidad llegada a la iluminación de la Estrella Resplandeciente brilla con resplandor y dispone del Pentagrama, emblema del poder consecutivo al desarrollo de la voluntad del adepto.





Pero el más deslumbrante de los Magos no es más que un simple taumaturgo junto al Santo que se olvida de sí mismo y sólo actúa en unión con lo divino. La obra del primero es su obra y, por admirable que sea, es siempre particular; el segundo puede dar impresión de no producir nada cuando en realidad está dedicado a la realización de la Gran Obra universal. La Fuerza más fuerte de todas las fuerzas procede del sentimiento por el cual el individuo renuncia a sí mismo para guardar en sí la Energía total, fusión de las virtudes de lo alto y de lo bajo.


Para los rosacruces, el Pelícano, que alimenta a sus hijos con su propia sangre, enseña el amor sin el cual el más sabio no será más que un cuerno que resuena o un címbalo retumbante. Siempre ha sido reconocido que el Sabio más perfecto será aquel que ame más.

EL SEPTENARIO
El Azufre Q, el Mercurio y la Sal P corresponden en la personalidad humana a lo que se ha convenido en llamar Espíritu, Alma y Cuerpo. Pura actividad, el Espíritu-Azufre no actúa sobre la pasividad del Cuerpo-Sal más que por intermedio del Alma-Mercurio, que es pasiva en su relación al Espíritu, aunque activa en relación al Cuerpo.

Para que haya equilibrio y, por lo tanto, salud, funcionamiento normal, conviene que los tres principios se armonicen en el individuo. Si representamos a cada uno de los principios por un círculo, obtenemos, por la penetración mutua de estos tres círculos, hasta encontrar sus centros, el esquema de la constitución septenaria del hombre.





Las interferencias de los tres círculos engendran una combinación del Espíritu y del Alma que podemos llamar Espíritu químico o Alma espiritual. Penetrando en el Cuerpo, el Espíritu desarrolla el Espíritu Corporal, en el cual el Alma que invade al Cuerpo, da como hermana, el Alma corporal. Queda en el centro un espacio en que el Espíritu, Alma y Cuerpo se fusionan para constituir el Cuerpo Etéreo o astral, el Linga Sharira de la Teosofía. Es el nudo de la personalidad, sobre el cual todo repercute. Cumpliendo el papel de intermediario, este nudo fluídico central es asimilado al dios Mercurio de la mitología y, entre los metales, se le atribuye la Plata-viva. Los otros metales-planetas se distribuyen como sigue:


s Espíritu puro – Oro incorruptible, Sol, Apolo, Atma;

c Alma etérea – Plata, Luna, Diana, Manas;
1   2   3   4   5   6   7   8   9   10   11

similar:

Biblioteca upasika iconDigitalizado por Biblioteca Upasika

Biblioteca upasika iconLa Biblioteca Fiscal

Biblioteca upasika iconBiblioteca de • talcott parsons

Biblioteca upasika iconBiblioteca de Historia Política -dossier

Biblioteca upasika iconUna biblioteca en cada escuela

Biblioteca upasika iconBibliografía sugerida (disponible en Biblioteca)

Biblioteca upasika iconGran Biblioteca de la Masonería y la Cultura

Biblioteca upasika iconBiblioteca del Congreso Nacional

Biblioteca upasika iconReglamentos para uso de la biblioteca

Biblioteca upasika iconBiblioteca del Congreso Nacional chile






© 2015
contactos
ley.exam-10.com