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Monje en el scriptorium

Una de las funciones más valiosas llevadas a cabo por los monjes en la Europa medieval fue la preservación del saber. Los monjes reprodujeron libros copiando textos enteros en una sala del monasterio llamada scriptorium, especialmente diseñada para ello.

Enciclopedia Encarta

THE BETTMANN ARCHIVE

























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La forma cenobítica de monacato llegó a Roma y al norte de la península Itálica a través de san Atanasio, al norte de África gracias a san Agustín de Hipona y a la Galia por medio de san Martín. La regeneración religiosa efectuada por san Benito de Nursia en el siglo VI aportó al monacato occidental su forma permanente.

Típico del monacato occidental son las abadías, comunidades autónomas de monjes gobernados por un abad o por monjas dirigidas por una abadesa. En su interior se encuentra la iglesia, el dormitorio, el refectorio o comedor y la hospedería para los viajeros. Los edificios encierran un amplio patio al que solía rodear un claustro o arcada cubierta. Las abadías de la edad media eran pacíficos retiros para eruditos y los centros principales de la piedad cristiana y la enseñanza. Uno de los monasterios medievales más antiguos y grandes fue el de Montecassino, fundado por el propio san Benito en el 529.

Entre las órdenes monásticas de Occidente, algunas de las más destacadas son las de los benedictinos, cartujos, cistercienses y premonstratenses.






3.

MONACATO ISLÁMICO

Aunque fue organizado sin referencia al monacato, el islam pronto desarrolló comunidades de devotos que vivían en centros monásticos. Los místicos islámicos aparecieron en el siglo VII d.C., y a principios del siglo IX se hacía referencia a ellos como sufi por el suf (vestido de lana tosca) que solían llevar. Por eso, esta tendencia del misticismo islámico empezó a ser conocida como sufismo. Los derviches, uno de sus grupos, se establecen a menudo en comunidades monásticas llamadas tekkes o khanagahs. Sus ritos incluían la meditación y la penitencia, aunque el celibato no suponía un requerimiento doctrinal tan rígido como en el monacato cristiano.






4.

MONACATO HINDÚ

Entre los hindúes, las leyes de Manu afirman que, después de formar una familia, los miembros de las tres castas superiores pueden retirarse para practicar una vida eremítica y buscar la verdad en la contemplación. Tales eremitas podrían haber existido en la India desde antes del año 1500 a.C. Tendían a reunirse en comunidades independientes, o ashrams, pero éstas no estaban por lo general reguladas por una regla monástica. En el siglo IX d.C. el filósofo hindú Shankara fundó monasterios que todavía hoy perduran. El más estricto de los credos monásticos de la India es el jainismo, cuyos monjes son conocidos como yatis. Están obligados a mostrar reverencia por la vida animal; muchos realizan huelgas rituales de hambre hasta morir y otros van semidesnudos. La doctrina jainí obliga a honrar a los yatis.






5.

MONACATO BUDISTA















Monasterio budista en Mongolia






Desde sus comienzos, el budismo fue una religión monástica en esencia. Su principal comunidad, la sangha, constituye el único cuerpo clerical budista; pertenecer a ella supone el objetivo último de un budista piadoso y la base para alcanzar el nirvana. La fe se organiza en torno a los monasterios y se propaga a través de ellos. Extensas obras, sobre todo el Vinaya Pitaka, parte del Tripitaka, establecen el vestido propio y el comportamiento de los monjes, incluyendo las reglas de la no violencia y el celibato. La proporción de las monjas budistas es relativamente baja.

El taoísmo chino ha desarrollado una tradición monástica en la que participan tanto hombres como mujeres, por influencia del budismo. Al igual que en el monacato islámico, el celibato no es siempre una exigencia tan obligatoria como en el caso cr

stiano. Más típico del taoísmo

iFragmento de El budismo.

De Eric Santoni.

Capítulo II.

En los últimos momentos de su existencia terrena, Buda prescribió las reglas fundamentales para la organización de la vida monástica. Los monjes, que habían asistido a los orígenes del movimiento budista, eran los únicos que podían aspirar al Nirvana, después de una vida regida por una disciplina monástica pura de numerosas y estrictas recomendaciones.

Los monjes formaban, pues, una elite agrupada en una especie de fraternidad llamada Sangha. Esta disciplina rigurosa que regía su existencia se denomina en las escrituras Vinaya (que procede de vi-nayati, que significa «mantener aparte»). Estas reglas de vida se recopilan en el Pâtimoksha, que enumera más de doscientas treinta.

El poder de la disciplina monástica representa, de hecho, el único principio permanente de la historia del budismo.

Los miembros de la Sangha estaban convencidos de hallar en la pureza de una vida de renuncia la felicidad de lo permanente. No obstante, apartarse de los placeres mundanos no significa que haya que sufrir obligatoriamente las mortificaciones desenfrenadas de un ascetismo total al que, por otra parte, Buda no reconocía la virtud de conducir al fin supremo: «Hay dos cosas, oh discípulos, que conviene evitar. Una vida de placeres: esto es bueno y vano. Una vida de mortificaciones: esto es inútil y vano».

Así, la vida monástica está regida por tres principios fundamentales: el voto de pobreza, el celibato y la no violencia.

El voto de pobreza

El monje no debía poseer más que los pocos objetos indispensables para el ritual del culto y que son nueve: las vestiduras, compuestas en todo y para todo de tres piezas; una aguja; una navaja de afeitar que debía servir cada quince días para afeitarse el cráneo; un rosario; un abanico; un cinturón; una cazuela de madera; un filtro para purificar el agua y, finalmente, la eterna escudilla de la limosna.

El monje no podía tener morada ni cobijo, no podía poseer más que «el cielo por techo y un árbol por hogar». No obstante, el Vinaya enumera varios lugares que podían servirle de refugio: los santuarios, los templos y las grutas, pero insistía sobre los peligros que representaban semejantes comodidades.

En cuanto a su alimentación, su modo de obtención es una de las reglas primordiales de la vida monástica: se conseguía única y exclusivamente por la mendicidad; el trabajo y la posesión de dinero estaban, pese a la relajación actual, rigurosamente prohibidos.

La limosna es, de hecho, la ocasión de un intercambio que satisface al donante y al receptor: el donante gana el mérito de dar limosna al monje, que, a su vez, se remite a su voto de pobreza. La mendicidad tenía también el objetivo de hacer pasar al monje por pruebas humillantes, destinadas a desarrollar su dominio de sí y su desapego y a debilitar la influencia del orgullo y de la altivez, es decir, del yo.

Así, el monje vivía vagabundeando de casa en casa, aceptando sin jamás escoger lo que se tenía a bien ofrecerle y dedicándose a la meditación.

Esta vida regida por las virtudes de la renuncia transformaba a menudo la escudilla de la limosna de los maestros en un símbolo de la soberanía y de la victoria sobre el yo. Hoy esta práctica de la mendicidad ha desaparecido de China, de Corea y de Vietnam; sólo los monjes zen japoneses perpetúan todavía esta tradición, invirtiendo el producto de la colecta en empresas de caridad.

El celibato

Las relaciones entre los monjes y las mujeres, que a menudo eran sus benefactoras, estaban regidas por leyes muy estrictas destinadas a evitar las fuertes tentaciones. Así, la mujer no debía ser nunca la primera en dirigirles la palabra, no debía tampoco pisar la estera sobre la que se sentaban y, llegado el caso de que ella se viera obligada a sentarse junto a uno de ellos, no podía adoptar posición alguna que despertara su deseo.

El monje, por su parte, debía abstenerse de hablar a las mujeres y de mirarlas de forma que pudiera apreciar sus cualidades físicas.

Toda transgresión de las leyes de la abstinencia conducía directamente a la puerta del monasterio. Al principio, y con fines preventivos, Buda adoptó una actitud extremadamente negativa respecto a las mujeres: «Sin duda hay que desconfiar de las mujeres. Por una que sea discreta hay más de mil alocadas o malévolas. La mujer es más secreta que el sendero, en el agua, por donde discurre el pez. Es feroz como el maleante y, como él, astuta. Es raro que diga la verdad: para ella la verdad es semejante a la mentira, y la mentira semejante a la verdad. Con frecuencia he aconsejado a algún discípulo que evitara a las mujeres». Pero después acabó por reconocerles el derecho a la salvación, ya que ellas también sufren.

Entra, sin duda, en la lógica de la doctrina que proscribe el deseo y el placer de los sentidos preconizar la abstinencia sexual para quienes aspiran al Nirvana. Además, las relaciones sexuales tienen muchas posibilidades de conducir al advenimiento de una nueva vida que arruinaría la independencia material del monje. Finalmente, el deseo ocupa el pensamiento y perjudica, por tanto, el buen funcionamiento de la meditación.

Así pues, en todos los sentidos, el budista debía mantenerse apartado de la mujer, pues junto a ella no existe la paz interior.

Esta estricta regla del celibato fue respetada durante más de dos mil años, pese a algunas excepciones —en Cachemira, por ejemplo— donde se ha comprobado la existencia de algunos monjes casados.

Existe, sin embargo, una doctrina completamente opuesta a la doctrina oficial, puesto que considera la actividad sexual como un medio posible de alcanzar la Iluminación. Procede del Tantra.

Igualmente, Padmasambhava, que introdujo el budismo en el Tíbet hacia 770, tuvo dos mujeres; Morpa el Traductor, otro gran maestro del Tíbet, se casó también. Estos ejemplos han incitado en ocasiones a los discípulos a imitarlos.

No obstante, estos casos son aislados y el celibato sigue siendo uno de los fundamentos más importantes de la Sangha.

La no violencia

«Mi pensamiento ha viajado en todas las direcciones a través del mundo. Nunca encontré nada que fuera más querido al hombre que su propio Yo [...]. Habida cuenta de que su Yo es tan caro a los demás como a cada uno lo es el suyo propio, está claro que quien desee su propia felicidad no ejercerá violencia sobre ningún otro.»

Este extracto de la palabra de Buda muestra la importancia que concedía a la no violencia, que se convertiría en la tercera piedra angular del Vinaya.

Quinientos años antes del cristianismo, el budismo crearía una poderosa corriente pacificadora en todo Asia, aplacando las crueles guerras tribales que asolaban la región.

No obstante, esta no violencia no tardaría en situar al monje budista ante un agudo dilema. En efecto, el budismo concede a la vida humana y a la vida animal la misma importancia ya que, en función de los méritos de la vida anterior, el hombre puede renacer en un animal; esta lógica ha llevado a los monjes al vegetarianismo para evitar comerse eventualmente a un hermano. Pero, como se ha visto anteriormente, no le está permitido al monje que pide limosna elegir o rehusar lo que se le ofrece, pues esto podría ser interpretado como un signo de glotonería. ¿Qué puede hacer cuando sus bienhechores le sirven carne en su escudilla? Como ocurre a menudo en este tipo de situación, sólo el compromiso le saca de dudas: no debe comer carne, pero si se la sirven, está obligado.

Es de señalar que el principio de no violencia es tan fuerte en los monjes que matar un insecto por inadvertencia acarrea graves consecuencias.

Por extensión, el budismo debe ser muy tolerante; ninguna ofensa debe turbar su benevolencia. Del mismo modo, nunca utilizará la fuerza contra quienes practiquen otras religiones o tengan convicciones diferentes, pues la conversión por la fuerza no tiene valor alguno.

Destacan, sin embargo, algunas faltas contra este importante principio de no violencia: en el Tíbet, hacia el año 900 de nuestra era, un rey, Lang-Dar-Ma, se mostró muy duro para con los monjes: uno de ellos lo asesinó y fue recompensado con la canonización. Asimismo, en Japón, durante la Edad Media, los monjes armados bajaban a menudo de sus montañas para invadir la ciudad de Kioto. Finalmente, en China, los bóxers, procedentes de la secta del Loto Blanco, han cometido en ocasiones terribles violencias. No obstante, estos ejemplos son una excepción y la historia del budismo está en gran parte dominada por la no violencia; ésta ha superado el estricto marco de la comunidad y se ha extendido a gran parte de la población.

Fuente: El budismo, Eric Santoni. © Marabout (Bélgica), 1992 / © Acento Editorial, 1994.


Semana 14-basilio de nicea,Gregorio niceno y Gregorio nacianceno
San Basilio (329?-379), padre y doctor de la Iglesia, patriarca del monacato oriental, también llamado Basilio el Grande. Nació en Cesarea Mazaca (actual Kayseri, Turquía) en el seno de una familia adinerada, y fue educado en Atenas y Constantinopla. Tras visitar a un grupo de ermitaños famosos en Egipto y Siria, renunció a una carrera administrativa y se estableció como eremita en el río Iris, en Neocesarea. Allí escribió gran parte de su regla de vida monástica que se convirtió en el fundamento de una orden monástica (llamados tiempo después monjes basilianos) que fundó hacia el año 360. Gran parte de los monjes ortodoxos y algunos católicos romanos guardan todavía la regla de san Basilio. Famoso por su brillantez y santidad de vida, fue reclamado por el obispo de Cesarea para defender la doctrina cristiana contra los ataques heréticos de los arrianos. En el año 370 fue elegido obispo de Cesarea, cargo que ostentó hasta su muerte el 1 de enero del año 379. Sus escritos incluyen
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