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Contra Eunomio, tres libros dirigidos contra el líder arriano Eunomio; Sobre el Espíritu Santo, un tratado doctrinal, y Moralia, una antología de versos del Nuevo Testamento. También escribió una liturgia (conocida como la Liturgia de san Basilio) que se practica en el rito bizantino. Su fiesta se celebra el 1 de enero en la Iglesia oriental y el 2 de enero en la occidental.

Basilio, su hermano san Gregorio de Nisa y su amigo san Gregorio Nacianceno son conocidos como los Padres de Capadocia. La abuela de Basilio, Macrina, sus padres Basilio y Emmelia, su hermana Macrina y sus hermanos más jóvenes, Gregorio y Pedro

San Gregorio Nacianceno (329?-389), uno de los cuatro padres y doctores de la Iglesia oriental (junto a san Atanasio, san Basilio y san Juan Crisóstomo), también llamado Gregorio el Teólogo. Nació cerca de Nacianzo, en Capadocia (actualmente en Turquía) y estudió en Alejandría y Atenas. Fue bautizado en el año 360 por su padre, que era obispo de Nacianzo. Con la firme decisión de llevar una vida de devoción marchó al Ponto, donde vivió en el desierto próximo al río Iris (actual río Yesil Irmak, Turquía) con san Basilio. Entre los dos recopilaron una antología de escritos del maestro y teólogo cristiano Orígenes, llamada Philokalia (en griego, 'amor a la belleza'). Basilio fue nombrado más tarde obispo de Cesarea, y en el año 371 o 372 convenció a Gregorio para que aceptara la sede de Sasima, un pueblo de Capadocia. Sin embargo, a Gregorio no le gustaba la vida pública y, hasta la muerte de su padre en el año 374, estuvo retirado.

En el año 378 o 379 Gregorio se hizo cargo de la congregación nicena de Constantinopla. Aquí pronunció cinco discursos sobre el dogma de la Trinidad que le dieron el apodo de Teólogo. Fue nombrado obispo, pero se retiró ante la resistencia de los arrianos. Con la esperanza de evitar nuevos cismas regresó a Nacianzo, donde permaneció hasta su muerte. Su festividad se celebra el 2 de enero en la Iglesia católica y el 25 en la ortodoxa. De sus escritos se han conservado 45 sermones, 243 cartas y 407 poemas dogmáticos y morales.

San Gregorio de Nisa (335?-394?), obispo de Nisa (en Capadocia) y padre primitivo de la Iglesia, nacido en Neocesarea (hoy Niksar, Turquía), y hermano menor de san Basilio. Gregorio se casó, pero a la muerte de su mujer ingresó en el monasterio fundado por su hermano en el Ponto, cerca del río Iris. Hacia el año 371 fue ordenado por él y nombrado obispo de Nisa. La posición religiosa de Gregorio era muy ortodoxa y se mostró en particular celoso en el combate contra la doctrina del arrianismo. Los arrianos acusaron a Gregorio de fraude en su elección al obispado y de malgastar los fondos de su cargo. Declarado culpable de estas acusaciones se exilió de Nisa entre el año 376 y el 378. Cuando regresó, Gregorio fue un sólido apoyo de la posición ortodoxa contra los arrianos en el I Concilio de Constantinopla, en el 381. Al año siguiente fue encargado de la organización de las iglesias de Arabia.

Gregorio es famoso como teólogo. Entre sus tratados teológicos más importantes destacan Discurso contra Eunomio, una defensa del credo de Nicea; Gran discurso cataquista, una defensa de la fe cristiana contra judíos y paganos; Sobre la fe, un tratado contra los arrianos; y Diez silogismos, dirigido contra los apolinaristas, que en muchos aspectos aparecían aliados a los maniqueístas. Su festividad se celebra el 9 de marzo.

semana 15-agustin de hipona,cirilo de jerusalem y Ambrosio

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San Agustín de Hipona (354-430), teólogo cristiano, el más grande de los padres de la Iglesia y uno de los más eminentes doctores de la Iglesia occidental.






2.

PRIMEROS AÑOS DE SU VIDA

Nació el 13 de noviembre del 354 en Tagaste, Numidia (actual Souk-Ahras, Argelia). Su padre, Patricio (fallecido hacia el año 371), era un pagano (más tarde convertido al cristianismo), pero su madre, Mónica, era una devota cristiana que dedicó toda su vida a la conversión de su hijo, siendo posteriormente canonizada por la Iglesia católica. Agustín se educó como retórico en las ciudades norteafricanas de Tagaste, Madaura y Cartago. Entre los 15 y los 30 años de edad vivió con una mujer cartaginesa cuyo nombre se desconoce, con la que en el año 372 tuvo un hijo, Adeodatus, que en latín significa ‘regalo de Dios’.






3.

CONVERSIÓN

Inspirado por el tratado filosófico Hortensius, del orador y estadista romano Marco Tulio Cicerón, se convirtió en un ardiente buscador de la verdad, estudiando varias corrientes filosóficas antes de ingresar en el seno de la Iglesia. Durante nueve años, desde el 373 hasta el 382, se adhirió al maniqueísmo, filosofía dualista de Persia muy extendida en aquella época por el Imperio romano de Occidente. Con su principio fundamental de conflicto entre el bien y el mal, el maniqueísmo le pareció una doctrina que podía corresponder a la experiencia y proporcionar las hipótesis más adecuadas sobre las que construir un sistema filosófico y ético. Además, su código moral no era muy estricto; Agustín recordaría posteriormente en sus Confesiones: “Concédeme castidad y continencia, pero no ahora mismo”. Desilusionado por la imposibilidad de reconciliar ciertos principios maniqueístas contradictorios, abandonó esta doctrina y dirigió su atención hacia el escepticismo.

Hacia el 383 se trasladó de Cartago a Roma, pero un año más tarde fue enviado a Milán como maestro de Retórica. Aquí se movió bajo la órbita del neoplatonismo y conoció también al obispo de la ciudad, san Ambrosio, uno de los eclesiásticos más distinguidos en aquel momento. Fue entonces cuando se sintió atraído de nuevo por el cristianismo. Un día, por fin, según su propio relato, creyó escuchar una voz, como la de un niño, que repetía: “Toma y lee”. Interpretó esto como una exhortación divina a conocer las Sagradas Escrituras y leyó el primer pasaje que apareció al azar: “... nada de comilonas y borracheras, nada de lujurias y desenfrenos, nada de rivalidades y envidias. Revestíos más bien del Señor Jesucristo, y no os preocupéis de la carne para satisfacer sus concupiscencias” (Rom. 13, 13-14). En ese momento decidió abrazar el cristianismo. Fue bautizado con su hijo natural por Ambrosio la víspera de Pascua del año 387. Su madre, que se había reunido con él en Italia y que moriría poco después en Ostia, se alegró de esta respuesta a sus oraciones y esperanzas.






4.

OBISPO Y TEÓLOGO

Lecturas adicionales

Lectura adicional

Confesiones

En Confesiones, uno de los principales escritos del más insigne padre y doctor de la Iglesia, san Agustín de Hipona, éste refirió de forma autobiográfica y con un brillante estilo literario algunos de los episodios más importantes de su vida. Además, en sus páginas expuso gran parte de su pensamiento teológico y filosófico. El fragmento que sigue supone una interesante aproximación a su teoría del conocimiento.

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Regresó al norte de África y, tras ser ordenado sacerdote en el 391, fue consagrado obispo de Hipona (en la actual Annaba, Argelia) en el 395, dignidad que desempeñaría hasta su muerte. Fue un periodo de gran agitación política y teológica, ya que mientras los pueblos germanos amenazaban el Imperio llegando a saquear Roma en el 410, el cisma y la herejía amenazaban también la unidad de la Iglesia. Agustín emprendió con entusiasmo la batalla teológica. Además de combatir la herejía maniqueísta, participó en dos grandes conflictos religiosos. Uno de ellos con el donatismo, secta que mantenía la invalidez de los sacramentos si no eran administrados por eclesiásticos sin pecado. El otro lo mantuvo con los seguidores del pelagianismo, que negaban la doctrina del pecado original. Durante este conflicto, que fue largo y enconado, Agustín desarrolló sus doctrinas del pecado original y de la gracia divina, de la soberanía divina y de la predestinación. La Iglesia católica apostólica romana ha encontrado especial satisfacción en los aspectos institucionales o eclesiásticos de las doctrinas de san Agustín; la teología católica, lo mismo que la protestante, están basadas en su mayor parte, en las teorías agustinianas. Juan Calvino y Martín Lutero, líderes de la Reforma, fueron estudiosos del pensamiento de san Agustín.

La doctrina agustiniana se situaba entre los extremos del pelagianismo y el maniqueísmo. Contra la doctrina de Pelagio mantenía que la desobediencia espiritual del hombre se había producido en un estado de pecado que la naturaleza humana era incapaz de cambiar. En su teología, los hombres y las mujeres son salvados por el don de la gracia divina; frente al maniqueísmo, defendió con energía el papel del libre albedrío en unión con la gracia. San Agustín falleció en Hipona el 28 de agosto del 430. Su festividad se celebra el 28 de agosto.





 




La importancia de san Agustín entre los padres y doctores de la Iglesia es comparable a la de san Pablo entre los apóstoles. Como escritor, fue prolífico, convincente y un brillante estilista. Su obra más conocida es su autobiografía Confesiones (397-401), donde narra sus primeros años y su conversión. En su gran apología cristiana La ciudad de Dios (413-426), formuló una filosofía teológica de la historia. De los 22 libros que componen esta obra, 10 están dedicados a polemizar sobre el panteísmo. Los otros 12 se ocupan del origen, destino y progreso de la Iglesia, a la que considera como oportuna sucesora del paganismo. Entre el 426 y el 427 escribió las Retractiones, donde expuso su veredicto final sobre sus primeros libros, corrigiendo todo lo que su juicio más maduro consideró engañoso o equivocado. Sus otros escritos incluyen las Epístolas, de las que 270 se encuentran en la edición benedictina, fechadas entre los años 386 y 429; sus tratados, entre los que destacan De libero arbitrio (388-395), De doctrina christiana (396-397), De Trinitate (399-401) y De natura et gratia (413); y homilías sobre diversos libros de la Biblia.

Principales obras de san Agustín

AÑO

OBRA




386

Contra Academicos (Contra los académicos)

386

De ordine (Sobre el orden)

386

De beata vita (Sobre la vida feliz)

386-387

Soliloquia (Soliloquios)

387

De inmortalitate animae (Sobre la inmortalidad del alma)

387-388

De animae quantitate (Sobre la cantidad del alma)

388-389

De Genesi contra Manichaeos (Sobre el Génesis, contra los maniqueos)

388-395

De libero arbitrio (Sobre el libre albedrío)

396-397

De doctrina christiana (Sobre la doctrina cristiana)

397-401

Confessiones (Confesiones)

399-401

De Trinitate (Sobre la Trinidad)

401-414

De Genesi ad litteram (Sobre el Génesis a la letra)

412

De spiritu et littera (Sobre el espíritu y la letra)

413

De natura et gratia (Sobre la naturaleza y la gracia)

413-426

De civitate Dei (Sobre la ciudad de Dios o La ciudad de Dios)

426-427

Retractationes (Retractaciones)

413 - 426

Agustín de Hipona escribe La ciudad de Dios

Entre el 413 y el 426, san Agustín, uno de los más influyentes autores de la historia del cristianismo, redactó La ciudad de Dios. En esta obra formuló una filosofía teológica de la historia en la que otorgaba un papel esencial a la providencia divina. San Agustín, obispo de Hipona desde el 395, desarrolló una intensa actividad contra las distintas herejías.

San Cirilo de Jerusalén (315?-387), eclesiástico cristiano, padre y doctor de la Iglesia, nacido en Jerusalén. En el año 315 fue elegido obispo de su ciudad natal. Su arzobispo era el arriano Acacio, obispo de Cesarea, con quien se enfrentó en un principio por las competencias de sus respectivos cargos, pero más tarde por sus diferencias doctrinales (véase Arrianismo). En el año 357, antes de la celebración de un concilio en Cesarea, cuya autoridad no reconocía Cirilo, Acacio le acusó de vender los tesoros legados por Constantino, emperador de Roma, a su iglesia; por ello, la asamblea le destituyó. Cirilo recurrió a un sínodo más numeroso que le restituyó en su cargo en el 359. Sin embargo, al año siguiente, y debido a la perseverante hostilidad de Acacio, fue depuesto de nuevo, esta vez por un concilio reunido en Constantinopla. Gracias al emperador Juliano, Cirilo fue restituido de nuevo a su episcopado. Algunos años después murió su viejo enemigo Acacio, pero se encontró con nuevas dificultades y fue desterrado en el año 367 por Flavio Valente, emperador romano de Oriente; regresó en el año 378 tras la muerte del emperador.

Los escritos de Cirilo son valiosos para la historia de la teología y del ritual. Constituyen 23 tratados, 18 de ellos dirigidos a los catecúmenos y 5 a los recién bautizados. El primer grupo es fundamentalmente doctrinal y presenta el credo de la Iglesia de una manera más completa y sistemática que los escritos de los demás padres de la Iglesia; el último grupo está relacionado con el ritual y constituye un detallado informe sobre el bautismo, la eucaristía y el crisma de la consagración. Su festividad se conmemora el 18 de marzo.

San Ambrosio (340?-397), uno de los más insignes padres de la Iglesia y uno de los cuatro primeros doctores de la Iglesia. Nació en Tréveris (hoy en Alemania) y se educó en Roma en el seno de una noble familia (su padre había sido prefecto de la Galia). Ambrosio estudió leyes, ingresó en la administración pública y, hacia el año 370, fue nombrado magistrado consular de Liguria, con sede en Milán. Su amabilidad y sabiduría le hicieron ganarse la estima y el afecto de la gente. Fue nombrado obispo de Milán en el año 374. Desde este cargo defendió las iglesias de Milán contra la introducción del arrianismo y convenció al emperador romano Teodosio I el Grande para que hiciera penitencia pública por ordenar la masacre de los rebeldes de Tesalónica (Grecia).

Ambrosio es además conocido como el comprensivo amigo de santa Mónica, madre de san Agustín de Hipona, a quien acogió en el seno de la Iglesia en el año 387. Es el santo patrón de Milán; la Biblioteca Ambrosiana de esa ciudad recibió este nombre en su honor. Entre sus escritos destacan numerosos tratados exegéticos y un tratado de moralidad cristiana. Compuso también muchos himnos, algunos de los cuales aún se conservan. Su festividad se conmemora el 7 de diciembre

Semana 16-concilio de nicea,contantinopla ,efeso y calcedonia

Concilios de Nicea, denominación de dos concilios ecuménicos celebrados por la Iglesia cristiana en Nicea (ciudad de la antigua Bitinia, hoy Iznik, Turquía).






2.

I CONCILIO DE NICEA (325)

Primer concilio ecuménico. Presidido por Osio, tuvo lugar entre el 20 de mayo y el 25 de julio del 325 (siendo papa san Silvestre I) y fue convocado por el emperador romano Constantino I el Grande para procurar reafirmar la unidad de la Iglesia, seriamente quebrantada por la disputa surgida en torno a la naturaleza de Jesucristo tras la aparición del arrianismo. De los 1.800 obispos censados en el Imperio romano, 318 acudieron a la convocatoria conciliar. El credo de Nicea, que definió al Hijo como consustancial con el Padre, fue adoptado como postura oficial de la Iglesia con respecto a la divinidad de Cristo. También fue fijada la celebración de la Semana Santa el domingo después de la Pascua judía, y garantizada la autoridad del obispo de Alejandría. En esta última concesión se asienta el origen de los patriarcados.






3.

II CONCILIO DE NICEA (787)

Séptimo concilio ecuménico. Sus sesiones tuvieron lugar desde el 24 de septiembre hasta el 23 de octubre del 787 (siendo papa Adriano I). A la convocatoria, efectuada por la emperatriz bizantina Irene, asistieron 350 obispos, la mayoría de los cuales procedían del Imperio bizantino. A pesar de las fuertes objeciones formuladas por parte de los iconoclastas, fue aprobada la veneración de imágenes religiosas y orde

Credo de Nicea

Credo de Nicea, en la teología cristiana, es sinónimo de la confesión de fe.

El primer Credo así llamado se adoptó en el primer Concilio de Nicea en el 325 para agravar la controversia relativa a las personas de la Trinidad. Tenía como misión aludir a cuestiones polémicas como la divinidad de Cristo, e introdujo la palabra homousios (en griego, de la misma sustancia) para corregir el error de los partidarios homousios (de sustancia parecida). A él se añadieron diferentes cláusulas en contra del arrianismo.

Un Credo tardío conocido como el Credo niceno es llamado con más propiedad el Credo niceno-constantinopolitano o Credo constantinopolitano. Se basa en el Credo del siglo IV que se compuso bajo la influencia del obispo de Jerusalén, san Cirilo, y editado según los postulados del concilio niceno. Está introducido en el Ancoratus de san Epifanio, obispo de Salamina y por la tradición se le atribuye, aunque es erróneo, al I Concilio de Constantinopla, reunido el 381. De las 178 palabras en el original de este segundo Credo niceno, sólo 33 son en verdad tomadas del Credo de el año 325. El segundo Credo es considerado como ecuménico por las comuniones católicas y por la mayoría de las iglesias reformistas. Emplea la forma singular de las palabras utilizadas para expresar asentimiento, “creo”, “espero”, “confieso”. En el concilio de Toledo (589), la Iglesia oriental añadió la cláusula filioque e insertó la preposición “en” antes de las palabras “sólo Iglesia santa, católica y apostólica”.


Se hizo necesario aclarar las cuestiones doctrinales cuando surgieron interpretaciones del mensaje de Cristo que vendrían a considerarse erróneas. Las desviaciones más importantes o herejías tenían que ver con la persona de Cristo. Algunos teólogos buscaban proteger su santidad, negando su naturaleza humana, mientras otros buscaban proteger la fe monoteísta, haciendo de Cristo una figura divina de rango inferior a Dios, el Padre.

En respuesta a estas dos tendencias, en los credos comenzó, en época muy temprana, un proceso para especificar la condición divina de Cristo, en relación con la divinidad del Padre. Las formulaciones definitivas de estas relaciones se establecieron durante los siglos IV y V, en una serie de concilios oficiales de la Iglesia; dos de los más destacados fueron el de Nicea en el 325, y el de Calcedonia en el 451, en los que se acuñaron las doctrinas de la Santísima Trinidad y de la doble naturaleza de Cristo, en la forma aún aceptada por la mayoría de los cristianos (véase Concilio de Calcedonia; Credo de Nicea). Para que pudieran exponerse estos principios, el cristianismo tuvo que refinar su pensamiento y su lenguaje, proceso en el que se fue creando una teología filosófica, tanto en latín como en griego. Durante más de mil años, éste fue el sistema de pensamiento con más influencia en Europa. El principal artífice de la teología en Occidente fue san Agustín de Hipona, cuya producción de textos literarios, dentro de los que se incluyen los textos clásicos Confesiones y La ciudad de Dios, hizo más que cualquier otro grupo de escritos, exceptuando los autores de la Biblia, para dar forma a este sistema.

Concilios de Constantinopla

1




INTRODUCCIÓN

Concilios de Constantinopla, denominación que reciben los ocho concilios celebrados por la Iglesia cristiana en la ciudad de Constantinopla (actual Estambul). La Iglesia católica sólo reconoce cuatro de ellos como ecuménicos: los tres primeros y el sexto (al que, en consecuencia, denomina IV Concilio de Constantinopla).

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PRIMER CONCILIO DE CONSTANTINOPLA (381)

Segundo concilio ecuménico de la Iglesia. Convocado por el emperador romano de Oriente Teodosio I el Grande, los 150 obispos que participaron en sus sesiones condenaron como herético el arrianismo, reafirmaron las resoluciones adoptadas en el primer concilio ecuménico (el I Concilio de Nicea, que tuvo lugar en el 325), definieron al Espíritu Santo como consubstancial y coeterno con el Padre y el Hijo en la Santísima Trinidad y ratificaron el segundo puesto que ocupaba el patriarca de Constantinopla en el orden jerárquico de la Iglesia, tras el papa.

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SEGUNDO CONCILIO DE CONSTANTINOPLA (553)

Quinto concilio ecuménico de la Iglesia. Fue convocado por el emperador bizantino Justiniano I, para examinar las obras de los teólogos griegos Teodoro de Mopsuesto, Teodoreto de Ciro e Ibas de Edesa. Estas obras, conocidas como los Tres capítulos y que habían sido aprobadas por el cuarto concilio ecuménico, el Concilio de Calcedonia (451), fueron condenadas, así como anatemizados sus autores.

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TERCER CONCILIO DE CONSTANTINOPLA (680)

Sexto concilio ecuménico. Fue convocado a petición del emperador bizantino Constantino IV (reinó entre 668-685), para condenar el monotelismo, doctrina que declaraba que Jesucristo sólo disponía de una voluntad, aunque tuviera dos naturalezas (la humana y la divina).

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CUARTO CONCILIO DE CONSTANTINOPLA (691)

Convocado por el emperador bizantino Justiniano II (reinó entre 685-695 y 705-711) con el fin de promulgar un código legislativo para la Iglesia. Dicho código se convirtió más tarde en parte de la ley canónica de la Iglesia ortodoxa, pero fue rechazado en gran medida por la Iglesia occidental, que no aprobó las actas conciliares finales. El Concilio del año 691 fue considerado por la Iglesia de Oriente como complementario a los anteriores concilios ecuménicos (el quinto y el sexto) y es, por lo tanto, conocido como Sínodo Quinisexto (del latín, ‘quinto-sexto’). Este Concilio se ha denominado en ocasiones Sínodo Trullano por su punto de encuentro en el trullum (cúpula) del palacio del emperador.

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QUINTO CONCILIO DE CONSTANTINOPLA (754)

Fue convocado por el emperador bizantino Constantino V para tratar el problema de la adoración de imágenes. El Concilio condenó el culto a las imágenes; esta postura, sin embargo, fue rechazada por el séptimo concilio ecuménico, celebrado en Nicea en el 787, y el Concilio del 754 no fue reconocido como ecuménico en Occidente. También es conocido por el nombre de Conciliábulo de Hiereia.

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SEXTO CONCILIO DE CONSTANTINOPLA (869-870)

No reconocido por la Iglesia ortodoxa, sí por la Iglesia católica (que lo denomina IV Concilio de Constantinopla y reconoce como octavo concilio ecuménico). Fue congregado por Basilio I el Macedonio, emperador de Bizancio, para confirmar la destitución de Focio como patriarca de Constantinopla. Focio, principal instigador del cisma del siglo IX entre las Iglesias de Oriente y Occidente, fue depuesto.

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SÉPTIMO CONCILIO DE CONSTANTINOPLA (879-880)

La séptima asamblea de Constantinopla fue reconocida en Oriente como octavo concilio ecuménico de la Iglesia. Fue convocada por Focio, quien había sido restituido como patriarca de Constantinopla en el 877. Este Concilio, que rechazó el anterior, no fue reconocido por la Iglesia de Occidente.

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OCTAVO CONCILIO DE CONSTANTINOPLA (1341)

El último concilio que tuvo lugar en Constantinopla fue reconocido en Oriente como noveno concilio ecuménico de la Iglesia. Se celebró para resolver el problema del hesiquiasmo, escuela de espiritualidad de la Iglesia ortodoxa que experimentó una gran renovación entre los monjes que vivían en el monte Athos. El Concilio condenó al monje griego Barlaam como hereje por su oposición a la secta.

Concilio de Calcedonia, cuarto concilio ecuménico de la Iglesia cristiana. Fue convocado en el año 451 por el emperador romano de Oriente, Marciano, a instancias del papa León I, para refutar las doctrinas adoptadas en el Conciliábulo de Éfeso (449, en ocasiones llamado ‘Latrocinio de Éfeso’). En sus 17 sesiones (celebradas en Calcedonia entre el 8 de octubre y el 1 de noviembre del 451) participaron aproximadamente 600 obispos.

El Concilio condenó el eutiquianismo (forma radical del monofisismo), doctrina defendida por el monje bizantino Eutiques que afirmaba que Jesucristo posee una sola naturaleza (la divina) y carece de naturaleza humana. Las afirmaciones teológicas de Eutiques (condenadas por Flaviano, patriarca constantinopolitano, en el Sínodo de Constantinopla, 448) habían sido rehabilitadas, así como su figura, en el Conciliábulo de Éfeso (gracias a Dióscoro, patriarca de Alejandría, que no aceptó la destitución de Eutiques y llegó a excomulgar a Flaviano y a León I). La llegada al trono imperial de Marciano (partidario de la doctrina de las dos naturalezas), así como la firme oposición al monofisismo de León I (que ya en el 449 había manifestado a Flaviano su agrado por la condena de Eutiques en una epístola dogmática, Tome), fueron determinantes para la convocatoria del Concilio de Calcedonia. Basándose en el citado Tome (Tomo) a Flaviano de León I, y en las anteriores cartas sinodales de san Cirilo de Alejandría a los nestorianos, el Concilio de Calcedonia afirmó que Cristo posee tanto naturaleza divina como humana (y que ambas coexisten inseparablemente en su persona) y, de esta forma, estableció uno de los dogmas cristológicos fundamentales. Las actas aprobadas en el 449 por el Conciliábulo de Éfeso fueron invalidadas y Dióscoro fue depuesto (más tarde fue desterrado por Marciano). No obstante, el Concilio de Calcedonia supuso la primera división importante en el seno de la Iglesia, en tanto que algunas comunidades cristianas orientales rechazaron las declaraciones de fe conciliares, entre ellas la Iglesia armenia, la Iglesia copta y la Iglesia jacobita.

Además, el Concilio condenó como herético el docetismo y prohibió la ordenación sacerdotal a cambio de dinero. En total, en Calcedonia fueron promulgados 27 cánones, referentes a la disciplina y conducta debidas de los miembros de la Iglesia, así como a la jerarquía de ésta. Todos ellos fueron aceptados por la Iglesia occidental. Un vigésimo octavo canon, no reconocido por León I, hubiera otorgado al patriarca de Constantinopla una posición preeminente entre los patriarcas orientales, en una situación jerárquica similar a la del papa romano en Occidente.
Semana 17-san jeronimo y la Biblia

Antonio abab hospitales-san Juan de Dios

Monasterios-benito de nurcia

San Jerónimo (c. 345-420), erudito bíblico, padre y doctor de la Iglesia, cuya obra más importante fue la Vulgata, traducción de la Biblia al latín.

Eusebius Hieronymus, su nombre en latín, nació en Estridon, en la frontera entre las provincias romanas de Dalmacia (en la actual Croacia) y Panonia (en la actual Eslovenia), hacia el año 345. De formación pagana, después de estudiar en Roma y viajar a Antioquía (donde se convirtió al cristianismo), marchó al desierto y allí vivió como un asceta y estudió las Sagradas Escrituras. En el 379 fue ordenado sacerdote. Pasó tres años en Constantinopla con el padre de la Iglesia oriental san Gregorio Nacianceno. En el 382 regresó a Roma, donde trabajó como secretario y consejero del papa Dámaso I, quien le encargó revisar la antigua traducción de la Biblia (de donde surgieron el Salterio Romano y el Salterio Galo); allí empezó a ser muy influyente. Ejerció como director espiritual de numerosas personas, entre las que se encontraba una noble viuda romana llamada Paula y su hija, con las que peregrinó a Tierra Santa en el 385. Al año siguiente estableció su residencia en Belén, donde Paula (más tarde santa Paula) fundó cuatro monasterios, tres femeninos y uno masculino, este último dirigido por el propio Jerónimo. Allí continuó con sus trabajos (que darían como resultado la aparición de la Vulgata) y polemizó, no sólo con los herejes Joviniano, Vigilantio y los seguidores del pelagianismo, sino también con el monje y teólogo Rufino y con san Agustín de Hipona. A causa de sus conflictos con los pelagianos tuvo que vivir escondido durante dos años. Regresó a Belén, donde falleció poco después. Su festividad se celebra el 30 de septiembre. Su vocación eremítica inspiró a numerosos pintores del renacimiento y del barroco (como El Greco, Alberto Durero o José de Ribera), que suelen representarle en algunas etapas de su vida con mayor edad de la que realmente tenía.

Juan Casiano, también conocido como Johannes Eremita o Johannes Massiliensis (360-435), uno de los primeros monjes y teólogos cristianos. Después de pasar cerca de 15 años entre los ascetas de los desiertos de Egipto, estudió en Constantinopla con san Juan Crisóstomo, por quien fue ordenado diácono. Hacia el año 415, siendo ya sacerdote, se estableció en Marsella (en el sur de Francia), donde fundó los monasterios de san Pedro y san Víctor, para hombres, y san Salvador para mujeres, y llevó el monacato oriental a occidente. Casiano fue uno de los primeros semi-pelagianos, que rechazó la opinión de san Agustín de Hipona de que la humanidad en general está condenada por el pecado de Adán y que algunas almas se salvan tan sólo por la gracia de Dios, que no puede ser merecida. Se opuso también al concepto agustiniano de elección moral en la búsqueda de la salvación.

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San Juan de Dios (1495-1550), religioso portugués, fundador de la Orden de los Hospitalarios de San Juan de Dios, más conocida como Orden de San Juan de Dios, y patrono de la ciudad española de Granada junto a Nuestra Señora de las Angustias.

João Cidade, su verdadero nombre, nació en Montemor-o-Novo, localidad del Alentejo en la que residió junto a su humilde familia hasta que, en 1503, marchó solo a Oropesa. En 1521 comenzó una vida llena de aventuras en la que desempeñó los más diversos oficios (soldado en los tercios del rey de España Carlos I, pastor, peón, vendedor ambulante), que sólo tuvo fin cuando fijó su residencia en Granada, donde estableció un pequeño comercio en el que vendía estampas y libros religiosos. Fue en la ciudad andaluza, cuando tenía unos 40 años de edad, donde se produjo el hecho más trascendente de su vida, tras escuchar las predicaciones y sermones de san Juan de Ávila. Conmovido por las palabras del llamado ‘apóstol de Andalucía’, comenzó a realizar penitencias públicas. Considerando las autoridades públicas que había perdido sus facultades mentales, fue ingresado en un hospital para enfermos psíquicos y conoció el nefasto trato que éstos sufrían en ese tipo de instituciones. Decidió entonces consagrar su vida al cuidado de los enfermos y a la mejora de los establecimientos que les acogían. Ejerció la caridad pública y pudo establecer una serie de hospitales, el primero de ellos en Granada en 1537, en torno a los cuales centró su obra. Ésta se confirmaría con la fundación de la Orden de los Hospitalarios de San Juan de Dios ese mismo año, aunque no recibiría la aprobación papal hasta 1572. Murió el 8 de marzo de 1550 en Granada. Fue beatificado por el papa Urbano VIII en 1630 y canonizado por Alejandro VIII en 1690. Su festividad se conmemora el 8 de marzo.

San Antonio Abad

San Antonio Abad (251-356), ermitaño egipcio, primer monje de la cristiandad. Cuando era un acaudalado joven de 20 años, quedó impresionado por la lectura del Evangelio: 'Anda y vende cuanto tienes, y dáselo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo' Mt. 19,21. Repartió su herencia y marchó a vivir como un asceta. Sus célebres “tentaciones” como solitario ermitaño fueron motivo de inspiración de numerosos artistas. Su modo de vida atrajo a numerosos seguidores, y dedicó varios años a la iniciación de estos discípulos en la vida monástica. Sin embargo, no llevó a cabo una tarea de formalización de la regla por la que se gobernaba la comunidad que formó. Ésta fue escrita tras su muerte por san Atanasio, amigo personal y biógrafo del santo. Abandonó su retiro en varias ocasiones. Hacia el año 311 ayudó a los cristianos de Alejandría perseguidos por el emperador Maximino, y en el 350 se unió a Atanasio en la lucha contra el arrianismo. El ascetismo de san Antonio, basado en la vida eremita o solitaria, es una de las dos tendencias que rigen la vida monacal; la otra está tipificada por la regla de vida comunal de san Benito de Nursia. Su fiesta se celebra el 17 San Benito de Nursia (480?-547?), fundador del monasterio de Montecassino y conocido como el padre del monacato occidental. Nacido en una distinguida familia de Nursia, en Italia central, Benito pasó sus primeros años estudiando en Roma. Conmocionado por la degenerada vida de la ciudad, se retiró a una zona deshabitada cerca de Subiaco, donde vivió en una cueva (más tarde llamada la Gruta Santa) durante tres años. Durante este periodo aumentó su fama de hombre santo, y se acercaban a visitarle multitud de personas. Aceptó el ofrecimiento para ser abad de un grupo de monjes que vivían en el norte de Italia, pero éstos no aceptaron sus reglas e intentaron envenenarle. Al descubrir la conspiración abandonó el grupo y poco después fundó el monasterio de Montecassino. Benito estableció una regla de vida, adoptada por casi todos los monasterios occidentales, que subrayaba la vida en comunidad y el trabajo físico. Los monjes no podían tener propiedades, las comidas se hacían en comunidad y se evitaba la conversación innecesaria. Benito también dedicó gran parte de su tiempo a las necesidades de la gente de la zona, repartiendo limosnas y alimentos entre los pobres. Su día de fiesta se celebra el 11 de julio.

Regla de San Benito o Benedictinos, órdenes religiosas que siguen las enseñanzas de san Benito de Nursia. Los primeros doce monasterios benedictinos fueron fundados por san Benito, a comienzos del siglo VI en Subiaco, cerca de Roma. Más tarde fundó la famosa abadía de Montecassino donde estableció la regla benedictina que organizó y revitalizó la vida monástica occidental, y le dio sus características propias. Según el juicio de la época, la Regla benedictina imponía muy poca austeridad y ascetismo: tenían que disponer de la comida, ropa y abrigo adecuados; dependiendo de la época del año y de las fiestas litúrgicas que celebraran cada día los benedictinos destinaban entre cuatro y ocho horas para celebrar el Oficio divino y siete horas para dormir. El resto del día estaba dividido con el mismo número de horas para trabajar (generalmente en la agricultura), y para el estudio y la lectura religiosa. El abad tenía una total autoridad patriarcal sobre la comunidad, aunque él mismo estaba sujeto a la Regla y debía consultar con los miembros de la comunidad sobre los asuntos más importantes. Durante la vida de San Benito, sus discípulos se encargaron de difundir esta orden por muchos países del centro y oeste europeo. Muy pronto se convirtió en la única orden religiosa importante de estos países, permaneciendo así hasta la fundación de los Canónigos Agustinos en el siglo XI y de las Ordenes Mendicantes en el siglo XIII.

Gregorio I fue el primero de los 50 sacerdotes benedictinos que han ocupado el trono papal; algunos otros fueron León IV, Gregorio VII, Pío VII y Gregorio XVI. San Agustín de Canterbury, discípulo de Gregorio el Grande, quien tomó en sus manos la dirección de la orden benedictina de Inglaterra a finales del siglo VI, se convirtió en el primero de una larga lista de benedictinos que fueron arzobispos de Canterbury. Ya en 1354 la orden había aportado 24 Papas, 200 cardenales, 7.000 arzobispos, 15.000 obispos, 1.560 santos canonizados y 5.000 beatos. Desde entonces el número de personas vinculadas a la orden, ha llegado a unos 40.000, dentro de los que se incluyen 20 emperadores, 10 emperatrices, 47 reyes, 50 reinas y muchas otras personas que pertenecieron a la realeza y la nobleza. Durante el siglo XIV, la orden benedictina contaba con 37.000 miembros; en el siglo XV, sólo con 15.107. La Reforma los redujo a 5.000. En estos momentos son unos 11.000 hombres y 25.000 mujeres.

El hábito de los benedictinos consta de una túnica y de un escapulario, sobre el que llevan una capa, con una capucha para cubrirse la cabeza. El color no está especificado en sus reglamentos y se piensa que los primeros benedictinos se vestían de blanco, el color natural de la lana sin teñir. Sin embargo, durante muchos siglos el negro ha sido el color más predominante, y por eso a los benedictinos también se les conoce como “monjes negros”.

Monasterio

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INTRODUCCIÓN

Monasterio, conjunto de edificaciones donde viven los monjes y las monjas, hombres y mujeres que han decidido llevar una vida aislada del resto de la sociedad, con un conjunto de reglas y costumbres, dedicados a la oración y al servicio divino. Pero comprender adecuadamente el sentido de un monasterio, exige tener en cuenta la historia de los monjes, sus formas de vida y su influencia en el arte y la sociedad.

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LOS MONJES Y LAS MONJAS

En las más importantes religiones del mundo siempre han existido hombres y mujeres que deciden apartarse de la sociedad y vivir una vida de aislamiento para dedicarse a la meditación, a la penitencia y a la contemplación de las verdades y misterios religiosos. En un primer momento, estos hombres vivían totalmente aislados llevando una vida de soledad absoluta. Se les conocía con el nombre de eremitas y vivían en el desierto o en lugares de difícil acceso. Pero pronto se organizaron en comunidades que respetaban la soledad de cada individuo y cuidaban de sus necesidades.

En el cristianismo se encuentran dos tradiciones monásticas: la tradición oriental y la tradición occidental. Fue el cristianismo oriental el que vio aparecer las primeras formas de vida monástica. El obispo san Basilio (c. 329-379) recogió las tradiciones de los antiguos eremitas y organizó los primeros monasterios de Oriente, con un conjunto de reglas determinadas. El actual monasterio cristiano ortodoxo griego del monte Athos (Grecia) sigue el modo de vida impuesto por san Basilio, que era la primera forma de organización monástica.

Fue casi un siglo después, en el decadente mundo romano de Occidente, cuando san Benito de Nursia (c. 480-547) fundó el primer monasterio cristiano de Occidente en Montecassino (Italia), el año 529. Las normas de san Benito influyeron decisivamente en la tradición religiosa y cultural de Occidente.

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EL MODO DE VIDA DE LOS MONJES: LA REGLA DE SAN BENITO

San Benito sintetizó algunas de las más importantes tradiciones orientales y elaboró una detallada reglamentación para organizar la vida de los monjes y las monjas, así como la estructura de los monasterios. Era la llamada ‘regla de san Benito’. Los monjes debían vivir en comunidad, en una casa común o monasterio, para apoyarse unos en otros y socorrerse en caso de necesidad. Estos religiosos realizaban tres promesas que les impedían contraer matrimonio, tener bienes propios o realizar su voluntad: se trata de los votos de castidad, pobreza y obediencia.

Las comunidades de monjes se encontraban sometidas al poder de un abad o prior que, en algunos casos, era elegido democráticamente por los miembros de la comunidad monástica. Una vez elegido e investido de su cargo, el abad tenía absoluta autoridad sobre el conjunto del monasterio y sus propiedades.

San Benito organizó también las actividades de los religiosos, mostrando un gran sentido común y equilibrando los aspectos material y espiritual que están presentes en toda vida humana. La vida diaria de los monjes se dividía en tres partes: la oración, el trabajo y el descanso. A cada uno de ellos se dedicaba un tercio del día, con lo que se combinaba el ejercicio físico y el trabajo mental o espiritual. El lema de la regla monástica era, precisamente, “Reza y trabaja” (Ora et labora). Los monjes se reunían seis veces al día para rezar en la iglesia del monasterio, lo que permitía dividir el día de un modo ordenado.

A estas reglas fundamentales de organización pronto se añadieron otras, que ordenaban la vida de los monjes y que la llenaban de contenido. Eran consideraciones prácticas, que pronto se convirtieron en tradiciones de la vida monástica, muchas de las cuales perduran en nuestros días.

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LA ESTRUCTURA DEL MONASTERIO: UNA CIUDAD INDEPENDIENTE

De acuerdo con la regla de san Benito, el monasterio debía ser autónomo para poder mantener el aislamiento de los monjes. Esto suponía que el edificio debía tener una determinada estructura arquitectónica, con partes muy diferenciadas. Y su conjunto era como una ciudad aislada, que se bastaba a sí misma y que apenas precisaba nada del exterior.

El elemento principal del monasterio era la iglesia, donde se realizaban las oraciones de los monjes. Era el centro en torno al cual se organizaban las distintas dependencias. Junto a la iglesia, y con acceso directo a ella, se encontraba un patio o claustro de planta cuadrada. Este claustro solía estar formado por arcadas cubiertas, con un pequeño jardín en su interior, donde se encontraba un pozo de donde los monjes recogían agua y donde se lavaban tras el trabajo. A lo largo del claustro se abrían las otras habitaciones. Así, se encontraba el refectorio o comedor, donde los monjes realizaban sus comidas en común. La sala capitular era un espacio importante del monasterio, donde se reunían los monjes para deliberar o leer los capítulos de sus reglas monásticas. Una estancia, adyacente a la iglesia, acogía el scriptorium, donde algunos monjes trabajaban copiando manuscritos o iluminando los libros con espléndidas miniaturas.

Un poco más apartado del claustro y de la iglesia, se encontraban las cocinas y la despensa, donde se preparaban las comidas del monasterio. Sobre ellas, aprovechando el calor del hogar, se hallaba una gran sala donde estaba el dormitorio común de los monjes, que solía tener un acceso directo, mediante una escalera, a la iglesia.

En muchas ocasiones, el monasterio estaba rodeado por algunas huertas, talleres y campos de labranza, donde los monjes trabajaban para obtener su sustento y desarrollaban nuevas técnicas agrícolas. Todo el conjunto de edificios se encontraba cerrado por una cerca o muralla que clausuraba el espacio del monasterio como un lugar sagrado, al que sólo se podía entrar con el permiso del abad. Esta estructura de edificios era compartida, con escasas diferencias, por los monasterios de Occidente.

Con el auge de la vida monástica, los primitivos monasterios fueron creciendo y algunos de sus edificios aumentaron en número y tamaño. Amplias dependencias para despensa y graneros permitían almacenar el producto de las cosechas. Muchos tenían hospitales y farmacias, donde atendían a los monjes y a los enfermos de los pueblos vecinos. En muchas ocasiones, las habitaciones del abad se encontraban separadas, a la puerta del monasterio, y una cárcel, generalmente situada en la puerta de entrada de la muralla, permitía encerrar a quienes cometían delitos.

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LA IMPORTANCIA SOCIAL Y CULTURAL DE LOS MONASTERIOS

En una Europa asolada por los conflictos internos y la desorganización social que siguieron a la caída del Imperio romano, los monasterios fueron un remanso de paz y de cultura. Los monjes, muchos de los cuales sabían leer y escribir, se encargaban de copiar importantes manuscritos, preservando así importantes tesoros culturales que, de otro modo, se hubieran perdido. Algunas plegarias de los monjes se hacían en el llamado canto llano o gregoriano y algunas de sus composiciones musicales eran de extraordinaria belleza.

Muchos monasterios contaban con pequeñas escuelas, donde se enseñaba cuanto los monjes sabían, desde técnicas de escritura hasta botánica, farmacia o agricultura. Las bibliotecas guardaban centenares de copias de libros antiguos. Desde el siglo VII al siglo XIII (en que comienzan a aparecer las primeras universidades), los monasterios fueron verdaderos focos de cultura en el occidente europeo.

Pero los monasterios fueron también un modelo de organización social y un foco de poder político. Su estructura permitía que fueran una verdadera ciudad en miniatura, con una perfecta organización y una verdadera autonomía económica. En algunos casos, contaban con grandes riquezas y extensiones de tierra, que eran producto de las donaciones que hacían nobles y fieles. Durante gran parte de la edad media, los abades de los grandes monasterios se comportaban como verdaderos señores feudales: mandaban sobre muchos vasallos y ejercían gran influencia en las distintas naciones europeas.

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LA EXPANSIÓN DE LOS MONASTERIOS

Desde el siglo IX (c. 820), la regla de san Benito se extiende por toda Europa. Los monjes que vivían de acuerdo con sus normas se llamaban benedictinos, en recuerdo de su fundador. Algunos de los primeros monasterios eran ya muy importantes, como el de Montecassino en Italia o el de Mont-Saint-Michel, en Francia, que fue fundado en una isla, frente al océano Atlántico, el año 966.

Pero la gran época de expansión de los monasterios en Europa tuvo lugar entre los siglos XI y XIII. Se fundaron grandes monasterios en Austria, Alemania, Gran Bretaña, Italia y España. En su construcción se aplicaron los estilos románico y gótico, y fueron focos de importantes innovaciones arquitectónicas y artísticas. Muy pronto, los monasterios no eran sólo lugares de vida religiosa, sino que se convirtieron en centros de desarrollo cultural e influencia social. Los grandes monasterios acumularon cuantiosas riquezas, tenían centenares de vasallos y poseían grandes extensiones de campos y bosques que les reportaban cuantiosas rentas. Los abades de los monasterios más importantes alcanzaron un gran poder.

Ante la desmesurada riqueza que acumulaban ciertos monasterios benedictinos, se planteó la exigencia de una reforma en el siglo XII. Fue el monje francés san Bernardo de Claraval (c. 1090-1153) quien dictó una serie de austeras normas de vida para volver a la primitiva austeridad de la vida monástica y fundó la llamada regla cisterciense, que creó también un estilo artístico muy influyente, lleno de elegante simplicidad.

También se crearon diferentes órdenes monásticas que, con ciertas variaciones, respetaban los aspectos esenciales de la regla de san Benito. Así aparecieron los trapenses o los cartujos, que llevaban una vida de especial rigor y soledad. Pero todos ellos respetaron las normas básicas dictadas por san Benito y mantuvieron los rasgos de la vida monástica. Esta forma de vida, y los monasterios que la acogen, sigue desempeñando actualmente un importante lugar en la vida del cristianismo y representa el valor de una vida dedicada a la oración y a la soledad.

Semana 18-la caida del imperio romano

-la conversión de los barbaros carlo magno-pepino el breve

La larga estructuracion de una sociedad de cristiandad

El Islam invade África y Europa

Las cruzadas

DECADENCIA Y CAÍDA DEL IMPERIO















Insula romana  










 




































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