El Misterio de María Corredentora






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El Misterio de María Corredentora

en el Magisterio Papal
Rev. Mons. Arthur Burton Calkins
El padre Calkins es funcionario de la Comisión Pontificia "Ecclesia Dei" en Roma, miembro concurrente de la Academia Mariana Internacional Pontificia, y miembro correspondiente de la Academia Teológica Romana Pontificia.


  1. Introducción

A lo largo de casi doscientos años, el magisterio papal ha ido proporcionado indicios cada vez más claros acerca de la íntima colaboración que desempeñó nuestra Señora en la obra de nuestra redención. En un ensayo que escribí con anterioridad, subrayé algunas de las contribuciones más importantes de nuestro actual Santo Padre a este respecto.1 Durante su discurso en la audiencia general del 25 de octubre de 1995, aportó un sobresaliente preámbulo sobre el desarrollo de este importante punto de la doctrina. A grandes rasgos, se delinea el desarrollo histórico que ha tenido esta doctrina, de una manera sucinta extraordinaria:
Al decir que "la Virgen María … es reconocida y venerada como verdadera Madre de Dios y del Redentor" (Lumen gentium, n. 53), el concilio destaca el vínculo existente entre la maternidad de María y la redención.

Después de haber tomado conciencia de la función maternal de María, a quien se había venerado en la doctrina y culto de los primeros siglos como la Madre virginal de Jesucristo y por lo tanto, como Madre de Dios, en la Edad Media la piedad de la Iglesia y la reflexión teológica, hicieron ver la cooperación que ella tuvo en la obra del Salvador.

Este retraso se explica por el hecho de que todos los esfuerzos de los padres de la Iglesia y de los primeros concilios ecuménicos, estaban enfocados a la identidad de Cristo, dejando necesariamente de lado otros aspectos del dogma. La revelación de la verdad, en toda su riqueza, se iría descubriendo sólo de manera gradual. A lo largo de los siglos, la mariología estaría siempre dirigida por la cristología. La divina maternidad de María se proclamó en el concilio de Efeso, principalmente para afirmar que la persona de Cristo era única. De igual manera, hubo también un entendimiento más profundo de la presencia de María en la historia de la salvación.

A finales del siglo II, San Ireneo, discípulo de Policarpo, ya había señalado la contribución de María en la obra de salvación. Este Santo había entendido el valor que tenía el consentimiento de María al momento de la anunciación, reconociendo en la obediencia a, y fe en, el mensaje del ángel de la Virgen de Nazaret, la perfecta antítesis de la desobediencia e incredulidad de Eva, lo cual tuvo un efecto benéfico para el destino de la humanidad. De hecho, así como Eva causó la muerte, María con su "sí," se convirtió "en causa de salvación" para sí misma y para toda la humanidad (cf. Adv. Haer., III, 22, 4; SC 211, 441). Pero esta afirmación no tuvo un desarrollo consistente y sistemático por parte de los demás padres de la Iglesia.

En cambio, esta doctrina se elaboró sistemáticamente por primera vez a finales del siglo X, en la Vida de María escrita por un monje bizantino, Juan el Geómetra. Aquí se describe a María como unida a Cristo en la totalidad de la obra de redención, participando, según el designio de Dios, de la cruz y el sufrimiento por nuestra salvación. Ella permaneció unida al Hijo "en cada acto, actitud y deseo" (cf. Life of Mary, Bol. 196, f. 123 v.)

En Occidente, San Bernardo, fallecido en 1153, dirigiéndose a María, comenta la presentación de Jesús en el templo: "Ofrece a tu hijo, Virgen sacrosanta, y presenta el fruto de tu vientre al Señor. Para nuestra reconciliación con todo, ofrece la Víctima celestial agradable a Dios" (Serm. 3 en Purif., 2: PL 183, 370).

Arnoldo de Chartres, discípulo y amigo de San Bernardo, iluminó particularmente el ofrecimiento de María en el sacrificio del calvario, al distinguir en la cruz "dos altares: uno en el corazón de María, el otro en el cuerpo de Cristo. Cristo sacrificó su carne, María su alma." María se sacrificó espiritualmente en profunda comunión con Cristo, implorando la salvación del mundo: "Lo que pide la Madre, el Hijo lo aprueba y el Padre lo concede" (cf. De septem verbis Domini in cruce, 3: PL 189, 1694).

Desde ese momento, otros autores han explicado la doctrina de la especial cooperación de María en el sacrificio redentor.2
En virtud de que el Santo Padre ya ha delineado los puntos más importantes de este tema en su desarrollo teológico, yo intentaré señalar los sucesos más importantes que ha habido en el magisterio papal relacionados con este tema. El enfoque específico que el magisterio papal ha dado a la colaboración de María en la obra de redención es relativamente reciente, ya que el camino que ha seguido el desarrollo teológico ha sido lento.3 Sólo después de haber meditado largamente este misterio, como lo hiciera la propia María,4 es que la Iglesia comienza a enseñarlo de una manera más solemne.


  1. Período Moderno: 1740 al Presente


No cabe duda que sería muy aleccionador e interesante investigar los primeros bosquejos que existen tocantes a la doctrina de la mediación mariana en la enseñanza de los papas de los primeros periodos de la vida de la Iglesia, pero debemos dejar esto a otros investigadores.5 Según un convencionalismo ampliamente aceptado, la codificación del magisterio papal del periodo moderno comienza con el pontificado de Benedicto XIV (1740-1758)6, en tanto que con el pontificado del Beato Pío IX (1846-1878), la doctrina mariana empieza a concentrarse y consolidarse de manera más notable. Precisamente es este periodo moderno del magisterio papal el que se intenta estudiar en este documento.


  1. Íntima Conexión entre Corredención y Mediación


Finalmente, debemos aclarar otro punto antes de empezar a analizar los textos mismos de los papas. Desde por lo menos principios del siglo veinte, los autores han manejado de manera consistente y conjuntamente la corredención y mediación marianas, generalmente con el título de "mediación."7 Por ejemplo, el padre Gabriele M. Roschini, O.S.M., fundador de la facultad teológica romana especializada en estudios mariológicos, Marianum, expresó que algunos mariólogos restringen el título de "Mediadora" a la segunda fase de la mediación (a la cooperación de María en la distribución de la gracia), reservando el título de "Corredentora" a la primera fase, pero incluso esta primer fase, afirma el padre, es una mediación verdadera y apropiada, ya que es una participación en la obra Mediadora de Cristo.8 Esto se sigue lógicamente del hecho de que ambas fases podrían ser vistas como subdivisiones de la amplia categoría que tiene la "mediación mariana," o de lo que consistentemente describiera el difunto padre Giuseppe Besutti, en su Bibliografía Mariana desde 1968, como "María en la historia de la salvación (historia salutis)."9 Estas dos fases de la redención se diferencian frecuentemente como "objetiva" y "subjetiva," así como por otras distinciones.10 De hecho, muchos de los documentos pontificios que examinaremos en este documento, enseñan claramente que la cooperación de nuestra Señora en la distribución de la gracia, fluye directamente de su función corredentora.11 Por esta razón, veremos que no pocos de los textos papales que citamos y que apoyan la corredención mariana, justamente también se citan para apoyar la función de María en la distribución de las gracias de la redención.


  1. Un Asunto de Terminología


Normalmente y en el idioma inglés, el término Corredentora requiere de alguna explicación inicial, porque con frecuencia el prefijo "co" suscita de inmediato visiones de completa igualdad. Por ejemplo, un co-firmante de un cheque o un co-propietario de una casa, es considerado co-igual con el otro firmante o propietario. Por lo tanto, muchos temen que al describir a nuestra Señora como Corredentora, este término la ponga al mismo nivel que su divino Hijo, implicando que ella es "Redentora" al igual que Él, reduciendo de esta forma a que Jesús "sea la mitad de un equipo de redentores."12 Sin embargo en latín, del que se deriva el término Corredentora, siempre significa que la cooperación o colaboración de María en la redención es secundaria, subordinada, dependiente de la de Cristo —y sin embargo por todo eso— algo que Dios "quiso aceptar voluntariamente . . . constituyendo una parte innecesaria, pero al mismo tiempo maravillosamente agradable, del único gran precio"13 que pagó su Hijo por la redención del mundo. Mark Miravalle lo expresa así:
el prefijo "co" no significa igual, sino que viene de la palabra latina, "cum" que significa "con." El título Corredentora que se aplica a la Madre de Jesús, jamás pondrá a María a un nivel de igualdad con Jesucristo, el divino Señor de todo lo que existe, en el proceso salvífico de la redención humana. Más bien, denota una singular y única participación con su Hijo en la obra salvífica de la redención de la familia humana. La Madre de Jesús participa en la obra redentora de su Hijo Salvador, quien de manera única y en su gloriosa divinidad y humanidad, reconcilió a la humanidad con el Padre.14
En tanto que se podría argumentar sobre el uso del término Corredentora15, en virtud de la posible confusión que podría traer como resultado, y en cambio proponer el término predilecto de Pío XII, alma socia Christi (amada asociada de Cristo),16 igualmente se podría argumentar que no existe ninguna otra palabra que realce la participación de la Madre de Dios en nuestra redención, de manera tan definida y contundente.17 Es más, ha sido santificada por su uso, especialmente cuando lo ha utilizado el magisterio tanto en el pasado como al presente, como veremos más adelante.


  1. Primeros Usos en el Magisterio


La palabra "Corredentora" hace su primera aparición a nivel magisterial mediante pronunciamientos oficiales de las congregaciones romanas durante el reinado del papa San Pío X (1903-1914), y luego pasa a formar parte del vocabulario papal.

  1. El término aparece por vez primera en el Acta Apostolicae Sedis, como respuesta a una petición hecha por el padre Giuseppe M. Lucchesi, Superior General de los Servitas (1907-1913), en la que solicitaba la elevación del rango de la fiesta de los Siete Dolores de nuestra Señora, a una doble de segunda clase para toda la Iglesia. Al acceder a la petición, La Sagrada Congregación de los Ritos expresó el deseo de que con ello "se incremente el culto a la Madre Dolorosa, y se intensifique la piedad y agradecimiento de los fieles hacia la misericordiosa Corredentora de la raza humana."18

  2. Cinco años más tarde, la Sagrada Congregación del Santo Oficio, en un decreto firmado por el cardenal Mariano Rampolla, expresó su satisfacción con la práctica de añadir, al nombre de Jesús, el de María, en el saludo "Alabados sean Jesús y María," a lo que uno responde "Ahora y por siempre":


Hay cristianos que tienen tan tierna devoción hacia la que es la más bendita de entre las vírgenes, que no pueden mencionar el nombre de Jesús, sin que vaya acompañado del nombre glorioso de la Madre, nuestra Corredentora, la Bendita Virgen María.19


  1. Escasos seis meses después de esta declaración, el 22 de enero de 1914, la misma Congregación otorgó una indulgencia parcial de 100 días al que recitara una oración de reparación a nuestra Señora, comenzando con las palabras en italiano Vergine bendetta. A continuación se transcribe la parte de la oración que sustenta nuestro argumento:


Oh Virgen bendita, Madre de Dios, desde Vuestro trono celestial donde reináis, dirigid Vuestra mirada misericordiosa sobre mí, miserable pecador, indigno servidor Vuestro. Aunque bien sé mi propia indignidad, deseo reparar por las ofensas cometidas contra Vos por lenguas impías y blasfemas, y desde lo más profundo de mi corazón, Os alabo y exalto como a la creatura más pura, más perfecta, más santa, de entre todas las obras de las manos de Dios. Bendigo Vuestro santo Nombre, Os alabo por el exaltado privilegio de ser verdaderamente la Madre de Dios, siempre Virgen, concebida sin mancha de pecado, Corredentora de la raza humana.20
Monseñor Brunero Gherardini, en base a estas dos últimas instancias, comenta que
La autoridad que tiene ese dicasterio (la Sagrada Congregación del Santo Oficio), ahora designada 'para la Doctrina de la Fe', llega al punto de poder otorgar a sus intervenciones, un cierto carácter definitivo en el pensamiento Católico.21


  1. La primera vez que un papa usó el término, ocurrió durante una alocución que el papa Pío XI (1922-1939) dirigió a los peregrinos de Vicenza el 30 de noviembre de 1933:



Por la naturaleza de su obra, el Redentor debía asociar a su Madre con su obra. Por esta razón, Nosotros la invocamos bajo el título de Corredentora. Ella nos dio al Salvador, lo acompañó en la obra de redención hasta la cruz, compartiendo con Él los sufrimientos, la agonía y la muerte, con los que Jesús dio cumplimiento cabal a la redención humana.22


  1. El 23 de marzo de 1934, día de la conmemoración Cuaresmal de nuestra Señora de los Dolores, Pío XI recibió a dos grupos de peregrinos españoles, uno de ellos compuesto por miembros de congregaciones marianas de Cataluña. L'Osservatore Romano no publicó el texto del discurso del Papa, sino que reportó las observaciones principales dirigidas a estos grupos. Comentó, al notar con gran alegría que los peregrinos portaban banderas marianas, que ellos habían ido a Roma a celebrar con el Vicario de Cristo


no solamente el decimonoveno aniversario de la divina redención, sino también el decimonoveno centenario de María, el centenario de su Corredención, de su maternidad universal.23
Continuó diciendo, refiriéndose en especial a los jóvenes, que debían:
imitar el pensamiento y deseos de María Santísima, nuestra Madre y nuestra Corredentora: también ellos deben hacer un gran esfuerzo para ser corredentores y apóstoles, siguiendo el espíritu de la acción católica, que es precisamente la cooperación del laicado en el apostolado jerárquico de la Iglesia.24


  1. Finalmente, el papa Pío XI se refirió a nuestra Señora como Corredentora, el 28 de abril de 1935 durante un mensaje de radio con motivo de la clausura del Año Santo en Lourdes:


Madre, la más fiel y misericordiosa, Vos, que como Corredentora y socia de los dolores de Vuestro querido Hijo, lo asististeis cuando ofrecía el sacrificio de nuestra redención en el altar de la cruz… conservad en nosotros e incrementad día con día, os lo suplicamos, los frutos preciosos de nuestra redención y Vuestra compasión.25
En virtud del uso que se le confería al término Corredentora en los documentos magisteriales y en discursos del Supremo Pontífice, el Canónigo René Laurentin escribió al respecto en 1951:
Utilizado o protegido por dos papas, aún en el ejercicio más humilde de su magisterio supremo, el término en lo sucesivo, requiere de nuestro respeto. Sería gravemente temerario, por decir lo menos, atacar su legitimidad.26

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