C Empresa Editora Zig Zag, S. A., 1965. Derechos reservados para todos los países de habla española. Inscripción Nº 30025. Santiago de Chile






descargar 0.66 Mb.
títuloC Empresa Editora Zig Zag, S. A., 1965. Derechos reservados para todos los países de habla española. Inscripción Nº 30025. Santiago de Chile
página1/12
fecha de publicación17.03.2016
tamaño0.66 Mb.
tipoDocumentos
ley.exam-10.com > Economía > Documentos
  1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   12




BIBLIOTECA DE NOVELISTAS

(c) Empresa Editora Zig Zag, S. A., 1965. Derechos reservados para todos los países de habla española. Inscripción Nº 30025. Santiago de Chile.

1965.


EMPRESA EDITORA ZIG ZAG, S. A.

H A N S R U E S C H


COMO

SER POBRES

Z I G - Z A G

Título del original italiano:

COM’ ESSER POVERI
Traducción de

PILAR SERRANO

Digitalización,

Corrección y

Formato Electrónico:

BiblioMouse

J


ulio 2005

COMO SER POBRES
Por Hans Ruesch
Hans Ruesch, que se reveló como cuen­tista publicando sus primeros relatos en al­gunas de las más importantes revistas de Estados Unidos  país adonde había emi­grado poco antes de la Segunda Guerra Mundial , alcanzó renombre universal con la aparición de su primera novela, "El País de las Sombras Largas", a la cual siguieron "El Círculo Infernal” y "El País de las Som­bras Cortas".

Posteriormente, Hans Ruesch escribió “La Noche de las Panteras"  la versión in­glesa lleva el título de "The Game" , que la Empresa Editora Zig~Zag, S. A., tuvo el privilegio de hacer conocer a los lectores de habla hispana, obteniendo un éxito tan extraordinario que la primera edición se agotó sólo en unas semanas. Su argumento, profundamente humano, donde resalta el doble juego de la caza y del amor, causó sensación y el libro pasó a ser un auténtico "best seller".

En esta nueva novela –CÓMO SER POBRES- Hans Ruesch se aparta de la índole dramática de sus principales obras y revela su maestría en un género distinto, el del humorismo, pero sin descender en el tono de éste, y, al contrario, manteniéndolo sa­no y fresco, dentro de una interpretación poética del amor y de la vida.


CAPITULO PRIMERO

LOS BANDOLEROS DE TERMANI

MI NOMBRE es Gianni Bellavita, pero a veces, no sé por qué, me llaman Giovanni. Nací, no por culpa mía,­ en Montrecasse, una aldea montañesa de la península sorrentina, donde los asnos suelen llevar calzones para prote­gerse de las moscas; las mujeres, flores en el cabello para verse más hermosas, y los hombres, aros de cobre en las orejas porque sí. Mi padre supervisaba los trabajos camineros de la zona y mi madre supervisaba a mi padre.

Entre mis primeros recuerdos se destaca un gran­dioso terremoto que destruyó gran parte de nuestra aldea, en una de esas ocasiones cuando el Vesubio pierde la ca­beza. Cuando mi madre me sacó de la bamboleante casa, corriendo a través de una espectacular cortina de humo, llamas y gente que gritaba, me divertí tanto que quise producir un bis apenas encontramos otra casa.

Después de atizar el fuego en el establo del piso bajo, como un niño bueno me puse a esperar pacientemente el retorno de mi madre, mientras sentía cómo el pavimento se recalentaba bajo mis sandalias. Pero el bis fue una gran desilusión: el fuego no se propagó a las cosas circundan­tes y la única persona que gritó fui yo, de dolor, cuando acudió mi madre, y luego, de nuevo, al regreso de mi padre; y yo que esperaba que me acariciaran como la pri­mera vez. Tratamiento tan inicuo sacudió prematuramente mi fe en la justicia terrena y me preparó para las grandes desventuras que me reservaba el porvenir.

Durante meses y meses después de aquel incendio me achacaron la culpa de las diversas calamidades que gol­pearon a mi familia: no sólo por carecer de techo y de más ropa, sino también por el nacimiento de un par de gemelas que las comadres atribuyeron al susto que le di yo a mi madre.

Yo amaba tiernamente a las mellicitas porque teman a mi madre ocupada todo el día, impidiendo que se metie­ra demasiado en mis asuntos, como era su costumbre. Mi padre se limitaba a propinarme una solemne paliza todos los domingos, a la vuelta de misa, fiel a un precepto transmitido por mi abuelo: Los niños deben ser azotados a intervalos regulares; si uno no sabe el motivo, ellos sí lo saben. Yo hacía todo lo posible por darle la razón al abuelo.

Mi padre no estaba mucho en casa, A veces, por su trabajo, debía permanecer varios días en el campo, con su caballo y la escopeta. Mi padre era un hombre burdo y voluntarioso, acostumbrado a mandar en todas partes salvo en su casa, donde mi madre había logrado convertirlo en un verdadero gentilhombre que no olvidaba jamás sa­carse las espuelas antes de acosarse.

Mi madre era una mujer refinada. Aunque los varo­nes de Montrecasse usaban el cabello largo como el invier­no, todos los sábados ella me calaba la bacinica en la cabeza y, usándola como guía, me cortaba todo el pelo en derredor, por lo que era el niño más elegante del pueblo. Luego y a manera de entretenimiento me llevaba a mos­trarme a los parroquianos sentados en el café tomando helados. Era una de sus maneras de divertirme, puesto que no tenía dinero para gastar en golosinas.

Los domingos me llevaba a la estación para que asistiera a la partida del tren, que salía por turnos a ciudades con nombres fascinantes y lejanos: "Mesina, Pa­lermo, Roma, Milán", decía mi madre. Otras veces decía: "Londres, Chicago, Shanghai, Polo Norte, Pernambuco". Mi vida era pequeña pero mis sueños eran inmensos, y durante años mi corazón latía más fuerte con sólo pensar en el trencito que partía: ignoraba que llegaba apenas hasta Nápoles, y con gran trabajo.

Otras veces, si me había portado bien durante unas dos horas seguidas, mi madre me regalaba barcos de gue­rra. Auténticos. "Barcos vivos" decía ella. Cuando de pronto descubría uno que cruzaba el golfo, me levantaba sobre el alféizar: "¿Ves ese barco? Te lo regalo. Es tuyo". Y yo me inflaba de importancia. "¿Dónde quieres que vaya?", me preguntaba. Yo respondía: "A Roma", o "Al Polo Norte", o "A Pernambuco". Una vez dije: "A casa de tía Emma". Era mi tía favorita: no la había conocido jamás. Luego, conteniendo la respiración, seguía con la mirada la nave que se dirigía a Pernambuco, al Polo, o donde tía Emma, hasta que desaparecía tras el horizonte.

Desde entonces corre por mi sangre una sed de aven­turas maravillosas, pero todo lo que me gustaba resultaba irremediablemente o ilegal o demasiado caro, por la que la mayor parte de las veces he tenido que conformarme con seguir, con algo de envidia, las aventuras de los demás. En el cinematógrafo y en los diarios veo tantas cosas grandes y maravillosas que les suceden continuamente a todo el mundo: quién gana una fortuna y quién la pierde, quién es ascendido y quién degradado, quién asesina y quién es asesinado; a mí no me sucede nada. La única vez que estuve encerrado en un ascensor toda la noche con una señora, la señora era ancianísima y olía a moho; luego, cuando miro por el ojo de una cerradura, veo siempre la misma cosa: otro ojo que me mira.

Con el correr de los años me he acostumbrado a este estado de cosas, pero recuerdo aún la amarga desilusión que sentí poco antes de llegar a la edad de la razón, esto es a los seis años, cuando los bandidos, en vez de mi raptaron a Alberto, mi compañero de juegos, porque él pertenecía a una familia rica.

Y ésa fue la primera vez que me di realmente cuanta de que nosotros éramos pobres.

En aquel entonces vivíamos en un pueblecito cala­brés en cuyos alrededores mi padre debía trabajar por unos meses. Era mi primer año de escuela, pero yo iba rara vez: prefería instruirme correteando por los cerros o por la orilla del riachuelo, y no perder el tiempo calen­tando un banco. Aquellos eran los buenos tiempos cuando en Nápoles imperaba la Mano Negra, en Sicilia dominaba la Mafia, y pintorescas bandas de salteadores adornaban las desoladas comarcas meridionales: esto es, antes de que Musso1 pusiera un poco de orden en la región, estropeando el color local. Pero cuando nosotros vivíamos en Termani, los tiempos y eL paisaje eran bellos aún, los ricos no se atrevían a viajar sin escolta armada y no dejaban que sus niños fueran más allá de los muros que limitaban sus propiedades de campo.

Alberto era vecino mío: era un niño enclenque, pálido y triste. Como en su casa nunca tenía apetito, me traía su almuerzo envuelto en un pañuelo con escudo de armas; pero al verme comer se le despertaba el apetito y quería que le devolviera lo que me había dado, y yo tenía que usar todos los medios de persuasión a mi alcance, principalmente un garrote, para hacerlo comprender que esa manera de actuar no era digna de un gentilhombre.

Era huérfano y vivía con una tía abuela suya, la con­desa de Montegiobbe, cuyo escudo de armas estaba ador­nado con tres aceitunas rellenas. Ella pertenecía a una de las estirpes meridionales más antiguas y decadentes y poseía latifundios esparcidos por toda Calabria. Hacía gran alarde del afecto que sentía por su sobrino y lo reconvenía de continuo de no estarle suficientemente agra­decido: y pienso que tenía razón, puesto que Alberto prefería mi compañía a la de su preceptor, si bien es cierto que de mí sólo podía aprender cómo se hacen hon­das, como se rompen ventanas y cómo cuidarse de las víboras que se esconden bajo las piedras asoleadas, en vez de historia y geografía y otras ciencias útiles.

Pero yo, aunque no sabía nada de historia ni de geo­grafía, sabía cómo hacer escapar a Alberto fuera del gran cerco que rodeaba las huertas, jardines, bodegas, establos y la casona de Montegiobbe, y cómo se tiran piedras a las niñas sin ser descubierto.

Una mañana, cuando juntos explorábamos las desnu­das alturas que culminaban los olivares blanquecinos bajo el sol del mediodía, dos hombrones barbudos, vestidos de cazadores y armados hasta las orejas, se nos interpusieron en el camino.

-Si vienes con nosotros sin gritar no te tocaremos ni un pelo  le dijo a Alberto el barbudo más grande, sin sacarse la pipa de la boca.

 ¿Y a dónde vamos a ir?  Pregunté yo, que hacía siempre de portavoz de Alberto.

 ¿Y tú quién eres?

 Gianni Bellavita  contesté rápidamente. ¿Y tú?

 ¿Eso a ti qué te importa?

 ¿Qué haces por estos lados?

 Déjate de molestar.

 ¿Ustedes son cazadores clandestinos?

 Sí espetó el barbudo menor . Estamos cazando mequetrefes entrometidos y habladores.

 Por lo que veo no han cogido ni siquiera uno todavía. ¿Es porque son principiantes o chambones de naturaleza?

 Escucha  me dijo el barbudo mayor, Jadeando , a nosotros nos interesa tu compañero, tú no. ¿Entiendes?

 Comprendo. ¿Pero qué le voy a decir a mi madre? ¿Dónde viven? ¿De dónde salieron? ¿Qué hacen sus pa­dres? ¿Son empleados y trabajan al día? Mi madre va a querer saber todas estas cosas.

 Pile que se meta en sus cosas  gritó el barbudo, desesperado.

 Se lo diré. ¿Pero por qué están tan sucios? ¿No saben que hay que bañarse todas las semanas, sea o no necesario?

 Me gustaría retorcerle el cogote  confesó el bar­bón menor a su compañero, mientras le hacía un gesto alusivo.

 ¿Saben lo que les hace mi madre a todos los que quieren torcerme el cogote?

El otro se agachó y rechinando los dientes me gritó a la cara:

 ¿Y tú sabes lo que les pasa a los niños que hacen tantas preguntas?

 Sí. Se convierten en hombres insoportablemente inteligentes, y no en asnos como ustedes, incapaces de contestar. ¿Son ignorantes por naturaleza o han tenido que estudiar para ponerse así?

 ¿Y qué más quisieras saber?  preguntó el barbudo mayor con voz ronca.

 Sí. A quién quieren más: ¿a su papá o a su mamá?

Desesperados, los dos barbones se sentaron sobre una roca sacudiendo la cabeza, y yo tomé de la mano a Al­berto y empezamos a alejarnos.

 ¡Ahora te descuero! . . gritó el barbudo menor, po­niéndose de pie de un salto y agarrándome del pescuezo. ¡Te voy a descuerar como a un conejo! ¡Haré una panta­lla con tu pellejo!

 ¿Qué es una pantalla?

 Está bien -dijo el barbudo . Si insistes en hacer preguntas, te contestaremos. Tienes razón: somos ban­didos.

 ¿Y pueden probarlo? Tal vez no sean más que impostores.

 ¡Te lo probaremos! Ahora escucha atentamente lo que te voy a decir.

 ¿Por qué? ¿Es instructivo?

 ¡Escucha, atorrante! Nosotros nos llevamos a tu compañero y tú vas donde la condesa y le dices que si quiere volver a verlo, tiene que dejar cincuenta mil liras en el fondo del pozo de la torre vieja. Le damos cinco días: después le iremos mandando a su sobrino de a pedacitos.

 ¿Por qué no me llevan a mí en vez de él? Yo sé hacer más cosas que él.

 ¡Porque no queremos! ¿Entendiste?

 Sí, pero hoy estamos muy ocupados. Volveremos mañana. Palabra de honor. Y ahora, hasta luego. Ya, Al­berto, despídete de los señores y nos vamos.

 Por favor, jefe  gritó el barbudo menor con voz estrangulada y retorciéndose las manos-. Déjeme que lo zamarree un poco.

 ¿Con las lámparas?

 Ándate ya  gritó el otro. Sudaba . Ándate antes de que te hagamos algo.

 ¿Es una amenaza o una promesa?

 Haz lo que te dicen estos señores, Gianni susurró Alberto . Nos turnaremos. Esta vez me toca a mí. Des­pués te tocará a ti. ¿No es cierto, señores?

 Sí, sí  se apresuró a contestar el barbudo, tratando de hablar con una voz meliflua y maternal . La próxima vez te llevaremos a ti, Gianni.

 ¿Palabra de honor?

 Palabra de honor.

Y así me fui, silbando alegremente.

En aquel tiempo tenía mucho que hacer, y durante todo el resto del día no tuve ocasión de volver a pensar en el asunto de los bandidos. Aquella tarde le declaré la guerra a Persia y a sus satélites, hurgué en el lecho de un riachuelo reseco en busca de oro y diamantes, traté por enésima vez de prenderle fuego a un pajar haciendo con­verger los rayos del sol a través de una lupa, y luego fui a alimentar a una fertilísima familia de ratones que es­taba criando a escondidas en un cajón de la cómoda de mi madre. Así, sólo me acordó de los bandidos cuando a la hora de la cena el preceptor de Alberto entró precipi­tadamente en nuestra casa.

 La última vez que se vio a Alberto estaba contigo  me informó con voz ronca. Tenía el aspecto desnutrido y atormentado que conviene a un preceptor . ¿Dónde lo dejaste?

Yo estaba sentado en la cocina y tamborileaba sobre la mesa con dos cucharas, porque tenía mucha hambre.

 Lo dejé en el monte con los bandidos.

En aquel preciso instante mamá me había servido mi plato preferido: sopa de porotitos verdes, enriquecida con las sobras de la semana y sazonada con aceite de Mon­tegiobbe. Por unos instantes reinó un silencio absoluto, por lo cual creí que el preceptor había comprendido lo que yo le dije y se había ido. De modo que me sorprendí mucho al oír su voz junto a la de mi madre exclamando:

 ¿Qué has dicho?

 Se lo llevaron los bandidos. La próxima vez me llevarán a mí.

Recordé de pronto que era un error decirle la ver­dad a la gente grande. Se pusieron a gemir y a retorcerse las manos, luego me arrancaron de mi plato de porotos verdes a pesar de mis protestas, me cargaron en el birlo­cho del preceptor y partimos hacia la casa solariega de los Montegiobbe. También vino mi madre que no quería perderse el paseo en birlocho.

Era la primera vez que veía de cerca a la condesa de Montegiobbe, y esto no la favorecía. Parecía un pavo, un gigantesco pavo empolvado y empelucado. Estaba su­mergida en un sillón en medio de un salón resplandeciente de mármoles y espejos, y rodeada por una muchedumbre de gente ansiosa. Estaban el administrador, el párroco, el mayordomo, el secretario, la camarera personal, el capitán de carabineros que se había puesto un par de guantes blancos para la ocasión, varios lacayos de librea y tres guardianes del palacio (tipos con mostachos boyeros, ves­tidos y armados como los bandidos), sin hablar de "La Traviata" la sétter irlandesa que iba a tener un papel muy trágico en los días siguientes.

Todos me miraron con gran curiosidad y la condesa me examinó a través de sus impertinentes, inclinándose hacia adelante, mientras yo contemplaba fascinado su es­cote.

 Así es que tú eres el pequeño Gianni  dijo al fin con un tono de reproche . He oído hablar mucho de ti.

 Yo también he oído hablar de ti. ¿Por qué te lla­man Condesa Panza de Aceite? ¿Y también la Reina de la Manteca? ¿Y la Mortadela Pintada? ¿Y el Ossobuco a la Crema? ¿Tienes hermanitos y hermanitas? ¿Y tu madre te deja salir sola? ¿Cuántos años tienes?

Mi madre me tomó en brazos y me tapó la boca con dos besos muy sonoros y la condesa, algo sobresaltada, se inclinó nuevamente y silbó a través de sus dientes de porcelana:

 Ahora, trata de acordarte de todo lo que sucedió hoy.

Yo estaba feliz de ser el centro de la atención y em­pecé a hablar, recordando todo lo que había sucedido y también todo lo que no había sucedido. Dije que eran doscientos los bandidos, que vestían uniformes colorados y que iban a caballo.

 ¡Doscientos bandidos a caballo!  exclamó el ca­pitán de carabineros palideciendo, mientras se alisaba nerviosamente sus largos bigotes negros.

Asentí radiante. Pero en ese momento el preceptor me tendió una trampa, con esa falta de lealtad típica de la gente grande: me hizo contar. Conté hasta diez, y me de­tuve. Yo no tenía la culpa de tener sólo diez dedos; pero él armó un lío espantoso:

 ¡Me lo imaginaba! Este mequetrefe no sabe contar más que hasta diez, y dudo que nunca sepa más. ¿Cómo puede saber que los bandidos eran doscientos?

No me gustó su actitud y me encerré en un decoroso silencio, sordo ante el fuego cruzado de preguntas, pro­mesas y amenazas, hasta que por fin me acordé del asunto de los bandidos. Y sólo entonces les largué:

.  Dijeron que había que esconder cincuenta mil de alguna cosa en la vieja torre si no querían que les mandaran los pedacitos de Alberto.

Instantáneamente se restableció el silencio más abso­luto. Como si se hubiera oído estallar una bomba. Luego habló la condesa con voz angustiada:

 ¿Cincuenta mil qué?

 No recuerdo bien. Quizás cincuenta mil huevos. Huevos de Pascua.

 ¿Podría ser  preguntó ella con un hilito de voz, inclinándose más que nunca , podría ser que hubieran dicho cincuenta mil ... ?

 Sí, creo que sí.  No le podía quitar la vista del es­cote: jamás había visto a mi madre vestida así, Cin­cuenta mil liras,

La condesa lanzó un gemido, dejó caer sus brazos, y se desintegró en el sillón mientras pronunciaba dos pala­bras que desde entonces pasaron a la historia:

 Demasiado caro,

Se armó un alboroto terrible: cada uno daba su opi­nión, agitándose y gritando, y yo aproveché para ir a ver qué había en el gran florero chino colocado en un rincón. Había escorpiones.

Debo haberme quedado dormido en el suelo poco después y mi madre, como sucedía muy a menudo, me debe haber llevado en brazos a mi casa, porque de repente me encontré en mi camita y había despuntado nuevamen­te el día. En la cama del lado las mellicitas dormían aún. Sentí a mi madre removiéndose en la cocina y me esca­bullí por la ventana, porque estaba impaciente por ver a Alberto y ella hubiera sido muy capaz de detenerme en el umbral con una retahíla de preguntas ociosas justo cuando yo me disponía a hacer algo importante.

Me lavé la cara en una cáscara de sandía, comí unos higos recogidos por el camino, me puse en la boca una rodaja de limón para defenderme contra la sed, pues el sol matutino ya quemaba fuerte, y empecé a trepar por las ásperas pendientes sembradas de guijarros y de mechones de hierba calcinados por el sol. El aire olía a caracoles, a tortugas y a tierra ardiente. Los lagartos huían a mi pa­so. En un cielo de aluminio, el suave vuelo de un halcón.

Pasé cerca de la vieja torre de observación de la época de los Borbones y, cuando llegué a la cumbre de la cadena de colinas, me interné por los bosques de castaños, hasta que vi a tres barbudos sentados bajo un árbol con los fusiles sujetos entre las piernas. Comían.

 ¿Ustedes son bandidos?  pregunté con aire sociable.

Se miraron entre sí y continuaron mascando en si­lencio.

-¿Qué están comiendo? ¿Cómo se llama el jefe? ¿Dónde está su escondite? Yo también quiero ser bandi­do cuando sea grande. Mi mamá dice que podré serlo si soy bueno y me lavo los dientes todas las mañanas. ¿Fue así cómo se hicieron bandidos ustedes? ¿Dónde se lleva­ron a Alberto?

Al oír mi última pregunta se pusieron de pie de un salto, como si fueran a sacar a bailar a una linda señorita, me agarraron, me vendaron los ojos y después me hicieron caminar. Por el sonido de nuestros pasos y por el olor comprendí que nuestro paseo terminaba en una caverna. Yo iba radiante de felicidad.

Cuando me sacaron la venda me encontré en una cueva baja y tortuosa, como tantas otras que yo había explorado, excepto que ésta estaba habitada; había fraza­das andrajosas desparramadas por el suelo, figuras de san­tos adornando las paredes, y además, como veinte barbu­dos, incluyendo los del día anterior. Luego vi a Alberto en un grupo que estaba jugando a los dados. Corrimos el uno hacia el otro dando gritos y saltos.

El barbudo grande del día anterior, que evidentemen­te era el jefe, me dijo con voz ronca:

 ¿Por qué estás aquí?

 ¿Y tú? Yo conozco muchas cuevas mucho más lin­das que ésta. ¿Quieres verlas?

Lanzó un gemido que resonó sombríamente entre las paredes rocosas.

 ¿Ya vas a empezar de nuevo con tus preguntas?

 Sí, ¿se ha muerto alguien de tu familia?

 ¡No!  rugió . ¿Por qué?

 Porque tienes las uñas negras. Yo creí que estabas de luto. Tienes las uñas casi tan sucias como los dientes. ¿No te lavaste los dientes esta mañana?

El barbudo me agarró por los hombros, me tomó en peso y me sacudió con violencia, golpeándome la cabeza contra el techo. Entonces empecé a llorar. Yo no lloraba muy a menudo; pero cuando lloraba... Y además la caverna tenía una acústica de primer orden. Los barbu­dos comenzaron a ponerse nerviosos. Corrían de un lado para otro enloquecidos como ratones en una trampa; uno de ellos hizo relucir un cuchillo ante mis ojos, haciéndome redoblar mis chillidos, y otro me envolvió la cara con una manta polvorienta. Cuando me empezaron a doler las amígdalas dejé de gritar.

 No era mi intención golpearte la cabeza  Jadeó el jefe de la banda , pero, por los calzones de San Antonio, si mueves una vez más tu maldita lengua, ¡te la corto! ¿Comprendiste?

Hice un gesto de asentimiento y él me sacó la manta.

 ¿Cumpliste con el encargo?

 Sí.  Todavía estaba sollozando.

 ¿Y nos van a dar el dinero?

 No lo sé.

 No perdamos más tiempo con este mocoso  in­terrumpió el barbudo más chico del día anterior . Arro­jémoslo al pozo.

 ¡Pero ustedes prometieron secuestrarme!  protes­té . ¡Dieron su palabra de honor!

 Primero tenemos que recibir el dinero.

En ese momento un barbudo apareció en el agujero de la caverna, gritando:

 ¡Carabineros a la vista!

Y en un abrir y cerrar de ojos me quedé solo con Alberto.

 ¿Te diviertes?  le pregunté.

 ¡Mucho!  Nunca antes lo había visto tan excita­do : ¡imagínate que estoy aprendiendo a fumar pipa! Y anoche matamos una zorra y la asamos al palo. Luego uno de ellos salió para conseguir vino y salame, y juga­mos a los dados toda la noche y nos contamos cuentos bellísimos. ¡Y uno nunca se lava! Es una vida muy sana. No quiero volver más donde la tía.

 ¡Tienen que tomarme a mí también! Diles que si no te pones a chillar. Se ve que tienen mucho miedo a los gritos.

 Se lo diré. Pero ahora vamos a ver qué está pasando.

Nos encontramos con todos los barbudos echados pan­za abajo, con las escopetas listas, mirando atentamente hacia el valle que temblaba con las ondas de calor ema­nadas del suelo ardiente. Un carabinero estaba encaramándose fatigosamente por la ladera.

 Es el Bello  observó el barbudo jefe al poco ra­to . Tendrá algo que contarnos.

Cuando el carabinero llegó a la cumbre, el barbudo dio un silbido y éste se acercó. Era un joven gordito de mejillas rosadas. Se había casado (lo supe después) con la hermana de uno de los bandidos y ahora, por afecto, familiar, hacía de informador para la banda.

De acuerdo a la creencia popular, los mejores cara­bineros provienen de las filas de los bandidos y viceversa. Parece en realidad que algunos de los carabineros más eficientes habían sido bandidos en su juventud. Entendá­monos, no era obligatorio haber servido con los bandidos para entrar en el cuerpo de carabineros; pero era siempre buen antecedente. En otros tiempos. Ahora, como todo el mundo sabe, las cosas han cambiado.

El Bello se sentó sobre la hierba calcinada, acezando y enjugándose la frente. Sorbió un gran trago de vino del jarro que le brindaron, cambió cumplidos con los asisten­tes, remitió los saludos de su mujer a su cuñado y final­mente anunció:

 La Reina de la Manteca rehúsa largar la bolsa.

 ¡Bravo!  gritamos yo y Alberto: porque hubiera sido una verdadera pena que todo terminara tan pronto.

Pero los bandidos no estaban de acuerdo, a juzgar por las invectivas que lanzaron respecto a la condesa. Y su furia aumentó cuando el Bello les dijo:

 Quiere que los carabineros rastreen toda la zona, para lo que estamos esperando refuerzos de Catanzaro. Cuando vean que comienza la batida les conviene retirarse detrás de la tercera fila de colinas. No exploraremos más allá.

 Nos las va a pagar esa mortadela rancia  dijo el barbudo jefe, sombriamente.

Y tras otro intercambio de gentilezas y ceremonias, el Bello se fue. Lo reclamaba el deber.

Yo volví al pueblo mucho más tarde. El portón de fierro del palacio Montegiobbe se abrió de par en par después que anuncié a través de la mirilla que llevaba un mensaje de los bandidos, y los guardianes me hicieron el saludo militar.

Me llevaron al comedor donde, sentada ante una mesa llena de viandas, la condesa cenaba en compañía del párroco.

Comían pajaritos a lo spiedo con polenta, y yo ob­servé con gran curiosidad la técnica totalmente diferente que usaba cada uno. El párroco, hombre de campo mofletudo, rubicundo y sencillote, abría la boca de par en par, instalaba allí el fierro cargado de avecillas y lo sa­caba rápidamente, encerrando entre su robustas mandíbu­las toda la fila de pajaritos, que luego masticaba con gran ruido de huesos triturados, enjuagándolos en un gran trago dé vino. En esto se manifestaba de pleno la estirpe de los Montegiobbe: la condesa primero sacaba las aveci­llas del fierro, luego se llevaba a la boca un pajarito cada vez y lo trituraba con delicadeza, haciendo oír apenas el castañeteo de su dentadura postiza y, al final, un pequeño suspiro.

Luego de eliminar aristocráticamente su último paja­rito, se dirigió a mí:

 Me han dicho que tienes algo para nosotros, niño.

Le entregué el envoltorio que tenía en mi bolsillo, preguntando:

 ¿Con quién has jugado hoy? ¿Tu madre lo sabe? Después, ¿te lavaste las manos?

Antes de contestar, ella ya había visto el contenido del paquete: pegar un grito y caer a tierra desmayada, con la peluca al sesgo, fue todo uno. Fue una caída his­tórica: con su mole la Reina de la Manteca cubría tanto terreno que parecía una catástrofe nacional. En su regazo tenía aún el contenido del paquete: una oreja de zorro bañada en sangre.

Los bandidos eran personas de cierta cultura y uno de ellos, que incluso sabía escribir, había garabateado den­tro del envoltorio estas palabras: Así es como volverá a ver a su querido sobrino si friega con los carabineros  en vez de darnos pronto el dinero. Por modestia, no había firmado.

Aproveché del pandemonio que se originó con el des­mayo para escabullirme y dedicarme de inmediato a mis asuntos.

Cuando, más tarde, llegué a casa, mi madre, que aún lo ignoraba todo, me pegó un tirón de orejas: en efecto, mi padre no estaba en casa y ella se ocupaba de mi edu­cación; luego me preguntó si había roto alguna cosa o si había hecho alguna maldad. Le conté todo, reserván­dome lo del Bello, ya que los bandidos me habían adver­tido que, si hablaba de eso, no sólo me romperían la ca­beza, sino que no me raptarían.

En seguida, mi madre me dio de comer y me acostó y me cantó una canción de cuna como cuando era chico, y al poco rato ya estaba soñando mi sueño favorito: an­gelitos revoloteando a todo lo que daban en un cielo turquesa reluciente de sol.

La condesa era una mujer de agallas. Se negó fir­memente a ceder ante las amenazas y a desembolsar el rescate, con el fin de no fomentar el bandolerismo en su pueblo bienamado: era una patriota de verdad. Con un admirable desprecio por el peligro, desafiaba a aquellos bribones a que le cortaran la oreja a su querido sobrino: ella no se dejaba intimidar.

Mientras los carabineros esperaban los refuerzos y los bandidos el efecto de su última advertencia, yo me encon­traba regularmente con Alberto, el que tenía sólo una preocupación: que terminaran aquellos días felices.

Una vez llevé conmigo a "La Traviata” la perra de la condesa, premiada con Medalla de Oro en la Exposi­ción Canina de Roma. La saqué a escondidas, porque a ella tampoco le permitían alejarse del muro que cerraba la propiedad. Los bandidos se prepararon febrilmente para una gran cacería, aceitando y limpiando su3 escopetas. Ellos no disponían sino de perros bastardos y se prometían proezas de un verdadero campeón de punta y de parada. Y en efecto "La Traviata" era un magnífico ejemplar, con un bello manto color herrumbre, suave como la seda, de naturaleza dulce y un rostro sonriente; pero, ¡ay!, un poco lánguida para perra de caza y más bien en las nubes en lo que respecta a nociones venatorias, dado que había lle­vado una existencia contemplativa y jamás se había visto obligada a ganarse la vida.

Sin embargo, al cabo de unas horas de exploraciones, ella lograba descubrir alguna cosa: lo que era realmente admirable si se considera que hasta ese día la única caza que ella había olido eran los pajaritos a lo spiedo con polenta. Se detuvo bruscamente ante un matorral y permaneció inmóvil con una de sus patas delanteras levan­tadas y alargando la cola como un verdadero campeón; pero apenas vio salir una bandada de codornices, pegó un grito de terror, se dio media vuelta y huyó aullando, y al primer tiro de escopeta se desplomó desmayada.

Cuando al caer la noche la llevé de vuelta al pueblo, estaba exhausta con las emociones del día y salpicada de barro en tal forma que estaba irreconocible, tanto que los guardianes del palacio, después que la dejé junto al portón, la recibieron a pedradas. Más tarde supe que sólo la reconocieron al día siguiente por la mañana, luego que el capitán de carabineros mandó a todos sus carabineros a buscarla.

Para abreviar, cuando llegaron doscientos carabine­ros de refuerzo de Catanzaro, acompañados de una jauría de mastines destinados a rastrear la pista de Alberto, la. ,condesa insistió que llevaran a "La Traviata" en vez de aquellos sabuesos plebeyos. El mayor encargado de las operaciones trató de oponerse, pero sin ningún resultado, porque la influencia de los Montegiobbe en toda la Cala­bria era enorme; logró solamente disuadir a la condesa de que la perra llevara la medalla de oro durante la batida.

Este oficial, que había estudiado atentamente las Memorias de Napoleón, se consideraba un genio militar; pero debe haber leído sólo el último tomo. Al amanecer, en el gran patio del palacio, ante las miradas de los cara­bineros, de la servidumbre y de la condesa que asistía a la escena desde un balcón, se le presentó a "La Traviata" una sandalia de Alberto a fin de que sintiera el olor del niño. Pero la perra, que aquel día estaba con ganas de bromear, cogió la sandalia y se puso a corretear por todo el patio, lanzándola por el aire, agarrándola al vuelo, ha­ciendo volteretas y pegando unos brincos locos; y no dejó que se la quitaran hasta que la destrozó. Sólo entonces se inició la operación.

El mayor condujo a "La Traviata” por los cerros, seguido de su tropa, de los carabineros locales, del capitán, de los guardianes del palacio y de mí. El Bello caminaba a la cabeza de todos, precediendo incluso *al mayor e in­citando a hombres y perros con gritos y gestos. Creo que deseaba la victoria de ambos lados.

Al llegar a la torre, el mayor soltó a "La Traviata” y dispuso sus fuerzas en dos grupos, listos para rodear cual­quier lugar que la perra señalara. Pero hubiera sido nece­sario contar con todo el cuerpo de carabineros más la ca­ballería de montaña para rodear todos los lugares que señalaba "La Traviata". Habiendo superado la timidez demostrada durante su primera salida, cubría más terreno que un ejército en fuga. Corría juguetona por todos lados, se resbalaba panza abajo por las colinas, luego hacía un brusco viraje y se lanzaba, ladrando alegremente, en me­dio de la tropa, produciendo pánico y confusión.

Seguí un rato a la expedición, luego dejé a los adultos dedicados a sus fútiles ajetreos y volví sobre mis pasos, recordando que Alberto me había citado junto al estanque de los ánsares, al otro lado del pueblo, para enseñarme a pescar con caña. Los bandidos lo dejaban completamente libre, pues estaban convencidos de que él no deseaba volver donde su tía, y yo le había enseñado a desplazarse sin que lo descubrieran.

Permanecimos largo rato al borde del estanque, usan­do un alfiler torcido en vez de anzuelo. Pero no picó ningún pez: ni siquiera un ansarón hembra. Alberto me explicó que quizás no era la época apropiada. Podría ser también que nuestro fracaso dependiera del hecho que no usamos cebo. Quizás no se habían inventado aún los gusanos; Alberto no me lo señaló. Llegamos a la conclu­sión de que se le daba demasiada importancia a la pesca como pasatiempo, y decidimos echar un sueñecito.

Despertamos a la caída del sol y nos marchamos de vuelta por el camino.

Mientras circundábamos el pueblo, manteniéndonos a una respetuosa distancia, divisamos a lo lejos una turba de gente que se acercaba por el lado opuesto, levantando una nube de polvo. Por curiosidad olvidamos nuestra pru­dencia y nos precipitamos a ver qué pasaba. Lo descubrimos cuando llegamos al palacio Montegiobbe.

En la polvareda iluminada por los rayos del sol ago­nizante, "La Traviata" se arrastraba de vuelta a la casa, seguida por el grupo deshecho y exhausto de los carabine­ros. Durante la batida sólo habían logrado coger una pa­reja de becacinas y capturar a un pobre diablo que dormía en un matorral y al cual, con gran disgusto del mayor, debieron soltar luego de identificarlo como un pastor de un pueblo vecino.

En aquel momento, la condesa, advertida del retorno de la expedición, salió en carroza y nos encontramos todos delante del portón del palacio.

Y así fue liberado Alberto, con gran gasto para el gobierno, que no podía permitirse tales lujos, y ninguno para la condesa, que sí podía. Pero la cosa no terminó allí.

Alberto, que no había sido nunca revoltoso en su casa, se volvió más taciturno, se entristeció y perdió el apetito, decayendo rápidamente.

 Quiero volver con ellos  me repetía en voz baja, pues ahora lo vigilaban constantemente . ¡Aquí no me dejan ni fumar en pipa!

Me daba tanta pena, que un día decidí contar a los bandidos la tristeza de Alberto. Al verme subir hacia ellos, trataron de desalentarme con una nutrida descarga de fusilería, pero a pesar de que sentía silbar las balas se­guí tranquilamente mi camino, pues ya sabía que tenían muy mala puntería. Como el jefe me explicó después, temieron que hubiera ido a hacerme secuestrar. Les ase­guré que los desligaría de su palabra a condición de que hicieran algo por el pobre Alberto.

El barbudo jefe escuchó con gran interés todo lo que le conté; luego me confesó que él también estaba muy triste sin el niño, pues se había encariñado con él como si fuera un hijo, y me prometió solemnemente ayudarlo de alguna manera.

Lo que sigue sólo lo conozco de oídas, pues al poco tiempo nos fuimos de Termani y volvimos a Montrecasse; de ahí que no puedo garantizar su autenticidad. Parece ser que el barbudo jefe, con mucho tacto, hizo saber a la condesa, por conducto de una camarera del palacio que andaba en líos con uno de la banda, que estaría dispuesto a rescatar al niño.

Que la condesa había pedido un rescate de cien mil liras, que el barbudo había ofrecido cincuenta mil, y que finalmente se pusieron de acuerdo por la mitad, es pro­bable que no sea más que una vulgar calumnia inventada por los que aseguran que los ricos hacen cualquier cosa por dinero.

Los hechos reales son éstos: un buen día Alberto desapareció del palacio, y a quien le pedía explicaciones la condesa se refería vagamente a un pariente lejano, no muy fácil de identificar, con el cual se había ido a vivir. Mientras tanto, poco antes de esta misteriosa desaparición, ella había sufrido un revés que la postró en cama durante una semana: la diligencia que transportaba el recaudo de la venta del aceite de esa temporada fue asaltada en la carretera de Catanzaro. Y según los rumores, aquel di­nero les sirvió a los bandidos para juntar la suma del rescate.

De acuerdo con los mismos rumores, Alberto pasó una juventud feliz con los bandidos en las montañas de Calabria. Cuando volví a verlo después de muchos años, las circunstancias no me permitieron pedirle que me contara la verdad de lo que había ocurrido, sin parecer indiscre­to. Nuestro encuentro tuvo lugar en Montrecasse al retor­nar de una larga temporada en el extranjero. Le habían dicho que yo estaba de regreso y vino a saludarme y pre­guntarme si podía hacer algo por mí, en recuerdo de nues­tra vieja amistad.

Me aseguró que no había envejecido absolutamente nada desde los seis años. A mi vez, yo lo encontré muy cambiado, alto y de aspecto arrogante, con ceño severo, un par de bellos bigotes negros, y muy imponente con su uniforme de capitán de carabineros de Termani.

CAPÍTULO SEGUNDO
  1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   12

Añadir el documento a tu blog o sitio web

similar:

C Empresa Editora Zig Zag, S. A., 1965. Derechos reservados para todos los países de habla española. Inscripción Nº 30025. Santiago de Chile iconResumen Chile, Brasil y Argentina, tienen como factor común que los...

C Empresa Editora Zig Zag, S. A., 1965. Derechos reservados para todos los países de habla española. Inscripción Nº 30025. Santiago de Chile icon© 1992, Santiago Kovadloff Derechos exclusivos de edición en castellano...

C Empresa Editora Zig Zag, S. A., 1965. Derechos reservados para todos los países de habla española. Inscripción Nº 30025. Santiago de Chile iconReservados todos los derechos. El contenido de esta publicación no...

C Empresa Editora Zig Zag, S. A., 1965. Derechos reservados para todos los países de habla española. Inscripción Nº 30025. Santiago de Chile icon2. Ciencia que trata de los aspectos biológicos y sociales del hombre....

C Empresa Editora Zig Zag, S. A., 1965. Derechos reservados para todos los países de habla española. Inscripción Nº 30025. Santiago de Chile iconLa ciencia como una luz en la oscuridad
...

C Empresa Editora Zig Zag, S. A., 1965. Derechos reservados para todos los países de habla española. Inscripción Nº 30025. Santiago de Chile iconTrabajadora española con contrato de trabajo con empresa española...

C Empresa Editora Zig Zag, S. A., 1965. Derechos reservados para todos los países de habla española. Inscripción Nº 30025. Santiago de Chile iconFue aprobada el 19 de marzo de 1812, festividad de San José, conocida por eso como
«no incorporó una tabla de derechos y libertades, pero sí recogió algunos derechos dispersos en su articulado». Además, incorporaba...

C Empresa Editora Zig Zag, S. A., 1965. Derechos reservados para todos los países de habla española. Inscripción Nº 30025. Santiago de Chile iconEs un país de América ubicado específicamente en América del Sur....

C Empresa Editora Zig Zag, S. A., 1965. Derechos reservados para todos los países de habla española. Inscripción Nº 30025. Santiago de Chile iconEl día 6 celebramos el día de la Constitución Española. Es el libro...

C Empresa Editora Zig Zag, S. A., 1965. Derechos reservados para todos los países de habla española. Inscripción Nº 30025. Santiago de Chile iconLatinoamérica o América Latina es la denominación que reciben los...






© 2015
contactos
ley.exam-10.com